lunes, 30 de diciembre de 2013

COSAS DE BIGNÉ

                                                                      12-1-14
Se cuenta que hay bestias que viven de otras bestias. Por ejemplo, los vampiros viven de la sangre de otros miembros de su misma especie, que no son vampiros, claro, pero son bestias como ellos. Los ladrones viven a costa de los bienes de otros miembros de su misma especie, que no son ladrones, claro, pero son bestias como ellos. El problema son los políticos, ¿son los políticos bestias que viven de otras bestias?. Los políticos corruptos se forran mientras ejercen la política a costa de miembros de su misma especie, que no son políticos, claro, pero son bestias como ellos. Los políticos no corruptos que, como as meigas, haberlos, haylos, se forran después aprovechando los réditos que les ha dado su participación en los privilegiados datos que les ha proporcionado su ejercicio político a costa de miembros de su misma especie, que no gozan de datos privilegiados, claro, pero son bestias como ellos. La mala gente, mal pensada, envidiosa, esa gente que muere de úlcera de estómago o de cáncer de hígado, no duda en llamar a los políticos vampiros y ladrones. Pero están muy equivocados. Ni un vampiro se parece en nada a un ladrón, ni un ladrón se parece en absoluto a un político. A un vampiro, si lo pillan, le clavan una estaca en el corazón y lo joden vivo. A un ladrón, si lo pillan y la policía no lo mata a hostias, lo encierran en una celda de mierda y tiran la llave. A los políticos no los pillan, los eligen en las urnas y, además, los elige el pueblo. Son héroes, magnánimos, honrados y, algunos, hasta santos. Dejad de hablar mal de los políticos, insensatos irresponsables. ¿O preferís que os mande a unos amigos y os rompan las piernas?.
                                                                      11-1-14
Cuenta la leyenda que durante el llamado Antiguo Régimen el poder venía de Dios directamente a la cabeza del rey. Por eso el rey nunca bajaba la cabeza mientras todo el mundo la humillaba ante él. ¿Cómo harían los pintores de corte para reflejar sus rostros y, peor aún, sus ojos?. Una de dos, o se los imaginaban, lo que significa que ninguno de aquellos reyes se parecía en absoluto a los cuadros que hoy se conservan de ellos, o un tipo parecido hacía de modelo, lo que viene a significar que parecerse, se parecen, aunque no sean. Un buen día, los franceses hicieron rodar la cabeza del rey y no vieron el poder de Dios por ninguna parte. Pero no dudaron de Dios, que los franceses son muy suyos, comenzaron a cortar las cabezas de los que no creían en Dios, en decir los diletantes, o sea, los nobles. Resulta que la aristocracia, esa clase privilegiada que utilizaba el poder de Dios para conservar sus privilegios, no creía en Dios, estaba formada por un hatajo de ateos y libertinos que se pasaban el día follándose unos a otros en el sentido carnal y también en el sentido metafórico. Y no sólo eso, luego lo escribían para que perdurara en la posteridad. Eran gentes cultas y refinadas, tanto, que jamás negaron ser unos hijos de puta impresentables y una lacra social, incluso presumían de ello. No morían con la cabeza bien alta sencillamente por que cuando te la cortan se cae al suelo, pero eso no es un problema de humillación, sino de gravitación universal. Los que siguen humillándose día tras día son los que cortaban cabezas, sobre todo cuando dejaron de cortarlas porque alguien les dijo que eso estaba feo. Siguen humillados y siguen ofendidos, pero no aprenden. Ni aprenderán, porque ni son cultos ni refinados y, por supuesto, jamás serán nobles.
                                                                         10-1-14
Todas las personas inteligentes tienen un certificado que lo demuestra. Las personas buenas tienen todas un título de bondad. Los hombres honrados tienen DNI. El resto son indocumentados, gente poco fiable, mala gente, por así decir, sin ánimo de insultar. Todo el mundo no tiene la suerte de ser español, los hay que quieren y no pueden. También los hay que pueden y no quieren. Pero ni a unos les vale querer, ni a los otros no querer. Según parece, ser lo que se quiere es muy diferente de querer lo que se es. Uno puede querer o no querer lo que es, si lo quiere, todos felices, si no lo quiere, ajo y agua. Pero si uno es lo que quiere, la cosa plantea serias dudas, ¿de verdad es eso lo que quieres?, ¿no será mejor que seas lo que te mandan y, de esa forma, evitarás problemas, hostias innecesarias y una muerte prematura?. Pero, ¿qué pasa si uno es lo que no quiere?, ¿tan jilipollas es uno?. No será que no te dejamos, puedes ser lo que te dé la gana, éste es un país libre. Y no me vengas ahora con que no es tu puto país, porque te hostio, que para eso mando, puedo y quiero. Porque yo sí soy lo que quiero y quiero lo que soy, como la gente decente. No soy un indocumentado, como otros, ni un parásito, ni un renegado. Hazme caso, chaval, no te metas en política, haz como yo. No te metas en líos, a ver si la liamos. Déjanos a nosotros, que sabemos lo que hacemos y sólo queremos tu bien. Ya verás como nos lo agradeces algún día. Porque nos lo vas a agradecer por la cuenta que te corre. Estás avisado.
                                                                           9-1-14
Una de las consecuencias de habernos criado en una dictadura estrafalaria y haber sido educados por una caterva de maestros ignorantes, estúpidos y pederastas, es que todos hemos querido ser santos alguna vez. Ser torrado en unas parrillas enormes, frito en aceite hirviendo, eso de que te saquen los ojos y te corten la lengua, o que te arranquen la piel a tiras. Sufrir el martirio durante horas y horas o, con un poco de suerte, durante días y días. ¡Qué maravilla!. Y no se trataba de ir al cielo directamente sin pasar por el purgatorio, de eso nada, era el martirio en sí. Para entendernos, algo así como procrear: no se trata de traer hijos al mundo, sino de follar, el hecho en sí de follar. Aunque, dónde va a parar. Un buen martirio siempre será mejor que el mejor de los polvos. Cristo no era un tipo que andaba por ahí haciéndose amigo de los desposeídos, de los perseguidos, de los miserables y, encima, llamándolos bienaventurados, de eso nada. Era un tipo al que azotaron hasta dejarlo hecho un cristo, al que pusieron una corona de espinas, al que crucificaron clavándolo con clavos. Cierto que ha habido verdugos más brutos y gente que lo ha pasado peor, pero esa gente era torturada a la fuerza, porque les dio la gana a otros. Pero este tío de Nazaret se lo pasó como Dios, le dio la gana a él. Bueno, al Padre. Pero el Padre era el Hijo y el Hijo era el Padre. Y eso sin contar al Espíritu Santo, que era Padre, Hijo y un pájaro de cuidado. Tenemos suerte de no ser musulmanes o judíos, esos fanáticos religiosos. Esos terroristas. Somos buena gente, tenemos Democracia, y un gobierno que se preocupa por nosotros y nos cuida... Y que nos va hacer santos el día menos pensado.
                                                                        8-1-14
Francos ha habido siempre: Astérix y Obélix ya lo eran. Los romanos los llamaban galos porque los putos romanos de mierda aquéllos llamaban Galia a Francia. Pero un día llegaron los francos, mataron a todos los romanos y a todos los galos y dejaron claro que aquella era su tierra desde tiempos inmemoriales. También dejaron claro que ellos siempre habían estado allí y que aquello siempre se llamó Francia. Y punto. Un poco más al sur, las cosas estaban más jodidas. Resulta que Hispania era Hispania con y sin romanos, nunca fue Gótica, es decir, la patria de los godos, gothorum patria. Y, claro, como tampoco tuvimos asterises ni obelises y sólo tuvimos ditalcos audaxes y minuras asesinando viriatos lusitanos y siendo asesinados por romanos que no pagaban a traidores, pues resulta que ya se ha montado el lío y ni sabemos lo que somos ni, mucho menos, lo que queremos ser. Porque, va usted y le pregunta a un inglés: ¿tú qué quieres ser de mayor?, y va el inglés y te dice: yo, de mayor quiero ser británico y, además, inglés, monárquico y hooligan. No problemo. Pero llegas a un lugar al que unos llaman España y otros "eso", al que unos llaman Patria y otros también, pero resulta que no hablan de la misma patria, y lo más seguro es que te cierren la boca a hostias, o a tiros, que de todo hay, o ha habido. Si además, ese curioso lugar sólo destaca por su incultura, por su incivismo y por su marrullería dialéctica, vamos bien. Claro que, bien pensado, siempre ha sido así. Siempre hemos sido moros y cristianos, nobles y plebeyos, pícaros y mosenes, carne y pescado...
Somos un pueblo mil veces exterminado, saqueado y sembrado con sal que, como esos zombies titubeantes y desnortados, ni lo sabemos ni nos queremos enterar ye ye...
                                                                        7-1-14
Las personas simples y sencillas escuchan a los contertulios de la radio o de la tele, los oyen o los ven indignarse por cualquier cosa, porque Pepita no se afeita los sobacos o porque Pepito sí se los afeita, y ellos también se indignan. Y se suelen indignar mucho, casi tanto como se indignan los contertulios. A los contertulios les pagan por ser imbéciles y muchos de ellos estafan a la empresa que les paga porque se hacen los imbéciles, pero no lo son, es decir, no se ganan el sueldo. En el bar con los amigos, en la pelu con las amigas, en la casa de putas (o putos), son brillantes, ingeniosos, hasta inteligentes, como clientes o como currantes, que de todo hay. Pero en realidad son más falsos que Judas, niegan al Maestro más que Pedro y son más incrédulos que Tomás. Aunque lo suyo es crucificar, sin crucifixión no hay orgasmo, y mira que joden, pero nada. Hablar mal de la gente y que no te esperen en la esquina con una navaja, no es asunto sencillo, pero ellos lo tienen chupado, es decir, ya se lo han chupado todo a quien corresponda con la debida antelación por lo que pudiera pasar. Porque, imbéciles, no son, son listos de la hostia, pero lo de chupar, se les da de maravilla. Siempre se podrán ganar la vida en el cine pornográfico si un día se tuercen las cosas. Y aunque no se tuerzan si descubren que su vocación va por otro lado. A mí me gustaría ser contertulio y llamar puta a más de una y maricón de mierda a más de otro, que eso no es insultar. Puta es un oficio y maricón de mierda es un estado de ánimo. Eso sí, jamás osaría llamar a nadie contertulio de pacotilla
para que me demande y me toque un juez contertulio. Hay que ser imbécil...
                                                                        6-1-14
Hay una cosa que no vamos a discutir, ni ahora ni nunca: a Humphrey Bogart y a Ingrid Bergman siempre les quedará París. A mí, personalmente, no me me queda nada. He perdido la fe, la esperanza y la caridad cristiana. No es que esté loco por morirme, pero no me disgusta la idea y, cuando me haya muerto, todavía me disgustará menos. Pero, ¿qué os queda a vosotros, los que aún esperáis un montón de cosas de la vida?. O, ¿a vosotros que, como cobráis una suculenta pensión que os paga ese papá estado al que tanto aborrecéis, no tenéis ninguna prisa por moriros, es más, os jode de la hostia tener que moriros un día de estos?. ¿Os queda París?. ¿Es éste el principio de una gran amistad?. Una mierda pinchada en un palo es lo que os queda, o lo que es lo mismo, una papeleta con nombres que no conocéis de nada, que no son nadie, porque los que han puesto ahí sus nombres les van a pasar factura y los van a convertir en borregos a su servicio. Vosotros ni siquiera seréis borregos al servicio de esos jilipollas que se creen los amos, ni sois ni seréis nada. Eso sí, votar, votaréis. En el año treinta y tres, los alemanes también votaron. Y si se os ha pasado por la cabeza que, al fin y al cabo, la vida os sonríe porque los muertos siempre son otros, los desgraciados siempre son otros, los miserables siempre son otros y las putas siempre son las madres de otros, apañados vais. Claro que, en el fondo, tenéis suerte, cuando este mundo que estáis mandando a tomar por el culo se vaya por fin a tomar por el culo, estaréis todos muertos, lo habréis legado a vuestros hijos, a esos que queréis tanto, a esos por los que lo hacéis todo. Ese dios en nombre del cual pisoteáis a los diferentes se debe estar descojonando. Porque, con poco que se os parezca, ya ha decidido mandaros a todos al puto infierno.
                                                                     5-1-14
Nadie va a poner ahora en duda que Bruto era un hombre honrado, como dijo Guillermo el Bardo. Porque está claro que Marco Antonio no dijo tal cosa en su puta vida, ni siquiera al oído de Cleopatra mientras le ponía los cuernos a César. No, lo dijo el Bardo, o lo escribió primero y lo dijo después interpretando el personaje en su querido Globe. Pero la cuestión, aquí y ahora, sería qué coño significa eso de ser un hombre honrado. Porque todo el mundo sabe lo que es una mujer honrada, hasta el propio Bardo lo sabía: una mujer honrada es aquella que todavía conserva la honradez, o lo que es lo mismo, Cleopatra no era una mujer honrada. Mantener la honradez para un hombre, si no es maricón perdido, le resulta muy sencillo. Un hombre honrado sería, entonces, aquel que se pasa la vida deshonrando mujeres mientras él mantiene la suya intacta y virginal, es decir: Bruto era un hombre honrado, puede que Marco Antonio también lo fuera pero, desde luego, César no lo era en absoluto. Todo el mundo sabe que sus legionarios se lo tiraban antes de entrar en combate. Vivimos en un país lleno de hombres honrados que andan por ahí jodiendo a todo dios, pero que a ellos nos los jode ni cristo. Esos hombres nos gobiernan, nos dirigen, nos dicen lo que tenemos que hacer, lo que es pecado. Incluso, a veces, nos dicen buenos días y nos tutean, sobre todo si están ungidos con una corona impuesta directamente por la mano de dios, o de Franco, que viene a ser lo mismo. No olvidéis pagar la factura de la luz, ni la del agua, porque os la cortan. Y si os la cortan, ¿con qué deshonraréis mujeres para poder ser hombres honrados?.
                                                                      4-1-14
Ser rico es una enfermedad como otra cualquiera, como ser pobre, por ejemplo. Y no consiste en tener dinero, ni mucho menos. Los síntomas característicos del rico consisten en pensar que se merece lo que se es, o se cree que se es, independientemente de lugar y el momento en que se ha sido lo que se es, o lo que se ha creído ser. Tampoco es cierto que sean pobres de espíritu, en ese caso serían bienaventurados, y no lo son, están enfermos. Y eso de que no tienen corazón es un mito sin fundamento, incluso a algunos de ellos les funciona como un reloj. Un rico es una persona que es o se cree alguien, que tiene o cree tener cosas, y que esas cosas que tiene o cree tener son suyas por derecho, por justicia y por merecimiento. Es decir, no sólo están enfermos, son, además, unos jilipollas. Si algún día a alguien le da por volver a tomar la Bastilla, sus cabezas rodarán por derecho, por justicia y por merecimiento. Otro mito muy extendido es que ser rico es una enfermedad genética, de ahí que se les llame a veces hijos de puta. Tampoco es cierto: se trata de una enfermedad grave, muy contagiosa, pero en absoluto genética. Un rico puede tener un hijo absolutamente pobre que, con el tiempo, sea más pobre todavía. De la misma forma que un pobre puede tener un hijo absolutamente rico que, con el tiempo, llegue incluso a ser millonario. Rico no se nace, como no se nace tonto del culo, rico se hace uno con el tiempo, poco a poco, a fuerza de creerse las mentiras de los otros ricos y como paso previo a ser tonto del culo. Y si alguno piensa que está vacunado contra esa enfermedad y con él no va la cosa, eso significa que ya es un tonto del culo y se volvió rico hace mucho tiempo. Yo me he comprado una crema que me hace pobre, me ha costado una fortuna, pero alguna ventaja habíamos de tener los ricos. ¿O no?.                                                                  
                                                                     3-1-14
Todo el mundo ha jurado alguna vez morir por una bandera, por la que sea, eso no importa, no vamos a echarles en cara ahora a los alemanes que juraron morir por la bandera del III Reich, ni tampoco a los que murieron por la bandera española monárquica habiendo jurado morir por la republicana. Lo curioso de todo esto no es que sea una barbaridad ontológica, lo realmente curioso es que luego, si llega el caso de morir de verdad, nos toca los cojones tener que morir por la puta bandera. Y es que esos trapos de colorines son la hostia en verso, incluida la de las dos tibias cruzadas y la calavera, aunque ésa, por lo menos, es en blanco y negro. Yo podría decir: eso a mí no me pasa, yo nunca he jurado morir por ninguna bandera. Decirlo, podría. Mentira, sería. Pero, claro, también mentí cuando juré. Y, ¿qué se puede esperar de un mentiroso?. Otra cosa es que, aprovechando que pasa el tiempo y que se supone que maduramos y vemos las cosas con más amplia perspectiva, achaquemos aquellos juramentos tontos a nuestra inocencia, a nuestra ardiente juventud o a nuestra ignorancia de entonces. Yo prefiero aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid para, ya que estamos, apostatar, abjurar, maldecir... y cambiar de bandera.
