domingo, 14 de octubre de 2012

LOCUS AMOENUS JORNADA SEGUNDA

                                                           JORNADA SEGUNDA
Al despertar escuché ruido en la cocina. Pensé que Mari Carmen estaba preparando el desayuno. No, no me desperté sin saber dónde estaba ni preguntándome qué demonios hacía yo en aquella extraña cama de aquella extraña habitación. Me desperté en medio de la gloria, absolutamente convencido de que estaba en casa de Mari Carmen y de que, naturalmente, era ella, y sólo ella, la responsable de aquel ruido que venía de la cocina. El Sol estaba alto, pero, para los que no tenemos ni puta idea de qué cojones significa eso de que el Sol esté alto, y que, consiguientemente, no sabemos vivir sin reloj, el hecho de despertarse por la mañana, significa que es temprano, hora de desayunar, aunque el maldito Sol esté todo lo alto que quiera. La bata estaba al pie de la cama. Pensé en ponérmela para demostrarle a Mari Carmen que yo también sabía llevar una bonita bata insinuando media teta como quien no quiere la cosa. Por eso me la puse y me dirigí a la cocina con la esperanza de que el beso de buenos días fuera tan dulce y tierno como aquel lejano beso de buenas noches.
Pero aquel individuo que estaba en la cocina haciendo café no era Mari Carmen, sino el caballero del triste tricornio.
-Buenos días, dormilón- dijo sin volverse. Luego, se volvió hacia mí y enarcó las cejas- Pareces una loca patética con esa bata.
Ni que decir tiene que no me besó. Pero debió darse cuenta de mi perplejidad, incluso puede que se diera cuenta de mi terrible decepción y de mi nostalgia infinita por el beso de buenos días.
-Mari Carmen está trabajando. Son las diez de la mañana. No quiso despertarte, seguramente, dormías como un bendito.
-Bienaventurado- dije yo, notando, súbitamente, la resaca- Te recuerdo que lo que soy es un bienaventurado que sufre persecución por causa de la justicia.
-Estoy haciendo café. No te vendrá mal.
-¿Tienes una llave de esta casa?- no sé a qué vino aquel desagradable y maleducado ataque de celos. A fin de cuentas, el enamorado sin esperanza era él. Yo sólo era el peregrino que había encontrado posada y calor en aquella casa.
-No, por supuesto que no tengo llave de esta casa. Esta mañana he pasado por el Ayuntamiento y Mari Carmen me ha dejado una de las suyas.
-¿Y qué hace Mari Carmen en el Ayuntamiento?.
-La señorita Campos es la secretaria del Ayuntamiento de Ayora.
-¡No me jodas!.
-No tiene cara de secretaria del Ayuntamiento, ¿verdad?.
-Ese café huele muy bien.
Naturalmente que Mari Carmen no tenía cara de secretaria del Ayuntamiento. Mari Carmen tenía cara de Nereida y ojos de naufragio. Pero yo no estaba en ese momento en condiciones, ni físicas ni morales, de entablar con el tal Sanchis ningún tipo de deliberación sobre la cara de Mari Carmen. Además, él sólo parecía estar preocupado en que yo me tomara aquel café. No sé si es algo que aprenden en su academia, pero Manuel hacía el café mejor que Mari Carmen, mejor que yo, y mejor que cualquier hacedor de café que yo hubiese conocido con anterioridad. Lo cual no dejó de fastidiarme, porque la vida es así de asquerosa.
-¿Has venido a despertarme y a hacerme el desayuno?.
En realidad, la pregunta que yo tenía en mente no era esa, sino: "¿Has venido a comprobar en qué cama he dormido?". Pero, claro, a pesar de que Manuel era un puto guardia civil, a pesar de que era mi vigilante y mi carcelero, ciertas crueldades innecesarias están mucho más allá de nuestra capacidad de ser crueles.
-No, he venido a cumplir una orden del sargento Pacheco. Quiere verte.
Me sentí mal, al fin y al cabo, aquel tipo me había invitado a cenar, me había presentado a Mari Carmen e, incluso, había influido positivamente para que yo me quedara en aquella casa. Si a eso añadimos que hacía un café de puta madre, ¿que importaba que, detrás de todo aquello, hubiese inconfesables y oscuras motivaciones que yo desconocía?. ¿Era o no era Manuel un hombre encantador?. ¡Pues eso digo yo, cojones!. No hace falta viajar hasta Estocolmo para que pasen ciertas cosas.
-Perdona, tío. Estoy un poco resacoso... y me estoy portando como un cerdo. Tómate un café conmigo y cuéntame cualquier chorrada.
-Te advierto que si yo me levantase con la esperanza de ver a Mari Carmen, y me encontrase con un guardia civil que viene a llevarme al cuartel, también me resultaría muy difícil comportarme como una persona encantadora.
Estuve a punto de añadir lo del beso, pero creo que ya he hablado de las crueldades innecesarias. Manuel se sentó frente a mí, en la misma silla que había ocupado, apenas hacía unas horas, Mari Carmen.
-¿Cómo se cargaron a ese tal capitán González?.
-Alguien le voló la cabeza con un treinta y ocho mientras una puta se la chupaba.
-¡Pobre muchacha!- aquello me salió del alma, porque, la verdad, los sesos esparcidos del capitán González me importaban un huevo, como a todo el mundo, según había tenido ocasión de comprobar.
-¡Vaya!- exclamó Manuel, a quien también parecía importarle un huevo los sesos esparcidos del capitán González- La puso perdida. La pobre está ahora en el hospital en estado de shock.
-¿Crees que ella pudo ver a quien lo hizo?.
-No lo creo. El capitán le cayó encima. El autor tuvo tiempo de desaparecer sin problemas.
-¡Pobres putas, joder!. Todo les pasa a ellas.
-La vida es una mierda.
-¿Y dónde fue eso?.
-En un camino apartado de las afueras del pueblo. Dentro de su coche.
-Voy a vestirme, no creo que el sargento Pacheco quiera verme disfrazado de loca patética.
Paseamos hasta el cuartel por aquella calle larga y empinada donde había un cine y enfrente vivía Isabel Gavidia, la pérfida Mesalina que me había metido en aquel embrollo. Manuel caminaba con un orgullo muy especial, mirando las casas y saludando a la gente. Se notaba que aquél era su pueblo, aunque no hubiese nacido allí.
-¿Cómo es que un tipo como tú se ha metido a guardia civil?.
-Cosas de la vida.
-Ahora me dirás que es un oficio como otro cualquiera.
-¿Por qué no?. Desgraciadamente no vivimos en un país como otro cualquiera.
-Gracias, entre otras cosas, a la Guardia Civil.
-Puede que tengas razón. En cierta ocasión, en un lugar llamado Tavernes, un sargento intentó darle una paliza a un desgraciado que tenía atado en una silla de su despacho...
-¿Y qué pasó?.
-Nada, que yo estaba allí.
-Allí mirando.
-Y no le pegó.
-¿Tú se lo impediste?.
-Yo no hice gran cosa. Sólo mirar.
-¿Y ya está?.
-Sí. Cogió el cabreo más grande de su vida, soltamos al pobre desgraciado, que no había hecho nada, y aquel sargento se dedicó, a partir de entonces, a hacerme la vida imposible.
-¿Y lo consiguió?.
-No, yo lo conseguí. Me gané el respeto de un pobre desgraciado y el odio de un sargento hijo de puta. Se podría decir que ésa es la historia de mi vida.
No supe qué pensar de aquel tal Sanchis. La verdad es que nunca he sabido qué cojones se supone que se debe pensar de los tipos así. Me recordó aquel patético Nazarín, o la maldita Viridiana, y eso me hizo concebir una lejana esperanza, porque, al fin y al cabo, Viridiana acaba echando una partida al tute con su primo y con la criada.
Creo que ya he dicho que el Sol estaba alto, lo cual significa, entre otras cosas, que hacía un día agradable y soleado. Quizá por ese motivo, el sargento Pacheco estaba en el jardincillo que daba acceso al cuartel, fumando parsimoniosamente y hablando con el guardia de puertas que, como su nombre indica, es el encargado de guardar la puerta del cuartel.
Sonrió al verme y me extendió la mano.
-Buenos días, Don Vicente. ¿Ha descansado bien?.
-Como un angelito, Don Matías. ¿Puedo llamarle Don Matías?.
-Veo que ha hecho usted las oportunas averiguaciones sobre mi identidad, cosa que me alegra mucho. Por supuesto que puede usted llamarme Don Matías. Dejaremos lo de sargento Pacheco para cuando se refiera usted a mí en tercera persona.
Yo había abandonado la conversación con Manuel sin dar ninguna explicación, ni siquiera le dirigí una frase de cortesía antes de dirigirme al sargento Pacheco. Pero él no pareció darle excesiva importancia al asunto. Aprovechó un lapso de nuestra conversación para dirigirse a él.
-¿Ordena usted alguna cosa más, mi sargento?.
-No, Sanchis. Muchas gracias. Puede usted retirarse.
-A sus órdenes.
Y se retiró, como los chicos obedientes que hacen la mili, al fin y al cabo, un guardia civil sólo es eso, un chico obediente que hace la mili.
El guardia de puertas repitió la misma fórmula antes de que el sargento Pacheco y yo nos quedáramos solos. Tuve la impresión de que aquel curioso personaje, llamado Matías Pacheco, no era, ni mucho menos, el ogro terrible que se supone debe ser un sargento de la Guardia Civil como Dios manda. También cabe la posibilidad de que, en un pueblo pequeño, el sargento de la Guardia Civil mandara más que Dios, después del cura párroco, naturalmente.
-Y bien, Don Vicente- dijo el sargento Pacheco, ofreciéndome un Celtas corto que, naturalmente, acepté con mucho gusto- ¿Encontró agradable la posada?.
A estas alturas de la historia, ni a mí, ni a nadie con dos dedos de frente, se le escapa el hecho de que aquel astuto sargento de la Guardia Civil sabía perfectamente dónde había pernoctado quien esto suscribe. Por ese motivo, no creí en absoluto necesario redactarle un pormenorizado atestado sobre lo acaecido la noche anterior, ni tan siquiera creí oportuna una somera diligencia sobre el hecho en cuestión. Me limité a certificar el resultado.
