JORNADA TERCERA
Es probable que aquella mañana me despertara el silencio. Cuando uno se despierta en medio de un gran silencio, sin ningún motivo especial para hacerlo, la primera cosa que le sorprende es, precisamente, ese gran silencio. Por eso es muy probable que fuera el silencio quien me despertara aquella mañana.
Había dormido relativamente bien, pero había tenido un sueño terrible. No recordaba en absoluto lo que había soñado, pero estaba seguro de que había sido algo terrible, porque me sentí preso de una enorme sensación de desamparo.
Intenté vestirme, pero no encontré los pantalones. Así que me fui hasta la cocina para buscarlos. Todavía estaban allí, tirados en el suelo, junto a la silla caída. Sobre la mesa, una copa de brandy volcada había derramado su contenido. Y una paz algo así como celestial reinaba en el ambiente.
Todo aquello me hizo sospechar que yo había sido el primero en levantarme en aquella casa aquel día pacífico y silencioso. Me ilusionó la idea de preparar el desayuno y dar una sorpresa a aquellas dos mujeres increíbles. ¡Qué curiosa es la vida!. Suponiendo que dispongamos de varios miles de reencarnaciones, yo había tenido que conocerlas a las dos a la vez y en la misma reencarnación. ¡Cuánta injusticia!.
Encontré miel en un armario. Había oído decir que la miel de Ayora era la mejor del mundo. Pero también lo había oído decir de las morcillicas, de las chuletas y de aquel maldito aguardiente asesino. De todos modos, se me ocurrió hacer tostadas con miel, café y calentar un poco de leche. La leche era asturiana, y ésa sí es la mejor del mundo. Eso me hizo sentir muy orgulloso.
Estudié meticulosamente la escena: yo me presentaría en la alcoba de Mari Carmen y diría "Buenos días, perezosas. El desayuno está listo". Así que subí lentamente las escaleras y encontré entreabierta la puerta del dormitorio. Me asomé todo lo sigilosamente que pude. Efectivamente, dormían. Isabel lo hacía de lado, de espaldas a mí, con su brazo izquierdo abrazado a la cintura de Mari Carmen y la cabeza recostada sobre su pecho. Sobre uno de sus pechos, porque el otro, el derecho, florecía radiante y maravilloso entre los cabellos sueltos de Isabel. La mano izquierda de Mari Carmen descansaba sobre el hombro de su amiga. Sus respiraciones eran suaves, cadenciosas. La habitación estaba extrañamente caldeada, viejas argucias ancestrales de los tubos de las estufas. Me embriagó un extraño perfume almizclado. ¡Qué dulce debe ser despertar en medio de cuerpos así, embriagado por ese perfume!.
No las desperté. ¿Qué hacía un intruso como yo despertando aquellos dos cuerpos desnudos?. Aquello era una profanación por mi parte, una ruindad imperdonable.
Bajé a la cocina y me tomé solo el café y una de aquellas tostadas con miel. Dejé la mesa arreglada con el desayuno y escribí una nota: "He salido a dar un paseo. Je vous aime. Vicente".
El aire fresco de la mañana acarició mi rostro, y me dejé llevar por la dulce sensación de no pensar en nada, de dejar que un cúmulo de placenteras ausencias recorriera todo mi cuerpo y nada perturbara la irrealidad de aquel momento y de aquel lugar. Dejé el callejón y llegué hasta la carretera. Al fondo, a las afueras, sobresalía una colina llena de pinos. Sin saber por qué, caminé hacia allí y me encontré con la sorpresa de un camino muy empinado que se adentraba en el pinar, colina arriba. Pronto me di cuenta de que aquello era un vía crucis, con sus estaciones y todo, y, al poco, descubrí una fuente junto al camino, bajo la sombra de un pino, probablemente centenario. No era mal lugar para fumar tranquilamente un cigarrillo, y continuar practicando el increíble ejercicio de no pensar en nada, esa dulce ocupación de reconocer cada músculo por su cosquilleo, de mirarse ese dedo de la mano a quien no saludábamos hace tiempo, o esa rodilla tan fea de la que se rió tu primera amante...
Una voz suave y temperada me sacó de mi ensimismamiento.
-No debería usted hacer eso. Es muy peligroso.
Miré a aquel tipo de barba negra, ojos brillantes y calvicie incipiente, que giraba su pie derecho en el suelo, como aplastando algo. Cuando levantó el pie, vi la colilla de mi cigarro, deshecha por la suela de su bota. Tardé en reaccionar, pero sólo unos segundos. Estaba claro, yo había lanzado la colilla encendida sin darme cuenta de que aquello no era una taberna de borrachos, sino una montaña llena de pinos.
Me levanté y me acerqué a él, miando los restos de mi colilla.
-Lo lamento muchísimo- dije- Lo he hecho sin darme cuenta.
-Me lo imagino- dijo él sonriéndome- Tampoco tiene tanta importancia.
-Algo me dice que para usted sí que la tiene.
-Digamos que me gusta mucho el monte, y que odio verlo arder.
-A veces no apreciamos lo que tenemos. Hace un momento creí haber encontrado un trozo de paraíso. Y, fíjese, casi le pego fuego.
-Tiene usted razón en una cosa, encontró un trozo de paraíso. En cuanto a que casi le pega fuego, ahí exagera un poco.
-Me llamo Vicente, Vicente Mouriz- dije ofreciéndole mi mano.
-Pedro García- dijo él estrechándomela- No es usted de por aquí, ¿verdad?.
-Tutéame, si no te importa. No, no soy de por aquí. Soy asturiano.
-Me encanta Asturias.
-¿Has estado allí?.
-Sí, un par de veces.
-Yo soy de Mieres.
-Lo siento, en Mieres no he estado.
-Nadie es perfecto.
-¿Y qué hace un asturiano en Ayora?.
-Podría decirte que pasaba por aquí, pero tengo entendido que por Ayora no se pasa.
-A no ser que se quiera pasar.
-¿Tú también has venido a pasear por esta montaña?.
-Algo así. Estaba buscando pebrazos.
-¿Qué es eso?.
-Níscalos, robellones, setas...
-¿Y has tenido suerte?.
-No mucha, pero algo es algo, este año no ha llovido lo suficiente. Tengo la cesta ahí, ¿nunca has visto un pebrazo?.
-Me temo que la única seta que conozco es el champiñón.
-¿No hay setas en Asturias?.
-Supongo que sí. Pero debenselas comer les vaques.
-A las vacas les gustan las setas.
-¿Tú crees?. Yo díjelo por decir.
-A veces las utilizan como medicina. Hay mucha sabiduría en los animales.
-No lo dudo. Y tampoco dudo que hay mucha ignorancia en las personas. Fíjate en mí, por ejemplo.
Seguí a aquel Pedro García, otro curioso personaje, ¡qué lugar aquél!. He de reconocer que aquel pueblo me estaba maravillando por momentos. Llegamos al lugar donde había dejado la cesta con media docena de grandes setas rojas dentro. Aquello era, ni más ni menos, los famosos pebrazos de Ayora, naturalmente, los mejores del mundo.
-¿Quieres probarlos?- me preguntó Pedro cuando vio mi expresión de curiosidad.
-¿Se comen así, crudos?.
-No, se torran con aceite y un poco de sal. ¿Has almorzado?.
-No.
-Pues vamos a casa y los preparamos.
-Por mí, encantado, pero no me gustaría...
-Tú te has criado más bien por las ciudades, más que por los pueblos, ¿verdad?.
-Sí, eso es cierto. ¿Se nota mucho?.
-Bastante, te comportas como un urbanícola, acostumbrado a vivir junto a miles de desconocidos. La gente de los pueblos practica la hospitalidad como un placer, no como una obligación social. Te he invitado a mi casa, para que compartas conmigo estos pebrazos, porque me encantaría que lo hicieras.
Aquel Pedro García comenzó a caminar, muy presumiblemente hacia su casa, y yo lo seguí caminando a su lado. No me hizo preguntas, pero supuse que yo debería contarle algo sobre el motivo de mi presencia en su pueblo, al fin y al cabo, se trataba de dejar de lado ese feo deporte tan urbanícola de vivir junto a miles de desconocidos. Se me ocurrió pensar que aquel Pedro García era lo que se entiende por un hombre bueno, no sólo en el buen sentido de la palabra, sino en el más ortodoxo sentido del término.
-¿Conoces a Mari Carmen Campos, la secretaria del Ayuntamiento?- aquella era una manera como otra cualquiera de iniciar mi confesión.
-¡Claro que conozco a Mari Carmen!.
¡Naturalmente!, era de esperar. ¡Claro que todo el mundo conocía a todo el mundo en aquel pueblo!. Yo no estaba hablando con un urbanícola que vive junto a miles de desconocidos, sino con un hombre de pueblo que vive junto a unas docenas de amigos y vecinos.
Pedro se volvió hacia mí y me miró.
-¿Eres amigo de Mari Carmen?.
-Sí, creo que sí. Me gusta pensar que sí.
-¿Compañeros de Facultad?.
-No, sólo la conozco desde hace un par de días. Me la presentó un tal Manuel Sanchis.
-¿Eres guardia civil?.
-¡No!, ¿tengo yo cara de guardia?.
-Manuel es guardia.
-Sí, claro. A Manuel también lo conozco desde hace un par de días.
-Manuel y yo éramos muy amigos de críos.
-¿Ya no?.
-Sí, pero ya no es lo mismo. Cada uno de nosotros eligió su camino.
-Yo creo que es un buen chaval. No creo que sea un fascista.
-Manuel no es un fascista.
-Pero es guardia civil.
-¿No te gusta la Guardia Civil?.
-Soy hijo de un minero asturiano. ¿Tú qué crees?.
-¿Eres del Partido?.
-No, soy más bien anarquista. Pero eso tampoco lo tengo claro.
-Pues la cosa está muy clara.
-¿A qué te refieres?.
-A la situación del país. Se está a favor o se está en contra. No creo que haya término medio.
-En contra, claro. Radicalmente en contra. Pero no pongo bombas ni esas cosas.
-No creo que la solución sea poner bombas.
-Hace un par de días, mientras yo esperaba un autobús, la Guardia Civil me detuvo por lo del capitán González.
-¿Y ya te han soltado?.
