sábado, 29 de abril de 2023

NUNCA DEBISTE CRUZAR EL MISSISSIPPI

 Jefferson Augustus Simon Flanaghan llevaba dos meses cabalgando hacia el Oeste sobre el jaco pinto que le ganó en Savannah jugando al póker a aquel tipo al que tuvo que disparar en la barriga dos días después cuando intentó recuperarlo aduciendo que se lo había robado. Lo llamaba "Tres Damas" porque fue con esa jugada con la que lo ganó. "Tres Damas" y él se habían hecho muy amigos, hasta el punto de que ya compartían el agua de la cantimplora y el tocino frito del desayuno.
-Nunca he conocido a un caballo que coma tocino.
"Tres Damas" bufó y asintió con la cabeza. Jefferson Flanaghan lo interpretó como una respuesta:
-¿A cuántos caballos les has ofrecido tocino para desayunar?.
Jefferson Flanaghan había perdido una guerra y, con ella, a todos sus amigos, por eso decidió cabalgar hacia territorios donde ni siquiera habían oído hablar de aquella maldita guerra. De ese modo, atravesó ríos, praderas y desiertos sin una idea clara de adónde se dirigía.
Pagaba con dólares de plata de la Confederación, pero nadie parecía dar importancia a aquello, lo que demostraba que un dólar de plata no tenía ni patria ni honor, sólo tenía plata. Quizá por eso tuvo que disparar en la barriga de cuatro tipos que intentaron matarlo, no por la patria o el honor, sino por la plata. Durante la guerra, un sargento le enseñó a disparar siempre a la barriga del enemigo.
-Es muy difícil fallar el tiro y, de paso, les das media hora para que recen sus oraciones.
Aquel sargento murió de un tiro en la barriga siendo sargento y Jefferson Flanagjan acabó la guerra con el grado de coronel, pero nunca estuvo muy seguro qué era peor: un tiro en la barriga o perder la guerra.
Cruzando una pradera rebosante de florecillas silvestres observó un coqueto carricoche rojo tirado por un hermoso alazán. Lo conducía una damisela con un precioso vestido blanco y un sombrero también blanco, pero rodeado por una cinta amarilla. Quizá se desplazaba con desacostumbrada velocidad y Jefferson Flanaghan descubrió la razón con suma rapidez: cuatro tipos a caballo perseguían el carruaje y la damisela en cuestión intentaba probablemente huir de ellos. No lo consiguió, por supuesto, aquellos tipos parecían avezados en aquella clase de persecuciones. Uno de ellos alcanzó al alazán y lo hizo detenerse mientas los otros tes desmontaban junto al carricoche y obligaban a la dama a bajar con muy malos modos. Jefferson Flanaghan comprendió al instante la situación: aquellos tipos pretendían violar y, tal vez, asesinar a la damisela, aunque cabía la posibilidad de que esto último no fuese necesario porque una mujer de apariencia tan frágil y de dudosa resistencia física, una vez ha sido violada brutalmente por cuatro tipos fornidos y poco escrupulosos, no necesita ser posteriormente asesinada, ya se muere sola o algo así.
Uno de los tipos que había obligado a la dama a bajar del carricoche de muy malos modos, la estaba abofeteando con la intención de calmarla y que se aviniera a aceptar su cruel destino. En ese momento oyó una voz alta y clara justo a su espalda:
-Yo en tu lugar no haría una cosa así, muchacho.
Se volvió y contempló la cosa más extraña que había visto en su vida: un tipo larguirucho, con cara de cadáver y el doble de huesos de una persona normal, sobre un jamelgo tan cadavérico como él. Tenía las manos cruzadas y apoyadas en el pomo de la silla, y dos Colts con cachas de nácar colgaban de una canana recta, cuando todo el mundo sabe que las cananas van vencidas hacia el costado para hacer más fácil la extracción del arma.
-¿De dónde has salido, fantasma?. No te había oído llegar. No sé si te habrás fijado que mis amigos llevan los revólveres en la mano apuntando a tu cabeza. Podría decirte que no te metas donde no te llaman y que desaparezcas si en algo estimas tu vida, pero me lo he pensado mejor y vamos a matarte de todos modos. Con permiso de la dama aquí presente que muy pronto te hará compañía.
-Yo no lo veo así.
-¿Y a nosotros qué nos importa cómo lo veas tú, fantasma?.
-Sí os importa, porque vais a morir y eso importa a todo el mundo.
-¡No me digas!.
-Sí te digo. Y te diré más. Los tipos como vosotros servís para conducir ganado, marcar reses, emborracharos el día de paga y pegar a las putas. Pero cuando la muerte ronda como un círculo de buitres alrededor vuestro, se os cae el mundo encima. Por lo tanto, tus amigos fallarán los tres y yo os mataré a los cuatro.
El tipo hablador soltó a la chica y, mientras ésta se escondía bajo el carruaje, escuchó primero tres disparos y después cuatro más. Al asomar la cabeza vio a sus cuatro agresores retorciéndose en el suelo con sendas balas en la barriga. Jefferson Flanaghan ya había vuelto a enfundar sus Colts y había descendido del caballo. La estaba ayudando a ponerse en pie.
-¿Se encuentra bien, señorita?.
-Sí, muchas gracias, caballero.
-Mi nombre es Flanaghan, Jefferson Flanaghan. Vuestro más humilde servidor desde este momento.
-Yo soy Stella Stevens, la maestra de Smalltown, a unas cinco millas hacia el sureste. Es un pueblo pequeño...
-Comprendo.
-Sería para mí un honor que me escoltara hasta mi casa e invitarlo a cenar con nosotros.
-Nada me satisfaría más, señorita Stevens. Le ruego que perdone mi indiscreción, pero, ¿ha dicho usted "nosotros"?.
-Sí, eso he dicho. Me refería a mis amigos Búfalo Veloz y Deborah Thompson, Viven en mi casa, somos un equipo.
-¿Posee usted un búfalo que corre mucho?.
-No, señor Flanaghan, Búfalo Veloz en un nativo de la Nación Sioux. Una gran persona y un hombre muy valiente, como usted.
-¿Como yo?, ¿un salvaje piel roja es un hombre como yo?.
-Búfalo veloz no es un salvaje, es una persona culta, instruida y educada. y un gran amigo mío.
-Perdone mi perplejidad, señorita Stevens, pero es la primera vez que oigo a una mujer blanca, hermosa y maestra decir que un sucio piel roja es amigo suyo. Ahora sólo faltaría qu la tal Deborah Thompson fuese una negra del demonio...
-Pues mire usted, señor Flanaghan, Deborah es una preciosa chica de raza negra y, además, universitaria.
-No existen negros universitarios, ni siquiera existen negros que sepan leer o escribir, todo el mundo sabe que sus carencias naturales se lo impiden.
-Señor Flanaghan, me resulta muy fatigoso intentar dialogar civilizadamente con un perfecto caballero mientras esos cuatro tipos no dejan de revolcarse por el suelo y gruñir como cerdos, ¿sería usted tan amable de rematarlos, por favor?.
-Sería una forma estúpida de desperdiciar cuatro balas.
-Le compraré cuatro balas nuevas en cuanto lleguemos al pueblo.
-Jamás consentiría una cosa así, señorita Stevens. Me lo prohíbe mi honor de caballero y, por otro lado, tengo entendido que el sueldo de una maestra es un salario miserable.
-No lo sé. Nunca he percibido ningún sueldo por ser maestra.
-Entonces, ¿de qué vive usted?.
-Bueno, Búfalo Veloz, Deborah y yo tenemos una pequeña granja. Precisamente, allí hemos instalado la escuela. Y entre los tres nos organizamos.
-Se organizan ustedes entre los tres...
-Sí, es muy sencillo. Mucho más fácil que organizarse entre dos.
-Perdóneme un momento, señorita Stevens- Cuando los sesos de aquellos cuatro tipos quedaron esparcidos entre las florecillas del campo como un grupo de florecillas más, Jefferson Flanaghan volvió junto a Stella Stevens- ¿Es eso lo que usted quería?.
-Sí, muchísimas gracias, ha sido usted muy amable.
-Pues entonces, si a usted le parece bien, ataré mi caballo a la parte posterior de su carricoche y viajaré a su lado en el pescante.
-¿Conducirá usted?.
-Yo jamás privaría a una dama del placer de conducir, máxime si tenemos en cuenta que conduce un coche y, con él, a un caballero.
-Se me acaba de ocurrir que cualquiera de esos cuatro caballos, abandonados y sin dueño los pobrecitos, resulta mejor montura que su enjuto jamelgo. Podría usted hacer un pequeño trueque.
-Verá usted, señorita Stevens, no se trata de que yo desprecie a los cuatreros, todos los caballeros tienen derecho a apropiarse de los bienes del enemigo derrotado, siempre y cuando el combate haya sido justo, claro. Pero resulta que "Tres Damas" y yo nos hemos hecho amigos y me encanta compartir con él mi tocino frito del desayuno.
-Es usted el primer hombre que conozco que monta a "Tres Damas" y desayunan juntos después tocino frito.
-Quizá le parezca un poco extraño.
-Ate a "Tres Damas" detrás del carricoche y siéntese a mi lado en el pescante. Me resultará muy placentero conducir para usted. Además, tenemos un pequeño contraste de pareceres que solucionar y podemos aprovechar el viaje para hacerlo.
Jefferson Flanaghan se sentó en el pescante junto a Stella Stevens. Como era habitual en él, y a pesar de las apariencias, no era un hombre osado con las mujeres. Además, nunca fue un tipo hablador. Tuvo que ser ella quien comenzase la conversación.
-Dígame, señor Flanaghan, ¿de dónde procede usted?.
-De Tennessee, al norte de Georgia y al sur de Kentucky.
-A este territorio lo llamamos Oklahoma, en honor a una de las naciones nativas. Búfalo Veloz pertenece a esa nación.
-¿Sugiere usted que ese indio salvaje está en su patria y nosotros hemos venido a invadirla?.
-No lo sugiero, lo afirmo. Pero Búfalo Veloz no nos considera sus invasores, sino sus invitados. Pertenece a un pueblo noble y hospitalario.
-No sabía yo que cortar cabelleras se llamase ahora hospitalidad.
-Fuimos nosotros quienes enseñamos a los nativos a cortar cabelleras. Lo hacían para demostrar cuántos enemigos habían matado y cobrar las recompensas. En la vieja Europa era costumbre despellejar al enemigo y hacerse una capa con su piel.
-Ahora viene cuando usted me explica que los negros no comen carne humana.
-Eso ya depende del hambre que se tenga. En Inglaterra, por ejemplo, era normal comerse a los muertos durante los largos asedios a los castillos, donde se pretendía derrotar al enemigo por hambre.
-¿Ésas son las cosas que enseña usted a los niños en su escuela?.
-No. Primero les enseño a leer y a escribir. Después recitamos poesías. Ya tendrán tiempo de aprender Historia y otras cosas más adelante.
-Sí, eso será lo mejor. Todos los buenos chicos que han muerto en esta maldita guerra serán historia algún día, espero que sólo sean eso para los niños de su escuela.
-Lamento mucho que haya perdido su guerra, señor Flanaghan.
-No era mi guerra. Al principio pensé que sí, que había que acabar de una vez por todas con esos malditos yankees. Pero las guerras no son esos lugares donde combaten los caballeros por causas justas, son un estercolero cruel y despiadado. Son sucias y son injustas.
-Sería usted un buen profesor de Historia, señor Flanaghan.
-¿Está usted segura, señorita Stevens?. ¿Qué cree usted que les contaría a sus niños sobre el nacimiento de esta nación?.
A lo lejos apreció una pequeña nube de polvo que fue, poco a poco, agrandándose.
-Indios- masculló Jefferson Flanaghan- No se preocupe, señorita Stevens. Usted siga conduciendo, que yo me encargo de ellos.
-No, señor Flanaghan, guarde sus Colts. Es Búfalo Veloz. Seguramente, Deborah le ha dicho que he salido a pasear sola y me está buscando para comprobar que estoy bien.
-Pues a buena hora aparece ese salvaje. No creo que hubiese llegado a tiempo.
-Es posible que no hubiese llegado a tiempo de salvar mi honra, pero sí de salvar mi vida.
-¿Está usted segura de que él solo hubiese acabado con esos cuatro tipos?.
-¡Por supuesto que sí!. Lo que me preocupa es que me hubiese sido muy difícil evitar que los castrara y les obligase a ingerir sus órganos viriles antes de arrancarles el corazón y bailar la danza guerrera.
-¿Y por qué había usted de evitar que hiciese semejante cosa?. Yo lo hubiese animado a hacerlo. Es más, ahora me pregunto por qué no lo hice yo.
-Señor Flanaghan, creo recordar que usted les disparó en la barriga y tenía intención de dejarlos retorcerse hasta morir mientras sus intestinos se desparramaban por el suelo.
-De todos modos, sigo pensando que la idea del salvaje era mejor que la mía.
Búfalo Veloz llegó junto al carricoche y se quedó mirando a Jefferson Flanaghan.
