JORNADA QUINTA
Me desperté con la boca pastosa, y con un sentimiento infinito de desasosiego. Probablemente no había dormido bien, pero como nunca he sabido qué cojones significa eso de dormir bien y, además, nunca he sido capaz de columbrar cómo se puede hacer bien una cosa de la que nunca se tiene consciencia de que se está haciendo, no puedo achacar mi estado de melancolía de aquella mañana a mi reposo de aquella noche. No me puse el albornoz para visitar la cocina antes de vestirme, porque no esperaba encontrar a nadie en la maldita cocina. Ni siquiera se me ocurrió subir a mear antes de vestirme. Me propuse vestirme ceremoniosamente, soportando la presión de mi vejiga como una penitencia. Uno pierde la fe, eso es cierto, pero perduran los hábitos crueles, sobre todo los masoquistas. Si uno aguanta durante mucho tiempo la meada, consigue que mear acabe siendo como correrse, incluso ese dolor punzante del principio, colabora al placer final. Supongo que el cilicio y el flagelo deben ser mucho más reconfortantes. Ahora bien, cabe diferenciar claramente entre martirio y tortura. Recuerdo que cuando el cura nos contaba, durante las interminables clases de Religión, los magníficos martirios a que eran sometidos los santos y, sobre todo, las santas, a mí se me empinaba, incluso me llegué a correr alguna que otra vez si la santa en cuestión era virgen. A todo ello contribuía, y no poco, la serena beatitud de la cara del cura, cara de orgasmo, del éxtasis infinito ante la contemplación de Dios. Curiosamente, no ocurre lo mismo con la tortura. Siempre que me hablaban de las torturas sufridas por los heroicos patriotas de la Libertad a manos de las fuerzas de represión, sólo podía sentir repugnancia, a mi pobrecita polla, ni se le pasaba por la cabeza la sórdida descortesía de empinarse. Ni siquiera cuando me contaban que a la camarada Tal la habían violado sus verdugos salvajemente antes de asesinarla a hostias. ¡Leche, cuánto vamos a echar de menos a los curas cuando llegue la Revolución!.
Después de correrme en el paraíso, quiero decir, de mear gozosamente en el magnífico cuarto de baño que había junto a la alcoba de Mari Carmen, bajé a la cocina. Quien inventó aquel cuento de que una mariposa hizo que el cielo cambiase de color, no andaba muy descaminado, porque un trocito de papel junto a una tostada con miel cambió mi espíritu. No voy a decir que, de repente, creyese en Dios, como Clark Gable en "San Francisco", pero, dialécticamente hablando, como diría el bueno de Pedro, la tristeza se hizo fe, la melancolía, ternura, y la historia, literatura. Mi desayuno estaba sobre la mesa, junto a un búcaro con una rosa, y un papelito al lado de la tostada con miel: "Je vous aime".
El café estaba deliciosamente frío, la tostada, encantadoramente dura, y la miel... ¿hace falta que os diga que aquella miel era dulce como un beso?.
Curiosamente, no hacía un día espléndido y luminoso, sino un triste día otoñal, con un cielo gris y melancólico y unas calles solitarias y grises. Eran tiempos aquellos en que el gris era un color horrible, no tan horrible como el verde oliva, pero venía a simbolizar todo contra lo que luchábamos, suponiendo que lucháramos por algo. Me sorprendió encontrar a Manuel de uniforme, sentado en una silla junto a la puerta del cuartel, aunque algo dulcificaba aquella imagen, tenía un libro en las manos, Hernández, un tal Miguel Hernández, de Orihuela, que no nació carne de yugo, pero sí acabó más humillado que bello. Definitivamente, aquel uniforme le sentaba como una patada en los huevos, todo lo contrario del sargento Pacheco, a quien la caía como un guante.
-¡Hola!, buenos días- dijo levantándose y dejando el libro sobre la silla.
-No me lo digas- dije yo- Estás de servicio de portería.
-Se dice puertas, servicio de puertas- me corrigió él.
-Como a correr por el monte lo llamáis correrías..., pensé que a vigilar la puerta lo llamaríais portería- intenté explicarme.
-El sargento Pacheco te espera- dijo Manuel señalándome su oficina.
Me dirigí a la silla y cogí el libro que Manuel había estado leyendo. Luego me acerqué a él mientras hojeaba las páginas sin ojearlas.
-Oye, y tú ¿por qué no lees a Panero, a Rosales o a Ridruejo?.
-Sí lo hago- dijo Manuel- Pero a escondidas.
-¿Te da vergüenza?- pregunté.
-No- dijo él- Es una simple cuestión de morbo.
-¿Y el "Ulysses" de Joyce, tú también has leído el "Ulysses" de Joyce?.
-¿A qué viene ahora esa pregunta?. ¿Acaso has decidido ser hoy Buck Mulligan, Stephen Dedalus, o tal vez Leopold Bloom?. Oye, no llevarás un riñón de cerdo en el bolsillo, ¿verdad?.
-No, querido Manuel. Hoy me ha pasado como a ti, me he despertado umbrío por la pena, casi bruno.
-Lo superarás, ¿no eres acaso tú uno de esos asturianos de braveza?.
-¿Y tú qué eres, Manuel?.
-Un valenciano de alegría. Pero no te rías- dijo poniéndose serio- Te lo puedo demostrar. Mañana es la verbena del pueblo de las tres mentiras.
-¿Dónde está el pueblo de las tres mentiras?.
-Cerca de Almansa, se llama Montealegre del Castillo.
-¿Y qué pasa en esa verbena?.
-Que se pueden hacer locuras, y luego desaparecer.
-¿Me estás invitando a ir a la verbena?- pregunté, recordando a una compañera a quien yo siempre le estaba tirando los tejos, pero con una torpeza tal, que ella siempre tenía que hacer una investigación en toda regla para poder averiguar qué era lo que yo pretendía realmente.
-Sí- dijo Manuel bajando la voz- Pero será una visita clandestina. No debes hablar de esto con nadie. Ni con Isabel, ni con Mari Carmen ni, muchísimo menos, con el sargento Pacheco.
-¿Puedo saber el motivo?- inquirí curioso.
-Hay miles de razones. Pero, fundamentalmente, las más importantes somos tú y yo.
-¿Yo?.
-Recuerda que tú no puedes dejar el pueblo mientras no se resuelva tu probable vinculación con la muerte del capitán González.
-¡Ya!, claro... ¿Y tú?.
-Lo mío es más grave. El pueblo de las tres mentiras no pertenece a esta demarcación, más aún, ni siquiera pertenece a la trescientas once Comandancia. Si me pillan, me meten un puro que se me cae el pelo.
-Y eso te atormenta, claro.
-Imagínate, una mancha en mi hoja de servicio. ¡Qué horror!.
-Te comprendo, hermano.
-No hagas esperar más al sargento Pacheco. A ver si se cabrea.
-Me encantaría cabrear al bueno de Matías.
-Haga usted el favor de no hablar con esa ligereza de un superior delante de mí. ¿Acaso no siente usted ningún respeto por este Benemérito Instituto?.
Me acerqué a él, y le susurré al oído:
-Que os den por el culo a ti, a tus superiores y a vuestro Benemérito Instituto.
-¡Leche!- exclamó Manuel- Y eso que te has levantado umbrío por la pena. ¿Qué haces cuando te levantas revolucionario?.
-Asesino capitanes de la Guardia Civil- dije dejándolo solo en su servicio de puertas, y dirigiéndome a la oficina del sargento Pacheco.
El sargento comandante del Puesto de Ayora, de la trescientas once Comandancia, estaba escribiendo a máquina, con un Celtas corto colgado de sus labios. La puerta de su despacho estaba abierta, por eso, tuve tiempo de observarlo durante unos segundos, antes de decir buenos días y solicitar su permiso para entrar.
-¡Adelante, Don Vicente!. Veo que es usted un hombre madrugador- dijo sin levantar la cabeza de su máquina de escribir, y sin quitarse el cigarrillo de los labios.
-He de reconocer que tenía usted razón cuando dijo que soy un vago y un maleante- dije acercándome a él, y aceptando su invitación a sentarme.
-No estoy al tanto de los sufrimientos de un escritor a la hora de hacer una novela- dijo dejando a un lado la máquina de escribir, y acomodándose en su mesa frente a mí- Pero puedo intuirlos cada vez que me enfrento a este maldito atestado.
-La culpa la tiene usted, por querer hacer una novela en lugar de un atestado.
-No bromee con cosas como ésta, Don Vicente. Se trata de algo muy serio.
-Tiene usted razón, Don Matías. Le ruego que me disculpe.
- Bien, Don Vicente- dijo el sargento Pacheco señalándome una carpeta azul que había sobre la mesa, a mi izquierda- Espero que sea usted consciente de que me estoy saltando ciertas normas al dejar que vea usted esto.
-Soy absolutamente consciente, Don Matías- dije alargando la mano para coger la carpeta. El sargento Pacheco se dio cuenta enseguida de que me temblaba la mano que había alargado, de que aquella carpeta me asustaba. Quizá por eso, me alargó su paquete de Celtas y me miró con sus ojos marrones, llenos de tristezas ignotas.
-¿Sabe usted una cosa, Don Vicente?- comenzó a decirme lentamente- Yo nunca le he dado excesiva importancia a lo que dice ahí. En este país, unos más y otros menos, todos tenemos un pasado lleno de miserias y de infamias.
Acepté su cigarrillo y no dije nada. Abrí lentamente aquella carpeta azul.
Isabel Gavidia Díaz había nacido en un lugar llamado La Almunia de Doña Godina, el catorce de abril de 1.939, un par de semanas después de acabar la Guerra Civil. Su padre fue fusilado cinco días antes de que ella naciera, pero con su madre fueron mucho más generosos: esperaron a que pariera para fusilarla. Parece ser que habían formado parte de una de aquella comunas libertarias creadas por Buenaventura Durruti durante la marcha hacia Madrid. Recién nacida, fue trasladada a un orfelinato de Zaragoza, donde se la crió con la leche de la posguerra, la Fe verdadera en el Dios que guiaba la mano de Franco cuando firmaba las penas de muerte y los santos principios del Glorioso Movimiento Nacional, o Santa Cruzada, como era conocido por los más allegados. Pese a todo ello y, demostrando una vez más que la cabra tira al monte, se fugó del orfelinato a los quince años, en 1.954. Entre ese año, y 1.957, desaparecía el rastro de Isabel en aquella ficha tan rica en detalles y sabios comentarios. El sargento Pacheco me dice confidencialmente, que había recibido la orden de completar esos tres años en blanco, interrogando a la interesada, pero que no lo había hecho, entre otras cosas, porque había sido una orden oral y, las palabras, como decía mi amigo Lenin (no seas capullo, Matías, Lenin nunca ha sido amigo mío), se las lleva el viento. El 23 de mayo de 1.957, Isabel Gavidia Díaz inscribe en un juzgado de Barcelona a su hija, con el nombre de Isabel Gavidia Díaz. El sargento Pacheco me recuerda que su nombre actual es Isabel Martínez Gavidia, nacida en Tafalla, Navarra, el 3 de marzo de 1.957, según figura en su Documento Nacional de Identidad. Por esas fechas de 1.957, Isabel trabaja en un conocido burdel de la Ronda de San Pablo, regentado por Doña Montserrat Clavell Oyarzun, más conocida como Madame Cocó. El sargento Pacheco me mira con una cómplice expresión, para decir: "¿Qué cojones cree usted que pasó durante esos tres años en blanco?". Aquí aparece el personaje de Andrés Martínez Cámara, cliente habitual de la casa de Madame Cocó, y tan encaprichado de la tal Isabel Gavidia, que le pone un piso en la Rambla de Cartalunya poco después, alrededor de febrero de 1.958. En 1.961, el 18 de julio, ¡qué cosas tiene la vida!, Don Andrés Martínez Cámara, ilustre prohombre de la muy noble y leal villa de Ayora, contrae matrimonio con Doña Isabel Gavidia Díaz, viuda de Don Cristóbal Martínez de Sotomayor, marqués de Batán, y reconoce como hija y heredera a la niña Isabel Martínez Gavidia, a la sazón de cuatro años de edad. El sargento Pacheco me mira, comprende mi aturdimiento, mi perplejidad, ¿qué mierda de ficha es esta cosa?. Me ofrece otro cigarrillo, y enciende el suyo parsimoniosamente.
-No fue tan difícil como usted imagina- dijo contemplando el humo- Nadie ha dudado nunca en este pueblo que Doña Isabel fuera una auténtica marquesa. Las señoras de pro siempre han admirado, o envidiado, que viene a ser lo mismo, su elegancia al caminar, su gusto exquisito al vestirse, su refinada educación al hablar y, sobre todo, su irreprochable conducta. Y, además, es más guapa que la mayoría de ellas. Y eso, Don Vicente, y no otra cosa, es una marquesa.
Cerré la carpeta, y la volví a dejar sobre las mesa.
-Una marquesa de puertas hacia fuera, y una puta de puertas hacia dentro- murmuré con la vista perdida en la horrible foto de un tipo con un enorme tricornio, un tal Capitán Cortés, creo recordar que ponía debajo- Supongo que ése es el sueño de las personas como Andrés Martínez. ¿Y ella, qué saca ella a cambio?.
-Una hija heredera, Don Vicente.
-¿Tan mezquina piensa usted que es Isabel, Don Matías?.
-Me sorprende usted, y me sorprende usted mucho. Creí que era más inteligente. ¿Qué mezquindad puede haber en procurar la felicidad de los hijos, en legarles un mundo mejor?. La señorita Isabel Martínez ha heredado de su madre la sabiduría, y de su padrastro, sólo el dinero. Será una mujer maravillosa y, probablemente, una roja.
-Le presento mis excusas, Don Matías. Y, por otro lado, no debería usted sorprenderse tanto de que yo sea un poco imbécil. Le confieso que mi fe en el futuro es más bien escasa. Yo no tengo hijos, Don Matías.
-Mire, Don Vicente, yo siempre he sido una persona bastante vanidosa. Una de mis vanidades consiste en creer que soy capaz de ver cómo son por dentro las personas. Ya sabe usted, de identificar inmediatamente la honradez, los buenos sentimientos y las ideas retorcidas. Claro, que soy un hombre de fe, y creo que, en esta vida, todo tiene una finalidad última. La justicia, pongamos por caso. Puede usted pensar de sí mismo lo que mejor le parezca, pero, personalmente, consideraría un privilegio que me contara entre sus amigos.
-¿Puedo aspirar yo también a que usted me considere incluido en ese grupo?.
-De momento, está usted entre la gente que aprecio.
-¿Significa eso que se saltaría usted su mohoso reglamento o sus santos principios para hacerme un favor?.
-Flaco favor sería ése si conllevara traicionar aquello en lo que creemos por una debilidad momentánea.
-¿Y qué es aquello en lo que creemos usted y yo, Don Matías?.
-La Justicia, pongamos por caso.
-¿Le Ley?.
-No intente usted confundirme, Don Vicente. He dicho la Justicia.
-Bien, Don Matías- dije levantándome- Creo que lo dejaré con su interesante atestado y daré un paseo para meditar. Por cierto, estoy releyendo el "Ulysses", lo encontré en esa biblioteca privada.
-¿Y qué opina usted de la bibliotecaria?.
-Opino que es el mejor regalo de los dioses para el otoño de una vida.
-Yo opino igual que usted, Don Vicente. Todas las mañanas me reafirmo en mi plegaria. ¡Que Dios la bendiga!.
-Quede usted con ese Dios, Don Matías.
-Que Él le acompañe, Don Vicente.
Encontré a Manuel sentado en su silla, recostado contra la pared, con su libro entre las manos. Levantó la cabeza y me miró.
-No tienes buena cara, chaval- dijo sonriendo- ¿Te ha pasado algo?.
-¡Me cago en la hostia!- farfullé yo- Creo que voy a acabar creyendo en Dios.
-¿Y eso es malo?-
-Oye, guardia, ¿tú estás enamorado?.
-¿Y quién no lo está?.
-Isabel dice que el amor es una mierda.
-Pues debemos de ser moscas...
-¿Sabes lo que te digo?. Si tienes guardia, jódete.
-Nos veremos mañana al atardecer, en esa taberna que tú sabes. No lo comentes con nadie.
-Hasta mañana, Manuel.
No dijo nada, sólo me saludó dando un taconazo y llevándose la mano derecha abierta a la visera del tricornio.
Mientras caminaba por aquella calle llena de moreras, fueron pasando por mi cabeza los acontecimientos de los últimos días bajo una nueva luz, una luz cada vez más triste. Algo me decía que la flecha de Paris ya había sido lanzada, y que la perversa Afrodita la conducía irremisiblemente hacia el talón del divino Aquiles. Pero eso no era lo más terrible de todo, sino que, todo parecía indicar que el divino Aquiles ya había tomado su decisión, su trágica y maravillosa decisión...
Pasé por la puerta de la casa de Isabel... Perdón, quiero decir por la puerta de la casa de Don Andrés Martínez Cámara, ilustre prohombre y cacique de la muy noble y leal villa de Ayora. Recordé que había recibido dos mil pesetas como adelanto por un trabajo, y que si bien yo no estaba dispuesto a cambiar de sitio ni uno solo de aquellos libros, tampoco estaría de más justificar mi tarea de algún modo y, de paso, descubrir el aroma de Isabel en algún rincón perdido de aquella biblioteca, invadir su castillo encantado, acariciar cualquiera de los libros que ella solía acariciar, para quererla más después de saber lo que sabía...
Llamé a la puerta. Me abrió aquella señora Remedios del hijo enfermo. Me miró con sus ojos de mansa bondad. Me llamó Don Vicente, y me informó que los señores no estaban en casa.
-No importa, señora Remedios. Seguramente, Don Andrés la habrá informado de que tengo un trabajo que hacer en la biblioteca. Si fuera usted tan amable de conducirme hasta allí...