-No llegaron a encerrarme. Pero el sargento Pacheco me dijo que no saliera del pueblo mientras averiguaban ciertas cosas. Manuel me presentó a Mari Carmen, y ella me ofreció su casa. Yo no tenía donde quedarme.
-¿Así fue como los conociste?.
-Sí. Mari Carmen es una mujer extraordinaria.
-Eso es cierto. No es justo que haya tenido tan mala suerte.
-¿En qué ha tenido mala suerte Mari Carmen?.
-En casi todo. Su vida no ha sido muy feliz.
Recordé los ojos llenos de naufragios de Mari Carmen, y me invadió una súbita ternura. ¿Qué mierda de mundo es éste, donde el amor, la fraternidad o la entrega desinteresada no son suficientes para alcanzar esa pequeña parcela de felicidad a la que todos aspiramos?. ¿Dónde está ese Dios tan sabio y bondadoso, que tanto nos ama y que vela por nosotros?. ¿Dónde hemos aprendido a destruirnos de esta manera, en qué Universidad nos doctoramos cum laude en cobardía y mezquindad?.
Pedro era un hombre pacífico, más bien un hombre de paz. Me miró con sus ojos brillantes, negros como una noche estrellada.
-Mari Carmen tiene un corazón muy grande- dijo deteniéndose por un momento- Lleno de puertas sin cerrojos, quizá por eso se lo han saqueado tantas veces.
-¿Por qué la gente saquea los corazones en lugar de convertirlos en refugio para arrebujarse al calor de su ternura?.
-Somos pequeños, mezquinos, tenemos miedo...
Continuamos caminando en silencio. Tenía razón aquel Pedro García, de ojos negros como una noche estrellada, tenemos miedo, por eso somos débiles, pequeños, mezquinos...
-¿Tú eres feliz, Pedro?- le pregunté de pronto.
-Desde mi concepto de la felicidad, creo que sí. Vivo en un pueblo que me gusta, trabajo la tierra... Luego está Josefa.
-¿Es tu compañera?.
-Sí.
-Debe ser una gran mujer.
-Yo sí he tenido suerte. ¿Y tú?.
-Yo, ¿qué?.
-¿Eres feliz?, ¿estás enamorado?, ¿luchas por algo?.
-Estoy enamorado, y, sí, creo que lucho por algo.
-¿Alguna muchacha asturiana?.
-No, de Asturias sólo conservo un padre muerto, una madre triste y muchos agujeros negros por donde salía carbón.
-¿Dónde sueles vivir?.
-En ningún sitio. En los lugares donde he estado, no he vivido, sólo he estado.
-Es difícil ser feliz así.
-¿Sabes cómo llegué a este pueblo?.
-Antes me dijiste que pasabas por aquí.
-Una mujer me encontró en Almansa y me trajo. ¿Conoces a Isabel Gavidia?.
-De vista. No me relaciono con ciertas élites sociales.
-Ella no es de aquí, ¿verdad?.
-No. Vino al casarse con Andrés Martínez.
-El cacique del pueblo.
-¿Cómo sabes tú eso?.
-Me lo dijo Manuel.
-Tiene razón Manuel. Andrés Martínez es el cacique del pueblo.
-¿Y qué piensas tú de Isabel?.
-No pienso nada, ya te he dicho que no me relaciono con cierta gente.
-Yo estoy enamorado de Isabel Gavidia.
Pedro me miró, y no dijo nada. Tal vez pensara que yo me había vuelto completamente loco, o puede que pensara que aquello a él le importaba un bledo. Tal vez se estaba arrepintiendo de haberme invitado a su casa, a compartir con él y con aquella, más que presumiblemente, adorable Josefa aquellos pebrazos, o como diablos se llamen esas malditas setas rojas.
O, tal vez, sencillamente, habíamos llegado frente al jardincillo que daba acceso a una casa vieja reformada, a las afueras del pueblo.
-Aquí es- dijo Pedro sin poder evitar cierto tono de orgullo. Indudablemente, le gustaba mucho aquella casa. Quizá porque le había costado media vida conseguirla, o porque dentro estaba aquella dulce Josefa, a quien yo deseaba conocer más a cada momento que pasaba.
-Es muy bonita- dije yo, intentando que aquello no sonara a cumplido huero y manoseado.
Pedro me invitó a que lo precediera, y me encontré de frente con una mujer morena, de ojos grandes y boca pequeña, fina y sonriente. No era exactamente guapa, pero su sonrisa era arrebatadora, y sus ojos, de un verde muy oscuro, parecían un bosque encantado donde, probablemente, vivían el travieso Puck y aquella reina de las hadas enamorada de un asno.
Me dio la impresión de que Pedro esperó unos segundos, observando como nos mirábamos y preguntándose si yo también había observado en los ojos de Josefa a la reina de las hadas. Tal vez sólo fuera una impresión, pero nuestros recuerdos se fabrican de tonterías así.
-Éste es Vicente- dijo al fin- Me lo he encontrado en la Virgen del Rosario y lo he invitado a probar los pebrazos. Es asturiano.
No supe qué hacer exactamente, porque yo desconocía las costumbres del bosque encantado donde vive la reina de las hadas. Pero no tuve que esperar mucho para saberlo, porque Josefa se acercó hacia mí y me besó en las dos mejillas, inundándome con su perfume a tomillo en flor.
-Hola, yo soy Josefa.
-Ya lo sé. Pedro me ha hablado de ti- me acerqué a su oído para susurrarle- Confidencialmente, creo que está enamorado.
-¡Cielos!, ¿tú crees?.
-Me temo que sí.
-Voy a torrar los pebrazos. ¿Por qué no preparáis la mesa?- dijo Pedro dirigiéndose hacia la cocina.
-¿Has cogido muchos?- preguntó Josefa.
-No- dijo sin volverse- Tendremos que repartirlos como buenos camaradas.
Josefa me acompañó a un salón donde ardía una chimenea mientras Pedro se perdía tras la puerta de la cocina.
-Le has caído muy bien a Pedro. ¿Qué le has hecho?- dijo entregándome un mantel y señalándome una mesa.
-Tenemos amigos comunes.
-¿Amigos comunes?.
-Sí, Mari Carmen Campos y Manuel Sanchis.
-¿Eres amigo de Mari Carmen?.
Hizo aquella pregunta con un brillo especial en sus ojos. Como alegrándose mucho de que, por fin, Mari Carmen tuviese un amigo, o, quizá, como sospechando, con esa intuición tan femenina, que sólo se diferencia de la masculina en el sexo de quien intuye, que aquel "amigo" significaba más bien novio o amante, es decir, más compañero del cuerpo que del alma. Así que, en vista de la situación, decidí contarle a Josefa toda la historia. Ente otras cosas, porque, ¿quién mejor que aquella reina de las hadas podía apreciar en su justo valor mi fantástico cuento?. Pedro había aparecido con una humeante bandeja en las manos, y Josefa lo miró con una encantadora mueca, ente divertida y maravillada, en sus finos labios.
-¿Tú sabías todo eso?- le preguntó.
Pedro me miró con sus ojos de noche estrellada, quizá para que yo le confirmara si, efectivamente, él sabía todo eso, o sólo una parte de todo eso.
-Más o menos- dijo al fin, en vista de que yo no lo ayudaba mucho.
Probé aquellos pebrazos, y me parecieron un manjar de dioses, de dioses paganos, por supuesto, porque tengo entendido que los dioses verdaderos no comen, ni practican esos goces que solemos llamar divinos.
-¿Cómo está Mari Carmen?- me preguntó Josefa de pronto.
-Maravillosa. Aunque, más que estar, yo diría que lo es. En otras palabras, no he entendido tu pregunta.
-Claro- dijo Josefa dejando de sonreír- Tú no sabes...
Sentí una punzada en el pecho. Seguro que aquello que yo no sabía era una cosa terrible. Josefa había mirado a Pedro como pidiendo perdón por haber metido la pata. Pedro hizo un gesto significativo con las cejas, como quien ve que la cosa ya no tiene remedio. Yo también dejé de sonreír y miré a Josefa.
-No- dije muy serio- Me temo que no lo sé.
-Hace unos tres meses la violaron y le dieron una paliza de muerte. Estuvo varios días en coma. Pensamos que no se recuperaría...
La punzada ya estaba allí, así que no me cogió por sorpresa. Lo que sí me sorprendió, fue una sensación de desesperado vacío, como si, de repente, todo se hubiera ensuciado. Algo así como si yo hubiese estado allí sin hacer nada...
-¿Quién hizo eso?.
-No se sabe.Parece ser que no era gente de aquí.
-¿Nada, no se sabe nada?.
-La verdad es que nos enteramos cuando ya estaba en el hospital.
-¿Quién la llevó al hospital?.
-Manuel- intervino Pedro- Parece ser que la encontraron en una cuneta de la carretera de Albacete. Josefa fue a visitarla un par de veces, pero sólo pudo hablar con Manuel.
-¿Y qué te contó Manuel?- dije mirando a Josefa.
-Poca cosa- Josefa jugaba con un tenedor que tenía entre las manos- En realidad, casi nada. Yo tampoco insistí mucho, porque el pobre estaba hecho polvo.
-Me lo imagino- hice una mueca con los labios y moví la cabeza- Seguro que no se movió del hospital mientras Mari Carmen estuvo allí.
-Estuvo allí todo el tiempo- dijo Josefa- Se portó muy bien.
-¿Sabe eso Mari Carmen?.
-¿Qué?.
-Que Manuel no se movió de allí.
-No lo sé. Supongo que sí.
-¿Por qué lo supones?.
-Esas cosas se saben, ¿no?.
-O no se saben, Josefa, a veces ni se saben. ¿Sabes tú que Manuel está enamorado de Mari Carmen como un idiota?.
El bosque encantado de los ojos de Josefa se cubrió de una tenue neblina. Sus finos labios sonrieron con amargura. Parecióme que todo un cúmulo de tristezas se había abalanzado sobre ella. Creo que he dicho que Josefa no era exactamente guapa, pero, en ese momento, me pareció el ser más adorable de la tierra, y el más hermoso. Tuve la sensación de que iba a decirme: "Querido Vicente, llevas dos días aquí, y ya crees saberlo todo. Si yo te contara...". Me hubiera gustado que dijera eso, y que después me lo contara. Pero cambió de idea, sé que cambió de idea, y dijo otra cosa.
