jueves, 19 de noviembre de 2009

LOCUS AMOENUS JORNADA PRIMERA


LOCUS AMOENUS
JORNADA PRIMERA

Yo no debía estar contando esta historia, pero se da la circunstancia de que no somos nosotros quienes elegimos las historias, sino que son ellas las que nos eligen a nosotros. Porque, si no es así, ¿qué diablos hacía yo tomando una cerveza en aquel bar de aquel pueblo perdido, esperando un maldito autobús que me llevase a ninguna parte?.
Dicen que por Ayora no se pasa, que a Ayora hay que ir "a cosica hecha", es decir, asumiendo todas las responsabilidades que el hecho conlleva. Y, la verdad, yo, una vez más, me comporté como un irresponsable. Bien es verdad que, para ir de Almansa a Requena, se ha de pasar por Ayora. Pero, como dicen en Almansa, ¿quién demonios querría ir a Requena?. En Requena, con el sarcasmo característico que le da al vino su recio sabor, cualquier persona honrada diría: "¿Qué es eso de Almansa, una marca de mazapán?".
Pero en aquel día posterior a las ejecuciones-asesinatos de septiembre del setenta y cinco, yo estaba tomando una cerveza en un bar de Ayora, junto a un tipo que echaba pestes contra los ejecutores-asesinos, un rojo, probablemente.
Me llamo Vicente Mouriz, Vicente Mouriz del Río, pero, como cada vez que digo mi segundo apellido, todo el mundo me pregunta "¿de qué río?", lo dejaremos en Vicente Mouriz, o Vicente a secas pra los amigos, muy pocos, todo hay que decirlo.
La noche anterior, yo estaba en Almansa y conocí a una mujer en una cafetería. Lo que quiero decir es que ligué, o algo parecido, porque aquella mujer resultó ser una avezada Mesalina, pletórica de iniciativas sexuales, y la cosa terminó en una turbulenta noche libidinosa veintidós quilómetros más al norte, en un lugar llamado Ayora.
Suponiendo que no existan los hados, las hadas, los sortilegios ni la maldita fatalidad que heredamos de nuestros ancestros musulmanes, ésa podría ser la explicación de por qué estaba yo en Ayora aquel día, y de por qué estoy contando yo, precisamente yo, esta historia.
Aparte del tipo que echaba pestes contra los ejecutores-asesinos, un rojo, probablemente, sólo se encontraba en el bar un barman bajito, muy interesado en descifrar el trascendental dilema entre quinto y tercio. También estaba yo, al menos eso creo.
La puerta se abrió y entró una pareja de guardias civiles de uniforme. Saludaron al barman bajito y al presunto rojo. Pero no venían a hablar con ellos, ni a resolver el dilema entre quinto y tercio.
-Buenas tardes- dijo uno de ellos, el que parecía mandar más.
-Buenas tardes- respondí, no porque las tardes me parecieran buenas, sino porque conviene medir las palabras delante de la Guardia Civil.
-Tiene usted que acompañarnos al cuartel- lo dijo con la naturalidad de quien dice "Muchacho, tienes que dejar de beber", o "Chico, tienes que buscar trabajo".
-¿Por alguna razón en especial?- no es que yo pretendiera ironizar sobre el hecho de que la Guardia Civil me invitara a acompañarla a su cuartel, más bien afloró en mí ese miedo atávico a lo desconocido. Hemos de considerar que la famosa frase "...y se lo llevó la Guardia Civil", venía a ser algo así como "Pobrecito, pero si lo vi hace dos días, y parecía más sano que una rosa".
Pero el guardia civil que parecía mandar más, ni se inmutó ante mi pregunta.
-El sargento quiere hablar con usted.
Tal vez aquel sargento de la Guardia Civil estaba el hombre aburrido y quería hablar con alguien. Y puede que el hombre no considerara aquel tugurio el lugar más apropiado para nuestra conversación, y por ese motivo había elegido la tranquilidad de su despacho. Juro por lo más sagrado que estuve a punto de gritar aquello de "¡Yo no he sido!", pero me dio tiempo a pensar que no había tal aquello que yo no había hecho. Al menos, yo desconocía momentáneamente qué podría ser aquella cosa que yo no había hecho. Tuve la sensación de aquél que cree estar tomando un té sin limón, cuando, en realidad, lo está tomando sin leche.
El origen de mi irracional repulsa ante aquella situación, puede que estuviera simbolizado por el uniforme verde oliva y por ese horroroso artilugio que llevan en la cabeza los guardias civiles. Pero aquello sólo eran símbolos, lo que realmente impresiona es una Star nueve milímetros Largo, o un Mauser del siete sesenta y cinco. Así que decidí desempolvar mi mejor sonrisa y mis mejores dotes diplomáticas.
-Les acompañaré con mucho gusto.
Como último recurso, le pedí la cuenta al barman bajito, esperando encontrar en sus ojos un gesto de solidaridad, una luz de fraternidad humana. Pero aquel hombre continuaba muy preocupado por la dialéctica entre quinto y tercio. El presunto rojo, ni me miró.
Acompañé en silencio a la Guardia Civil hasta su cuartel, como un Nazareno escoltado por la guardia pretoriana, en mis oídos resonaban los tambores que marcaban el paso, incluso me detuve en cierto momento, convencido de que escucharíamos una saeta.
Llegamos al cuartel y me introdujeron en un cuartucho donde había, efectivamente, un sargento sentado detrás de una mesa y, a su lado, en pie, otro guardia civil más joven que los miembros de mi escolta de honor.
La pareja de la Guardia Civil saludó a su sargento llevando la mano derecha a la altura del hombro izquierdo, y su sargento les hizo un gesto con la mano que, seguramente, debía significar "Buen trabajo, muchachos. Y ahora largaos". Jamás hubiera pensado que un sargento de la Guardia Civil pudiera parecerse tanto a Humphrey Bogart.
Me miró detenidamente, y, cuando comprobó que yo no me parecía en nada a James Cagney, me invitó a sentarme frente a él y me ofreció un cigarrillo. Era un Celtas corto, hacía muchos años que yo no fumaba uno de aquellos Celtas cortos que llenaban de humo los interludios entre clase y clase del viejo instituto. Acepté el cigarrillo, no como el reo que va a ser fusilado, sino como cómplice de una infracción, porque en el viejo instituto estaba prohibido fumar.
Cuando encendió su cigarrillo, después de ofrecerme fuego, inhaló el humo y lo expulsó por la nariz, la cosa quedó clara. Pero, a pesar de todo, ¿qué diablos hacía Humphrey Bogart disfrazado de sargento de la Guardia Civil?.
-¿Lleva usted encima su carné de identidad?- En principio, la pregunta no debía haber sido ésa, sino "¿Qué se te ha perdido por mi distrito, Johnny?". Pero supongo que aquel sargento no era exactamente Humphrey Bogart.
-Sí, naturalmente.
Le ofrecí mi carné de identidad como quien entrega su salvoconducto a un oficial de la Gestapo, para ver si cuela. ¡Qué poca fe tenía yo, en aquellos momentos, en aquel documento absolutamente oficial, legal y auténtico!.
Miró el carné detenidamente. Me miró a mí detenidamente. Y miró, no tan detenidamente, al guardia que tenía, en pie, a su izquierda. He de reconocer que siempre es preferible el estudio sistemático del carné de identidad de uno, que ese ridículo interrogatorio sobre tu nombre, tu lugar de nacimiento y el oficio del primo de tu suegro.
Me devolvió mi carné y me miró mientras le salía humo por todas partes.
-Bien, Don Vicente. ¿Y cuál es el motivo de su visita?.
Estaba claro que quería saber qué demonios se le había perdido a Johnny por su distrito. Volvía a ser Humphrey Bogart, y aquello me gustaba más. Ahora era mi turno, y mi frase no podía ser otra que "Dímelo tú, Frank. Tus gorilas me han traído hasta tu guarida".
-¿Se refiere a mi visita al cuartel?- Es lógico que yo hiciera así la pregunta, no debemos olvidar que la película era doblada.
-Sí, claro- apagó su cigarrillo y se rascó la cabeza- Usted quiere saber por qué lo hemos traído al cuartel.
-Más que nada, es por curiosidad. Ya sabe usted.
-Esta mañana han matado al capitán.
No, no dijo "han asesinado al capitán", ni utilizó la pasiva "el capitán ha sido asesinado". Dijo sencillamente "esta mañana han matado al capitán", más concretamente "han matao al capitán". Y se me quedó mirando, como si esperara que yo reaccionase de una manera especial, quizá para comprobar si la noticia me había sorprendido o, y eso empezó a preocuparme, sospechando que yo lo había sabido antes que él.
-No sabe usted cuánto lo siento- dije en un arrebato de sinceridad, porque yo estaba convencido de que aquel sargento de la Guardia Civil no tenía ni la más remota idea de hasta dónde llegaban mis sentimientos en aquel tema.
-¿Por qué lo siente usted?. ¿Conocía al capitán González?.
-No, pero no está bien que la gente vaya por ahí matando capitanes de la Guardia Civil.
-Tiene usted razón. Eso no está bien. Incluso, es un delito.
No soy un tipo demasiado inteligente, pero de todas formas, me di cuenta de que aquel sargento conocía su oficio y de que no era un sentimental. O eso, o le importaba un rábano que hubiesen "matao" a su capitán.
-Y ahora, Don Vicente, le toca mover a usted.
Ya estaba claro, conocía su oficio y no era un sentimental. Y tenía razón, me tocaba mover a mí. La cuestión era ahora si enrocarse o adelantar el caballo. Y no era una cuestión sencilla. Meditemos un momento. Yo estaba en Ayora porque había conocido a una mujer en Almansa y me había llevado a su casa para echar un polvo salvaje. Una historia absolutamente increíble. Podía haber venido a visitar a unos amigos, podía estar de paso hacia Requena, podía haber tenido una avería en el coche y estar esperando que un mecánico la arreglara. Podía, incluso, haber venido a matar al capitán de la Guardia Civil. Cualquier historia, menos la verdad, era verosímil, lógica. El sargento esperaba, había encendido otro Celtas corto.
-Ayer conocí a una mujer en Almansa- comencé, sin estar muy seguro si ése sería un buen comienzo.
-Conoció usted a una mujer en Almansa- certificó el sargento.
-Esa mujer era de aquí.
-Espero que lo siga siendo.
-Pero hay un problema- dije yo, con una inocencia de la que, en ese momento, no era del todo consciente.
-Celebro que se haya dado cuenta- dijo el sargento con una sonrisa- Porque, efectivamente, tiene usted un problema. Un problema que podría, incluso, ser muy grave.
Aquel hombre tenía toda la razón del mundo. Yo tenía un problema. Se me ocurrió decir "¡No estará usted pensando que yo he matado al capitán!". Pero, por otro lado, ese tipo de observaciones han de estar adornadas por una dignidad de la que yo carecía en aquellos momentos. Decidí no mostrarme humillado y ofendido, porque, al fin y al cabo, todavía no me habían dado motivos para ello y porque, en todo caso, todo lo más que llegaba a sentirme era un poco estúpido.