-Como usted mande- dijo, servicial, aquella señora- Pero yo tengo que salir a hacer unas compras...
Nos interrumpió una voz melodiosa y juvenil que venía del salón.
-No se preocupe, señora Remedios- decía aquella voz- Vaya usted a su faena. Yo atenderé a Don Vicente.
Y, de repente, surgió ante mí la lozanía de una de aquellas muchachas en flor a cuya sombra yo había descubierto el mundo de Proust en aquellos lejanos tiempos cuando mi mundo estaba forjado de nostalgias que nunca fueron.
-¡Hola!- dijo aquella brisa fresca de rosa y azucena- Yo soy Isabel Martínez. Tenía ganas de conocerte.
-Si no manda usted nada, señorita Isabel...- intervino, sumisa, la señora Remedios.
-No, muchas gracias. Adiós.
Y aquella mujer de ojos bondadosos y figura sumisa nos dejó para retomar sus cotidianos quehaceres.
-Yo también tenía muchas ganas de conocerte- dije- Tu madre...
-¿Me invitas a una horchata?- me interrumpió, literalmente empujándome hacia la calle y cogiéndome por el brazo.
-¡Naturalmente!- dije yo, presa de una curiosa perplejidad y víctima de un rubor irreprimible.
-Tiene razón mi madre- dijo con una gran sonrisa y conduciéndome por la calle como a un autómata- Eres un chico muy guapo.
Recordé que, para situaciones como aquella, el recurso tópico venía en todos los manuales: "¡Qué va!, tú sí que eres una chica preciosa, la chica más guapa que he visto en mi vida. Por cierto, ¿qué haces el domingo?". También recordé que, durante muchos años, yo había perseguido obstinadamente los encantos de esas dulces muchachas que se abren a la vida con la inocencia de las flores, como un intento desesperado de retener el tiempo que se me iba de las manos como los granos de un puñado de arena. Pero, ¿cuál era ahora el problema?. ¿Por qué aquella muchachita no me parecía un fruto dulce y apetitoso?. ¿A qué venía aquella sensación de desasosiego, de desconcierto, de náufrago a merced de las olas?.
Isabel levantó la mano para saludar a una muchacha morena que caminaba hacia nosotros. Me impresionaron los ojos negros y la tez tostada de aquella preciosidad que sonrió a Isabel y le devolvió el saludo. Probablemente, se trataba de una compañera del Instituto, debían tener la misma edad.
-¡Hola, Zoraida!- dijo Isabel acercándose a ella y besándola en la mejilla. Luego, se volvió hacia mí- Te presento a Zoraida Pacheco, mi mejor amiga. Éste es- dijo mirándola a ella- Vicente, está de paso por aquí.
-Hola- dijo Zoraida extendiéndome su mano. Le ofrecí la mía, no hizo acción de estrechármela, sólo puso la suya sobre mis dedos, y noté un encantador temblor en los suyos.
-¿Eres hija de Don Matías?- pregunté buscando su mirada esquiva.
-Sí- dijo ella, apenas con un suspiro.
-No sabía que Don Matías tuviera una hija tan guapa- dije, sin darme cuenta de que me estaba comportando como uno de esos viejos verdes, tan patéticos, y tan viejos...
Se ruborizó y no dijo nada. Sólo miró a Isabel como diciendo: "¿De dónde has sacado este bicho tan raro?".
Isabel no pareció darle demasiada importancia a la tirantez de aquel ridículo momento. Sin dejar de sonreír, tomó a Zoraida por el brazo, y la invitó a acompañarnos.
-Vamos a tomar una horchata.
-Yo no puedo- intentó excusarse Zoraida- Tengo que hacer un recado...
-Si sólo será un momento, mujer. Venga, por favor...
-Bueno- condescendió- Pero no me puedo entretener mucho.
Cruzamos la calle, y entramos en una horchatería. Nos sirvieron tres horchatas en una de las mesas. Ellas hablaban de la Facultad. Las dos habían terminado COU ese año y estaban pensando en el curso siguiente. Isabel había elegido Filología Clásica, y Zoriada, Físicas. No sé por qué, pero me emocionó que aquella belleza morena de ojos negros y tez tostada hubiera elegido Ciencias y, además, Físicas.
-Yo empecé Exactas- dije interviniendo por fin el la conversación- Pero no terminé.
-¿Por qué?- quiso saber Zoraida.
-No lo sé- dije tras tomar un sorbo de horchata- Quizá porque yo nunca termino lo que empiezo.
-¿Y dejaste de estudiar?- Comprendí la expresión de Zoraida cuando dijo aquello. Para ella, hija de un guardia civil, ir a la Universidad significaba un gran privilegio, conseguido, probablemente, a fuerza de becas y del sacrificio de sus padres. No podía entender que una persona hubiese renunciado a eso, que hubiese "dejado de estudiar".
-Sí- dije bajando la cabeza- Dejé de estudiar- Era como decir "Sí, me rendí, abandoné como un cobarde, huí. Hice el Bachillerato porque mi padre se mató a trabajar en una mina, porque mi padre no quería que yo acabase minero como él y, ya ves, así le pagué su sacrificio, mira el resultado de sus ilusiones".
-¿Y qué haces ahora?- me preguntó Zoraida, como queriendo saber si me sentía satisfecho por mi traición, si me sentía orgulloso de haber tirado por la borda las esperanzas de cambio de un hombre honrado y de una mujer humilde que se pasó la vida administrando nada para sacarle algo.
-Estoy de paso por Ayora- dije rascándome la nariz, en un gesto del que nunca he sido consciente, pero que en aquel momento me sorprendió como un tic vergonzoso- Trabajo para el padre de Isabel...
-Padrastro- me interrumpió la interesada.
-Sí, claro- forcé una sonrisa más falsa que un billete de tres duros- Trabajo para el padrastro de Isabel. En su biblioteca, ordenando libros...
-¡Y mi madre tiene un cabreo...!- intervino Isabel, con una sonrisa juguetona que contrastaba abiertamente con la seriedad de Zoraida.
-Eso es- añadí yo- ¡Y su madre tiene un cabreo...!
-Zoraida conoce muy bien esa biblioteca- dijo Isabel jugando con su pajita- Es nuestra cueva encantada, nuestra isla del tesoro.
-Y está muy bien como está- añadió Zoraida.
-Estoy completamente de acuerdo- dije, encontrándome, por fin, con la mirada inmensa de aquellos profundos ojos negros. Fue un segundo, tal vez dos, pero una vorágine de emociones asaltó mi pecho, y noté cómo ardían mis mejillas.
Zoraida me robó su mirada para regalársela a Isabel.
-Tengo que irme- dijo levantándose- ¿Pasarás después por mi casa?.
-¡Claro que sí, bonita!- dijo Isabel- Nos veremos luego.
Zoraida se volvió hacia mí, y me ofreció su mano.
-Adiós, Vicente. Ha sido un placer.
Me levanté para despedirla, como hacen los caballeros y los viejos verdes. Tomé sus dedos con los míos. No fue un apretón e manos jovial y amistoso, sino una rara caricia casi clandestina. Volví a notar el temblor de sus dedos. Estoy seguro de que ella también notó el temblor de los míos.
-Nos volveremos a ver, ¿verdad?- dije yo, volviéndome a encontrar con su inmensa mirada.
-Sí- dijo ella- Claro. A mí también me gustaría.
Y nos dejó. A mí intentando recuperarme de la vorágine de sensaciones, y a Isabel soplando por su pajita y llenado de burbujas su vaso de horchata hasta el borde. Me miró con una sonrisa provocadora, como si se hubiera dado cuenta de mi profunda turbación. Me fijé en sus dientecillos de ratita mala, y me dio un vuelco el corazón al imaginar por un momento que me encontraba delante de Isabel, disfrazada de más joven.
-Tu amiga es muy tímida- dije. Generalmente, los jilipollas, solemos disimular nuestra jilipollez soltando la más impresentable de las jilipolleces.
-Eso es porque tú también le has gustado- dijo ella sin dejar de jugar con su pajita y con las burbujas de su vaso.
-¿Yo también?- dije, intentando simular que no la había entendido.
-Claro- dijo ella con naturalidad- Casi tanto como ella a ti. ¿O te crees que soy tonta?.
-No, no creo que seas tonta- dije yo, al tiempo que descubría que la horchata de Ayora no es, precisamente, la mejor del mundo- Creo que eres pérfida.
-No te preocupes- me hizo un mohín de complicidad- Luego hablaré con ella, y le diré que te ha impresionado, que ella también te gusta mucho.
-¿Y qué más hará usted, señorita Celestina?- dije yo, porque era verdad que estaba impresionado, y que Zoraida Pacheco, la hija del sargento de la Guardia Civil, me gustaba mucho, muchísimo...
-¿Cómo es que has caído por este pueblo?- me preguntó dejando de jugar con su horchata, y comenzando a bebérsela seriamente.
-Pasaba por aquí, y la Guardia Civil me detuvo por lo del capitán González.
No sé por qué dije aquello. Me salió así. Ni siquiera me dio la sensación de haber metido la pata. La verdad es que siempre he sido un bocazas, pero, además, aquella Isabel, hija de Isabel, me estaba robando el corazón a cada minuto que pasaba. Y, cuando las mujeres me roban el corazón, sobre todo si tienen dieciocho años, me vuelvo más bocazas de lo habitual. Nunca lo he podido evitar.
Isabel me miró. Había en sus ojos, azules como el cielo de una mañana de mayo, tan diferentes de aquel mar lleno de naufragios, una mirada tierna, pero irónica. Pensé en sus compañeros de clase, ¡pobrecitos!, ¡cómo debería llevarlos a todos!.
-¿En qué quedamos?- dijo sin dejar de mirarme- ¿Soy pérfida o soy tonta?.
-Pérfida. Juro por Dios que eres pérfida y no tonta.
-Pues entonces, ¿a qué viene ese cuento chino?. Si te hubiera detenido la Guardia Civil, el sargento Pacheco te hubiera metido en la cárcel y, además, mi padrastro no diría que eres un tipo competente. ¿Qué eres, guardia civil o policía?.
-¿Tengo yo cara d policía?- dije escandalizado.
-¿De qué tienen cara los policías?- me preguntó ella sardónica.
-De Richard Widmark, los policías tienen cara de Richard Widmark. ¿Tengo yo cara de Richard Widmark?.
-No, tú tienes cara de Dustin Hoffman.
-¡Y una mierda tengo yo cara de Dustin Hoffman, señorita Robinson!.
-¿Me vas a decir la verdad?- se había puesto seria. Aquella cría de mierda se había puesto seria y, a mí, me estaba poniendo nervioso. Y la cara de aquella cría de mierda se había transfigurado en la cara de Isabel, tumbada sobre la juma de El Olmo Seco, y sus ojos azules, como una mañana de mayo, se iban haciendo volcánicos, de un verde amarronado. Y en su labio inferior brillaba una gota de horchata, como aquella gota que... ¡Pero qué estás pensando, degenerado, sucio perturbado de mierda!. Me había sonrojado, y noté como una mano suave acariciaba mi mejilla sonrojada, y no vi aquella mano, porque sólo tenía ojos para mirar una lengua rosada que lamía aquella gota de horchata y luego se escondía dentro de aquella boca turbadora.
-¿Qué te pasa?- me despertó la voz de Isabel, de la hija de Isabel- ¿He dicho algo que te ha molestado?.
-No, ¡qué va!- cogí su mano y la besé- Es que, de repente... ¿Tu padr... padrastro cree que soy un policía?.
-No, él piensa que eres uno de esos guardias civiles que se dedican a cazar rojos. ¿Se llama Brigada Social?.
-Sí, pero los de la Brigada Social no son guardias civiles.
-¿No?, ¿y qué sois entonces?.
-¿Tu madre también piensa que me dedico a cazar rojos?.
-No lo sé. Mi madre es muy guapa, ¿verdad?.
-Sí.
-¿Quién es más guapa, mi madre o yo?.
-Tú.
-Pero a ti te gusta más ella, ¿no es verdad?.
-Sí, es verdad.
-Me lo imaginaba.
-¿Qué es lo que te imaginabas?.
-El motivo de que te costara tanto decirme la verdad.
Fui a decir algo, pero, de repente, Isabel se sobresaltó y miró hacia la puerta de la calle.
-¡Hostias, mi madre!.
Le salió del alma. A mí me suele salir del alma en singular, a mí me sale "¡Hostia!". Desde entonces, siempre he tenido la sensación de que "¡Hostias!", así, en plural, es como más femenino. Isabel se había puesto en pie, y yo miré hacia la puerta de la horchatería antes de hacer lo mismo. Detrás de los cristales estaba Isabel, la madre de Isabel. No hizo el más leve ademán de intentar entrar, sólo nos miraba desde el otro lado del cristal. Llevaba un traje-chaqueta de un azul que yo nunca he sabido definir, y una camisa blanca con volantes que terminaba en un lazo bajo el cuello donde destacaba un pedrusco que bien pudiera ser un aguamarina, un laspislázuli o yo qué sé. La falda le llegaba hasta las rodillas, era una falda ceñida, con una abertura en la parte de detrás. Estaba muy maquillada y llevaba el pelo recogido en un moño. Ahora sí que parecía una puta, quiero decir, una marquesa. Seria y mayor...
-No le digas de lo que hemos estado hablando- dijo Isabel, la hija de Isabel, mientras nos dirigíamos hacia la puerta.
-¿Por qué?- quise saber yo.
-Será nuestro secreto- dijo ella- ¿No te gustaría compartir un secreto con una jovencita como yo?.
-Me encantaría, pero...- en ese momento me di cuenta de que alguien tenía que pagar las horchatas. Así que me dirigí a la barra mientras veía cómo la muchacha salía al exterior y su madre la reprendía pública y estentóreamente.
Cuando salí, no pude evitar ser el estúpido que he sido siempre.
-La culpa ha sido mía, Isabel. No la...- Naturalmente, no terminé la frase, porque aquellos ojos volcánicos, de un verde amarronado, se habían vuelto gélidos, como la meada de un esquimal.
-Don Vicente- comenzó- El hecho de que trabaje usted para mi marido no le otorga el privilegio de permitirse ciertas libertades. No me gusta hablar de estos temas en medio de la calle, así que tenga la bondad de acompañarme- luego, se volvió hacia su hija- Y en cuanto a usted, señorita, hablaremos más tarde.
-Sí mamá- dijo la señorita en cuestión con la mirada baja- ¿Puedo ir a casa de Zoraida?, hemos quedado para...
-Muy bien- la interrumpió la madre- Saluda de mi parte a Doña Águeda. Y comemos a las dos.
-Sí, mamá. Seré puntual. Buenos días, Don Vicente.
Isabel no dijo nada más. Cruzó la calle con andares de marquesa mientras yo caminaba a su lado mirando los balcones con postigos de la casa de enfrente.
-Perdona- murmuré- No tengo mucha práctica en eso de...
-¡Cállate, jilipollas!- murmuró ella con una sonrisa encantadora mientras se alisaba una arruga de la falda.
Ya no dijo nada hasta que llegamos a la puerta de su casa. Sacó una llave de su bolso y abrió, me invitó a pasar delante, y ella lo hizo después, dando un portazo. Se abalanzó sobre mí, puso las manos en mi cuello, y comenzó a zarandearme.
-¡Que sea la última vez que me pones en evidencia en este pueblo!- sus ojos se iban haciendo volcánicos de nuevo- ¿Qué hacías en esa horchatería con mi hija, so guarro?.
-¡Tomar una horchata, leche!, ¿qué tiene eso de malo?- me defendí.
Me llevó hasta el salón, una vez allí, soltó mi cuello, me giró, y me empujó hacia unas escaleras de madera que yo ya conocía. Eran las escaleras que conducían a su alcoba, las recordaba de aquella primera gloriosa noche...
-¡Tira p'arrriba!- me espetó.
-¿Para qué?- grité intentado volverme.
-Yo te diré para qué, hijo de puta. Te vas a enterar de lo que es una tía con las bragas mojadas.
Subí las escaleras y entré en la alcoba. Tenía miedo de volverme, por eso sólo pude escuchar el ruido de la puerta al cerrarse.
Me abrazó por detrás y me metió directamente mano a los huevos. Con la otra mano, me cogió por la barbilla y me mordió en la boca. Me hizo daño y me puso frenético de excitación. No sé cómo cojones se las apañó para lanzarme sobre la cama, arrancarme los zapatos, quitarme los pantalones y dejarme con aquellos calzoncillos a lunares tan bonitos que me había regalado Mari Carmen. Intenté incorporarme, pero noté un calor húmedo y una caricia viscosa en la punta de mi pobrecita polla encabritada. En esas circunstancias, sólo se me ocurrió taparme la cara con las manos y gritar un "¡Hooooostia!" que me salió del alma. Aquello fue como una descarga eléctrica, como un hormigueo brutal que me puso de punta todos los pelos del cuerpo, incluidos los de dentro de la nariz, sobre todo los de dentro de la nariz. Cuando levanté la cabeza para ver aquello, porque yo quería verlo, necesitaba desesperadamente ver aquello, lo que vi fue a Isabel sentada sobre mí. No se había quitado nada, se había subido la falda y se había apartado las bragas, y me estaba galopando como si yo fuera el noble Realejo. ¿No es en Cuba donde las llaman jineteras?. Lo que yo no me podía explicar, lo que no me entraba en la cabeza de ninguna de las maneras, era cómo coño se las había arreglado para cambiar mi cacharro de sitio sin que yo me diera ni cuenta. Porque yo juraría que antes no estaba ahí. Ahora, lo que notaba era una cálida presión y un roce orgiástico, que me hacía temblar de emoción, estremecerme de placer y convulsionarme de deseo. Cuando se dejó caer sobre mí, me llenó la boca con su saliva y me clavó las uñas en el pecho, se produjo la gran explosión, el gran terremoto, la hecatombe... No se había quitado ni los zapatos, ni se había despeinado...