-¿Por qué dices como un idiota?.
-No me malinterpretes- estuve a punto de decir: "Perdóname, soy un imbécil, tienes razón, llevo dos días aquí y ya creo saberlo todo. ¿Quién es Manuel, tu Manuel, y quién es Mari Carmen, tu Mari Carmen?. ¿Quién eres tú, dulce reina de las hadas?". Pero yo también cambié de idea, y dije una chorrada, como siempre- Lo digo en el sentido dostoievskiano de la palabra.
-Me tendrás que explicar qué sentido es ése.
-Mejor te regalaré un libro precioso.
-Eres un hombre muy extraño, Vicente.
-Tomaré eso como un cumplido, Josefa.
-Bueno- intervino Pedro intentando apaciguar los ánimos- Nosotros no podemos hacer nada en ese tema. Y si, como parece, Mari Carmen lo ha superado, es mejor que lo olvidemos.
-¿Por qué?- preguntó Josefa.
-Porque ya pasó, y porque, ¿qué ganamos rememorando una historia tan terrible?.
-Desde que pasó aquello- comenzó Josefa- Nos hemos distanciado de Mari Carmen como de una apestada, como si ella tuviese la culpa. No hemos hecho nada por ella. Y nos hemos equivocado de olvido, Pedro. No hemos olvidado lo que pasó, es a ella a quien queremos olvidar.
Josefa había dejado de jugar con el tenedor y se había cubierto la cara con las manos. Estaba llorando. Tuve la impresión de que, de un momento a otro, yo también rompería a llorar tontamente. Por eso, miré a Pedro y le dije:
-Tienes dos opciones, o arrancarme la cabeza de una hostia por haber provocado esta situación, o abrazar a Josefa mientras yo me fumo un cigarrillo ahí fuera.
Me di cuenta de dos cosas, de que Pedro no sabía qué hacer en ese momento, y de que Pedro era una de esas personas que no saben qué decir cuando no saben qué hacer. Suele ser una enfermedad muy corriente entre los marxistas ortodoxos y entre los hombres que no soportan ver llorar a las mujeres.
Josefa alzó la cabeza y me miró.
-¿Me das un cigarrillo?.
Parece ser que, por fin, Pedro encontró algo que decir.
-Prometiste que lo ibas a dejar.
Se refería al tabaco, claro. Lógicamente, las personas como Pedro no sólo son enemigas de la gente que incendia montañas con sus colillas, sino de la causa prístina de esos incendios: el tabaco en sí. Muy presumiblemente, le había costado Dios y ayuda convencer a Josefa de que prometiera dejar el tabaco. Y, ahora, la dulce Josefa, la de los ojos verde oscuro como el bosque donde vive la reina de las hadas, no sólo le lloraba, sino que tenía la intención de recaer en el sucio vicio de la nicotina y los incendios forestales.
Pero yo sabía que Pedro no pretendía prohibir a Josefa que fumara, y también sabía que no sería capaz de matizar aquella frase.
-Estoy dispuesto a batirme a duelo contigo en defensa del derecho de Josefa a este cigarrillo- dije sonriendo con los labios, y con los ojos húmedos.
Y se lo di encendido, como Rosalind Russell al condenado a muerte en "His Girl Friday". Josefa lo cogió y se lo llevó a la boca con un gesto de complicidad que me hizo sentirme más Puck que nunca.
-Gracias, Vicente.
Las personas como Pedro, es decir, los hombres honrados, también suelen ser sorprendentes, como el resto de las personas. Y, así, finalmente, encontró la manera de demostrar lo que sentía en esos momentos. Se levantó y, sin decir nada, buscó un cenicero y lo colocó entre Josefa y yo.
-Yo no fumo- dijo- No he fumado nunca.
-Mi padre tampoco fumaba- dije yo- Y se murió de los pulmones.
-Silicosis, supongo- dijo Pedro.
-Y mucha injusticia- añadí yo.
-Ya lo sé- dijo él mirando a Josefa.
-Creo- dije de pronto- que alguien debería besar a Josefa. ¿Quieres que lo haga yo, o prefieres hacerlo tú?.
-Pedro nunca me besa delante de extraños- dijo Josefa, sonriendo al fin.
-Mal hecho- dije mirando detenidamente el humo azulado de mi cigarrillo- La gente debería besarse más a menudo.
No sé si Pedro besó a Josefa delante de un extraño para impedir que yo lo hiciera o, como sospechaba desde hacía rato, porque estaba loco por besarla.
-Me acabo de dar cuenta- dije yo- de que tengo una cosa en común con Mari Carmen.
-¿Qué cosa es ésa?- preguntó Josefa.
-Que siempre he sido un sentimental, y que estas cosas me emocionan.
-¿Quieres quedarte a comer?- su sonrisa ya era definitiva- He decidido hacer una paella.
-Me encantaría probar tu paella.
-Os diré lo que vamos a hacer. Vosotros vais a la huerta a por la verdura, y yo voy a comprar la carne.
-No hace falta- intervino Pedro- En la nevera hay...
-Esta mañana he mirado en la nevera- dijo Josefa- Y no he visto dentro a Mari Carmen.
-¿Has mirado bien?- preguntó Pedro.
-Sí.- dijo Josefa- Muy bien.
-¿Nos vamos a comer a Mari Carmen guisada en una paella?- pregunté yo.
-No sería mala idea- dijo Josefa- Siempre he oído decir de ella que está muy buena.
Acompañé a Pedro a la huerta. Caminamos en silencio durante unos minutos, y yo lo atribuí a que toda la lucidez que Pedro demostraba hablando de temas generales, se convertía en retraimiento a la hora de hablar de sus propios sentimientos, al menos delante de un extraño como yo, a quien acababa de conocer y que se había inmiscuido de forma tan descarada en su vida privada. Seguramente, sospechaba que yo no me atrevía a iniciar la conversación. Quizá por eso, cuando llegamos a la huerta, la utilizó de la misma manera que había utilizado aquel cenicero.
-Busca un par de alcachofas bien gordas, y selecciona un buen tomate. Yo cogeré las habas y las bajocas.
-¿Qué son las bajocas?.
-Eso de ahí, las judías verdes.
-¿Eso son fabes?.
-Sí. Cuando están tiernas, las utilizamos como verdura.
-¿Y no es eso un crimen?.
-No, ¿por qué?.
-Porque eso puede llegar a ser una excelente fabada, y tú le estás practicando un aborto.
-Supongo que se trata de un problema de contraste de culturas- dijo Pedro.
-Más bien de ancestros, diría yo, porque es la primera vez que recolecto con mis manos lo que me voy a comer. Estoy, sencillamente, emocionado.
-El conejo y el pollo también los podíamos haber cogido del corral. Josefa no ha ido exactamente a comprar la carne.
-Ya lo sé. ¿Qué te ha parecido la idea?.
-Creo que Josefa tiene razón. Le impresionó mucho lo de Mari Carmen. Yo pensé que vendando la herida y dejando pasar el tiempo, cicatrizaría. Pero, parece ser que lo único que he conseguido es que se infecte.
Indudablemente, el camino de vuelta iba a ser mucho más entretenido que el de ida. Colocamos nuestra cosecha en el mismo cesto donde habían viajado los famosos pebrazos, y Pedro volvió a ser aquel hombre mesurado y lúcido que encontré en aquella montaña llamada Virgen del Rosario, o conocida por ese nombre a causa de la ermita que la coronaba.
-Si no te ofendes- comencé a decir- Hay una cosa que me gustaría comentar contigo.
-No es fácil que yo me ofenda- dijo Pedro- Tengo un temperamento reservado, y eso puede inducir a la gente a pensar que estoy ofendido. Pero no es así.
-Es referente a lo que has dicho de la herida de Josefa. Supongo que, como la quieres mucho, intentas protegerla de todo. Y eso, como tú has dicho muy bien, más que curar las heridas, las infecta. Si yo fuera una mujer, como Mari Carmen, pongamos por caso, diría que es un comportamiento típicamente machista.
-Y tendrías más razón que un santo. Pero, ¿qué podemos hacer ante una herencia como esa, casi genética?. Esas cosas no se cambian, en todo caso, se asumen.
-¿Y tú crees que lo tenemos asumido?.
-Puede que ahora, hablando entre nosotros, sí. Pero no es lo mismo explicar cómo se hace una verónica que ponerse delante de un toro con un capote en las manos.
-¿Tanto miedo tenemos de vivir, Pedro?.
-Tenemos miedo de perder aquello que amamos.
-Y por eso lo acabamos perdiendo.
-Yo sé pocas cosas, Vicente. En la República de Platón, no estaría entre los filósofos, pero pienso que nuestra vida es una carretera adoquinada de errores. Lo vemos claro cuando miramos hacia atrás, pero para seguir caminando, necesitamos nuevos errores.
-Y cuando se elige compartir un camino, como habéis hecho Josefa y tú, ¿quién pone los adoquines, Pedro?.
-Puede que tengas razón, Vicente. Tal vez siempre hay uno que elige y otro que acepta. En términos dialécticos, un opresor y un oprimido.
-Es una pena que no podamos sentarnos frente a una chimenea, coger una inmensa borrachera, fumarnos tres paquetes de tabaco y discutir este tema hasta que nos sorprenda el amanecer. Los tipos como tú, que no bebéis, ni fumáis, ni estáis hasta los cojones de esta vida puta y rastrera, ¿cómo os hacéis las pajas mentales?.
-Supongo que nos hacemos pajas dialécticas.
-¿Y os corréis?.
-Digamos que fluye semen. Pero se supone que es un semen fecundo, destinado a cambiar las cosas.
-O a joderlas.
-¿Qué tienes tú contra los comunistas?.
-Nada personal. Pero no os entiendo.
-¿Y la Anarquía, entiendes la Anarquía?.
-Ni lo sé, ni me importa. Sólo sé que estoy enamorado, y que ella no es de nadie, ni siquiera mía.
-No le cuentes esas cosas a Josefa.
-¿Por qué?.
-Porque me pondrá los cuernos.
-¿Conmigo o con la Anarquía?.
-¡Qué más da!.
-Supongo que Josefa y tú habréis sido novios de toda la vida.
-¿Qué significa "de toda la vida"?.
-Desde los tiempos del Bachillerato, o puede que de antes.