-Buenas tardes, Búfalo Veloz- lo saludó Stella Stevens- Te presento al señor Jefferon Flanaghan. Cuatro tipos intentaron violarme y asesinarme a media milla de aquí y el señor Flanaghan me salvó.
-Le agradezco mucho lo que ha hecho, señor Flanaghan.
-No me agradezcas nada, piel roja salvaje. Hice lo que hubiese hecho cualquier caballero ante una dama en apuros.
-Te advertí que no debías salir a pasear sola- Búfalo Veloz parecía dirigirse directamente a Stella Stevens olvidando la presencia de Jefferon Flanaghan.
-Perdóname, no lo volveré a hacer.
-Esta vez has tenido suerte.
-Eso es verdad. El señor Flnaghan se ha portado maravillosamente.
-Perdone que le haga una observación, señorita Stevens. ¿Está usted dejándose tutear y reprender por un indio salvaje y, encima, pidiéndole excusas?.
-Sí, eso es precisamente lo que estoy haciendo, señor Flanaghan.
-Creo que le voy a pegar un tiro en la barriga a este piel roja salvaje.
-No creo que vaya usted a hacer eso.
-Pues está usted equivocada, perdone que se lo diga.
-No, no lo estoy. Primero, Búfalo Veloz lo degollaría con su cuchillo de degollar rostros pálidos antes de que usted llegase a tocar la culata de su Colt izquierdo. Y segundo, le estoy apuntando con su Colt derecho justo en el hígado.
-Dudo que este piel roja sea tan rápido como para eso. Dudo que usted haya podido desenfundar mi Colt derecho sin que yo lo note. Y, sobre todo, dudo que usted sepa donde tengo yo el hígado. Ni siquiera yo sé dónde lo tengo.
-Permíteme despejar tus dudas, rostro pálido. Primera: yo ya cazaba pájaros al vuelo con la mano a los cinco años de edad. Segunda: si miras de soslayo sin hacer ningún movimiento sospechoso, verás tu Colt amartillado en la mano derecha de Stella. Y, tercera y más importante, observarás el cañón del Colt exactamente a dos milímetros de la región de tu hipocondrio derecho donde, sin lugar a duda alguna, se halla ubicado tu hígado.
-Perdone mi osadía, señorita Stevens. Pero, ¿está este piel roja salvaje tuteándome y, además, hablando como un médico?.
-No tengo nada que perdonarle, señor Flanaghan. A veces a Búfalo Veloz le sale del alma su espíritu ancestral y le habla de tú a todo el mundo. Además, es médico, bueno, chamán, como dice él.
-Creo que debería usted devolver su Colt al señor Flahagahn y pedirle excusas. Al fin y al cabo, le debe usted la honra y la vida.
-He vuelto a colocar el Colt en su sitio, Búfalo Veloz. Todo ha sido una broma, señor Flanaghan.
-Comprendo. Es posible que yo haya hablado más de la cuenta. Lo hago a veces, sobre todo cuando paso meses enteros hablando sólo con mi caballo. Por cierto, ¿está usted segura de saber dónde tengo ubicado mi maldito hígado?.
-¿Me permite usted que le ponga encima éste dedo?.
-¿Puede ser el del medio?, es que el índice me suena a acusación.
-Muy bien, lo haré con el corazón, ¿sabía usted que el dedo del medio se llama corazón y que me acaba usted de tirar los tejos?.
-Me temo, señorita Stevens, que de tejos sé aún menos que de hígados.
-Aquí. Su hígado está ubicado exactamente aquí.
-Ha sido usted muy amable colocando su corazón sobre mi hígado, señorita Stevens. No estoy acostumbrado a que las damas se porten conmigo de forma tan encantadora.
-Tiene razón Stella, rostro pálido, le estás tirando los tejos.
-Señorita Stevens, le ruego por lo que más quiera que me deje matar a este maldito piel roja salvaje del diablo. Le estaré eternamente agradecido.
-Suponga usted, señor Flanaghan, que la cosa que yo más quiero es a este maldito piel roja salvaje del diablo, ¿seguiría usted empecinado en su petición?.
-No le haga usted caso, señor Flanaghan- intervino Búfalo Veloz con un tono irreconocible- Lo que quiere decir la señorita Stevens es que no le apetece en absoluto que usted y yo nos andemos matando como dos críos maleducados. No olvide que es la maestra del pueblo y que el hábito hace al monje.
-Además- añadió Stella sonriente- matar es pecado.
-¿Qué me dice de esos cuatro?.
-Que están muertos.
-Es muy probable de que antes de que acabe el día hayamos matado a media docena más. ¿Qué me dice de eso?.
-Quizá ellos nos maten a nosotros.
-¿Has oído eso, indio?. La señorita insinúa que hay tipos por ahí capaces de matarnos.
-Tiene razón el rostro pálido, mujer blanca. Los mataremos a todos y, ahora que ya sabemos dónde se ubican, nos comeremos sus hígados.
Deborah los esperaba impaciente y preocupada en la puerta de la casa, en las afueras de Smalltown. Era una casa preciosa, con jardín, huerto y corral, rodeada por una valla hecha de tablas pintadas de blanco acabadas en punta. Jefferson Flanaghan miró impresionado al indio como preguntándole: "¿Has construido tú todo eso, piel roja?". Búfalo Veloz lo miró como respondiéndole: "Sí, rostro pálido, mientras tú te dedicabas a quemar las casas de los demás en tu maldita guerra, yo fabricaba una nueva". Stella Stevens saltó del pescante y se abrazó fuertemente con Deborah.
-¡Ay, Stella, qué preocupada me tenías!. Búfalo Veloz partió como un rayo cuando le conté la tontería que habías hecho.
-Tienes razón, querida, fue una tontería... Perdóname. Perdonadme todos.
-Veo que tenemos un invitado a comer.
-Sí, preciosa. Te presento al señor Jefferson Flanaghan. Me salvó la vida en la pradera y debe venir hambriento porque acaba de perder una guerra.
-¿Usted salvó la vida de mi amiga Stella?.
-¡Bah!, no fue nada, señorita Thompson. Cuatro estúpidos se cruzaron en mi camino. Los habría matado igual aunque no hubiesen intentado violar a su encantadora amiga.
Búfalo Veloz miró a Stella Stevens como diciendo: "Este rebelde del infierno acaba de llamar a Deborah "señorita Thompson" en lugar de "sucia negra del diablo". ¿Por qué crees que lo habrá hecho?". Stella Stevens miró a Búfalo Veloz como respondiéndole: "Estos caballeros del Sur son gente muy extraña, a veces el sol les fríe los sesos y los vuelve amables".
Deborah había preparado para comer una pierna de venado al horno con verduras y frutos del huerto que ella misma cuidaba. El venado había sido cosa de Búfalo Veloz, que no sólo lo había cazado con su arco y sus flechas, sino que lo había desollado, troceado y colgado meticulosamente en la alacena de la casa. Jefferson Flanaghan lo encontró todo delicioso, no recordaba la última vez que había comido tan bien, ni siquiera recordaba haber comido así de bien y en tan grata compañía jamás en su vida. Escuchaba extasiado las conversaciones de aquellas tres extrañas personas, tan amenas, tan divertidas, tan llenas de respeto, cariño y ternura, que no alcanzó a comprender nada de cuanto estaba pasando allí. ¿Cómo era posible que existieran lugares y gentes como aquéllas en este sucio mundo lleno de odio, miseria y guerra?. Stella Stevens, sentada a su izquierda, posó su mano sobre la de Jefferson Flanaghn y miró a sus compañeros con una gran sonrisa.
-Creo que deberíamos nombrar a Valeroso Guerrero miembro de la República Independiente de Libertad.
-¿Cómo me ha llamado usted, señorita Stevens?.
-Creo que deberíamos hacer al señor Flanaghan partícipe de nuestro secreto.
Jefferson Flanaghan miró a Deborah Thompson intrigado por aquella palabra que lo había dejado tan sorprendido como maravillado: secreto. Así que fue él quien abrió el cerrojo de las confidencias.
-Soy un tipo poco sociable- comenzó Jefferson Flanaghan- Antes de esta maldita guerra mataba gente, durante la maldita guerra he seguido matando gente y después de la maldita guerra, todavía sigo matando gente. Antes de la guerra me dedicaba a azotar negros y a violar negras, pero no los mataba porque eso era tirar el dinero. Sólo mataba blancos y me quedaba con sus negros. Yo era un perfecto caballero que reverenciaba a las damas blancas y las besaba en el guante de la mano derecha, mientras que abofeteaba a las perras negras para que entendieran quién era el amo. ¿De veras cree usted, señorita Stevens, que soy un valeroso guerraro?.
-Quizá no sea usted un valeroso guerrero, señor Flanaghan- intervinoDeborah- Pero es usted un hombre muy valiente.
-Cierto- añadió Búfalo Veloz- Hay que ser muy honrado para contar lo que has contado, Valeroso Guerrero.
-¿Cuál es el secreto de la República Independiente de Libertad?- preguntó Jefferson Flahaghan mirando a Stella Stevens.
-Entre nosotros, en la intimidad, yo soy Nube del Amanecer y  Deborh es Flor de Algodón. ¡Ah!, no existe el usted porque no hay apellidos.
-Tu nombre es precioso, Flor de Algodón.
-A mí me gusta el tuyo, Valeroso Guerrero.
-¿Cómo se llama el maldito piel roja?.
-El maldito piel roja- dijo el maldito piel roja- se llama Águila que Desciende en Círculos, pero puedes llamarme Búfalo Veloz, es mi nombre de guerra.
-¿Quién más sabe nuestro secreto?.
-Nadie más.
-Y, ¿por qué lo sé yo?.
-Has salvado a Nube del Amanecer, Valeroso Guerrero. Eres de los nuestros.
-Uno de los cuatro.
-Todos somos uno de los cuatro.
-Pero yo- intentó explicar Jefferson Flanaghan- no estoy muy seguro de ser uno de los cuatro. Sois los primeros seres humanos que he conocido en mi vida, lo que significa que nunca he sido exactamente un ser humano.  He sido borracho, asesino, caballero de honor y cosas peores. Pero nunca he sido un ser humano. No puedo ser aceptado en vuestra República. Ni siquiera debería saber que esta República existe. Quizá deberíais cerrarme la boca para siempre.
-¿Quieres que te rebane el pescuezo y que te arranque la cabellera, rostro pálido del demonio?.
-Inténtalo y estarás revolcándote dos horas con un tiro en la barriga intentando que tus intestinos no se desparramen por esta preciosa alfombra.
-En mi alfombra no, por favor. Hagan ustedes sus necesidades en el campo, como todo el mundo.
-¿Vivís en una casita que parece un palacio, sin letrinas?.
-Disponemos de letrinas y de cuarto de baño, señor Flanaghan. Búfalo Veloz proviene del mundo civilizado y es todo un artista construyendo receptáculos.
-Pues si se refería usted, señorita Stevens, a mi necesidad de matar a este piel roja, al que ya no llamaré maldito dado que fabrica cuartos de baño, que no dejan de ser una bendición, ha errado usted el disparo.
-Está bien, rostro pálido, a quien ya no llamaré del demonio en compensación a su eliminación del epíteto "maldito" al referirse a mí. Haremos un trato: en privado, yo seré Búfalo Veloz y tú serás Valeroso Guerrero, mientras que en público, yo seré un maldito piel roja y tú un rostro pálido del demonio.
-Tú no me rebanarás la garganta ni me arrancarás la cabellera y, a cambio, yo no esparciré tus intestinos por el suelo.
-¿Fumamos la pipa de la paz?.
-No es justo- intervino Stella Stevens- Las damas no fumamos. ¿Por qué no lo cambiamos por el licor de la concordia?.
-¿Qué maldito licor es ése?.
-Un licor de arándanos que prepara Deborah. Es una delicia.
-Y muy pacífico, apenas tiene alcohol- añadió Búfalo Veloz.
Firmaron la paz con el licor de arándanos de Deborah Thompson. Jefferson Flanaghan quedó encantado con el licor bebido y la paz firmada. Todo ello lo condujo por los amargos vericuetos de la dulce melancolía.
-En los lugares de donde vengo no es frecuente. Pero tengo entendido que por estos territorios nuevos e inexplorados abundan los caciques, tiranos y caudillos...
-Parece usted un caballero culto e instruido, señor Flanagham- dijo Deborah Thompson mientras paladeaba su propio licor.
-Señorita Thompson- comenzó Jefferson Flanagham- Cierto que soy uno de esos que llaman caballeros del Sur, pero toda mi vida, lo que he sido fundamentalmente es un borracho, un jugador, un asesino y un mercader de esclavos. Pero, apelando a mi caballerosidad, he de decirle que es usted una mujer increíblemente hermosa.
-Ten cuidado con lo que dices, Valeroso Guerrero, porque Búfalo Veloz se enamoró de Flor de Algodón mucho antes que tú.
-Valeroso Guerrero- intervino Búfalo Veloz- sólo ha dicho la verdad. No veo motivo alguno para rebanarle el pescuezo y arrancarle la cabellera.
-¿Qué opináis de su barba nevada?- Deborah Thomson se había vuelto ligeramente juguetona.
-Eso es trampa, Flor de Algodón- la reconvino Búfalo Veloz- Sabes que los hombres de mi raza no tenemos barba.
-Eso es cierto- intervino Jefferson Flanaghan- Si hemos de jugar limpio, mi barba no cuenta, Flor de Algodón, me afeitaré.