Yo estaba agonizando, a punto de entrar en coma. Ella estaba sentada junto a mí, acariciándome la nariz con el dedo meñique.
-¿Qué te pasa, bello doncel?- sonó lejana su voz- Cuéntaselo a mamaíta.
-Déjame morir en paz- supliqué- O dime que me quieres, aunque sea mentira.
-No te irás a rendir ahora, ¿verdad?- siguió sonando, lejana, su voz- Aún no hemos empezado. ¿Ni siquiera vas a desnudarme?.
Levanté la cabeza como buenamente pude, y la vi sentada junto a mí, con las piernas recogidas y su camisa blanca llena de volantes y el pedrusco sobre el lazo sin deshacer, con los zapatos puestos y el pelo recogido en un moño. Sólo la chaqueta, de ese azul que nunca he sabido definir, presentaba ciertos síntomas de desaliño, de poco decoro. Levanté la mano derecha para tirar del lazo, luego le desabroché la camisa llena de volantes, y aparecieron sus senos rosados coronados de amapolas, seguía sin llevar sujetador. Hizo un mohín con su nariz, y aparecieron sus dientecillos de ratita mala.
-La falda, bello doncel- susurró con sus labios de grosella- Hay un ganchito y una cremallera en este lado.
-¿Sí?- dije yo intentando escandalizarme- ¡No me jodas!.
-Naturalmente que sí- movió la cabeza con gesto de reconvención- Mamaíta te va a joder vivo, y si te mueres, te seguirá jodiendo muerto.
-No- dije yo incorporándome y sentándome junto a ella mientras le quitaba la chaqueta- Eso de los dos polvos seguidos es un mito, una leyenda...
-¿Eso crees?- dijo ella poniéndose de rodillas para que le quitara la falda.
-Está científicamente demostrado- dijo yo mientras le quitaba uno de los zapatos.
-¡Ah, claro!. Olvidaba que tú eres un chico de Ciencias- dijo ella estirando los brazos hacia atrás para que yo le quitara la camisa mientras le mordía el cuello.
-Y, además- añadí bajándole una de las medias- Un alumno brillante.
-¿Quién decía aquello de que dos y dos son cuatro, hasta nueva orden?- preguntó ella poniendo la segunda media sobre mi cabeza.
-Einstein, Alberto Einstein. Un judío muy simpático- respondí tumbándola sobre la cama para quitarle las bragas.
-¿Lo ves, chico de Ciencias- dijo apoyando sus tobillos sobre mis hombros.
-El Método Científico- comencé a explicarme- Requiere un estudio individualizado de los fenómenos físicos- y, para demostrarlo, comencé a hacer un pormenorizado estudio de sus órganos genitales, utilizando la lengua de la misma manera que ella me había enseñado a utilizar los dedos bajo aquel pino inclinado de El Olmo Seco.
Se estremeció, gimió durante unos instantes y luego lanzó un grito. Levanté la cabeza y la miré. Ella se incorporó, puso sus manos en mis mejillas y me miró a los ojos.
-¿A qué sabe?- preguntó.
-A ver, a ver...-medité un momento- ¿A zumo de limón?.
Me abrazó y me mordió en el lóbulo de la oreja.
-¡A que te voy a querer un poco al final!- me susurró al oído.
Se colocó de rodilla delante de mí, inclinó su cabeza hacia atrás hasta apoyarla en mi hombro y comenzó a hacer un minucioso estudio estomatológico de mis encías con su lengua, de todas y cada una de ellas. Con la otra mano me acariciaba el pene, o la polla, no lo recuerdo bien. Yo abracé con una mano sus pechos y con la otra busqué su sexo, o su coño, eso tampoco lo recuerdo bien. Cuando terminó su estudio odontológico, me susurró al oído:
-¿Crees que ya estás preparado para entrar en el cuarto pequeño?.
Yo estaba tan excitado, que me daba igual un cuarto que otro. Noté una presión cálida y convulsa, y me sentí otra vez atrapado por los estertores del placer, del hormigueo de mi espalda, de la hirsutez de todos y cada uno de los pelos de mi cuerpo, incluidos los de las orejas, sobre todo los de las orejas. Aferrado a sus pechos y a su sexo, comencé a moverme frenéticamente, mientras ella levantaba los brazos hasta rodear mi nuca y me mordía en el cuello. Sentí una terrible punzada en el cuello, y noté que algo se me desgarraba. Entonces busqué su boca, completamente roja, y el sabor eléctrico de la sangre me hizo entrar en un éxtasis arrebatado, otra gigantesca explosión, otro seísmo de ocho y medio en la escala de Rizter, o en la escala de Fellini, vaya usted a saber, otra hecatombe... Se había producido la nueva orden, desde ese momento, dos y dos dejaron de ser cuatro.
Me escocía el cuello una barbaridad, y tenía la cara llena de sangre.
-¡Hostias!- dijo ella, así en plural, como lo hacen las mujeres- Me parece que te he degollado un poco. Habrá que curar esa herida antes de que te desangres.
-No te preocupes- dije yo, pero la verdad es que me dolía un huevo aquella herida- Ahora seré inmortal como tú, y viviremos felices por toda la eternidad.
Me estaba lamiendo la herida como una gata, pero eso no evitaba que siguiera pareciéndome una ratita mala.
-Vamos al cuarto de baño- dijo cogiéndome de la mano- Nos ducharemos y curaremos eso.
-¿Dónde está el cuarto de baño?- pregunté ante el temor de que tuviéramos que cruzar toda la casa.
Me condujo hasta una puerta que había no muy lejos de la cama, en la parte derecha. ¿Nogal, tal vez?. Siempre quise ser ebanista, nunca me arrepentiré bastante de no haber aprendido ese bello oficio. Isabel abrió aquella puerta, y apareció un magnífico cuarto de baño. No olía a violetas, como el cuarto de baño de Mari Carmen, pero era luminoso, amplio y muy acogedor.
-Parece que se ha cortado la hemorragia- dijo Isabel- Vamos a ducharnos.
-Sólo si me dejas que te enjabone- dije yo.
-¿Cómo sabes que me chifla que me enjabonen con las manos desnudas?.
-Intuición- dije yo- ¿Quién te suele enjabonar?.
-No te lo digo, porque te morirías de envidia.
-Ya me estoy muriendo de envidia.
-¡Ah!, ¿sí?- dijo volviéndose hacia mí- Eres un miserable, ¿no acabas de decir que sólo me quieres a mí?.
-¿Yo he dicho eso?.
-Ni se te ocurra decírmelo, ni a mí ni a nadie. Quiero que seas un chico listo de verdad, bello doncel.
La ducha tenía un artilugio en el techo y uno de esos mandos de teléfono. Isabel abrió el agua de arriba, caía tibia, no caliente, acariciaba más que mojaba. Me llené las manos de gel y comencé a enjabonarla por todo el cuerpo, lenta y ceremoniosamente. Ella levantó los brazos hacia los finos hilos de agua y comenzó a girar sobre sí misma. Al cabo de unos momentos, comenzó a enjabonarme ella también a mí. Yo me había ensimismado en enjabonar un par de lugares que me resultaban especialmente gratos, mientras que ella se había olvidado del resto de mi cuerpo, y me estaba poniendo la polla y los huevos perdidos de espuma blanca.
-¿Por qué no me enjabonas con esto?- dijo con mi pene entre las manos.
-¿Qué cuarto?- pregunté yo.
- Los dos- dijo ella muy seria- No pretenderás dejar la limpieza a medias.
-No- dije avergonzado- Claro que no.
Cerró el agua. Flexionó su cuerpo hacia delante hasta que sus cabellos tocaron el suelo manteniendo las piernas rectas. Cogió su polla con las dos manos, porque de mía ya tenía muy poco, y la metió, de momento, en el cuarto grande, iniciando una rítmica y acariciadora profilaxis. Yo comencé a notar un ligero cosquilleo. Ella tenía las dos manos entre mis piernas, con una manejaba el aparato de enjabonar, y con la otra enjabonaba a su vez la zona más testiculosa. Todo marchaba dulce y suavemente hasta que noté que uno de sus dedos había empezado a enjabonar mi cuarto trastero. No me metió ligeramente el dedo por el culo, me lo metió entero, y encendió una mecha de pólvora placentera. Fui presa de una convulsión espasmódica, y comencé a moverme más deprisa. Cuando noté su segundo dedo lubricado de gel colaborar con su compañero en las tareas de limpieza, lancé un grito, comenzaron a temblarme las piernas, me incliné sobre su espalda y casi nos vamos de morros al suelo. Afortunadamente, pude levantar los brazos y apoyarlos en la pared de baldosas, y en esta posición escandalosamente ridícula se produjo la tercera explosión, el definitivo cataclismo. ¿Definitivo?. ¡Maldito judío de mierda!. Oye, Alberto, querido, tú no me habías dicho a mí que la relatividad consistía en esto. ¿No habíamos quedado en que, si prescindimos del punto de vista, las leyes que rigen el Universo son inalterables?. ¿No eras tú el que decía que Dios no juega a los dados con el Universo?. Entonces, ¿cómo cojones me vas a explicar ahora que dos y dos tampoco son cinco, ni siete, ni leches en vinagre, como diría mi bienamado Manuel, con quien, por cierto, tengo que discutir este tema cuando vayamos a la verbena del pueblo de las tres mentiras?.
Me quedé sentado en el suelo de la ducha, pero Isabel permaneció en pie, riendo a carcajadas, y volvió a abrir el agua templada, ésa que acariciaba en vez de mojar.
-¿Te duele el culo, muchacho?- me preguntó mientras cogía el mando de teléfono e iniciaba una meticulosa limpieza de aquellos bichitos con vocación de futuros marineretes que indudablemente intentaban emular el día D y la hora H por todos los recovecos de sus cavidades genitales.
-Sí, pero me duele más el alma- dije yo sentado, cabizbajo y taciturno.
-¿Por qué?- quiso saber ella sin dejar ni por un momento su meticulosa limpieza.
-Porque creo que me he corrido por lo que tú me hacías a mí, y no por lo que yo te hacía a ti- ni los más expertos interrogadores stalinistas hubieran sacado de mí una confesión semejante en circunstancias normales. Tal era mi estado de desolación y de derrota.
-Pues eso no es nada, muchacho- dijo ella, satisfecha y orgullosa de mi desolación y mi derrota- Lo que te he hecho yo no es nada comparado con lo que puede llegar a hacerte una buena polla.
Pensé que me estaba consolando, adulando más bien, al recordar con esa delicadeza la intensa emoción del polvo número dos, más conocido como Teoría de la Relatividad, en honor de aquel maldito judío, inventor de los polvos relativos. Por eso la miré orgulloso, casi ruborizado, y agradecido, coño, ¿por qué no?, muy agradecido.
-¡Oye, tú!- exclamó ella, oliendo mis sentimientos, que apestaban a semen anal- No estarás pensando que, cuando he dicho una buena polla, me refería a la tuya, ¿verdad?.
-¡Ah!, ¿no?- grité, súbitamente fulminado por el rayo que no cesa, ya saben, ese carnívoro cuchillo de ala fina y homicida.
-¡Naturalmente que no!- continuó sin piedad el rayo de metal crispado, fulgentemente caído.
-¿Insinúas acaso- declamé despavorido- que soy maricón y, además, ignorante, ya que ignoro lo que soy?.
-Insinúo que el placer te place, bello doncel, sin importar de dónde venga.
-¡Cielos!, pero eso es terrible- grité- Ahora no tendré más remedio que ser feliz, que gozar de la vida, que...
-Que secarte- continuó ella- Vestirte con mimo y cuidado y conseguir la apariencia de que vienes de la calle. No sé si sabrás que no te encuentras en la casa de tu amada Mari Carmen, y que no puedes pasearte por aquí disfrazado de loca patética. No sería decente.
-¿Y qué harás tú?- quise saber.
-Ponerme una de mis batas de seda japonesa, ir a la cocina a preparar café y descorchar una botella de brandy.
-El brandy no se descorcha- dijo el niño sabihondo, muy enfadado con mamá.
-El brandy que yo tengo- me corrigió ella- Se descorcha. Y el tapón se tira.
Comenzó a secarse parsimoniosamente con una gran toalla de color rosa. Se frotó el pelo y se hizo una cola. Yo la contemplaba moverse, perdiéndome en todas y cada una de las curvas de su cuerpo terso y suave. Tenía ante mí un espléndido desnudo femenino, una obra de arte. Era la primera vez que miraba a una tía en pelotas como se miran los cuadros de Tiziano que, como todo el mundo sabe, son desnudos femeninos, obras de arte, y no tías en pelotas. Miré a mi triste pollita, dulcemente encobando los huevos.
-Tú, ¿qué opinas?- le pregunté.
Pero ella ni siquiera se dignó levantar la cabeza para mirarme, y mucho menos responderme. Probablemente estaba muy enfadada conmigo por haberla tratado tan mal, ¡con lo feliz que había sido ella durante mis largos años de virginidad!.
-¿Cuál es la versión oficial sobre la herida de mi cuello?- pregunté poniéndome en pie y cogiendo la misma toalla que había usado ella para secarme.
-¡Ay, pobrecito mío!- exclamó- Me había olvidado de tu cuello. Ven aquí y arreglaremos eso.
Me acarició las mejillas y me besó suavemente en los labios. Después, abrió una puertecita de madera y me enseñó una botella de alcohol.
-Esto te escocerá- dijo.
-No importa- dije yo- Soportaré el dolor como un chico valiente.
Pero, naturalmente, cuando sentí el escozor sobre la herida, semejante al que deben sentir las reses cuando las marcan, me olvidé del chico valiente, y gemí como un hombre cobarde. Isabel no se extrañó demasiado ante aquella impúdica manifestación de mi verdadera naturaleza. Ella sabía perfectamente que, en la mayoría de los hombres, la cobardía se supone. Me curó con mercromina, puso una gasa sobre la herida, y la sujetó con un esparadrapo. Me volvió a besar y me dijo que nos veríamos en la biblioteca. Salió del cuarto de baño, se puso una de sus batas de seda japonesa, y abandonó la alcoba.
Después de una búsqueda sistemática de todas y cada una de mis prendas de vestir, y tras colocar cada una de ellas en el lugar conveniente para el cual fueron diseñadas, me miré al espejo. El problema más grave era el pelo, si partimos de la base de que yo no recordaba que hubiese llovido, aquello de simular que venía de la calle resultaba una torpe mentira fácilmente desenmascarable por cualquier sabueso medianamente inteligente. Así que, con el corazón en un puño, salí de la alcoba, bajé las escaleras, crucé el salón y llegué a la biblioteca. Nadie, ni siquiera uno de esos pelmazos que te piden fuego en las esquinas, se cruzó en mi camino. Llegué al castillo encantado sin novedad, y me dije a mí mismo que era un tipo con suerte, mientras los profundos ojos negros de Zoraida me contemplaban desde algún remoto rincón del alma, y sus labios turbadores me sonreían recordándome que nada es para siempre, porque todo es eterno.
Bien, yo tenía un trabajo que hacer. O, mejor dicho, una estafa que llevar a cabo. A fin de cuentas, Don Andrés Martínez, el cacique del pueblo, no me pagaba por follarme a su santa esposa, sino por poner orden en una biblioteca desordenada. Por ese motivo, haciendo gala de mi proverbial sentido de la responsabilidad y mi tradicional respeto por la confianza depositada en mí por tan ilustre prohombre, puse manos a la obra, o al opus, como dicen ellos. Elegí al azar una de las estanterías, busqué papel y bolígrafo en una preciosa mesa de lectura que había justo en medio de aquella altiva biblioteca que jamás me cerró sus puertas, tomé nota de los libros que allí había y del orden en que estaban colocados. Los fui depositando en el suelo, haciendo con ellos dos grandes montones, y me dispuse a volver a colocarlos en el mismo orden en que estaban. Cogí el primero. ¡Vaya, hombre!, "El idiota", o "Idiot", nombre por el que yo lo conocía, de mi muy amado, y nunca suficientemente ponderado Fiódor Mijáilovich Dostoievski. ¿No era ése acaso el libro que le prometí a Josefa aquella tarde que me besó porque estaba piripi y se sentía feliz?. Josefa, querida Josefa, Mari Carmen me matará si te rompo el corazón. ¿Dónde estás ahora, dulce reina de las hadas?. Mataré al primer imbécil que te llame Rana, y pondré su sucia lengua a vuestros pies, mi Señora... Me senté sobre uno de los montones de libros, y abrí el que tenía en las manos... "A fines de noviembre, en un día de deshielo, a eso de las nueve de la mañana el tren de Varsovia se acercaba a Petersburgo a todo vapor...". Ellos, los nacidos allí, la llaman Peter, la bienamada... Pero tú, amigo Fiódor Mijáilovich, eras moscovita, como yo, es decir, de otro lugar. Ni tú ni yo nacimos en Peter, la bienamada. Pero a ambos nos encantaría besar a la dulce Josefa sobre uno cualquiera de los puentes del Nevá, como dicen ellos, o del Neva, como he dicho yo toda la vida. Quizá sobre el mismo puente donde Raskólnikov, nuestro triste amigo Rodión Románovich, abrazó por primera vez a la dulce Sonia. Haremos una cosa, Fiódor Mijáilovich, amigo mío, tomaremos el Palacio de Invierno y haremos la Revolución, en Octubre quizá, así, nuestro buen camarada Pedro Francíscovich no se ofenderá demasiado cuando besemos a la dulce Josefa sobre un puente del Neva, tal vez entonces se sienta orgulloso de nosotros, y orgulloso de Josefa, nuestra entrañable Josefa Petrovna...
-¿Qué haces, estás dormido?- aquella voz me arrebató de mi sueño, de mi puente sobre el Neva.
-¿Qué...?- me volví y vi a Isabel con una bandeja en las manos. Traía café y brandy. Depositó la bandeja sobre la mesa, y me miró con cara de curiosidad.