-Encontré la mejor de las posadas, Don Matías.
-No sabe usted cuánto me alegra escucharle decir eso. Porque estaba un poco preocupado, si me permite usted la expresión.
-Don Matías, estoy dispuesto a permitirle a usted todas las expresiones que tenga a bien formular. Porque he descubierto una cosa, si me permite usted la confidencia.
-Celebro que se haya usted dado cuenta de que puede confiar en mí. Me hará muy feliz escuchar esa confidencia suya, se lo aseguro.
-Tengo la impresión de que mi vida ya no será la misma a partir de ahora.
-¿Para bien o para mal, Don Vicente?.
-¿Cree usted en el bien y en el mal, Don Matías?.
-Ése es mi trabajo.
-Pero, usted no es un cura.
-Como debe usted saber muy bien, Don Vicente, no vivimos exactamente en una sociedad laica. Lo cual nos lleva a la triste situación de que todos los que ostentamos algún tipo de poder, seamos un poco curas.
-¿Me permite decirle que es usted la hostia, Don Matías?.
-¿Confidencialmente?.
-Por supuesto.
-En ese caso, se lo permito. Porque, no debe usted olvidar que la blasfemia es un delito.
-Lamento haber delinquido.
-¿Debo entender que no lamenta haber blasfemado?.
-¿Sabe, Don Matías?. Todavía no hace muchos años que me emocionaba la sensación de pecado. Si no se ríe usted de mí, le confesaré que siento nostalgia de aquella maravillosa sensación.
Naturalmente, se rió. No sé si de mí o conmigo, porque yo también me reí.
-Por cierto, Don Vicente- dijo de pronto, como recordando algo- Estamos invitados a tomar un aperitivo en casa de unos amigos.
-No sabía que tuviéramos amigos comunes.
-Sí los tenemos, Don Vicente, sí los tenemos. ¿Recuerda que hablamos de una biblioteca?.
-Lo recuerdo.
-Pues vamos a visitar esa biblioteca. Y, como supongo que su actual situación económica debe ser tristemente lamentable, espero que no me dejará usted mal a la hora de desempeñar el trabajo que le he buscado.
-¿Qué tipo de trabajo me ha buscado usted, Don Matías?.
-¿Sabe usted ordenar bibliotecas?.
-Lo que se me da muy bien es desordenarlas.
-No importa. Al fin y al cabo, el desorden no deja de ser un orden diferente.
-Usted no quiere que yo ordene ninguna biblioteca. No deseo ofenderle, Don Matías, pero, ¿no cree que debería informarme de la situación?.
-Tiene usted razón. Le informaré de la situación. Pero, antes, prométame que hará exactamente todo lo que yo le diga, y que cualquier observación o pregunta, la guardará para formulármela después confidencialmente.
-Tiene usted mi palabra de honor.
-No juegue usted con el honor, Don Vicente. Es la única cosa sagrada que queda en este mundo.
Aquella salida de tono del sargento Pacheco, en lugar de desconcertarme, lo que hizo fue calmar mi anterior intranquilidad. Porque, por primera vez, escuchaba algo de labios de aquel curioso personaje que encajaba con la lógica que yo tenía de las cosas. La palabra "honor" está escrita en la puerta de los cuarteles de la Guardia Civil. Y, parecer ser que, para ciertos guardias civiles, como el sargento Pacheco, sin ir más lejos, puede llegar a significar algo, aunque yo no entendiera qué maldita cosa pudiese ser ese algo.
-No pretendía jugar con nada, Don Matías. Es una frase hecha. Lamento haberla pronunciado.
-Creo que le debo una disculpa, Don Vicente.
-No me debe usted ninguna maldita disculpa, Don Matías. Los seres humanos no estamos hechos de piedra, en todo caso, de barro.
-En ese caso, vayamos ya directamente a la situación que nos ocupa.
-Le escucho impaciente.
-En primer lugar, no he creído conveniente hablar con Doña Isabel Gavidia sobre la aventura que tuvo con usted. Pero, por otro lado, creo necesario que ella la confirme, aunque sea confidencialmente. Por eso he pensado que, si usted habla con ella, tal vez ella se decida a hablar conmigo.
-¿Tiene eso algo que ver con mi trabajo de bibliotecario?.
-Tiene mucho que ver. Verá, Don Andrés Martínez presume de tener una magnífica biblioteca, y le puedo asegurar que no le faltan razones para presumir de ello. Hace algún tiempo me comentó que le gustaría poner un poco de orden a tanto libro. Por eso, ayer aproveché la ocasión para hablarle de usted. Naturalmente, me permití ciertas licencias.
-¿Qué tipo de licencias?.
-Por ejemplo, que su padre fue un gran amigo mío, que usted ha venido a visitarme y que es usted un gran bibliotecario.
-¿Y no le dio a usted vergüenza mentir de forma tan descarada?.
-No siempre podemos elegir lo mejor, a veces no nos queda más remedio que elegir lo menos malo. Voy a ser sincero con usted, Don Vicente. Donde hay mierda, no tardan en llegar las moscas, y yo tengo muchas moscas revoloteando a mi alrededor, la policía gubernativa, el Servicio de Información de la Guardia Civil y, además, una especie de moscas especialmente repulsivas: La Brigada Político-Social. No debe usted olvidar que el muerto era un capitán de la Guardia Civil.
-Pero yo supongo, Don Matías, que toda esa gente habrá venido aquí a ayudar.
-Toda esa gente ha venido aquí a joder, Don Vicente. Personalmente me importa un carajo quién ha matado al capitán. Yo sólo quiero que haya paz en este pueblo, en mi pueblo- aquel "mi pueblo", no significaba "el pueblo donde nací", sino más bien "el pueblo que me pertenece", al menos así creí entenderlo yo- Y, en las circunstancias actuales, sólo conozco una manera de vivir en paz.
-Me temo que no acabo de entender muy bien lo que quiere usted decirme, Don Matías.
-En ese caso, me defrauda usted, Don Vicente. Hasta hoy, este pueblo no figuraba en el mapa del enemigo. Y, cuando un pueblo no figura en el mapa del enemigo, no lo bombardean. Yo necesito urgentemente un asesino, no para hacer justicia, porque la justicia, querido Don Vicente, ya está hecha, sino para evitar ese bombardeo. Porque, en los bombardeos, siempre acaba muriendo mucha gente inocente.
-Intentaré no defraudarle de nuevo, y haré un esfuerzo para comprenderle, Don Matías. Esas moscas de las que usted hablaba, no se van a limitar a husmear la mierda, ya que están aquí, husmearán todo lo que se les ponga por delante.
-Y pondrán huevos, y de esos huevos nacerán larvas.
-Y, además, situarán este pueblo en sus mapas, con las coordenadas precisas. ¿Por qué tiene usted miedo a que pase todo eso?.
-Mire, Don Vicente, cada persona de este pueblo piensa lo que piensa y cree en lo que cree. A mí eso me da igual. Los fantasmas duermen en el cementerio, las beatas rezan en las iglesias, los hombres se emborrachan en las tabernas y las mujeres ponen los cuernos a sus maridos con la elegancia que usted ha tenido ocasión de comprobar. Dígame, Don Vicente, ¿cree usted que los fantasmas deberían abandonar su sueño para clamar venganza por las calles, cree usted que las beatas deberían salir de sus iglesias para predicar su anatema, que los hombres deberían emborracharse el la plaza y alardear de sus cojones de borrachos o que las mujeres deberían cambiar su adúltera santidad por un capote y una montera?.
De cómo me sentí cuando escuché al sargento Pacheco decir todo aquello, podría contar muchas cosas, pero no serían más que estupideces. Sólo se me ocurre recordar que creí entender toda una declaración de principios, o una sarta de alucinaciones. También se me ocurrió pensar que cómo una nimiedad como el asesinato de un insignificante capitán de la Guardia Civil podía poner en peligro cosas tan importantes, cómo era posible que una estúpida bala del treinta y ocho pudiera destapar de esa manera la caja de Pandora.
Seguramente, el sargento Pacheco se apercibió de mi cara de jilipollas, porque yo debí poner una cara de jilipollas que no se me acababa. Introdujo la mano en el bolsillo de su guerrera, sacó un paquete sin empezar de Celtas cortos, lo abrió parsimoniosamente, y me ofreció un cigarrillo.
-Fume usted, Don Vicente. ¿Cree usted que el tabaco da cáncer?.
-¡Yo qué sé!. A mí sólo me interesa que dé humo.
-¿Me permite que le haga una pregunta personal?.
He de reconocer que me enorgulleció el hecho de que las preguntas del sargento Pacheco abandonaran su condición de confidenciales para alcanzar la categoría de personales. Porque a mí también me hubiera gustado hacerle en aquellos momentos una pregunta muy personal: ¿Desde cuándo pensaba así, quién era el responsable?.
-Se lo ruego, Don Matías. Pregunte usted lo que quiera.
-¿Es usted un rojo?.
-Sí, creo que soy un rojo.
-¿Sólo lo cree?.
-Sí, sólo lo creo. ¿Y usted, Don Matías, es usted un rojo?.
-¡Por Dios, Don Vicente, qué cosas tiene usted!. ¿Cómo voy a ser yo un rojo?.
-Claro, ¡qué estupidez!. Es evidente que usted no es un rojo, y que yo sí lo soy. Demasiado sencillo, ¿no le parece?.
-Si usted lo dice... Creo que va siendo hora de que vayamos a tomar ese aperitivo con Don Andrés Martínez y Doña Isabel Gavidia.
-Tiene usted razón. Sería una falta de cortesía hacerlos esperar.
Caminamos hasta aquella casa que había enfrente del cine. El sargento Pacheco llamó al tiembre y nos abrió una señora con uniforme de criada.
-Buenos días, señor sargento, pasen ustedes, los señores los están esperando.
El sargento Pacheco sonrió a la señora con uniforme de criada.
-Buenos días, Doña Remedios. ¿Cómo sigue su hijo Carlos?.