-¿Te afeitarás, Valeroso Guerrero?- preguntó Búfalo Veloz.
-Tienes mi palabra de caballero- respondió Jefferson Flanagham.
-Pero eres un tipo enjuto, escuálido y cadavérico. Me recuerdas a un personaje novelesco europeo de un libro que leí en la Universidad. Perderías la partida por ser honrado.
-¿No estamos acaso en la República Independiente de Libertad?.
-Ahora lo comprendo todo, maldito rostro pálido de todos los demonios, era el as de corazones que llevabas escondido en la manga.
-Yo no necesito hacer trampas para ganarte al póker, maldito piel roja de todos los demonios. Además, que yo sepa, en las Univerdidades no admiten indios.
-Para empezar, los indios viven en la India, una colonia británica del sur de Asia y...
Stella Stevens lo interrumpió:
-Búflo Veloz estudió en la Universidad de Philadelphia, en Pennsylvania. Literatura y Derecho. Es abogado.
-Esa Universidad debe estar en uno de esos estados yankees.
-Le recuerdo, señor Jefferson, que en la actualidad, Tennessee, Georgia y Kentucky también son estados yankees.
-Señorita Stevens, si usted me permitiera...
-¿Disparar en la barriga a mi migo Búfalo Veloz?. No te lo permito, Valeroso Guerrero. Es más, a él tampoco le permito que te rebane la garganta y te arranque la cabellera. No pretendo que os abracéis, como Lee y Grant, con la hipocresía con que ellos lo hicieron. Pero podría permitiros que fumarais la pipa de la paz.
-¿Y dónde está la pipa que quemaste hace dos años, Nube del Amanecer?.
-¿Me crees capaz de haber quemado la pipa de tus antepasados, Águila que Desciende en Círculos?.
-Tú perteneces a un pueblo capaz de quemar pipas de la paz y mujeres chamanes, a las que llamáis brujas. Además, me pediste permiso para hacerlo.
-Aún así, ¿crees que lo hice?.
-Escúchame, Águila que Desciende en Círculos- intervino Deborah Thompson- ¿Has olvidado lo que Nube del Amanecer siente por ti?. No pongas esa cara,  miembro del pueblo de los seres humanos, voy a por tu pipa, la pipa de tus antepasados, que un día arrebaté a Nube del Amanecer porque la guardaba junto a su corazón y parecía un bulto extraño en la teta izquierda. No podía consentir esa anomalía en un pecho tan perfecto.
Cuando Deborah Thompson entregó su pipa a Búfalo Veloz, Jefferson Flanagham vio algo que jamás había visto antes: lágrimas en los ojos de un sucio piel roja. Deborah Thompson lo besó en la mejilla y Jefferson Flanaghan sintió un deseo irreprimible de asesinar al piel roja con lágrimas o sin ellas.
Stella Stevens, visiblemente emocionada, invitó a Deborah Thompson a dar un paseo por la pradera, no sin antes prometer solemnemente a Búfalo Veloz que no traspasarían los límites de la República Independiente de Libertad.
-Así podréis fumar con total libertad- y también besó a Búfalo Veloz en la mejilla. Jefferson Flanagham se estaba planteando muy seriamente asesinar a aquel piel roja del demonio, seductor de negras y de blancas. Le haría un favor, lo enviaría directamente a las praderas del gran Manitú para que pudiera seducir a mujeres pieles rojas como él.
Cuando se quedaron solos, Jefferson Flanagham miró a Búfalo Veloz con gesto huraño.
-¿Dónde está el tabaco?.
-Nunca he fumado tabaco, rostro pálido. En mi jardín cultivo unas plantas exclusivamente para mi pipa de la paz. Seguro que te encantarán. Hoy, para celebrar el hallazgo, nos fumaremos las flores.
Cuando Búfalo Veloz estaba cargando la segunda pipa de la paz. Jefferson Flanagham se puso meditabundo.
-No sé a quién escuché en cierta ocasión que, si sueltas una piedra, la muy puñetera siempre caerá hacia el suelo. No se quedará flotando en el aire ni caerá hacia arriba. Ella, a lo suyo: caer hacia abajo. Pues escúchame bien, maldito piel roja de todos los diablos, yo podría flotar perfectamente o caerme hacia arriba si me lo propusiera ahora mismo. ¿Qué demonios de yerbajo cultivas en tu maldito huerto?.
-No estoy seguro, ignorante rostro pálido, las semillas me las regalaron mis hermanos apaches mezcaleros. Y esa ley física la descubrió un inglés llamado Isaac Newton, que jamás dijo que las cosas cayesen hacia abajo, sino hacia el centro de la tierra, es decir, hacia arriba, hacia abajo, a la izquierda o a la derecha, depende de nuestra posición relativa respecto al centro de gravedad.
-Siempre sospeché que todos los ingleses eran judíos.
-¿A qué viene esa solemne tontería?.
-Un tipo que se llama Isaac, o es judío, o no se llama Isaac.
-Pues no era judío, para que te enteres. Era arriano.
-¿Qué maldita cosa es un arriano?.
-Un tipo que no cree en la Santísima Trinidad.
-¿Y qué maldita cosa es la Santísima Trinidad?.
-Tú sabrás, que eres el cristiano. Yo pertenezco a una cultura animista y, además, soy ateo.
-No estoy muy seguro de ser cristiano. Creo que para eso hay que ser negro y cantar en las iglesias. ¿Crees que Flor de Algodón es cristiana y cree en la Santísima Trinidad?.
-No lo sé. Nunca hemos discutido de Teología. Sólo de sexo.
-Lo siento, maldito piel roja de todos los diablos, después de escuchar esas porquerías que acabas de decir, no tengo más remedio que esparcir tus intestinos por la alfombra.
-No puedes hacer eso.
-Dame una razón
-Te daré dos. Primera razón, la alfombra es de Stella y tú no querrás llenársela de intestinos podridos de piel roja, sería un insulto que ella no te perdonaría jamás, entre otras cosas porque está enamorada de mí. Segunda razón, antes de que sacaras alguno de tus Colts, dadas las condiciones alucinógenas en las que te encuentras, yo te habría rebanado el pescuezo con mi machete de matar búfalos y pondría la alfombra perdida con tu podrida sangre de caballero del sur. Ya has perdido una guerra, rostro pálido de todos los demonios, ¿quieres perder otra y tu inútil vida con ella?.
-¿Por qué crees que tardan tanto en volver estas mujeres?.
-No estoy muy seguro. Pero,  dado que Flor de Algodón está locamente enamorada de Nube del Amanecer, y dado que Nube del Amanecer es una mujer generosa y Flor de Algodón se cae de guapa, es muy probable que...
-¿Estén haciendo guarradas?.
-Eso se llama amor, rostro pálido. ¿Tú nunca...?.
-No, yo nunca he hecho esas cosas.
-Pero los rostros pálidos vais de putas. En un pueblo miserable como éste hay tres casa de putas.
-¿Estás insinuando que todas las blancas son putas?.
-En mi nación Oklahoma no existen las casas de putas. Ni siquiera en mi lengua existe esa palabra.
- Creo que voy a esparcir tus intestinos sobre la alfombra. Le diré a la señorita Stevens que la has llamado puta y lo entenderá.
-¿Nube del Amanecer entenderá que el hombre del que está enamorada necesita pagarle para...?.
-Como pronuncies la palabra, juro por Dios que eres indio  muerto.
- Estás coladito por ella, rostro pálido.
-Y tú por una negra, Yo, al menos...
-Vamos a llenar la pipa de la paz para organizar un buen plan de guerra.
-Yo estoy harto de perder guerras, Águila que Desciende en Círculos. Pero lo de la pipa me parece bien. Esos amigos tuyos mezcaleros sí que saben lo que fuman.
-Escúchame bien, Valeroso Guerrero. Vamos a morir. De una forma o de otra, vamos a morir. Todo el mundo muere, pero el gran Manitú nos acogerá con cariño en sus verdes praderas si morimos plantando cara a la muerte. Y, de paso, si mandamos al infierno a un par de docenas de bastardos, le haremos un gran servicio a la Humanidad. ¿Has comprendido?.
-¿Cómo quieres que comprenda bajo los efectos de esta maldita pipa de la paz que predica la guerra?.
Además, ¿qué maldita guerra es ésa y dónde tendrá lugar?.
-Será una guerra contra el señor Field y tendrá lugar en Smalltown.
-Nosotros dos contra quinientos asesinos a sueldo.
-Para eso están los planes. Por ejemplo, si tres tipos con sus revólveres en las manos intentaran cortarnos el paso en la calle principal del pueblo, ¿qué crees que ocurriría?.
-Muy sencillo, antes de que se dieran cuenta de lo ocurrido, estarían retorciéndose por el suelo y sujetándose los intestinos para evitar que se les desparamaran.
-¿Hasta a cuántos tipos les podría pasar una cosa así?.
-Supongo que, si son más de seis, alguno de ellos tendría tiempo de matarme a mí. Pero, como eres un indio salvaje y no sabes nada de estrategia bélica, has olvidado el fuego de cobertura. El puto enemigo siempre tiene fuego de cobertura y los muertos somos siempre nosotros.
-Te refieres a los individuos apostados en los tejados o en las ventanas de los pisos superiores apuntándonos con rifles.
-Más o menos.
-Antes de que se dieran cuenta de lo que está ocurriendo, estarían retorciéndose por el suelo con la garganta atravesada por una de mis flechas que, como les habrá partido la tráquea, no los dejará respirar, y, como los habrá dejado sin cuerdas vocales, no podrán gritar y pedir ayuda.
-¿Hasta a cuántos tipos les podría pasar una cosa así?.
-Supongo que, si son más de seis, alguno de ellos tendría tiempo de matarme a mí.
-Tú mismo me dijiste que ese tal Field dispone de todo un ejército.
-¿A cuántos de sus afamados asesinos a sueldo enviaría para liquidar a un viejo renegado del sur y a un sucio piel roja?.
-Yo no enviaría a más de tres.
-¿De cuánto fuego de cobertura echarían mano?.
-Un par de rifles.
- Creo, rostro pálido, que el señor Field tiene un pie y medio en la tumba.
Jefferson Flanagan y Búfalo Veloz caminaban parsimoniosamente por la única calle de Smalltown comentando ciertos aspectos de la condición humana, pero, eso sí, sin mirarse entre ellos, muy pendientes de lo que pudiese ocurrir a su alrededor.Poco antes de llegar a la altura del saloon, tres tipos malencarados se interpusieron en su camino. Uno de ellos, el más feo de los tres, se dirigió a Jefferson Flanaghan con una pregunta absolutamente retórica:
-¿A dónde creéis que vais?.
Naturalmente, no hubo respuesta, las preguntas retóricas no se responden, eso sería de muy mala educación. Dos segundo después, los tipos malencarados se retorcían por el suelo sujetándose los intestinos para que no se les desparramasen por el polvo de la calle y dos tipos apostados, uno en el techo del almacén y otro en una ventana del segundo piso del hotel, cayeron a la calle como dos fardos con las respectivas gargantas atravesadas por dos flechas, así mismo respectivas. Búfalo Veloz las recuperó, también respectifamente, utilizando su cuchillo de degollar rostros pálidos para no dañar las preciosas saetas, y las limpió meticulosamente con un paño que llevaba colgado de la cintura que un día Flor de Algodón le regalo con esa finalidad: para limpiar la sange de los hombres blancos malos..
Entraron en el saloon charlando de cosas intrascendentes, como dos viejos amigos que van al bar a tomar una copa.
-Me ha encantado esa manera tuya de recuperar tus flechas, piel roja.
-Has de saber, rostro pálido, que son auténticas obras de arte. Están hechas con madera de fresno, las puntas son de asta de alce y las plumas de cola de águila calva. Son el rrsultado de un laborioso proceso paciente y minucioso. Jamás me desprendería de una de ellas.
-Yo siempre guardo los casquillo de mis balas usadas. Durante la guera, cuando nos quedábamos sin munición, que solía ser muy a menudo, buscábamos casquillos usados y los recargábamos. Perdimos la guerra, es cierto, pero nunca dejamos de matar yankees por falta de balas.
El saloon, desde un punto de vista escénico, presentaba el siguiente aspecto: detrás de la barra había un tipo de una obesidad escandalosa con una escopeta de cañones recortados en las manos. A la derecha de la barra, tres tipos vestidos de negro, sombreros incluidos que, por cierto, llevaban puesto, charlaban animadamente de sus tremebundos actos de crueldad y de su comportamiento asesino, presumiendo de ello como niños con zapatos nuevos. Y, finalmente, en el rincón de la derecha, había un tipo sentado sobre una silla recostada contra la pared, con unas botas de piel de serpiente y espuelas de plata sobre la mesa, con un cigarro en una mano y un vaso en la otra.
En cuanto el tipo de detrás de la barra vio entrar a Búfalo Velox, emitió un gruñido porcino, especia de mamíferos a la cual pertenecía indudablemente;
-¡Aquí no se admit...!.