-El problema al que me refiero- dije apoyando la cabeza sobre la mano derecha, en una pose que había visto en muchas películas- es que no me gustaría que esta historia se hiciese pública, para no perjudicar la reputación de esa dama.
-Puedo asegurarle que todo cuanto diga usted en este despacho será considerado como un asunto confidencial- dijo el sargento mirándome como si yo fuera su cómplice. Después, se volvió hacia el guardia que había en pie a su izquierda- ¿Qué opina usted, Sanchis?- porque, parece ser que aquel guardia se llamaba Sanchis.
-No creo que el señor Mouriz deba preocuparse por nuestra discreción, mi sargento.
Miré a aquel guardia porque creí leer entre líneas que de lo que yo debería preocuparme en realidad no era de su discreción, ni la de él ni la del sargento, sino de que me creyeran. Y, la verdad es que no notaba yo una especial predisposición en el ambiente a ser creído.
Acepté de nuevo el cigarrillo que me ofrecía el sargento, y me dispuse a contar una historia que ni yo mismo me acababa de creer.
-Como les decía, ayer conocí a una mujer en Almansa. Fue en una cafetería cerca del mercado central. Tomamos un par de copas y me trajo en su coche a Ayora, a su casa. La verdad es que no sé como explicar...
-Veamos si he entendido lo que usted quiere decir- dijo el sargento- Se lió usted con una mujer en Almansa y se vino a follar con ella a su casa de Ayora. ¿Qué pasa, que no hay hoteles en Almansa?.
-Eso es lo que yo dije- miré al sargento como si fuera ese amigo al que se le cuentan estas cosas al día siguiente- Pero ella insistió en que en su casa estaríamos mejor.
-¿Y estuvieron ustedes mejor?.
-Hay que reconocer que una casa siempre es menos fría que un hotelucho de mala muerte.
-¿Y dónde está esa casa?.
-En medio de esa calle tan larga cuesta arriba que da a la carretera, enfrente de un cine.
El sargento miró al tal Sanchis, el guardia que tenía en pie a su izquierda, como si yo acabara de decir la barbaridad más grande que había escuchado en toda su vida, y a mí me miró como aquel viejo profesor de Matemáticas cada vez que yo cambiaba de variable olvidando cambiar el diferencial, es decir, no como a un estúpido, sino como a un tramposo.
-Esa mujer... ¿tenía nombre, o usted no suele hacer preguntas tan íntimas?.
-Isabel, dijo que se llamaba Isabel.
-¿La madre o la hija?
-No sabría decirle...
-¿Qué edad aproximada diría usted que puede tener?.
-Treinta y pico.
El sargento miró al tal Sanchis tocándose el bigote. Porque aquel sargento tenía bigote, y parecía muy orgulloso de su bigote. Quizá, en ese momento, echaba de menos su peine especial para bigotes de sargento de la Guardia Civil.
-¿Ha escuchado usted lo que nos acaba de contar Don Vicente?.
-Sí, mi sargento- dijo el tal Sanchis- Don Vicente asegura haberse tirado a Doña Isabel Gavidia.
Yo sonreí torpemente para añadir.
-El apellido no lo sabía.
-¿Sabía usted que es una mujer casada?.
-Más bien lo sospechaba.
-Y, claro, usted ignora que Doña Isabel Gavidia está casada con Don Andrés Martínez.
-Me temo que ignoro muchas cosas más.
El sargento miró al tal Sanchis antes de decir:
-Creo que deberíamos sacar a Don Vicente Mouriz de su profunda ignorancia. Explíquele usted quién es Don Andrès Martíenz.
-¿Puedo utilizar la palabra cacique, mi sargento?. Eso sí, confidencialmente.
-Puede usted utilizar, confidencialmente, la palabra cacique, Sanchis.
-Pues bien, Don Vicente- dijo el tal Sanchis dirigiéndose a mí- Don Andrés Martínez es el cacique del pueblo.
-Y ahora- dijo el sargento- Explíquele usted a Don Vicente Mouriz quién es Doña Isabel Gavidia.
-¿Puedo utilizar la palabra santa, mi sargento?
-¿Confidencialmente?.
-Por supuesto, mi sargento. Confiamos en la discreción de Don Vicente.
-En ese caso, puede usted utilizar, confidencialmente, la palabra santa.
-Doña Isabel Gavidia es la santa esposa del cacique del pueblo.
 Confidencialmente, he de reconocer que tuve la angustiosa impresión de que aquellos tipejos (sí, he dicho tipejos, ¿qué pasa?) se estaban burlando de mí de una manera como nadie lo había hecho antes en mi larga vida, llena de burlas e infamias. O eso, o yo estaba rotundamente equivocado, y no me encontraba en un sueño eterno, sino  en una sopa de ganso.
De todos modos, y pensando las cosas más fríamente, ¿qué reacción se puede esperar delante de un tipo que asegura haberse follado a la santa esposa del cacique del pueblo?.
-Pero usted no me puede detener. No tiene pruebas.
El sargento me miró con la boca abierta. Seguramente él era el primer guardia civil, desde los tiempos del Duque de Ahumada, que escuchaba a un individuo decir semejante estupidez.
-¿De qué no tengo yo pruebas, Don Vicente?.
No era aquélla una mala pregunta. Recordé que, en las películas americanas, la frase "No tiene usted pruebas", viene a ser lo mismo que "Sí, he sido yo, ¿qué pasa?". Y, si consideramos la curiosa circunstancia de que yo no había sido, ¿a santo de qué venía aquella preocupación mía por las pruebas que pudiera tener o no tener aquel sargento?.
-En todo caso- dijo el sargento, quizá intentando tranquilizarme- el adulterio lo ha cometido ella. Usted siempre puede alegar ignorancia. No de la ley, porque eso no exime del delito, pero sí del delito, porque de eso sí exime la ley.
-Confidencialmente- dije yo, absolutamente decidido a seguir aquel juego- Yo pensaba que me habían traído aquí por matar a un capitán.
-¿Y ha matado usted a algún capitán, Don Vicente?.
-No señor.
-Pero yo sí puedo detenerlo, Don Vicente.
-¿Por qué?.
-Hay una ley de vagos y maleantes.
-¿Y en qué me afecta a mí esa ley?.
-¿Cuál es su oficio, Don Vicente?.
-Ninguno en particular. Sobrevivo haciendo cosas por aquí y por allá.
-Luego, es usted un vago. Y, además, se dedica a ir por ahí cometiendo adulterio con las santas esposas de los caciques de los pueblos. Por lo tanto, también es usted un maleante. Como habrá podido observar, esa ley está hecha a su medida.
-¿Y me va usted a detener?.
-No. Pero haremos una cosa, ya que le gustan tanto las películas americanas, no salga usted del pueblo por si lo necesito.
Yo podía haber dicho que tenía asuntos urgentes que resolver en otro lugar, o cualquier otra cosa tan estúpida como ésa. Pero sospechaba que la alternativa a quedarme en el pueblo por si el sargento me necesitaba, era un calabozo del juzgado. Sólo había una cosa que me preocupaba en aquellos momentos: si aquel sargento no había creído una sola palabra de mi historia, y sospechaba que yo había matado al capitán, ¿por qué diablos era tan amable conmigo?, ¿por qué no me interrogaba como se supone que la Guardia Civil debe interrogar a los sospechosos de asesinato?. Y, lo más desconcertante del asunto, ¿por qué me dejaba salir tranquilamente del cuartel, como si no hubiese pasado nada?. En principio, se me ocurrieron dos posibilidades: o estaba tan claro que había sido yo, que ya todo daba igual, o pretendían aplicarme la ley de fugas.
Como yo no decía nada, el sargento continuó hablando sin darle mayor importancia a la cosa.
-Sanchis le acompañará y le enseñará el pueblo. También le ayudará a encontrar una posada agradable y no demasiado cara- se volvió hacia Sanchis, y continuó- Vístase usted de paisano y haga los honores a Don Vicente.
-A sus órdenes, mi sargento.
El tal Sanchis salió del despacho y nos dejó solos. El sargento volvió a ofrecerme un nuevo cigarrillo.
-¿Sabe usted?- dijo mientras me daba fuego- Yo fumo Celtas cortos con la esperanza de que no fume medio pueblo a costa mía. Pero el truco no me funciona. Sin ir más lejos, usted y yo nos acabamos de fumar un paquete mano a mano.
-Verá usted, yo he aceptado todos sus cigarros por cortesía.
-A eso me refiero. ¿Cree usted que el uniforme que visto influye en que la gente acepte mis cigarrillos?.
-Yo creo que aceptar el cigarrillo que te ofrecen es un hecho consuetudinario.
-¿Quiere usted decir que, aunque no haya una ley que lo ordene, la gente se cree en la obligación de aceptar el cigarrillo que le ofrecen?.
-Algo así.
-No tiene usted una elevada opinión sobre la gente, ¿verdad, Don Vicente?.
-Creo que las personas dejan de ser personas cuando se transforman en gente.
-¿Lee usted mucho, Don Vicente?.
-Menos de lo que me gustaría. Pero sí, suelo leer a menudo. ¿Le gusta a usted leer, señor sargento?.
-Sí, me gusta bastante. Aunque mi mujer dice que eso de leer es perder el tiempo.
-¿Y está usted de acuerdo con su mujer?.
-Yo no creo que el tiempo se pueda perder. Ni siquiera creo que exista.
-Supongo que ése es el secreto de la paciencia.
-La paciencia es una loable virtud, Don Vicente. Y un aspecto fundamental de mi trabajo. Pero no me refería a eso. ¿Ha leído usted una novela titulada "Ulysses", de un tal James Joyce?.
Aquel sargento me podía haber preguntado si yo había leído "El Manifiesto Comunista", "El espíritu de las leyes", o el "Principia Matematica", en cualquiera de los tres casos me hubiese sorprendido menos. Puede que, exceptuando "El Proceso" de Kafka, "Ulysses" era el libro que menos imaginaba yo leyendo a un sargento de la Guardia Civil.
-Sí señor. Yo también he leído el "Ulysses" de Joyce- lo dije, naturalmente, como presumiendo de pertenecer a un tan reducido grupo, a tan selecto club.
-Dice usted el "Ulysses" de Joyce, como si dijera el "Quijote" de Cervantes. No sabía yo que esa novela fuese tan famosa.
-No es exactamente una novela famosa, señor sargento. Más bien es una de las obras cumbre de la Literatura del siglo veinte.
-¡Vaya por dios!. Entonces debe ser uno de esos libros prohibidos.
-Ignoro si es uno de esos libros prohibidos, pero dudo que esté el la Biblioteca Municipal.