                                                                    2-1-14
Hace muchos años, comencé llamando a España país. Luego me lo pensé mejor y comencé a llamarla estado. Finalmente, he optado por llamarla esa cosa. Nunca me he sentido especialmente orgulloso de ser español, pero jamás me había sentido tan avergonzado de serlo como me siento ahora. Y no es que quiera ser inglés, pongamos por caso, ni loco, vamos. Ni tampoco francés ni nada por el estilo. No se trata de eso.
Es otra cosa, un como anda y que os den... Por ejemplo, si yo fuese diputado del Partido Popular, me tiraría a todas mis secretarias, y voto a Dios que tendría muchas. Eso sí, luego no las dejaría abortar a las muy putas.
Y preguntará usted, caballero de reluciente armadura, derecho de pernada y miembro de tan ilustre formación política: ¿Qué ocurriría si fuese usted diputada, es decir, miembra, de tal partido?. Exactamente lo mismo: tirarme a todas mis secretarias, porque si yo fuera mujer, sería lesbiana, y si fuera una mujer de derechas, es decir la hostia de rica, sería más lesbiana todavía. ¿Alguien ha preguntado en la sala qué haría de ser ser diputado del Partido Socialista Obrero Español?. Muy sencillo, primero le quitaría el "di" y luego el "do", y cobraría cincuenta euros, ni un céntimo menos. Eso sí, si fuese miembra, como sería lesbiana, lo haría gratis hasta con las miembras del enemigo. Porque esta cosa no va de rivales, sino de enemigos, hemos inventado los talibanes laicos y los beatos infieles. A las tortillas de patata les echamos muchos cojones y pocos huevos y violamos a la convivencia por delante y por detrás pero, eso sí, de abortar, nada.
                                                                   1-1-14
Cuando hago examen de conciencia, me ocurre algo muy curioso: no puedo hacerlo sin aplicar la transformación de Lorenz y el tiempo se dilata dada la velocidad con la que viajan los recuerdos. De ese modo, todo lo que pude haber hecho o dejado de hacer carece de sentido. No puedo haber tenido tiempo de ser tan malo. Por eso los pecados no me duelen, se curvan por efecto de la gravedad y me resbalan. La ecuación del propósito de la enmienda no me cuadra, ni con transformación, ni sin ella. Si un medio más un medio, para Einstein eran cuatro quintos, o yo estoy muerto y mi punto de observación me impide verlo, o no estoy todavía aquí y ahora, pero lo estaré allí y luego. Como no lo tengo claro, no tengo intención de jugar a los dados con el Universo. Mi confesor es un pervertido que sólo quiere saber de mis pecados para hacerme luego chantaje, es una especie de Wert, pero un poco menos hijo de puta. Eso sí, de la penitencia no me escapo, llevo cumpliéndola desde que nací, y la voy a seguir cumpliendo después de muerto. Porque he nacido en un mundo donde los privilegios los reparte dios, es decir, el malo de la película, el causante de las guerras, del hambre y de la miseria. Feliz año nuevo, estúpidos.
                                                                   31-12-13
A veces las cosas dependen de mí, pero una de esas cosas no soy yo. Yo no dependo de mí. Nunca. Mis ideas son las que son a pesar mío. Hay gente a la que quiero y hay gente que no me gusta nada, a pesar mío.
Pero no tengo ninguna intención de echarme a llorar por ello, en el fondo me gusta la idea. Sobre todo cuando se trata de libros, porque, dada su eternidad y su cabezonería, ¿por qué había yo de amar a unos y odiar a otros?. Podría amarlos a veces y odiarlos de vez en cuando, porque yo no soy como ellos, yo soy como la gente, el viento manda y soy lo que soy a pesar mío y dejo de serlo aunque me toque los cojones. La otra gente, esos que son como yo, viento y olvido, me aman o me desprecian a pesar suyo. Si un día dejan de amarme es porque jamás me amaron y si dejaran de despreciarme (Dios no lo quiera), tendría  yo que hacer algo al respecto y eso sí que me tocaría los cojones. Una vez odié tanto a una mujer que me la hubiera comido, a mordiscos o a besos. La hubiera matado, a navajazos o a polvos. Pero hubiera sido a pesar mío. Y, a pesar mío, no lo hice.
                                                                 30-12-13
No puedo echaros de menos porque no me puedo permitir el lujo de tirar por la borda los cuatro putos días de vida que me quedan. Es cierto que os quiero, que tengo una apetencia por vuestra compañía, pero no pienso consentir que un gramo de puta melancolía ilumine la ausencia del aire de vuestro viento. No pienso añorar lo que nunca fue, o si fue, no lo tengo muy claro. No voy a morirme y dejaros tirados, ni voy a dejar de quereros sólo por esa tontería de morirse uno. Ese buen amigo que siempre va conmigo, lo que de verdad me enseñó, fue el secreto de la misantropía. Así que me voy a morir tranquilamente encerrado en mi cueva, como un oso solitario, pero feliz de la hostia cada vez que pueda reírme con vosotros, pero oso otra vez en mi caverna. Empecé siendo yo contra el mundo hasta que fue el mundo contra mí, para acabar siendo yo mi mundo, mi enemigo y mi asesino. Pero os quiero, que quede claro que os quiero. Sin necesidad de que me queráis a mí, aunque podéis hacerlo si os apetece, me importa un güevo. Así, si lloráis, será por vosotros, no por mí. Yo, ni me enteraré que he muerto.

lunes, 2 de diciembre de 2013

LOCUS AMOENUS JORNADA POSTRERA

                                                          JORNADA POSTRERA

El rostro de Pedro apareció sobre mí en contrapicado, en uno de esos nefandos planos característicos de algunos realizadores cinematográficos que se creen inteligentes. Era un plano abyecto, descentrado, de un equilibrio estético absolutamente pésimo, desenfocado, absurdo. Tal vez estaba soñando, pero era poco probable, porque los planos de las películas de mis sueños suelen ser razonablemente elegantes, con un mínimo de pudor expresivo. Yo jamás hubiese hecho una película con un plano así. A pesar de todo, la idea de estar soñando tenía un fundamento lógico. Yo siempre me despierto sumido en una modorra de tránsito, en fundido encadenado, nunca en corte brusco. Había una manera de comprobarlo, si cerraba los ojos y continuaba viendo a Pedro en contrapicado, la cosa estaría clara, indudablemente yo estaba soñando con Pedro, y mi sueño era una película horrorosa. Pero todo se oscureció cuando cerré los ojos, aquello no era un sueño, y yo me había despertado de forma abrupta y traumática. Incluso cabía la posibilidad de que yo hubiese sido despertado por Pedro, por razones que en ese momento no era capaz de descifrar. Y, como no me gustó la situación, intenté girarme con la intención manifiesta de reintegrarme a mis sueños, que siempre me han reconfortado más que cualquiera otra cosa. Pero, al parecer, no eran esos los planes de Pedro, que me sujetó por el hombro, impidiendo que me girara, y reincidiendo en su inmisericorde postura.
-Buenos días- dijo sonriente e impertérrito.
-Pero,¿cómo te atreves...?- balbucí humillado y ofendido.
-¡No te pongas así, que llevas durmiendo más de diez horas!.
-¿Qué hora es?- no es que me importara mucho la maldita hora que pudiera ser, pero había sido él quien comenzara a hablar sobre las horas.
-Casi las seis y media, una hora excelente para levantarse.
-¿De la mañana?- bramé ofuscado.
-Naturalmente.
-Eso es un mito. No existen las seis y media de la mañana. Seguro que ni han cantado los gallos.
-Lo han hecho, dos veces.
-¡Ah!, ¿sí?. ¿Y cuántas veces has negado tú al Maestro?.
-Tres, creo.
Luego era cierto, aquél era Simón Pedro, los gallos habían cantado dos veces, y eran las seis y media de la mañana. Yo estaba despierto, despejado incluso, y toda una larga jornada amanecía para mí, o estaba a punto de amanecer. ¿A qué hora amanece en los pueblos por los que nunca se pasa?.
-¿Cómo te gusta el café del desayuno?.
-Deliciosamente frío, la tostada con miel encantadoramente dura, y una notita junto a una rosa roja donde diga "Je vous aime", si es posible.
-Lamento tener que decirte que habrás de tomar el café caliente, la tostada con miel recién hecha, y respecto a la declaración de amor, te la haré oralmente, si no te importa.
-No se puede tener todo en esta vida.
-Eso es derrotismo, camarada. Pero, por esta vez, no te denunciaré.
Pedro me abandonó, dispuesto a ejercer las labores de ama de casa con una impudicia encomiable. Al parecer yo estaba condenado a que individuos de la calaña del caballero del triste tricornio, del tabernero loco, o del bolchevique adorable, me prepararan el café del desayuno. Me resigné a mi suerte, ¿qué otra cosa podía hacer?, y me dirigí al cuarto de baño aguijado por la sospecha de encontrar un lúgubre y desapacible reducto, un agua fríamente asesina, y un espejo despiadado dispuesto a reflejar una imagen turbia y espantosa de mi faz de sueños rotos. Pero no fue así, el cuarto de baño resultó ser un lugar agradable y acogedor, el agua se mostró cálidamente refrescante, y el espejo, si bien no reflejó la imagen de un Apolo victorioso, sí me regaló el rostro de Narciso satisfecho. Aparecí en el salón envuelto en la bata de Pedro y calzado con sus zapatillas. No pregunté por mi ropa, pero eso, a Pedro, no pareció importarle demasiado.
-Tu ropa está secándose. Cuando volvamos estará lista. Mientras tanto, te dejaré un mono y unas botas.
-¿De dónde hemos de volver?.
-He pensado que un sano ejercicio físico te vendrá bien.
-¿Vamos a correr un rato?.
-¡No, hombre!, Ésa es una estúpida manera de malgastar energía. Iremos a la huerta, a escardar patatas.
-¿Cómo te atreves a proponerme algo así?, ¿acaso no sabes que yo soy un ser inútil por naturaleza?.
-Por naturaleza, no. Nadie es inútil por naturaleza.
-Si vos lo decís...
Nos sentamos a la mesa frente al humeante café y las tostadas recién hechas. Debo insistir en la mano de Pedro para eso del café. Magnífico, casi excelso. A él no se lo dije, tenía cara de saberlo ya.
-Supongo que a estas horas- eso sí que se lo dije- Josefa dormirá en el más dulce de los sueños.
-Yo también lo supongo- respondió él mordiendo su tostada, con cara de amante orgulloso y cumplidor.
-Tal vez eso sea mucho suponer- dije yo, intentando destrozar aquel orgullo que, honradamente, siempre me ha repateado.
-Tú lo has supuesto primero- sentenció Pedro con una tranquilidad escalofriante.
-Sí- me defendí, notablemente picado- Pero yo sólo lo he supuesto. Tú has dado la impresión de saberlo con certeza.
-No puedo saberlo con certeza. Como tú, sólo puedo suponerlo.
-Pues yo no soy quien ha dormido con Josefa.
-Ni yo tampoco.
-¿Hay algo que yo no sepa y que, tal vez, tú deberías decirme?.
-Sí, lo hay. Anoche, después de acostarte tú, Josefa decidió visitar a Mari Carmen y quedarse a dormir con ella.
-¿En la altiva biblioteca?, ¿sobre el tálamo del níveo edredón?.
-Es muy probable. ¿Conoces tú ese tálamo?.
-Sí, lo conozco.
-Comprendo. ¿Puedo hacerte una pregunta estúpida?.
-Me temo que sí.
-¿Queda alguna mujer en este pueblo que no te hayas tirado todavía?.
-Quédanlas, camarada, quédanlas. Mari Carmen, por ejemplo. Una noche le hice compañía porque estaba muy triste, pero nada más. Mi conocimiento de su tálamo no fue bíblico en absoluto.
-¿Eso es todo?.
-Bueno, no. Una mañana espié por la puerta entreabierta, y las vi, a Isabel y a ella, durmiendo plácidamente, desnudas. Fue el espectáculo más arrebatador que he tenido ocasión de contemplar en toda mi vida.
-¿Y qué hiciste?.
-Me avergoncé y huí. ¿Crees que Mari Carmen y Josefa estarán ahora mismo de aquella guisa?.
-Lo dudo. Josefa no acostumbra a dormir desnuda. Y Mari Carmen, que yo recuerde, tampoco.
-¿Puedo hacerte una pregunta estúpida?.
-Me la merezco, ¿verdad?.
-Sí, te la mereces. ¿Queda alguna mujer en este pueblo que no te hayas tirado todavía?.
-Por supuesto que quédanlas. Yo jamás me acostaría con la mujer del cacique, ni con la hija del sargento de la Guardia Civil. Me lo prohíben mis principios.
-Tú no conoces a la mujer del cacique ni a la hija del sargento de la Guardia Civil, ¿verdad, camarada?.
-No, ya sabes que no.
-Son gente de tu pueblo. Deberías conocer a la gente de tu pueblo.
-Puede que tangas razón.
-Sobre todo a la mujer del cacique. Te quedarías de piedra si conocieras, aunque sólo fuera por encima encima, a Isabel Gavidia.
-¿Hay algo que yo no sepa y que, tal vez, tú debas decirme?.
-Haylo, querido amigo, haylo. Pero no ahora. En otra ocasión, si no te importa.
-Soy un hombre pacífico, y sin prisas de ningún tipo. Por cierto, y hablando de amigos queridos, aún no te he dado las gracias por lo que hiciste ayer.
-¿Qué hice ayer?, ¿emborracharme como un cerdo en una taberna de las afueras, y poner a prueba la misericordia de un tabernero honrado?, ¿consentir que tú me sacaras de allí, me abrieras la puerta de tu casa, me sentaras a tu mesa, y me ofrecieras tu cama?. ¿Fue eso lo que yo hice ayer?.
-Yo no lo veo de esa manera.
-Porque eres un hombre bueno, en el buen sentid de la palabra. ¿Qué le vamos a hacer?.
-Anoche, Josefa se olvidó por un momento de ella misma, y se fue a casa de su amiga Mari Carmen, para estar con ella y para consolarla. Me emocionó que hiciera eso.
-Supongamos por un momento que hice algo por Josefa. En todo caso, lo hice por ella. Debes saber, camarada, que yo estoy enamorado de tu esposa.
-La hará muy feliz saber eso. Josefa piensa que lo que sientes por ella es una especie de amor fraternal.
-Yo no siento amor fraternal ni por mis hermanas.
-Cada uno es como es.
-Y tú, ¿qué?. ¿No estás celoso?.
-¿Por qué había de estarlo?. Además de mi esposa, como tú la llamas, tienes a la hija del sargento de la Guardia Civil, a la mujer del cacique, y a la secretaria del Ayuntamiento. Yo sólo la tengo a ella, y eso Josefa lo valora mucho. Yo tengo todas las de ganar, y tú no tienes nada que hacer. Así son las cosas.
-Y ella te tiene a ti. ¡Qué suerte tenéis los dos, so cochinos!.
-Las patatas nos esperan. ¿Qué tal un poco de ejercicio?.
Nos pusimos en marcha. Yo me embutí en un mono de Pedro que me apretaba ligeramente por todas partes, y en unas botas que me venían grandes. Definitivamente, Pedro tenía menos humanidad que yo, y mucha más superficie donde apoyarla contra el suelo, lo cual hacía de él una persona más sensata que yo, muchísimo más pragmática y, fundamentalmente, más segura de sí misma. Así son las cosas, como decía Pedro, con más razón que San Vladimiro el Siberiano. Caminamos hacia la huerta charlando de tonterías, de esas tonterías que le dan sentido a las cosas: el significado de existir, el sentido de la vida, y las curiosas y transitorias formas de las nubes. En opinión de Pedro, era la muerte la que colma de sentido a la vida, precisamente la muerte, esa cosa tan carente de todo sentido. Para él, vivir era una potencia del ser, y la consciencia de existir era la unidad en que se mide esa potencia. Lo cual me hizo sospechar que también Pedro era un chico de Ciencias. ¡Pobre Josefa!, ella, la chica de Letras, sola entre tanto depredador científico. Yo intenté argumentar que, desde mi punto de vista, morir no era sino el tránsito hacia el caos perfecto, y que, si la vida es una potencia del ser, se sigue viviendo en los demás después de muerto, o ¿no vivía Manuel en nosotros de la misma manera que Dios vive en la Hostia?. Puestos a hablar de hostias, Pedro reivindicó su ateísmo como un principio moral, algo así como una declaración de principios éticos. Ser ateo, para él, no significaba exactamente negar a Dios, sino combatir a sus secuaces. No, sicarios, dijo sicarios, eso es. La negación de Dios desde la mansedumbre y la paz de espíritu se llama agnosticismo. El ateísmo es una religión. Ése es el motivo por el cual Robespuierre, el entrañable Maxim, perseguía a los ateos  como a auténticos demonios que eran. En aquella Revolución, Pedro hubiera perdido la cabeza por la gloria de la Moral. ¿He dicho ya que mi amigo Pedro es comunista?. Llegamos a la huerta sin novedad, es decir, sin ni siquiera alcanzar un acuerdo-marco para aproximar nuestras posturas. He de advertir al público lego que los comunistas son hábiles negociadores: si les haces caso, estás perdido. Pedro me mostró el campo, y comenzó su exposición.