Hasta ahí pudo llegar aquel almacén de grasa, porque, inmediatamente después, se vio revolcándose por el suelo intentando evitar que sus intestinos se desparramasen, cosa que, obviamente, no pudo hacer, dada la voluminosidad de de su espectacular abdomen. La parte de detrás de la barra quedó repleta de una grotesca capa de vísceras malolientes. Hay personas que no tienen entrañas y personas que tienen demasidas. Los tres tipos de la derecha de la barra se giraron como relámpagos desenfundando sus revólveres, se notaba a la legua que aquello era algo que estaban acostumbrados a hacer cotidianamente, pero aquel día, lo hicieron por última vez en su vida, siempre hay una última vez para todas las cosas, y acabaron retorciéndose en el suelo, etc., etc., etc...
Búfalo Veloz saltó al otro lado de la barra como un gato y apoyó sus mocasines en un tabuete, porque el suelo estaba impracticable.
-Aquí sólo hay matarratas, y seguro que esta cerveza son meados de mula. Creo, rostro pálido, que nos hemos equivocado de bar.
La voz del tipo de las botas de piel de serpiente sonó suave y melodiosa:
-Junto al grifo de la cerveza hay una palanquita, si la bajas, saldrá por él la mejor cerveza malteada de Iowa. Además, arriba, a la derecha, hay whiskey de Tennessee, bourbon de Louisiana y scotch de los Highlands, el emor del mundo.Es lo que estoy bebiendo yo.
Búfalo Veloz cogió una botella de scotch y un vaso y los dejó sobre la barra. Luego buscó la jarra más grande que pudo hallar, la limpió con los flecos del paño de Flor de Algodón, bajó la palanquita, y la llenó con una cerveza negra como el carbón y de espuma blanca como la nieve. Volvió a saltar la barra sin derramar una sola gota y se acercó a Jefferson Flanaghan, que había limpiado su vaso con el pañuelo rojo que llevaba anudado alcuello, había descirchado la botella de un mordisco, había escupido el corcho a un lado y se había escanciado con generosidad. Caminaron juntos hacia la mesa del tipo de las espuelas de plata..
-Rostro pálido, frente a ti tienes al tirano,, opresor y cacique de este territorio en cien millas a la redonda, el mismísimo Solomon Abraham Fueld en persona. Señor Field, engo el honor de presentarle al Coronel del Ejército Confederado Jefferson Augustus Simon Flanaghan, más conocido como Valeroso Guerrero.
- Cierto que lo es- dijo Field mirando a Flanaghan. Después, miró a Búfalo Velos- Tú y yo nos conoceos, ¿cierto?.
-Por supuesto que nos conocemos, señor Field. Lleva usted tres años intentando matarme, y eso le ha costado la vida a veinticinco de sus mejors pistoleros.
-¡Claro!, tú eres ese indio conocido como Búfalo"El Rápido". Pero, como sólo dejas muertos a tu paso, llegué a pensar que eras una leyenda, algo así como el coco o el lobo feroz. Celebro conocer personalmente al protector de mi rometida.
A Jefferson Flanaghan le cambió de colo la faz.
-¿Qué maldita cosa acaba de decir este tipejo?.
-Perdona, Valeroso Guerrero, pero olvidé decirte que el señor Field petende a Nube del Amanecer.
-¿Y qué demonios pretende?.
-Muy sencillo, coronel Flanaghham- dijo Field con una sonrisa encantadora- Pretendo hacerla mi esposa, construirle un palacio, cubrirla de joyas y llearla a París para que se compre ropa. Por cierto, indio llamado "El Rápido", me encanta ese nombre típico de tu raza que le has puesto a la señorita Stevens. Si no te molesta, yo también la llamaré así, Suena mejor que "querida" o "amor mío".
-Tengo dos preguntas que hacerte, piel roja de todos los demonios- dijo Jefferson Flanaghan mirando a Búfalo Veloz- Primeram pregunta: ¿Qué opina Nube del Amanecer sobre este tema?.
-Digamos que Nube del Amanecer no simpatiza con la propuesta, ya eabes que ella...
-¡Cállate o te pego un tiro!. Segunda pregunta: ¿Cómo te atreves a pronunciar su nombre secreto ante semejante montón de basura?
-Estoy seguro de que el señor Fueld se llevará nuestro secreto a la tumba.
El mentado señor Fiels hizo un gesto con la mirada señalando un fajo de billetes que había sobre la mesa.
-Ahí tenéis diez mil dólares. Se trata sólo de una pequeña recompensa por el espectáculo que me habéis proporcionado. Pero es lo que cobraréis cada uno de vosotros semanalmente si decidís trabajar para mí.
-¿Y que hmos de hacer para acabar siendo, tan inmensamente ricos en tan corto espacio de tiempo?- preguntó  Jefferson Flanaghan con expresión tan adusta como impenetrable.
-Es muy sencillo- le respondió Solomon Field- Los chicos, últimamente, andan algo desmadrados. Algunos de ellos han formado verdaderas bandas de forajidos, Violan niñas de seis años, cuelgan  niños de cinco y les hacen perrerías a las mujeres antes de arrancarles la piel a tiras. No me gusta. Habréis observado que a la entrada del pueblo he mandado levantar algunos patíbulos,
-Lo hemos observado- dijo Jefferson Flanaghan.
-Vuestro trabajo consistirá en colgar a cinco o seis de esos tipos toos los días. Naturalmente, coronel Flanaghan, podrá usted dispararles en la barriga si así lo desea, pero, primero, cuélguelos, por favor. En cuanto a ti, indio al que llaman "El Rápido", los puedes colgar de los pies y rebanarles el gaznate. Hasta puedes recoger su sangre en un cuenco para usarla como pintura de guera. Yo lo que quiero es demostrar quién es el amo y quién manda aquí. Habréis comprendido que no se trata de castigar a nadie, sino de escarmentar a todos.
-¿Y cuándo se supone que debemos comenzar nustro trabajo?- volvió a preguntar Jefferson Flanaghan con la misma adustez impenetrable.
-Cuando lo consideréis oportuno. Ya estáis contratados. Se cobra los sábados.
-Muy bien, pues comencemos- dijo Jefferson Flanaghan desenfundando sus dos Colts y disparando a la barriga de Solomon Field, que cayó al suelo revolcándose en él e intentando tapar un agujero coin cada mano. Al caer, aplastó el cigarro con una mejilla y se eschuchó un pequeño chirrido de carne frita..
Jefferson Flanaghan se volvió hacia Búfalo Veloz mientras volvía a enfundar sus Colts.
-¿Por qué pones esa cara de pasmado, makdito piel roja de todos los demionios?.
-No es lo que piensas, rostro pálido. Me ha dejado pasmado que desperdicies una bala, precisamente cuando hemos venido hablando de lo importante que es ahorrar munición.
-A veces tengo antojos.
-¿Y se te ha antojado que un hombre tan importante como el señor Field merecía dos balas en lugar de una solo como todos los demás?.
-No, se me ha antojado que un hombre tan importante como el señor Field merecía que lo matara dos veces en lugar de una sola como a todos los demás.
-Ningún hombre muere dos veces.
-Pero da mucho gustito pensar que sí.
Caminaros hacia la puerta de salida, pero tres metos ants de llegar Búfalo Veloz se giró hacia Jefferson Pjanaghan.
-Has olvidado el dinero sobre la mesa, rostro pálido.
-¿Quién, yo?. ¡Pues anda que tú...!
-Yo no lo he olvidado. Para mí sólo son papeles. No significa nada.
-Ni para mí. Donde esté un dólar de plata...
-Hasta en las más atávicas culturas, tanto los hombres como las mujeres han sentido una especial atracción por los objetos brillantes. Te comprendo, rostro pálido.
-Bien, maldito piel roja de todos los demonios, crucemos esa puerta. Llegó nuestra hora... Tengo entendido que vosotros los salvajes despreciáis la muerte.
-Estás muy equivocado, rostro pálido. En mi nación rspetamosm muchísimo la muerte. Pensamos que es la cosa más importante que hemos de hacer en este vida. Por eso procuramos que sea gloriosa y, si es posible, por una causa nioble.
-No, si al final hasta vamos a tener cosas en comín...
-Más de las que piensas, rostro pálido. Por ejemplo; ni tú ni yo tememos a la muerte. Y, claro, luego están las chicas...
-¿Qué crees que les harán antes de despellejarlas vivas?.
-Eso no ocurrirá. No las cogerán vivas, Flor de Algodón jamás consentiría algo así, conoce demasiado bien a los hombres blancos.
-No deja de ser un consuelo.
-Pero no hemos de morir hoy necesariamente. Ni nosotros, ni ellas,
-¡Maldito piel roja de todos los diablos!. Ahí fuera hay un centena de tipos armados hasta los dientes que nos van a hacer picadillo en cuento crucemos esa puerta.
-Durante miles de años, los hombres sabios se han devanado los sesos con el fin de comprender la naturaleza humana. No es que hayamos conseguido gan cosa, pero algo sí hemos descubierto. Por ejemplo, que la codicia le puede a la venganza, que la avaricia le puede al odio y que el miedo lo puede todo.
-¿Y qué propones?.
-Saldremos por esa puerta con los brazos cruzados, para demostrarles que no buscamos pelea. La barbilla altiva, para demostrarles que no tememos a la muerte. Y la mirada desafiante, para demostrarles que, si hemos de morir, al menos una docena de ellos nos acompañarán eb el viaje.
-¿Qué conseguiremos con eso?.
-La remota probabilidad de que no nos maten.
-Comprendo, la otra opción es la muerte segura.
-La nuestra y la de las chuicas.
-¡Maldita sea, piel roja salvaje de todos los demonios!. Con tipos como tú, no habríamos perdido la guerra-
-¡Maldita sea, sucio traficante de esclavos!. Los tipos como yo estábamos en el otro bando.
Con los brazos cruzados, la barbilla altiva y la mirada desafiante, cruzaron la fatídica puerta y comenzaron a bajar lentamente los escalones de madera. La jauría de sicarios les fue abrirmfo pasillo mientas los que quedaban detrás corrían hacia el interior del saloon para comprobar lo qu había pasado allí dentro.
Al cabo de pocos minutos, se encontraron caminando por el centro de una calle desierta. Sin prisas, sin mirarse, marcando el paso como si un tambor lejano les indicara el ritmo, la melodía y el compás.
-No temas al fuego de cobertura, rostro pádido. Ya sabes, a enemigo que huye, puente de plata.
-¿Estamos huyendo, piel roja?.
-¡Naturalmente que estamos huyendo, rostro pálido!. Pero no lo hacemos por cobardía, sino por amor.
-Eso ya lo sé. Me gusta huir por ese motivo.
-¿Estás pensando lo mismo que yo=?.
-Estoy pensando exactamente lo mismo que tú.
-¿T sigues crependo que el mejor camino es hacia el Oeste?.
-Sigo creyendo que el mejor camino, es hacia el Oeste. Salvo que tú tengas una idea mejor.
-Hacia el Noroeste hay un inmenso bosque y, en medio, un gran lago alimentado por varios arroyos.
-¿Y qué propones?.
-Propongo que salgamos antes del amanecer. Las chicas conducirán el carro, tu cabalgarás justo a ellas montando a Tres Damas, y yo iré detrás eliminando las huellas y a los perseguidores. No dejes con vida a ningún bicho de dos patas que se cruce en tu vamino y respeta a los caballos. Libéralos de la silla y de los aparejos. Son bsstias nobles y fieles, os seguirán.
-¿Está muy lejos ese bosque?.
-Procura proveerte de una buena cantidad de tocino. Pero, cuando pruebes las tortitas con miel de Flo de Algodón. Tres Damas y tú olcidaréis para siempre el tocino.
-¿Cómo encontraré el camino dento del bosque?.
-No será necesario porque ya os habrñe alcanzado y os guiaré. Naide nos encontrará jamás. Conozco un valle tapuzado de flores en primavvera y de nieve en invierno. El lugar iedeal par establecer la Tepública Independiente de Libertad.
-Y llenarla de críos.
-No te hagas ilusiones en ese aspecto, roastro pálido. Yo seré un cazador solitario. Tú serás un trampero más solitario que yo todavía. Pero Flor de Algodón y Nube del Amanecer serán inmensament felices, ígitur, nosotros también.
-¿Sabes lo que te digo, maldito piel roja salvaje de todfos los demonios?. Me encanta esa perspectiva. No me gustaría ver a nuestros hijos algún día matándose entre ellos.
-Has hablado como un hombre sabio,Valeroso Guerrero.
-He tenido muy buenos maestos, Águila que Desciende en Círculos.
La República Independiente de Libertad pervivió hasta el tres de abril de mil novecientos dos, fecha del fallecimiento de Flo de Algodón, la última de sus cuatro habitantes.
El bosque fue talado en su totalidad y el lago es hoy un charco tócico sin vuda alguna en su interior debido a las cinco plantas químicas alzadas en sus riberas.
Jamás ha existido otra República Independiente de Libertad.
Aquel inmenso país se haya hoy sojuzgado por un par de doenes de nuevos señores Field y sus jaurías de asesinos a suldo. Un sistema social que se ha hecho muy popular y está siendo exportado al resto del mundo, lo llaman democracia.
Cometimos un imperdonable error el día que cruzamos el Mississippi..