-Tiene usted razón, Don Vicente. No es un libro de la Biblioteca Municipal, sino de una biblioteca particular. Puede que un día de éstos hablemos de esa biblioteca.
-Será para mí un honor y un privilegio poder visitar esa biblioteca.
-Creo que nos hemos olvidado de nuestro tema. Hablábamos del tiempo, ¿recuerda usted?.
-Por supuesto, y recuerdo que usted afirmaba que el tiempo no existe.
-Esa novela, el "Ulysses" de Joyce, como usted la llama, transcurre en un solo día.
-Efectivamente.
-Y se puede tardar meses en leerla.
-Tiene usted razón, hay que estar muy preparado para leer esas mil páginas de un tirón.
-¿Y cuál es su opinión sobre el tiempo después de ver que un día puede durar tres meses?.
No tuve que responder aquella pregunta, porque el tal Sanchis llegó vestido de paisano, tal y como le había ordenado su sargento.
Y así fue como aquel sargento de la Guardia Civil que fumaba Celtas cortos, leía a Joyce y, por momentos, se iba pareciendo más al inspector Hubbard de "Crimen perfecto", que al melancólico Philip Marlowe de "El sueño eterno", me extendió su mano con un gesto afable y una gran sonrisa.
-Espero que disfrute de su estancia en nuestro pueblo- me dijo mientras me la estrechaba.
-Haré lo posible por no defraudarle.
-Adiós, Don Vicente. Nos veremos mañana.
-En ese caso, hasta mañana.
El tal Sanchis y yo salimos del cuartel y comenzamos a caminar por una calle llena de moreras. Tenía un rostro amable, y hasta puede que simpático, aquel tal Sanchis. Y he de reconocer que, "de paisano", era difícil asociarlo al Benemérito Cuerpo de la Guardia Civil. Como él no decía nada, me pareció oportuno romper el hielo personalmente.
-¿Puedo hacerle una pregunta?.
El tal Sanchís se detuvo y me miró sonriendo.
-Espero que no me dejarás en ridículo delante de todo el mundo hablándome de usted. Me llamo Manuel.
-Está bien, Manuel. ¿Puedo hacerte una pregunta?.
Por supuesto, Vicente. Tú dirás.
-Ese sargento...
-El sargento Pacheco- me interrumpió- Su nombre es Matías Pacheco.
-Pues bien, ese tal sargento Pacheco... ¿está bien de la cabeza?.
Cuando hice aquella pregunta, todavía no me había planteado el hecho de que aquel Sanchis, o Manuel, como él quería que yo le llamara, era, indudablemente, mi vigilante, y que su misión, naturalmente, consistía en informar al tal sargento Pacheco de todo cuanto yo dijera, hiciera o gestualizara. Pero, como todavía no me había planteado esa cuestión, tampoco había caído en la cuenta, todavía, de que no debía fiarme ni un pelo de aquel tal Sanchis, o Manuel, como él quería que yo le llamara.
Pero el tal Sanchis, o Manuel, como él quería que yo le llamara, no pareció inmutarse ante mi comentario, obviamente fuera de tono.
-El sargento Pacheco es un tipo curioso- me informó- Pero no te dejes engañar por las apariencias. Es una persona muy inteligente y muy suspicaz. Todo un profesional.
-Pero es un guardia civil.
-In stricto senso, diría yo.
-En ese caso, ¿por qué me ha dejado salir del cuartel sin efectuar conmigo un interrogatorio in stricto senso, como dirías tú?.
Manuel se rascó la patilla derecha con el dedo medio de la mano izquierda mientras me miraba. Daba la impresión de que estaba haciendo un verdadero esfuerzo de confianza para poder decirme lo que, indudablemente, iba a decirme.
-¿Sabes lo que pasaría si Don Andrés Martínez tuviese la certeza, o sólo la sospecha, de que te has tirado a Doña Isabel Gavidia?.
-¿Me retaría a un duelo?.
-No. Don Andrés no es un personaje romántico. Ni siquiera es un caballero. Sus muchachos te cortarían los huevos, te los meterían en la boca, y te colgarían de un árbol de la plaza con un gancho de carnicero.
No es que me asustara la amenaza de Manuel, sólo me acojonó un poco. Y el motivo de mi ligero acojonamiento, más que la amenaza en sí, fue la forma en que Manuel se expresó, su tono de voz. Daba la impresión de que descolgar tipos de un árbol de la plaza con los cojones en la boca era uno de esos eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa, tan habitual en él como habitual era el hecho de que Doña Isabel Gavidia se tirase a todo dios.
-Eso lo dices para asustarme, ¿verdad?.
-Por supuesto. Pero también es cierto que Don Andrés Martínez no tiene por qué saber, en principio, lo tuyo con su mujer.
-Comprendo. Se trata de un asunto confidencial.
-Absolutamente confidencial. Supongo que el sargento Pacheco prefiere tenerte cogido por los huevos, que encerrarte en una celda. Así no tiene que preocuparse por el habeas corpus ni por otras leches en vinagre.
Por primera vez en toda esta historia, tuve la sensación de haber topado con la Guardia Civil. Y tuve la dolorosa certidumbre de que las leyendas negras no son sino blancos cuentos de hadas comparadas con la realidad. Tener miedo a la muerte, es una cosa. Que el hecho de morir sea lo de menos, cambia nuestras más atávicas convicciones.
Manuel me miró condescendiente. Sonrió y cambió de tema, muy presumiblemente con la intención de que yo no me plantease el suicidio como única vía de escape.
-Seguro que has comido un bocadillo de mierda en un tabernucho indecente.
Aquella observación me hizo comprobar que ya era de noche. También me hizo recordar la teoría sobre la inexistencia del tiempo del sargento Pacheco. Pero fundamentalmente, me hizo llegar a la conclusión de que no somos nada. Porque me di cuenta en ese preciso instante de que tenía hambre, y de que la idea de una cena más o menos agradable se sobreponía, con una fuerza irresistible, a cualquier otra idea sobre mi inmediato futuro. Así que miré a Manuel, y le dije:
-Tienes razón, he comido un bocata indecente en un tabernucho de mierda.
-Conozco un sitio donde se cena de puta madre.
-No tengo más remedio que fiarme de ti.
Entramos en un bar donde Manuel conocía a todo el mundo. Saludó a los cuatro que estaban echando la partida, al barman que había tras la barra, al camarero que servía las mesas, a la señora de la cocina... Bueno, a la señora de la cocina no se contentó con saludarla, la besó efusivamente en ambas mejillas y habló con ella como se habla con una madre, suponiendo que los guardias civiles hayan sido alguna vez merecedores de parentesco tal.
Yo me limité a sentarme en una mesa del rincón más apartado y a contemplar extasiado aquella entrañable muestra de confraternización de las fuerzas opresoras con el inocente pueblo llano.
Manuel se sentó junto a mí con una ancha sonrisa en los labios.
-Ya está todo arreglado- dijo frotándose las manos- Vas a probar las mejores chuletas del mundo y las morcillicas de este pueblo, que son nuestro mayor orgullo.
El camarero se nos acercó para preguntarnos si queríamos vino o cerveza, a lo que Manuel respondió casi ofendido que vino, naturalmente. Yo estaba tan imbuido en mi condición de comparsa, que ni se me ocurrió cuestionar la naturaleza de las viandas, ni su generoso riego, quizá motivado, inconscientemente, por el hecho de que, si nadie me preguntaba por mi último deseo, aquello significaba que no sería ejecutado al amanecer por el viejo procedimiento de los huevos en la boca y el gancho de carnicero.
Si dejamos de lado que la libertad consiste en el derecho inalienable de cada cual a equivocarse por sí mismo, y comer inmundicias a precios abusivos, he de reconocer que aquella fue una cena magnífica. No solamente desde el punto de vista gastronómico, porque Manuel resultó ser un excelente contertulio, con el que se podía hablar, no sólo de la bondad de ciertos vinos o de la generosidad de ciertos manjares, sino de esas sutiles intrascendencias que hacen que el espíritu comparta con el estómago el placer de una buena comida.
Quizá fuera por eso que, delante de dos humeantes carajillos, yo me dejara arrastrar por la ternura.
-Anoche, el polvo de mi vida, y hoy esta cena. ¿Qué importa si he de morir mañana?.
Estoy seguro de que Manuel iba a decir algo sobre mi comentario, pero se quedó súbitamente callado. El motivo de su súbito silencio fue, literalmente, una aparición. Por la puerta del bar entró una mujer de cintura cimbreante, piernas larguísimas que salían con una decisión inaudita de una generosa minifalda, un par de pechos que demostraban bien a las claras que las obras maestras no son irrepetibles, cabellos castaños, muy presumiblemente más suaves que la seda, una boca de labios juguetones bajo una nariz plaxitélica y un par de inmensos océanos azules en forma de ojos, donde no era difícil imaginar miríadas de naufragios a lo largo de la Historia. E, indudablemente, Manuel era uno de los muchos bergantines naufragados en aquellas procelosas aguas, porque, la cara de Manuel en aquellos instantes era una cara transfigurada, de rictus imbeciloide y ojos memos. Suponiendo que exista la cara del enamorado perfecto, esa cara era la de Manuel en aquellos momentos. Conforme aquella mujer se iba acercando a nuestra mesa, comencé a escuchar un extraño rumor asincopado. Una de dos, o en la cocina estaban friendo calamares, o el corazón del bueno de Manuel se había salido del tiesto.
Ya no cabía duda alguna, se dirigía a nuestra mesa. Estuve a punto de gritar que alguien llamase a una ambulancia, porque la integridad física de Manuel parecía correr un más que serio peligro.
El hecho de que Manuel no se levantara no se debió a una de esas imperdonables faltas de cortesía, sino a una manifiesta falta de capacidad muscular para hacerlo. El hecho de que yo no me levantara fue más bien un gesto de piedad, nunca me ha gustado dejar en evidencia las discapacidades físicas ajenas.
Aquella mujer apoyó su mano derecha sobre el hombro izquierdo de Manuel, y sonrió un "hola" cotidiano, tierno y balsámico, que me hizo concebir la terrible sospecha de que aquel sentimiento inmenso de Manuel no era, ni mucho menos, mutuo.
Finalmente, Manuel reaccionó, posó su mano sobre la mano que había en su hombro, y me miró sonriendo.
-Te presento a Mari Carmen Campos. Vicente Mouriz, un amigo.
Mari Carmen me extendió su mano, la otra. No me dijo "mucho gusto", ni "me alegro de conocerte". Sólo me apresó con su marejada y me saludó.
-Buenas noches, Vicente.
-Bienvenida, Mari Carmen.
Lo dije de corazón, me limité a certificar que aquella mujer era muy bien venida. Sobre todo por Manuel.
-¿Llego a tiempo de tomar una copa de brandy con vosotros?.
-Claro- dijo Manuel.
 -Ahora vuelvo.