-Mucho mejor, señor sargento. Dicen los médicos que pronto podrá volver a casa.
-Ésa es una gran noticia.
-¡Loado sea Dios, señor sargento!.
-Loado sea, Doña Remedios. ¿Tendrá usted la bondad de saludarlo de mi parte?.
-Lo haré con mucho gusto, y seguro que se lleva una gran alegría.
A todo esto, habíamos llegado a un gran salón con una imponente mesa primorosamente servida. O la tal señora Remedios tenía un gusto exquisito, o la señora de la casa era toda una anfitriona. Pero, hablando de la señora de la casa, allí estaba Isabel, junto a un tipo de emblemático bigotito, cara bonachona y cabellos canosos. No era su abuelo, indudablemente, parece ser que tampoco era su padre, por lo tanto, debía ser Don Andrés Martínez, el cornudo, quiero decir, el marido.
Se acercó a nosotros sonriente y estrechó efusivamente la mano del sargento Pacheco.
-¡Cuánto honor para esta humilde casa, mi sargento!.
No sólo lo llamó "mi sargento", sino que se permitió tomarse en vano el nombre del Honor. Pero el sargento Pacheco ni se inmutó ante semejante blasfemia, seguramente tenía la esperanza de que aquel fantasma reposaría en un futuro no muy lejano junto a sus hermanos, en ese cementerio tan curioso donde, según el sargento Pacheco, debían reposar todos los fantasmas.
-Permítame que le presente a Don Vicente Mouriz. Don Vicente, tengo el gusto de presentarle a Don Andrés Martínez.
Naturalmente, el sargento Pacheco tuvo "el gusto" de presentarme a Don Andrés, nunca "el honor". Debió entender mi sonrisa de complicidad, porque miró de reojo a Isabel, y luego me miró a mí, como diciendo "yo también sé muchas cosas".
-Es un... placer, y un privilegio conocerle, Don Andrés- dije estrechando la mano que me ofrecía el hombre de la cara bonachona, esa cara que suelen tener los tipos capaces de hacer que te cuelguen de un árbol de la plaza con un gancho de carnicero y los cojones en la boca.
-Es un honor tenerle en mi casa, Don Vicente.
¡Qué manía tenía aquel tipo con el honor!. Afortunadamente, el sargento Pacheco no desenfundó su nueve largo y le descerrajó un tiro en la cabeza. Hubiera sido un buen momento para enviarlo junto a ese otro fantasma que ya reposaba en el cementerio donde se olvidan las venganzas, el de aquel capitán González a quien nadie parecía echar de menos.
Isabel se había quedado junto a la mesa primorosamente servida. Observaba la escena como una script girl, comprobando que todas las mentiras cuadraban, que todos los raccords encajaban. Vestía una rebeca mucho más hitchcockiana que de Daphne du Maurier sobre una falda estrecha y tenía el pelo recogido sobre la nuca. Parecía la madre de aquella Mesalina que me arrastró hacia el frenesí un par de noches antes, pero estaba muchísimo más hermosa, mas arrebatadora si cabe. Sus ojos volcánicos, de un verde amarronado, hicieron que una corriente eléctrica recorriera todo mi cuerpo y que mi corazón comenzara a latir salvajemente, hasta el punto de que me parecía increíble que no se dieran cuenta de aquellos latidos desacompasados que hacían retumbar la estancia en mis oídos. El tiempo se paró, como en aquella novela de Joyce de la que me hablara el sargento Pacheco el día anterior. El suave temblor de su labio superior me hizo descubrir unos dientecillos de ratita mala. Una parte de mí pareció salir de mi cuerpo produciendo un doloroso desgarro para correr hacia ella y abrazarla, y besar aquel labio tembloroso que parecía proteger aquellos dientecillos de ratita mala. Quise recordar la sensación de su piel de seda, quise recordarme buscando con la lengua paraísos ignotos, quise recordar sus gemidos y los pezones bermejos de sus pechos de alabastro. Pero sólo pude recordar una dulce sonrisa y un travieso mohín de su naricita bajo su frente sudorosa. El tiempo seguía detenido, pero eso no impidió que un terror incontrolable me oprimiera la garganta, como queriendo estrangularme. No era terror a que todos se dieran cuenta, a que me colgaran de un árbol de la plaza con un gancho de carnicero y los huevos en la boca, era un terror diferente, casi placentero, por algo desconocido que yo no había sentido antes, nunca en toda mi vida. Un escalofrío, un como flotar en las nubes, un como bésame muñeca porque ya todo da igual.
Don Andrés Martíenez rodeó mi hombro con su brazo, y me empujó hacia Isabel, como si quisiera arrojarme por un acantilado, contra las espumosas olas donde cantaban las sirenas.
-Quiero presentarle a mi esposa, Doña Isabel Gavidia.
Isabel me ofreció su mano, su cálido contacto me puso todos los pelos de punta, excepto los de la cabeza, aquello hubiera sido deplorable. Entonces miré sus ojos volcánicos, de un verde amarronado, ojos de infierno, indudablemente, el más dulce de los infiernos. ¿Por qué estábamos allí?. ¿Por qué no echábamos a correr?. ¿Por qué no se paraba el mundo para que pudiéramos bajarnos?.
-El sargento Pacheco no nos había dicho que era usted un chico tan guapo- dijo sonriendo con sus dientecillos de ratita mala.
¡Traición!. Pero, ¿no ves, mujer, que estoy destrozado?. ¿Acaso no comprendéis que vos, la dama de mis sueños, no deberíais hurgar tan sañudamente en mi dolorosa herida?. ¿No os mueve, siquiera la caridad, a compadeceros de este humilde caballero, mortalmente herido por el dardo envenenado de vuestro pérfido amor?. ¿Por qué eres tan malaputa, y me sonríes, y me miras con tus ojos volcánicos, de un verde amarronado, cuando sabes que no puedo abrazarte, besarte, arrojarte salvajemente sobre esa mesa tan primorosamente servida para folgar amorosamente sobre mi locus amoenus?.
-Verá, señora- me atragantaba, me ahogaba, me estrangulaba su perfidia, y tosí, no sé si para aclarar mi garganta o para que el rubor apareciera en mi rostro por un motivo justificado o, al menos, justificable- No estoy acostumbrado...
-Don Vicente es un hombre tímido- intervino el sargento Pacheco, lanza en ristre, yelmo abajo, caballo al galope tendido, aguantad, Sir Lancelot, y recordad que esto es sólo una aventura, derrotaremos al dragón con la ayuda de San Jorge- No debería usted ser tan perversa con él, Doña Isabel.
-Siéntese, Don Vicente- me dijo Don Andrés, dando una palmada en mi espalda- Y no se ofenda usted, mi esposa sólo quiso hacerle un cumplido.
-No estoy ofendido, Don Andrés- dije yo, envalentonado tras derrotar aquel terrible dragón de fogoso aliento, gracias a la ayuda de Sir Matías Pacheco- Lo que estoy, es anonadado ante la hermosura de su esposa, si me permite usted la franqueza.
-¡Cómo no se la voy a permitir!. Su franqueza me honra, Don Vicente.
-Muchas gracias- dijo Isabel sonriendo con sus dientecillos de ratita mala. Después, se volvió hacia su marido para añadir- ¿Por qué no haces los honores, Andrés, y sirves el vino?.
-¡Por supuesto!- dijo el honrado marido- Mi sargento, este vino le va a encantar. Me han garantizado que no hay mejor Jerez en el mundo. Por cierto, Don Vicente, ¿le gusta a usted el marisco?.
-Me encanta- dije con una cortesía que no dejó de sorprenderme.
Apareció aquella tal señora Remedios con una inmensa fuente llena de cigalas, gambas y bogavantes, todo adornado con unos percebes más que razonables. Aquello parecía una celebración, a no ser que ese tipo de aperitivos fuesen asunto cotidiano en una casa como aquélla. Pero, si aquello era lo de todos los días, ¿qué demonios comía aquella gente el dieciocho de Julio o el uno de Abril?.
Durante aquel ágape, del que fácilmente se podría deducir que era viernes y aquélla una casa de católicos practicantes, el sargento Pacheco me demostró que la presunta perversidad de Isabel le encantaba, y no contento con eso, se dedicó a practicar su propia perversidad. No sólo a la hora de hablar de toros con Don Andrés Martínez o del emotivo arrepentimiento de María Magdalena con Isabel, sino también a la hora de evocar las hazañas de mi padre durante la heroica defensa del Alcázar de Toledo. Si tenemos en cuenta que mi padre era un minero que reventó de silicosis gracias a que conmutaron su pena de muerte por cadena perpetua y después lo indultaron para que pudiera volver a bajar a la mina y morir indecentemente como cualquier minero decente, no estoy muy seguro con quién de los tres fue más perverso el sargento Pacheco. Muy presumiblemente, para el sargento Pacheco, Don Andrés Martíenez era un cornudo, Isabel, una puta y yo, un rojo. Pero, como en "su pueblo" cada uno pensaba lo que pensaba y creía en lo que creía, tal vez quiso demostrar que, efectivamente, eso a él le daba igual. Naturalmente, hablamos de la famosa biblioteca de Don Andrés Martínez. Hablamos del gran "honor" (no se quitaba esa palabra de la boca) que sería para él que yo pusiese orden a tanto libro desperdigado. Hablamos de mis honorarios, y lo hicimos de la manera en que este tipo de gente habla de los honorarios de un profesional prestigioso, es decir, de un profesional del prestigio, no del trabajo que se supone sabe hacer tan bien. Me dio dos mil pesetas y me dijo que ya haríamos cuentas. Seguramente, aquel magnánimo terrateniente pagaba cuarenta duros a cualquiera de sus muchos jornaleros por trabajar de sol a sol. Pero he de reconocer que, con aquella pequeña fortuna en mis manos, no me sentí precisamente un jornalero más del cacique del pueblo, sino más bien el chulo de su santa esposa. En otras palabras, tal vez fuera preferible lo del gancho de carnicero y el árbol de la plaza. De todos modos, el sargento Pacheco era un hombre de recursos. Alabó de tal manera la colección de sellos de Don Andrés Martínez que, literalmente, lo obligó a mostrarle su última adquisición: la colección del Centenario, aéreos incluidos, lo cual hizo que el santo varón rogase a su esposa que me mostrara la biblioteca mientras él y "su sargento" se dedicaban al viejo placer del estudio filatélico. Isabel me indicó que la siguiera, y lo que yo seguí fueron los armónicos movimientos de su culo mientras ella caminaba delante de mí en dirección a la famosa biblioteca. No tenía yo muy claro si lograría aguantar mucho antes de lanzarme sobre ella y violarla allí mismo sin más preámbulos. Pero no hice nada de eso, porque cuando ella se volvió y clavó en mí sus ojos volcánicos, de un verde amarronado, me sentí como un niño pequeño, y mi fiebre libidinosa se transformó en un deseo irreprimible de acurrucarme en su regazo para llorar y pedir teta.