REDONDILLAS

Nos morimos porque somos
caracoles de miseria,
 necrófagos de materia
 editada en veinte tomos.

 ¡Ya quisiera yo soñar
 sin asesinar recuerdos!.
 A veces somos tan lerdos
 que soñamos despertar.

 Se equivocó la paloma
 buscando anhelos y espumas
 y siendo rata con plumas
 sin guión ni punto y coma.

 Más de cuatro, multitud.
 Más de tres, brutal gentío.
 Dos, a veces, desvarío.
 Uno... inexactitud.

 Todos somos inocentes,
 porque para ser culpables
 hemos de ser responsables.
 Somos pobrecitas gentes.

Dime, piedra del sendero,
¿nunca escuchaste tú hablar
de aquel lejano juglar
que llamaban Blas de Otero?.

León Felipe no tuviera
ni un abuelo general,
ni un manzano, ni un peral,
ni un su huerto con su higuera.

Se despertó la memoria
al mojar la magdalena,
miles de granos de arena
dieron sentido a la historia.

Una fragancia temprana,
un resplandor de colores
que mece miles de flores:
El llanto de la mañana.

Hubo una flor de amapola
nacida en la roca viva
solitaria, pero altiva
mostrando al sol su corola.

Era un dios omnipotente
que se murió de tristeza
cuando tuvo la certeza
que lo fabricó un creyente.

No era bruja, era maga,
uruguaya de París,
donde el cielo es siempre gris
y en la rayuela naufraga.

En Cummings, maldita sea,
tenía lugar la reunión,
muy cerca del malecón
donde estalló la odisea.

Pirro ganó la batalla
a los malditos romanos,
y luego dijo: ¡Hermanos,
la próxima, no ganalla!.

Una ráfaga temprana,
atrevidos resplandores
que mecen miles de flores:
El llanto de la mañana.

Una estrella es un portento
de la fusión nuclear,
algo así como crear
el alma del pensamiento.

En más de quinientos años,
un simple reloj de cuco
asomado a un ventanuco
con anaqueles castaños.

Mani tenía razón,
el profeta desdoblado,
somos puros por un lado,
y siempre hay elección.

Aquel Agustín de Hipona,
eterno perseguidor,
pudo haber sido el peor:
el que acusa y no perdona.

Si toda la vida es sueño
y despertar es morir,
si llorar es sonreír...
¡Qué grande es lo más pequeño!.

Si me mato o no me mato
es la principal cuestión,
la pregunta es de cajón:
¿está muerto o vivo el gato?.

Tengo un amigo poeta
que, por supuesto, está muerto.
Ni él acierta, ni yo acierto,
la distribución discreta.

Si también lloran los ricos
y los pobres también gozan,
si hasta los cerdos retozan...
Mi corazón se hace añicos.

Josué decreto anatema
al pueblo de Jericó.
Lo que luego allí ocurrió
fue la crueldad suprema.

Esa parte contratante
de nuestra primera parte
decreta que el baluarte
defiende del atacante.

Era Ilión, la bien murada,
la altiva y la orgullosa,
la rica, fértil y hermosa,
vencida al fin y humillada.

Emma soñaba quimeras,
pero vivía en sus sueños,
que, siendo en verdad pequeños,
eran inmensas barreras.

Era esposa del regente
y era su gracia Ana Ozores,
niña de sueños y ardores
y de despertar doliente.

Mentir es cuento sabido.
Lo difícil es, ¡pardiez!,
conseguir la estupidez
del engañado o mentido.

El mayor de los desmanes
es destruir la floresta,
acto infame que detesta
simbas, chitas y tarzanes.

No presumas de español,
presume de españolito.
Si quieres te lo repito:
Nada nuevo bajo el sol.

Siempre escribí jilipollas
con la jota de jitano,
con be baja escribo vano
y lloro al cortar cebollas.

Cuando yo era pequeñito
y medía uno veinte,
no era más inocente,
sólo era más bajito.

Nuestras vidas son los ríos
que dios sabe a dónde irán,
unos vienen y otros van,
así son los muy jodíos.

Yo me quiero ir al cielo
con los ángeles bonitos,
con los santos beneditos,
con el dios del albo pelo.

Tirar el pan es pecado,
¡cojones!, que no te enteras.
Pero, quieras o no quieras,
vas a pagar lo acordado.

Inglesito de Inglaterra
que humillas al mundo entero,
tú eres el dios verdadero
y yo un hijo de perra.

Yo no nací fijodalgo,
que nací simple plebeyo
de los de la bota al cuello.
¡Ay, hija mía, algo es algo!.

Tengo las neuronas pijas,
las dos y la forastera,
y, aunque yo no lo quisiera,
son más sobrinas que hijas.

Vale, vivís en el lodo.
De acuerdo, os chupan la sangre.
Lo sé, pasáis frío y hambre.
¡Pero es que os quejáis de todo!.

Hay una vida concreta
y otra vida paralela
que viene a ser esa estela
que va dejando un cometa.

Dice mi hermano pequeño,
el que murió hace años:
No nos llamemos a engaños,
que toda la muerte es sueño.

Honra merece el honrado
y castigo el delincuente,
compasión el inocente
y paz el ajusticiado.

Cuando sueño que estoy muerto
y que todo dios me añora,
que todo el mundo me llora,
tonto de mí, me despierto.

Creo en los trasgos y duendes.
Creo en las brujas y hadas.
Creo en las reinas malvadas.
Creo que tú no me entiendes.

Le disparó en la cabeza
porque se rompió una pata,
a un caballo se le mata
por una simple flaqueza.

Ni el furor ni la fiereza,
ni el odio del enemigo,
ni la traición del amigo.
Lo asesinó la belleza.

Como daltónico viejo,
yo sé mucho de colores
y, sobre todo, de flores.
Hay que cruzar el espejo.

La libertad es un sofisma
que preocupa a mucha gente
y, aun siendo muy indulgente,
la enjundia es siempre ella misma.

A veces son los colores
los dueños de nuestra vida,
su gran paleta extendida
nos convida a ser mejores.

Quisiera no haber nacido,
¡grave expresión de rocín!.
Mi amigo José Agustín
te dará tu merecido.

La fe es regalo divino
igual que la esquizofrenia,
luego viene la epidemia
del humano desatino.

¿Tú también, Bruto, hijo mío?.
Tú gran César, gran capullo,
tú gran borracho de orgullo.
¡Ave, César, tú jodío!.

Fue el enigma la nariz
de Cleopatra, la reina
que la peinadora peina
entre desliz y desliz.

Hay más días que longanizas
y más montañas que pinos,
más sendas que peregrinos
y más vientos que cenizas.

Tengo un amigo invisible,
un conejo de seis pies.
Se llama Harvey, sabéis,
y es bastante imprevisible.

Estaba pensando en dios
un martes por la mañana,
cuando cayó una manzana,
y me dije: "¡Anda la hos!".

Buscamos un porvenir
porque aún no ha venido
y una vez acaecido
sólo nos resta morir.&

Nada escapa al maleficio
de los lugares profundos,
esos escondidos mundos
donde reina el sacrificio.

Un súbito deseo ardiente
te transforma en algo raro,
te atenaza el desamparo
y te mueres de repente.

Cabecita, cabecita
del rey de la Francia entera,
tú, que ruedas por la acera,
di patata, patatita.

Un nauseabundo decreto
de miseria y parentesco
asesinó a un tal Montesco
junto a una tal Capuleto.

A los malos se los caza
porque hay que impartir justicia
con más o menos pericia
y a la chusma dar carnaza.

Flor de Anquises venusida
fue aquel Eneas troyano,
padre del genio romano,
sembrador de muerte y vida.

¡Ah de Dido, la olvidada,
la tristemente suicida!,
la que fabricó la vida
en el confín de la nada.

Dejémonos de jactancias,
de liturgias casquivanas
y de vanidades vanas:
Sólo somos circunstancias.

Recuerdo qué hice mañana,
porque mirando mi entorno,
en el eterno retorno
toda deidad es pagana.

Dijo en magnanimidad:
¡Hágase la luz, cojones!.
Y nacieron los fotones
y la relatividad.

Si he de decir la verdad,
los hombres quieren ser libres
de diferentes calibres.
Anarquía es libertad.

Despacito, despacito,
no tenemos tanta prisa.
Vale más una sonrisa
torva y blanca, hei capito?.

Limpia, dulce, casquivana,
con pecas y pelirroja.
Quien quiera escoger, que escoja:
¡Bendita Blanca Mañana!.