-¿Ves esos trozos de tierra que hay entre caballón y caballón?. Cada uno de esos trozos es una era. Once eras hacen una tahúlla. Se trata de lo siguiente: como puedes ver, el agua ha creado na costra sobre la tierra, hemos de romperla con mucho cuidado, para que los brotes salgan sin dificultad. ¿Crees que serás capaz de hacerlo?.
-Ya sabes que los asturianos somos muy brutos, y que a la mínima nos ponemos a buscar carbón.
-Supongo que será mejor que te fijes cómo lo hago yo. Una imagen vale más que mil palabras.
-¿Desde cuándo pensáis eso los comunistas?.
 -Desde nunca. Pero tú, desgraciadamente, no lo eres.
-Eso es verdad.
Puse toda mi atención en la manera como Pedro escardaba patatas, e incluso intenté imitarlo y todo, por ejemplo, en la manera como se pasaba la lengua por el labio superior. Pero algo no iba bien. Me incorporé y llamé su atención con uno de esos gritos guerreros que había visto tantas veces en las películas de indios.
-Oye, camarada, ¿de qué son esas partículas negruzcas que surgen de la tierra como almas en pena?.
-Son las patatas- dijo Pedro con esa seguridad de quien sabe lo que está diciendo- Las estás desenterrando todas.
-¿Y eso es grave?.
-Para la cosecha, sí. Fuera de la tierra no germinan, se mueren, y esas cosas me entristecen mucho.
-¿Existe algún remedio?.
-Todo en esta vida tiene remedio, amigo mío.
Con una delicadeza conmovedora, Pedro volvió a dar tierra a los fragmentos tuberculosos, hasta que cada uno de ellos volvió a ocupar su lugar correspondiente en la cadena alimentaria.
-No profundices- me aconsejó Pedro- Olvida tus benditas minas de carbón. Sólo se trata de romper la corteza de la tierra. Piensa que es tu madre, y que la estás acariciando.
-¡Hostia, camarada!, ¡qué hermosa imagen!, ¿de dónde la has sacado?.
-Hernández, supongo.
-Sí, es posible.
Y continuamos levantando la corteza de nuestra madre con la ternura de la azada. Cuando Pedro llegó al final de su era, a la mía le quedaban unos diez metros, pero no me ayudó a terminarla, sólo pasó revista pormenorizada a mi labor, y sonrió complacido ante los positivos resultados.
-Estás hecho todo un hortelano, muchacho- me dijo como el que coloca una medalla en el pecho triunfal del héroe victorioso.
-Gracias, camarada- respondí orgulloso- Es que eso de la madre, me ha llegado al regazo.
-Haremos un alto en el camino cuando acabes con tu era, ¿qué opinas?.
-¿Podré fumarme un cigarrillo?.
-Tus pulmones son tuyos.
-Celebro oír eso, camarada.
Cuando acabé mi era, no estaba tan deslomado como en principio había previsto. Pero no era cuestión de andar rompiendo planes de buena mañana, eso no es ético. Así que me eché las manos a los riñones, y lancé el quejido habitual de los mártires por la causa. Aquello conmovió el duro corazón de Pedro, dibujó una tierna sonrisa en sus labios, e hizo que acabáramos sentados en un ribazo, yo con mi cigarrillo encendido, y él con un par de manzanas que había cogido en un bancal vecino.
-¿Manzanas del pueblo?- pregunté yo.
-De Claudio- dijo Pedro sacándole brillo a una de ellas con la manga del mono- Son de un amigo mío que se llama Claudio. Manzanas del pueblo, como tú dices. Están ahí para que el pueblo se las coma, no para que un maldito ladrón burgués se forre con la plusvalía.
-¡Anda la hostia!- exclamé mientras me descojonaba por la emoción.
-¿Quieres probar una?. Son Delicius, y están muy buenas.
-Si son delicius, tendrán que estar buenas.
-Es el nombre de la variedad. Sólo tiene un problema, todas sus flores son femeninas.
-¿Y eso es malo?.
-Claro, hombre. No se pueden fecundar entre ellas. Y, si no hay fecundación, no hay manzanas.
-Y eso que tienes en la mano, ¿qué es?, ¿un testículo de ornitorrinco?.
-No, es una manzana. Fíjate bien en la rama de la derecha del árbol de donde las he cogido, ¿notas algo especial?.
-Sí, que tiene manzanas amarillas, y ésa es roja.
-Esa rama es de la variedad Golden. Sus flores son hermafroditas.
-¡Qué maravilla!. Yo siempre soñé con acostarme a la vez con Hermes y con Afrodita, ¿tú no?.
-No lo había pensado, pero no debe estar nada mal eso. Las flores Golden se fecundan entre ellas, y también fecundan a las flores Delicius. El resultado lo estás viendo, esta manzana.
-¿Cómo lo hacen?, ¿quedan para cenar y luego se pasan toda la noche chingando?.
-No, las pobres flores no pueden hacer eso. Suele ser el viento el que transporta el polen de unas a otras. Pero, en este árbol en particular, han sido las abejas. Las he estado vigilando, ¿sabes?.
-¿Y no te da vergüenza meterte de esa manera en las intimidades ajenas?.
-No, ni a las abejas tampoco. A las flores les da igual. Las flores no se avergüenzan de ser flores. ¿Sabías que las flores son en realidad los órganos sexuales de las plantas angiospermas?. Fíjate con qué alegría y con qué orgullo se exhiben. Es conmovedor.
-¿Tú crees que si nosotros fuéramos por la calle con los cojones al aire, la gente se acercaría para deleitarse con su perfume, y luego nos los cortarían para ponerlos en un búcaro con agua?.
-Pues no lo sé. La gente, a veces, reacciona de una manera muy extraña.
-Ahora que veo ese manzano con manzanas de dos colores, me estoy acordando de un tipo que conocí en El Franazo . Se llama Juan, y afirma ser amigo de tu padre. Dice que un cuñado suyo tiene un almendro que da melocotones.
-Conozco al cuñado de Juan, y conozco ese almendro. Da melocotones, ciruelas y albaricoques. Incluso da almendras. Se trata de una técnica de cultivo bastante habitual. ¿Ves ese campo de melocotoneros de ahí abajo?. Es el orgullo de mis posesiones terrenas. El tocón, la parte del tronco que arraiga en la tierra, es de melocotonero borde, muy resistente al frío y a las plagas. Pero las ramas pertenecen a la variedad Cofrentes, unos melocotones magníficos. Tienes que probarlos, Josefa es toda una maestra conservándolos en almíbar. Nosotros empleamos el término catalán empeltar, pero la palabra castellana es injerto.
-¿No os da vergüenza andar robándoles palabras a los pobres catalanes?.
 -En tu pueblo, ¿contáis el dinero en pesetas?.
-A veces.
-Pues también vosotros andáis robando palabras del catalán. Además, tengo entendido que también al gallego le habéis robado unas cuantas.
-Eso es cierto. Me temo que estamos asesinando la pureza de la raza. ¿Qué diría el doctor Pepito Goebbels si levantara la cabeza?.
-Supongo que lo mismo que Franco, o cualquiera de los nacional-loquesea ésos.
-Hablando del tocayo de tu padre, ¿tú crees que se está muriendo de verdad, o que todo es un montaje?.
-No creo que sea un montaje. La gente se muere. No hay excepciones.
-¿Afortunadamente?.
-No lo sé, ¿tú qué crees?.
-Nada, yo no creo nada. No hay excepciones, y punto.
-Pues eso.
-Trae esa manzana y la probaremos.
-Muerde sin miedo, ya le he quitado el sulfato.
Terminamos de escardar las eras, y nos hicimos con la tahúlla. Lo cual significa que Pedro hizo seis y yo cinco. O siete y cuatro, ahora no lo recuerdo bien, pero estoy seguro de que fue un uno en la quiniela. De regreso a casa, ante la perspectiva de un buen almuerzo, ganado con el sudor de las frentes, y supongo que de otras partes menos recatadas del cuerpo, Pedro se mostraba razonablemente satisfecho, porque en Pedro, hasta los polvos salvajes debían, como mínimo, ser razonables. Hablamos de mujeres, o algo así. Para el camarada Pedro, había tres clases de mujeres, las mujeres estúpidas, las mujeres inteligentes, y Josefa..Yo argumenté que no me parecía decente dejar de lado cinco años de colegio, seis de Bachillerato y entaisiete treceavos de Universidad, que nos enseñaron a clasificar a las mujeres en feas, guapas, fáciles y estrechas. Pedro no estuvo de acuerdo con mi argumento. Desde su punto de vista, la Dialéctica Histórica nos enseña que la injusticia impartida por los jueces, la ignorancia profesada por los profesores, y la mentira manipulada por los dueños de la verdad, han dado como resultado el libre albedrío del pueblo, la conciencia de las cosas, y las ideas de cada cual. A pesar de todo, somos seres racionales, podemos pensar, calibrar y decidir. Así las cosas, no estaría de más revisar ese concepto sobre la clasificación de las mujeres, o de las personas en general, que viene a ser lo mismo.
-Yo no sé para qué has estudiado tú- me dijo muy serio- Yo lo he hecho, y lo sigo haciendo, para comprender mejor el mundo.
-Pero la gente honrada estudia por un título que certifique su sabiduría- protesté airado.
-No tengo nada contra los títulos, los diplomas, o los honores académicos. Pero yo carezco de ellos, no los necesito para escardar patatas ni para empeltar melocotoneros. Josefa, sin embargo, sí necesita de los suyos para impartir sus clases. Supongo que son las reglas.
-Las reglas del juego... Hay una película de Renoir...
-Una película preciosa, realmente admirable.
-¿Te gusta Jean Renoir porque es comunista?.
-Me gusta Jean Renoir porque es un maestro, un director de cine genial.
Puestos a hablar de cine, con un tipo como Pedro, siempre se acaba hablando de Eisenstein, el letón Sergéi Mijáilovich. Qué le vamos a hacer, si la Tercera República tiene que ser una República Socialista, será, como siempre, lo que Dios quiera. Nada más llegar a casa, yo ya digo casa como si aquélla fuera mi casa, pero es que en este puto pueblo, me siento en casa incluso en medio de la puta calle, cosas de los pueblos, supongo, y de las casas. Pedro propuso torrar unas chuleticas que pertenecieron a un manso cordero que, como todos los corderos mansos, había pasado por este mundo con la finalidad de impartir la bienaventuranza de los dueños de la tierra. No en vano, Don Luis, el divino sordo de Calanda, utilizó corderos, y no lobos, para librar a los náufragos de la calle Providencia. Yo estuve de acuerdo enseguida, porque siempre he pensado que, para ángel con un par de cojones, ninguno hay como el ángel exterminador. Además, ¿qué mejor tema para un almuerzo confortante que la eterna polémica sobre el sexo de los cojones de los ángeles?. Tocaba a su fin aquella copiosa colación, cuando sonó la campanilla de la puerta. Aquella casa carecía de timbre en la puerta, en su lugar, lucía una hermosa campanilla que solía sorprender a los visitantes no avisados para solaz y regocijo de los moradores. Pedro atendió la llamada, mientras yo seguía prestando toda la atención que se merecía al vino pisado por los encantadores pies de Josefa. La sombra de Don Luis siempre ha sido mucho más alargada que la del ciprés de Don Miguel, con todos mis respetos para el señor Nadal. Volvió Pedro con el rostro enjuto, y una extraña expresión en la mirada.
-Hay un guardia civil en la puerta que pregunta por ti.
-¿Y tú qué le has dicho?.
-Que tenga la bondad de aguardar un instante.
-¡Felón!, esta mañana vendes al Maestro, y ahora me vendes a mí. Pero no te preocupes, de todos modos, sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. ¿Escondes armas en esta casa?.
-No. Odio la caza.
-Pues es una película preciosa. Lo mejor que ha hecho Saura en toda su vida- Ante aquel contraste de vida y misterios, de luz y tinieblas, medité un momento- Bueno, tampoco es tan grave. A fin de cuentas, estos cretinos se bastan y se sobran para matarse entre ellos.
-Si tú lo dices...
Me planté en el umbral, y miré a aquel tipo con su lustroso uniforme verde oliva y su ostentoso catafalco en la cabeza.. Verde, yo sí que te quisiera verde, cabrón.
-Usted dirá- creo que fui desagradable, huraño, maleducado y soez.
-Buenos días- dijo, amable, el guardia civil, llevándose la mano derecha abierta hasta la visera de su tricornio- ¿Don Vicente Mouriz?.
-Estáis hablando con él.
-Traigo un mensaje para usted. El sargento Pacheco me ha encargado le comunique que sería un honor para él que usted accediera a tomar una copa en su compañía.
-¿Debo acompañarle?.
-No señor. Mis órdenes son transmitirle a usted el deseo del sargento, nada más.
-¿Y ese deseo del sargento no tiene lugar ni hora?.
-No señor. El sargento no me ha dicho nada sobre el lugar ni sobre la hora.
-Y usted no lo habrá preguntado, claro,
-No señor. Yo no hago preguntas. Cumplo órdenes.
-En ese caso, puede usted retirarse.
-Con su permiso.
Y aquel tipo volvió a saludarme llevándose la mano al catafalco de su cabeza. Dio media vuelta, y se alejó con paso firme, probablemente satisfecho por el deber cumplido. Pedro estaba sentado junto a la chimenea, y me miró sin hacer preguntas.
-Matías me ha invitado a tomar una copa con él- dije yo tomando asiento a su lado.
-¿Ahora?.
-No lo sé, eso no me lo ha dicho el mensajero.
-¿Dónde?.
-Tampoco me ha dicho eso. ¿No te parece un mensaje muy extraño?.
-No necesariamente. Yo no sé hasta qué punto llega tu amistad con ese sargento.
-¿Quieres decir que, para mí, ese mensaje debería ser cristalino?.
-Supongo que sí. Todo es cuestión de leer entre líneas. ¿Nunca has leído entre líneas?.
-Es lo que he hecho toda mi vida. En este puto país, o lees entre líneas, o no te enteras de nada.
-En ese caso, descifremos el mensaje.
-La hora ha de ser ya. Es lo más lógico, ¿no te parece?.
-Estoy completamente de acuerdo.
-En cuanto al lugar, no debe tratarse de su despacho. Ha dicho tomar una copa, no ha dicho hablar. Y su despacho no es na taberna.
-Cierto. Por lo tanto, el lugar no es su despacho, sino una taberna.
-Una taberna que yo debo deducir inmediatamente.
-Una taberna que no puede  ser otra, que ha de ser la que es.
-Con una mesa vacante y dos sillas vacías.
-Ésa es la taberna.
-Manuel tenía mesa propia en cierta taberna, y en aquella mesa siempre había dos sillas, a veces tres.
-Sé a qué mesa te refieres.
-¿La conoces?.
-Manuel era amigo mío, ¿ya lo has olvidado?.
-No, camarada. ¿Cómo lo iba a olvidar?.
-Bien, tenía pensado ofrecerte una copa de brandy, pero será mejor que te la tomes con ese amigo tuyo en esa taberna que no puede ser otra.
-Supongo que volverás a tus quehaceres hortelanos.
-Por supuesto, amigo Vicente. Pero no se te ocurra preocuparte por eso, yo soy muy feliz en mis campos.
Dejé a Pedro recogiendo los platos. Me ofrecí a ayudarle en la limpieza, pero él insistió en que no hiciese esperar al bueno de Matías. No todos los días tiene uno la oportunidad de tomarse una copa con el asesino de su mejor amigo, máxime si esa confraternización alcohólica ha de tener lugar precisamente en la mesa que, en tiempos, fue de su propiedad. Nada me costó encontrar la taberna, comprobé que ya nada en Ayora me era difícil de encontrar. ¿Por qué a los malditos sitios nos unen más las pérdidas que los hallazgos?. Aunque, bien es cierto que no se puede perder aquello que no se halló antes. Matías Pacheco, el sargento comandante de puesto de la Guardia Civil de Ayora, estaba sentado en aquella mesa, en la misma silla en la que solía sentarse Manuel. Saludé a Emilio, al triste y noble Emilio. Mire usted, parecía decirme con su mirada, ese hijo de puta se ha sentado en la silla de nuestro amigo Manuel, afortunadamente, mi mujer se ha quedado hoy en casa, llorando, de lo contrario hubiéramos tenido número. ¿Cómo se atreve?, haga usted el favor de acercarse a él, y pregúntele que cómo se atreve. Un día de éstos, cogeremos las escopetas y les demostraremos que no se puede pisotear de esta manera la dignidad de las personas. Sostuve la mirada de Emilio para que pudiera ver que en la mía se reflejaba la misma desesperación y la misma impotencia.