-¿Qué lío os lleváis el sargento Pacheco y tú?.
Fue una pregunta seca, algo así como imperiosa. Quizá, Isabel podía haber empezado diciendo "¡Qué ganas tenía de volver a verte, amor mío!. He contado los minutos desde nuestra última separación". Cuenta la leyenda que el autor es Dios, y que manda en sus personajes. ¡Y una mierda pinchada de un palo!. No, no me abalancé sobre ella para comérmela a besos, ni me puse de rodillas pidiéndole perdón, ni me convertí en un niño llorón y hambriento de teta. Me rasqué la cabeza, sonreí como el perfecto estúpido que somos Aute y yo, y pronuncié la eterna frase que todos decimos cuando no tenemos ni puta idea de qué cojones decir.
-Es una larga historia.
-¿Cómo puede ser una larga historia si empezó ayer?.
Pero, ¿no habíamos quedado en que el tiempo no existe?. No, no habíamos quedado en eso. Aquello era una teoría del sargento Pacheco con la que Isabel, probablemente, no estaba de acuerdo. Y como yo no sabía por dónde demonios empezar, solté lo primero que se se me pasó por la cabeza.
-Ayer se cargaron al capitán de la Guardia Civil.
-Eso ya lo sé.
-¿Y qué pasa, que te da igual?.
-No, no me da igual, me alegro mucho. Pero, ¿qué tienes tú que ver con eso?.
-Se da la circunstancia de que la Guardia Civil está muy interesada en saber qué hacía yo en este pueblo en ese preciso momento.
-¿Y qué le has contado a la Guardia Civil?.
-Que estaba contigo.
-¡Tú estás loco!, ¿quieres que mi marido nos mate a los dos?.
-¡Ése es el tema!.
-El tema, ¿de qué?.
-Del lío que nos llevamos el sargento Pacheco y yo.
-¡No me digas que el sargento Pacheco se ha creído esa historia!.
-Tal vez por eso quiere que tú se la confirmes. Eso sí, confidencialmente.
-¿Qué te hace suponer que yo esté dispuesta a cometer semejante estupidez?.
-Sería una estupidez, ¿verdad?.
Naturalmente, yo podía haberle gritado aquello de "Escúchame bien, malaputa, tú me has metido en este embrollo, y no estoy dispuesto a jugarme el pellejo por una calentorra que va por ahí tirándose al primero que se cruza en su camino. Vas a hablar con esa mierda de sargento, o yo mismo le contaré a tu marido a qué se dedica su santa esposa cuando él no está en casa". Pero, ¿cómo iba yo a decir aquello, si lo que Isabel había hecho conmigo era lo más grande que me había pasado en toda mi puta y zarrapastrosa vida?. En todo caso, si me hubiera dejado llevar por mis emociones momentáneas, lo que le hubiese dicho es que yo también me alegraba de que hubieran matado a aquel capitán, porque, gracias a eso, yo no había cogido aquel apestoso autobús que me llevaría a ninguna parte, porque, gracias a eso, yo estaba ahora delante de Isabel y de sus ojos volcánicos, de un verde amarronado.
Seguramente, Isabel se dio cuenta de mi estado de turbación, porque me acarició la mejilla sonriendo, e hizo un gracioso mohín con su naricita, haciendo que su labio superior dejara asomar sus dientecillos de ratita mala.
-¿Dónde te has quedado esta noche?.
-¿Conoces a Mari Carmen Campos, la secretaria del Ayuntamiento?.
 -¡Claro que conozco a Mari Carmen!.
-Me he quedado en su casa.
-¡Vaya, hombre!, veo que no pierdes el tiempo.
-No es lo que piensas. Un guardia llamado Sanchis, Manuel Sanchis, me la presentó anoche, y ella me ofreció su casa.
-También yo te ofrecí mi casa.
-¡Y una mierda!, lo que tú me ofreciste fue tu cama. Además, esta puta casa no es tuya.
-Tranquilo, muchacho. No te subas a la parra. ¿Estarás esta noche en casa de Mari Carmen?.
-Supongo que sí.
-Nos veremos allí y hablaremos tranquilamente. Y, ahora dime, ¿eso de la biblioteca va en serio?.
-Parece ser que tu marido y el sargento Pacheco han hablado del tema varias veces.
-¿Y qué pretende hacer mi marido con esta biblioteca?.
-Dice que está un poco desordenada.
-¡Qué sabrá él, si los libros los compro yo, los leo yo y los ordeno yo!. Pero si él sólo ha leído en toda su vida el "Mein Kampf" y un par de editoriales de "El Alcázar"...
-Pues parece ser que le gusta presumir de una excelente biblioteca.
-¡Qué sabrás tú!. A quien le gusta presumir de la biblioteca de esta casa es al sargento Pacheco.
 -¿A ti no?.
-A mí me gusta leer. Y la biblioteca está bien como está.
-Y la tienes ordenada a tu gusto.
-Naturalmente. Soy yo quien la utiliza. Haz una prueba.
-¿Qué clase de prueba?.
-Pídeme un libro.
-Veamos... "El Proceso", de Kafka.
-Levanta tu mano derecha, da dos pasos hacia atrás. En el tercer estante. El de las tapas marrones.
Ojeé aquella preciosa edición de uno de mis libros favoritos. Lo devolví a su sitio, y miré de nuevo a Isabel.
-"Cántico Espiritual", de Juan de Yepes.
-La pornografía está al fondo, en el segundo estante de la derecha. ¿Te gustan los poemas de amor?.
-Los de ese frailecillo, me subyugan.
-Está muy manoseado. Lo leo a menudo.
-"Ulysses", de Joyce.
-No está.
-¿Se lo has prestado a alguien?.
-No, todavía no lo tengo. Pero lo tendré pronto. No eres la primera persona que me habla de él.
-No lo compres. Dame la oportunidad de que yo te lo regale.
-De acuerdo. Dedícamelo. Me gusta acariciar las dedicatorias.
-¿Leerlas no?.
-No, ¿para qué?.
Aquella conversación no podía continuar, al menos en aquel lugar, o en aquel momento, eso no lo sé. Yo notaba una fuerte presión en el pecho, y las cosas acaban reventando más tarde o más temprano cuando se las presiona demasiado. Por eso cambié de tema.
-¿Qué me aconsejas que haga con lo del trabajo?.
-Dile a mi marido que has encontrado un desbarajuste total, y que hay faena para rato.
-¿Por qué?.
-Porque le harás sentirse bien. Tú eres un hombre, y esta biblioteca ha sido hasta ahora labor de una pobre mujer que se empeña en saltarse el eslabón que le corresponde en la evolución natural.
-¿Eso piensa tu marido de las mujeres?.
-¿Tú no?.
-¡No señora!. Yo no pienso eso de las mujeres.
Resulta una cosa muy curiosa la manera en que saltamos, en que buscamos mil justificaciones, en que nos indignamos, cuando alguien nos recuerda nuestra verruga de la nariz, nuestro mal aliento, o cualquiera de esos defectos que, por un lado, nos avergüenzan, por otro, nos dignifican y, en definitiva, nos hacen ser como somos. Yo, por ejemplo, me he pasado la vida jurando y perjurando, sobre todo a las mujeres, que no soy un machista de mierda. Una cosa parecida a aquel tipo que, para demostrar que no era racista, se dedicaba a estrechar la mano de los negros y, después, mostrársela a todo el mundo diciendo: "¿Lo veis?. No me he manchado", maravillándose a su vez de no haberse manchado. Quizá por eso, Isabel se rió de mí, o a mí me dio la sensación de que se reía.
-Pues si quieres este trabajo- añadió sardónica- Tendrás que defender esa tesis, al menos delante de mi marido.
-Tenéis todos una manera muy curiosa de tomarle el pelo a ese pobre desgraciado.
-¡Pobrecito!- dijo Isabel mirándome y dejando de sonreír por un momento- Lo que más le gusta es que se la chupe, y darme por el culo.
-¡Cállate!. No vuelvas a hablar de eso.
-Y tú, no vuelvas a llamarlo pobre desgraciado.
Salió delante de mí de la biblioteca, y se dirigió hacia el despacho de su marido, de donde salían en ese momento el sargento Pacheco y él manteniendo una animada charla. Isabel se acercó a su marido y le tomó la mano.
-Andrés, creo que deberías disculparme delante de nuestros invitados. Tengo muchas cosas que hacer.
-Claro, Isabelita, no faltaba más. Lo comprenderán perfectamente.
-Se lo ruego, Doña Isabel- dijo el sargento Pacheco- No abandone por nuestra culpa sus obligaciones.
-Gracias, Don Matías.
-Ha sido un placer conocerla, señora- dije yo, uniéndome al teatro.
A mí no me contestó. Supongo que quería dar la impresión de que no estaba de acuerdo con su marido en lo referente a mi trabajo, o, tal vez, quería demostrarme a mí que despreciaba a los capullos como yo.
-Disculpe usted a mi esposa, Don Vicente- dijo nuestro anfitrión cuando Isabel se hubo marchado- Debe usted comprender que ella piensa que la biblioteca está bien como está.
-¿Por qué cree usted que ella piensa eso?.