Y se encaminó hacia la barra. Pidió tres copas de brandy y volvió con las tres en la misma mano. Mi recuerdo más persistente de aquel momento es el rostro de Mari Carmen vuelto hacia el barman diciéndole algo, un mechón de cabello sobre su mejilla, y su mano sosteniendo tres copas de brandy.
Se sentó entre nosotros, e hizo un reparto equitativo, una copa para cada uno.
-¿De qué os conocéis?.
Lo preguntó mientras contemplaba las irisaciones del licor en el cristal de su copa. Sin mirar a nadie.
Manuel sonrió mirando los ojos de Mari Carmen sin miedo a naufragar. No se puede naufragar cuando ya se está en el fondo.
-Vicente ha elegido un mal día para pasar por Ayora.
-¿Un mal día?- dijo Mari Carmen mirándome.
-Sí- dije yo resignado- Parece ser que han matado a un capitán.
-¡Ah, sí!. El capitán...
-Estamos comprobando ciertas formalidades sobre el caso, y Vicente habrá de quedarse un par de días.
-Comprendo- dijo Mari Carmen tras dar un ligero sorbo de brandy- Estás detenido.
-No- dijo Manuel- No está detenido, más bien retenido en el pueblo hasta que comprobemos un par de cosas.
-¿Y dónde te vas a quedar?.
No le di demasiada importancia a aquella pregunta. Indudablemente, debido el hechizo que nos envolvía en aquellos momentos, me pareció muy normal que Mari Carmen se interesara por ese pequeño detalle de mi lugar de pernocta.
-Todavía no lo sé. Pero confío en Manuel.
-Haces bien, Manuel es una buena persona.
Aquel pequeño sarcasmo, porque aquello fue un sarcasmo, pequeño, puede que inocente, pero un sarcasmo, no pareció inmutar a Manuel, que debía estar acostumbrado a que Mari Carmen, y puede que el resto del pueblo, dijese cosas así.
-Hay un par de pensiones que no están nada mal.
-Mi casa es grande, y allí sobra sitio.
-Es verdad- dijo Manuel- ¿Qué te parece la idea?- añadió volviéndose hacia mí.
-A mí, en principio, me parece una idea cojonuda. Pero creo que deberías explicarle a tu amiga Mari Carmen que el individuo que tiene delante es un forastero a quien no conoce de nada y, además, sospechoso de asesinato.
-Es verdad- dijo Manuel mirando a Mari Carmen- Vicente es un forastero a quien no conoces de nada y, además, sospechoso de asesinato.
Mari Carmen apuró su copa de brandy y miró a Manuel.
-Pues no había pensado yo en eso. ¿Qué me aconseja usted, señor guardia?.
-Yo pienso que, al fin y al cabo, aquellos que sufren persecución a causa de la justicia, también son bienaventurados.
Ahora, Mari Carmen me miró a mí.
-¿Y qué piensa usted, señor bienaventurado?.
Yo, la verdad, pensaba que, muy presumiblemente, aquella pareja era la cosa más curiosa con la que me había tropezado en toda mi vida, si exceptuamos mi aventura con Isabel y mi conversación con el sargento Pacheco. Me sentía como en medio de una vorágine, y no podía evitar una contumaz sensación de ser un barquito de papel arrastrado irremisiblemente por las aguas hacia un lugar que cada vez me asustaba menos y me intrigaba más. Por eso, también apuré mi copa de brandy, y miré a Mari Carmen.
-No suelo ser tan espantosamente sincero habitualmente, pero he de decir que me entusiasma tu invitación y que, si todo esto es una broma, me vas a romper el corazón.
-Nadie te va a romper el corazón, de momento- dijo Mari Carmen- Ya está decidido- se volvió hacia Manuel- Nuestro peregrino, ya tiene posada.
Manuel hizo un gesto con las manos, dando a entender que todo estaba solucionado. Y se puso en pie.
-He de ir a pasar lista.
-A pasar ¿qué?- exclamé sorprendido.
-Cuando oscurece, el sargento cuenta sus guardias para comprobar que no falta ninguno- intervino Mari Carmen.
-Y, de paso, nombra el servicio de mañana- añadió Manuel.
-¿Y qué pasa si no vas?- pregunté yo, porque, honradamente, consideraba el gesto de Manuel como una deserción.
-Ni se te pase por la cabeza pensar una cosa semejante- dijo Mari Carmen- Sería como cuestionar la disciplina de la Guardia Civil.
-Efectivamente- añadió Manuel muy serio- La disciplina, elemento esencial en todo cuerpo militar, lo es más y de mayor importancia en la Guardia Civil, dada la diseminación en que se hallan sus componentes.
-Quiere decir que la disciplina es la hostia- explicó Mari Carmen.
Manuel apoyó su mano izquerda en el hombro derecho de Mari Carmen, y ella se la acarició con su mano izquierda. Ni un puto beso de buenas noches, ni una mirada tierna y embelesada de "hasta mañana", sólo una leve sonrisa y un estúpido "hasta luego". Me quedé mirando como Manuel se alejaba y saludaba a la gente con un gesto de despedida. Imaginé que, en cuanto llegase a la puerta, se volvería hacia nosotros y diría adiós con la mano. Pero no, abrió la puerta y salió a la calle sin mirar atrás. Es muy probable que Mari Carmen estudiara detenidamente mi rostro perplejo de aquellos momentos, porque, cuando por fin volví la mirada hacia ella, me dijo:
-Nunca lo hace.
-¿Qué es lo que no hace nunca, volverse desde la puerta y decir adiós con la mano?.
-Besarme, nunca me besa.
-¿Y tú a él?.
-Antes lo hacía, pero he decidido seguir su juego.
-¿Y cuál es su juego?.
-No estoy muy segura. Supongo que no quiere atosigarme.
-¡Pero si está loco por ti!.
-Eres un chico listo. ¿Eso lo has descubierto tú solito?.
-Sí, y también he descubierto que tú no...
-Yo no ¿qué?.
-Que tú no sientes por él lo mismo que él por ti.
-En eso tienes razón. No es lo mismo. Ni siquiera se parece.
Aquella situación se estaba volviendo mucho más violenta de lo que a mí me hubiese gustado. Intenté salir por la tangente con una frase brillante, porque, el fin y al cabo, ¿qué me importaba a mí todo aquello?, ¿qué más me daba a mí que Manuel estuviese loco por Mari Carmen y que Mari Carmen no sintiera lo mismo por Manuel?. Recordé al travieso y juguetón Puck de "A Midsummer Night's Dream", mi obra favorita de mi bardo favorito. Yo podría ser Puck en aquellos momentos, y hacer que la reina de las hadas se enamorase del burro, del asno de piel sedosa. Pero la reina de las hadas no estaba dispuesta a dejar que aquel momento mágico se enturbiara. Hizo un gesto con la cabeza y dijo:
-En casa tengo un excelente brandy. Vayámonos. No me gusta emborracharme en los bares.
-A mí tampoco- dije levantándome.
Salimos a la calle. No nos preocupamos de la cuenta, porque tuve la impresión de que el caballero del triste tricornio se había encargado personalmente de solventar aquella pequeña contingencia económica y, además, a Mari Carmen ni se le ocurrió plantear el tema. Sólo tuvimos, eso sí, la precaución de despedirnos de todas aquellas amables personas.
Es rotundamente cierto que yo en esos momentos pensaba que los problemas de Manuel y Mari Carmen no eran asunto mío, y también es vergonzosamente cierto que yo estaba casi convencido de que aquella era una aventura muy similar a la que viví la noche anterior con Isabel, con la diferencia de que Mari Carmen era una mujer como más monumental, al menos, yo no recordaba haber conocido un pedazo de tía tan rotunda como la dueña de aquellos ojos llenos de naufragios.
Pero resulta que también es clínicamente cierto que no hace falta irse a la Grecia de Esquilo para que los pérfidos dioses jueguen con nosotros, torpes mortales, de la misma manera que nosotros jugamos con los dioses cuando nos conviene. Quizá por eso, mientras cruzábamos aquella plaza llena de farolas, volví a la carga, sin piedad y sin el más mínimo sentido común.
-¿Hace mucho que conoces a Manuel?.
-De toda la vida.
-¿Qué significa de toda la vida?.
-Fuimos compañeros de Bachillerato. Después, se marchó y, al cabo de unos años, volvió con su bonito uniforme.
-Es decir, que Manuel es de este pueblo.
-No, pero casi.
-¿Ya estaba enamorado de ti cuando hacíais Bachillerato?.
-Cuando hacíamos Bachillerato, yo lo llamaba empollón de mierda. Y ahora lo llamo maldito guardia hijo de guardia. ¿Te da eso alguna pista?.
-¿Y tú te quejas de que él nunca te bese?.
-Sí, yo me quejo de que él nunca me bese.
-¿Por qué lo llamabas empollón de mierda?.
-Por sus dieces en Matemáticas.
-¿Y qué tal eras tú en Matemáticas?.
-Mejor que él, pero yo presumía menos.
-Ya veo que sigues presumiendo menos.
-Yo no necesitaba a Manauel para que me hiciera las integrales, quizá debí haber sido más lista y haberme hecho más la tonta.
-Puedes reírte de mí todo lo que quieras, me lo merezco. Como siempre, me he pasado de listo.
-¿Qué tal eras tú en Matemáticas?.
-Muy bueno. Yo también andaba explicando integrales a las compañeras, aquello me hacía sentir muy importante. Siempre he sido un poco jilipollas.
-¿Tenías mucho éxito?.
-Relativamente. Somos unos bichos raros, ¿no crees?. Quizá deberíamos buscar trabajo en una barraca de feria.
-Yo ya trabajo en una barraca de feria, con banderitas y todo, llena de enanos, prestidigitadores y saltimbanquis.
-¿Eres profesora del Instituto?.
-No, no soy profesora del Instituto. Ya que eres un chico listo, dejaré que lo adivines.
Hice un gesto con las manos, y tomé la decisión de no insistir sobre el tema. Ella tampoco pareció preocuparse por que yo adivinara qué barraca de feria era aquélla donde trabajaba, así que lo dejamos. Habíamos entrado en un callejón donde ya no había farolas, sino mortecinas, amarillentas y titilantes luces. Mari Carmen se había quedado pensativa mirando los balcones. No sé si por lo lóbrego del callejón, o porque se me ocurrió que, tal vez, Mari Carmen comenzaba a replantearse su generosa y descabellada invitación, intenté plantear un tema más o menos intrascendente.
-¿Conoces al sargento Pacheco?.
-¡Claro!, es el sargento de la Guardia Civil.
-Quiero decir que cuál es tu opinión sobre él.
-Se dice que es un tipo serio y retraído.
-Yo creo que no está bien de la cabeza.
-¿Por qué?.
-No sé, tal vez porque es todo lo contrario de lo que debe ser un sargento de la Guardia Civil.
-¿Cuántos sargentos de la Guardia Civil has conocido?.
-Ninguno. Éste es el primero.
-¿Y por qué piensas que es tan raro?.