-Pues no. Por aquellos tiempos, Josefa era novia de Manuel.
-¡No me jodas!.
-No sé de qué te sorprendes. Llevas aquí dos días y no nos conoces.
-Tienes razón, pero no dejo de sorprenderme. Verás, es que he visto a Manuel tan colado por Mari Carmen, que me resulta difícil pensar que haya podido mirar a otra mujer con esos mismos ojos.
-Tal vez, si conocieras a Manuel, no pensarías ni una cosa ni la otra.
-Tú sí lo conoces, claro.
-Ya te dije que de críos éramos muy amigos.
-También me dijiste que luego cada uno siguió su camino.
-Manuel nunca ha visto a las mujeres como seres reales. Siempre las ha mitificado, y se enamora de la imagen que fabrica en su imaginación. Nunca estuvo enamorado de Josefa, sino de un ser perfecto y maravilloso que sólo vivía en su cabeza.
-¿Y Josefa?. ¿Estaba Josefa enamorada de Manuel?.
-Creo que sí. Por eso sufrió tanto.
-¿Te lo ha contado ella?. ¿Habéis hablado del tema?.
-No. Yo sólo era testigo de lo que pasaba, y sufría también.
Pedro sonrió con tristeza, y sus ojos de noche estrellada se nublaron un poco. Cogió una rama que había en el suelo, y comenzó a jugar extrañamente con ella.
-¿Sabes por qué leí "El Quijote"?- dijo lanzando la rama a un ribazo cercano.
-Para un trabajo de clase de Literatura, como todo el mundo, ¿no?.
-Manuel y yo solíamos salir mucho a caminar por el monte, nos encantaba. A mí me gustaba conocer nuevos lugares, y la belleza salvaje de ciertos parajes. Pero Manuel buscaba gigantes y dragones. Se subía a los riscos, y gritaba párrafos enteros del Quijote "¡Non fuyades, cobardes e viles criaturas, que un solo caballero es quien os acomete!". Un día fui a la biblioteca, y comprobé que Manuel no se lo inventaba. Se sabía el libro de memoria.
-Y descubriste que no era a Josefa a quien amaba, sino a la sin par Dulcinea.
-Y que yo no era su amigo Pedro, sino su fiel Sancho Panza.
-Pero tú quieres a Manuel. Y no crees que esté loco.
-No, Manuel no está loco. Y es cierto, yo lo quiero mucho.
-¿Cuándo se convirtió Mari Carmen en su nueva Dulcinea?.
-No lo sé. Pero no debe de hacer mucho tiempo.
-Es curioso. El día que lo conocí, cuando salió de aquel bar y me dejó con Mari Carmen, me dio la impresión de un ser triste y solitario, como el caballero del triste tricornio. Me extrañó que no besara a Mari Carmen al despedirse de ella, y ella me dijo: "No lo hace, nunca me besa".
Pedro sonrió de una manera curiosa. Me dio por imaginar que tal vez pensaba: "¡Menudo jilipollas, no sabe lo que se pierde!". Pero, claro, ¿cómo iba Pedro a pensar una cosa semejante?. Siempre he tenido mucha imaginación, pero Pedro besando a Mari Carmen era imaginar demasiado.
Seguramente el tiempo vuela, a ritmo de música de Los Pekenikes, o, tal vez, tenía razón el sargento Pacheco, y resulta que el tiempo no existe. Porque, cuando entramos en la casa, encontramos a Josefa y a Mari Carmen sentadas en un sillón, Josefa sobre uno de sus brazos, y Mari Carmen apoltronada y con sus inmensas piernas de alabastro cruzadas, bebiendo cerveza descaradamente y con un par de sonrisas escandalosamente luminosas.
Josefa fue la primera en hablar, pera explicarnos el motivo de su desvergonzado comportamiento.
-Hemos decidido sublevarnos contra la tiranía del macho, y que hagáis vosotros la paella mientras nosotras bebemos cerveza y hablamos de tíos.
-Ha sido condición sine qua non por mi parte para aceptar la invitación- dijo Mari Carmen. Después se volvió hacia Josefa- ¿Lo he dicho bien, profesora?.
-Muy bien- dijo Josefa- Y mereces un premio- añadió besándola en la mejilla.
-¿Josefa es profesora de subversión feminista?- pregunté yo.
-No señor- dijo Mari Carmen levantándose- La señorita Olaya, perdón, la señora de García, es profesora de Latín del Instituto Libre Adoptado Fernando III El Santo.
-¡Oh, Coelum!- exclamé.
Mari Carmen se acercó a Pedro y lo saludó.
-Hola, Pedro.
-¿Cómo estás, Mari Carmen?- dijo Pedro sin saber qué hacer. Afortunadamente, en casos como aquél, había frases hechas para saber qué decir.
Mari Carmen se volvió hacia Josefa, e hizo un gesto con las manos.
-¿Crees que Pedro no me besa porque tiene miedo de que te pongas celosa, o quizá teme rememorar viejos tiempos?.
-¡Ay, hija, y yo qué sé!. Stultorum numerus infinitus est.
Indudablemente, aquello era una confabulación. Y, afortunadamente, yo no parecía ser el César de aquel Idus de Marzo. Pedro fue a besar a Mari Carmen en la mejilla, pero ella utilizó el viejo truco de girar la cara para que sus labios tropezaran. Josefa parecía muy divertida, y Pedro, uno de aquellos stulti a los que ella había hecho referencia momentos antes.
-¿Qué viejos tiempos eran esos?- pregunté yo, uniéndome al juego.
-Pedro y Josefa han estado predestinados desde su más tierna infancia- dijo Mari Carmen abriendo los brazos y haciendo una reverencia- Pero, durante el largo camino hacia la consumación de ese feliz destino, tuvieron muchos tropezones. Es para mí un honor informarte de que yo fui uno de los tropezones de Pedro.
Pedro dio media vuelta y se dirigió a la cocina. Desde la puerta, se volvió hacia mí, y me gritó:
-¡Vicente, veni me cum!.
Acompañé a Pedro hasta la cocina, y dejé a las dos mujeres y a sus cervezas.
-¿Me lo vas a contar?- dije cerrando la puerta tras de mí.
-¿Qué quieres que te cuente?- dijo Pedro poniendo una cara muy seria, tan seria, que de seria no tenía nada. En sus ojos de noche estrellada había muchas más estrellas. Comprendí que aquella grave afirmación suya de que Mari Carmen tenía un corazón muy grande, lleno de puertas sin cerrojos, tenía un fundamento muy diferente del que yo había imaginado en un principio. Pero no era aquél el momento para hablar de viejos saqueos, o de olvidados naufragios. Aunque, bien mirado, si ellas dos estaban en el salón bebiendo cerveza y hablando de tíos, ¿por qué no habíamos nosotros de endulzar nuestra tarea con un par de frivolidades?.
-¿Fue bonito?- insistí.
-¿A qué te refieres?- preguntó Pedro, como aquel niño que mira los trozos rotos del jarrón y dice: "¿Qué es eso?".
-A lo tuyo con Mari Carmen- dije yo, eso sí, en tono confidencial.
-Ella hacía Económicas, yo estaba en la Politécnica. Fue un romance invernal. Puede que los dos nos sintiéramos muy solos, y, como ha dicho ella, tropezamos.
-Lo cuentas como si fuera una historia muy triste.
-Triste, no. Quizá melancólica. Pero sí, creo que fue muy bonito.
-Te he visto feliz de volver a verla- dije rascándome la cabeza- Tenías esa cara de jilipollas típica de quien se siente tontamente feliz.
-¿Y qué esperabas?. Hoy la he visto, la he visto y me ha besado.
-¿Y hoy crees en Dios?.
-Yo sólo creo en la solidaridad obrera. Coge un cuchillo y empieza a pelar las verduras y a hacerlas trocitos. Se supone que estamos trabajando.
-Y lo estamos haciendo solidariamente, supongo.
-No conozco otra manera de hacerlo.
-A tus órdenes, camarada. Pero, debo advertirte que podría joder la revolución con mi torpeza culinaria.
-No te preocupes, cada cual según sus capacidades. Cumple con tu deber, y deja la revolución en mis manos. ¿Nunca has oído hablar de la dictadura del proletariado?.
Y así descubrí un par de cosas que yo no sabía por entonces, que la dictadura del proletariado es, efectivamente, una dictadura más, y que la solidaridad obrera consiste en la asunción de una férrea disciplina, muy similar a la que todos hemos conocido en los cuarteles. De todos modos, dialécticamente hablando, nos salió una paella cojonuda, y digo que "nos" salió, porque gracias a la dictadura del proletariado y a la solidaridad obrera, aquella obra maestra del arte culinario fue obra de Pedro y mía mano a mano, es decir, fue una obra colectiva de la que todavía me siento orgulloso. Reconozco que he intervenido en la elaboración de otros eventos gastronómicos, en los que siempre fui discípulo, o pinche, según los casos, pero nunca miembro activo y corresponsable final del producto. Desde entonces, siempre he admirado una cosa de los comunistas: la dignidad con que lo llevan. Sigo sin entenderlos, pero me caen de puta madre, ¡qué le vamos a hacer!.
Y ocurrió que, aquellas dos pérfidas mujeres, que se dedicaron a beber cerveza y a hablar de tíos mientras nosotros hacíamos la revolución, nos presentaron, sin ningún tipo de inhibición, la cruda realidad de las cosas: gracias a su iniciativa, la comida resultó genial en todos sus aspectos, porque, en opinión de Mari Carmen, ¿qué hubiera ocurrido con nuestra genial obra si no hubieran estado allí Josefa y ella para apreciarla en su verdadero valor?. Cierto que nosotros habíamos condimentado la paella de nuestra vida, pero ellas, y sólo ellas, condimentaron nuestro orgullo y nuestra satisfacción, que es lo que importa, porque es lo que luego, en definitiva, recordaremos. Así habló Mari Carmen.
Los británicos tienen la inmensa suerte de tomar el té con pastas. Nosotros pertenecemos a una cultura propensa al café con melancolía. Puede que se trate de una simple secuela gastronómica, o tal vez se deba a que nunca disfrutamos de un imperio decimonónico. De todos modos, siempre nos queda el recurso del brandy, que suele acompañar al café de una manera mucho más fraternal y prometedora.