-A veces, las mujeres son algo caprichosas- dijo Don Andrés haciendo un gesto condescendiente con la cabeza- Mi esposa se pasa tardes enteras en esa biblioteca, y no resultas extraño que haya llegado a pensar que aquello es... ¿cómo diría yo?, como una especie de castillo encantado para ella. Ya sabe usted cómo es el mundo de los libros, un mundo de sueños, de quimeras sin sentido. ¿Me comprende usted, Don Vicente?.
-Le comprendo perfectamente, Don Andrés. Lo que no sé es si seré capaz de aplicar ese tacto sutil y delicado del que usted hace gala ante esta situación.
-Haga usted como yo. No se meta en política.
-¿En política, Don Andrés?.
-¡Claro, muchacho!. Prescinda usted de las explicaciones. Diga a mi esposa a todo que sí, y haga usted lo que deba hacer.
-Don Andrés, si me permite la confidencia, hace un par de horas yo pensaba que era usted un hombre afortunado por tener una esposa tan bella. Pero ahora estoy convencido de que la afortunada es ella. Los hombres como usted no son moneda frecuente.
-Me adula usted, Don Vicente.
-No era esa mi intención.
Le ofrecí mi mano a Don Andrés Martínez, de vocación cacique, y éste me la estrechó efusivamente con las dos suyas. Pero descubrí enseguida que ese gesto iba dirigido al sargento Pacheco, porque se suponía que yo era su protegido, y aquel maldito fascista a quien nunca volvería a llamar pobre desgraciado, sabía perfectamente cuán importante era la Guardia Civil para que los tipos como él pudieran seguir campando por sus respetos, eso sí, sin meterse nunca en política.
El sargento Pacheco y yo paseamos en silencio en dirección al cuartel durante unos minutos. Finalmente, fue él quien inició la conversación.
-¿Cree usted que Doña Isabel Gavidia hablará conmigo para confirmar su historia?.
-Parece ser que Doña Isabel no entiende muy bien los motivos por los cuales pretende usted que ella haga semejante cosa.
-¿Y usted no se los explicó?.
-No, Don Matías. ¿Qué demonios quería usted que yo le explicara?. Sencillamente, le dije que estaba en un buen lío, y que necesitaba su ayuda.
-¿Y se la negó?.
-No exactamente. Estamos citados para hablar del tema esta noche.
-Me conmueve su sinceridad, Don Vicente. ¿Puedo preguntarle dónde tendrá lugar esa cita?.
-¿Conoce usted a Mari Carmen Campos, la secretaria del Ayuntamiento?.
-Conozco a la encantadora señorita Campos.
-Hemos quedado en su casa.
-Ciertamente encontró usted la mejor de las posadas, Don Vicente.
-Usted ya sabía que anoche dormí en casa de Mari Carmen, ¿verdad, Don Matías?.
-¿No me lo dijo usted esta mañana?.
-No señor. Seguramente se lo dijo ese tal Sanchis.
-Es probable, pero no se enfada usted con él. Sólo cumple órdenes.
-¿Y qué cree que hice anoche en casa de la encantadora señorita Campos?.
-Dormir, Don Vicente. Acaba usted de decirme que anoche "durmió" en casa de la señorita Campos.
-Y, naturalmente, no encuentra usted nada de extraño en que un forastero, sospechoso de asesinato, se vaya a dormir, de buenas a primeras, a la casa de una mujer encantadora y hermosísima que vive sola.
-Si partimos de la base de que, la noche anterior, la pasó usted en casa de una mujer encantadora y hermosísima absolutamente casada, hemos de reconocer que va usted mejorando.
Estaba claro que, mientras los fantasmas, las beatas y los cuernos, no salieran a pasear por las calles y permanecieran en los lugares que tenían asignados, aquel sargento de la Guardia Civil, no sólo se mostraría impasible, sino satisfecho. Al menos, aparentemente, porque había algo en toda aquella historia que no me acababa de convencer. Y ese algo se llamaba Matías Pacheco.
-¿Qué ocurriría si Isabel se negara a hablar con usted?- pregunté como signo de derrota ante aquel gesto imperturbable.
-Eso complicaría un poco las cosas, Don Vicente. Pero debería usted recordarle a doña Isabel Gavidia que yo soy uno de los pocos amigos de verdad que tiene en este pueblo.
-¿Quiere usted que se ría de mí?.
-Habrá usted comprobado esta mañana que Don Andrés Martínez siente un cierto... digamos respeto hacia el uniforme que llevo.
-Lo cual me parece la cosa más lógica del mundo.
-En ese caso, un muchacho inteligente como usted no encontrará complicada la siguiente pregunta: ¿Quién podría proteger con cierta garantía de éxito a Doña Isabel Gavidia en un caso de... digamos complicación peligrosa?.
-El problema, Don Matías, no estriba en que usted pueda o no pueda hacer eso. Me temo que, desde el punto de vista de Isabel, el problema consiste en saber qué es exactamente lo que usted piensa hacer.
-Seré sincero con usted, Don Vicente. Yo sólo aspiro que Doña Isabel Gavidia confíe en mí.
-¿No será que quiere tenerla cogida a ella por el mismo sitio por donde me tiene cogido a mí?.
 -Don Vicente, yo jamás osaría poner mis manos sobre semejante parte de la anatomía de Doña Isabel Gavidia. Aunque no dudo que debe ser una experiencia sumamente placentera.
Dejando de lado que aquel curioso personaje, de nombre Matías Pacheco, fuera o no un hijo de la gran puta, como se supone que deben ser las personas que ostentan su rango, la cosa que más me molestaba de todo aquello era que me tenía de tal manera cogido por los cojones, que hasta me dolían cada vez que soltaba una de sus frases sardónicas. Y, además, ahora se presentaba un nuevo problema, ya no se trataba solamente de que yo no "pudiera" escapar de aquel pueblo, se daba también la circunstancia de que, tal como estaban las cosas, yo ya no "quería" escaparme de Ayora.
-¿Hasta qué punto confía usted en mí, Don Matías?- pregunté bruscamente,como queriendo demostrar que un peón también tenía importancia en aquella partida, aunque sólo fuera para perpetrar un gambito de dama.
-No entiendo su pregunta, Don Vicente.
-Quiero decir que si ha dejado usted algo al azar en este juego o ya está todo atado y bien atado.
-Esto no es un juego, Don Vicente. Recuerde que hay un muerto de por medio.
-¿Y qué pinto yo en esa muerte?.
-Hablando fríamente, de su inocencia, sólo tengo su palabra.
-Y hablando fríamente, Don Matías, usted sabe perfectamente que soy inocente.
-Técnicamente hablando, no lo sé.
-Supongo que, técnicamente hablando, no me conviene cabrearme.
-Por supuesto que no le conviene. Y, mucho menos, que me cabree yo.
-A usted no hay un Dios que lo cabree, Don Matías.
-Tomaré eso como un cumplido.
-Es un cumplido, Don Matías, es un cumplido.
-Yo también tengo un cumplido para usted, Don Vicente. Necesito su ayuda para que las moscas no infecten de larvas este pueblo tan bonito.
Lo más probable era que aquel sargento estuviese jugando conmigo, y con todo aquel pueblo tan bonito. ¿Qué le podía importar a él que aquel pueblo se pudriese infectado por las larvas, si su trabajo consistía en que los tipos como aquel cacique Andrés Martínez estuviesen contentos?. ¿Cuál era la probabilidad de que, detrás de aquel turbio asunto, se escondiera una hermosa lucha por algo realmente importante?. Entonces recordé a mi bien amado Blaise Pascal y su teoría sobre la esperanza matemática. Y me dio por replantear la pregunta: ¿Cuál sería la ganancia de cumplirse esa probabilidad tan remota?, y, ¿qué me jugaba yo en caso de que todo saliese mal?. Al fin y al cabo, una vida zarrapastrosa como la mía, sin excesivo sentido hasta ese momento, no era una pérdida tan terrible. En otras palabras, yo tenía muy poco que perder y mucho que ganar.
Así que, ¡qué cojones!, si hemos de jugar, que todo Dios se moje el culo. ¡Vamos a jugar!.
Miré al sargento Pacheco sonriendo, y él se olió enseguida que yo había tomado una determinación, porque se puso serio, tal vez preocupado.
-En esa biblioteca tan querida por usted- comencé- Donde ha encontrado joyas como el "Ulysses" de Joyce, tal vez haya un libro titulado "Pensamientos".
-No me confunda, Don Vicente. Yo no soy una persona culta como usted. ¿Qué clase de libro son esos "Pensamientos"?.
-Un libro que encierra los pensamientos de un gran hombre.
-¿Cómo se llama ese hombre?.
-Se llamaba. Se llamaba Pascal, Blaise Pascal.
-¿Debo entender que me recomienda usted ese libro?.
-Con todo mi corazón, Don Matías.
-Seguiré su consejo. No creo que leer un libro me haga mucho daño.
-Leer nunca hace daño, Don Matías.
-¿Debo esperar a leer ese libro para saber la decisión que usted acaba de tomar?.
-No, mi querido sargento. Para saber la decisión que acabo de tomar, sólo tiene usted que escuchar a su corazón.
-Me gusta usted, Don Vicente.
-¿Cree que nuestro amor tiene futuro?.
-No, pero, ¿qué importa eso?.
-¿Me da usted su permiso para retirarme?.
-Sí, tiene usted mi permiso.
-Siempre a sus órdenes, mi sargento.
El sargento Pacheco se encasquetó su tricornio, y se alejó de mí en dirección al cuartel. Por primera vez, era él quien se iba pensativo mientras yo lo miraba alejarse con sonrisa socarrona. Mi padre hablaba poco, por eso recuerdo pocas frases suyas. Pero, una de las que recuerdo con mayor nitidez, hacía referencia al hecho de la muerte. En opinión de mi padre, morir no es lo peor que le puede pasar a una persona, ni siquiera es una de las diez cosas peores que le pueden pasar. Yo había descubierto que uno de los soportes del poder es su capacidad de administrar la muerte de las personas. Los poderosos no matan por ser poderosos, son poderosos porque matan. Tal vez el sargento Pacheco se había dado cuenta de que ya no podía administrar mi miedo a la muerte como había previsto en un principio, o tal vez nunca pretendió administrar mi miedo a la muerte, sino que vio en mí cierto desprecio por las cosas trascendentes, y era eso precisamente lo que pretendía utilizar. Pero yo había decidido dos cosas: llegar hasta el final de aquel maldito embrollo, donde la muerte de un puto capitán de la Guardia Civil sólo era una pequeña circunstancia más y, fundamentalmente, puestos a morir, hacerlo consumido por la lava de unos ojos volcánicos, de un verde amarronado.