-¿Tú no lo piensas?.
-La verdad es que yo tampoco tengo mucha experiencia en sargentos de la Guardia Civil.
-Pensé que, tal vez, en el pueblo se contarán historias sobre él.
-¿Qué clase de historias?.
-De la Guardia Civil siempre se cuentan historias.
-¿Te ha tratado mal durante el interrogatorio?.
-Eso es lo curioso. Creo que ni siquiera se molestó en interrogarme.
Mari Carmen sonrió de una manera diferente a como lo había hecho hasta ese momento, con una curiosa ternura. Me dio la impresión de que quería decirme algo, algo muy confidencial. Eso es, tuve la persistente sensación de que quería hacerme una confidencia. Sobre todo, por la forma en que me acarició la cara antes de sacar una llave de su bolso.
-Ésta es mi casa.
Aquella maldita casa se había interpuesto ente la confidencia y yo. Era una casa de pueblo, con una gran puerta de madera y un balcón justo encima de la puerta. Curiosamente, no me pareció haber llegado al ansiado tálamo, sino más bien haber perdido algo. Ella lo debió notar, porque se quedó mirándome antes de decir:
-¿Tienes miedo de entrar?.
-No, claro.
A la entrada había una especia de hall y, en un rincón, una puerta. Mari Carmen señaló aquella puerta, y dijo:
-Ésa es la habitación de los invitados, es decir, la tuya.
-Gracias- la verdad es que no se me ocurría qué otra cosa decir.
Cruzamos aquel hall y entramos en una cocina acogedora y caldeada por una estufa de leña. Aquel aroma a leña quemada me produjo una sensación de bienestar que no recuerdo haber sentido antes.
-Mi habitación está en el piso de arriba- dijo Mari Carmen- Voy a ponerme cómoda, y luego haré café. Si quieres, te bajo una de mis batas. Parecerás una loca patética, pero te sentirás muy bien.
-No sé qué decir.
-Pues no digas nada.
Desapareció por la escalera que conducía al piso superior, y yo me acerqué a la estufa para escuchar los suaves chasquidos del fuego y dejarme envolver por aquella red invisible de sensaciones placenteras. Encendí un cigarrillo y comencé a recapitular sobe aquel extraño día. No es necesario que te secuestre una nave de extraterrestres para cambiar de dimensión y encontrarte en un mundo nuevo y extraño. No me costó mucho llegar a la conclusión de que no entendía nada, y de que tenía un tremendo interés por comprender algunas cosas, como, por ejemplo, qué demonios pretendía aquel sargento Pacheco. Yo tenía la certidumbre de que aquel sargento estaba seguro de que yo no había matado a su capitán. Entonces, ¿qué demonios quería?. Luego estaba el tal Sanchis, el ridículo enamorado. Y, para colmo, aquella Mari Carmen de ojos llenos de naufragios. Y yo, pero... ¿qué tengo yo que mi amistad procuras?.
Mari Carmen apareció diez minutos después con una bata puesta y otra colgando de su brazo.
-¿Te gusta?- dijo mostrándomela.
-Es muy bonita.
-Te la dejaré encima de la cama.
Mientras yo la miraba abstraído, con los codos apoyados en la mesa de la cocina y la cabeza entre las manos, Mari Carmen hizo café y sacó una botella de brandy. Lo colocó todo sobre la mesa y se sentó frente a mí.
-Es un brandy excelente, pruébalo.
Lo probé y, efectivamente, era un brandy excelente. Todo en aquel momento mágico era excelente.
-¿De dónde eres?- preguntó Mari Carmen mientras saboreaba un sorbo de café.
-De Asturias patria querida, de un lugar llamado Mieres.
-¿Es bonita Asturias?.
-Es el sitio más bonito del mundo- levanté mi copa de brandy- ¡Puxa Asturies, libre, roja y dinamitera!.
-¡Puxa!- me acompañó Mari Carmen, haciendo chocar su copa contra la mía.
-Cuando hacía Bachillerato, me enamoré de mi profesora de francés- No sé por qué dije aquello, quizá porque siempre que Asturias inunda mi corazón de viejos recuerdos y dulces añoranzas, lo hace vestida de profesora de francés.
-¿Cómo se llamaba tu profesora de francés?.
-Natalie, se llamaba Natalie Disalle.
-¿Era una señora mayor?.
-¡Viejísima!, debía tener veinte años o más. Yo tenía quince. Cada vez que la miraba, tenía la sensación de estar cometiendo el mayor de los pecados. Nunca he vuelto a sentir algo tan maravilloso.
-¿Lo sabía ella?. ¿Se lo dijiste alguna vez?.
-Docenas de veces. En todos los exámenes, encima de la firma, siempre le escribía: "Je vous aime".
-¿Y qué hacía ella?.
-Nada, me suspendía igual. Pero un día nos tropezamos en un pasillo vacío y, sin mediar palabra alguna, me besó a la francesa.
-¿Cómo se besa a la francesa?.
-Con la boca abierta. Algo que yo, por entonces, ni imaginaba que existiera. El suelo se abrió bajo mis pies y un coro de querubines entonó el "Aleluya" de Händel. Me miró a los ojos, me dijo "moi aussi", y se marchó.
-¿Qué pasó luego?.
-Nada, se acabó el curso, ella se marchó del Instituto, y nunca más la he vuelto a ver.
-¡Qué historia tan bonita!. ¿Por qué el "Aleluya" de Händel?.
-¿Por qué no?. ¿Prefieres "La Walkiria" de Wagner?.
-No, está mejor el "Aleluya" de Händel.
-¿Y tú?
-Yo, ¿qué?.
-¿No te enamoraste de ningún profesor cuando hacías Bachillerato?.
-Los profesores del Instituto de este pueblo eran todos viejos y fascistas.
-¿También el de francés?.
Mari Carmen soltó una carcajada, brillante, luminosa. Hasta ese momento, la había visto sonreír de diversas maneras, pero era la primera vez que la veía reír abiertamente. Indudablemente, yo había dicho algo que le había hecho mucha gracia. Tuve la impresión de aquel que no sabe tocar el piano y que se sorprende del sonido que provoca al pulsar una tecla. Está claro que nos movemos en un mundo del que ignoramos casi todo, lo cual no deja de ser una bendición del cielo, porque, ¿qué sería de nosotros sin nuestras sorpresas cotidianas?. Me di cuenta de que Mari Carmen no estaba dispuesta a desentrañar la relación entre la tecla y el sonido, porque dijo:
-No, mis líos con mi profesor de francés no iban por ahí.
La verdad es que era toda una delicia ver reír a Mari Carmen, por eso no quise indagar sobre la naturaleza de sus líos con su profesor de francés. Me limité a servirme más brandy y a seguir bebiendo. Entonces me di cuenta de que, tal vez, estábamos bebiendo demasiado.
Cuando Mari Carmen terminó de reír, también se sirvió más brandy. Se acomodó en su silla y me miró.
-Dicen que por Ayora no se pasa. ¿Cómo has caído tú por aquí?.
Llevaba la bata anudada con una cinta de tela y, a cada movimiento, el escote se iba agrandando hacia la parte derecha, de manera que uno de sus senos, el derecho concretamente, comenzaba a insinuarse en todo su esplendor.
-Tal vez yo esté destinado a romper ese mito, y por eso he pasado.
No sé exactamente por qué, pero algo me impedía en ese momento contarle a Mari Carmen el motivo de mi llegada al pueblo. No era el temor a ser colgado con un gancho de carnicero en un árbol de la plaza con los cojones en la boca, era algo mucho más sutil, un inexplicable temor a contarle a una mujer como Mari Carmen que el motivo había sido un polvo memorable. ¿Tendría la culpa ese seno voluptuoso que luchaba desesperadamente por su libertad contra la bata opresora?. Yo estaba completamente perdido entre la magia de una sonrisa encantadora y el sopor de un excelente brandy.
-No tienes por qué contármelo si no quieres.
Fue entonces cuando Mari Carmen se cercioró de mi persistente mirada hacia aquel promontorio de suaves formas.
-¿Te gusta?- dijo arreglándose la bata con una encantadora naturalidad..
-Ha sido una visión arrebatadora.
-Me siento muy halagada y un poco borracha. Creo que es hora de dormir, antes de que se rompa el encanto.
-Tienes razón, ha sido un día duro... y muy emocionante.
Mari Carmen se puso en pie, y yo hice lo mismo. Recogió las copas vacías y tiró la botella al cubo de la basura. Quizá por la forma ceremonial en que lo hizo, o quizá porque siempre que bebo me vuelvo algo ceremonioso, tuve la sensación de hallarme inmerso en el rito de una extraña religión, del que, naturalmente, desconocía las normas, los principios de fe e, incluso, los actos constitutivos de sacrilegio. Y, como no se me ocurría absolutamente nada que decir, inicié un estúpido manifiesto, con la esperanza de que Mari Carmen me interrumpiría y me guiaría por el buen camino, al fin y al cabo, ella era la sacerdotisa de aquel extraño rito.
-Antes de irme a la habitación de invitados, es decir, la mía, me gustaría aclarar un par de conceptos...
-Lo que haya que aclarar, se aclarará a su debido tiempo- dijo Mari Carmen, salvándome como era su obligación- Es hora de descansar. Mañana será otro día.
Entonces sentí unos labios suaves, tiernos y dulces, pero no fue aquél un beso de invitación lúbrica, ni de provocación galante, ni siquiera un beso de recompensa. Estaba claro que había sido un beso de...
-Buenas noches, Vicente.
-Buenas noches, Mari Carmen. Que descanses.
-Gracias.
-¡Ah!, se me olvidaba.
-¿Qué?.
-Je vous aime.
-Moi aussi.
Entré en la habitación y me desnudé despacio, inmerso en un cúmulo de sensaciones, arrullado por el sopor del brandy y la dulzura de un beso. Las sábanas estaban frías. Me acurruqué abrazado al cojín y me acogió la sonrisa de Natalie mientras un confortable calorcillo iba relajando todos mis músculos. El brandy, probablemente...
                                                         



miércoles, 11 de noviembre de 2009

POEMAS

                   

                     QUID               
   Eso de morirse no es un asco,
ni un mérito, ni una recompensa.
Puede que sea algo
que a todos nos pasa, si bien lo piensas.

  LO QUE SON LAS COSAS...
Estaba tirado llevarte al huerto,
al menos eso decían todos.
Puede que yo no viera las cosas así
o que tú pensaras de otro modo.
También puede que esperaras
de mí algo que aún ignoro.
Seguramente te casaste
con alguno de tus novios
y tienes unos nietos guapísimos,
y aún son azules tus ojos.
Seguro que suspiras todavía
cuando al atardecer, de pronto,
una brisa desconocida
acaricia impúdica tu rostro.    
    TODAVÍA TE SUEÑO
Había un almendro florido
de nata, como el de Hernández,
tu pelo esparcía el viento,
como el texto del examen,
tu mirada se perdía
lejos, en ninguna parte.