-Hola, Emilio- lo saludé- ¿Qué toma el sargento?.
-Aguardiente. Me ha pedido una copa de aguardiente.
-Dame la botella, y una copa vacía.
Emilio me entregó una lustrosa botella llena de aguardiente asesino. No sé si se le pasó por la cabeza que yo pensaba hacer con ella un cóctel Molotov, o algo parecido, porque me la dio con una sonrisa de complicidad, que me emocionó en lo más profundo del alma. Matías vestía de paisano, es decir, de hombre. No llevaba el uniforme puesto, sino una chaqueta antediluviana, unos estúpidos pantalones grises, una camisa de un azul indefinible y una corbata que, más que elegida al azar, parecía la única representante de su especie en los armarios de su casa. Una de las mangas de la chaqueta no tenía inquilino, el brazo colgaba, sujeto por un pañuelo anudado al cuello, a la altura del pecho. Tenía todo el semblante de un hombre viejo y acabado, una incipiente barba blanquecina escarchaba sus mejillas y su cuello. Su mano hábil, la derecha, jugaba con una copa vacía.
-Buenos días, Don Matías- lo saludé deteniéndome frente a él.
-Bienvenido, Don Vicente- dijo alzando hacia mí una mirada perdida y opaca- Le agradezco en el alma que haya aceptado mi invitación. Tenga la bondad de tomar asiento.
Tuve la bondad de tomar asiento, escancié aguardiente asesino en su copa vacía, y después lo hice en la mía. Paladeó un sorbo, y dejó la copa sobre la mesa. Esperó a que yo también tomase un trago de mi copa antes de comenzar.
-¿Se ha follado usted a mi hija, Don Vicente?.
-Sí, Don Matías, me temo que sí. Lo siento.
-¿Y por qué lo siente usted, Don Vicente?.
-Es verdad, tiene usted razón. No lo siento en absoluto. Es más, me siento feliz y orgulloso de haberlo hecho.
-Me lo imaginaba. También Zoraida se siente feliz y orgullosa por ello. ¿Sabe una cosa, Don Vicente?, en mis tiempos, estas cosas no pasaban.
-No sea usted mentiroso, Don Matías. Claro que pasaban.
-Pero era pecado, Don Vicente. Nos sentíamos pecadores, no felices y orgullosos.
-¿Sigue usted pensando que es pecado, que su hija y yo somos unos malvados pecadores?.
-Yo no tengo derecho a juzgar a nadie, ya no. Y mucho menos a mi hija. Dígame una cosa, Don Vicente, ¿tiene usted intención de cortejarla?.
-No, Don Matías, no tengo ninguna intención de cortejar a Zoraida.
-Eso también lo imaginaba. ¿Sabe?, Zoraida no desea en absoluto ser cortejada por usted.
-Ya lo sé.
-Está hecha toda una mujercica, ¿verdad?.
-Toda una maravillosa y hermosísima mujer.
-Algo así como una bendición del Cielo, ¿no cree usted?.
-Lo más parecido que conozco a una bendición del Cielo, Don Matías.
-Cuando ella nació, yo no me alegré, ¿sabe usted?. Yo quería un niño, un muchachote que se llamara igual que yo, y que pudiese hacer todas las cosas que a mí me ha negado la vida. Yo pensaba que uno se proyecta en los hijos, que los hijos son algo así como la respuesta a nuestra ansia de inmortalidad, como otra oportunidad para nuestros sueños y nuestras esperanzas. No se puede usted imaginar el disgusto que me llevé cuando me dijeron que había sido una niña. Al principio pensé que Dios me había castigado por mi gran egoísmo. Pero resultó ser mucho más terrible de cuanto yo imaginara. Fue un parto difícil, mi esposa quedó tan mal parada después de aquella espantosa carnicería, que se secó. Ya no podríamos tener más hijos, ya no podríamos tener ningún hijo. Mi hija Zoraida fue siempre para mí una maldición del Cielo. Tanto, que ni siquiera me opuse a que mi esposa le pusiera ese nombre tan poco cristiano. ¿Cree usted que yo merezco que mi hija me quiera, Don Vicente?.
-¡Qué tendrá que ver lo que nos pasa con lo que nos merecemos, Don Matías!.
-¿No cree usted que hay Alguien que premia nuestros aciertos, y castiga nuestros errores?.
-No, por supuesto que no lo creo. Si fuese así, ¿qué hemos hecho usted o yo para merecer un premio como Zoraida?, ¿qué hizo Mari Carmen para merecer lo que le hizo el capitán González?. ¿Qué hacen los pantanos para merecer las orquídeas?, ¿qué hace el Sol para merecer la sonrisa de la Tierra?.
-Es usted un ateo, Don Vicente. Y un hereje.
-¿Se puede ser las dos cosas, Don Matías?.
-No lo sé. Yo sólo soy un pobre ignorante que cada día comprende menos cosas. ¿Un cigarrillo, Don Vicente?. ¿Qué tal si escancia usted un par de copitas más?. ¿Sabía usted que este aguardiente sale de un alambique clandestino, y que, cada vez que yo me tomo una copa, estoy prevaricando?.
-Don Matías, usted se ha pasado la Ley por los cojones desde que ganó su maldita guerra.
-Eso es cierto, ¿y sabe usted lo más terrible del caso?, casi siempre lo he hecho cumpliendo órdenes. A mí no me pagan por defender la Ley, Don Vicente, sino por defenderlos a ellos, por limpiarles la mierda.
-No se envenene usted la sangre, bastante veneno tenemos ya con este aguardiente asesino. Cuénteme una bonita historia, Don Matías, por favor.
-Debía estar anocheciendo. No lo sé, porque yo tenía cerrada la ventana de mi despacho. Estaba solo, Don Vicente. No de esa soledad donde todo el mundo te vuelve la espalda. Ésa la conozco, y contra ella ya estoy vacunado. Era la otra soledad, la más terrible, la del que se da la espalda a sí mismo. La soledad del asesino de su hermano, del único amigo, la soledad de la guadaña de la belleza, la soledad del sinsentido de las cosas...
-Le he pedido que me cuente una historia bonita, Don Matías. Estoy hasta los cojones de poetas tristes.
-Es una hermosa historia, Don Vicente, la más hermosa de las historias. Sonaron unos golpecitos en la puerta, y una voz dulce y armoniosa embriagó aquella atmósfera tétrica hasta acariciar mis oídos, "¿Da usted su permiso, mi sargento?". Era mi hija Zoraida...
-¿Me está diciendo que su hija Zoriada le habla de usted, le llama mi sargento, y le pide permiso para dirigirle la palabra?.
-No, Don Vicente. Mi hija Zoriada me habla de tú, me llama papá, y no me pide permiso para dirigirme la palabra, de hecho, apenas me la ha dirigido nunca. Pero, ¿sabe una cosa?, le agradezco mucho su observación. Lo que más admiro de usted, Don Vicente, es su sentido del humor. Me encantó desde que hablamos por primera vez en mi despacho hace... ¿mil años, quizá?, ya sabe usted que yo no creo en el tiempo.
-Y va usted a conseguir que yo tampoco crea.
-Cerró la puerta suavemente detrás de ella, se acercó a mí, y se sentó en mis rodillas. ¿Sabe usted?, a mi hija le gusta mucho ponerse esas falditas tan cortas que apenas tapan nada. Yo nunca le di importancia a ese detalle, porque siempre la había visto como a una niña, como la niña que me robó las ilusiones y las esperanzas. Pero, mire usted qué cosas, mi hija ya no es una niña, y tiene unas piernas preciosas y un culo tentador. Y, cuando me abrazó, me besó en la mejilla, y me susurró al oído: "A mí puedes contármelo, y puedes llorar todo lo que quieras. No se lo voy a decir a nadie, será nuestro secreto, amor mío". Cuando noté su aliento cálido junto a mi oreja, y el perfume delicado de su cuerpo pegado al mío... ¿Cómo se lo explicaría a usted, Don Vicente?.
-No tiene usted que explicarme nada, Don Matías. Yo también sentí lo mismo.
-¡Pero usted no es su padre!.
-¿Y qué?.
-¡No irá usted a decirme ahora que eso tampoco es pecado, que es la cosa más normal del mundo!.
-Yo no soy su confesor, Don Matías. No entiendo de pecados. Pero, ¿sabe lo que creo?, quizá que su hija lo quiera a usted con locura, que lo abrace, que lo bese, o que le susurre palabras dulces al oído, no sea la cosa más normal del mundo, pero es la más bonita, lo mejor que le puede pasar, y debería usted darle gracias a ese Dios en el que tanto cree. Y, si ese Dios prohíbe cosas así, debería usted mandarlo a la mierda.
-Dice San Juan que Dios es amor, Don Vicente.
-En ese caso, ¡alabado sea!.
-Le hablé a mi hija como no le había hablado antes, ni a ella, ni a nadie. De la señorita Campos, del capitán González, de lo que ocurrió la tarde anterior... Ella dijo que también tenía una historia para mí, y me contó su aventura, la de usted y ella. A propósito, tengo ganas de conocer a cierto tabernero loco.
-Un gran tipo.
-No lo dudo.
-Escuche, Don Matías. Sepa usted que me encantaría sentarme en sus rodillas, abrazarle y susurrarle palabras dulces al oído, pero me temo que la gente que nos mira no lo entendería. De todos modos, ¿cree usted que existe alguna posibilidad de que también a mí me cuente esas historias que le contó a Zoraida?.
-Lamento que su pudor le impida tomarse conmigo ciertas libertades, por lo que Zoraida me ha contado, se desenvuelve usted muy bien en esos quehaceres. Le agradezco su sinceridad, a pesar de todo. Y, sí, sí le contaré esas historias, pero, antes, permítame que le entregue este mensaje personal, que una mujer, a la que ambos admiramos, me dio para usted.
Buscó en el bolsillo de su chaqueta antediluviana con la torpeza de quien busca en prenda ajena. Sacó un sobre y me lo entregó. Escanció aguardiente en nuestras copas, me ofreció un Celtas corto, y me miró con un amago de sonrisa.
-Léala usted con toda libertad, Don Vicente. Por mí no se preocupe, yo ya lo he hecho.
-¿La ha leído?.
-Naturalmente. A pesar de lo que usted pueda pensar sobre mí, yo soy un caballero, y no podía defraudar a Doña Isabel Gavidia. Ella no lo merece.
-No sé si sabrá usted que la inviolabilidad de correspondencia figura en el Fuero de los Españoles.
-A mí el Fuero de los Españoles me la trae floja, Don Vicente. Yo soy un guardia civil como Dios manda. Pero este caso es diferente, he considerado una cuestión de honor permitir que Doña Isabel me dejara, una vez más, con dos palmos de narices. Lea usted, se lo ruego.
Desdoblé el papel y leí la nota de Isabel.
"Querido Bello Doncel:
Cuando leas esto, sólo mi recuerdo será para ti presencia, pero yo permaneceré en tus médulas con la eternidad de un suspiro. Sabes cuánto de mí se queda, y qué poco se marcha, pero estoy segura de que como albacea de mi corazón depositado, sabrás navegar sin brújula por los valles que me enervan y las montañas de mi eterno vértigo. Sé que serás capaz de acabar lo que yo empecé, en mí, en ti, en ella. No rechaces, insolente, lo que te ha sido dado, y trasciende tu torpeza, porque somos parte consciente del todo infinito. ¡Ah!, y una cosa, ¿todavía recuerdas cómo y dónde se masturba a una mujer?".
Doblé el papel cuidadosamente y lo volví a introducir en el sobre. Matías Pacheco me miraba con la mano extendida, y el paquete de Celtas cortos sobresaliendo de entre sus dedos.
-Fume usted, Don Vicente. ¿Sigue creyendo que el tabaco da cáncer?.
-Sigo pensando que lo único que me importa es que dé humo.
-Estoy seguro de que usted habrá comprendido todo lo que Doña Isabel le dice en esa nota.
-Sí, claro. ¿Y usted, ha comprendido usted algo?.
-No, Don Vicente, ni una palabra. Ni una sola de esas preciosas palabras. Tampoco me ha preocupado demasiado no comprenderlas, ya le dije que sólo las leí por una simple cuestión de honor.
-¿Cree usted que Isabel utilizó estas imágenes con la intención de tomarle a usted el pelo?.
-Verá, Don Vicente. Yo siempre he sentido un gran respeto y una gran admiración por Doña Isabel Gavidia. Pero ella siempre ha sabido que yo lo sabía todo sobre ella, y siempre ha pensado que yo pensaba que sólo era una puta, una roja, y una farsante. No olvide usted que yo soy el malo, el sargento de la Guardia Civil. Por eso, desde su inteligencia, siempre superior a la mía, se ha pasado la vida jugando conmigo. Ésta ha sido su burla de despedida, ¿por qué cree usted que me entregó la nota precisamente a mí, en lugar de confiársela a la señorita Campos, por ejemplo, o a esa profesora del Instituto, la señora Olaya, ya sabe, la esposa de ese comunista tan simpático amigo suyo?. Voy a echar mucho de menos a Doña Isabel. ¿Usted no?.
-¿Sabe su marido que Isabel se ha ido?.
 -Claro que lo sabe.
-¿Y no le preocupa a usted lo que ese hombre pueda hacer?. Tengo entendido que es el cacique del pueblo, que es un personaje poderoso y con influencias. Tal vez se sienta estafado y le tiente la venganza.
-Don Andrés Martínez no hará absolutamente nada contra Doña Isabel, esté usted tranquilo, Don Vicente.
-¿Por qué está usted tan seguro?.
-Porque conozco a Don Andrés Martínez, y él me conoce a mí. Sabe que si le hace algún daño a Doña Isabel, lo mataré igual que maté al capitán González. ¿Le he sorprendido, Don Vicente?.
-La verdad es que no. ¿Sabe usted una cosa, Don Matías?, yo siempre pensé que lo hizo Manuel. Pero yo no soy muy listo, nunca doy una. Por eso no me sorprende que, una vez más, estuviese equivocado.
-No, no es usted muy listo, Don Vicente. Si fuera usted listo, sabría que Sanchís jamás hubiese sido capaz de hacer algo semejante. Sanchís era un hombre valiente, y los hombres valientes saben morir. Matar es cosa de cobardes.
-Fume usted, Don Matías. ¿Qué más da que dé cáncer?.