Comencé a caminar absorto por las calles de aquel pueblo desconocido, pero mis pasos no me llevaron instintivamente frente a la puerta de la casa de Mari Carmen, sino a aquel bar donde había cenado con Manuel, el de las insignes chuletas de cordero, el generoso vino y las inmortales morcillicas de Ayora. Entré con la intención de emborracharme un poco. Siempre que me siento eufórico, y por mi mente cruza la descabellada idea de que esta vida tiene sentido, o que la felicidad es algo posible, al alcance de la mano, suelo entrar en el primer tugurio que me encuentro con la intención de emborracharme un poco. Siempre he sido un drogadicto, no sólo por el tabaco, que ha dejado mis pulmones como esos pozos mugrientos donde mi padre dejó su vida, sino, fundamentalmente, por el alcohol, que ha convertido mi hígado en una imagen proletaria, todo el día trabajando, para morir estúpidamente cuando menos te lo esperas.
El barman me reconoció, y me saludó efusivamente. Le pregunté si en aquel pueblo tenían la costumbre de fabricar algún tipo de aguardiente subversivo, a ser posible, parido por un alambique ilegal. Casi se ofendió ante mi duda. Naturalmente que disponían de semejante brebaje, el mejor del mundo, según él. Ahora bien, se trataba de una bebida fuerte, de alta graduación, muy peligrosa cuando se consumía en grandes cantidades. Le expresé mi manifiesta intención de correr ese riesgo y, más aún, mi firme esperanza de que ese presunto peligro no sólo fuese una leyenda, sino un hecho palpable y demostrable, al fin y al cabo, yo siempre había sido de Ciencias.
-¿Lo tomará usted en la mesa de su amigo?- me preguntó el barman con encantadora solicitud.
-¿Qué amigo?- pregunté yo a mi vez, ignorante de poseer amigos en tan remoto lugar.
-Manuel, el guardia.
-¿Manuel dispone de mesa propia en este local?.
-Como siempre se sienta en la misma mesa, todos la consideramos ya como suya.
-¿Y cuál es la mesa de mi amigo Manuel?.
-Aquella del fondo, donde está sentado ahora mismo.
Volví la mirada hacia donde me indicaba el solícito barman, y descubrí la presencia de Manuel, sentado frente a una de las mesas, absorto en la lectura de un libro, y con una copa medio vacía a su derecha.
-¿Qué está bebiendo?.
-Lo mismo que usted.
-En ese caso, si usted me lo permite, me llevaré la botella.
-¡No faltaba más!.
Con la botella en la mano, me acerqué a la mesa de Manuel, que tampoco se había apercibido de mi presencia en aquel tugurio. Me detuve frente a él, y saludé.
-Ave María Purísima, hermano.
-Sin pecado concebida, compañero. ¿Cómo tú por aquí?.
Me senté frente a él y escancié generosamente en su copa medio vacía. Después, hice lo propio en la mía, con similar generosidad.
-Usted me confunde, caballero. Yo no soy compañero suyo.
-¿Soy yo acaso tu hermano?.
-Verás, hermano, creo que debo explicarme. Si las personas como el sargento Pacheco son un poco curas, he de suponer que tú debes ser una especie de fraile. De ahí mi fraternal tratamiento.
-Probablemente tengas razón. Y, tal vez, también yo deba explicarme. ¿No os llamáis los anarquistas compañeros entre vosotros?.
-¿De dónde has sacado tú que yo soy anarquista?.
-No eres el primer anarquista que conozco. Mari Carmen, por ejemplo, también es anarquista.
-¿Y comunistas?, ¿conoces a muchos comunistas?.
-Algunos. Doña Isabel Gavidia, la santa esposa del cacique del pueblo, es una comunista.
-Y usted, hermano, ¿qué secta ideológica profesa?.
-Yo podría ser un libertino, en el sentido volteriano del término.
-Veo, hermano, que tienes un libro en las manos. ¿Qué suelen leer los libertinos como tú?.
-Depende del estado de ánimo. Ahora estaba leyendo a Garcilaso.
-¡Fértil lectura, voto a Dios!.
-Mucho. Si Garcilaso viviera, yo sería su escudero.
-¡Qué gran caballero era!- terminé.
-Certamente.
-Pero tengo entendido que Garcilaso se las tiraba y adiós muy buenas. Yo no os veo a vos como un digno émulo de tal caballero.
-Quizá por eso sólo aspiro a ser su escudero.
-Pues señor, en lo que a mí respecta, pasaba yo por la puerta de esta taberna, y decidí entrar para emborracharme un poco.
Lo dije escanciando de nuevo con igual generosidad en nuestras copas.
-Tengo servicio esta noche, así que sólo me puedo emborrachar un par de copas más contigo. Luego, te dejaré.
-Lo lamento, porque, si bien me encanta emborracharme solo, reconozco que eso de emborracharse en compañía debe ser la hostia.
-Verás, es que cuando salgo borracho de servicio, me meo en el tricornio.
-¡Pero si eso es fantástico!.
-No lo creas. Además de un espectáculo bochornoso, resulta que el corcho se empapa y, como el charol no es sustancia exactamente permeable, la cosa fermenta dentro, y luego el tricornio apesta, se queda inservible, para vos y para mí, como Doña Ana de Pantoja. Económicamente hablando, es un negocio ruinoso.
-Creo que tienes razón. La embriaguez es un estado deplorable.
-Sobre todo para un guardia civil de uniforme.
-¿Sabes lo que haremos?, tú te emborrachas media copa más, y yo ya me encargo de llegar a un acuerdo razonable con el resto de la botella.
-Si ese acuerdo es todo lo razonable que yo imagino, necesitarás dormir una buena siesta después.
-Es lo más probable.
Manuel sacó una llave de su bolsillo.
-Tengo las llaves del reino. Mari Carmen está en Almansa de compras, y a mí se me olvidó devolverle esto.
Aquel brebaje inmundo manifestó una profesionalidad encomiable, porque yo ya estaba borracho.
-Mari Carmen es una tía cojonuda- dije levantando mi copa- Y tú deberías...
-Yo debería- me interrumpió Manuel- acompañarte a casa para que duermas la mona.
-¿A qué casa?.
-A la casa de esa tía cojonuda de la que hablabas antes.
-Eso sería...
-Cojonudo- terminó Manuel.
Intentó cogerme del brazo para ayudarme a que me levantara, pero yo hice un gesto con ambas manos pidiendo calma.
-No necesito ayuda para mostrar impúdicamente mi deplorable estado.
-As you like it.
-William Shakespeare. Mi bardo favorito.
-El mismo.
Y Manuel hizo al barman una seña, aviesamente convenida, que venía a significar que, una vez más, se hacía cargo de la cuenta. Naturalmente, mi momentáneo estado de bonanza económica me impedía aceptar, es ese momento, su generosidad, tal vez caridad cristiana.
-¡De eso nada, caballero!- le increpé- Quiero pagar yo. Es más, voy a pagar yo.
-Jamás ha sido un problema eso en esta casa. Emilio, por favor, ¿sería usted tan amable de abrir una cuenta a nombre de Don Vicente Mouriz, y apuntar en ella una botella de aguardiente.
-¡No faltaba más, señor Manuel!.
En ese momento me di cuenta de que llevaba la botella abrazada contra mí pecho con la manifiesta intención de dar mi vida en su defensa si era preciso. Afortunadamente para todos ellos, nadie osó arrebatármela.
-¿Has visto qué sencillo?- dijo Manuel sonriendo- Ahora ya no sólo eres un borracho despreciable, sino un borracho despreciable cargado de deudas.
-Estoy emocionado, casi me siento un ser humano.
El barman miró a Manuel con gesto de disculpa.
-Yo ya le advertí que el aguardiente era peligroso.
-No se preocupe, Emilio. Esto no tiene importancia.
-Tranquilo, hermano- intervine yo- Asumo toda la responsabilidad de mi irresponsable comportamiento.
Más que borracho, yo estaba eufórico, es decir, estaba bastante más borracho de lo que yo creía. Manuel no me dio la paliza como se supone que debería hacer. Se limitó a acompañarme hasta casa de Mari Carmen, esperó pacientemente a que yo atinara con agujero de la cerradura, sin someterme a la terrible humillación de quitarme la llave y hacerlo él mismo, y, eso sí, se despidió con una seria advertencia:
-Si llenas de vómitos la casa de Mari Carmen, o se te ocurre acabarte esa maldita botella y te mueres en medio del salón, lo tomaré como una afrenta personal.
-¿Tú me crees capaz de hacerle a Mari Carmen una cosa así?.
-No se trata de lo que yo creo, sino de lo que yo sé. Y yo sé mucho de borrachos.
-¡Me lo vas a decir a mí!. En eso y en Matemáticas, siempre siempre he sacado matrículas de honor.
-Buenas tardes, compañero.
-Dios te guarde, hermano.
Encontré un sillón justo al lado de la puerta de la habitación de invitados, es decir, la mía, y me dejé caer sobre él con toda la dignidad de que fui capaz, es decir, de una manera escandalosamente vergonzosa. Comprobé que mi fiel botella continuaba aferrada a mi regazo mirándome tiernamente, y como diciendo: "No le hagas caso a ese guardia civil de mierda, confía en mí, muchacho. Yo soy tu única amiga". Naturalmente, mi experiencia con ese tipo de amigas, me hizo encender torpemente un cigarrillo y escupirle el humo a la cara, poniendo fin a nuestra apasionada relación, al viejo estilo de "All about you and me is over". Certifiqué la ruptura introduciendo la colilla por su boca y tapándola con exquisita ternura. Eso fue segundos antes de que me quedara frito en el sillón abrazado a la botella.