-Parecías abstraído, ¿dónde estabas?- me preguntó.
-En Petersburgo, la bienamada. En un puente sobre el río Neva, con un idiota amigo mío- dije mostrándole el libro que tenía en las manos.
-¿Te pasa lo mismo cada vez que coges un libro?.
-Me suele pasar a menudo, sí.
-También a mí- dijo ella mientras su mirada se perdía entre los estantes de su amadísima biblioteca- Hace unos días, sin ir más lejos, mi amigo John "Long" Silver y yo tuvimos una pequeña aventura...
-¿Descubristeis un tesoro en una isla?- dije yo, recordando que el viejo John Silver "El Largo" y yo también hicimos algo parecido hace muchos años.
-No, no hicimos eso. Echamos un polvo salvaje.
-Pero, ¡qué puta eres!. ¿No se te ocurre hacer otra cosa con los personajes de las novelas?- Lo dije yo, el mismo que besaba a Josefa sobre un puente del Neva.
-¡Claro!, ¿qué esperabas?. No te puedes imaginar lo que hacemos Jeckyll, Hyde y yo cada vez que nos juntamos.
-¡Pérfida!- grité desconsolado- Me pones los cuernos con Robert Louis Stevenson.
-Y con Dickens, y con Flaubert, sobre todo con Flaubert...
-Confieso que con Emma Bovary también te los he puesto yo un par de veces. Y con mis dos Anas del alma,con ellas, casi a diario...
-Karenina y Ozores, supongo.
-Supones muy bien- quizá debí maravillarme de que Isabel reconociera con tanta rapidez a Anna Karenina y a mi queridísmia Regenta, Ana Ozores. Pero la verdad es que, delante de Isabel, ya sólo Isabel podía maravillarme.
-El café se enfría- dijo ella señalándome una butaca que había junto a la mesa donde, momentos antes, había depositado la bandeja.
Me senté, ella me ofreció una taza y se sentó sobre mis rodillas con otra taza entre las manos. Entre sorbo y sorbo de café, besé a Emma Bovary, fresa y grosella, a Anna Karenina, sladkáia malinka maiá, dulce frambusa mía, y, cómo no, a mi paisana favorita, Ana Ozores, embriagador néctar de manzana...
-¿Por qué esas tres precisamente?- quiso saber Isabel.
-Porque las tres son mujeres casadas y, como dice Mari Carmen, está visto que lo mío son las mujeres casadas.
-¿Crees que podríamos ser cuatro a partir de ahora?.
-Vosotras sois tú, Isabel. En ti las quiero a ellas.
-¡Eres un hijo de puta!- dijo levantándose, cogiendo mi taza, y dejándola junto a la suya sobre la bandeja. Escanció brandy en dos copas y me ofreció una- Si haces que me enamore de ti, tendré que matarte.
-Hoy casi lo has hecho. Mátame cuando quieras.
-De acuerdo. Pero antes te contaré una historia. ¿Te gustaría saber qué ocurrió durante ese periodo en blanco de mi ficha?.
-¿Qué periodo en blanco?.
-¿No te ha enseñado Matías esta mañana mi ficha?.
-Sí- dije asombrado- Pero aún no te he contado lo que dice ea ficha.
Cogió un libro de anchas tapas que había en medio de la estantería del centro. Completamente visible para todo el mundo que mirara, absolutamente invisible para cualquiera que buscara algo. Lo abrió, sacó de dentro una carpeta azul, y me la entregó. Era idéntica a la que había visto yo por la mañana en la oficina del sargento Pacheco, idéntica por dentro y por fuera. Si no fuese absolutamente imposible, hubiese jurado que era la misma.
-No entiendo nada- dije, boquiabierto, con la carpeta en la mano- ¿Qué es esto?.
-Durante un tiempo pensé que era mi ficha- dijo ella tomando un sorbo de brandy- Pero, parece ser, que sólo es una burda copia.
-El sargento Pacheco me dijo que esta ficha no podía salir del cuartel, ni siquiera una copia. ¿Cómo ha llegado hasta aquí?. Y, si ya la tenías, ¿por qué has hecho que yo...?- hice una pequeña pausa. Me levanté y me acerqué a ella- ¿Qué querías averiguar?, ¿por qué me has utilizado de esta manera?.
Isabel me miró con ojos inexpresivos. En realidad, yo estaba mucho más intrigado que dolido, pero ella debió pensar todo lo contrario.
-Ya no soy tan maravillosa, ¿verdad?- comenzó a decir- A veces puedo comportarme como una puta rastrera, ¿es eso lo que estás pensando ahora mismo?.
-No, Isabel- dije mirando la parte inferior de su bata de seda japonesa- Yo no pienso eso de ti. Es sólo que tengo la impresión de que todo el mundo está jugando conmigo. El sargento Pacheco, tú, el caballero del triste tricornio...
-¿Quién es el caballero del triste tricornio?.
-Manuel, Manuel Sanchis.
-¡Ah, sí!. No le cae nada mal ese apodo, es cierto.
-¿Por qué no me dijiste que, sencillamente, querías saber si aún estaba tu ficha en el cuartel?.
-Porque tenía la esperanza de que no estuviera, y que tú pensaras que Matías no te la quería enseñar.
-Y si hubiera sido así, ¿qué habrías hecho?.
-Un trato con Matías, naturalmente. Pero ahora ya no puedo.
-Todavía puedes. ¿Por qué no confías en él?.
-Vicente, Matías es un guardia civil. Ellos son el enemigo.
-Y, además, lo odias.
-¿Por qué?.
-Porque cierta persona está enamorada de él.
-¡Cállate, imbécil!, ¡qué sabrás tú!.
-Yo sé pocas cosas- dije poniendo voz de León Felipe- Pero sé que tú darías la vida por esa persona y... él también.
-¡Qué ingenuo eres!.
-Sí, eso es cierto. Pero, ¡qué curioso es el amor!, ¿verdad?. También yo daría la vida por esa persona, pero me temo que cierto caballero del triste tricornio se nos va a adelantar a todos.
Isabel se sentó sobre uno de los montones de libros que yo había colocado en el suelo. La bata se le había abierto lo suficiente como para que parte de su vello púbico se insinuara, frondoso, entre sus muslos. Se dio cuenta de que yo estaba mirando aquel sugerente triángulo curvilíneo, y me miró con gesto de reproche.
-¿Qué estás mirando?- dijo con sequedad- ¿Acaso no has tenido bastante por hoy?.
-No es eso- dije yo con gesto de resignación- Siempre que una mujer se sienta delante de mí en una postura parecida a la tuya, los ojos se me van como locos buscando sus bragas. Pero tienes razón, tú no llevas bragas. Me siento frustrado.
-No, no llevo bragas, y tengo el coño reposando directamente sobre...- se miró entre las piernas- David Copperfield.
-¡Pobre muchacho!- dije yo, presa repentina de una gran ternura- Le vas a partir el corazón.
Isabel se levantó y se arregló la bata de seda japonesa. Escanció más brandy en nuestras copas.
-Creo que tienes razón- dijo volviéndose y dándome la espalda mientras sorbía un trago de su copa- Lo que yo pretendía es que este asunto no se me fuera de las manos, pero estoy empezando a comprender que ya hace tiempo que se me fue. ¿Quieres escuchar esa historia?- añadió volviéndose hacia mí.
-¡Claro que quiero!. Es lo que más deseo en estos momentos- dije yo, haciéndole una seña para que volviera a sentarse sobre mis rodillas.
-No- dijo ella rechazando mi invitación con un gesto de la mano- No quiero que me toques mientras te lo cuento, ni que me digas nada. Hazte a la idea de que no estás. O de que no estoy yo.
-Como quieras- dije- No te interrumpiré. No diré nada.
Comenzó a pasear y se detuvo detrás del sillón donde yo estaba apoltronado. Me quedé inmóvil, mirando mi copa de brandy y sin decir ni hacer nada. Isabel comenzó su historia...
-Yo no me fugué de aquel orfanato. Me raptaron, mejor dicho, me vendieron. Una noche me drogaron, y me desperté en una lujosa habitación de un burdel selecto en el barrio de Sarrià, en Barcelona. Una vieja puta, con la cara pintada como una actriz de kabuki, me explicó entonces lo que me iba a pasar. Yo no era una niña dócil, sino más bien arisca, así que sería eso lo primero que aprovecharían de mí. Al día siguiente, entró en la habitación un tipo con cara de cerdo, y sin decir ni palabra, me dio una bofetada brutal, me lanzó sobre la cama, me destrozó toda la ropa y me violó... Cuanto más gritaba yo, más se excitaba él. Grité mucho, intenté defenderme... Aquel tipo se lo debió pasar de miedo. Seguro que le cobraron una fortuna, porque, además, me había desvirgado. Durante un par de meses, aquella escena se repitió casi a diario. Y así llegó el día en que dejé de gritar y de defenderme. Entonces me volví más dócil, tal como había anunciado aquella puta vieja. Y cambiaron de táctica. Ahora me vestían de colegiala, o con ropas más infantiles, y unos cerdos asquerosos se dedicaban a babearme, querían que los llamara papaíto, y me metían la lengua por todas partes, se corrían gruñendo como auténticos puercos, normalmente en mi cara, y después lamían el semen entre jadeos y resoplidos. Al cabo de unos ocho meses, dejé de serles útil, y me revendieron a un chulo de la calle Escudillers. Le decían Juan "El Cortao", no porque tuviese ninguna cicatriz en la cara, sino porque, parece ser que era un cobarde de mierda delante de los otros chulos. Con sus putas era distinto, con ellas se cebaba como una bestia desquiciada. Estuve haciendo la calle durante casi un año. Me tuve que especializar en los números más asquerosos, porque la vida se puso dura, y había que sacar dinero de donde fuera. "El Cortao" necesitaba mucho, porque era un borracho y, además, se metía en el cuerpo todo lo que pillaba. Cuando llegaba hecho polvo y no se le empinaba, me echaba la culpa a mí y se liaba a hostias conmigo, así se excitaba y podía darme de comer, como él decía. Un día descubrí que estaba embarazada, de él probablemente, porque, con los clientes siempre se tiene más cuidado, antes y después, pero, tras las palizas de aquel salvaje, una no pensaba en esos cuidados. Una compañera me habló de una bruja que practicaba abortos, era una guarra, pero sólo se le morían dos o tres de cada diez, para los tiempos que corrían, aquello era toda una garantía. Pero aquella bruja cobraba por adelantado, así que comencé a sisar un poco de dinero cada día para poder pagarle. "El Cortao" se enteró, y se presentó hecho una fiera, gritando que yo era una desagradecida, y que así le pagaba lo que estaba haciendo por mí. Le lloré, le supliqué, le dije que tenía que abortar, que no había otra salida. Estaba borracho, como siempre, y me dijo que no me preocupara, que él me haría abortar a hostias, y además gratis, para que luego fuera por ahí diciendo que no era un hombre generoso. Me lanzó un revés que me partió los dos labios y me reventó la nariz. Caí al suelo, y me propinó una patada en el vientre, gritando "yo te daré abortos, mala puta". La patada me lanzó contra la mesilla de noche, y la botella que había sobre ella cayó al suelo y se rompió. La cogí por el cuello, me lancé contra él como una posesa, y le rebané la garganta de oreja a oreja. Cayó como un saco de patatas. Yo me acurruqué en un rincón, gimiendo como una pobre loca. Tenía sangre en las manos, en la cara, en el pelo, en la ropa... Desde aquella posición, lo vi convulsionarse brutalmente, lanzando sangre a borbotones por la boca, por la nariz y por la herida. No podía respirar, y cuando lo intentaba, la sangre le fluía a lo bestia por todas partes. Los espasmos lo hacían retorcerse y lanzar una especie de gemidos guturales espantosos. Tardó una eternidad en quedarse quieto, y aún después de esa eternidad, de tanto en tanto, sufría una convulsión, y le volvía a salir sangre. No sé cuánta sangre puede llegar a tener un ser humano, pero aquel cerdo inundó todo el suelo, salpicó todas las paredes, y hasta el techo llegaron algunos goterones. Yo me quedé en aquel rincón, gimiendo y llorando, fuera de mí. No sé cuánto tiempo pasó hasta que vi cómo se habría la puerta. Era Inés. Inés vivía en el cuartucho de al lado. La había visto algunas veces por la escalera y en la puerta de la calle. Yo pensaba que también era una puta, pero siempre me extrañó no ver a su chulo. En aquel infierno, ninguna puta iba por libre. Se acercó a mí, me quitó la ropa y la arrojó sobre la cama, me sacó desnuda al pasillo y me llevó la cuarto de baño, me limpió meticulosamente y me condujo hasta su cuarto. Allí me vistió con ropas suyas. Yo me dejaba llevar como una muñeca de trapo. Yo era, en ese momento, una patética muñeca de trapo. Salimos a la calle y caminamos hasta las Ramblas. Allí me sentó en un banco y me dijo que esperara. Mientras esperaba, un muchacho bastante guapo se detuvo frente a mí y me saludó. Yo no dije nada, tal vez fuera un viejo cliente, o tal vez me vio hecha polvo y se compadeció de mí. Pero Inés volvió enseguida, se disculpó delante del chico aquél y me hizo subir a un coche que había parado justo detrás del banco. Salimos de Barcelona, y me llevó a un pueblecito del que nunca he podido recordar el nombre, San Nosequé del Llobregat. A las afueras de aquel pueblecito había una vieja masía. Inés me condujo hasta un cuarto enorme, con una gran cama, lleno de trastos y con montañas de libros por todos lados. Me dijo: "Esta es mi casa, y la tuya". Entonces recordé que era lo primero que me decía. Ella había hecho y yo me había dejado hacer, pero no habíamos cruzado ni una sola palabra en todo el rato que duró aquel calvario. Recuerdo que le pregunté por qué lo había hecho, que qué quería, pero no recuerdo haberle dado las gracias. Me presentó a a la tía Lourdes y al tío Mauro, un matrimonio mayor que vivía allí. La tía Lourdes era una mujer maravillosa. Me cuidó y me alimentó casi a la fuerza. Se le saltaban las lágrimas cada vez que me frotaba los moratones que tenía por todo el cuerpo con unos emplastes milagrosos que ella misma elaboraba con hierbas de la montaña. Un día me dijo que todos mis males se curarían con una buena botifarra amb mongetes. Me reí por primera vez, porque recordé que el hijo de puta del Cortao, cuando por fin se le empinaba, siempre me decía: "Què et sembla la meva botifarra?". Decidí atiborrarme de botifarra amb mengetes en su honor, porque sentí un placer inmenso al recordarlo echando sangre como un cerdo y muriéndose lentamente delante de mí. El tío Mauro, siempre que le daba un beso de buenos días, me miraba radiante y le decía a su mujer: "Què ens hi ha sortit petona aquesta noieta!". No recuerdo haber sido feliz nunca antes en toda mi vida. Inés venía a menudo, y se acostaba conmigo en aquella gran cama. Me acariciaba, y yo sentía una infinita ternura y un placer desconocido cuando lo hacía. Había comenzado a leer algunos de aquellos libros que se amontonaban por todos lados. Ella me preguntaba: "¿Qué estás leyendo?", y hablábamos de ese libro, porque ella los había leído todos. Tardó poco en ser una Diosa para mí. Un día la encontré llorando, sentada en la cama. El corazón me dio un salto, y sentí que algo se había roto dentro de mí. La abracé a comencé a besarla por toda la cara, pero, cuando llegué a sus labios, ella también me abrazó y me besó apasionadamente. Me gustó, me gustó muchísimo, y yo también la besé. Entonces me dijo que estaba enamorada de mí, que siempre lo había estado, desde que me vio por primera vez en aquella pensión de mierda. Hicimos el amor desesperadamente sobre aquella cama enorme, y me pasó otra cosa por primera vez en mi vida: tuve un orgasmo, y luego otro, y otro, y... Me enamoré perdidamente de ella. Cuando le conté que estaba embarazada, me miró llorando y me dijo que tendríamos un hijo, las dos, nuestro hijo, y el corazón se me hizo grande, tan grande, que parecía querer salir de mi pecho a puñetazos, y se me nubló la mente, y sentí un deseo infinito de abrazarla fuerte, tan fuerte, que se fundiera en mí para ser las dos sólo una. Yo seguí leyendo aquellos libros, y esperándola siempre para perderme en su piel y en sus besos. Ella me besaba en el vientre y apoyaba su mejilla para hablar con nuestro hijo, pera recitarle poemas y para decirle cuánto lo queríamos y qué diferente sería el mundo cuando él naciera, o ella, porque fue niña. Quise saber de su vida, de lo que hacía y de por qué lo hacía. Por eso, un día luminoso, me llevó a pasear por la orilla de un arroyo cercano, a la sombra de los pinos. Me contó que era comunista, que pertenecía a una célula de información y que su trabajo era muy peligroso. Y me dijo que todo iba a cambiar, que todo tenía que cambiar, y que el mundo iba a ser mejor, que el mundo sería maravilloso después de la Revolución. Yo le dije que si ella era comunista, yo también. Que si ella quería cambiar el mundo, yo también. Que si ella tenía un trabajo peligroso, yo también quería tenerlo. Que si ella moría, yo quería morir con ella. Entonces hicimos el amor como dos locas a la sombra de los pinos, junto al arroyo. Estuvo de acuerdo conmigo, pero, claro, primero tenía que nacer nuestro hijo, y esperamos a que naciera nuestra hija. El tío Mauro y la tía Lourdes se ocuparon de la pequeña Isabel, y los compañeros me introdujeron en casa de la señora Montse, a quien todos llamaban Madame Cocó. Mi trabajo consistía en satisfacer a los clientes, clientes muy importantes, sin decir nada, yo sólo tenía que complacerlos y escuchar. Después, apuntaba todo lo que habían dicho y, todas las mañanas, dejaba las notas arrugadas en una papelera que había en una esquina no muy alejada del burdel. Siempre que podía, iba a nuestra casa, Inés y yo hacíamos el amor y hablábamos del trabajo. Ahora me sentía feliz... y útil, me sentía yo misma y, al mismo tiempo, sentía un gran orgullo de ser una puta tan eficiente. Yo sí que estaba enamorada, por eso me río de ti cuando dices que estás enamorado. Un día entró en mi cuarto del burdel un chaval joven. No dijo nada, no empezó a manosearme ni a exigirme que lo pusiera a tono. Esperó a que me desnudara y a que me tumbara en la cama. Él se desnudó también, y se tumbó sobre mí. Comenzó a follar despacio. Me di cuenta enseguida de que no estaba sintiendo nada, porque yo era una especialista en no sentir nada follando. Pegó sus labios a mi oreja y susurró: "Soy un compañero. No debes tomar notas ni mandar más información. En cuanto puedas, deja esta casa procurando no levantar sospechas. Ya nos pondremos en contacto contigo". El corazón comenzó a latirme salvajemente, se me hizo un nudo en la garganta y, con un hilo de voz, susurré a su oído: "¿Qué le ha pasado a Inés?". "La han cogido", dijo él. "¿Está muerta?", aquello me salió del alma, el mundo se había derrumbado a mi alrededor. "No lo sabemos- dijo él- Pero es probable". Se levantó y se vistió despacio. Yo estaba tirada en la cama como un trapo. Frente a la cama había un tocador donde los clientes solían dejar las propinas, en casa de Madame Cocó, las putas cobrábamos las propinas, el resto era para ella. Aquel muchacho dejó algo sobre el tocador y se marchó. Inés estaba muerta y yo estaba viva. Viva y tumbada desnuda sobre una cama con las piernas abiertas. Inés estaba muerta y yo era una puta. No me dio por gritar desconsolada, ni por darme cabezazos contra la pared. Como una buena puta, me dirigí al tocador para ver qué propina me había dejado mi "cliente". Un billete de mil pesetas. Era el primero que veía en toda mi vida. Ni siquiera creía que existieran. "En cuanto puedas, deja esta casa procurando no levantar sospechas", recordé que me había dicho. Las mil pesetas eran para que me marchara, para que buscara una nueva vida muy lejos de allí. Muy lejos, pero dónde, si yo sólo sabía ser puta y, además, Inés había muerto... Quizá te preguntes por qué quiero tanto a mi hija. La quiero más que a mi vida, porque ella es la vida de Inés, aquella mujer extraordinaria que sacrificó su vida, pero que me legó el inmenso regalo de mi hija Isabel. Porque Isabel no tiene padre, hermoso doncel, Isabel tiene dos madres. Y yo estoy viva porque Inés así lo quiso ordenándome que cuidara de su hija, la hija de mi querida Inés. Me quedé en aquella casa. Andrés Martínez era un cliente habitual. Se había encaprichado de mí, y venía de muy lejos, sólo para follar conmigo. Del cuarto de aquella casa de putas, pasamos al piso de la Rambla de Catalunya, y del piso de la Rambla de Catalunya, pasamos a la mansión del cacique de Ayora. No le extrañó que yo tuviese una hija. Según él, todas las putas tenemos una. Hicimos un trato, por mi parte, sólo puse una condición: yo no tendría más hijos. Si él quería un heredero, que reconociese a cualquiera de sus bastardos. Pero, fíjate qué cosa más curiosa, me dijo que qué más daba un heredero que una heredera. Desde hace catorce años, soy la marquesa viuda de Batán, la envidia de las damas de este pueblo, y la puta favorita de Andrés Martínez que, por supuesto, tiene otras. Pero, como él dice, y como tú has tenido ocasión de comprobar, soy la mejor. Comparado con lo que me costaba empinársela al Cortao, Andrés y tú sois un juego de niños. ¡Ah!, y antes de que tú me lo preguntes: estoy enamorada de Mari Carmen. La quiero con locura. Y yo no maté al capitán González, pero me gustaría haberlo hecho.