Pensé en lo que me dirías
si me atreviera a besarte.
Siempre lo he deseado,
me temo que ya lo sabes.
También me temo que piensas
que siempre he sido un cobarde.      
 IN SECULA SECULORUM
No estamos perdidos en el infinito
ni en el tiempo.
No somos presos de las tinieblas
del universo.
No somos esclavos de dios
ni de su cielo.
No nos va a martirizar
nuestro infierno.
Sí, ya sé que a pesar de todo,
moriremos.
Sí, seremos energía otra vez,
lo seremos.
Y moriremos mil veces más.
Pero nos movemos.      
 MIENTRAS NO DUELA...
Puede que hasta sea verdad,
y el demonio tarde media hora
en enterarse que estás muerto.
¿Qué hacer mientras lo ignora?.
Para irnos al infierno
de cabeza, o paseando,
siempre habrá tiempo.
Así, que no corramos.
Y si no hubiese demonio
por el motivo que fuera,
porque ellos somos nosotros
o, porque ni siquiera
existe un infierno,
siempre podremos morirnos
tranquilamente y sin miedo.
              ERAS GUAPA, CONDENADA
Sí, es muy probable
que un sol tonto y amarillo
dijese tontamente adiós
aquel atardecer estúpido.
También, hasta pudiera ser
que un beso torpe y esquivo
muriera como un cobarde
huyendo ante el enemigo.
No echo de menos nada,
no quiero lo que no ha sido,
no me mata la nostalgia
ni me ahogan los suspiros.
Pero los atardeceres
me hacen soñar contigo
y no dejo de pensar
que, en el fondo, fue bonito.          
             STULTORUM VERBI
Estoy harto de oíros decir
que vais a cambiar el mundo.
Que las cosas no pueden seguir así,
que es inhumano e injusto.
Estoy harto de oíros decir
que toda esa banda de ladrones
que nos roban hasta el aire,
se derrumbarán como torres.
Estoy hato de oíros decir
que triunfará la justicia,
que un día seremos libres,
y que está muy cerca ese día.
Estoy harto de oíros decir
que lucháis por la libertad,
que volverán banderas victoriosas
al paso alegre de la paz.              
                MANDELA
Hoy, quizá, ya nada es lo mismo.
Hoy, he dejado de odiar.
Aquellos eternos enemigos
me la resbalan, me dan igual.
Pero no es mérito mío,
no es una decisión.
No, yo no lo he decidido,
ni lo ha dictado mi corazón.
Lo mío, no tiene importancia.
A mí no me han cerrado la boca
a hostias, no me han partido la cara.
No conozco las mazmorras.
No he perdonado jamás
a mis enemigos.
A mí todo me da igual,
ni los odio ni los maldigo.
Yo no soy un hombre bueno
como tú.
Ya sabes, nadie es perfecto.
See you soon.
           PERO NO LO SABREMOS NUNCA
Quizá si cuando te cogí la mano
y no la retiraste
hubiera intentado besarte
las cosas hubieran sido de otro modo.
Quizá si aquel día
que corrimos bajo la lluvia repentina
para protegernos en un portal
hubiera apartado los cabellos mojados
de tus mejillas
y hubiera buscado tu mirada huidiza
todo habría cambiado.
Quizá si el día que te vi sola en clase
hubiese arrastrado mi silla
para sentarme junto a ti
ya para siempre
todo el mundo lo hubiera dado por sentado.
                 PATRIA
Quería León Felipe
tener una espada.
Puede que aquello fuese
una metáfora de patria...
Una patria de almogávares,
de Covadongas rancias,
de Santiagos caballeros,
de Reconquistas falsas...
Pero él decía ¡qué pena!,
quizá porque penaba,
quizá porque sabía
que lo que duele es el alma
cuando te hieren a hierro,
pero no te matan.
Cuando te cuentan mentiras,
cuando te engañan..
           LEY WERT
Recuerdo como si lo viera
su gran cabeza de cerdo hipócrita,
su boca eternamente grasosa,
su frente macilenta y fofa.
Su contextura tripuda
y sus enormes zapatos,
sus manos encallecidas
a base de capones y sopapos.
Sus diatribas ridículas
sobre hombres de provecho,
sus asquerosos insultos,
su atocinada faz y nuestro miedo.
Las repetitivas lecciones
metidas con un embudo:
El Miño nace en Fuente Miña,
provincia de Lugo.
Los humillantes castigos
de rodillas cara a la pared,
el cara al sol con la camisa nueva,
el siete por ocho cincuenta y seis.
Dios estás en todas partes,
meneársela es pecado,
la Primera Comunión,
la carne es débil, el cuerpo es malo.
Por mi infancia horrorizada,
por mi pubertad de vergüenza y miedo,
por el asesinato de mis primeros años:
Muchas gracias, señor maestro.
            RECUERDOS
Supongo que hacía un frío de la hostia.
Creo que, al abrirme la puerta, dijiste:
Hace un frío de la hostia.
Imagino que yo encendí la estufa
mientras tú preparabas café.
Pero, de una cosa estoy completamente seguro:
aquella puta ecuación de segundo grado
tenía raíz negativa...  
            ELEGÍA
Las espadas se han dormido
sobre un manantial de rosas,
y miles de mariposas
fabrican tu dulce nido.
Un regazo para tu alma
de amor y dolor henchida,
que robándote la vida
te está regalando la calma.
Se te ha helado la sonrisa
sobre un lecho de topacio,
y yo me muero despacio
mientras te mueres deprisa.
Que tu cuerpo casi inerte
aborrezca de lo eterno
a que el cielo lo convida.
Y váyase dios al infierno,
si ha de consentir tu muerte
y ha de respetar mi vida.
                 NÁYADE
Tenías un libro en las manos
y la mirada perdida
al otro lado del río,
entre los álamos.
Tus dedos acariciaban las páginas
como pétalos...
                ESPERANZA
Un aroma de violetas
melancólico y distante
anunció la primavera.
                 PORNSTAR
Verde esmeralda tus ojos,
rubio dorado tu pelo
y tus labios finos, rojos.
                  DINERO
Todos somos un poco putas,
unos más y otros menos.
Lo malo es que, unos menos y otros más,
todos somos también puteros.
                  ETERNIDAD
La muerte acecha tras cualquier esquina.
Dejadla que aceche,
que crea que no sabemos
qué busca, qué quiere.
                   SOSIEGO
No, no me importa el camino,
ni a dónde pueda llevarme.
No, no me importa el destino,
ni lo que pueda pasarme.
Yo sólo quiero la sombra
de ese pino centenario
y la hierba como alfombra
recubriendo el escenario.
Y alhelíes y violetas,
y un arroyo displicente,
y unas mariposas quietas,
blancas, evidentemente.
                  INFANCIA
Un día me preguntaste
si vuelven las golondrinas.
Acababas de descubrir a Bécquer
y tenías trece años
como yo, me parece.
No lo sé, respondí.
Pero creo que no vuelven.
Entonces te pusiste triste,
¿por qué?, ¿porque se mueren?.
                 INVENTARIO
Sólo el cielo infinito me impresiona
y sólo el inmenso mar me conmueve,
y hay siete u ocho cosas, quizá nueve,
que mi memoria olvida y me perdona.
Yo no me avergüenzo de mi persona,
ni me importa si llueve o si no llueve.
En esta partida, la muerte mueve,
y lo que yo pueda hacer, desentona.
                       ACERVO
Fabriqué un mundo de palabras,
hace muchos, muchos años,
que no me sirvió para nada.
Pero era mío, y era mágico.
                    DESAPEGO
A veces me quedo absorto
viendo cómo ciertas plantas
sobreviven entre rocas,
sin tierra y sin agua.
Quizá porque yo también sobrevivo
sin motivo
                     ... y sin ganas.
                      FICCIÓN
Tú, tal vez, no lo recuerdas,
porque hace cuarenta y cuatro años.
En el patio había dos moreras,
la escalera tenía veintiséis peldaños,
el pasillo, ocho cristaleras,
y el aula catorce bancos.
¡Qué curiosos son los recuerdos!,
¡qué curiosos, y qué raros!.
                      ORÁCULO
Era mil novecientos sesenta y ocho,
teníamos trece años y hacíamos tercero.
-¿Qué edad tendremos en el año dos mil?- me preguntaste.
Cabizbajo, guardé silencio.
No te miré, porque mirarte
me daba vergüenza y me daba miedo.
Estuve a punto de responderte:
-No importa, yo te seguiré queriendo.
Naturalmente, no fue eso lo que dije.
-Tú no lo sé. Yo estaré muerto.
                          CAOS
Adolece el Universo
de energía clara,
de cúmulos pacíficos,
de galaxias mansas.
Pensamos del firmamento
que está en calma,
que las estrellas titilan,
que el infinito nos llama.
No estamos equivocados,
estamos en Babia.
                    EXÉGESIS
Todos somos un poco escépticos
y mentirosos.
Pero eso no ha sido nunca malo
ni peligroso.
Son mucho peores la fe y la verdad,
las buenas intenciones,
el amor al prójimo, la caridad
y, sobre todo, las oraciones.
                       FUSIÓN
No me pidáis lo que no tengo -dijo el Sol-
Luz para vuestras almas.
¿Acaso os he pedido alguna vez
almas para mi luz?
                       AMIGO
El tiempo pasa, ¡y cómo pasa!.
Nos hacemos viejos, compañero.
Tú más que yo, claro,
porque llegaste primero.
Pero no se te nota nada,
parece que por ti no pasa el tiempo,
siempre con las mismas páginas,
las mismas historias y misterios,
la misma luz y las mismas sombras,
los mismos secretos.
No dejas de sorprenderme
cada vez que te leo.
Y sé que seguirás ahí
mucho después de que yo me haya muerto.
                         DISPOSICIÓN
Se puede tener sed de muchas cosas,
hambre de lo divino y de lo humano.
Se puede enfermar de envidia
y se puede uno morir de asco.
Pero lo que no se puede, ni se podrá nunca,
es cambiar lo que ha pasado,
saber lo que va a pasar
o comprender lo que está pasando.
                            INVENTARIO
Yo no he tirado mi vida
a la basura,
ni he perdido el tiempo
de forma absurda.
No siento remordimientos
ni amargura.
Sólo quiero que sea leve
cuando quiera que ocurra.
                           PERCEPCIÓN
El que piensa que la justicia, al final, siempre triunfa
y que la verdad resplandece,
no es un ingenuo,
sólo adolece
de parcialidad.
Porque cree saber lo que es justo
y cree conocer la verdad.
                      POETA
Desde que tengo conciencia de ser
he querido ser poeta.
Incluso cuando no sabía
que jamás llegaría a serlo.
Porque ser poeta es,
y tú bien lo sabes, viejo amigo,
ser
más grande que el universo.
Porque ser poeta es,
y tú bien lo sabes, viejo amigo,
tener fe
en el bosón de Higgs.