Me despertó un vago rumor de bolsas de papel y un horrible dolor de cabeza. Mari Carmen, vestida como una de esas modelos que salen en las revistas, había sido la causante de aquel vago rumor de bolsas de papel, pero no creo que fuese la culpable de mi dolor de cabeza, todo parecía indicar que la única responsable era aquella botella que continuaba aferrada a mí, a pesar de que había quedado muy claro que lo nuestro ya era historia. Pero también está muy claro que hay amores atosigantes, contumaces, que nunca se resignan.
-¡Qué espectáculo tan desagradable!- dijo Mari Carmen mirándome muy seria.
-Lo siento. Pero no te preocupes, estoy cumpliendo la penitencia.
-¿La cabeza?.
-Sí, parece que me va a reventar.
-Creo que tengo remedio para eso- dijo mientras se dirigía a la cocina.
Me levanté y la seguí. Fui directamente al cubo de la basura y arrojé dentro aquella botella traidora. Definitivamente, lo nuestro había terminado.
Mari Carmen me ofreció un vaso medio lleno de una extraña substancia verdosa.
-Es la cicuta, ¿verdad?. Me la merezco.
-Es una vieja receta celta. Enseñómela una meiga galega.
-¡Manda carallo!. Si es galega non pode ser mala.
-Un poco desagradable sí que es. Bébetelo de un trago, sin respirar.
-¿E non teñe sortilegio?.
-¡Ah, sí, el sortilegio!. Arriba, abaixo, o centro e pa dentro.
Repetí el sortilegio, e ingerí fervoroso aquella pócima druídica, más con la intención de que volviera la magia de viejos momentos que para acabar con mi maldito dolor de cabeza que, francamente, en aquellos instantes me importaba un carallo.
-Ahora combatiremos tu desaliño y tu pestilencia de macho cabrío- dijo Mari Carmen después de que yo hubiera ingerido la pócima- ¿Soléis bañaros en tu pueblo?.
-Depende los ríos que se crucen en nuestro camino. Pero algunas veces, incluso, lo hacemos por puro vicio.
-Arriba hay un cuarto de baño que me gustaría que se cruzara en tu camino. Te he comprado unas mudas. Están en una de las bolsas que he dejado en el salón.
-¿Me has comprado calzoncillos?.
-Sí. Tres.
-¿De qué color?.
-Blancos, con lunares rojos. La dependienta de la tienda me ayudó a elegirlos. Son encantadoramente ridículos.
-Supongo que la dependienta sería una chica encantadora.
-Y muy guapa. Deberías conocerla.
-Cierto. Unos buenos calzoncillos siempre son un interesante vínculo.
-Desaparece de mi vista, o te echaré de mi casa.
-Una última cuestión- dije pidiendo paz con las manos.
-¿Qué cuestión es ésa?.
-Esta noche tengo una cita con Isabel Gavidia.
-Motivo de más para que huelas bien. El baño está arriba.
-La cita es aquí.
-¿En mi casa?.
-Ella la eligió.
-¿Y no habéis encontrado un lugar mejor para echar un polvo?.
-Nuestra cita no tiene esa finalidad.
-¿Y cuál es la finalidad de vuestra cita?.
-Hablar. Esta mañana, en su casa, no hemos podido hablar tranquilamente, y ella ha propuesto que nos veamos aquí esta noche. Por la forma en que lo dijo, yo pensé que no habría ningún problema por tu parte. ¿Sois muy amigas?.
-Hablas demasiado, forastero, y un río está esperando para cruzarse en tu camino. Prepararemos una buena cena para recibir a la dulce Isabel.
-Tal vez no se quede a cenar.
-Se quedará a cenar.
-¿Por qué estás tan segura?.
-Escúchame bien, y no te ofendas por lo que voy a decirte. Me está hartando tu desagradable presencia, y tu todavía más desagradable olor. O subes ahora mismo al baño, y vuelves limpio, perfumado y hermoso, o quien no cena esta noche en esta casa eres tú.
Humillado, pero no ofendido, di media vuelta y, tras localizar la bolsa con mi muda nueva, comencé a subir melancólicamente los escalones que conducían al piso superior. No me fue difícil encontrar el cuarto de baño. Era amplio, luminoso, y estaba organizado con un gusto exquisito. Además, olía a violetas. Abrí los dos grifos de la bañera a la vez según mi ancestral costumbre, y me fui desnudando parsimoniosamente. Junto a la bañera había una repisa de mármol con un surtido amplio y minucioso de productos de aseo. Cogí la pastilla de jabón, y me inundó con su perfume de rosas. Siempre he sabido que eso de que las casas habitadas por mujeres son más limpias, más hermosas y huelen mejor es un mito. De todos modos, no puedo evitar decir que aquel cuarto de baño era un trozo de paraíso. Por eso, descaradamente, cogí la manopla más desgastada, la esponja más usada y la pastilla de jabón que ya había empezada. Tampoco busqué toallas nuevas en el armario, ninguna de ellas podía igualarse a la que colgaba junto a la bañera. Media hora después, me sentía limpio, perfumado y hermoso, es decir, feliz. Además, la pócima y el sortilegio de la meiga galega habían acabado hasta con el recuerdo de mi dolor de cabeza. Antes de salir del cuarto de baño, volví a colocar minuciosamente todas las cosas en su sitio, limpié hasta la últimas gota de agua y metí la ropa sucia en la bolsa de papel. Pero no conseguí que aquel trozo de paraíso volviera a oler a violetas.
Mari Carmen se había cambiado de ropa, "se había puesto cómoda", como ella decía, y estaba atareada en la cocina preparando aquella buena cena para recibir a la dulce Isabel. Cuando entré en la cocina, levantó la cabeza olfateando el aire, se volvió hacia mí, me olió el pecho y detrás de las orejas, y me besó en la mejilla.
-Estás precioso- dijo socarrona- Seguro que a Isabel se le mojan las bragas sólo de verte.
No sé si por el relax producido por el baño, o porque había vuelto la magia de viejos momentos, aquella frase de Mari Carmen, no sólo no me escandalizó, sino que me pareció un piropo precioso. Entre otras cosas, porque el hecho de que a Isabel se le mojaran las bragas sólo de verme era para mí algo así como la sonrisa de Dios para aquellos cristianos a punto de ser devorados por los leones que yo recordaba de mi viejo y único libro de texto de los tiempos de la escuela de mi pueblo. Mari Carmen tampoco le dio excesiva importancia al tema, porque volvió sin más comentarios a sus labores culinarias.
-¿Qué estás preparando?.
-Pollastre rostit a la catalana.
-Can I help you?.
-Yes, please. Coge esos tomates y esas cebollas que hay sobre el banco, y córtalos a rodajas.
Me apliqué a aquella labor ensimismado en un único pensamiento: en pocos minutos tendría la ocasión de comprobar personalmente hasta qué punto llegaba la amistad de aquellas dos mujeres tan diferentes. Porque eso era lo que yo pensaba de Mari Carmen y de Isabel, que no se parecían en nada, y que no había ningún motivo, en principio, para que fueran amigas. Porque, la amistad consiste en compartir cosas y, ¿qué cosas importantes podían compartir Mari Carmen e Isabel?.
Sonó el timbre de la puerta, me dio un vuelco el corazón, y casi me corto un dedo, es decir, sólo me corté medio pulgar de la mano izquierda. Un impulso irresistible me hizo seguir a Mari Carmen cuando se dirigía a abrir la puerta y esconderme en el quicio de la entrada de la cocina, con la turbia pretensión de espiar aquel encuentro.
Mari Carmen abrió la puerta, y apareció el rostro e Isabel con una gran sonrisa. Las dos mujeres se abrazaron y se besaron varias veces. Se besaban, se miraban a los ojos, se volvían a abrazar y se besaban de nuevo...
-¿Cómo estás, princesa?- saludó Isabel.
-Feliz de tenerte en casa- dijo Mari Carmen.
-¿Dónde está?.
-En la cocina cortando cebollas, supongo.
-¿Qué te ha parecido?.
-Bien, muy bien.
-¿Ya te lo has tirado?.
-No, todavía no. ¿Y tú?.
-¡No me digas que no te lo ha contado!. Se lo cuenta a todo el mundo...
Isabel rodeó la cintura de Mari Carmen con su brazo derecho, y Mari Carmen pasó su brazo izquierdo por los hombros de Isabel. Era lógico, porque Mari Carmen era más alta que Isabel.
Cuando me di cuenta, ya las tenía encima. Ya no podía salir corriendo hacia el banco de la cocina y seguir con mis cebollas como si tal cosa. Entonces recordé el dedo pulgar de mi mano izquierda y sus sangrientos trámites de divorcio, aquello podía ser mi salvación ante la humillante vergüenza de ser descubierto espiando suciamente a aquellas dos hermosas criaturas.
Isabel me descubrió enseguida, pero no se abalanzó hacia mí presa de una ardiente furia uterina, sólo me miró muy seria y dijo:
-¿Estabas espiando?.
-No exactamente, estaba intentando asesinarme, pero sólo he sido capaz de cortarme este dedo.
Mari Carmen miró mi dedo e hizo un gesto de sorpresa.
-¡Qué bruto eres!- se volvió hacia su amiga- Isabel, trae el botiquín, por favor. Y tú, animal, vamos a la pila, que hay que lavar eso.
Acompañé a Mari Carmen hasta la pila de la cocina mientras Isabel subía las escaleras en busca del botiquín. No preguntó dónde diablos estaba el maldito botiquín, porque lo sabía perfectamente, como sabía perfectamente dónde estaban todas las malditas cosas de aquella casa, como si fuera la suya.
-¿Cómo te lo has hecho?- preguntó Mari Carmen mientras ponía mi dedo bajo el chorro de agua, que se sonrojaba candorosamente a su contacto.
-Sonó el timbre y...- balbuceé.
-Tú estás enamorado, muchacho.
-¿Se me nota mucho?.
-Supongo que otras personas ya te habrán informado sobre la situación social de Isabel en este pueblo.
-He sido debidamente informado, señorita Campos, efectivamente.
-Pues tú verás...