Yo había cumplido mi promesa. No dije nada. No interrumpí a Isabel durante su relato. Me quedé sentado e inmóvil. Cuando ella terminó, yo estaba llorando, llorando silenciosamente mientras miraba mi copa de brandy vacía, sin atreverme a alzar los ojos, a pesar de que estaba convencido de que Isabel me estaba dando la espalda, probablemente mirando su copa de brandy vacía. Yo me había pasado la vida llorando mi existencia moribunda, y tuve la sensación de haber sido uno de esos cobardes que en todo momento han necesitado de un Virgilio para recorrer ese infierno que sólo existe en nuestra imaginación y que, de repente, descubren que el maldito cartel donde leemos: "Lasciate ogni speranza voi ch'entrate", es una mentira más, una de esas mentiras que nos hunden en la dulce abulia de la autocompasión. ¿Qué sabía yo del infierno, aparte de lo que me contó aquel güelfo florentino en su comedia infernal, donde el infierno no era sino su venganza personal, o quizá la mía?. Noté la suave caricia de unos dedos que recorrían el torpe cauce de mis lágrimas. Isabel se había sentado de nuevo sobre mis rodillas, y me invadió su aroma a licor de rosas.
-¿Lloras, bello doncel?- me susurró al oído.
-Probablemente- susurré yo.
-¿Por qué?- dijo mientras sorbía una lágrima rebelde.
-Quizá porque me hallo a la mitad del camino, o quizá porque nunca sabré quererte lo suficiente para que te enamores de mí.
-No importa- dijo ella tomándome por la barbilla y alzándome la cabeza- Bésame, bello doncel. Dame a beber tu amor con sabor a brandy, y así tendrás un recuerdo ajeno a tus malditos libros. Y, si quieres leer, mira mis labios y lee en ellos: "Te quiero, te deseo, bésame, por favor".
No fue un beso brusco, lleno de pasión y de torpeza. Fue el mío un beso melancólico, lleno de ternura, y fue el suyo un beso fraterno, lleno de sabiduría. Entonces supe que Isabel me quería y que nunca sería mía. Y no me sentí desgraciado, ni triste, ni perdido. Me sentí tontamente feliz, y definitivamente enamorado...
-Ahora sé- dije mirándola a los ojos, y sintiéndome su hermano, su amante, su compañero del alma- Cómo salvaste el alma de Mari Carmen.
-¿Quién ha dicho eso?- dijo ella sonriendo, y volviendo a ser aquella chica preciosa que siempre hizo latir con más fuerza mi corazón.
-Manuel. Manuel le dijo a Josefa que él había salvado la vida de Mari Carmen, pero que tú le habías salvado el alma.
-¿Y cómo lo hice?.
-De la misma manera que Inés salvó la tuya, llenándola de amor, haciendo de ella una princesa, tu princesa.
-¡Eres un hijo de puta!. Me vas a hacer llorar.
-Tú me haces llorar a mí a todas horas. ¡Tú sí que eres una hija de puta!.
Me besó suavemente, se levantó de mis rodillas y escanció brandy en nuestras copas. Hizo un mohín con su naricita y aparecieron sus dientes de ratita mala.
-Creo que deberíamos cumplir nuestra parte del trato que hicimos con Matías- dijo haciendo chocar su copa contra la mía.
-Sí- dije yo mirando una de sus piernas, que se escapaba por la comisura de su bata de seda japonesa- Pero, habla tú. Esta historia sólo la sospecho. Tú sabes muchas cosas.
-De acuerdo- dijo ella volviendo a su paseo, pero ahora frente a mí, mirándome de vez en cuando, y no prohibiéndome que hablara- El capitán González y mi marido siempre se llevaron bien. Venía mucho por casa y, por la forma de mirarme, siempre supe que quería acostarse conmigo. Deformación profesional, ya sabes...
-Lo imagino. Y también imagino que era el cerdo peor parido de este mundo.
-Eso es cierto, era un cerdo malparido. Un día se presentó aquí inesperadamente. Él sabía perfectamente que Andrés no estaba en casa. Nada más verlo, me di cuenta de que, por fin, se había decidido. La verdad es que no me sorprendió, yo esperaba aquella visita más tarde o más temprano. Dijo que tenía cierta información sobre mí, y que estaba dispuesto a olvidarla a cambio de unos pequeños favores.
-¿Qué clase de favores?.
-¡No seas imbécil, Vicente, y no me cabrees!. Le hice esos favores, y se los hice muy bien. Porque yo pensaba que sabía muchas más cosas de las que realmente sabía.
-¿Y qué es lo que realmente sabía?.
-Lo que hay en esa carpeta azul.
-La copia que tienes, ¿te la dio él?.
-No, no me la dio él. La conseguí yo luego. Pero, todo a su tiempo, ¿de acuerdo?. Aquel cerdo pensó que había encontrado el chollo de su vida. Para él, todas las rojas eran unas putas y, después de lo que descubrió conmigo, unas putas excelentes. Por eso, un día hizo llevar a Mari Carmen a su despacho e intentó lo mismo con ella.
-¿Dónde está su tumba?. Pienso mearme en esa maldita tumba.
-Me gusta la idea. Lo averiguaremos y te acompañaré. Un español nunca mea solo.
-Y Mari Carmen no tragó, claro.
-No, no lo hizo. Y al capitán González se le fue la mano. Le dio una paliza, la violó, y creyó que estaba muerta, o que le faltaba poco. Así que llamó a uno de sus guardias para que arrojara su cuerpo en una cuneta mientras pensaba en qué haría cuando la encontraran.
-Y ese guardia...- comencé yo.
-Y ese guardia- me interrumpió ella- En lugar de tirarla a la cuneta, la llevó a un hospital.
-¿Sabes qué guardia fue?.
-Sí, y tú también.
-Manuel. Por eso le dijo a Josefa que él le había salvado la vida. ¡Voto a Dios que tal hizo!.
-No sólo eso- dijo Isabel sentándose sobre una de las pilas de libros- Se quedó allí todo el tiempo. Vigilando.
-¿Has dicho vigilando?.
-Sí, eso he dicho. Nadie veía o hablaba con Mari Carmen sin su permiso.
-¿Y después, cuando Mari Carmen volvió a casa?.
-Siguió con su vigilancia. Creo que le dijo al capitán González que, si se acercaba a Mari Carmen a menos de cien metros, lo mataría.
-¿Y se acercó el capitán González a menos de cien metros de Mari Carmen?.
-Parece ser que sí. ¿No crees?.
-Es decir, Manuel no estuvo todos esos días en el hospital porque estuviera locamente enamorado de ella. Todo eso han sido imaginaciones mías, del chico listo que cree saberlo todo. ¿Tú qué crees?.
-Que debe quererla mucho, o debe estar loco.
-Sí, debe ser uno de esos locos de los que habla León Felipe. ¿Nunca has hablado con él?. ¿No lo conoces, aunque sólo sea un poquito?.
-Sí, en el hospital, muchas veces. Yo le conté que estaba enamorada de Mari Carmen desde hacía mucho tiempo, pero que ni me había atrevido a hablar con ella. Él me dijo que Mari Carmen lo sabía, me contó lo que había pasado, y me pidió ayuda.
-¿Qué clase de ayuda?.
-No se atrevía a hablar con ella. Me dijo que nunca se habían llevado muy bien, y que, además, un guardia civil no era la persona más adecuada para ser su amigo en aquellos momentos.
-¿Y Matías, qué hizo Matías?.
-No lo sé exactamente. Pero, algo debió de hacer, porque nunca arrestaron a Manuel, ni tuvo problemas con el servicio durante aquellos días. Tal vez fue Matías, y no Manuel, quien le dijo al capitán González que lo mataría si se acercaba a Mari Carmen. Eso no lo sé.
-¿Habéis hablado Mari Carmen y tú sobre Matías?.
-No mucho, pero no por ella, sino por mí. Nunca entendí su debilidad por ese hombre, una especie de ternura tonta, una ternura maternal. Yo pensaba que debía ser todo lo contrario, que el padre debía ser él, y ella su niñita del alma. Pero no es así. Ella le deja sus libros, le habla de sus ideas, y Matías se transforma en un niño pequeño cuando está con ella.
Me puse en pie, me acerqué a Isabel y acaricié su mejilla. Dejé mi copa vacía sobre la bandeja, y mi mirada se perdió entre los libros de aquella biblioteca.
-Los fantasmas, las beatas, los borrachos...- comencé a pensar en voz alta- No vivimos en una sociedad laica, desgraciadamente, el tiempo no existe, el mapa del enemigo, en los bombardeos muere gente inocente...
-¿Qué significa eso?- quiso saber Isabel.
-Significa que empiezo a comprender- dije yo volviéndome hacia ella- ¿Y tú sigues pensando que el amor no sirve para nada?.
-No, ya no lo pienso.
-¿Y esa carpeta azul?- pregunté de pronto- ¿Por qué me dijo Manuel que si tu marido se enteraba de lo nuestro, mandaría a sus chicos para que me colgaran de un árbol de la plaza con un gancho de carnicero y los cojones en la boca?.
-¿Eso te dijo Manuel?. Es una imagen digna de su amor por la poesía. ¡Vaya con Manuel!. Si mi marido se enterara de lo nuestro, me pegaría un par de hostias, se excitaría muchísimo, me arrancaría la ropa y me violaría. Y, después, me diría: "Isabelita, ten mucho cuidado, no te conviene que la gente se entere de tus puteríos".
-Fue Manuel quien te dio esa carpeta, ¿verdad?.
-Sí, fue Manuel.
-¿Y cómo se lo agradeciste?.
-¡A ti qué te importa!.
-Cuando le confesé a Manuel que estaba enamorado de ti, me dijo: "Ten cuidado, la santa esposa del cacique del pueblo es una comunista". ¿Crees que si yo mirara detenidamente esa carpeta azul que hay sobre la bandeja, encontraría en ella muchas más cosas de las que hay en la que vi en el cuartel de la Guardia Civil?.
-Probablemente.
-¿Debo suponer que ésa no es la copia, que la copia es aquélla?.
-Puedes suponer lo que te dé la gana, chico listo.
-Espero que no te hayas tirado también al pobre Matías.
-No, a Matías sólo lo he besado una vez, en la mejilla. Pero me gusta imaginar que cada vez que él me besa la mano se le empina.
-¡Qué puta eres!.
-¿Verdad que sí?.
-Ahora comprendo la ternura de Manuel cuando habla de ti. Y la admiración de tu hija.
-¡Muy interesante lo de mi hija!. ¿De qué hablabais en la horchatería?.
-De nada en particular. ¿Qué sabe ella de lo nuestro?.
-Nada. Al menos no sabía nada antes de hablar contigo.
-Yo no se lo he contado. Te lo juro.
-¿Eso crees?. Yo no estoy segura.
-¿Por qué?.
-Porque conozco a mi hija. La he parido yo, la he educado yo, le he querido yo más que a nada en este mundo. Puedo leer en sus ojos y, cuando no me mira, leo en el temblor de sus labios. Recuerda, chico listo, ¿de qué hablaste con ella?.
-Muy bien, señora comisaria. Intentaré recordar. Comenzó diciéndome que tú habías dicho que yo era un chico muy guapo.
Isabel se pasó la mano por la frente.
-El truco más viejo del mundo. Y a ti te pareció una cosa lógica y normal, claro.
-¿Por qué no?. Sin ir más lejos, lo dijiste el día que Matías y yo vinimos de visita oficial, delante de él y de tu marido.
-Y, después, cuando llegó mi hija, me la llevé a un rincón y le dije: "¡Qué chico más guapo ha venido con el papá de Zoraida!". ¿Así es como crees que se lo dije?.
-No- reconocí avergonzado- Creo que lo dijo para que yo pensara que ya sabía algo.
-Sigamos- dijo Isabel moviendo la cabeza con una sonrisa irónica- ¿Qué más?.
-Luego se ofreció de Celestina entre Zoraida y yo.
-¿Por qué?.
-Porque se dio cuenta de que la hija de Matías me había impresionado, y parece ser que también se dio cuenta de que yo la había impresionado a ella.
-Y eso te hizo sentirte muy halagado, ¿no es cierto?.
-Sí, es cierto.
-Y, una vez que tú pensabas que ella creía que quien te gustaba era Zoraida, ya no le diste demasiada importancia a otro tipo de preguntas capciosas.
-¿Así de pérfida es tu hija?.
-¿Pérfida mi hija?. ¿Eso piensas?.
-Sí, eso pienso, y eso fue lo que le dije.
-La llamaste pérfida... Y la pobrecita se echó a llorar.
-No, me hizo un mohín, como los que tú haces. Y me robó el corazón.
-Y cuando ya te tenía absolutamente liado, ¿hacia dónde te llevó?.
-Me preguntó si era policía, o guardia civil.
-¿Y qué le dijiste?.
-Que no. Puse cara de ofendido y le dije que yo no tenía nada que ver con esa gente. Discutimos el tema y...
-Y...
-Acabamos hablando de ti.
-¿Por qué?.
-Me preguntó que quién era más guapa, ella o tú.
-¿Y quién es más guapa?.
-Le dije que ella es más guapa.
-Eso es cierto. Ni a su edad era yo tan guapa como ella.
-Y después me lo sacó- dije apoyando la cabeza en su hombro.
-¿Qué te sacó?.
-Lo que quería saber. Me preguntó que que quién me gustaba más, tú o ella.
-Y, claro, no se te ocurrió decir que quien más te gustaba era Zoraida. Como eres un chico listo, te dejaste embaucar, y me imagino lo que dijiste.
-Y a todo esto, se supone que el policía era yo- dije sin poder evitar una sonrisa de derrota- ¡Cómo se habrá reído de mí!.
-O no- dijo Isabel mirándome muy seria.
-¿Qué quieres decir?- pregunté extrañado.
-Isabel ha crecido mucho en los últimos meses, ha madurado. Puede que se esté haciendo muchas preguntas. Y ya no habla conmigo como antes...