Porque ser poeta es,
y tú bien lo sabes, viejo amigo,
saber
que e es igual a emecé cuadrado.
Porque ser poeta es,
y tú bien lo sabes, viejo amigo,
llegar
más allá que los mismísimos poetas.
Sin embargo,
tú y yo hemos querido ser poetas
desde que fuimos.
                          RECUERDOS
La mayoría de las cosas que recordamos
no sucedieron jamás.
Pero siguen en nuestra memoria y en nuestros sueños
como si fueran verdad.
La verdad es que lo son,
al menos no son mentiras.
Mentir sería negarlas porque no pasaron,
y eso no importa demasiado.
Lo que importa es que las recordamos.
¿Te acuerdas de aquella tarde de verano?.
¡Claro mujer!, bajo aquella morera,
cuando nos besamos...
                     LOCUS AMOENUS
Si anduviéredes, caminante,
por un valle alegre y florido,
y fuere ya mayo venido,
detén tu peregrinar errante.
Mírala, es Ayora, la no nombrada,
la del que pasa de largo, no sabida,
la del que se queda, querida,
la del que la deja, añorada.
No busques en su castillo
glorias de hoy o de mañana.
Detente, ¿no oyes a lo lejos una campana?,
¿no te llega el aroma del romero y del tomillo?.
No pidas más, eso es todo.
Sencillez, remembranza, ayer,
silencio para oír, nada para ver.
No digas tu nombre, di tu apodo.
Toma la paz, no la pidas,
respira el polvo de sus calles,
absorbe el frescor de sus valles,
admira sus glorias destruidas.
Y si te resta tiempo, peregrino,
sube a la Virgen del Rosario
por el viejo, camino del calvario
y observa un pueblo mortecino.
Tal vez mañana la olvides,
como se olvida a esa mujer
que forma parte del ayer,
como el vino olvida las vides.
Si no es ubérrimo su suelo,
ni son geniales sus gentes,
ni sus valles diferentes,
será su cielo...
                 SUEÑO
Al preguntar mi compañero:
¿Cómo es Sela, número trece?,
tuve que ser sincero.
Es simpática, es menuda,
es frágil como una flor,
es sencilla, es pura,
todo en ella es corazón.
Es comprensión, delicadeza,
manantial de frescas aguas,
inmarchitable belleza...
¿Hacen falta más palabras?.
Él me respondió que no.
              BÚSQUEDA
Hoy vuelvo a coger el bolígrafo
después de tanto tiempo.
Quiero escribir unos versos
que sepan viejos y suenen nuevos.
Y quiero hacerlo sin recordar
ni a amigos ni a compañeros...
Y quiero hacerlo sin recordar
ni calles, ni plazas, ni pueblos...
Hoy quiero hablar de mí,
de lo que fui antes y de lo que fui luego...
Mas, ¿qué soy yo?.
Quizá fruto de un mordaz juego
hecho por mí mismo.
Ahora me busco
y no me encuentro.
Ahora quiero hablar de mí
y no puedo...
                  CUSTICO
Aquella calle vacía,
aquellas gélidas mañanas,
aquel frío que helaba mis huesos
y ahora hiela mi alma.
Aquellos árboles muertos,
aquella hierba mojada
y al fondo, entre neblinas,
el esplendor del alba.
Aquel árbol, aquella puerta,
aquel umbral de aquella casa.
Aquel calor de aquella estufa
que no era suficiente,
aquel cigarro encendido,
aquella taza de café caliente.
Aquel libro, aquel problema,
aquel ejercicio enredoso
en aquella hoja de aquella libreta.
Aquel decir de la gente
convertido en suave brisa,
aquella canción que sonaba
hablando del amor y de la vida.
Aquel paseo matutino,
aquella cuesta, aquella fuente,
aquella agua cristalina,
aquel silencio estridente...
...Aquel hoy que ya es ayer...
              YO SOY EL QUE SOY
¿De dónde coño venimos?,
¿a dónde cojones vamos?,
¿estáis seguros que existimos?,
¿en qué demonios pensamos?.
Nacemos sin querer nacer,
vivimos sin querer morir,
hasta llegamos a creer
que podemos elegir.
Naveguemos pues los mares
cruzándolos a través,
si el ciego las comía a pares,
comámoslas de tres en tres.
                  MARIPOSA
Puede que no seas amarilla,
sino de diez mil colores,
o tal vez una brisa sencilla
acariciando las flores.
Quizá poseas mágicos poderes
para seducir las almas.
Quizá no quieras ser lo que eres,
manantial de aguas calmas.
Hasta puedes ser un sueño,
como la vida, o sencillamente
un suspiro muy pequeño,
un destello de la mente.
Un ser que sin ser lo es todo,
una caricia imposible,
un sonreír de otro modo,
un aleteo intangible.
               DESEO
Cuando miro al firmamento
en las noches estrelladas,
me gustaría contarlas
y descubro que no puedo.
Cuando miro a mar abierto
en una mañana calma,
me gustaría que el agua
me contara sus secretos.
Cuando miro las montañas
que suben más allá del cielo,
quisiera emprender vuelo
hasta sus cimas nevadas.
Cuando veo un libro abierto
por cualquiera de sus páginas,
siempre discurre una lágrima
que acaricia mansa mi gesto.
                  MI POEMA
Aquel viejo poema que nunca escribí
aparece, a veces, en lontananza
cuando las caprichosas nubes
escriben en el cielo palabras
que no puedo comprender
porque, quizá, no significan nada.
Se trata de un alfabeto extraño
hecho de letras blancas
y no consigo penetrar
en las suspendidas gotas de agua.
Siempre pienso que mañana lo haré,
si es que aún estoy aquí mañana.
                    DESTELLO
Cuando me enamoré de ti
teníamos trece años,
tú eras más bien morena
y yo era rullo y castaño,
tenías unos labios muy finos
y un rostro casi ovalado,
una naricita graciosa
y unos ojos verde claro.
Yo quise caerte bien
simulándome simpático,
pero aquello no funcionó,
tú no me hiciste ni caso.
¿Por qué será que te recuerdo ahora,
después de casi cuarenta años,
si no he vuelto a saber de ti
desde el Bachillerato?.
¡Qué traidora es la memoria!,
otra vez me ha traicionado.
                   REFUGIO
Te imaginé un día que estaba solo,
te imaginé y no sé si existes,
por eso cuando pienso en tí estoy contento
y mientras tú sigas en mi pensamiento
yo nunca estaré triste.
                 DESCUBRIMIENTO
La tierra amaneció escarchada
aquella mañana de enero,
los árboles con sus ramas desnudas
parecían figuras de hielo,
el sol colgaba de un cielo azul
escandalosamente intenso.
Entonces tomé conciencia del abismo
entre mis harapos viejos
y las prendas acogedoras
de los más selectos,
los que desde entonces
pasaron a llamarse "ellos".
Supongo que algo parecido
sucedió en el caso inverso.
                 ENSEÑANZA
Desde que tenemos uso de razón
siempre nos han mentido,
pero eso no es lo peor,
sino que los hemos creído
y hemos seguido mintiendo
luego nosotros mismos
a los que vienen detrás,
a nuestros hijos.
Hay que aceptar un orden
que un día fue establecido
nadie sabe cuándo ni por quién,
pero ha de ser obedecido.
Hay que acabar con ellos
o ellos acaban contigo,
hay que luchar por la vida
para ganarse un sitio,
hay que ser buenos
o tendremos nuestro castigo,
nadie regala nada,
todos son tus enemigos...
          EL CHARCO GRANDE
Fue un día muy especial
aquel domingo de mayo,
caminando entre los pinos,
subiendo por el barranco,
saltando de piedra en piedra
para sortear los charcos,
llevabais vuestras falditas
y no sé que os daba más pánico,
si acabar dentro del agua
o mostrar vuestros encantos,
te tomé por la cintura
varias veces, con ambas manos,
mientras tú rodeabas mi cuello
con fuerza y con los dos brazos,
fue muchísimo mejor
que cuando bailábamos,
cuando viste las tranparentes
aguas, entre zafiro y topacio,
exclamaste sorprendida:
"Parece un paisaje mágico",
por la tarde te dejé en tu casa
y me quedé allí plantado
con las manos en los bolsillos,
como un espantapájaros,
y me dio por pensar entonces
en la sencillez del encanto.
                 ROSALINA
Fue mi profesora de Matemáticas
en Bachillerato,
era una de esas monjas seglares,
ésas que van de paisano,
yo era el chico de los dieces,
un chulito estúpido y fatuo,
pero en aquel trimestral
las cosas se complicaron,
me di de morros
con la integral del neperiano,
los otros ejercicios
eran todo un regalo,
yo ya tenía el ocho,
pero un ocho era un fracaso,
ella paseaba entre los pupitres
como siempre, muy despacio,
se inclinó sobre mi oído izquierdo
y noté en mi hombro su mano,
¿le has rezado a la Virgen?,
sí, hermana, le he rezado,
le he rezado muchísimo,
pero no me ha hecho caso,
con su sonrisa de siempre
dijo: qué raro,
¿no te ha dicho que pruebes por partes?,
y siguió paseando,
he sacado muchos dieces,
los demás los he olvidado.
                 POESÍA
¿De qué mana la poesía?.
De un alma que, poco a poco,
va volviendo a su dueño loco
y se retuerce en agonía.
De un corazón degraciado
que no tiene más resentimiento
que dictarle al pensamiento
las causas de su estado.
Que no muere, pues está muerto
aunque lata todavía,
y, emanando poesía,
poco a poco queda yerto.
          ÉRASE UNA VEZ...
Acarreador de mundos,
fantasma impotente de nebulosas estériles,
empedernido luchador.
Héroe clandestino sin paliativos de plomo,
transgrediste tu torpe dimensión
para ser acaparador de utopías,
mientras el pueblo grataba en la calle
y una mancha roja limpiaba su holocausto.
Sólo cuando tu esencia se diluyó
en infinitos corpúsculos
y los dientes sin sangre de una casa estremecida
dejaron de morder en la hez de la miseria,
sólo entonces comprendiste
que un grito no es sólo fonética diátona,
que un grito son millones de galaxias
perdidas en el núcleo de un inexistente átomo.
Y tú y tu verdad vagasteis por un camino
jalonado de malolientes perfumes,
de rosas sin sangre
y de estériles aullidos junto a una bala de cañón.
Y nos vimos después, ¿recuerdas?,
durante el entierro de la libertad,
cuando aquel magma inmundo
con sotanas y una cruz en la mano
te había cambiado el nombre
y te llamaba dios...
...y te tuteaba.
Yo aún no estaba loco
y tú aún no habías muerto.
Miles de heces con uniforme gris
vinieron con sus cuernos de pan ácimo
a invitarnos al teatro.
                  ALEGATOS
Cercado de tenebrismos
y lánguidas desesperanzas
que acechan en lontananza
el alma del peregrino.