Pedro se había sentado en el sillón frente a la chimenea, después del café, y Mari Carmen lo hizo a su lado, con una copa de brandy en la mano. Ella le había ofrecido su copa, pero él la había rechazado, probablemente alegando que los hombres honrados no beben esas porquerías. Pero ella debió añadir un argumento irrefutable, porque Pedro cogió la copa y bebió un sorbo de ella. Josefa y yo nos habíamos quedado sentados junto a la mesa. Le ofrecí un cigarrillo y le di fuego. También compartimos una copa de brandy, pero esta vez la razón fue que Josefa no quiso beberse una copa ella sola, porque el brandy la ponía piripi.
-¿Tú crees- dije yo de pronto, mirando las doradas iridiscencias de la copa- que Mari Carmen e Isabel Gavidia ya eran amigas antes de lo que pasó?.
-No- dijo Josefa apoyando su cigarrillo en el cenicero- Se conocían de vista, porque este pueblo es muy pequeño. Pero puede que ni se saludaran por la calle.
-Pero ahora son muy amigas, eso sí que lo sabes.
-Sí, pero no creas que sé tanto. Desde que pasó aquello, he sabido muy pocas cosas de Mari Carmen.
-¿Y no tienes idea de cómo nació esa amistad?.
-Sí y no. En una de las visitas que hice al hospital, ocurrió una cosa muy extraña...
Miré sus ojos de bosque encantado, y me perdí buscando la reina de las hadas. Ella continuó:
-Encontré a Manuel allí, como siempre. Me dijo que Mari Carmen estaba mucho mejor y que, en ese momento, una amiga estaba con ella. Me invitó a tomar café, no sé si porque le apetecía charlar conmigo, o porque no quería que yo interrumpiera la visita de aquella amiga misteriosa. Lo noté diferente, con un brillo extraño en los ojos. Yo siempre he querido mucho a Manuel, ¿sabes?, pero ese día me pareció otra persona, no sabría cómo explicarlo. Y no me puedo quitar de la cabeza lo que me dijo, porque nunca he llegado a entenderlo del todo: "Yo le salvé la vida, pero ella le ha salvado el alma".
-Y esa amiga misteriosa...- comencé yo.
-Era Isabel Gavidia- terminó ella.
-¿Por qué crees que dijo que él le había salvado la vida?.
-Porque eso fue lo que hizo, ¿no?.
-No lo dudo en absoluto. Pero hay algo que no acaba de encajar, ¿no te parece?.
-No entiendo lo que quieres decir.
-Alguien descubre a Mari Carmen en una cuneta y avisa a la Guardia Civil, la llevan inmediatamente a un hospital, y se salva. ¿Es ésa la historia?.
-Más o menos.
-¿Quién la encontró?.
-No lo sé.
-¿Y no crees que la persona que la encontró, y más en un pueblo pequeño como éste, debería ser el héroe de la película?.
-Tal vez fue Manuel.
-¿Sólo tal vez?.
-Aquello fue una desgracia, Vicente. ¿Para qué removerlo ahora?.
-No lo sé, Josefa. Quizá para salvar nuestras almas, como dice Manuel que hizo Isabel con Mari Carmen. Tal vez para evitar que cosas así vuelvan a suceder, o porque la verdad nos hará libres. ¿Sabes lo que estoy pensando?. Que Isabel debe ser una mujer muy especial. Si es verdad que salvó el alma de Mari Carmen, como dice Manuel, y si, además, fue capaz de insuflarme el alma que ahora tengo, como pienso yo, algo hay en ella que no hemos visto, quizá porque esas cosas no se ven.
-¿No será que estás enamorado?.
-Eso será.
-Nunca había visto a Isabel de ese modo. Tal vez sea buena idea que un día la invitemos a comer.
-¿Crees que Pedro acogerá en su casa a la santa esposa del cacique del pueblo?.
-No lo sé, pero tal vez se sienta honrado de acoger a quien salvó el alma de Mari Carmen, no como a la santa esposa del cacique, sino como a la pecadora amante de un simpático asturiano que pasaba por aquí.
Mari Carmen interrumpió nuestra charla acercándose por detrás a Josefa, apoyando las manos en sus hombros y besándola en la cabeza.
-Si lo que pretendes es seducir a mi amiga Josefa- dijo mirándome- Puedo darte un par de consejos.
-Te lo agradecería eternamente- dije yo- Nunca se me ha dado bien el arte de la seducción. Sólo tienes que ver, por ejemplo, el escaso éxito que he tenido contigo.
-No digas estupideces. Conmigo, ni lo has intentado.
-No me lo puedo creer- intervino Josefa- ¿Cómo es posible que no hayas intentado seducir a Mari Carmen?. Eres un miserable- añadió levantándose y rodeando la cintura de Mari Carmen con su brazo derecho.
-He de irme, preciosa- dijo rodeando el hombro de Josefa y besándola en la mejilla- Tengo un par de cosas que hacer- Luego, me miró a mí- Supongo que tienes una llave.
-Sí- dije yo- Manuel me la dio ayer y...
-Si vuelves borracho, no quiero encontrarte tirado en un sillón.
-Yo también te quiero- dije sonriendo.
Pedro la besó en una mejilla y le acarició la otra.
-Adiós, Mari Carmen- le dijo sonriendo- Vuelve pronto.
-Gracias, Pedro. Lo haré.
Mari Carmen se marchó, pero nadie se quedó triste. Porque, en realidad, lo que Mari Carmen había hecho, había sido volver.
Pedro respiró hondo, como para salir de aquel mundo mágico y volver al suyo cotidiano. Movió la cabeza y dijo:
-Voy a echar un vistazo a los injertos de los melocotoneros. No tardaré mucho. Estás en tu casa, Vicente. Espero verte a menudo.
-No lo dudes- dije yo.
Josefa lo abrazó antes de decir:
-Ha sido una buena idea, ¿verdad?.
-Ha sido una idea genial- dijo Pedro- Me has dado una lección. Otra lección...
-Creo que Mari Carmen ha salvado vuestras almas- dije yo con los ojos húmedos. Porque yo soy un sentimental.
-Hasta luego, Vicente- se despidió Pedro haciendo un gesto con la mano.
Josefa se sentó junto a mí, y miró el cenicero lleno de colillas.
-He fumado demasiado. Y eso que ya lo había dejado. Creo que tendré que empezar otra vez desde el principio.
-Después de éste- dije yo ofreciéndole el paquete.
-¿Me lo prometes?.
-¡Naturalmente!.
El mechero estaba sobre la mesa. Josefa lo cogió, encendió su cigarro, y me dio fuego.
-La felicidad debe ser un conjunto de momentos como los de hoy, ¿no te parece?- dijo inhalando una bocanada de humo.
-No soy un especialista en el tema- dije yo- Pero sospecho que debe ser una cosa así.
-Oye- dijo Josefa mirándome- Tú no serás uno de esos ángeles de las películas de Capra, ¿verdad?.
-No, creo que no. De todos modos, hace un rato escuché una campana. Tal vez sean mis alas.
-Eso me pareció a mí.
-¿No tenéis hijos Pedro y tú?.
-Sí, uno. Se llama Pedro, como su padre. Ahora está pasando unos días con los abuelos. ¡Menudo zamarro está hecho!. Este curso lo tendré en mi clase.
-¿Y eso te preocupa?.
-¡Claro que me preocupa!. ¿Te imaginas?. Allí sentado, en medio de mis otros alumnos.
-Seguro que eres una profesora cojonuda y que tus alumnos te adoran. No tienes por qué preocuparte.
-¡Calla!, no digas tonterías. ¿Sabes cómo me llaman mis alumnos?. "La Rana". ¿Tú crees que yo tengo ojos de rana?.
-No, yo creo que tienes ojos de bosque encantado, donde vive la reina de las hadas. Pero, claro, yo no soy alumno tuyo, no tengo quince años, y nunca me has suspendido por construir mal la segunda de pasiva.
-¿Tú también crees que no debería suspender a nadie?.
-¿Quién más lo cree, aparte de mí?.
-Manuel. Siempre me recuerda que yo lloraba cuando me suspendían a mí.
-Entonces, ¿por qué los suspendes?, ¡bruja, más que bruja!.
-Y, ¿qué crees que debería hacer?.
-Enséñales a sonreír, cuéntales chistes verdes en latín. Conviértete en su cómplice y sóplales cosas en los exámenes. Pero no me hagas caso, yo estoy con ellos, y no soy imparcial.
-¿Sabes lo que dice Manuel?, que entre profesor y guardia civil, eligió el oficio menos sucio. Supongo que lo dice en broma.
-¿Qué hacía Manuel cuando lo suspendían?.
-¿Suspender a Manuel?, ¡tú estás loco!. Él y Mari Carmen era dos empollones de mierda. Siempre sacaban unas notas asquerosamente brillantes.
-¿Por eso se querían tanto?.
-¿Manuel y Mari Carmen?. No se podían ni ver. Se llevaban a matar.
-¿Y qué tal te llevabas tú con Manuel?.
Sus ojos de bosque encantado se cubrieron con una niebla de melancolía.
-Parece que hace mil años- susurró.
-¿Estabas enamorada de él?.
-¿A los quince años?. Claro, como una quinceañera.
-Seguro que te escribía versos, y aún los tienes guardados.
-¿Tú nunca has escrito versos?.
-Millones. Recuerdo que eran muy becquerianos. Ya sabes, por una mirada. un mundo, por una sonrisa, un cielo... Y, claro, ¿cómo ibas después a besar a la chica, si ella no te pedía todo el Universo?. Luego llegaba el guaperas de turno, y se la llevaba al huerto, así, por las buenas. Pero, entonces ocurría lo maravilloso: la desesperación orgásmica, la tristeza arrebatada, el gran poema de la derrota. ¿Sabes una cosa, Josefa?, aquellos guaperas de turno que os llevaban al huerto así por las buenas, no tienen ni puta idea de lo que se han perdido.
-¡Muy bonito!. Y nosotras, ¿qué?. Primero, la frustración ante unos poemas arrebatados que sólo eran eso: palabras. Después la humillación ante el guaperas de turno, que nos hizo objeto de algo que nunca llegamos a compartir. Y, de postre, el sentimiento de culpabilidad ante la mirada de borrego degollado de nuestro gran amor traicionado. Todos erais un hatajo de cabrones, los unos y los otros.