-¿Cómo hablaba antes contigo?.
-Muchas noches se presentaba en mi alcoba y se acostaba a mi lado. Me abrazaba, apoyaba la cabeza en mi pecho mientras yo le acariciaba el cabello, y me contaba sus cosas. Después hablaba yo, la aconsejaba, le contaba ciertas cosas, hasta que me daba cuenta de que se había dormido abrazada a mí. Entonces la besaba en la frente, y me sentía muy feliz. Inés me sonreía desde la oscuridad, y me susurraba: "Cuídala mucho, y quiérela por mí".
-¿Cuándo dejó de hacer eso?.
-Hace varios meses. Lo echo de menos.
-Quizá ya va siendo hora de que tú te presentes en su alcoba y te acuestes a su lado. La abraces, apoyes la cabeza en su pecho mientras ella te acaricia el cabello, y le cuentes tus cosas...
-Está hecha una mujercica, ¿verdad?.
-Una mujer maravillosa, como tú. O como tu hermana pequeña...
-O como mi hermana mayor. Nunca tuve una hermana mayor a quien abrazar y contarle mis cosas...
-¿Como haces con Mari Carmen?.
Isabel me miró sin decir nada.
-Os vi a la mañana siguiente. Tu dormías con la cabeza apoyada en su pecho. Os dejé preparado el desayuno y una nota... ¿Recuerdas?.
-Sí, y también recuerdo que Mari Carmen dijo que eras un encanto. ¿La quieres?.
-¡Claro que la quiero!, ¿cómo no voy a querer a Mari Carmen?, ¿quién no quiere a Mari Carmen?.
-Me haríais muy feliz si...
Se interrumpió y cambió de expresión. Tuve la sensación de que se iba a echar a llorar, y de que yo la abrazaría llorando con ella y otras mariconadas por el estilo. Pero no hizo eso, de repente, recobró el aplomo de la mujer fuerte que siempre había sido. Reconocí a Doña Isabel Gavidia.
-Te quedarás a comer. Tal vez venga mi marido.
-No me apetece hablar con él.
-Eso me importa un carajo. Tú te quedas a comer. También puede que no venga, y comamos nosotros tres.
-¿Nosotros tres?.
-Mi hija, tú y yo. Tengo una hija, ¿recuerdas?.
-Lo que usted ordene, señora Marquesa- quise hacer una reverencia, pero me salió una inclinación patética.
-Y ahora vuelve a tu trabajo. No pensarás dejar esos montones de libros así como están.
-No, por supuesto...
-Voy a hablar con Remedios sobre la comida. Yo no soy un parásito como tú, tengo una casa que gobernar.
Y se marchó, y me dejó ordenando aquellos libros, con la cabeza llena de extraños pensamientos, con la certeza, cada vez más firme, de que nuestro romance había sido eso: un romance. Volcánico, arrollador y, por lo tanto, efímero como una tormenta de verano. Pero eterno, porque yo iba a querer siempre, durante todos los minutos que me restaran de vida, a aquella mujer extraordinaria con dientes de tatita mala y ojos volcánicos, de un verde amarronado.
-¡Hola!- aquel saludo me sobresaltó, me sacó de mi ensimismamiento, cuando ya estaba terminando de colocar los libros en el lugar exacto donde estuvieron siempre, con "El bosque animado" entre las manos, y la dulce sonrisa de Hermelinda acariciándome los dedos. Era Isabel, la hija de Isabel, quien me había saludado y me sonreía, con la sonrisa de Hermelinda, que había huido desde mis dedos hasta sus labios.
-¡Hola, mujer pérfida!- saludé yo también.
-Vengo a llevarme la bandeja- dijo acercándose a mí, y sin hacer ni puto caso de la puta bandeja.
-¡Mentira podrida!- dije yo- Has venido a hablar conmigo. A reírte de mí otra vez.
-Yo nunca me he reído de ti. ¿Y tú, te has reído tú de mí?.
-No, claro que no. ¿Has hablado con tu madre?.
-Sí, me ha dicho que estabas aquí. Y que recogiera una bandeja.
-¿Quieres hablar conmigo?.
-¿De qué?.
-De mí- noté como me temblaba la voz- De tu madre y de mí.
-¿De que estáis liados?.
-Sí.
-¿Por qué?.
-Porque tú vales para ella más que cuarenta imbéciles como yo.
-¿Te ha dicho ella eso?.
-No, pero yo lo sé.
-¿Y te jode?.
-No, no me jode en absoluto. Me parece maravilloso. Tú me desprecias, ¿verdad?.
-Aparte de ser un chulo de mierda que se folla a mi madre, ¿qué otra cosa eres?. ¿Un gran escritor?, ¿un músico sublime?, ¿un líder revolucionario...?.
-No, no soy nada de eso. Pero, al menos, no soy un poli hijo de puta.
-¡Ah!, ¿no?. ¿Y qué eres entonces?.
-Nada. Una especie de vagabundo. Un vagabundo enamorado.
-¿Vives en la puente de los ríos y haces torres de canela?.
-Algo parecido.
-No creo que seas un chulo de mierda. Quizá sólo eres un poco imbécil.
-¿Eso es malo?.
-No lo sé, pero hay cosas peores. Los tíos que van por la vida presumiendo de tener un par de cojones, me dan asco.
-Y, supongo que los pusilánimes, te darán dentera. Debe ser difícil cogerle el punto a una chica como tú.
-Pero tú le has cogido el punto a mi madre. ¿Cómo lo has hecho?.
-No lo sé. ¿Crees que tu madre ha hecho un tontería, una locura?. ¿Quieres que me marche y que no vuelva a molestarla más?.
-¿Tú te crees que yo soy tonta?.
-No. Juro por Dios que eres pérfida, y no tonta.
-¿Crees que te estoy hablando así para que agaches la cabeza avergonzado y te vayas por las buenas?.
-No lo sé, pero comprendo perfectamente que pienses de mí cualquier cosa.
-Yo sólo pretendía que me dieras un par de hostias para demostrarle a mi madre la clase de tipo que eres.
-¡Qué asco de vida!. Y yo que pensaba que las hostias me las ibas a dar tú a mí...
-¿Por qué?.
-Porque me has hecho sentirme culpable. Y los culpables necesitamos ser castigados para sentirnos mejor.
-Si haces sufrir a mi madre, te mataré. ¿Te parece ése un buen castigo?.
-Si yo hiciera sufrir a tu madre, el peor castigo sería dejarme vivir.
-Hace un momento, mi madre me ha besado y me ha mirado a los ojos. Parecía feliz. ¿Tienes tú algo que ver con eso?.
-Bueno, no soy un chulo de mierda, pero quizá sea un presumido de mierda. Me gusta pensar que sí tengo algo que ver con eso.
-¿No te da vergüenza ir por la vida destrozando matrimonios?.
-Sabes perfectamente que yo no he destrozado ningún matrimonio, y también sabes perfectamente que tu madre es mucha mujer para mí. Y también deberías saber que no necesitas de tus dotes maquiavélicas para que yo te diga la verdad. Sólo pregunta, y yo responderé.
-¿Te quedas a comer?.
-¿Quieres que me quede?.
-¿Te ha dicho mi madre que seas amable conmigo?.
-¿Te ha dicho a ti que lo seas conmigo?.
-¿Siempre contestas a las preguntas con otra pregunta?.
-¿Tú qué crees?.
-Me encantaría que te quedaras a comer con nosotras.
-Y a mí me encantaría quedarme.
-¿Sigues pensando que soy más guapa que mi madre?.
-Naturalmente.
-Pero te sigue gustando más ella, ¿verdad?.
-Por supuesto.
-Y, ni se te ha pasado por la cabeza liarte conmigo.
-Ni se me ha pasado por la cabeza.
-Pues, ¡vaya qué gracia!.
-Una chica pérfida como tú, me robaría el corazón y se lo echaría a los perros.
-¿Qué tienes tú contra los perros?. A mí me gustan los perros.
-Y a mí me gustan los gatos. Nuestro amor es imposible.
-Si mi madre me pide consejo, le diré que no le convienes.
-¿Se lo dirás de corazón?.
-De todo corazón.
-Gracias.
-No hay de qué. Será un placer.
-Compadezco al hombre que se enamore de ti.
-¿Por qué piensas que ha de ser un hombre necesariamente?.
-Pues es verdad...
-Nos veremos en el comedor.
-La bandeja. Olvidas la bandeja. ¿No habías venido a recoger la bandeja?.
-Sí, claro. ¿Qué es esta carpeta azul?.
-Dásela a tu madre.
-¿Puedo mirar lo que hay dentro?.
-Pregúntaselo a ella.
-Lo haré.
-¡Ah!, Isabel, se me olvidaba...
-¿Qué?.
-Te quiero.
-¡Jilipollas!.
La comida fue una delicia, sobre todo para Isabel, la madre de Isabel, que disfrutó como una enana viendo como Isabel, la hija de Isabel, destrozaba todas mis teorías literarias y todos mis brillantes descubrimientos artísticos. No sólo Paquito Quevedo, pongamos por caso, era un ser despreciable, amargado, misógino y racista, sino que las únicas virtudes humanas que ornaban su personalidad, eran su manifiesta fealdad y sus repulsivas deformidades físicas. Lope, sin embargo, de putero, nada. Parece ser que era todo un caballero con las damas, y un estilete aguzado y justiciero con los chulos de mierda, un hombre apuesto y generoso, que acabó yendo a sus soledades y viniendo de ellas. En cuanto a Garcilaso, mejor no mentar a ese bastardo mancillador de inocencias y eterna gangrena de rosas y azucenas. Las argumentaciones de Isabel, la hija de Isabel, eran retorcidas, pero contundentes. Para empezar, los libros de texto eran un nauseabundo estercolero a resultas de la censura, la mistificación patriótica y la propaganda fascista (ella dijo nazi, o algo así), por lo tanto, todo cuanto en ellos se decía era rotundamente falso. Luego estaban los libros de la trastienda de Gildico, ésa ya era otra historia, muchos de los libros de la biblioteca de Isabel, la madre de Isabel, procedían de ese santuario recóndito, oculto y prohibido. No tan oculto y no tan recóndito, alegué yo, cuando hasta la Guardia Civil, no sólo tenía conocimiento, sino que, además, ejercitaba su uso. Porque, ¿de dónde, si no, sacaba Manuel aquellos libros que exhibía impúdicamente y leía de forma pública y descarada?. Isabel, la hija de Isabel, argumentó que Manuel hacía trampas, porque un guardia civil de uniforme con el "Manifiesto Comunista" en las manos, no deja de ser un guardia civil de uniforme con un libro en las manos, un libro que bien pudiera ser el Reglamento del Duque de Ahumada, o la Ley de Pesca. La gente siempre diría: "Buenos días, señor guardia", y jamás osaría decir: "¡Hola Manuel!, ¿qué estás leyendo?". Naturalmente, me indigné, y grité que ni Manuel ni yo éramos comunistas, ¡no como otros!. ¡Ah!, no sé si lo he dicho, pero la comida fue una delicia, sobre todo para Isabel, la madre de Isabel, que...
Isabel, la hija de Isabel, insistió en tomar una copa de brandy con nosotros. Isabel, la madre de Isabel, argumentó que no era la suya una edad apropiada para convertirse ya en una pobre alcohólica. Yo argüí que, a fin de cuentas, cualesquiera de aquellos venenos que las jovencitas como ella solían beber en las discotecas, resultaban mucho más perniciosos que el contenido de aquella botella de brandy. Curiosa botella por cierto, ¡voto a tal!, donde ponía Cognac, y había que descorcharla. Por si no resultaba suficiente aquel argumento, ponderé sin recato las excelencias del brandy, recordando, con lágrimas en los ojos, que gracias a su magia poderosa, Josefa se había puesto piripi y me había besado en tos los morros. Sí, pérfida muchachuela, tu profesora de Latín, ésa a quien llamáis "La Rana". Isabel, la hija de Isabel, me miró descaradamente, mostrándome sus dientes de ratita mala, producto de la primera Ley de Mendel, y me hizo un mohín con su naricita. Ni se te ocurra pensar que voy a besarte en tos los morros cuando me beba esta copa de brandy, viejo verde. ¡Vamos!, es que ni loca... Oye, ¿eso que has dicho de la Rana es verdad?...
Isabel, la hija de Isabel, quiso saber cómo nos conocimos su madre y yo. Sólo fuimos capaces de decir que en Almansa, en una cafetería. Naturalmente, aquello no fue suficiente para aquella pérfida muchachuela que se había apoltronado en su silla de hermana mayor con una copa de brandy en las manos. Estaba claro que alguien había seducido a alguien, pero eso no tenía la menor importancia según ella. La seducción es un mecanismo efectivo, es decir, necesitado de una causa. Requiere, eso sí, una técnica elemental, pero poca cosa más, hasta el patético y mezquino Don Juan Tenorio era capaz de seducir a la gente. Eso de seducir estaba chupado. Tenía que haber algo más en opinión de aquella precoz discípula del noble Ovidio. Ella lo llamó fascinación. Lo hermoso y lo difícil era fascinar a la otra persona, una vez fascinada, seducirla era coser y cantar. La fascinación era, por lo tanto, un mecanismo causal, y ahí no había técnica que valiese. Así que, la cuestión fundamental, según ella, era quién había fascinado a quién. Porque la persona fascinada, si no es seducida inmediatamente por la persona fascinadora, automáticamente asume el protagonismo seductor. Nos dejó más bien perplejos y, me di cuenta en ese momento, mirando a Isabel, la madre de Isabel, de que, si bien estaba meridianamente claro que yo había sido fascinado y seducido, aunque no sé bien en qué orden, ¿y ella?, ¿había sido ella fascinada y seducida?. Seducida, obviamente, no, entre otras cosas, porque yo siempre he carecido de esa elemental técnica, por muy sencilla que sea, y por muy chupada que esté. Puede que ahora, tras las enseñanzas recibidas, estuviera yo en condiciones de seducir a alguien que me lo pusiera, eso sí, muy fácil. Pero no en el momento que conocí a Isabel. Por su parte, ella reconoció que no recordaba haber pretendido seducirme, pero no descartó el hecho de que, si el mecanismo de seducción se pone en marcha automáticamente, motivado por la fascinación, tal vez, ella fuera la fascinada, y yo el seducido.
-Sólo veo una solución-dijo Isabel, la hija de Isabel- Si cada uno de vosotros cuenta la historia a su manera, tal vez podamos sacar alguna conclusión.
-¿Y quieres que te lo contemos a ti?- preguntó Isabel, la madre de Isabel.
-Querida hermana pequeña- dijo la hermana mayor- ¿No te gustaría saber, de verdad, lo que pasó?. Tal vez no fue un arrebato sexual momentáneo, tal vez el sexo sólo ha sido una manera de tapar lo que realmente sucedió. Tal vez fue algo que va a cambiar nuestras vidas, incluida la mía, y tal vez yo también tenga derecho a saber qué pasó realmente, porque, tal vez, también me ha pasado a mí.
-¿Quién empieza?- dije yo mirando a Isabel, la madre de Isabel- Yo sí quiero saber lo que pasó.
-Empezaré yo- dijo Isabel mirando a su hija- Pero tienes que prometerme una cosa.
-Lo que tú quieras.
-Esta noche, ¿me harás un hueco en tu cama, y serás cariñosa conmigo?.
-Hasta el incesto, amor mío. Seré cariñosa contigo hasta el incesto.
-Érase una vez- se puso en pie. Me di cuenta de que Isabel no era capaz de hablar sentada sobre determinadas cosas. Por eso, escanció brandy en las tres copas, y comenzó a pasear con la suya en la mano- ¿He dicho ya "Érase una vez"?. Una mujer se dio de morros contra la soledad, repentinamente, una tarde imbécil y plomiza. Durante muchos, muchísimos años, había tenido clara una sola cosa. Había que vivir, y vivir consistía en trabajar para que su hija tuviese algún día todas esas cosas que a ella ni le habían dejado soñar. Todo tenía sentido en función de esa meta, no importaba lo duro que fuera el maldito trabajo de seguir viviendo. Pero un día, así, tontamente, como pasan las cosas, rememoró el gran amor de su vida, porque encontró a alguien a quien querer con aquella pasión olvidada. Por eso, esa tarde imbécil y plomiza, se hostió de morros contra la soledad. Las calles del pueblo se tornaron inhóspitas y enemigas, la casa se volvió inmensa y horrible, la alcoba, prisión, y el castillo encantado, la siempre acogedora biblioteca, se había convertido en un almacén de miserias humanas, de tragedias fatales, de versos tristes... Cogió el coche y salió a la carretera. ¿Hacia dónde girar?. La recta de Almansa está bordeada de pinos, hay miles de ellos en esa recta de dieciséis kilómetros. Tal vez alguno tuviese piedad. Pero esa mujer, no sé si lo sabéis, conduce de puta madre, y es capaz de poner el coche a ciento ochenta en la recta de Almansa sin llevarse por delante ninguno de los pinos que la bordean. Paró el coche a la entrada de Almansa, e intentó meditar. Pero sólo pudo llorar, como hacía años que no lloraba. Al menos, descubrió que eso no se le había olvidado. Salió del coche y paseó por una ciudad donde no conocía a nadie, donde nadie la pararía para decirle: "Buenos días, doña Isabel. Vaya usted con Dios". Era relajante pasear sin que nadie se preocupara por ella y sin que a nadie le importara un carajo. Y así fue como apareció la puerta de aquella cafetería, y sintió una curiosa alegría al pensar que le apetecía un café con leche y una magdalena, o tal vez un bocadillo y una cerveza. Y allí estaba aquel tipo, sentado en un taburete al final de la barra, mirándola. Parecía estar solo, pero no solo sin compañía, sino solo de soledad. Ella no lo había visto en su vida, y a su lado había un taburete vacío. Como él seguía mirándola, ella se sentó en aquel taburete y también lo miró.