Andar por un valle yerto
trazando toscos caminos
absortos en sus destinos
es misión de poetas viejos.
Cuando la desilusión nace
es inútil querer ahogarla
con llantos o con palabras
surgidos de un seco cauce.
Mirar a un más allá
como pretexto de no vivir
es lo mismo que morir
por una causa banal.
Gritar en el acantilado,
aunque el grito salga del alma,
si no está la mar en calma
es como sembrar lo sembrado.
Escribe el poeta sus versos
quizá con afán de gloria,
mas nunca lo guía la euforia
sino amargo roer de los adentros.
Si persigues la ilusión
de ser apóstol y profeta,
vete lejos de tu tierra
y vive solo con tu yo.
            TRISTEZA
No puedo evitar los recuerdos
cuando veo este árbol doblado.
Recuerdo mi pueblecito
y aquel triste anciano.
Caminaba por las calles
solo, sin rumbo, despacio,
con una boina calada
y un bastón en la mano.
No tenía amigos,
nunca estuvo casado,
no conoció el amor
porque fue soberbio y malo.
Sin embargo me daba pena,
no podía evitarlo,
era uno de esos sentimientos
sencillos, pero amargos.
Casi nadie fue a su entierro,
yo vi pasar el coche enlutado
y dentro un sencillo féretro
sin flores, sin coronas, sin ramos...
Por eso cuando miro
algo viejo o doblado
recuerdo mi pueblecito,
me acuerdo de aquel anciano.
                SORPRESA
¡Quién lo diría!
A veces todo un año
dura menos que un día.
¡Quién lo diría!
Resulta tan dulce
la melancolía.
¡Quién lo diría!
Vivir es el sueño
y soñar, la vida.
¡Quién lo diría!
Puede haber tristeza
y también alegría.
¡Quién lo diría!
Un mundo es un canto
y una sonrisa.
¡Quién lo diría!
Llegó la esperanza
cuando amanecía.
¡Quién lo diría!
            FLASHBACK
Cuando miramos las cosas
después de que ya han pasado,
nos invade la risteza
de que no fuimos buenos ni malos,
no fuimos tontos ni listos,
fuimos lo que nos dejaron.
Las cosas no ocurrieron,
simplemente nos pasaron.
No cambiamos las cosas,
las cosas nos cambiaron.
No vivimos aquel tiempo,
solamente lo soñamos.
No sabemos el porqué,
ni en dónde, ni el cómo, ni el cuándo.
Podemos mirar sonriendo,
o podemos mirar llorando.
                PERCEPCIÓN
Ese rojo sangre fogoso,
ese espléndido amarillo,
ese azul turquesa hondo,
ese verde claro magnífico,
ese violeta revoltoso,
ese añil lejano, infinito,
ese morado cariñoso.
Son longitudes de onda,
son frecuencias de un espectro,
son regalos de las cosas,
son ilusiones, son sueños,
como suelen ser las personas:
algo que vemos.
                  SOLEDAD
La veía con su libro abierto
por las mañanas en el patio,
enfrascada en la lectura
siempre en le mismo banco,
que ya era como de su propiedad,
jamás nadie osó dudarlo.
Yo la miraba de lejos
y ella no parecía notarlo.
Un día me sonrió en clase
al recoger un bolígrafo
que se le había caído,
me dio las gracias al tomarlo.
Y eso fue todo,
nuestro único contacto.
Ni siquiera supe su nombre
y tuve que inventarlo.
                ENGAÑO
Aquel año, el sol
les tomó el pelo
y volvieron a equivocarse
los almendros.
De repente y por las buenas
florecieron
cuando no debían hacerlo,
en enero.
Al llegar la primera helada
se murieron
las flores y la esperanza de almendra.
No tenemos remedio,
una simple mañana de sol
nos llena de sueños.
           VENI ME CUM
Somos lo que Dios nos hizo,
decía aquel cura muy serio,
no era un cura muy sensato,
creo que era un cura ateo.
He conocido curas rojos,
y también curas blasfemos,
pero algo me dice que creían en Dios.
Nadie es perfecto.
                  QUIZÁ
Tal vez debí decirte que eres la más guapa,
que te quiero.
También pude decirte que tus ojos me envenenan,
que te deseo.
Pero nunca lo hice,
ni lo pienso hacer, desde luego,
mentir no ha sido nunca lo mío,
¡con lo fácil que es hacerlo!.
No sé lo que tú esperabas,
sólo sé que no lo tengo.
           REQUIESCAT IN PACEM
Dicen los que saben de estas cosas
que visitar a los muertos
es una forma de recordarlos,
de mostrarles nuestro respeto.
Después, la vida sigue,
la nuestra, no la de ellos,
hasta que los olvidamos
porque también hemos muerto.
Entonces, dicen los que saben de estas cosas,
somos visitados como ellos.
               PUES MIRE USTED
No he hecho lo que de mí se esperaba,
no he cumplido los encargos,
no he sido un buen chico
y me van a castigar por malo,
por desobediente,
por contestatario.
Pero en lo que a mí respecta
puede usted irse al carajo.
            A MIS NIETAS
         ....porque os quiero
Muchas veces me pregunto
cuántas cosas me merezco
y no encuentro respuesta alguna.
Me da por pensar, y pienso
que merecer no es suficiente
ni importa no merecerlo.
Estáis, sois... como las estrella
que brillan en el firmamento,
y yo estoy, soy, como el vagabundo
del más perdido sendero.
Sólo sé que para siempre
daréis sentido a mi vida.
No se me ocurre otra cosa.
¡Ay, hijas!, ¿qué queréis que os diga?.
               PARA MI MARIPOSA
Me fascina el aleteo
de esa brisa de entropía,
y el mágico destello
de esa mágica áurea luz.
Me embruja la altiva sonrisa
de un rostro conmovedor.
Me gusta que me sorprendas,
que me inundes de petunias,
que atrevidas caracolas
me recuerden el infinito.
Quiero verte volar
y comerte el mundo.
Te quiero mariposa, hada y bruja,
pero si no fuera así,
de igual modo te querría.
          DE LA IMPERFECCIÓN
...¡Bendita sea!.
¿Por qué me da por preguntarme
sobre el porqué de las cosas?.
¡Qué estupidez tan estúpida!
¡Qué tontería tan tonta!
¡Qué ingenuidad tan ingenua!
¡Qué descarada ignorancia!.
Las cosas no son como son,
las cosas son otra cosa,
ni son lo que queremos que sean,
no son ni feas ni son hermosas.
Ni nosotros somos lo que somos,
no somos fantasmas ni somos personas.
Somos un sueño perdido
entre neblinas y sombras.
            LIBRE ALBEDRÍO
Anduve por un sendero
entre guijarros y retamas
hasta una cumbre perdida
donde ya no había nada.
Rocas torturadas por el tiempo,
por el hielo laceradas,
y desde allí divisé un mundo
de miserias cotidianas.
Se me ocurrió no volver,
pero aún te recordaba
y caminé sendero abajo...
Una bruja me esperaba.
               INGENUIDAD
Tumbado sobre la hierba
con mil mariposas revoloteando,
rodeado de azucenas.
Ente el sueño y la vigilia
hay una capa tan fina
que acabas por no sabiendo
dónde está la pesadilla.
              AURA
Se posó sobre mi mano
con sus patitas de seda
y con sus alas doradas.
Más que mariposa era
mitad bruja, mitad hada.
               SUSTANCIA
No eres fea ni guapa
porque no eres adjetivo.
Eres mariposa y hada
porque eres sustantivo.
                MIRADA
Parecías suspendida
y que era el mundo quien volaba,
creo que de esta guisa
es como vuelan las hadas.
                SONETO
Si por amor se muere lentamente,
hace mil años que estoy muriendo.
Si no se puede vivir queriendo,
hace mil años que estoy ausente.
Si cupiese más amor en esta vida,
sería mi vida mentira ingrata.
Si el alma por amor es insensata,
nunca ha sido mi alma precavida.
Gritaré te quiero una y mil veces,
mancillaré mi orgullo y mi arrogancia
y me moriré en el mes de las flores.
No hay amor que pague con creces,
quien lo crea peca de ignorancia.
Sólo por amor mueren los amores.
                       ENVIDIA
Adoro pensar en ti,
y no me preguntes por qué.
Quizá es porque adoro
tu manera de ser mujer.
                     TÚ
No te quiero teorema,
los teoremas son falsos.
Todo consiste en esperar
a demostrar lo contrario.
No te quiero paradigma,
un paradigma es falsario.
Todo consiste en que llegue
otra fe y otro ideario.
No te quiero metafísica,
la metafísica es el osario
donde reposan los huesos
de aquellos hombres tan sabios.
Puede que te quiera hada,
mariposa revoloteando
en un mundo lleno de aromas
suaves, cautivadores, ingrávidos...
                 IMAGINACIÓN
Yo te imagino con la brisa en la cara,
como Greta Garbo en aquel barco,
en medio de las montañas
junto a un translúcido charco.
Puede que una mágica Isabel
brillante, ignota, perdida...
y un bocadillo de tortilla con anchoas
en una cafetería
de Almansa.
                   PRESENCIA
Eres luz de amaneceres,
eres sonrisa de auroras,
eres todo lo que añoras
cuando sueñas lo que quieres.
Por eso no pasan las horas,
porque el tiempo se detiene
y se suspende en el aire
como los copos de nieve.
                 SOPLOS
Te imagino ingrávida y suave
como una mariposa.
Extrañezas de la vida,
maravilla de las cosas.
Te imagino luminosa y brillante
como la reina de las hadas
de aquella noche del bardo
magníficamente soñada.
Te imagino mágica y fascinante
como una pitonisa de Delfos,
como una Ariadna inteligente,
como sabia destiladora del fuego.
...Y no dejo de imaginarte.
                  SABIDURÍA
Dicen las leyendas que un sabio,
harto de su sabiduría,
se refugió en una cueva
para olvidar lo que sabía.
Cuentan que se volvió ignorante,
de una ignorancia perfecta,
y afirman que, al ser feliz,
se convirtió en poeta.
                  VANIDAD
Estaba yo pensando
sobre mi grandeza y mi orgullo,
cuando  llegó una bruja volando
y me susurró al oído: "¡Capullo!".
                         AZUL
Los hay que piensan que el cielo es azul,
otros creen que azul es la tierra.
Todo son perspectivas:
eres guapa o eres fea.
Tú eres bruja y eres guapa,
y que todos esos imbéciles
piensen lo que les dé la gana,
porque, sobre todo, eres
la reina de todas las hadas.
                   EVANESCENCIA
Poder volar
como las hadas, las brujas y las mariposas,
poder volar...
Poder enamorar
como las amapolas, las violetas y las rosas,
poder enamorar...
                         LÁGRIMAS
A veces los árboles lloran rocío
y las flores lloran pétalos...
...luego están los pájaros...




                 

                   


 
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