-Y así transcurrieron los mejores años de nuestra vida. Colorín colorado.
Josefa acarició la botella de brandy, y después hizo lo mismo con el paquete de tabaco. Me miró, la nube de melancolía había desaparecido de sus ojos de bosque encantado.
-¿Nos fumamos otro cigarrito?- dijo haciendo un gesto travieso con la mirada.
-No- respondí yo solemne.
-¿Por qué?.
-Porque te prometí que el anterior sería el último.
-Si me dejas que me fume otro cigarro, y compartes conmigo otra copita de brandy, te cuento una cosa.
-¿Me estás chantajeando?.
-Sí- dijo moviendo afirmativamente la cabeza con una sonrisa malévola.
-¿Qué pasará si te pones piripi?.
-Hablaré más de la cuenta. Y hace tiempo que no hablo más de la cuenta.
-Trato hecho- dije ofreciéndole un cigarrillo y escanciando brandy en nuestra copa común- Pero esto será un secreto entre nosotros.
-¿Tendremos un secreto?.
-Sí, y jamás lo sabrá nadie. Aunque nos torturen con el No-Do y con la Formación del Espíritu Nacional.
-O con las clases de Hogar de la Señorita Hortensia.
-Eso.
Josefa inhaló una bocanada de humo y probó un sorbo de brandy antes de comenzar su historia.
-Hace un par de años, tuve un alumno que me escribía versos.
-¿En latín?.
-¡No, claro que no!.
-Yo estaba enamorado de mi profesora de francés. Pero, al menos, tuve la decencia de decírselo en la lengua de Jean-Baptiste Poquelin, dit Molière.
-¿Y qué hizo ella?- preguntó Josefa, repentinamente interesada por el tema.
-¡Un momento, señora!- exclamé indignado- Es usted quien me debe a mí una historia. Yo ya he cumplido mi parte del trato.
-Era un chico muy guapo, un poco tímido. Cuando me miraba con sus ojos tristes, me ponía nerviosa. Incluso llegué a pensar... Me da vergüenza decirlo.
-Pero sólo lo pensaste.
-¡Naturalmente que sólo lo pensé!. ¿Me crees a mí capaz de...?.
-¿De suspenderle el Latín?. ¡Claro que te creo capaz!.
-¡Pues no lo suspendí!. Y en Junio le puse un Notable.
-¿Por méritos propios, o impropios?.
-Era un buen estudiante, y un gran chaval. Recuerdo que en la verbena de Santo Tomás bailé con él.
-¿Qué clase de canción?.
-No lo recuerdo, creo que una de Adamo.
-... y mis manos en tu cintura...- canturreé yo.
-Pues no. No era ésa.
-¿Cuál era entonces?.
-No me acuerdo.
-¿Seguro que no te acuerdas?.
-Bueno... Es posible que sí fuera ésa.
-¿Te sacó a bailar él?.
-No se hubiera atrevido. Fui yo. Me pareció que sería un detalle bonito.
-¿Te metió mano?.
-¡Pero, qué dices!.
-Bueno, al menos te daría un achuchón.
-¡Pobrecito!. Pero si le temblaban las manos, y no se atrevía ni a mirarme.
-¿Y tú qué hiciste?.
-Nada, bailar. ¿Qué querías que hiciera?.
-O sea, que bailasteis, y ya está.
-¡Claro!. Y nada más. Bueno, le di un beso.
-¿En tos los morros?.
-¡No!. ¿Pero qué te has creído?.
-Entonces, ¿dónde le diste el beso?.
-En... bueno, ahí, en... En la boca.
-¿Y qué le dijiste?.
-Nada, ¿qué querías que le dijera?.
-No sé, que era un chico muy guapo, que te habían gustado mucho sus poemas, que tú también lo querías, y que vuestro amor era imposible.
-Pero, ¿tú me imaginas a mí diciendo toda esa sarta de estupideces?.
-Pues, tienes razón. No me lo imagino. ¿Qué le dijiste?.
-No lo recuerdo exactamente. Pero fue una tontería, seguro.
-¿Una sarta de estupideces?.
-¡Pues, claro!. En esos casos siempre se dice una sarta de estupideces.
-¿Y qué fue de él?.
-Ahora tiene novia. Cuando me ve por la calle, me saluda. Me dice: "Buenas tardes, señora".
-¿Te dice "buenas tardes, señora"?.
-Sí, eso me dice.
-¿Y qué le dices tú?.
-Yo también lo saludo. Le digo: "Buenas tardes, caballero".
Hice un gesto con las manos, apuré la copa de brandy, y aplasté el cigarrillo en el cenicero.
-Y toda la historia se reduce- dije como quien pone el epílogo- a un simple beso y a un achuchoncito de nada.
-¡Oye, lo del achuchón no lo he dicho yo!.
-¿Y por qué no me lo has dicho?. ¿Te deba vergüenza?.
-No, vergüenza, no. ¡Pero si no fue nada del otro mundo!.
-Ha sido una historia preciosa. Me ha gustado mucho.
-Vicente- dijo Josefa apartando la copa de brandy, y mirando una estúpida mancha de café que había en el mantel- Si yo te pidiera que me dieras un beso antes de marcharte, cuando me veas por la calle, ¿me dirás "buenas tardes, señora"?.
-No. Te lo juro por Dios.
-En ese caso...
Así fue, y no hagáis caso si algún imbécil os lo cuenta de otro modo, como osé besar a Josefa en tos los morros, aprovechando que estaba piripi, eufórica, y un poco pizpireta. Y nadie piense que me arrepiento de mi miserable acción, los poetas románticos somos así, desclasados, atemporales, perdedores, melancólicos, exagerados, drogadictos, idiotas y besucones, muy besucones.
Salí a la calle, y la brisa fresca volvió a acariciarme la cara. Encendí un cigarrillo mientras miraba hacia un cielo apacible y azulado. El Sol estaba bajo, es decir, no tenía ni la más remota idea de la hora que era. Pero, si la vida es eso que nos pasa mientras hacemos planes para hacer otra cosa, ¿qué importancia podía tener la hora que fuera?. Entonces pensé en aquella taberna donde Manuel tenía mesa propia, y donde solía haber un libro de Garcilaso sobre la mesa propia de Manuel, el que quería ser su escudero, si Garcilaso viviera, como aquel marinero en tierra que un día descubrió que era dos tontos.
Mientras caminaba, sin saber nunca si estaba siguiendo el camino correcto, tuve la sensación de que, probablemente, confundiría las calles, hasta pudiera ser que me perdiera un par de veces, pero tenía la certeza, la absoluta seguridad, de que, tarde o temprano, la puerta de aquella taberna aparecería ante mí, quizá cuando menos lo esperara, como todo en la vida. Perderse es ir al mismo sitio por otro camino.
Por cierto, ¿cómo se llamaba aquella taberna?, ¿en qué calle estaba?. Una vez más, me hice esas preguntas apoyado en la barra, hablando con el barman, y mirando la mesa de Manuel, con el eterno Manuel sentado a su mesa. Me había visto, pero no hizo ningún gesto para que me acercara. Tenía un libro en las manos, y una copa medio vacía, o medio llena, junto a él. El barman me informó que Manuel estaba bebiendo aquel maldito aguardiente que yo había jurado no volver a probar. Pedí una copa de aquel aguardiente y otra de brandy, y me acerqué a la mesa. Manuel me sonrió, y me señaló una de las sillas.
-¿Puedo invitarte a una copa?- dije sentándome.
-Puedes- dijo Manuel cerrando el libro y dejándolo sobre la mesa. "Poeta en Nueva York", hay gente que es la hostia vestida de verde oliva- Veo que has escarmentado de este nefando veneno, y has vuelto a las buenas costumbres- añadió señalando mi copa de brandy.
-Y yo veo que tú sigues fiel a esta mierda pestilente- dije yo, dejando la copa llena junto a la medio vacía.
-Yo estoy vacunado- dijo apurando la vieja, y acariciando la nueva.
-Por el East River y el Bronx, los muchachos cantaban enseñando sus cinturas- recité bebiendo de mi copa y mirando el libro.
-No me cerréis vuestras puertas, altivas bibliotecas. Puede que sea ése el verso, ¿no crees?.
-¿Qué verso?- confieso humildemente que no reconocí aquel verso.
-El verso fundamental de Walt Whitman.
-Reconozco que he de leer detenidamente a ese viejo hermoso con la barba llena de mariposas.
-Recuérdame que te regale ese libro. "Leaves of Grass". ¿Sabes leer inglés?.
-No, y me temo que lo voy a lamentar.
-Hay buenas traducciones, pero no es lo mismo. Te estaba esperando.
-¿Me esperabas a mí?.
-Sí- dijo Manuel aceptando uno de mis cigarrillos y bebiendo un trago de su copa, aquel aguardiente asesino contra el que, según parece, estaba vacunado.
-Pues yo te estaba buscando- dije, como queriendo certificar que nuestro encuentro no había sido casual.
-Por eso te he esperado aquí. Pero, antes de que me hagas un montón preguntas, a las que no voy a responder, quiero que me aclares un par de cosas.
-¿Yo sí he de responder a tus preguntas?.
-Sí, tú sí.
-De acuerdo- dije alzando las manos, como hacen los malos de las películas del Oeste, porque saben que el bueno es más rápido.
-Josefa te lo ha contado, ¿verdad?- dijo Manuel, demostrando que, aunque no fuera exactamente el bueno de la película, al menos, era el más rápido.
-¿Qué me ha contado Josefa?. Y, ¿cómo sabes tú que...?.
-Olvidas que soy guardia civil, y que ése es mi trabajo.
-Ya, comprendo- dije dispuesto a confesar- Me contó que le dieron una paliza de muerte y que la violaron.
-¿Has hablado de eso con Mari Carmen?.
-¿Con Mari Carmen?.
-Ha comido con vosotros, ¿no?. Por cierto, Pedro hace unas paellas cojonudas, ¿verdad?.
-Así es, señor guardia. Y he meado dos veces, aunque supongo que eso también lo sabes.
Manuel me miró sin decir nada. Estaba serio. Esperaba, con la tranquilidad de la serpiente que acecha a su víctima, esperaba.