-Hola- saludó ella.
-Hola- saludó él.
-¿Me invitas a una copa?.
-Sí, claro. ¿Qué te apetece?.
-¿Qué estás tomando tú?.
-Un carajillo, me acabo de tomar un carajillo.
-Yo me comería un bocadillo. Tengo hambre.
-Y yo, yo también tengo hambre de repente. Creo que me llega para un par de bocadillos. ¿De qué lo quieres?.
-¿El qué?.
-El bocadillo.
-No sé. Hace años que no como bocadillos. ¿Cómo te gustan a ti?.
-A mí me gustan los bocadillos de lo que sea. ¿De verdad que no comes bocadillos?. ¿Qué comes entonces?.
-Se puede comer otras cosas, ¿no?.
-Sí, pero donde esté un buen bocata...
No recuerdo de qué eran los bocadillos que nos comimos. Sólo recuerdo que, de repente, estaba hablando con una persona agradable, de la que no sabía ni su nombre, y que ni siquiera me había preguntado el mío. Cuando caí en la cuenta, delante de los cafés, se lo dije.
-Me llamo Isabel, ¿y tú?.
-Vicente, yo me llamo Vicente.
-¿Eres de aquí?.
-No, estoy de paso. ¿Y tú?.
-Yo también estoy de paso. ¿Te gusta el whisky?.
-Prefiero el brandy.
-Dicen que ése es muy bueno- dije señalando una botella de Lepanto.
-Quien lo dice, sabe lo que dice. Pero no te puedo invitar a una copa de ese brandy. Ni siquiera podría pagar la mía.
-Déjame que te invite yo.
-No estaría bien.
-¿Por qué?.
-Pues no lo sé, ¿tú tienes dinero?.
-Sí, algo tengo.
-No deberías tirarlo con dos copas de brandy.
-¿Por qué no?, ¿para qué sirve el dinero?.
-El mío ha servido para que cenáramos.
-¿Crees que soy una puta?.
-Si lo eres, eres una puta bastante tonta. Has elegido al tío más miserable de todo el bar.
-¿Qué vas a hacer esta noche?.
-No lo sé.
-¿Estás en algún hotel?.
-No.
-¿Y dónde vas a dormir, si no tienes un duro?.
-Pasearé. Ya lo he hecho otras veces.
-¿Por qué no te vienes conmigo?.
-¿A dónde?.
-A mi casa, a Ayora. Yo vivo en Ayora.
-¿Vives sola?.
-No, pero no importa. ¿Te gusto?.
-Eres muy guapa, y estás muy bien. ¿Y yo, te gusto a ti?.
-Sí, claro que me gustas. ¿Por qué crees que me he sentado a tu lado?.
-No hago más que preguntármelo, llevo toda la noche haciéndome esa pregunta.
-Pues ya sabes la respuesta.
-¿Qué pasará mañana?.
-Yo me quedaré en mi casa, y tú cogerás un autobús. ¿Qué otra cosa podría ocurrir?.
-Me gusta la idea.
-Allí tengo un brandy mucho mejor que ése.
-He de advertirte una cosa.
-Dime.
-Yo no soy de esos... No sabría cómo explicarlo.
-¿Un semental que las mata de placer?.
-Algo así. Siempre he sido muy torpe en esas cosas.
-Mejor, porque yo sólo quiero compañía.
-Me quitas un peso de encima, porque eso es lo que yo necesito, un poco de compañía.
Paseamos hasta el coche, sin contarnos nada sobre nosotros, hablando de tonterías, del amor, de la soledad, de la tristeza... cosas así. Y nos vinimos a casa.
Isabel, la madre de Isabel, se sentó de nuevo a la mesa y me quitó uno de mis cigarrillos. Le pidió fuego a su hija, y su hija le quitó el cigarrillo de los labios, lo puso en los suyos, lo encendió, dio un par de caladas, y se lo ofreció a su madre.
-¿Cómo te pudo pasar eso estando yo aquí?- dijo mirándola. Tenía los ojos rojos.
-No lo sé- dijo Isabel, la madre de Isabel, mirando tiernamente a su hija.
Isabel, la hija de Isabel, encendió un nuevo cigarrillo, y me lo ofreció a mí.
-Creo que es tu turno- dijo.
Cogí el cigarrillo y no me levanté. Volví a escanciar brandy en mi copa. Ciertamente era mejor que aquel Lepanto que nunca bebimos. Miré a aquel pedazo de mujer que Isabel tenía por hija, no sé si le hablé con los ojos, o la besé con la mirada antes de comenzar.
-Érase una vez un chico listo al que expulsaron de la Universidad por cagarse en la mesa del profesor y hacer una integral con la mierda en la pizarra. Este chico listo tenía un amigo, y su amigo tenía un bar, por la parte de Hortaleza, ya sabéis, en Madriz, España. El amigo del chico listo le propuso que trabajara en su bar. Era una mierda de bar, y cobraría una mierda de salario, pero podría vivir en el piso de arriba, que era un piso cojonudo, y comer en el bar. De esa manera, aquel salario de mierda podría dedicarse exclusivamente a gastos de representación foráneos al susodicho bar, usease, a tomar copas por ahí y a comprar ropa. Aquello no estaba nada mal, porque el chico listo quería ser escritor, razón por la cual no le importó en absoluto que lo echaran de mala manera de la Facultad de Exactas, porque, ¿qué cojones hacía un futuro Nobel de Literatura peleándose todos los días con Leibnitz, Barrow, Euler y otros individuos de semejante calaña?. La jornada de trabajo era como todas las jornadas de trabajo en los bares de familiares y amigos, es decir, todo el día, y todos los días, pero había muchas horas muertas, papeles y bolígrafos por las mesas y docenas de cajas de brandy en el almacén. Por el bar venía mucho una pareja, Ricardo y Estrella. Ricardo era un perfecto jilipollas, chulesco y prepotente que, cuando hablaba, parecía que estuviese cantando un chotis. Naturalmente, trataba a Estrella como los hombres con un par de huevos deben tratar a las mujeres: a hostias físicas, psíquicas y morales. Siempre estaban peleándose, pero, como decía Ricardo, "así es mucho mejor, ¿no te parece?, pa poder hacer las paces luego, ¿o no?". "Pos eso digo yo", decía yo, Tal vez, yo deba contar ahora que Estrella era una mujer dulce, preciosa, que me solía contar sus penas muchas veces, sentados en una mesa del rincón, que solía utilizar mi hombro para llorar, y que... ¡Ah, sí!, que yo estaba loco por ella. Una noche, muy tarde, ya estaba cerrando, se presentó sola en el bar. Llevaba la cara hecha un Cristo, y una maleta en la mano. Me dijo que cerrara, y se quedó dentro conmigo. Ricardo le había dado una paliza, y ya estaba harta. No pensaba volver con aquel hijo de puta. Pero no tenía a dónde ir. Le hablé del piso de arriba, y le dije que había un cuarto para ella. Sin compromiso, somos amigos, ¿no?. Acabó ayudándonos en el bar, y Ricardo ni se cabreó ni nada. Venía de vez en cuando para pedirle perdón, pero ella no tragaba. También hablaba conmigo, para saber si me la estaba follando. Yo siempre le decía que no, y él me abrazaba y me decía: "¡Tú sí que eres un amigo de puta madre!. Yo no me la merezco, y si se ha de liar con alguien, prefiero que sea contigo. Venga, dime la verdad, ¿a que te la estás follando?". Yo no me la estaba follando. Ella tenía su cuarto y yo el mío, y sólo nos veíamos en el bar. Eso sí, a veces íbamos al cine. Un día Ricardo se emborrachó y empezó a darle de hostias a Estrella, yo me metí en medio y nos dio de hostias a los dos. Menos mal que Paco, ese amigo mío dueño del bar, era tan bruto como Ricardo, y lo echó a patadas. Estrella dijo que se iba, que no podía consentir que por culpa de ella tuviésemos problemas. Una amiga le había escrito desde Valencia diciéndole que había montado una especie de pub al estilo inglés, y que tenía trabajo para ella. Me armé de valor para decirle que, si también había trabajo para mí, yo me iba con ella. Sólo de pensar que ya no la vería más, la vida, todo, me parecía una estupidez, algo sin sentido. A ella le pareció la cosa más normal del mundo. No sé si lo que le parecía normal era que yo quisiera irme a Valencia, o que yo quisiera irme con ella al fin del mundo si hacía falta. Lo más curioso de todo es que yo nunca me pregunté por qué a ella todo le parecía normal, que le ofreciera mi casa sin acostarme con ella, que me dejara partir la cara, que quisiera irme a Valencia... Cuando Ricardo se enteró de que nos íbamos a Valencia, vino a pedirme perdón, intentó abrazarme y me dijo que era un hijo de puta, que se había dejado llevar por los nervios y le había pegado a su mejor amigo, que se merecía que yo me tirara a su mujer, porque te la estás follando, ¿verdad?. Me ofreció su mejilla, y me dijo que le pegara fuerte, que le partiera la cara, porque eso era lo que se merecía. No lo hice, a pesar de que era lo que más deseaba hacer en aquel momento, sólo le dije que me dejase en paz, que se largara del bar y que no volviera más. Esa misma noche, Estrella habló conmigo. Ricardo se había ofrecido a llevarnos hasta Valencia en su coche, para demostrarnos que no nos guardaba rencor. Yo le dije que un huevo nos iba a llevar ese chulo de mierda a Valencia en su coche, que nos íbamos en el tren, en el autobús, o paseando. Pero ella dijo que era necesario demostrarle que no le teníamos miedo y que, de esa forma, seríamos libres. Cogí un cabreo impresionante y le dije que, si quería volver con él, que lo hiciera de una puta vez, y que si quería ir a Valencia con él en su coche, que se fueran y que me dejaran en paz. Pero esa misma noche, en la cama, solo y sin poder dormir, porque yo siempre estaba solo en la cama y nunca podía dormir, pensé, yo tenía toda la noche para pensar, ya que no hacía otra cosa, que si ella se iba sin mí, yo sería un desgraciado toda mi vida, porque ella era la mujer de mi vida, y la vida sin mujeres es cosa de maricones. Se lo dije a la mañana siguiente, y ella ni me abrazó, ni me besó, ni se puso a saltar de alegría, sólo me dijo que Ricardo nos esperaba en el coche. Quedé como un cerdo con mi amigo el dueño del bar, y ni me molesté en reclamarle lo que me debía. Subí al coche. Ricardo me pidió que me sentara junto a él, delante, le gustaba charlar conduciendo. Estrella se tumbó detrás, estaba cansada y quería dormir. Se empeñó en ir por Albacete, porque quería saludar a un amigo, y se nos hizo de noche en Almansa. Paramos en un hotel restaurante, y Ricardo tomó dos habitaciones, una doble, para Estrella y para mí, naturalmente, porque te la estás follando, ¿verdad?, y otra individual para él. Después, propuso que cenáramos. Fui al servicio, seguramente a mear, o a vomitar, ahora no me acuerdo, y, al salir, los vi en el pasillo, metiéndose mano y babeándose como dos cerdos. Volví a entrar en el servicio, cogí una papelera, le di la vuelta para sentarme encima, y me puse a fumar un cigarrillo. No podía pensar en nada, ¿qué cojones iba yo a pensar en aquel momento?. Cuando terminé el cigarrillo, lo mojé, lo tiré en la taza del váter, volví a colocar bien la papelera, me lavé las manos, me las sequé con parsimonia... En realidad estaba haciendo tiempo para no volvérmelos a encontrar en el pasillo. No me los volví a encontrar en el pasillo, ya se habían sentado en una mesa del restaurante y habían pedido la cena. Ricardo me dijo que pidiera lo que quisiera, y que me sentara con ellos, ¡cuánto honor!. Le pedí las llaves del coche, no recuerdo con qué excusa, y salí a la calle, a respirar un poco de aire fresco. El coche estaba aparcado en uno de los laterales del hotel. Al llegar allí, vi que salían unos pinches por la puerta trasera de la cocina con unos grandes cubos de basura y los dejaron no muy lejos de donde estaba el coche. Un poco más allá, había un cubo igual, pero vacío. Lo coloqué junto a los demás cubos, abrí el maletero del coche, saqué todas las maletas y todos los paquetes, y los vacié dentro del cubo. Luego registré el coche por dentro, todo lo que encontré, lo tiré también en aquel cubo, papeles, un llavero, la cartera de Ricardo, un bolsito de Estrella, la documentación del coche, y no sé cuántas cosas más. Metí las maletas vacías en el maletero, cerré el coche, arrojé las llaves en el cubo, y lo tapé... Allí cerca había un banco de cemento, me senté en él y encendí un cigarrillo. Quince minutos después, llegó el camión de la basura. Dos chavales jóvenes se descolgaron de la parte de detrás, y comenzaron a vaciar los cubos en el camión. El mío fue el tercero, ni miraron lo que había dentro, ¿por qué habían de mirar los desperdicios de la cocina de un restaurante de carretera?. El camión arrancó de nuevo, los dos chavales jóvenes volvieron a colgarse de la parte de atrás, los saludé con la mano, ellos me devolvieron el saludo, y se perdieron por una esquina. Me levanté y comencé a pasear por aquel pueblo. Por cierto, ¿cómo se llamaba aquel pueblo?, ¿Bonete?, ¿Chinchilla?, ¿Almansa?... Me gustó la puerta de aquella cafetería, entré, y me senté en una esquina de la barra. Cuando el barman me preguntó qué quería, lo miré como a un bicho raro, ¿y a ti, qué coño te importa lo que yo quiero?. Ponme un carajillo y desaparece de mi vista, jilipollas, seguro que vives en el piso de arriba, y estás enamorado de una imbécil casada con un tal Ricardo, ¿qué me vas a contar a mí?. Aquel barman jilipollas enamorado de una imbécil casada con un tal Ricardo y que ni siquiera se la follaba, me sirvió el carajillo y me dejó en paz. Aquel era un sitio tranquilo y no había mucha gente. Se abrió la puerta de la calle, y entró una mujer. Llevaba el pelo recogido, una chaqueta azul marino con finas rayas blancas, una falda exactamente igual hasta las rodillas, medias ligeramente oscuras, zapatos negros de tacón alto y una camisa azul celeste debajo de la chaqueta. Me dio la impresión de que buscaba a alguien, porque miró a su alrededor, e hizo intención de marcharse. Entonces, su mirada tropezó con la mía. Generalmente, cuando una mujer a la que estoy mirando, me descubre y me mira a su vez, bajo los ojos o miro inmediatamente hacia otro sitio, siempre había sido así. Pero, no sé por qué, la seguí mirando mientras ella me miraba. Como ella no me sonrió ni hizo nada, volví a mi carajillo. Estaba vacío, saqué un cigarrillo y lo encendí.
-¿Está ocupado?.
-¿Perdón?.
-El taburete. ¿Está ocupado este taburete?.
-No. Puede usted llevárselo.
-No quiero llevármelo, sólo quiero sentarme.
-¡Ah!, pues muy bien...
-¿Eres de este pueblo?.
-¿Qué pueblo?.
-Éste. Este pueblo.
-¿Cómo se llama este pueblo?.
-¿Te estás burlando de mí?.
-No señora, no me burlo de usted.
-Pues haremos un trato.
-¿Qué trato?.
-Tú me tuteas, y yo te digo cómo se llama este pueblo.
-Es un buen trato. ¿Qué quieres tomar?.
-Almansa, este pueblo se llama Almansa. ¿Qué estás tomando tú?.
-Nada. Me acabo de tomar un carajillo.
-¿Ya has cenado?.
-No.
-¿No tienes hambre?.
-Sí, es verdad. ¿Te apetece un bocadillo?.
-Sí, yo tampoco he cenado.
-¿De qué lo prefieres?.
-No sé, ¿de qué lo prefieres tú?.
-De tortilla con anchoas, ¿te gusta la tortilla con anchoas?.
-Me gusta la tortilla y me gustan las anchoas. ¿Qué tal se llevan entre ellas?.
-Muy bien, se llevan de puta madre.
Nos cominos los bocadillos de tortilla con anchoas, y bebimos cerveza, yo dos y ella una. Después tomamos café. Pedí la cuenta y pagué.
-¿Te apetece dar un paseo?.
-¿Quieres pasear?.
-Sí, pero contigo.
-¿Por qué?.
-Porque soy la persona más sola del mundo, y tú pareces un buen chico.
-Eso es mentira, la persona más sola del mundo soy yo, y tú pareces una tía estupenda.
-Gracias.
-Toma, es todo lo que tengo.
-¿Sólo tienes ochocientas pesetas?.
-Sí.
-Te sobra dinero. Normalmente, sólo cobro quinientas.
-Pero yo sólo quiero hablar contigo, y pasear, si tú quieres. Eso debe ser más caro.
Salimos a la calle y paseamos.
-¿Eres de aquí?.
-No, vivo en Ayora.
-¿Ayora?, ¿qué es eso?.
-Otro pueblo. Al norte, a veintidós kilómetros de aquí.
-¿Y qué haces aquí?.
-No lo sé. Salí a dar una vuelta en el coche, y me tropecé con Almansa.
-O sea, que no eres una puta.
-¿Y qué más da?.
-No, si a mí me da igual. Lo digo por si te has ofendido por lo del dinero.
-No, no me he ofendido. Lo cogí porque tenía miedo de que te marcharas si no lo cogía.
-¿Por qué has dicho que cobras quinientas?.
-No lo sé. Una vez me contaron un chiste de putas, y cobraban quinientas.
-¿Tú crees que cobran eso?.
-No estoy muy segura, pero supongo que las habrá más baratas y más caras.
-Yo nunca he ido de putas.
-No te has perdido gran cosa.
-La verdad es que no sé lo que me he perdido.
-¿Qué estás haciendo en Almansa?.
-Estoy de paso.
-¿Hacia dónde?.
-Aún no lo sé.