Han muerto cuatro romanos
y cinco cartagineses,
han llorado tres cipreses
y han reído seis gusanos.

Es tan profunda la mar
y su corazón tan recio
que hace falta ser un pecio
para poderla abrazar.

Si yo te quisiera verde
como quiero a la pradera,
te querría marinera
y ahí mi mente se pierde.

La bondad de los extraños,
lo extraño de la bondad,
engaño de la verdad,
la verdad de los engaños.

Lo recuerdas claramente
como algo indiscutible
y hasta lo encuentras plausible:
Espejismos de la mente.

Más allá de la cordura
se enfurece un pensamiento,
buscando conocimiento
critica la razón pura.

Tengo un tío agricultor
y una tía costurera,
tengo una prima tercera
que hace filtros de amor.

El buitre busca carroña
que alguna vez tuvo vida,
a veces la hace comida
y otras veces la emponzoña.

Tuve una prima tercera
que hacía filtros de amor,
la cazó un inquisidor,
la quemaron en la hoguera.

Hasta la sabiduría
vende la universidad,
deshuesada la verdad
vende la carnicería.

Tiene Japón un fulgor,
un enorme Fujiyama
y una historia que proclama
diez mil cerezos en flor.

¡Este Nerón, qué muchacho!.
Presunto compositor,
gran pirómano y cantor.
César, dios y mamarracho.

Tengo una amiga gitana
que, por supuesto, está muerta,
ni yo acierto ni ella acierta
esa condición humana.

Los sumerios calculaban
de una manera asombrosa
el tamaño de una cosa
y ni se nos despeinaban.

Hammurabi dejó dicho:
Ley quinientos treinta y seis:
La cabeza perderéis
según mi real capricho.

Fue Tutmosis el tercero
bastardo de nacimiento,
faraón de gloria hambriento
y un irredento guerrero.

El mundo estaba en Oriente
y en Occidente los hielos,
pero los mismos anhelos
en el alma de la gente.

Las aguas eran más puras
y los bosques más frondosos,
los hombres más generosos,
cuando  llegaron los curas.

Tiene usted mucha razón,
caballero con corbata,
a los malos se los mata
por el bien de la nación.

Eran guerreros fornidos
de piel en cuero bruñida,
de vocación homicida
y embotados los sentidos.

Nos mintieron del soldado
valeroso caballero,
el fiel y leal guerrero
defensor de lo sagrado.

Cuando se mataba a mano
la vida era más dura
y la guerra más oscura.
Hasta dios era pagano.

¿Quién derrotó a los hoplitas
sin la ayuda del dios Ares,
quién con sus huesos impares
alimentó las marmitas?.

Cariátides pitonisas,
desde vuestro Erecterión
contempláis el Partenón
regalándole sonrisas.

Un amigo extraterrestre
que, por supuesto, está muerto,
ni él acierta, ni yo acierto,
qué es la pintura rupestre.

El asesino asesina
como el matarife mata,
la víctima siempre acata
aquello que se avecina.

Aquí nada es personal,
todo es un puro negocio,
si tu amigo no es tu socio,
ni es amigo ni es formal.

Un amigo pompeyano
que, por supuesto, está muerto,
ni él acierta, ni yo acierto,
el cabreo de Vulcano.

Sí, la fe mueve montañas,
la fe de aquel zapatero
que asustó al sultán artero
con sus plegarias extrañas.

Ya que el tiempo se dilata
a cierta velocidad,
¿qué tiene de novedad
que el gato muerto sea gata?.

Tengo un amigo fantasma
que, por supuesto, está muerto,
ni él acierta, ni yo acierto,
el rollo del ectoplasma.

¿Es acaso un neutrino
un neutrón más pequeñito?.
¡No, cabeza de chorlito!,
es la huella del camino.

Un perro será inocente,
pero es un hijo de perra.
Se lo mata y se lo entierra,
así, tan divinamente.

El corazón me has rompido
con tu cruel crueldad
movida por la maldad,
mala mujer, ¿qué has hacido?.

Tengo una amiga lesbiana
que, por supuesto, está muerta,
ni yo acierto, ni ella acierta,
qué es la cardad cristiana.

Un gato será inocente,
pero es un hijo de gata.
Se lo coge y se lo mata,
así, tan divinamente.

Algo murió de repente
en Plaza de la Cebada:
La libertad asesinada
por un monarca demente.

Tengo un amigo vikingo
que, por supuesto, está muerto,
ni él acierta, ni yo acierto,
por qué es fiesta el domingo.

Do fuisteis vos Marco Polo,
el viajero impenitente
que visitó el sol naciente
conociendo el protocolo.

Cogí el origen de todo
y lo enterré en el Mar Muerto,
era un día en que, por cierto,
llovían sapos y lodo.

Nunca se cae una hoja
sin la voluntad divina,
quien lo duda desatina,
y su majestad es coja.

Aquel Felipe el segundo,
rey de todas las Españas,
taciturno y sin entrañas
que coleccionaba el mundo.

La alegría de vivir
es un invento francés,
parece que el truco es
en vez de llorar, reír.

Ignoro en este momento
qué es un rollo macabeo,
si más miro, menos veo.
Tendré que estar más atento.

Ptolomeo el macedonio
se proclamó faraón,
un vulgar Tutankamón,
otro divino demonio.

Desde los puentes del Sena
arrojaba a sus amantes,
ridículos y galantes.
¡Ay, pena, penita, pena!.

Único dios verdadero
es Serapis el mestizo,
el del semblante pajizo
donde se le ve el plumero.

¡Qué por Alá, por aquí!.
Menudo menda el Don Mendo.
Lo malo es que yo lo entiendo,
el medievo era ansí.

¿Quién no conoce la historia
de los partos invencibles,
esos tipos increíbles
borrachos de vino y gloria?.

Muy cerquita de Palmira,
en la ruta de la seda,
compré con media moneda
la mitad de una mentira.

La flor en el horizonte
por el Éufrates bañada,
altiva y amurallada,
¿qué fue de ti Ctesifonte?.

Un amigo sibarita
que, por supuesto, está muerto,
ni él acierta, ni yo acierto
qué es una patata frita.

Un simposio era una cena,
aquello si que era vida,
aparte de la comida,
alegría macarena.

Tengo una nieta menuda
que enmudece de repente
y se queda como ausente
leyendo a Pablo Neruda.

Fue en la isla de Sicilia
cuando la contienda púnica,
nos poníamos la túnica
en las cenas de familia.

Odio las mortales muertes,
pero amo la primavera
y la verdad verdadera.
¿Do te fuiste, Gloria Fuertes?.

Poseidón el poderoso,
Neptuno de los romanos,
tridente de los paganos.
¡Anda y que te den, hermoso!.

Soplaba un dulce mistral
y un sol arriba lucía,
me paró la policía:
No se ha puesto usted el bozal.

Tengo una amiga princesa
que, por supuesto está muerta,
ni yo acierto ni ella a cierta
qué es una majestad lesa.

La Lusitania famosa,
la patria de los Viriatos,
esos valientes jabatos
que a Roma le daban cosa.

Roma no paga a traidores.
¡Pero seréis cabronazos!,
se os va a caer a pedazos,
cerdos crucificadores.

No por mucho madrugar
amanece más temprano,
tampoco se es más humano
por lo mucho perdonar.

Si Roma ofrece tratado
y te lo promete todo,
tómatelo de este modo:
Date por crucificado.

Un romano es un romano,
y a un romano se lo mata,
y, si has metido la pata,
equivocarse es humano.

¿Qué pensáis que es un traidor?.
Si fracasa, un ser impío,
pero, ¿y si gana el jodío?.
Un héroe libertador.

Roja insignia del honor
de los valientes soldados,
asesinos despiadados,
muerte, miseria y dolor.

Un infiel es un infiel,
y a un infiel se lo mata,
si luego metes la pata,
siempre habrá empezado él.

Primero eran los francos
y después fueron cruzados,
pero siempre recodados
por ciegos, cojos y mancos.

Antioquía, Antioquía,
la adusta, la inexpugnable,
la en apariencia amable
procelosa satrapía.

Llegaron los peregrinos
y asaltaron la ciudad
degollando sin piedad:
Imperativos divinos.

Tengo un amigo otomano
que, por supuesto está muerto,
ni él acierta ni yo acierto
qué significa cristiano.

Un francés es un francés,
y a un francés va y se lo mata,
luego haces como Escarlata:
Ya lo pensaré después.

Fernando de Magallanes
que, por supuesto está muerto,
ni él acierta, ni yo acierto
el milagro de los panes.

Algunos de mis amigos
son gentes de mal vivir,
esos que suelen morir
como mueren los hormigos.

Un amigo patagón
que, por supuesto está muerto,
ni él acierta, ni yo acierto,
eso de tener razón.

Luciano era el más pequeño
de aquel capazo de hermanos,
caballeros corsicanos.
Mas toda la vida es sueño.

Un amigo portugués
que, por supuesto está muerto,
ni él acierta, ni yo acierto,
por qué los llaman ciempiés.

Tengo yo dos gallinitas
que me abastecen de huevos,
unos viejos y otros nuevos.
Pitas, pitas, pitas, pitas.

Era su oficio sicario
y ocultaba sus acciones
por temor a las sanciones,
cuando salió del armario.

Don Juan Sebastián Elcano
que, por supuesto está muerto,
ni el acierta, ni yo acierto,
hasta dónde se es enano.

La Torá lo deja claro,
cuál es el pueblo elegido,
quién nace santo y ungido,
quién merece luz y amparo.

¿De quién os reís así,
pelanduscas del diablo,
no me escucháis cuando os hablo?.
¡Mamá, se ríen de mí!.

Para algunos hombrecicos
derechos de la mujer
significan escoger
en la jeta o en los hocicos.

Dice mi hermano pequeño,
el que murió hace años:
Déjate de esos apaños,
que todo bien es pequeño.

La cosa más espantosa
es que un muerto se levante,
¿qué se piensa el muy tunante,
que ha vuelto la mariposa?.

Cuando yo era mayor
quería ser un chiquillo
y tener un borriquillo
de nombre Plateador.

En mi planeta amanece
cada catorce minutos,
hay sequoias diminutos
y un baobab que florece.

Procedían de otros mundos,
lugares que están muy lejos,
con orejas de conejos
y ojos grandes y profundos.

Un asesino, asesina.
Un justiciero, ajusticia.
Pero siempre sin malicia
y sin envidia cochina.

¡Qué manera de llover!,
y el Noé haciendo el loco,
creo que dentro de muy poco
nos tendremos que comer.

A todos nos ha pasado,
no siempre por culpa nuestra,
subirnos a la palestra
y salir desenfocado.

Conozco un juego perverso
donde todo el mundo pierde:
Dos tipos que van de verde
te explican la Biblia en verso.

La gente bien educada
suele ser gente muy seria,
justifica la miseria,
nunca se queja de nada.

Me gusta cualquier paisaje,
buscar caminos perdidos,
senderos desconocidos,
y viajar sin equipaje.

Sí, conocéis las hazañas
del gran César victorioso, 
aquel general glorioso
autor de cien mil patrañas.

El efecto mariposa,
¡vaya cosa más sencilla!.
Tú te sientas en la silla
y el rosal hace una rosa.

Tengo un amigo fantasma,
que por supuesto está muerto,
ni él acierta, ni yo acierto
para qué sirve la pasma.

El efecto mariposa,
¡qué cosa tan complicada!,
tú no tienes que hacer nada
y llueve al sur de Formosa.

Nace la Universidad
como gremio y cofradía,
como premio y regalía,
como entredicha verdad.

Tengo un amigo maoísta,
que por supuesto está muerto,
ni él acierta, ni yo acierto
por qué rojo y no rojista.

El efecto mariposa,
¡qué tontería de efecto!:
Vas y matas el insecto
y te abandona tu esposa.

Me pone usted algarrobas,
medio saco de patatas,
entero si están baratas,
y un negro de seis arrobas.

¡Que Dios nos bendiga a América!.
Y a los demás que os den,
y si no os parece bien,
ahí tenéis la periférica.

¿No habéis leído la historia?.
Si se pone impertinente,
matamos al presidente
y aquí paz y después gloria.