-Gracias, Don Vicente. No están nada mal estos Habanos que fuma usted. Buen tabaco, sí señor, un tabaco excelente. Serían... sí, sobre las tres de la mañana. El capitán González me despertó, y me hizo que lo acompañara a su despacho. Yo estaba en pijama, ¿sabe usted?, y me puse por encima la capa de servicio para salir. Bajando las escaleras me di cuenta de que no llevaba puesto el tricornio, y estuve a punto de volver a por él. ¡Qué ridiculez!, en pijama, con la capa sobre los hombros, y echando de menos el tricornio. Sintomático, ¿no cree usted?. Tirado en el suelo, junto a la mesa, con las ropas destrozadas, estaba el cuerpo de la señorita Campos. El capitán me miró, tenía la cara blanca. Me dijo que había sido un accidente, que ella intentó agredirlo, y que no tuvo más remedio que... Mi pijama, es un pijama normal, no lleva pistola. Así que, la primera idea que me pasó por la cabeza, no pude llevarla a buen término. Me incliné sobre ella convencido de que estaba muerta. Al principio creí que era mi pulso acelerado el que resonaba en su cuello, y me hacía sentir la sensación de que era el suyo el que todavía sonaba. La lejana esperanza de que pudiera estar viva, me inundó de frialdad y dominio. Me incorporé, informé al capitán de que la señorita Campos estaba muerta, y le sugerí que dejase el asunto en mis manos. Yo ya lo había sacado de un par de situaciones comprometidas, y el capitán confió en mí una vez más. Le aconsejé que se retirase a descansar, que yo me ocuparía de todo. Me hizo caso. Llamé a Sanchís y al chófer la la Compañía, y les ordené que la llevasen inmediatamente al hospital. Con Sanchís hablé aparte, le ordené que se quedara junto a ella todo el tiempo que fuese necesario, que no se moviera de allí, y que, bajo ningún concepto, permitiera que nadie la visitara. Sus órdenes eran informarme de su fallecimiento en cuanto éste se produjera. En las condiciones en que se encontraba la señorita Campos, su fallecimiento era algo inminente. Me dirigí a mi despacho, y me senté detrás de mi mesa. Cogí mi pistola reglamentaria, le extraje el cargador, y saqué de él las ocho balas que contenía. Las coloqué frente a mí en perfecta formación, casi estuve a punto de ordenar que se alinearan. Una a una, les fui rompiendo el blindaje con mi lima de uñas, quería que hiciesen unos agujeros muy gordos cuando yo las disparara contra el capitán González. Yo esperaba la llamada de Sanchís anunciando lo inevitable. Y esperaba esa información para meterle al capitán González las ocho balas en lugares donde no le produjeran la muerte instantánea. Pero amaneció antes de que llegase esa información. Salí del cuartel, paseé, y me encontré de pronto frente a la puerta de la iglesia. En este pueblo tenemos una iglesia preciosa, bueno, tenemos varias, pero la principal, es todo un alarde de robustez y elevación, algo sólo posible en la arquitectura de una iglesia. Hay en la iglesia una imagen de la Virgen de los Dolores que siempre me ha producido una emoción muy especial. La busqué y me postré ante ella. Le hice un juramento, si Ella era capaz de interceder por la vida de la señorita Campos, yo prometía perdonar al capitán. Algo así como llegar al acuerdo de que nada había pasado, de que todo había sido un sueño, una pesadilla. De regreso al cuartel, tuve tiempo de hablar con un par de mis confidentes, sobre todo con uno. Un caso curioso este Cecilio, es confidente mío, y de todo el mundo, lo suyo es vocacional, se trata de un chivato compulsivo. Les informé que la señorita Campos había tenido un desagradable altercado con uno o varios forasteros, y que la habíamos encontrado tirada en una cuneta. Del resto de la historia se encargó eso que usted llamaría vox populi, esa curiosa entelequia capaz de imaginar las más extraordinarias historias. En un par de horas, los forasteros serían tres, viajarían en un coche que se dio a la fuga, y el lugar exacto habría sido la curva de La Pedriza de la carretera de Albacete. A mediodía, alguien habría visto el coche. De anochecido, uno de los agresores sería alto y moreno, otro tendría una cicatriz en la cara y el tercero parecería un tipo simpático. Indudablemente, serían forasteros. No se puede usted imaginar la maravillosa ayuda que, para nosotros y para nuestros enemigos, representan las habladurías de la gente honrada. En la puerta del cuartel, me encontré con la pareja que salía de correrías. Aproveché la ocasión para cambiarles el itinerario de su servicio. Deberían no alejarse mucho de la población, y tomar nota de cuantos comentarios curiosos llegasen a sus oídos. Me encontré despierto al guardia de puertas, y tuve que ordenarle que volviese a la cama, no pasaba nada, yo tenía asuntos que resolver en mi despacho y me haría cargo del teléfono, si necesitaba algo de él, ya lo llamaría. Sanchís me telefoneó entrada la mañana, es curioso lo que tarda en entrar la mañana cuando esperas que esa mañana sea la última. La señorita Campos estaba en coma, pero sus constantes vitales permanecían estables. Los médicos no se atrevían a dar pronóstico alguno, aconsejaban esperar y... rezar. Es lo que yo hice, esperar y rezar. Todo el día, toda la noche siguiente a aquel día, y toda la mañana del día de después. El capitán González escuchó los rumores del pueblo. Yo me lo imaginaba entrando en mi despacho hecho una furia exigiéndome una explicación. Pero sólo me hizo un comentario, durante la mañana del siguiente día, mientras esperaba el coche para salir a vigilar a la pareja. "Gracias, Pacheco. Lo ha hecho usted muy bien. Por cierto, ¿se sabe algo de esos individuos?". "No, mi capitán, le respondí, pero dé por hecho que los cogeremos", "Eso espero, me dijo con una sonrisa luminosa, y no olvide usted que son muy peligrosos. No vacilen en disparar". "No vacilaremos, dije yo devolviéndole la sonrisa, le juro a usted por la Santísima Virgen que no vacilaremos". Sonó el teléfono. Era Sanchís. La señorita Campos había salido del coma, estaba fuera de peligro. De todos modos, los médicos aconsejaban que permaneciera en el hospital unos días más, para unas pruebas, dijeron. Parece ser que estaban sorprendidos. Visité a la Virgen de los Dolores para darle las gracias por haber cumplido con su parte del trato. Y me acosté, después de cincuenta y seis horas sin dormir, me acosté. Y dormí como un bendito.
Escancié aguardiente en la copa del sargento Pacheco, y le ofrecí uno de mis Habanos.
-Pero usted no cumplió su parte del trato, Don Matías. Debe tener la Virgen de los Dolores un cabreo enorme.
-No, yo no cumplí mi parte del trato. Nunca perdoné al capitán González. Sólo procuré que no sufriera, y le concedí un último deseo.
-¿Un último deseo?.
-Sí, el capitán González tenía una especial debilidad por las felaciones. Yo propicié su encuentro amoroso, y le aseguro que murió con los ojos en blanco. Fue todo lo que pude hacer por él.
-¿Cree usted que la Virgen de los Dolores comprenderá eso?.
-¿Lo dice usted porque se habrá ido de cabeza al infierno?.
-Sí, por eso lo digo.
-Tiene usted razón, Don Vicente. La Virgen de los Dolores debe estar muy cabreada conmigo. Aunque me cuesta imaginármela cabreada. Si pudo perdonar lo que le hicieron a su Hijo, seguramente habrá perdonado al capitán González, y hasta es posible que pueda perdonarme a mí algún día.
-¿Y Manuel, Don Matías, también era necesario que muriera Manuel?.
-Ya le he dicho, Don Vicente, que Sanchís era un hombre valiente. El hombre más valiente que he conocido. Y un hombre sabio, capaz de enseñar la más luminosa de las lecciones sin apenas decir palabra. Si algún día, Don Vicente, en este bendito país, la gente puede expresarse libremente, andar sin miedo por la calle, y ser quien es sin temor a que una ley prohíba ser eso, se deberá a personas como él, que fueron capaces de ver las cosas antes que los demás, y tuvieron el coraje de afrontar su propia muerte por amor a la vida. Yo no soy capaz de entender ciertas cosas, porque, como ya le he dicho, sólo soy un cobarde, un ser mezquino que nunca ha visto más allá de sus narices. Esa misma mañana, la mañana de aquel trágico día, aquel trágico día fue antes de ayer, Don Vicente, toda una eternidad ha pasado desde entonces. Yo había escrito una confesión en regla para entregársela al juez. Llamé a Martínez para encargarle que la llevase personalmente al juzgado. Entonces entró Sanchís en mi despacho con la pistola en la mano. Martínez intentó sacar su arma, y Sanchís le disparó en el brazo derecho. A mí también me disparó, aquí, como puede ver, en este brazo, el izquierdo. Me llamó imbécil y me ordenó, sí, me ordenó que le entregara aquel sobre. Me había disparado por las buenas, porque yo no hice intención alguna de sacar mi arma. Pero entonces saqué mi pistola y le apunté a la cabeza. Hice un gesto con la mirada haca mis galones, y le ordené que dejase su arma sobre la mesa. Se rió de mí, y me invitó a que disparara. "¿Qué pasa, mi sargento, dónde están sus cojones de guarda civil?", recuerdo que me dijo. Comprendí su juego. Él no iba a disparar, quería que yo lo hiciera. Entonces le recordé que él también era guarda civil, y me interesé por el estado e sus testículos. Giró lentamente su arma hacia la cabeza de Martínez, y sonó un estampido. Cayó redondo, como un saco de patatas, antes de llegar al suelo, ya estaba muerto. Se había salido con la suya. Fui yo quien disparó. Fueron sus cojones los que ganaron. Entonces entraron el guardia de puertas y otro compañero, habían pasado veinte segundos como mucho, había pasad todo un mundo en veinte miserables segundos. Nos llevaron al hospital, el sobre se quedó encima de la mesa. Todavía sigue allí.
Escancié más aguardiente en su copa, y acepté uno de sus Celtas cortos. Una idea terrible se había cruzado en mi garganta, y no me dejaba hablar. Una como luz blanquísima se abría en mi cerebro, pero no quise decir nada. Sencillamente, esperé a que el sargento de la Guardia Civil, el asesino de mi amigo Manuel, continuara con su vómito desgarrado, con su confesión purificadora, con su confidencia catárquica. Debió adivinar que yo esperaba, y no me sentía capaz de decir nada. Me miró, y continuó:
-Intentaré exponerle lo más sencillamente posible la tesis de Sanchís, Don Vicente. Si yo resultaba ser el asesino del capitán González, cualquier pelagatos de tres al cuarto hubiese relacionado enseguida ese hecho con el percance de las señorita Campos. ¿Por qué el perro fiel mata a su amo querido, qué motivos pudieron impulsarle a ello?. Todo un regalo, incluso, para un aficionado. Y, en estos casos, Don Vicente, el procedimiento habitual suele ser limpiar la mancha del oficial implicado, a costa de lo que sea. A costa, por ejemplo, de machacar a la señorita Campos convirtiéndola en la puta rastrera, y roja, sobre todo roja, que llevó a la perdición al brillante y patriota capitán de la Guardia Civil. Lo más sencillo de este mundo es pisar una flor. Nos pasamos la vida pisando flores para recoger sucias monedas. Pero, supongamos por un momento que el asesino no soy yo, sino el propio Sanchís. La cosa cambia radicalmente. Sanchís y el capitán González se llevaban a matar. Eso es, a matar. El capitán lo había corregido dos veces, y no hizo que lo expulsaran, porque yo intercedí por él. Incluso llegó a decir en un par de ocasiones delante de los compañeros que acabaría pegándole un tiro si seguía tocándole los cojones. Además, como todo el mundo sabe, Sanchís estaba loco, no sólo mató al capitán, sino que intentó hacer lo mismo con el sargento y con uno de sus compañeros. Asunto resuelto, caso cerrado, fin de la historia. Nadie va a relacionar la muerte del capitán González con la señorita Campos, sobre todo, si el encargado de la investigación soy yo. ¿Y sabe usted lo más patético del caso?, ni siquiera he tenido la oportunidad de dar mi vida por una causa noble, hasta algo tan aparentemente sencillo tiene sus reglas. Mi papel en esta obra, ha resultado ser otro.
-Le ha tocado a usted el papel del malo.
-Así son las cosas.
-Pero ése no era el plan primigenio, ¿verdad, Don Matías?.
-No, Don Vicente, ése no era el plan original.
-¿Qué ocurrió con aquel plan?.
-Ya ve usted, se torcieron las cosas. En el mismo instante en que usted fue descartado, se torcieron las cosas.
-Pues le juro a usted que me jode que se hayan torcido de esta manera.
-Yo no lamento que se torcieran, sino el giro que han tomado.
-¿Tenía usted pensado aplicarme la ley de fugas?.
-No exactamente, pero lo puede usted llamar así.
-¿Manuel también estaba de acuerdo?.
-Ya ve usted que no.
-Me refiero al principio, cuando yo sólo era un vagabundo caído del cielo.
-Creo que Sanchís nunca estuvo de acuerdo. Supongo que me siguió la corriente mientras pensaba en algo mejor. Tengo la sensación de que siempre ha llevado las riendas de este asunto. Incluso ahora.
-Pero el asunto era cosa suya, quiero decir, de usted, Don Matías, que, como no tiene un pelo de tonto, diga usted lo que diga sobre sí mismo, debía encajar de puta madre.
-¿Qué quiere usted saber exactamente?.
-Por ejemplo, ¿cómo supo que había un tipo que no venía de ninguna parte ni iba a ningún sitio y por el que nadie iba a preguntar, en un barucho perdido?.
-No voy a darle a usted lecciones de Historia, porque usted ha leído sobre el tema y debe saber,  por ejemplo, por qué Hitler pudo hacer lo que hizo en Alemania, o por qué los alemanes invadieron Francia en dos meses. Incluso puede que hasta sepa por qué fuimos nosotros los que ganamos la guerra y no la República.
-¿Qué pensaba Manuel sobre eso?.
-Sanchís estaba loco, al menos eso fue lo que usted le contó a mi hija sobre cierta aventura en cierto pueblo lleno de mentiras.
-Sí, aquellas muchachas de aquel pueblo con muchas más verdades que mentiras, me dijeron que Manuel estaba loco, que ya no quedaban locos como él, y que lo cuidara. Pero ya ve usted cómo lo he cuidado.
-Usted no tiene la culpa de que fuese precisamente Sancho quien matase a Don Alonso.
-¡Me cago en la madre que lo parió, Don Matías!, y en la puta altiva biblioteca de la maldita señorita Campos. ¿Qué pasa, que también usted ha leído todos los libros?. ¿Queda alguna mujer en este pueblo que aún no se haya tirado?.
-Me confunde usted con Sanchís, Don Vicente. Y yo soy el malo, ¿recuerda?.
-Sí, Don Matías, usted es el puto malo, lo recuerdo perfectamente.
-Pues volvamos a Sanchís, según él Hitler hizo lo que hizo porque Alemania estaba llena de nazis, Francia cayó en dos meses porque Francia estaba llena de nazis y nosotros ganamos la guerra porque la República estaba llena de comunistas, que viene a ser lo mismo que llena de nazis.
-Y, como este puto pueblo de mierda está lleno de fascistas de mierda y de putos chivatos de mierda, usted se enteró de que había un vagabundo de mierda en una puta taberna de mierda...
-... eligiendo tercio en vez de quinto...
-Ya tenemos al puto asesino del puto capitán, ¡Aleluya, hermanos, Dios ha venido en nuestro auxilio!.
-Me conoce usted mejor que si me hubiera parido, Don Vicente.
-A usted no lo conoce ni la madre que lo parió, Don Matías.
-Ya ha mentado dos veces a mi santa madre, ya ha cantado el gallo dos veces.
-Yo me voy a cenar con Manuel y se presenta Mari Carmen así, por las buenas, de puta casualidad. Me invita a quedarme a dormir en su casa así, por las buenas. ¿Cómo fui tan jilipollas que no sospeché nada?.
-Sí sospechó, pero con una mujer así, usted hubiera caminado sin preguntar hacia el patíbulo.
-¿Utilizó usted a Mari Carmen?.
-La utilizamos Sanchís y yo, eso es cierto. Ella es inocente.
-Hay un matiz al que no llego...
-Sí que llega, Don Vicente, claro que llega. ¿Que mejor forma de cazarlo que en casa de su víctima intentándolo de nuevo?. Y lo mejor de todo es que el capitán quedaba como un héroe. Él lo descubrió, por eso usted  lo quitó de en medio, y ahora pretendía hacer lo mismo con ella. Como es natural, lo de la prostituta y la felación jamás figurará en ningún atestado. Un asunto resuelto al más rancio estilo patrio.
-¿Cree usted que Manuel llegó a contarle a Mari Carmen toda esa estratagema?.
-¿Contarle que pensábamos matarlo como a un perro en su propia casa y echarle la culpa de lo que le hizo el capitán?. ¿Qué concepto tiene usted de la señorita Campos?.
-Pues usted me dirá cómo pensaban hacerlo...
-Muy fácil, Sanchís nunca pensó hacerlo. Igual que Doña Isabel Gavidia, Sanchís se ha pasado la vida tomándome el pelo.
-¿Y Mari Carmen?.
-No, la señorita Campos jamás me ha tomado el pelo. Ni siquiera me ha engañado nunca, quiero decir que nunca me mintió ni me habló con medias verdades. Yo a ella tampoco.
-O sea, que usted sí se lo contó.
-Sí, yo sí se lo conté.
-¿Y estuvo de acuerdo?.
-No creo. Pero lo tenía muy difícil, o yo iba a un paredón de fusilamiento, o Manuel daba la cara por mí... Creo que eso era lo que más miedo le daba.
-Yo, hubiese optado por el puto vagabundo, y encima le habría hecho un favor...
-Pero, la suerte ya estaba echada. Sanchís ya había cruzado el Rubicón.
-En eso estoy de acuerdo con usted. ¿Sabe que llegó a convencerme deque había sido él?.
-¿Cómo lo hizo?.
-De forma aviesa y sibilina, supongo. Tal vez pensó que usted y yo jamás llegaríamos a hablar sobre este tema. Quizá pensó que si yo pensaba que era un asesino, no le estropearía la función.
-Al parecer no dejó ningún cabo suelto. Esta misma mañana he encontrado un documento en su habitación donde lega su cuerpo a la Facultad de Medicina, y sus libros, todos sus libros...
-¿A quién ha legado Manuel sus libros?.
-A usted, Don Vicente. Pero imagino que un peregrino como usted los legará a su vez, ¿me equivoco?.
-No, no se equivoca, Don Matías. Conozco una altiva biblioteca donde esos libros encajarán maravillosamente.
-No es ése mal lugar. Admiro su buen gusto, Don Vicente.
-¿Sabe usted a qué biblioteca me refiero?.
-Claro que lo sé, Don Vicente. ¿A qué biblioteca cree usted que me refería yo la primera vez que hablamos?.