-No- dije al fin- No he hablado de ese tema con Mari Carmen... todavía.
-¿Qué más te ha contado Josefa?.
-Sabes perfectamente que Joasefa ha podido contarme poca cosa más, porque ella sólo sabe lo que tú le dijiste: poco y mentira.
Ahora, Manuel sonrió, y me miró a los ojos como no lo había hecho hasta entonces. Tenía los brazos apoyados sobre la mesa. Alzó el izquierdo, y se puso el cigarrillo en la boca, sujetándolo entre los dientes.
-Dime ahora qué has sacado en claro de todo esto.
Me gustó aquello de sujetar el cigarro entre los dientes y hablar echando humo. Así que hice lo mismo para decir:
-Alguien casi mata a Mari Carmen, y tú sabes quién fue. La historia de la cuneta es ridícula.
-Eres un chico listo- dijo Manuel apurando su copa- Ahora ya puedes hacerme la pregunta del millón.
-No me la vas a responder.
-No, pero eso da igual.
-De acuerdo- volví a alzar los brazos e hice un gesto con la cabeza- ¿Qué tiene que ver lo de Mari Carmen con la muerte del capitán González?.
-¿Por qué crees que tiene que ver una cosa con la otra?.
-No lo sé. Intuición, supongo.
-¿Intuición?. Eso es cosa de mujeres.
-¿Tú crees?.
-Eso dicen.
-¿Debo suponer, por lo tanto, que, además de ti, hay una mujer que conoce toda la historia?.
-¡Tanto como toda la historia...!.
Estaba claro que Manuel no pensaba contarme nada. Pero aquello no me produjo una sensación de frustración, de indignado cabreo. Sus razones podían ser muy poderosas. Seguramente, aquél había sido un sucio asunto, donde, no sólo estaba en juego expurgar la responsabilidad del autor de un acto inmundo, sino, y eso lo veía yo cada vez más claro, impedir que el castigo más cruel recayera sobre la víctima, algo así como evitar que su corazón de cristal, lleno de puertas sin cerrojos, acabara rompiéndose definitivamente en mil pedazos.
-¿Para qué quieres saber quién le hizo eso a Mari Carmen?- me preguntó Manuel después del efímero silencio que se había producido- ¿Para matarlo?.
-¿Y si ya estuviese muerto?- pregunté yo a mi vez.
-¿Para mearte en su tumba, quizá?.
-No lo sé, Manuel. No sé si quiero saber quién lo hizo.
-¿Por qué no?. Tal vez la verdad nos haga libres. Te propongo un trato.
-Hoy es mi día de los tratos- dije sonriendo.
-Haré como mi amigo Rodión Románovich Raskólnikov- continuó Manuel- Y te ayudaré dentro de lo posible.
-Hay un problema- dije yo con un tono de amargura- En esta historia no tengo vocación de Porfiri Petróvich, más bien me gustaría ser la dulce Sonia, pero no creo que sea capaz.
-¿Qué pasa?- exclamó Manuel- ¿Que has leído todos los libros?.
-¡Mira quién habla!- exclamé yo a mi vez- No me cerréis vuestras puertas, altivas bibliotecas.
Manuel sonrió, pero era la suya una sonrisa amarga. Naturalmente, no estaba dispuesto a responder ese montón de preguntas que yo quería hacerle, y yo no estaba en condiciones de someterlo a un exhaustivo interrogatorio, por muchas razones, entre ellas, porque no sabría cómo y tampoco sabría para qué. Por eso lo miré, y le mostré nuestras copas vacías.
-¿Aquí te sirven en la mesa, o hay que levantarse a por las copas?.
Manuel hizo un significativo gesto al barman, y unos segundos después, nuestras copas estaban llenas.
-¿Lo ves?- dijo mirándome- La Guardia Civil sigue teniendo gran influencia.
-¿Por qué sabes que fue Josefa quien me contó lo de Mari Carmen, y no Pedro, por ejemplo?. A él lo conocí primero.
-Porque los conozco a los dos- dijo Manuel encendiendo un nuevo cigarrillo.
-Sobre todo a Josefa, ¿verdad?- dije yo sujetando su mano para encender el mío.
-Sí, sobre todo a Josefa. Por eso la quiero tanto.
-¿Y a Pedro?, ¿quieres a Pedro?.
-¿A ese maldito comunista?. ¡Claro que sí!.
-¿Por qué lo llamas maldito comunista?.
-¿Sabes cuál es la diferencia entre Lenin y Pedro?, Lenin era un poco más calvo.
-No debes preocuparte por eso, al paso que lleva, esa pequeña diferencia se soluciona en cuatro días de nada.
-Cuando éramos unos críos...- comenzó Manuel.
-Eso sí me lo ha contado- lo interrumpí- Él también te quiere.
-Me emocionas, compañero.
-Comprendo que Mari Carmen diga que Pedro y Josefa nacieron predestinados, y que, durante el largo y tortuoso camino de sus vidas, hayan sufrido muchos tropezones. Puedo entender que Mari Carmen fuera un tropezón de Pedro, pero tú no fuiste un tropezón de Josefa. ¿Cómo era Josefa, Manuel?.
Manuel me miró muy serio, y señaló mi copa de brandy.
-Oye- dijo- A ti eso tampoco te sienta bien. Creo que deberías dejar la bebida en general.
-¿Estás seguro?.
-Sí. Pero antes, cuéntame lo del tropezón de Pedro con Mari Carmen.
-¿No lo sabías?- pregunté sorprendido.
-¿Por qué había de saberlo?- dijo Manuel, como dejando muy claro que ese tema no atañía en absoluto a sus obligaciones como guardia civil.
-Porque sois amigos de toda la vida- dije yo con una candidez que a Manuel debió parecerle adorable, porque sonrió y me dio un golpecito en la mejilla.
-De la infancia, Vicente, amigos de la infancia. Luego hubo un montón de años en blanco.
-Puede que fuera durante alguno de aquellos años en blanco cuando Pedro y Mari Carmen tuvieron su triste aventura.
-¿Por qué crees que fue triste?.
-Pedro dice que fue un romance invernal. Por entonces estaban en la Facultad, y parece ser que se cruzaron sus dos soledades.
-¡Qué bonito!, ¿y qué dice Mari Carmen?.
-Eso, que fue un tropezón... de Pedro.
Manuel apuró su copa de un trago, inhaló una bocanada de humo de su cigarrillo, ¿dónde había visto yo antes aquella manera tan curiosa de inhalar el humo del cigarrillo?, y movió la cabeza.
-Supongo que por entonces- comenzó a decir- Yo vivía en un bonito flat de Battersea, al sur de Londres, con una ventana que daba al parque, y otra que daba al río, Our Father The Thames.
-¿Y qué hacías tú en Inglaterra?.
-Huir, supongo. Huir de un país de mierda, de una Universidad de mierda, o yo qué sé de qué mierda estaba huyendo.
-¿Y cómo fue que volviste?.
-Me echaron.
-¿Por qué te echaron?.
-Porque no tenía permiso de trabajo.
-¿Y de qué trabajabas?.
-De Washing Up.
-¿Qué es eso?.
-Fregaplatos.
-¡Excelente oficio!.
-Los hay peores.
-Y ahora explícame cómo se come eso de que acabaras siendo guardia civil.
-Cuando volví, me habían dado por prófugo. Y puestos a hacer la mili...
-¿Desde cuándo se puede hacer la mili en la Guardia Civil?.
-Los hijos del Cuerpo sí podemos.
-¿Y los hijos del alma no?.
-¿No te ha contado Pedro que mi padre era guardia civil?.
-No, no me lo contó. Puede que Pedro no crea en el determinismo histórico.
-Le regalaremos las obras completas de Emilio Zola- dijo Manuel sonriendo con una ternura que me conmovió- Como es muy rojo, puede que hasta le gusten.
-No sería un mal regalo para Pedro- dije yo, acompañando a Manuel en su sonrisa, y hasta puede que en su ternura.
-Bien, compañero- dijo Manuel levantándose- He de irme, esta noche tengo servicio. Espero que nos volvamos a ver muy pronto.
-Manuel- dije yo permaneciendo sentado y mirando mi copa vacía- ¿Qué debo hacer?, ¿qué harías tú en mi lugar?.
Manuel puso su mano en mi hombro, y esperó a que yo alzara la mirada, hasta que me encontré con sus ojos terrosos, llenos de molinos de viento.
-Yo no sé lo que haría en tu lugar, Vicente, porque yo no soy tú. Pero creo que deberías escuchar a tu corazón. Y, sobre todo, recuerda que Mari Carmen fue la víctima, no la culpable. Sería muy triste que pasáramos su corazón por las armas en un frío amanecer.
-¿Y tú, Manuel, qué pasará con tu corazón?.
-¿Desde cuándo ha sido un mal final morir por una causa noble?. No me defraudes, Vicente, siempre he pensado de ti que eres un idealista, un soñador. Y eso no es malo, compañero. Es una cosa muy bonita.
-Dios os guarde, caballero- dije haciendo un gesto de pleitesía con la mano.
-Quedad con Él, hermano.
Cogió su libro, su "Poeta en Nueva York", y se marchó, en dirección a River Side, probablemente.
Mi historia se iba perfilando con tintes demasiado amargos. Puede que tuviera razón el viejo Einstein, aquel Alberto de las greñas blancas, sí, es muy probable que Dios no juegue a los dados con el Universo, puede que haya una ley general que lo rige todo, pero esa ley nos ha enseñado muchas veces que dos y dos son cuatro... hasta nueva orden.
Salí de aquella taberna, y comencé a caminar hacia ningún sitio, sabía por experiencia, que aquél era el mejor camino para llegar a casa de Mari Carmen. También era el mejor camino para replantear las preguntas. Por primera vez, me sentí como una especie de intermediario de las cosas. Aquella historia estaba escrita en un papel hecho trozos, y cada uno de los personajes tenía un trozo de ese papel. Todos, menos yo. Pero yo era el único que podía acceder a los trozos, uno por uno. Ése era el juego del sargento Pacheco, me estaba utilizando como catalizador, para que la reacción química que tan meticulosamente estaba preparando, no le estallase entre las manos. Pero ahora yo lo sabía, y sabía también que una parte muy especial de esta historia le afectaba muy particularmente, tan particularmente, que puede que el resto de la historia careciera para él de la más mínima importancia. Era más que probable que el sargento Pacheco no estuviera comportándose como un excelente profesional que hace muy bien su trabajo, sino como un náufrago que busca desesperadamente un madero donde asirse. Como hacemos todos, tan a menudo, durante nuestra asquerosa vida.