Apareció Isabel con el botiquín en las manos, y lo dejó sobre el banco.
-La antitetánica se la pongo yo- dijo sonriendo.
-Como quieras- dijo Mari Carmen abriendo el botiquín y sacando un trozo de algodón en rama.
Isabel la apartó de mí suavemente, y le señaló la cacerola que había al fuego.
-Ocúpate de la cena, que tengo hambre. Yo me encargaré del herido.
-Como mande la señora marquesa.
Una vez repartidas las funciones de cada cual, Isabel comenzó a trabajar en mi dedo maltrecho.
-Esto te escocerá un poco- cuando lo dijo, el chorro de alcohol ya estaba cayendo sobre mi herida y, efectivamente, me escoció un poco.
En realidad, mi sobresalto lo había producido el contacto de las cálidas manos de Isabel, pero ella debió achacarlo al efecto del alcohol, porque dijo:
-Estate quieto, cobardica.
Mientras limpiaba mi herida con agua oxigenada, ponía sobre ella un poco de mercromina y lo cubría todo con una tirita, yo tenía mi cara muy cerca de su cuello de gacela, y la tensión de mis músculos se debía a mi lucha desesperada por no lanzarme sobre él y comérmelo a besos. Cuando terminó su tareas curativa, me miró con una sonrisa, y me dio una palmadita en la mejilla.
-¡Qué crío eres!.
Mari Carmen, sin dejar su labor culinaria, había estado contemplando la escena con una inmensa ternura en sus ojos llenos de naufragios.
-¡Qué críos sois!- exclamó.
-¿Qué pasa?- preguntó Isabel en un conato de mosqueo.
-Nada, mujer- dijo Mari Carmen- Siempre he sido una sentimental, y estas cosas me emocionan.
-Tú y yo tenemos que hablar, princesa- dijo Isabel a Mari Carmen haciendo un gracioso gesto con el dedo índice de la mano derecha.
-Se te amontona la faena, señora marquesa. Me temo que esta noche no podrá ser.
-Está bien, voy a poner la mesa- se volvió hacia mí- Échame una mano.
Miles de manos le hubiera echado yo, pero lo que hice fue ayudarla a poner la mesa ceremoniosamente en silencio.
Fue una cena soberbia. Indudablemente, Mari Carmen era una gran cocinera, pero no le gustaba que se lo dijeran, al menos, no le gustaba que se lo recordaran doscientas veces durante una sola cena. Quizá por ese motivo, la charla varió hacia las excelencias del vino, la amistad, y esa estupidez que los poetas llaman amor.
Durante el café y el excelente brandy, mientras yo llegaba a la conclusión de que, por momentos como aquél, vale la pena vivir, Mari Carmen decidió  que ya era hora de retomar el recto camino de las cosas y recordar el motivo de aquella cita. Se levantó, me besó, en la boca, delante de Isabel, ¡qué escándalo!. Luego la besó a ella, en la boca, delante de mí, ¡qué desvergüenza!.
-Vosotros tenéis que hablar- dijo- Y yo necesito dormir. Me voy a la habitación de invitados- miró a Isabel arrugando la frente- Ya sabes dónde está la alcoba.
-¡Un momento!- intervino Isabel con firmeza- Yo no pienso acostarme con este imbécil.
-Ni yo tampoco- dijo Mari Carmen.
-Pues deja en paz el puto cuarto de invitados.
-No tengo ganas de discutir. Buenas noches, queridos.
Se me ocurrió que yo debería decir algo, pero ya había recibido mi beso de buenas noches, y la suerte estaba echada. Así que escancié brandy en mi copa y lo saboreé mirando como Mari Carmen se perdía escaleras arriba. En realidad, me estaba mentalizando para afrontar el momento de girar mi mirada y tropezarme, solo y sin paracaídas, con aquellos ojos volcánicos, de un verde amarronado.
-¿Hasta qué punto confías en el sargento Pacheco?- me preguntó Isabel, así, a bocajarro, haciendo que se me atragantara el brandy.
La miré, y tragué saliva con sabor a brandy.
-Tú sabes muchas más cosas que yo.
-Sí, yo sé muchas cosas. Pero no sé qué os lleváis entre manos ese sargento y tú.
-El sargento Pacheco no cree que yo matara al capitán González. Puede que quiera hablar contigo por puro trámite.
-El sargento Pacheco no cree que hayas matado al capitán porque "sabe" que estabas conmigo.
-¡Claro que lo sabe!. Se lo dije yo.
-¿Por qué crees que te creyó?.
-No lo sé.
-Pero crees que te creyó.
-Sí, eso creo.
-Pues yo no me creo ni una palabra de todo eso.
-A ver si lo he entendido. Tú piensas que el sargento Pacheco es un ser retorcido y malévolo que sólo pretende utilizarte, como me está utilizando a mí.
-Tal vez yo no crea eso. Pero eso es lo que debería pensar un chico inteligente como tú. En otras palabras, no es el sargento Pacheco quien me preocupa.
Me quedé de piedra. Aquello no me lo esperaba. Pero no dejaba de tener su lógica. Yo había dado por sentado que el delito era asesinato, y yo era inocente de ese delito. Ni se me había pasado por la cabeza que, para Isabel, yo podía ser el bicho raro de aquella historia, el eslabón que no encajaba de ninguna de las maneras. Yo parecía tener muy claro que ella era la culpable, que había sido ella la que me metió en aquel extraño embrollo. Pero había otra cosa que en ese momento me importaba más todavía: Isabel era la causante de que yo hubiera encontrado un sentido a mi estúpida vida. Puestas así las cosas, quedaban las más terribles incógnitas: ¿por qué había de saber Isabel todo eso?, ¿por qué había de creerme aunque yo se lo contara?. ¿No era acaso una mujer casada, con una excelente posición, con una vida hecha, y dispuesta, muy probablemente, a defender todo lo que ya tenía con uñas y dientes?.
Mientras yo pensaba todo aquello, mirando ensimismado el poco brandy que restaba en mi copa, ella debía estar estudiando mi expresión, calibrando el significado de mi silencio, tal vez pensando: "Te pillé, capullo, ¿qué te habías creído?".
-Estoy enamorado de ti- dije al fin, sin mirarla.
-¡Qué bonito!, como en las novelas...
-No conozco otro mundo. Toda mi vida ha sido una estupidez. Las cosas bonitas que me han pasado, siempre me han pasado en los libros, o en las películas. Hasta que te conocí, hasta que llegué a este pueblo, hasta que me tropecé con Mari Carmen. Ese patético Manuel, desesperadamente enamorado sin esperanza, o ese extraño sargento Pacheco y sus curiosas teorías sobre fantasmas, beatas, putas y curnudos, los he conocido de verdad. Tú eres de verdad, aunque me desprecies. Ahora sé que quiero vivir, porque ya no me importa la muerte. Y sé que te quiero porque tú me hiciste de un trozo de barro y me insuflaste la vida.
Isabel se levantó de su silla, se acercó hacia mí, se sentó sobre mis piernas, y puso sus manos en mi cabeza, acariciándome las sienes con los pulgares.
-Y, ¿de qué manera te he insuflado yo la vida?- dijo mientras clavaba en los míos son ojos volcánicos, de un verde amarronado.
-Regalándome el alma que nunca tuve. Esa alma que te quiere con toda el alma, y que yo nunca imaginé que pudiera existir.
-¿En qué parte de tu cuerpo guardas esa alma?.
-¿Para qué quieres saber eso?.
-Para comérmela.
Me besó. La silla cayó hacia atrás, y rodamos por el suelo. Con una rapidez inaudita, como si lo hubiéramos hecho toda la vida, sin ceremonias ni escarceos, veinte segundos después, o toda la vida después, o yo qué sé después, porque el tiempo, suponiendo que existiera, se avergonzó y se fue, estábamos follando como locos, o como cuerdos, o como dos almas en éxtasis entre las azucenas olvidadas.
Intentó huir de mí gateando, pero me abalancé sobre ella, aprisioné sus pechos con ambas manos y la volví a penetrar, esta vez por un camino más estrecho. Ella lanzó un gemido, doblando su cabeza hacia atrás hasta apoyarla en mi hombro. Le mordí el labio inferior y gritó. Volvimos a rodar por el suelo.
Habíamos llegado hasta el salón, yo estaba tumbado en el suelo boca arriba, y ella había trepado por las escaleras hasta sentarse en el quinto peldaño.
-¡Eres un bestia!, ¿qué querías, matarme?- dijo limpiándose la sangre del labio inferior con el dedo medio de la mano izquierda.
-No lo sé- dije yo- Todavía no tengo muy claro qué es eso del instinto asesino.
-Me has destrozado un labio, tengo un arañazo en la teta derecha y me duele el culo un montón. ¿Tú crees que a una cosa así se le puede llamar hacer el amor?.
-Siento un escozor terrible en la punta de la polla. Me da miedo mirar, creo que me falta un trozo.
-Yo he escupido algo en aquel rincón, pero creo que sólo era semen.
-¿Estás segura?.
-No mucho, como tengo la boca llena de sangre, más bien me pareció un feto.
-¿Quieres que nos vayamos a la cama?- pregunté intentando incorporarme.
-¡Y una mierda me voy a acostar yo contigo, animal!- y comenzó a gatear escaleras arriba.
-¡Por favor!- supliqué de rodillas.
-Ya he tenido más que suficiente con tres. Ahora, desaparece de mi vista.
-¿Qué significa eso de tres?.
-¡Sí, tres!, ¿qué pasa?- dijo volviendo la cabeza mientras seguía gateando por la escalera- ¿Y tú?.
-Uno y medio, creo.
-¿Por qué medio?.
-Porque en el segundo fue cuando sufrí la amputación.
-¡A ver si va a ser verdad!.
 Llegué a la habitación de invitados, es decir, la mía, a trancas y barrancas, y me metí entre las sábanas temblando. Me abracé al cojín y creo que me dormí llorando. No estoy muy seguro porque, como dicen los que saben de estas cosas, los hombres no lloran nunca. Así que, tal vez, lo que pasó es que soñé que lloraba.














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