-A la misma, supongo que siempre hemos hablado de la misma biblioteca.
-Puede que Sanchís le haya legado a usted algo más que unos libros.
-¿Como qué?.
-Algo así como un sentido a su vida, una especie de compromiso para que su sacrificio no haya sido inútil.
-¿Y qué tiene usted que decir a eso?.
-Que Dios les bendiga, Don Vicente. Que Dios les bendiga a los dos.
-¿A él y a mí?.
-Bueno, a él también. A los tres.
-Le sientan a usted esas ropas de paisano como una patada en los huevos. ¿Se había dado cuenta?.
-Tendré que acostumbrarme. Tal vez ya no vuelva a vestir ese uniforme con el que usted me conoció.
-Me sorprende usted, Don Matías.
-Cierto Comandante médico, muy buena persona, me ha dejado caer que podría echarme una mano para conseguir la baja por inutilidad.
-Pero eso no le haría a usted feliz, Don Matías.
-¿Tanto le preocupa mi felicidad, Don Vicente?.
-La suya y la de este pueblo. Supongo que, si usted se marcha, enviarán a otro sargento en su lugar.
-Sí, es el procedimiento habitual.
-¿Considera usted razonable que la señorita Campos tenga que empezar otra vez desde cero, que tengamos que asesinar a otro capitán de la Guardia Civil, y que la muerte de Manuel haya resultado tan baladí como aquella espantosa victoria del legendario Pirro?.
-Lo plantea usted de una manera muy curiosa, Don Vicente. Supongo que está usted bromeando.
-Sí y no, Don Matías. Lamento tener que decirle que tiene usted una obligación moral que debería sobreponer a sus caprichos personales.
-¿Sabe una cosa, Don Vicente?, desde el mismo instante en que usted se sentó frente a mí en mi despacho por primera vez, supe que aquello podría ser el comienzo de una gran amistad.
-Esa frase es mía, Don Matías. Yo soy el amante de las viejas películas americanas, ¿recuerda?.
-Lamento haberle robado su frase, Don Vicente. Supongo que habrá más frases bonitas, incluso en la misma película.
-Sí, claro. Por ejemplo, que siempre nos quedará Ayora, ¿no cree usted?.
-Por supuesto, Don Vicente. Esté usted seguro de que siempre nos quedará Ayora.
Me incorporé, y me dirigí a la barra, donde Emilio trajinaba con unos vasos. Dejó su quehacer para mirarme con un gesto que yo interpreté de complicidad, aunque puede que fuese de reprobación por haber tomado a saco la mesa de su mejor cliente.
-¿Sigue teniendo Manuel cuenta abierta en este bar, Emilio?- le pregunté.
-Claro que sí- respondió con tono reivindicativo.
-¿Crees que podrías ponerla a mi nombre, e incluir en ella esa botella de aguardiente clandestino?.
-¿Por qué?.
-Porque yo soy su heredero- me volví hacia el sargento Pacheco, que estaba en pie junto a mí- ¿No es cierto, Don Matías?.
-Es rigurosamente cierto- respondió el sargento de la Guardia Civil mirando muy seriamente al bueno de Emilio- Don Vicente Mouriz del Río, es el heredero oficial del guardia segundo Manuel Sanchís Alpuente.
-En ese caso, no hay ningún inconveniente- dijo Emilio con la ancestral cortesía de todo buen tabernero.
-Gracias, Emilio, eres un buen hombre-dije yo haciendo un gesto de despedida con la mano.
-No hay de qué, amigo Vicente. Ya sabes dónde tienes tu mesa.
Salimos del bar, el sargento Pacheco se despidió de mí con un conato de sonrisa. Caminó despacio Plaza arriba. La manga izquierda de su chaqueta deambulaba fláccida, sin brazo, de un lado para otro. Sus pasos eran cansinos, derrotados. Parecía volver de perder mil batallas contra la muerte, y dispuesto a afrontar la batalla definitiva contra la vida. No pude odiar a aquel hombre, ni despreciarlo, sólo pude sentir una infinita tristeza, una piedad casi cristiana por su alma destrozada, hecha harapos. ¡Qué temprano madruga la madrugada, y qué lejos está ese almendro de nata donde todos requerimos la dulzura del compañero ausente!. Aún tenemos que hablar de muchas cosas, querido Matías, pero eso no importa demasiado, ¿verdad?, porque siempre nos quedará Ayora...
Crucé la Plaza, me aventuré por el callejón sin nombre de las farolas titilantes, y me detuve frente a la aldaba de la puerta de la casa de Mari Carmen. La aldaba, yo no me había fijado antes en que aquella puerta tenía una preciosa aldaba de hierro forjado, en forma de gárgola sedienta. Golpeé con la aldaba la puerta del castillo. Tres aldabonazos, tres, que sonaron en los rincones destartalados de mi corazón desierto, y en lo más profundo de la casa, haciendo cosquillas a las escaleras que conducían a la más altiva de las bibliotecas, al más dulce de los tálamos, a los oscuros rincones preñados de los restos de mil naufragios... Se abrió la puerta, Mari Carmen tenía el semblante turbio, los ojos enrojecidos, los labios sin color.
-¿Eres tú?.
-Sí, eso creo.
-No vuelvas a llamar así. Retumba toda la casa. Además, sólo Manuel llamaba de esa manera.
-Lo siento.
-¿Quieres pasar?.
-Sí, por favor.
Se hizo a un lado para que yo entrara, y me siguió hasta la cocina.
-¿Has comido?- pregunté.
-No- respondió su voz desde mi espalda.
-¿Y tienes intención de hacerlo en un futuro próximo?.
-No se me había ocurrido.
Me senté junto a la mesa de la cocina. Había una botella de brandy prácticamente vacía y un par de copas usadas. Mari Carmen se sentó frente a mí. No me miró para preguntarme:
-¿Te apetece una copa de brandy?.
-No, gracias. Creo que he bebido demasiado aguardiente asesino. Me sentaría mal. ¿Crees que a ti te sentará bien?.
-Sí, creo que a mí me sentará de puta madre.
Saqué del bolsillo el sobre con la nota de Isabel, y lo coloqué cerca de su mano derecha.
-Isabel se ha ido- dije.
-Lo sé. Anoche vino a despedirse.
-Entonces, conoció a Josefa.
-Ya se conocían, llevan muchos años viviendo en el mismo pueblo.
-Sabes a lo que me refiero.
-Sí, sé a lo que te refieres. Y tienes razón, anoche se conocieron.
-Me alegro mucho- señalé el sobre- Esto me lo ha dado esta mañana Matías de parte de Isabel.
-¿Para quién?.
-Para mí.
-¿Y quieres que yo lo lea?.
-Sí.
-¿Por qué?.
-Porque habla de ti. De nosotros.
Mari Carmen tomó el sobre, sacó el papel que contenía, lo desdobló lentamente, y lo leyó en silencio. Cuando levantó la vista para mirarme, tenía las mejillas llenas de lágrimas, que resbalaban limpiamente sin que ella les hiciese el menor caso.
-¿Entiendes lo que dice?- le pregunté.
-Sí, claro. Bueno, todo no. ¿Qué significa lo del final?.
-Es un lugar, un pino doblado muy cerca del Olmo Seco.
-Comprendo.
Se levantó a tirar la botella vacía al cubo de la basura. Yo me acerqué a ella, la tomé por los hombros, e hice que se girara. La abracé frenéticamente, hundiendo mi cara entre sus cabellos, y noté su abrazo alrededor de mí con la misma desesperación.
-Estoy aquí, Mari Carmen- susurré con la voz entrecortada- Y no te voy a fallar. Te juro por Dios que no te voy a fallar.
Empujó mi cabeza haca atrás, colocando sus manos en mis mejillas, y apartando mis lágrimas con los pulgares.
-¿Qué es esto, bello doncel?-dijo con una sonrisa apenas esbozada, y los ojos inundados de infinita ternura- ¿Qué te ocurre?.
-¿Qué me va a ocurrir, Princesa?, que te quiero con toda mi alma.
-¡Vaya, hombre!, conque es eso... ¿Qué pasa, que te enamoras de todas las mujeres que conoces?.
-Sí, no tengo remedio. Pero, compréndeme, es que conozco cada mujer...
-Yo también te quiero, asturiano. Te quiero mucho. Y yo no me enamoro de todos los hombres que conozco.
-Me temo que sí, Princesa. Dice Pedro que tu corazón es inmenso, lleno de puertas sin cerrojos. Y a mí, tus ojos siempre me han parecido un océano infinito lleno de naufragios. Te lo mereces todo, señorita Campos, mereces ser feliz. Pero...
 -Cierra esa bocaza, tonto adorable. No quiero escuchar más desatinos. Aunque, en el fondo, me alegro. Los desatinos me dan hambre. Voy a preparar algo para comer. ¿Qué te apetece?.
-¿Antes de comer?.
-¡Qué crío eres!.
Hundió sus dedos en mis cabellos y me atrajo hacia sí. Humedeció mis labios con su lengua, y luego los regaló con una caricia tersa de burbujeante cosquilleo. Me perdí en una vorágine de aromas inconcretos y de sabor a brandy. Fue un beso apacible, rumoroso, una caricia voluptuosa, arrebatadora, un naufragio de luces, un tumulto de brandy y violetas, un abismo de torbellinos apacibles. Al separar sus labios de los míos, acarició mi nariz con la suya, y me hizo un mohín malicioso.  Su sonrisa se habías despertado, el mar de sus ojos se había tornado manso y apacible, sin restos de naufragios, sin remolinos traicioneros, azulmente infinito...
-¿Comemos ahora?- preguntó.
-¡Un momento!- exclamé indefenso, casi perdido- No pretenderás que después de lo que has hecho, me centre en lo que me queda de vida. Vayamos por partes. Punto primero: ¿Es muy complicado ir hasta el Olmo Seco andando desde aquí?.
-Subiendo por el barranco de El Sabinar, no. Un par de horas, dos y media como mucho, ¿por qué?.
-Porque cerca de allí hay un pino doblado, y bajo ese pino tiene que haber algo para nosotros.
-¿El plano de la isla del tesoro?.
-Algo parecido. Punto segundo: La comida la hago yo. Mientras tanto, tú te vistes con ropas de excursión, y te pones unas botas.
-Pero, ¿tú sabes cocinar?.
-No, ¿qué pasa?. Tampoco sabía besar cuando llegué a este puñetero pueblo de locos, y mírame ahora.
-Sigues sin tener ni idea.
-¿Eso piensas de mí?.
-Está bien, te daré una oportunidad. Creo que me daré un baño y me arreglaré, debo parecer una bruja con esta pinta.
-Eso es cierto. Siempre pensé que las brujas son los seres más hermosos de la Creación.
-¿Quieres bañarte conmigo?.
-¡No señorita!, no quiero bañarme con usted. Tengo cosas más importantes que hacer aquí en la cocina, y éste no es momento para jueguecitos eróticos.
-Como gustéis, caballero.
-Id con Dios, bella dama. Pero volved.
-¿Me echarás de menos?.
-Quizá durante unos minutos, hasta que empiece a blasfemar como un minero cuando todo empiece a salirme mal.
-Al Ángel Custodio, ni lo mientes.
-Procuraré no mentar al Custo ése.
Afrontar la tarea de preparar algo para comer desde la más absoluta ignorancia, es cosa de locos, es decir, la cosa más natural del mundo en un lugar como Ayora. Investigué en los armarios de la cocina, y me tropecé con un paquete de macarrones. Recordé que en una película, Sophia Loren se los preparaba a Marcello Mastroianni hirviéndolos en agua y leche hasta que estaban "al dente". No parecía aquélla tarea difícil. No recuerdo que la maciza napolitana preparase salsa alguna, pero sí recuerdo que, una vez en la mesa, había allí salsa y queso rallado. Probablemente, el director no consideró importante la escena de la preparación de la salsa, y la suprimió del montaje final. ¡Maldito italiano de mierda!. ¡Seguro que fue el Scola de los cojones!, ¿y qué hago yo ahora?. No tuve más remedio de echar mano de Doris Day preparándole una deliciosa salsa a Rock Hudson. Afortunadamente, el director yanqui dejó aquella escena. ¡Bendito Michael Gordon, Dios te bendiga!. Poner la mesa fue más sencillo, cuando se tiene a mano una camarera como Lana Turner sirviendo . mesas en un barucho de mala muerte donde el cartero siempre llama dos veces, servir una mesa no representa ninguna dificultad insalvable. Quizá, para una persona lega en estos avatares, la más grave de las dificultades hubiese consistido en encontrar una rosa roja, un pequeño búcaro color caramelo, y una tarjetita donde poder escribir sin pudor ni recato un "Je vous aime" de caligrafía sedosa. Pero yo sabía por experiencia que encontrar rosas en casa de Mari Carmen era la cosa más natural del mundo, incluso llegué a pensar que las rosas se producían allí por generación espontánea, ante la indignación manifiesta de mi admirado Louis Pasteur. Una aureola arrebatadora de violetas precedió a Mari Csrmen en su entrada triunfal. Se había recogido el pelo en una cola, y se había puesto unos pantalones ajustados y una preciosa camisa como la que llevaba Gary Cooper en "The Westerner". Aparté su silla para ayudarla a sentarse, y me dio las gracias con una sonrisa. Olió la rosa, cogió la tarjetita, y la guardó en el bolsillo de la camisa. Los macarrones no estaban al dente, y mi salsa de Doris Day me había salido escandalosamente dulce. Pero Mari Carmen comió heróicamente e, incluso, mintió como si estuviéramos en "Johnny Guitar".
-Está muy bueno.
-Debe ser el amor que le he puesto, porque otra cosa...
-Sí, eso debe ser.
Insistió en hacer ella el café, y yo accedí a condición de que me dejase retirar la mesa y fregar los platos. Cuando me sequé las manos para sentarme de nuevo a la mesa, ella me esperaba con el café servido y la rosa en las manos.
-Todo ha sido siempre al revés de como yo pensaba, ¿verdad?- dije removiendo mi café con la cucharilla.
-¿A qué te refieres?.
-¿Recuerdas lo que te dije la noche que nos conocimos?.
-Me dijiste muchas cosas.
-Sí, y una de ellas fue que Manuel estaba loco por ti. Tu me respondiste: Eres un chico listo, ¿todo eso lo has descubierto tú solito?.
-Me hizo gracia lo que habías dicho.
-Cuando entraste en el bar, me dio la sensación de que a Manuewl le iba a dar algo, escuché literalmente su corazón, como si le fuese a saltar del pecho, fue algo físico, ¿y sabes por qué?, porque el corazón que se volvió loco fue el mío. No me di cuenta. ¿Por qué viniste a aquel bar?.
-Tenías que quedarte en algún sitio. Matías pensó que mi casa era un buen lugar.
-¿Sólo por eso?.
-No lo sé, supongo que sí.
-¿Fue por eso que Manuel se sorprendió tanto cuando te vio entrar?.
-Es verdad, se sorprendió mucho. No sé por qué.
-Tal vez no conocía los planes de Matías.
-No, no creo que fuera por eso- Mari Carmen se interrumpió, y apoyó las manos sobre la mesa- Si quieres ir al Olmo Seco, no deberíamos perder más tiempo. Tenemos todo el camino para seguir hablando.
Asentí con la cabeza y aplasté el cigarrillo en el cenicero. Salimos de su casa y caminamos hacia la carretera, allí tomamos el sentido hacia Almansa, pasamos por La Glorieta, la gasolinera, la puerta de El Frenazo, cruzamos el puente y, al llegar a San Antón, cogimos la carretera de Enguera, unos cien metros más allá, la dejamos para tomar el lecho seco de un río, hacia la derecha. Poco a poco, el paisaje se fue haciendo más agreste, aparecieron los pinos, el camino se fue empinando, y llegamos a los primeros charcos. Durante todo ese trayecto, hablamos del trayecto en sí, Mari Carmen me fue explicando el camino, me habló de los lugares que cruzábamos. La mayoría de ellos ya me eran familiares. Cogí una rama seca del suelo para golpear con ella las piedras del camino, y le pregunté súbitamente:
-¿Has dormido esta noche con Josefa?.
-Sí, se fue esta mañana. Poco antes de llegar tú.
-¿Habéis dormido desnudas?.
-¿Qué clase de sucia pregunta es ésa?. No pienso responder a una pregunta así. Además, ¿cómo te atreves a preguntar eso?.
-Es que... He de confesarte algo.
-Tú dirás.
-La noche que vino Isabel a cenar con nosotros...
-No vino a cenar con nosotros, vino a hablar contigo. Y a otros asuntos en los que no me quiero meter.
-Por la mañana os vi.
-¿Dónde nos viste?.
-En tu cama, desnudas. Dormíais. Me sentí avergonzado y me fui.
-¿Así pagas mi hospitalidad, espiando en mi alcoba?.