¿Qué hacía yo, por ejemplo, sino aferrarme a ese sueño desesperado de encontrar junto a Isabel un sentido a mi apestosa vida?. Un madero, mi vida por un madero.
Cuando llegué a casa de Mari Carmen, la encontré sentada junto a la mesa de la cocina. Tenía los ojos rojos, y la tez pálida y demacrada. Me preocupó mucho su aspecto y me senté frente a ella. Intenté cogerle una mano, pero la retiró.
-¿Ha pasado algo?- no se me ocurrió otra cosa que preguntar.
-Dame uno de esos asquerosos cigarrillos- dijo ella sin mirarme.
-¡Ah!, pero, ¿tú fumas?- pensé que una frase así apaciguaría el ambiente.
-¡Yo hago lo que me da la gana!- dijo poniéndose en pie. Según parece, mi frase no había apaciguado nada.
Me levanté yo también, me acerqué a ella, le ofrecí un cigarrillo y le di fuego. Puede que fumara a veces, pero, indudablemente, no era una de sus especialidades.
-Te lo ha contado Josefa, ¿verdad?- me espetó, mirándome de pronto.
-¿Qué me tenía que contar Josefa?- dije poniéndome a la defensiva. La verdad, no sé por qué.
-¡No te hagas el listo conmigo!- se volvió y apoyó las manos sobre el banco de la cocina- ¿Por qué ha venido a buscarme?. ¿Por qué me ha abrazado llorando y me ha dicho que me quiere mucho?. ¿Por qué, y de qué, me ha pedido perdón?. ¿Por qué piensa que tú y yo estamos liados?.
Me acerqué al banco de la cocina, y comencé a jugar con una enorme cuchara de madera, sin atreverme a tocarla ni a mirarla.
-Supongo que ha venido a buscarte porque le apetecía mucho que comieras con nosotros- comencé, intentando que mi voz sonara opaca- Tal vez te abrazó porque te quiere mucho, y puede que te pidiera perdón porque se sentía mal y quería que la perdonaras. En cuanto a lo de tu lío conmigo, puede que sienta tantos deseos de verte feliz, que hasta ha sido capaz de imaginarte liada con un imbécil como yo.
-¡Claro!- dijo ella volviéndose a sentar en la silla y apagando, más bien destrozando, el cigarrillo en el cenicero- ¡Pobre Mari Carmen!, ¿cómo ha podido pasarle a ella una cosa tan terrible?. ¡Animalico!.
-No deberías ser tan cruel contigo misma, ni tan injusta con Josefa- dije yo volviéndome con la intención de poner mis manos sobre sus hombros, pero cambiando de idea por el camino- Aunque, la verdad, un tipo como yo, que se ha pasado media vida autocompadeciéndose, no es la persona más indicada para decirte a ti que no lo hagas. Pero sí puedo asegurarte una cosa: eres tú quien ha hecho algo por ellos. Pedro ha dicho cosas que no creo que dijera desde hace años, y Josefa era tan feliz, que se ha puesto piripi y me ha besado.
Mari Carmen se quedó callada durante un momento. Luego, se levantó y me miró por primera vez desde que entré en la cocina.
-Perdona, Vicente- dijo mirándome- Supongo que lo único que pretendía era evitar que comenzaras a hacerme un montón de preguntas que no estoy dispuesta a responder, o que quisieras hablar de un tema del que no quiero hablar contigo.
-Es curioso- dije yo con un amago de sonrisa- Manuel me ha dicho lo mismo.
-Pues deberías hacerle caso a tu amigo Manuel.
-Tienes razón. ¿Te apetece que hablemos sobre la preeminencia de la berenjena en la tradición gastronómica del Mediterráneo?.
-¿Cómo te has atrevido a ponerle los cuernos a Pedro?.
-No le he puesto los cuernos a Pedro. Sólo he besado a Josefa.
-¿Sabes una cosa?, puede que seas el primero que lo hace desde que se casó con Pedro.
-¡Eso es terrible!- exclamé, aun a sabiendas de que, como mínimo, yo había sido el segundo.
-¿Por qué es terrible?- preguntó ella, quizá ignorando la vertiente osculatoria de la dulce Josefa.
-Porque significa que no volverá a ocurrir- eso es lo que se supone que yo debería haber dicho de no haber sabido lo que ya sabía.
-Josefa no es como Isabel o como yo- dijo Mari Carmen intentando explicar su postura- No estoy segura de lo que un tipo como tú podría llegar a hacerle. Pero, si la haces sufrir, te mataré.
-Y si hiciera sufrir a Isabel, ¿qué harías?, ¿arrancarme la piel a tiras?.
Mari Carmen sonrió y sus ojos brillaron, ¡por fin!. ¡Loado sea Bigné, padre de todos nosotros!.
-Isabel puede contigo, y con veinte como tú- dijo con ojos maliciosos, y sin dejar de sonreír- Pero Josefa es un ababolico de monte, una florecica de romero. Cualquier hijo de puta la puede pisar sin darse cuenta.
-Yo no puedo ser ese hijo de puta- dije también sonriendo- Porque Josefa y yo compartimos un secreto.
-¿Qué secreto es ése?- preguntó Mari Carmen, porque hay que reconocer que el viejo truco del secreto es un truco cojonudo.
-No te lo puedo decir- intenté imitar cómo lo dicen los niños en estos casos- Es un secreto. Pero no te preocupes, a ella tampoco le contaré el nuestro.
-¿Tú y yo tenemos un secreto?- quiso saber Mari Carmen.
-¡Naturalmente!- afirmé con solemnidad.
-¿Y qué secreto es ése que tenemos tú y yo?. Supongo que ése sí puedo saberlo.
-Claro que puedes saberlo- dije yo- Quieres tanto a Josefa, que me matarías si yo le rompiera el corazón.
-¿Ése es nuestro secreto?- preguntó Mari Carmen, un poco defraudada.
-Ésa es la mitad de nuestro secreto.
-¿Y cuál es la otra mitad?.
-Que pase lo que pase, o haya pasado lo que haya pasado, yo mataría a quien te pisara, o no me importaría haber matado ya a quienquiera que lo haya hecho.
Mari Carmen se quedó callada durante unos instantes mientras me miraba con dureza. Quizá estaba pensando que yo era un fantasma, y que no tenía ni puta idea de lo que estaba diciendo. Y, en el fondo, tenía razón. Porque yo no tenía ni puta idea de lo que estaba diciendo, sólo intentaba expresar de alguna manera lo que estaba sintiendo. Y eso nunca resulta sencillo ante una persona para quien la vejación, la humillación y la ignominia no son sólo argumentos retóricos, sino recuerdos en carne viva.
Puso fin a su silencio para decir:
-Me voy a leer un rato antes de dormir. No tengo ganas de cenar. Si quieres algo, te lo preparas tú mismo. Yo no soy tu cocinera.
-Pues yo tampoco pienso cenar- dije- Si mañana amanezco muerto de inanición, tú serás la única responsable.
-Asumo esa responsabilidad- dijo ella sin volverse.
-Déjame, al menos, algo para leer- supliqué a su espalda.
-¿Algo en especial?- ahora sí se volvió para mirarme.
-El "Ulysses", de Joyce. El monólogo de Molly Bloom siempre me pone cachondo.
-De acuerdo- dijo comenzando a subir las escaleras. Pero, cuando notó que yo la seguía, se volvió hacia mí- ¿A dónde vas?.
-A que me dejes el libro- dije yo aparentando naturalidad.
-De eso nada- dijo haciendo un gesto con la mano para detenerme- Yo te lo bajaré.
-Yo sólo pretendía ahorrarte el viaje- creo recordar que, cuando el juez le preguntó a Al Capone: "¿Cómo se declara?", el bueno de Alfonso respondió: "Inocente, Señoría". Tal vez lo hiciera para ahorrarle un juicio. Al fin y al cabo, aquel juez acabó absolviéndolo.
-Y yo sólo pretendo-dijo Mari Carmen, tan testaruda como aquel juez de Milwokee- Evitar que bajes rodando las escaleras de un puntapié.
-De acuerdo- dije yo quedándome al pie de las escaleras- No sabes cómo te agradezco esa
preocupación tuya por mi integridad física.
Mari Carmen no me respondió. Desapareció tras la puerta de su alcoba, alcoba y biblioteca, al parecer. Indudablemente, Manuel tenía razón, puede que el verso fundamental del viejo hermoso Walt Whitman, el de la barba llena de mariposas, fuese aquél: "No me cerréis vuestras puertas, altivas bibliotecas". Mari Carmen apareció instantes después con un libro en las manos. Bajó las escaleras con altivez, y las bajó todas, porque yo no osé subir ni un peldaño.
-Supongo que ese famoso monólogo está el el segundo tomo- dijo ofreciéndome el libro.
-Depende de los tomos- dije yo cogiendo mi presa y acariciando sus tapas.
-Buenas noches- dijo girando sobre sí misma y comenzando a subir las escaleras con la misma altivez con que las había bajado.
-¿Qué vas a leer tú?- dije yo desde la otra parte del puente levadizo.
-Es posible que alguna de las "Sonatas"- dijo girándose- Esta noche me siento fea, católica y sentimental.
-Presenta mis respetos al marqués de Bradomín.
-Y tú saluda de mi parte a la encantadora señora de Leopold Bloom. Está claro que lo tuyo son las mujeres casadas.
-Ya sabes que, en este país, a eso de los cuernos, lo llaman fiesta nacional.
-Y, claro, tú estás muy tranquilo, porque siempre muere el cornudo.
-A veces te coge el toro.
-A veces.
Volvió a desaparecer tras la puerta de la altiva biblioteca, y yo caminé despacio hacia la habitación de invitados, es decir, la mía, abrazado a mi presa, a ese libro que no estaba en la Biblioteca Municipal, sino en una biblioteca particular. Puede que un día de éstos hablemos de esa biblioteca, mi querido Don Matías. ¡Qué suerte tienes, cochino!.
sábado, 17 de noviembre de 2012
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