Tengo un amigo vikingo,
que por supuesto está muerto,
ni él acierta ni yo acierto
por qué hacer fiesta el domingo.

Hay tesoros escondidos
y tesoros encontrados,
hay tesoros olvidados
y hay tesoros perdidos.$


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Girl
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Amor en su punto
300
El juramento














 

viernes, 25 de octubre de 2019

AUTOBIOGRAFIA

Me llamo Bigné y soy anarquista.
El 14 de febrero de 1955 era lunes. A las tres de la mañana era de noche en el número uno de la Plaza de la Marina del Grau de Gandia. Una mujer menuda y escuálida llevaba tres días pariendo. Eso no sería de gran importancia, pero resulta que me estaba pariendo a mí. Todo parecía indicar que tanto ella como yo moriríamos esa madrugada gracias a las maléficas artes de un llamado comadrón que no era otra cosa sino un asesino. Pero alguien repartió buenas cartas esa mano.
Mi padre se llamaba Jaime Soler Pérez y era guardia civil, como su padre y como su abuelo, y como después lo sería su hijo, o sea, un servidor.
Mi madre se había fugado de un convento para casarse con el novio de su infancia y, viendo llegar el momento del alumbramiento de su primogénito, hizo lo que por entonces se solía: refugiarse en casa de mamá para parir cristianamente.
Todo esto significa que yo nací en la casa de mis abuelos maternos el día de San Valentín del año del fallecimiento de Albert Einstein.
No lo recuerdo exactamente, porque yo debía tener una media hora de edad, pero estoy seguro de que mi padre me espetó con los ojos inyectados en sangre:
-¡Me cago en Dios, como se muera tu madre, te mato, hijo de puta!.
Nunca he tenido muy claro si mi padre me odió desde el día de mi nacimiento hasta el día de su muerte, máxime si tenemos en cuenta que siempre he creído que todos los padres odian a sus hijos primogénitos y desahogan su amor hacia los segundones, o hacia sus hijas, pero no quiero entrar ahora en tragedias griegas ni en estupideces freudianas. Yo sí he odiado siempre a mi padre, ¿pasa algo?.
De todos modos, también es posible que mi padre culpara a Dios. Cuentan las malas lenguas que sólo blasfeman los creyentes. ¿Qué sentido tendría blasfemar para un agnóstico?. Pero yo he blasfemado como un carretero toda mi vida y jamás me ha preocupado la existencia de ese cabrón. Puede que a mi padre tampoco, una cosa es que yo hubiese preferido otro padre y otra muy distinta que yo haya renegado jamás del que me tocó en suerte. Todos tenemos el padre que nos merecemos.
Si tuviéramos que hacer caso de lo que cuenta la gente, llegaríamos a la conclusión de que, fundamentalmente, mi padre fue un perfecto jilipollas por no haber vendido entradas: todas las personas que he conocido en mi vida aseguran haber estado allí, hasta el punto de que a veces dudo sobre el lugar exacto de mi nacimiento: la casa de mis abuelos maternos o el Camp Nou.
Quienes sí parece que estuvieron, aparte de mi madre... y puede que yo, fueron mi padre y mi tía Celia, ya por entonces una consumada solterona, pero no machucha, mi tía machucha era Matilde, honor que nadie le ha discutido jamás. Por cierto, mi tía Celia sigue siendo una consumada solterona a sus noventa y un años recién cumplidos.
Yo lloraba, mi padre siempre aseguró que berreaba, ignoro si utilizaba el verbo en sentido coloquial, quizá porque nací sin la oreja izquierda y me la acababan de coser o tal vez porque me sentía avergonzado de haber intentado asesinar a mi madre. Pero la señorita Cecilia Bigné dio con la clave en un santiamén:
-Això és fam.
Sobre el asunto de neonatos, mi tía Celia tenía nociones elementales: los hijos son cosa de las hermanas. La prueba era que mi tía Angelita ya había tenido tres y yo era su cuarto sobrino, lo que no deja de ser experiencia suficiente como para dar lecciones a mi padre, que era primerizo y, además, estaba la hostia de cabreado, no sólo con Dios, sino también conmigo.
Como que lo que yo tenía era hambre según la docta opinión de mi tía Celia, mi padre y ella procedieron a alimentarme como Dios les dio a entender: pusieron leche condensada en un vaso, lo llenaron con agua del grifo, lo removieron cencienzudamente y, tal y como ambos han jurado siempre por lo más sagrado y al unísono, cogí el vaso con mis propias manos y me lo zampé de un tirón, tras lo cual emití un glorioso eructo que ya forma parte del escudo genealógico de mi familia. Como es lógico, nadie, absolutamente nadie, ha dado crédito jamás a semejante historia. Pero ambos se han ratificado siempre en ella, sabedores de que la más leve modificación significa contradicción y, por consiguiente, tortura despiadada y lóbrega mazmorra.
Debía correr el cuarto día de mi existencia cuando todos se percataron de que ni mi madre ni yo íbamos a morir, al menos como consecuencia del parto carnicero y terrorífico que ambos habíamos sufrido. Hay una isla cerca de la Antártida llamada Isla Decepción. Un buen día un tal Nathan Palmer la bautizó con el nombre de Deception Island, porque resultó no ser una isla, sino una apariencia engañosa (deception, en inglés). Luego, un listillo lo tradujo como Isla Decepción... Y como todas las inmensas falacias de la historia, así han quedado las cosas. Quizá por ese motivo, siempre he pensado que, más que decepcionar a mi padre, lo que hice fue engañarlo como a un chino, aparentando toda mi vida ser lo que no soy. El hecho de no morirme durante los primeros cuatro días de mi vida, más que una decepción, fue un engaño: was a deception.
Así que, cuando yo contaba con cuatro días de edad, mi padre decidió que regresáramos a Ayora. Se presentó acompañado por uno de los caciques del pueblo. El buen hombre se había ofrecido a realizar el traslado en su lujoso automóvil fabricado en los Estados Unidos. Afortunadamente, ese automóvil fue el único objeto yanqui que recorrió parte de la provincia de Valencia, porque en el desierto de Nevada, otro objeto yanqui llamado Wasp, una bomba atómica de 1'2 kilotones, hizo explosión para regocijo de honrados patriotas, de allí y de aquí, porque el generalísimo Franco no sólo se la chupaba a Dwight David Eisenhower y se ponía tieso, se cuadraba y vociferaba: "¡Señor, sí, señor!", sino que estaba dispuesto a prestarle una provincia para sus bombitas, total, tenía cincuenta... Pero no sucedió tal y hoy seguimos existiendo yo y la provincia de Valencia.
El cacique ayorino en cuestión consideraba a mi padre una especie de paria de tercera división embutido en un uniforme. Comoquiera que ese uniforme era el del benemérito cuerpo de la Guardia Civil y, como le dijo el generalísimo, el amigo de Eisenhower, a su íntimo enemigo Emilio Mola, el perrito faldero del contumaz golpista José Sanjurjo: "Sin la Guardia Civil, no podemos ganar". Parece mentira que Mola, cubano e hijo de un capitán de la Guardia Civil, no se hubiese percatado del asunto. Y comoquiera también que la guardia civil le había salvado la vida en dos ocasiones al susodicho cacique, y sin olvidar que los fascistas serán todo lo que usted quiera menos tontos del culo. El susodicho cacique ayorino en cuestión había estudiado el asunto con meridiana clarividencia: Como decía Pepe Isbert, otro ilustre fascista, en "Bienvenido, míster Marshall" (qué curioso, hablando de yanquis, Dios los cría y ellos se juntan): "Ciudadanos de Villar del Río, como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación, y esa explicación que os debo, os la voy a pagar". Igitur, como decía Plinio el Viejo, o "por consiguiente", como decía otro fas... digo sosialista, mi padre pagaría con intereses y recargos el desinteresado favor del cacique que, como todos los caciques, siempre dedicó su vida al servicio del pueblo, del pueblo español, faltaría más.
El día quinto de mi vida, ya instalados en el pabellón correspondiente de la Casa Cuartel de la Guardia Civil de la muy noble y muy leal villa de Ayora, fue un buen momento de reconsideración de los sucesos acaecidos, en absoluto consuetudinarios, durante aquellos intempestivos parcos días desde mi alumbramiento.
Había una deuda pendiente que, como el alcalde Villar del Río, había que pagar. De la misma forma que ese mismo día las potencias imperialistas francesa, británica y norteamericana fundaron lo que eufemísticamente se dio en llamar SEATO (Organización del Tratado del Sudeste Asiático) para justificar el genocidio francés en Indochina y la posterior invasión de Vietnam por parte de los Estados Unidos, aquel cacique ayorino firmó un pacto de caballeros con mi padre: "No me debe usted nada, Soler", venía a decir. Pero claro, si un día se le iba la mano con alguno de sus aparceros, o le daba por sacar el Mauser clandestino, recuerdo de la Gloriosa Cruzada, para matar jabalíes hembras preñadas en La Hunde, perteneciente al Patrimonio Forestal del Estado, que luego se llamó ICONA y ahora se llama El Coño de la Bernarda, no vamos a preocuparnos ahora por una puta vietnamita en pelotas corriendo por una carretera perdida donde cristo perdió el gorro... ¿qué opina usted, Soler?.
La mañana que cumplí ocho días, mi madre se percató de que la carne se me iba a chorros y la vida con ella. No fueron cálculos matemáticos sino intuitivos. El día del terrorífico parto, mi madre medía un metro y cincuenta y seis centímetros y pesaba sesenta kilos preñada. Yo pesé al nacer cinco kilos y medio, lo que significa que después del parto, sin mí y sin mis circunstancias, se quedaría en cincuenta kilos limpios y en canal. Ella se iba recuperando bien que mal, pero yo perdía peso. Resulta curioso que algo tan trascendental como eso preocupara a mi padre lo mismo que al generalísimo o al presidente de los Estados Unidos, que andaban enzarzados con su nueva bombita "Moth" de dos kilotones. Quizá mi padre pensaba que como un moth (polilla) es un huérfano de la Guardia Civil, el viejo Ike estaba homenajeando al benemérito instituto poniéndole ese nombre a su bomba. El caudillo, por su parte, le había ofrecido la provincia de Guadalajara, si total, tenía cincuenta..., para que lanzara su polillita. Franco pensaba que su amigo Ike lanzaba las bombas atómicas en Nevada porque allí tenía un campo de concentración de rojos y maricones. Franco pensó en Guadalajara porque allí habían sido machacados los patriotas italianos de su hermano Benito Mussolini por los rojos apátridas de las Brigadas Internacionales y ya iba siendo la hora de la venganza. Las deudas se pagan, ¿verdad, señor alcalde de Villar del Río?.
A los diez días de edad, yo me seguía deteriorando a chorros y mi madre preocupándose a raudales. Tanto es así, que un día le dijo a mi padre, eso sí, en la lengua que ellos hablaban:
-Jaume, el xiquet s'ens mor.
Mi padre, tras sopesar los pros y los contras de tan mesopotámica cuestión, es decir, tras observar las riberas de ambos cauces, expresó su opinión de forma meridiana y contundente:
-Collons!.
Mi padre, como todos los guardias civiles, tenía el corazón partido entre las consignas patrióticas de aquella España Una, Grande y Libre y el artículo primero del reglamento para el servicio que lucía ostentosamente en todas las fachadas de todas las casas-cuartel.
Mi madre también tenía el corazón partido entre la imposibilidad de poderme amamantar y la responsabilidad de seguir viva.
En cuanto a mí, con diez días de edad, es muy probable que ni siquiera tuviese todavía corazón. Y no nos confundamos, no me estoy refiriendo al órgano muscular hueco que bla bla bla la sangre y todo eso. Estoy hablando de eso que se nos parte, como se nos parte el alma, esa alma que no existe, pero que se parte la muy cabrona.
Para un miembro de la generación del pelargón a quien la vida se le escapaba a chorros a una edad tan tierna no se le puede exigir, encima, que tuviera corazón. A lo sumo, que se defendiera como gato panza arriba.