-Fue un accidente, yo no estaba espiando nada. Sólo quería haceros el desayuno y daros una sorpresa. Sólo eso...
-Isabel lo supo enseguida. Cuando vio la mesa con el desayuno servido, la flor y la nota, me dijo que nos habías visto en la cama, te habías avergonzado, y ésa era tu forma de pedir perdón.
-Isabel me conoce muy bien.
-Mejor de lo que tú te crees. Y a mí, y a casi todo el mundo. Es una mujer excepcional, la mejor persona que he conocido en mi vida.
-La vamos a echar de menos, ¿verdad?.
-Si no tuviera la seguridad de que un día volveremos a vernos, me volvería loca. Me resulta muy difícil imaginar mi vida sin ella.
-¡Claro que la volveremos a ver!. Yo también estoy seguro.
Mari Carmen se detuvo frente a mí, y me miró a los ojos.
-Josefa y yo estuvimos hablando hasta que nos quedamos dormidas. Hablamos de Manuel. Yo he dormido desnuda. Ella no, la muy vergonzosa no quiso quitarse las bragas. Pero la abracé y le toqué las tetas. ¿Estás contento?.
-¿Le diste un beso de buenas noches?.
-Sí, claro.
-¿En tos los morros?.
-Sí, en tos los morros, ¿pasa algo?.
-¡Qué bonito!. Me hace muy feliz saber eso.
-¿Por qué?.
-Porque en un mismo día, estuvo conmigo en su cuarto llorando a moco partido, después estuvo haciendo guarradas con Pedro y, finalmente, se acostó contigo. Nuestra amiga La Rana no tiene nada de mosquita muerta, ¿quién lo iba a decir?. Estoy emocionado.
-¡Qué cerdo eres!.
-¿Tú no estás emocionada?.
-Claro que sí. Quiero mucho a Josefa, y me alegra que volvamos a estar muy unidas. Y no la vuelvas a llamar Rana, Josefa no tiene ojos de rana.
-No, Josefa tiene ojos de bosque encantado donde habita la reina de las hadas.
-¿Tú también te has dado cuenta?.
-Sí, yo también me he dado cuenta.
El camino se empinaba paulatinamente, la marcha se fue haciendo más lenta, pero no más fatigosa, aquella marcha no tenía nada de fatigosa, era más bien un paseo bucólico, una excursión maravillosa.
-¿Cuándo te enamoraste de Manuel?- pregunté desde lo alto de un risco, mientras Mari Carmen intentaba escalar hasta donde yo estaba.
-No lo sé- dijo sentándose junto a mí tras alcanzar la cima- Ni siquiera estoy segura de haberme enamorado de él alguna vez.
-¿Por qué lo odiabas cuando hacíais Bachillerato?.
-Porque era un fanfarrón, un presumido y un farsante.
-¿Y porque era encantador con las otras compañeras?.
-Sí, también por eso.
-¿Cómo era con Josefa?.
-Un imbécil, con Josefa siempre se portó como un imbécil. Ponía cara de borrego degollado, le escribía versos, robaba rosas del jardín de La Glorieta, y siempre acababa regalándoselas a otra. Cuando hablaba con ella, se ponía a explicarle los puntos de inflexión de la función logarítmica.
-La función logarítmica no tiene puntos de inflexión.
-¿Ves como era un farsante?. La pobre Josefa acababa llorando en un rincón. Le hizo mucho daño. Afortunadamente, allí estaba Pedro.
-¿Tú también acababas llorando en un rincón?.
-No, yo me pasaba el día pensando en la manera de hacerle sufrir, y así me consolaba.
-¿Y después?.
-¿Cuando volvió?. Más o menos lo mismo. Se le metió en la cabeza que si era amable con Josefa, Pedro pensaría alguna barbaridad. Se derretía de desesperación cada vez que se cruzaba con ella, y se limitaba a saludarla friamente. Sólo iba a su casa cuando Pedro lo invitaba, y sólo hablaba con él,a ella, ni puto caso. Hasta que Pedro dejó de invitarlo, porque después Josefa se pasaba dos días hecha polvo. Estoy segura de que Pedro hubiese preferido mil veces que le pusiera los cuernos a que se comportara así.
-¿Y tú, por qué no lo sedujiste con tu cuerpo serrano, y hubieras así acabado con todos los problemas?.
-Porque yo también soy una imbécil. Siempre pudo más en mí la rabia que el deseo.
-¿Rabia de que estuviera tan enamorado de Josefa?.
-Puede que también, pero sobre todo, rabia de que no se diera cuenta de cómo me lo comía con los ojos, o de que sí se diera cuenta y le importara un bledo, rabia de que le temblara la mano cuando estrechaba la mía, y de que no se atreviera a abrazarme y a comerme a besos.Ahora pienso que, en el fondo, yo hacía lo mismo.
-Pero Manuel te quería. Hizo lo que hizo...
-¡Cállate!. Sé por qué hizo lo que hizo, y me da mucha rabia que hiciese lo que hizo. No le perdono lo que hizo. No le perdono que no hablase conmigo antes de hacerlo. Lo odio cuando pienso que pudo hacer otra cosa, y no la maldita cosa que hizo.
-¿Hacer otra cosa?. Por ejemplo.
-Mandar a la mierda su maldito uniforme, subirme en su caballo y galopar hacia el infinito, por ejemplo. Llevarme con él a dondequiera que haya ido, por ejemplo. ¿También tú piensas que es un héroe?.
-No, Mari Carmen. Yo no creo en los héroes. Si yo tuviera un caballo, galoparía contigo hacia el infinito.
Cogió una piedra que había a su lado, y la arrojó al charco más próximo. Estaba llorando. Intenté acariciar su mejilla, pero me apartó la mano.
-¿Me vas a dar un cigarro, o no?- dijo sin mirarme.
-Claro- saqué dos cigarrillos, los encendí, y puse uno en sus labios.
-Gracias- dijo jugando con la boquilla, la arrancó de un mordisco, y la escupió a un lado. Luego intentó dar una calada sin boquilla, y se le llenó la boca de tabaco. Volvió a escupir, y tiró el cigarrillo al agua- No sé qué le encontráis al tabaco. Es un asco- murmuró, interrumpiéndose en un conato de tos.
-Hay gente que hasta fuma sin boquilla.
-Eres un hijo de puta.
-Era una broma, perdona.
Se incorporó, y continuó ascendiendo el empinado sendero. Yo la seguí, pero a los pocos metros tuve que deshacerme del cigarrillo. Arrojé la colilla a uno de los charcos. Tenía razón Mari Carmen, ¿qué maldita cosa le encontraremos al tabaco?. Reconocí la enorme prominencia rocosa y el charco grande. A la izquierda estaba la casa del Olmo Seco, aunque todavía no podíamos verla.
-¿Es verdad que te has tirado a la hija de Matías?- me preguntó de pronto volviéndose hacia mí y recostándose sobre el tronco de un pino.
-Sí, ¿quién te lo ha dicho?.
-¿Te gustan las colegialas?.
-Zoraida no es una colegiala, es una mujer como la copa de ese pino que tienes detrás. Además, fue ella la que me llevó al huerto.
-¡Ya!.
-¿Qué pasa?, ¿me he metido yo en tus líos con su padre?.
-¿Tienes algo que decir de mis líos con su padre?.
-No, nada- me acerqué a ella, la tomé por la cintura, y apoyé la cabeza en su hombro derecho- Anda, cuéntamelo.
-Que te cuente, ¿qué?.
-Si tú me cuentas eso, yo te cotaré mi aventura con Manuel en la verbena del pueblo de las tres mentiras, y mi fuga con Zoraida a la aldea de cierto tabernero loco.
-¿Qué hicisteis Manuel y tú en esa verbena?,
-Conocimos tres chicas maravillosas.
-¿Os acostasteis con ellas?.
-Sí.
-¿Con las tres?.
-Sí.
-¿Los cinco revueltos?.
-Sí.
-De acuerdo. Pero empiezas tú.
Y empecé yo. Traté de darle a mi historia el tono más irreal posible. Intenté que todo pareciese un milagro, y descubrí una cosa: mis recuerdos se mezclaban con mi imaginación, lo noté porque yo mismo me sorprendí ante mi propia historia. Era cierto, yo había estado con Manuel en Montealegre del Castillo, habíamos conocido a Manolita, a Consuelo y a Teresa, habíamos estado con ellas en un chalé de las afueras del pueblo, pero es muy fácil caer en la trampa de las premoniciones cuando se recuerdan las cosas después de haber pasado todo. ¿Ocurrieron las cosas realmente tal y como las recuerdo?. ¿Quién ha dicho que el pasado es inamovible?, ¿acaso nuestra memoria no lo está modificando constantemente para amoldarlo poco  poco a lo que quisimos que pasara, a lo que finalmente llegamos a creer que de verdad pasó?. No miente quien asegura haber escuchado el canto de las sirenas, ni miente quien afirma que una vez amó. Mentir es otra cosa. No miente el actor enardecido, inmerso en la tragedia, que grita "¡Mi reino por un caballo!", quien miente es el hombre gris, sumido en su pequeñez, que intenta justificar su miseria apelando a la verdad, la sacrosanta verdad es el gran patrimonio de los auténticos mentirosos, no hay mayor mentira que Dios en boca de los imbéciles. Yo no miento cuando afirmo que existe un pueblo perdido donde tres sacerdotisas de Dionisos obraron el milagro del amor, mentiría si dijera que dos forasteros sin escrúpulos embaucaron a tres sencillas muchachas de pueblo ignorantes, incultas e inexpertas. Yo no miento cuando quiero ser Proust, el prisionero de los sueños, miento cuando quiero ser Zunzunegui, notario de vómitos indecentes. Porque el mundo no es así, sino ansí, ¿verdad, Don Pío?. Por eso ya no tuve recato ni pudor a la hora de hablar de los pinos de la ermita, ni del tabernero loco, ni de nuestra maravillosa Púnica, a pesar de que aquellas guerras las ganaran los malditos romanos, y tenga que cantar nuestra derrota en román paladino. Mari Carmen hizo un gesto con la boca, mitad sonrisa, mitad mueca de incredulidad, pero sus ojos se inundaron con una luz prístina sobre su azul infinito. Su mano cálida acarició mi mejilla, y no se retrajo ruborosa cuando la tomé para besarla. Habíamos llegado al pie de la gran roca que hacía las veces de atalaya al tiempo que protegía el inmenso charco inmaculado. A nuestra izquierda se alzaba la magnífica mansión de El Olmo Seco. Mari Carmen se sentó sobre la hierba y apoyó la espalda contra la roca lisa, fresca y acariciadora.
-Debe ser complicado recordar cuándo se conoció a alguien a quien se supone que conocemos de siempre- dije ofreciéndole un cigarrillo.
-¿A qué te refieres?- me preguntó ella, aceptándolo y haciendo un gesto con los dedos para que no cogiera otro para mí. Encendió el que yo le había dado, y lo puso en mis labios.
-A Matías, claro- dije yo, intentando encontrar sabores ajenos al tabaco en aquel cigarrillo- Ahora te toca a ti.
-Recuerdo perfectamente la primera vez que hablé con Matías- comenzó ella, recostando la cabeza en mi hombro- Fue una mañana de mayo, hace un par de años. Se presentó en mi despacho, bueno, no era mi despacho, sino el despacho del alcalde. Yo, por entonces, no tenía un despacho mío, y como aquel viejo nunca utilizaba el suyo... Me pidió permiso para entrar con una educación exquisita. Llevaba el tricornio sujeto en la mano derecha y apoyado en el antebrazo, ¿te has fijado alguna vez en esa curiosa manera que tienen los guardias civiles de coger el tricornio cuando presentan sus respetos?. Estuve a punto de echarme a reír, pero no de eso, sino de su frente. Tenía la parte inferior bronceada por el sol, y la superior completamente blanca. Algo así como cuando levantas una piedra y observas que la hierba de alrededor es verde, pero la del hueco que destapaste, es blanca. Eso me recordó su cabeza, y me hizo mucha gracia. Pero no llegué a reírme. La Guarda Civil siempre me ha producido más miedo que gracia. Me saludó con una teatral inclinación de cabeza, ¿sabes?, cuando llevan puesto el tricornio, saludan llevándose la mano a la sien, pero cuando van descubiertos, inclinan la cabeza. Dice Isabel que eso es lo que hacen los caballeros delante de las princesas. Por eso, desde que se lo conté, siempre me ha llamado Princesa. ¿Sabes?, sóIo Isabel, y quizá Matías a veces, me han hecho sentirme como una princesa, como ésas de los cuentos, que no son princesas de ningún sitio, sencillamente son princesas.
-¿Qué quería el bueno de Matías?.
-Hablar conmigo confidencialmente, pero no en aquel lugar ni en aquel momento. Verás, se acababa de promulgar un decreto de la alcaldía, y yo le había informado al alcalde que, además de ilegal, era cerril y caciquil. Era mi obligación, a mí me pagan para eso. Pero al muy bruto no se le ocurrió nada mejor que decirle al sargento de la Guardia Civil que la secretaria intentaba boicotear un decreto de la alcaldía. Aquel hombre veía enemigos de la patria por todos lados, y confundió una simple información técnica con una declaración subversiva, o algo así. Por un lado, tuve la impresión de que Matías se sentía azorado, pero por otro, no pude evitar una curiosa sensación de añagaza de viejo verde. Lo dejé hablar, insistió en que aquél no era el lugar más apropiado para que habláramos, y me dejó de piedra cuando dijo: "Verá, señorita Campos, tal vez si usted tuviese la gentileza de invitarme a un café en su casa, yo me sentiría muy halagado, y aceptaría encantado su generoso ofrecimiento". "Debe ser muy importante el tema del que que quiere usted hablarme, dije yo, ¿no podría adelantarme algo para que yo pudiese hacerme una ligera idea?". "Efectivamente, se trata de un tema muy importante, dijo él muy serio, ¿le parece a usted importante la paz de este pueblo, señorita Campos?". No supe qué pensar en aquellos momentos. La verdad es que nunca me ha gustado la Guardia Civil, y aquel sargento no me caía nada bien. Pero, por otro lado, sentí algo que yo confundí entonces con una gran curiosidad. Supongo que era otra cosa mucho más complicada, y puede que más morbosa. Le sonreí, y lo invité a tomar café en mi casa."A eso de las seis, ¿le parece?". A eso de las seis sonó la hora en el reloj de la torre y sonó el timbre de la puerta de mi casa. Cuando le abrí la puerta, se descubrió e inclinó la cabeza. Le hice un gesto para que pasara y le señalé la puerta de la cocina, pero él dijo: "Detrás de usted, se lo suplico". No me dio la gana ir delante, y lo obligué a que me precediera. No hubiese soportado caminar delante de él sintiendo su mirada en mis piernas, en mi culo, o en yo qué sé qué parte de mi cuerpo. Me sentía acosada sexualmente, pero no me sentí humillada en ningún momento. En otras palabras, me sentía culpable. Yo tenía el café preparado. Lo saboreó despacio y lo alabó de una manera casi ridícula, entre otras cosas, porque. como tú debes saber ya, no es ésa precisamente mi especialidad. Me contó su conversación con el alcalde, y me preguntó si, efectivamente, aquel decreto era ilegal. Le dije que, técnicamente, sí, como casi todos los decretos, pero que eso carecía de importancia, las cosas funcionan así, nadie pide cuentas a la autoridad competente por lo que hace o deja de hacer. "¡Cuánta razón tiene usted, señorita Campos!, y, ¡qué triste es que no podamos hacer nada para remediarlo!".
-¿Eso te dijo?.
-Sí, eso me dijo.
-¿Y qué dijiste tú?.
-Nada, no dije nada, le ofrecí una copa de brandy. Pero me dijo que no solía beber yendo de uniforme. Entonces me sorprendí a mí misma mirándolo a los ojos y diciendo: "Querido sargento Pacheco, ¿suele usted organizar contubernios subversivos yendo de uniforme?". "¿Cree usted, señorita Campos, que esto es un contubernio subversivo?". "¿Qué otra cosa sugiere usted que pueda ser?". "En ese caso, creo que aceptaré esa copa de brandy".
-¿Cuántas copas os bebisteis?.
-No lo recuerdo, tres o cuatro. Me informó que el alcalde estaba gravemente enfermo, que era cuestión de un par de meses el que nos dejara. Se refería a que nos dejara en paz, por eso me recordó que nuestra conversación versaba, en realidad, sobre la paz del pueblo. Si yo me desdijera, pidiese excusas y presentara mi dimisión, él se encargaría de que mis excusas fueses aceptadas y mi dimisión rechazada. "¿Cree usted que la paz de este pueblo merece ese sacrificio por su parte, señorita Campos?".
-¿No lo mandaste a la mierda, o algo parecido?.
-No, sólo me reí, y le dije que nunca creí que mi trabajo iba a durar para siempre. Incluso recordé que nunca me había creído del todo que una mujer pudiera ocupar el cargo que yo ocupo.
-¿Dabas por hecho que te irías a la puta calle?.
-Por hechísimo. Tanto, que le dije a Matías que la Guardia Civil debía sentirse muy orgullosa de él y de sus procedimientos.
-¡Pobre Matías, menuda patada en los cojones!.
-De eso puso cara. Pero venía preparado. Se abrió la guerrera y sacó una carpeta azul. Me la entregó y me pidió permiso para servirse más brandy. Luego, me dijo: "Como puede usted ver, se trata de la ficha del señor alcalde. Comprobará usted que no es el gran patriota que mucha gente cree, y también podrá comprobar que no tiene muchos motivos para sentirse orgulloso de sí mismo. ¿Sabe usted lo que me pasaría a mí si alguien se enterara de que le he proporcionado a usted este documento?". "¿Lo fusilarían al amanecer?", lo dije con más ternura que ironía, porque aquello no era un simple documento, sino una joya de museo.
-¿Lo tienes aún?.
-Lo tuve un tiempo. Después de la muerte del alcalde, se lo devolví a Matías.
-¡Qué hijo de puta!. Y todo eso... ¿sólo para seducirte?.
-No lo sé, es posible. Pero, la verdad es que él no me sedujo. A mí no se me seduce así como así. El único que lo podía haber hecho era un cobarde de mierda, y nunca lo intentó. Nos hicimos amigos. Algunos días, cuando yo salía del trabajo, me lo encontraba en la puerta del Ayuntamiento, "casualmente", y me proponía escoltarme hasta mi casa. Nunca me pedía que le dejase que me acompañara, me pedía permiso para escoltarme.
-¿Como se escolta a una princesa?.
-Quizá.
-Si yo me metiera a guardia, ¿me dejarías que te escoltara?.
-Pero, ¿qué aún tienes edad para esas cosas?.
-No lo sé, se lo puedo preguntar a Matías.
-¿Tú quieres meterte a guardia para escoltarme, o para echar un polvo confidencial?.
-¡Por Dios, señorita Campos!, ¿por quién me ha tomado usted?.
-Tiene razón Isabel. Eres un crío, bello doncel.
-Entonces, si Isabel tiene razón, tú eres una princesa.
-No jodas la magia, bello doncel. Estoy muy a gusto, y quiero seguir estándolo.
-Perdóname. Yo también estoy muy a gusto, y no pretendo joder la magia. ¿Qué pasó con las habladurías?. En los pueblos, estas cosas...
-No me preguntes por qué, pero no hubo ningún escándalo, ni nada parecido. Supongo que Matías tiene una rara habilidad para controlar los rumores, o puede que la gente lo viera tan gordo, que nunca se lo llegase a creer del todo. No lo sé, ni me importa. Durante aquellos paseos, mientras Matías me escoltaba, a veces él solo, y aveces acompañado de otro guardia, que caminaba a siete pasos, como marca el reglamento, hablábamos de muchas cosas. Cada vez que yo citaba un libro, Matías argumentaba que yo jugaba con ventaja. Y así fue como empecé a dejarle mis libros.
-Libros que, oficialmente, provenían de la biblioteca de Don Andrés Martínez.
 -¿Te lo ha contado Isabel?.
-No así de claro, pero me dio un par de pistas.
-Nunca se propasó conmigo, ni siquiera insinuó nunca algo que yo pudiera interpretar como una invitación lúbrica. Llegué a pensar que sólo le interesaba de mí tener a alguien con quien poder hablar de cosas de las que no podía hablar con otras personas.
-¿Y eso te indignó?.
-Más o menos. Como comprenderás, no tuve más remedio que seducirlo yo.
-Sí, claro. Lo comprendo perfectamente.
-¿Seguro?.
-No, claro que no. ¿Quieres que me ponga a llorar de celos?.
-¿Por qué habrías de hacer eso?.
-No lo sé. ¿Por qué nos pasamos la vida haciendo jilipolleces, y por qué nunca aprendemos, y por qué seguimos siendo jilipollas, y por qué somos tan asquerosamente humanos, y por qué...?. ¡Yo qué hostias sé!.
-Matías tiene edad para ser mi padre, pero nunca lo he visto así, ¿sabes?. Cuando lo pienso, tengo la impresión de todo lo contrario. Me contaba cosas, me pedía consejo. No recuerdo que jamás me recriminara nada, ni que me exigiera nada. Nunca conseguí que me dijera: "Te quiero, Mari Carmen", todo lo más que le saqué, fue: "La amo a usted, señorita Campos".
-¿Y tú, qué sientes tú por él?.
-No lo sabría explicar. Desde luego, no estoy enamorada de él. Si yo hubiese podido elegir de quién enamorarme, hubiese elegido a Isabel, con los ojos cerrados. Pero en eso, Manuel y yo siempre hemos sido iguales, sólo hemos sido capaces de querer a una persona en toda nuestra vida, Él a Josefa, y yo...
-¿Quieres que lo dejemos?.
-¿Por qué?, ¿porque ahora llega la historia de ese capitán González?. ¿Tanto miedo te da escucharla?.
-Conozco esa historia perfectamente. Creo que la conozco mejor que tú. Sáltatela, cuéntame lo que pasó después.
-¿Te lo ha contado Matías?.
-Sí.
-A mí no. ¿Me lo contarás algún día?.
-¿No sabes lo que pasó?.
-Desde que perdí el conocimiento hasta que desperté en el hospital, poca cosa. Lo que me contaron Manuel e Isabel.
-¿Qué te dijeron?.
-Pues eso, que Manuel me llevó al hospital, que se quedó a mi lado y no permitió que nadie me visitara, y que Isabel logró convencerlo no sé cómo.
-¿De qué lo convenció?.
-De que la dejara cuidarme.
-¿Manuel no habló contigo?.
-Muchísimo. Estuvo encantador, casi me alegré de estar allí. ¿Sabes?, se despedía con un beso, y me despertaba con otro. Me regalaba flores y me traía libros. Hacía todo lo que yo le pedía, incluso algo que sé que odiaba: leerme sus versos. Luego, Isabel me contó cosas de su vida, me enseñó que las heridas del cuerpo no hieren el alma si no queremos que la hieran. Me enseñó que, a pesar de todo, vale la pena vivir, y me juró que se tiraría a Manuel a mi salud.
-¿Lo hizo?.
-Tú conoces un poco a Isabel, ¿Crees que lo hizo?.
-Sí, estoy seguro.
-¿Sigues enamorado de ella?.
-Daría mi vida por ella, se lo debo todo. En cierta manera, hizo por mí lo mismo que por ti. Josefa me dijo una vez que Manuel le había dicho que Isabel salvó tu alma. También salvó la mía, ¿sabes?. Nunca la olvidaré, y me será muy difícil vivir sin ella. Creo que siento por ella lo mismo que tú.
-Isabel me dijo que tuviese cuidado contigo.
-¿Por qué?.
-Porque eres bueno, pero jilipollas. Una no se puede fiar de los tipos como tú.
-Si lo dice Isabel, debe ser cierto. Isabel me conoce muy bien, mejor que nadie. ¿Cómo no me va a conocer, si ella fabricó mi alma con sus manos?.
-¿Sólo con sus manos?.
-No, por supuesto que no. Utilizó otras herramientas. Deliciosas herramientas, por cierto.
-Conozco esas herramientas, y estoy de acuerdo contigo.
-¿No te extrañó que Matías se inhibiera del asunto?.
-¿Quién te ha dicho a ti que Matías se inhibió?. Es cierto que no pisó el hospital mientras yo estuve allí, pero él sabía que yo estaba en buenas manos. Me conmovió su actitud. Porque supongo que él sufrió más que yo. Yo tenía a Manuel a mi lado, y también tuve a Isabel. ¿A quién tuvo Matías en todo ese tiempo?. ¿Con quién pudo hablar él como yo hablaba con Manul e Isabel?.
-Con la Virgen de los Dolores.
-¿Por qué te burlas de Matías?.
-No me burlo. Te juro que es verdad, Matías es muy devoto de esa Virgen, aunque ahora están un poco peleados. ¿Te visitó cuando volviste a casa?.
-No, pero me hizo el mejor de los regalos. Convenció a Andrés Martínez para que Isabel viniese a cuidarme. No me preguntes cómo lo hizo. Isabel vino a casa y se quedó conmigo. Nunca nadie ha sido tan dulce. Tan amiga, tan compañera, tan...
-¿Tan amante?.
-Sí, tan amante. Cuando me di cuenta de que me necesitaba, cuando descubrí cómo podía pagarle todo lo que había hecho por mí, me sentí feliz, y fui para ella todo lo que ella quiso que fuera. ¿Qué te ocurre, bello doncel?, ¿estás llorando?.
 -Sí, Princesa. Quizá yo no sea como tú, y ando por ahí enamorándome de todo el mundo. Por eso, si te digo que te quiero con toda mi alma, te vas a reír de mí, hasta a mí me parece ridículo decirte eso. Pero quiero que me des una oportunidad, ofréceme tu habitación de invitados, dime buenos días por la mañana y dame un beso de buenas noches antes de subir a tu altiva biblioteca. No quiero que olvides a tu caballero del triste tricornio ni a tu maravillosa dama de las camelias. Te puedes volver a liar con Matías si te apetece, o con quien quieras. Si estás ocupada, prepararé el desayuno, pondré sobre la mesa una rosa roja y una nota que diga "Je vous aime", y me iré a pasear por la Virgen del Rosario, o a hablar con Josefa de bosques encantados y reinas de las hadas. Considérame tu isla, y olvida los naufragios.
-¿Qué decía esa chica de Montealegre sobre los besos?.
-Manolita decía que los besos se regalan, porque sí, porque te apetece, sin esperar nada a cambio.
-Me gustaría hacerte un regalo.
-¿Ahora?.
-Sí, ahora.
Un tenue fulgor de mariposas blancas acarició mis labios y mi lengua trémula, y un como azul infinito sin naufragios atravesó mis ojos de sabores transparentes. Y así fue, y no de otra manera. ¿Existen otras maneras?.
Subimos la colina para buscar el pino doblado, y hallamos allí un papel envuelto en plástico. El mensaje de Isabel era correcto. La nota era de Manuel. Me recosté sobre el tronco del pino, y Mari Carmen se tumbó a mi lado, apoyando su cabeza sobre mi pecho. La rodeé con mis brazos, y desdoblé el papel.
"Querido Vicente: La vida es una cosa muy curiosa. Fíjate si no en esta situación. Si tú estás leyendo esto, es porque yo estoy muerto. Si eres un chico listo, no estarás solo cuando me leas. Dile que la quiero, pero que no tiene nada que ver con la tontería que he hecho. Son cosas de la vida. Pero el motivo de mi nota no es ése, claro. Quiero que le digas algo al bueno de Matías. Primero, que me perdone, sé que ha sido una putada lo que le he hecho hacer, pero que se joda, que para eso es sargento. Y lo más importante: a unos kilómetros de Almansa, en dirección a Albacete, hay un club de putas llamado "El Paraíso", déjale caer a Matías que husmee un poco por allí. Encontrará tanta mierda, y tendrá esa mierda tanto que ver con el capitán González, que, cuando informe a los de arriba, le ordenarán echar tanta tierra sobre el asunto que, a partir de ese momento, tendremos en Ayora otro Monte Mayor. Por cierto, le debo a Emilio unas cosillas, nada, cuatro perras. Hazte cargo, por favor, el pobre no tiene la culpa de que los guardias estemos locos. Vas a cuidarla, ¿verdad?. Aunque, como bien sabes, todo lo mudará la edad ligera, por no hacer mudanza en su costumbre. Carpe Diem, compañero. Tu hermano: Manuel".
Miré a Mari Carmen. Estaba llorando.
-¡Hijo de puta!- susurró.
-Se está haciendo de noche. ¿Crees que volveremos bien hasta el pueblo?.
-No vamos a volver al pueblo esta noche.
-¿Nos quedamos aquí?.
-Esa casa no es de Andrés, sino de Isabel, bueno, mía.
-¿Tienes las llaves?.
-¡Claro que tengo las llaves!. Hay queso y vino tinto. Y una habitación enorme con una chimenea preciosa.
-¿Sólo hay una habitación?.
-Hay media docena de habitaciones. Pero con una tenemos bastante. ¿No te acaba de decir tu hermano que me cuides?.
A la entrada de la hermosa mansión, me detuve y miré a Mari Carmen.
-Hay una cosa que me corroe por dentro- dije.
-¿Qué cosa te corroe, bello doncel?.
-¿Cómo se te ocurrió dejarle a Matías el "Ulysses"?.
-Quise hacerle una putada. Pensé que sería muy divertido ver la cara que ponía cuando me lo devolviera.
-¿Qué cara puso?.
-Cara de felicidad. Le gustó muchísimo. Echaba pestes de Buck Mulligan, y contaba maravillas de Stephen Dedalus. Pero dijo una cosa que me dejó de piedra.
-¡Este Matías es la hostia!, ¿qué dijo?.
-Me preguntó que cómo me imaginaba yo a Leopold Bloom físicamente.
-¿Y cómo te lo imaginas?.
-No supe qué decirle. Supongo que muy irlandés, pelirrojo, más bien feo y regordete. Pero él dijo que no. Puede que fuera irlandés, pero era judío. Me miró muy serio, y me dijo: "¿No encuentra usted, señorita Campos, que ese Leopold Bloom se parece a mí?".
-¿Tú crees que Matías se parece a Leopold Bloom?.
-No, en absoluto. Matías se parece a Sancho Panza.
-¿Se lo dijiste?.
-Sí.
-¿Y qué dijo él?.
-Nada. Me pidió El Quijote.
-¿No lo había leído?.
-No.
-¿Y qué dijo después de leerlo?.
-Un día, sin venir a cuento, después de un largo silencio, me miró con una expresión que me inundó de ternura, y dijo: "Eran molinos, ¿verdad que eran molinos?". No, Matías, le respondí, eran gigantes, estoy segura que eran gigantes.
-Eran gigantes, ¿verdad?- dije yo.
-Tú deberías saber mejor que nadie que eran gigantes. ¿Qué otra cosa podían ser?.
Mari Carmen movió una piedra que había junto a la ventana de la derecha de la puerta, y sacó una llave. Abrió la puerta y me miró.
-Ahí hay leña. ¿Por qué no coges una poca y subes a encender la chimenea, mientras yo busco el queso y el vino?. La habitación está arriba, nada más verla, la reconocerás.
-¿Por qué siempre están arriba los altivos lugares?.
-No lo sé.
-Encenderemos esa chimenea- miré a Mari Carmen y descubrí en su rostro un paisaje plácido de una hermosura arrebatadora. ¡Cielos!, ¿tan hermosa puede llegar a ser una mujer?.
Cargué con la leña hasta el piso superior. Era cierto, nada más verla, reconocí la habitación.
En principio, no parece excesivamente complicado encender la lumbre, como dicen en Ayora, se trata de la atávica ceremonia de hacer fuego. Por lógica manifiesta, deduje que los trozos de madera debían colocarse de menor a mayor grosor en sentido ascendente, dándole al conjunto una forma similar a la de los tipis arapahoes. Después, la cosa es más sencilla: se enciende la leña fina, y se deja que la lógica de las cosas desencadene el proceso de combustión, esa curiosa reacción química que convierte la materia orgánica en dióxido de carbono y vapor de agua. Pese a todo ello, pese a que yo lo tenía claro, y las cosas ocurrieron como fatalmente ocurren las cosas, me invadió una profunda sensación de maravilla. Yo, solo y sin ayuda, había encendido la lumbre de la chimenea. Supuse que alarde semejante de pericia pirómana derrumbaría definitivamente los escrúpulos de Mari Carmen. Después de lo que yo había hecho, después de mi portentosa demostración, seguro que se le mojaban las bragas sólo de verme. Me invadió una euforia escandalosa e impúdica. Sobre una mesilla había un papel y un bolígrafo. Me senté en el suelo y garabateé en aquel papel. Mari Carmen entró con un plato de queso en una mano y una botella de vino en la otra, observó el fuego de la chimenea en todo su esplendor, dejó la botella y el plato en el suelo, y dijo sin mirarme:
-Beberemos a morro, ¿qué te parece?.
Me sentí como sorprendido en una mala acción, y dejé el papel y el bolígrafo sobre la mesilla. La miré y sonreí.
-Eso suena delicioso- dije.
-¿Qué estabas haciendo?- me preguntó acercándose a mí.
-Nada- balbuceé nervioso- Una chorrada sin importancia.
-¡Puedo leerlo?.
-Pero si no es nada...
Cogió el papel y leyó en voz alta:
"Yo no debería estar contando esta historia, pero se da la circunstancia de que no somos nosotros quienes elegimos las historias, sino que son ellas las que nos eligen a nosotros...






















 
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