Yo acababa de cumplir catorce días de edad cuando ocho tripulantes del destructor colombiano Caldas cayeron a la mar a causa de la sobrecarga del barco y sólo uno de ellos sobrevivió. Todos conocemos esa historia, pero no por la realidad, sino por la novela de Gabriel García Márquez "Relato de un náufrago", incluso nos gustaría que no fuese real, sino inventada por Gabo, como inventó Macondo. Aunque, bien pensado, ¿estáis seguros de que Gabo inventó Macondo y Rulfo inventó Comala?. ¿Sí, tío?... ¡No me jodas!. Aquel último día del mes de febrero algo debió naufragar en mi vida, porque tengo la sensación de haber sido un náufrago desde entonces. Mi madre descubrió que yo tenía los ojos azules... Azules de mar y naufragio. Mi padre se cortó afeitándose y ni se molestó en arreglarse el bigotito recto y fino que tan de moda estaba por entonces.
Loadas sean todas las diosas, mi madre recobró los colores al llegar el decimoquinto día de mi vida. Eso sí, andaba la buena mujer preocupada porque yo los perdía. A otros les iba peor, Juan Domingo Perón, el hombre que consiguió a base de trigo que en todas las ciudades y pueblos de España hubiese una Avenida de la República Argentina, y que conste que conseguir que Franco consintiese en llamar República a una calle española, manda carallo, como dirían sus paisanos. Pues el buen hombre topó con la Iglesia, pero no con la iglesia pétrea y con minúscula con la que toparon Don Quijote y Sancho Panza, sino con la Iglesia con mayúscula con la que toparon los albigenses y por similares motivos heréticos La misma Iglesia que ensalzó la sublevación fascista de Franco, apoyó el golpe militar contra su amigo Perón, que tuvo que refugiarse en el seno de aquella España que tanto le debía... y Evita muerta tres años antes. A los quince día de edad, yo no tenía vergüenza ni, como decía mi abuelo Rafael Bigné, conocía a nadie que la tuviese: "Ni tens vergonya, ni coneixes qui la té". ¿Qué importancia podía tener que yo me estuviera muriendo en aquel mundo lleno de sinsabores e injusticias?. Pues mire usted, ¿qué quiere usted que le diga?, a mí ese Perón de los cojones me la traía floja. Yo, a mi pelargón y a procurar vivir un día más. Total, la Avenida de la República Argentina de Ayora estaba a veinte metros saliendo del cuartel a la derecha.
Aquella depauperación mía, más que fruto de las insuficiencias nutritivas concretas de aquel glorioso pelargón al que dios nuestro señor conserve en el limbo de los justos in secula seculorum, en opinión de mi padre era más bien fruto de mi naturaleza malévola: yo era un tipejo avaricioso, egoísta y profitós, como dicen en mi pueblo. Mis ansias irrefrenables de desarrollo físico y vital eran la causa de que mis provisiones nutricionales fuesen manifiestamente insuficientes. Vicio, puro vicio.
Yo no era consciente, por otro lado y a mis quince días de edad, de los terribles esfuerzos de ciertos nobles corazones por el bien de la Humanidad. El chicarrón de Texas había decidido hacer estallar una nueva bombita en su querido desierto de Nevada y, para rizar el rizo, humillaron y ofendieron al croata Nikola Tesla poniéndole su nombre al artefacto de siete kilotones que, para aquellos tiempos, eran kilotones de cojones. Tesla ya había sido humillado y ofendido, en el más puro estilo dostoievskiano, por el patriota Thomas Alva Edison, por lo que la afrenta no venía de nuevas. Como es natural, el Caudillo hizo su habitual oferta, esta vez, dada la magnitud de la bomba, ofreció para la explosión la provincia más grande que tenía: Badajoz. Pero el chicarrón Ike le dijo: "Deja, deja, Paquito, que ya yo me apaño". Eso sí, se lo dijo en inglés de Texas y Franco ni se enteró, como no se enteraba de nada, y el famoso Plan Badajoz se fue al carajo, como en aquellos tiempos se iban todas las cosas. Sic transit gloria mundi.
A la tierna edad de quince días, aunque no frecuente, si es muy probable que surjan angustiosas dialécticas uruguayas, incluso en la España de Franco, donde la dialéctica estaba prohibida, sobre todo la dialéctica materialista de Engels. Por mucho menos fusilaron a las trece rosas. Por lo tanto, no es extraño descubrir que la vida es muy dura en el oeste, tomada la expresión como metáfora de tierras fronterizas, y hallarse entre la ceca y la meca, entre el madrid y el barça, entre Pinto y Valdemoro. Y no es baladí esta última dialéctica uruguaya. Porque en Valdemoro está la escuela de guardias jóvenes, huérfanos del cuerpo, fábrica de los futuros polillas con derecho a galones. Y si, es un suponer, un borracho hubiese matado a mi padre en una reyerta tabernaria, probablemente, a la edad de quince días, no me hubiesen admitido en la academia de Valdemoro, pero hubiesen hecho lo que en tales circunstancias era usual: certificar el fallecimiento de mi progenitor en acto de servicio y, en tal caso, mi madre y yo acabaríamos viviendo con mis abuelos, sus padres, en la casa donde nací, a orillas del Mediterráneo, el de oscura y profunda alma, con una pensión ridícula y casi ofensiva. Pero tampoco vamos a poner el grito en el cielo, en ese tema, este bendito país no ha cambiado ni mucho ni poco. No ha cambiado. Eso sí, más tarde o más temprano, yo hubiera ingresado en la escuela de guardias jóvenes, también conocida como colegio Duque de Ahumada, y hubiese acabado siendo un polilla con derecho a galones y no un rojo impresentable que se meaba en el tricornio cunado estaba borracho. ¡Qué desvergüenza!. ¡Así va España!. Afortunadamente, los chicarrones de Vox lo van a arreglar, sobre todo las chicarronas de Vox.
Yo siempre había pensado que Herbert von Karajan fue designado director titular de la Orquesta Filarmónica de Berlín el día que mi bisabuelo ingresó en el Cuerpo, a finales del siglo XIX (aún conservo su mesa de despacho) y que ostentó ese cargo durante un siglo más o menos, pero, curiosidades de la vida, esa elección, que no designación, se produjo durante mi decimoséptimo día de vida, lo que demuestra la absoluta futilidad de todas las cosas, sobre todo de las cosas mundanas. Pensar en este afamado personaje, paisano de Mozart, que no compatriota, versado en música, pero especialista en anschluss, de férreas convicciones nacionalsocialistas y maestro en bemoles, me lleva a la conclusión de que nada es verdad ni es mentira, que el tiempo es efímero, traidor y circunspecto y de que todos, unos más y otros menos, somos imágenes virtuales en una lente deforme. Por eso ya no me parece tan grave que yo siguiera languideciendo, cada día más enclenque, mi madre se siguiera preocupando por mí cada vez más y mi padre me mirara de vez en cuando y, tras contar todas mis costillas y comprobar que no faltaba ninguna, moviese la cabeza con gesto dubitativo y expresara sus dudas con brutal clarividencia:
-Collons!.
Andábamos por el vigésimo primer día de mi vida, ya estaba yo hecho todo un chavalote, eso sí, enclenque, esmirriado y casi cadavérico, con una precoz vocación de zombie, cuando aquel chicarrón de Texas que había ganado él solito la II Guerra Mundial, soltó su Turk. A mi tierna edad y a pesar de que siempre he sido un genio, algo tan manfiestamente evidente que es innecesario recalcar, no andaba yo percatado de si el Turk de Ike era el mismo Turco de Felipe II, otro brillante estadista, o era una manera  texana de pronunciar Turkey, comiéndose la terminación, como se lo comen todo los texanos, sobre todo si han ganado ellos solitos la II Guerra Mundial. Pero un respeto, un poco de por favor, porque los 43 kilotones del Turk de Ike eran kilotones de cojones. El invicto caudillo, que también había ganado una guerra él solito, pensó que con una provincia no había ni para el aperitivo. Entonces recordó que él también tenía un desierto, un desierto del carallo, pero Ike no tragó, sabía perfectamente que estos dictadores bananeros del sur del río Bravo, que eran todos unos putos mestizos, no como los texanos que exterminaron a los comanches sin fabricar ni un solo comanchito nuevo. Y, a pesar de las sugerencias del caudillo de España por la gracia de Dios de las monedas de cinco pesetas, Ike respondió de malos modos:
-¡Vamos, hombre!. No querrás comparar el Alcázar de Toledo con El Álamo... Así que no me toques las pelotas, enano.
Lo de "enano" le dolió a Paquito en el alma. Sobre todo que eso se lo dijera un tipejo de apenas cinco pies y diez pulgadas. Para ser tejano, era mucho más enano que un gallego de casi cinco pies y medio.
Y las cosas ya nunca fueron lo que habían sido, ni para mí, ni para Franco, ni para Eisenhower. Fue terrible comprobar que todo se lo llevó el viento. Requiescat in pacem.
A todo esto, si el uno era avispa, el otro era avispón, y cuando uno era o estaba, en inglés no hay diferencia, mosca, el otro era o estaba moscón. Yo, personalmente, a mis veinticuatro días de edad, estaba, pero no era, jodido de la hostia. Mi padre se unió al juego de tan preclaros dirigentes que, cada uno a su manera, hicieron historia. Así que, con la mosca tras la oreja, un día se presentó en casa con una liebre en la cartera de camino y le dijo ami madre muy serio:
-Fes un arròs caldós.
-Si li donem eixe caldo al xiquet, es morirà- dijo mi madre escandalizada.
-Es morirà de tota manera. Fes un arròs caldós.
Desde ese día, llovieron en casa las liebres, los conejos, las palomas torcaces, las perdices y algún que otro ardacho. Mi padre se había convertido en un guardia civil corrupto, que negociaba las piezas de caza con sus amigotes y, a cambio, hacía la vista gorda a la caza furtiva.
Pero si bien es cierto que yo le debo la vida a mi padre en todos los sentidos de la expresión, justo es reconocer que no fue para salvarme la vida el motivo de que se convirtiera en un guardia civil corrupto. Mi padre fue un guardia civil corrupto desde el día en que ingresó en el cuerpo, como todos los guardias civiles, incluido el chulo de su hijo, que se pasó la vida presumiendo de que él jamás pasó por la piedra. Mentira podrida.
Siempre podríamos argumentar los listillos que no es lo mismo pactar con los furtivos que lo eran para dar de comer a su familia, que humillar la cerviz ante el cacique de turno para que la estocada entre hasta la bola. La pregunta del millón es ¿por qué no es lo mismo?. Si matar es matar y los verdugos son asesinos, sólo hay que fijarse mínimamente en las connotaciones de la palabra verdugo, prevaricar es prevaricar. Estos son mis principios, y si no os gustan, tengo más.
En aquellos tiempos de barbarie y subdesarrollo, cuando África empezaba en Los Pirineos, no era cuestión de esperar que entre el mobiliario de la Casa Cuartel de la Guardia Civil de Ayora figurara la computadora transistorizada que acababa de presentar la Bell Telephone, justo cuando yo había superado en cuatro días mi primer mes de vida. La Bell Telephone hoy se llama Nokia y no es japonesa, sino europea, concretamente finlandesa, o finesa, que es más fino y más corto. Por cierto, Finlandia, un país con el cual la Unión Europea es más chuli. Algo así como la Unión Europea sin el Reino Unido, que sería la hostia de chuli, pero no nos caerá esa breva.
Cierto que el puesto de la Guardia Civil de Ayora no disponía de artilugios de la Bell Telephone, pero algo tenía que ver con con el escocés Alexander Graham Bell, que jamás fue Caballero del Imperio Británico, pero sí Legionario de Honor de la República Francesa. Porque, a todo esto, de lo que sí disponía en puesto de Ayora, de la 311 comandancia, era de teléfono. Era un teléfono con manivela. La hacías girar, descolgabas y sonaba la voz de la Reme:
-¿Número?.
Pero las cosas no ocurrían exactamente así, y menos en los pueblos donde todo el mundo se conocía.
-Buenos días, Soler. ¿Con quién te pongo?.
-Buenos días, Reme. Ponme con Martínez.
La pregunta lógica, o las preguntas lógicas, porque son varias, serían:
Primera.
Supongamos que la lucecita que se ha encendido en la centralita telefónica es la del cuartel de la Guardia Civil. Está claro que la Reme sabe dónde le han dado a la manivela, pero, y esta es la peliaguda primera cuestión: ¿cómo ha sabido "quién" le ha dado a la manivela.


 
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