-¿Por qué no me acompañas hasta Ayora, y mañana coges un autobús?.
-Me encantaría desaparecer de este pueblo lo antes posible.
-A mí también.
-¿Has dicho que tenías un coche?.
-Sí, no está muy lejos de aquí.
-Oye, nos vamos a fugar juntos, y aún no sé tu nombre.
-No nos vamos a fugar.
-¡Claro que sí!. Nos estamos fugando. O si no, ¿qué estamos haciendo?.
-Fugarnos.
-Pues eso.
-Me llamo Isabel.
-Yo, a veces, me llamo Vicente.
-¿Y las otras veces?.
-Jilipollas.
-Me gusta más Vicente, te llamaré Vicente.
-De acuerdo, pero puedes llamarme jilipollas cuando te apetezca.
-Muy bien.
Paseamos hasta el coche, y nos vinimos a casa.
Apagué el cigarrillo, apuré la copa de brandy, y miré a Isabel, la hija de Isabel.
-Y bien, doctora- dije- ¿Cuál es el diagnóstico?.
Miró a su madre, y luego me miró a mí.
-Yo creo que está muy claro- dijo.
-¿Qué es lo que está muy claro?- quise saber yo.
-Todo- dijo Isabel, la madre de Isabel- Lo que ha pasado y, sobre todo, lo que va a pasar.
-Sí- ratificó Isabel, la hija de Isabel.
-Bueno- dije poniéndome en pie- Creo que iré a dar un paseo. Para meditar y esas cosas. Vosotras tenéis tantas cosas de que hablar...
Me acerqué a Isabel, la madre de Isabel, y apoyé mis manos sobre sus hombros.
-¿Puedo darte un beso de despedida delante de tu hija?- pregunté inclinando la cabeza hacia ella.
-Por favor- dijo girando la cabeza hacia mí.
Y encontré unos labios dulces, casi trémulos.
-Te querré siempre- dije en un susurro.
-Y yo a ti, bello doncel- dijo ella con una mueca que quería ser una sonrisa.
-¿Y a mí?- dijo Isabel, la hija de Isabel, desde sus celos de niña- ¿A mí no me vas a dar un beso?.
-¡Naturalmente!- dije yo tomándole la mano y besándosela con una inclinación absolutamente ridícula.
-¿Sabes lo que va a hacer este chico listo?- dijo mirando a su madre. Tal vez humillada, quizá ofendida.
-¿Qué va a hacer?- preguntó Isabel a su hija.
-Te va a poner los cuernos con Zoraida.
-Ya lo sé -dijo Isabel, la madre de Isabel- Y también sé que tú has oficiado de Celestina en este negocio.
-¿Y no te parece una guarrada?- insistió la pérfida embaucadora.
-¿Lo que tú has hecho, o lo que va a hacer él?.
-Las dos cosas.
-Lo que tú has hecho, me parece encantador. Y lo que va a hacer él, me mata de envidia. Zoraida es una muchacha preciosa.
Me acompañaron hasta la puerta. Salí solo a la calle. No me sentía exactamente abatido, sino más bien inundado de ausencias. No estaba triste, sino atrapado por esa sensación del que despide con el pañuelo en la mano al barco que se aleja y se hace pequeño. Había en mí un profundo sentimiento de gratitud, como el que nos hace sentir el viejo maestro el día que nos dice: "Adiós, muchacho. Ya no me necesitas. No me olvides, pero ahora sé tú mismo".
Llegué hasta la carretera, y torcí hacia la derecha, hacia Almansa. No sé exactamente por qué. Aquella preciosa colina que llamaban La Virgen del Rosario estaba hacia el otro lado, pero quizá me ganó la curiosidad por saber qué había en la dirección contraria. Me crucé con una señora mayor, de rostro dulce y agradable. Me saludó, no porque me conociera, sino porque, como decía el bueno de Pedro, el comunista honrado, en los pueblos la gente se saluda, uno nunca está solo. Sonreí a aquella señora, y le devolví el saludo. "Buenas tardes, señora. Vaya usted con Dios". A la salida del pueblo había una pronunciada cuesta descendente y, a la izquierda, un pequeño bar. "El Frenazo". ¡Vaya un nombre!, indudablemente, había que echar el freno para entrar en ese bar. Y yo eché el freno. Estaba vacío, y así pude charlar tranquilamente con Valentín, el barman se llamaba Valentín, bebiendo amigablemente una cerveza. Además de llevar el bar, porque el bar le daba para pipas, como él decía, Valentín se dedicaba a castrar cerdos, bueno, él dijo "a capar cochinos". Pero, hombre, dije yo, llamándote Valentín, deberías fomentar el amor, no castrarlo. Pero tenía razón el bueno de Valentín, por cierto, olvidé preguntarle si también era comunista, y si era un hombre honrado. Pero claro, esas cosas son como la cobardía en el ejército, se suponen. Volviendo a lo que íbamos, decía el bueno de Valentín que, puestos a no follar, mejor capao, ¿no le parece a usted?. Seguramente así fue como tantos hombres honrados soportaron la dictadura de aquel paranoico general que, por cierto, se estaba muriendo, aunque aún le había dado tiempo a dejar un testamento de cinco cruces, o de cinco estrellas, como los hoteles de lujo. El presidente Echevarría propuso que nos echaran a patadas de la ONU. ¡Ay, Jalisco, no te rajes!. Pero La ONU se rajó. Me despedí de Valentín con un efusivo apretón de manos. Invita la casa. Vuelve por aquí, compañero. Al final de la cuesta había un puente y una curva y, detrás de la curva, un paseo entre acacias que llegaba hasta una ermita. Había bancos y todo. Me senté a fumar un cigarrillo. Pasó frente a mí una pareja cogidos por la cintura, novios, supuse. Naturalmente, me saludaron.
-Buenas tardes- respondí- Es bonito esto.
-Sí, muy bonito- dijo él- No eres de aquí, ¿verdad?.
-No- dije yo- Soy asturiano.
-Estás lejos de tu pueblo- dijo ella.
-Sí- dije levantándome- Pero éste no está mal. Me llamo Vicente- les ofrecí mi mano.
-Yo soy Tomás- dijo él estrechándomela- Mi novia se llama Trinidad.
-¿Los amigos te llaman Trini?- dije estrechándole la mano a ella.
-No. Todos me llaman Trinidad.
-Hacen bien. Trinidad es un nombre muy bonito. Hace juego contigo- sonreí- Vosotros sí seréis de aquí.
-Sí- dijo Tomás- Pero Trinidad trabaja en Valencia. Yo también pienso irme pronto. Seguramente, nos casaremos allí.
-¿No os gusta el pueblo?.
-No es eso, pero aquí no hay futuro.
-Sí, claro- condescendí- De todos modos, un amigo mío... ¿Conocéis a Pedro García?.
-¿Pedro García?- Tomás hizo un gesto, como queriendo recordar.
-Sí, hombre- dijo Trinidad- El hijo del tío Quico.
-¡Ah, sí!- cayó Tomás de pronto- Claro que lo conocemos.
-Pedro dice que le gusta el pueblo, y trabajar la tierra. Él sí le ve futuro.
-Pero él juega con ventaja. Su mujer es profesora del Instituto y, si tarda en llover, o si graniza, o hiela a destiempo, el sueldo le llega igual a fin de mes.
-Sí, claro. Tienes razón- dije yo.
-Y también está que a mí no me gusta la tierra como a él- aquello parecía una disculpa por lo que había dicho antes.
-Eso es verdad- intervino Trinidad- En el pueblo hay mucha gente que es feliz con lo que tiene, y no lo cambiaría por nada del mundo.
-Estoy de acuerdo- dijo Tomás- Yo, en el fondo, los admiro y los respeto- Luego, me miró, e hizo un gesto con la cabeza- Vamos hacia el pueblo, ¿nos acompañas?.
-No, muchas gracias. ¿Cómo se llama esa ermita?.
-San Antón. Es la ermita de San Antón.
-Es muy bonita. Creo que le echaré un vistazo.
-¿Vas a estar mucho tiempo en Ayora?- me preguntó Trinidad.
-No lo sé. Depende de muchas cosas. Pero estoy muy a gusto, y no tengo ningunas ganas de irme.
-¿Estás en casa de Pedro y Josefa?.
-No, estoy en casa de Mari Carmen Campos, ¿la conocéis?.
-¿Con Mari Carmen?. Me alegro mucho.
-No es lo que piensas. Pero que conste que la quiero un montón.
-Dale muchos recuerdos míos. Aquello que le pasó...
-Sí, ya lo sé. Fue terrible. Pero ahora está bien.
-Me alegra mucho oír eso.
-Bien- dijo Tomás estrechándome de nuevo la mano- Si te quedas por el pueblo, supongo que nos veremos.
-Eso espero- dije yo.
-Hasta luego, Vicente- dijo Trinidad besándome en la mejilla.
-Gracias- dije yo- Guardaré éste para Mari Carmen- añadí señalando el lugar donde me había besado.
-¡No, hombre!- dijo ella- A Mari Carmen dale éste- y me besó en la otra mejilla.
-Adiós- dijo Tomás.
Y se alejaron enlazados por la cintura, mientras yo miraba aquella ermita. San Antón, ¡vaya, hombre!. Esos arcos, esos ladrillos. ¿Será mudéjar?...
De regreso, volví a pasar por El Frenazo, y no pude resistir la tentación de entrar. Hay que reconocer que, cuesta arriba, esa tentación es mucho más grande que cuando se pasa por allí en sentido contrario, ya no se trata de frenar, sino de hacer un alto en el duro y tortuoso camino. Algo irresistible para un alcohólico en ciernes como yo.
Ahora estaba mucho más animado. Valentín trajinaba en la barra, y me saludó nada más verme entrar.
-¿Cómo estamos, ya de regreso?.
-Sí, Valentín. Ya ves.
-¿Una cerveza?.
Sonreí con un gesto afirmativo. Valentín me señaló una mesa del fondo donde había tres hombres sentados. Hizo una seña a uno de ellos, y le gritó desde la barra:
-¡Eh, Paco!, éste es el zagal asturiano del que te hablé antes- Luego, se volvió hacia mí- Mira, ése de ahí, es el Paco, aquél, el Camilo, y el otro, el Felipo.
-¡Hola!- saludé- Me llamo Vicente- dije ofreciéndoles la mano.
-¡Siéntate, hombre!- dijo el Felipo- Y échate una cervecica con nosotros.
-Con mucho gusto- dije volviéndome hacia Valentín para coger la cerveza que me ofrecía con el brazo extendido a través de la barra.
-Conque asturiano, ¿eh?- dijo el Paco mientras yo tomaba asiento- Allí sois mineros, ¿no?.
-No todos- dije yo sonriendo- Pero es un oficio muy frecuente.
-No sé si a mí me gustaría ser minero- dijo el Camilo.
-No, Camilo, no te gustaría- dije yo, absolutamente convencido de lo que decía.
-No es por na, pero yo es que miro p'arriba y no veo el Sol, y... ¡malo!.
-Te comprendo perfectamente. Pero, supongo que eso de labrar todo el día con el Sol a las costillas, tampoco debe ser muy agradable.
-¡Qué va!- exclamó el Camilo- Un buen botijo y un cigarrico a la sombre de vez en cuando, y arreglao. ¿No tú, Paco?.
-¡A to s'hace uno!- dijo el Paco con su cerveza en la mano.
-Mi padre era minero, y decía lo mismo. A to s'hace uno- dije yo levantando mi cerveza en señal de brindis.
-Lo que yo digo- comenzó el Felipo- Es que si la tierra es tuya, pos vale. Uno padece por lo suyo. Pero labrar tol día pa otro, eso es mu jodío, Camilo.
-También es verdad- dijo el Camilo- Uno, a veces, mira p'arriba, y se caga en to, pero aluego mira pa bajo, y páece que se calma una miaja. La tierra es buena, sí señor.
-La tierra para el que la trabaja- dije yo. Lo dije por hacerme el simpático, y me di cuenta enseguida de que había metido la pata. Porque Ayora no era, precisamente, una comuna libertaria, ni uno de esos malditos koljós.
-Yo no he dicho eso- aclaró el Camilo, como comprendiendo que los jóvenes somos gente exaltada, pero muy ignorante- Yo trabajo la tierra porque es mía, y antes de ser mía, era de mi padre, y antes de ser de mi padre, de mi abuelo. Si alguien me la quitara, aunque fuera pa trabajarla, igual agarraba yo la corbella y...
-¿La corbella?- pregunté yo extrañado.
-¡Sí, hombre!- intervino el Paco- Eso pa segar, ya sabes...
-¡Ah!- dije yo- Te refieres a la hoz. Comprendo, era una ironía sobre la hoz y el martillo.
-A mí, que conste que me da igual- dijo el Camilo haciendo un gesto con las manos- Pero, no serás tú uno de esos comunistas...
-¡No, por Dios!. ¡Pero qué dices!. Aunque puede que sea algo peor.
-¡Peor que comunista!- exclamó el Paco mirando al Felipo.
-Sí- dije yo mirando mi cerveza- Anarquista, a lo mejor soy anarquista.
-Entonces debes ser escritor, o músico, o igual estás loco- dijo el Felipo, y todos le rieron la gracia, incluso yo.
-Mi padre era de la CNT- dijo el Paco dejando de reír.
-¿Ah, sí?- dije yo.
-Sí. Antes de la guerra. Bueno, después también, pero a escondías.
-Tu padre era un buen hombre. Era un tío cojonudo- dijo el Felipo mirando al Paco.
-¿Y qué opinas tú de las ideas de tu padre?- le pregunté al Paco.
-Yo no me meto en política- me respondió muy serio.
-Comprendo- yo sabía que ese tema ya estaba zanjado. Y, en el fondo, me alegré.
-Y tú- terció el Camilo con una exquisita sutileza- ¿Qué oficio tienes?.
-He hecho muchas cosas- dije levantando la cerveza- Pero, lo último que hice fue lo que hace Valentín.
-¿Capar chinos?- preguntó el Felipo, absolutamente maravillado.
-No, trabajar en un bar.
-¡Eh, Valentín!- gritó el Paco volviéndose hacia la barra- ¿No tendrás por ahí uno de esos cojoncicos pa torrarlo?.
-¿Os coméis los cojones de los cerdos?- dije yo, apoyando los brazos sobre la mesa y agachando la cabeza, como en una confidencia.
-¡Pos claro!- dijo el Paco tan tranquilo. Luego se volvió hacia la barra- ¿Qué, Valentín, tienes o no tienes?.
-Igual sí- dijo Valentín dirigiéndose, seguramente, a la cocina.
-Me estáis gastando una broma- dije yo sonriendo.
-¿Por qué?- dijo el Camilo- Pero si los cojones de chino están cojonudos.
-Ya supongo que los cojones son cojonudos- dije yo- Pero no se comen. Yo nunca he visto en ninguna carnicería que ponga: "Cojones de cerdo, baratos y cojonudos".
-Porque eso no se vende en las carnicerías- dijo el Camilo- Hay que tener el chino en casa, o ser amigo del Valentín. Y te digo una cosa, si ahora nos torra un par, seguro que es en honor tuyo. No te vayas a pensar que tenemos esa suerte todos los días.
No sé si aquella pequeña fiesta fue en mi honor o si, precisamente, aquel día tocaba, pero puedo certificar y certifico que los cojones de cerdo son un manjar exquisito, y que ser de pueblo no es una bajeza moral ni intelectual, sino un privilegio, un privilegio cojonudo.
Cuando salí del bar, había anochecido. Pero, en lugar de sentir una sensación de paz y bienestar mientras caminaba lentamente por la orilla de aquella carretera, me inundó un profundo sentimiento de melancolía, una angustia agridulce que punzaba mi corazón y me escocía en los ojos. Durante toda aquella larga jornada, no había visto a Mari Carmen, y una tostada con miel endurecida y un café deliciosamente frío, dibujaron en mi mente una frase: "Je vous aime". Durante todo el tiempo que transcurrió hasta que me encontré frente a la puerta de su casa, no me pude quitar de la cabeza la extraña sensación de que la felicidad es un accidente del camino, un tropiezo inesperado, lo demás son esperanzas, sueños, ilusiones. Tristezas a veces dulces, pero siempre tristezas...
Mari Carmen estaba sentada en una silla, junto a la mesa de la cocina. Dije un par de tonterías sobre la belleza del pueblo y sobre la excelencia de sus gentes, antes de darme cuenta de que estaba llorando en silencio, las lágrimas corrían por sus mejillas mansamente, como un arroyo sin obstáculos, y, de tanto en tanto, su respiración se entrecortaba, y sonaba como un murmullo apagado. Me senté junto a ella, la rodeé con mi brazo, y ella apoyó la cabeza en mi hombro sin decir nada. Yo tampoco dije nada, porque sólo tenía ganas de abrazarla y llorar con ella. No se me ocurrió preguntarle por el motivo de su llanto, ¿acaso era yo capaz de explicar el motivo del mío?. Tal vez ella sólo quería llorar en silencio mientras alguien la abrazaba. Quizá por eso no opuso resistencia cuando la obligué a levantarse de la silla y la ayudé a subir las escaleras que conducían a su alcoba. Le quité los zapatos e hice que se acostara. Se abrazó a la almohada y se quedó de espaldas a mí.
-¿Quieres que me quede contigo?- pregunté con un susurro.
-Sí, por favor- dijo ella sin volverse.
Me quité yo también los zapatos, y me tumbé junto a ella. Pasé mi brazo derecho por debajo de su cabeza, y ella cogió mi mano y la apretó contra su pecho, con el otro brazo, la rodeé por la cintura.
-Trinidad me ha dado esto para ti- dije besándola en la mejilla.
-¿Trinidad?.
-Sí, una chica alta, de cabellos castaños y ojos marrones.
-¡Ah, sí!, Trinidad... ¿Dónde la has visto?.
-En un lugar llamado San Antón.
-¿Y qué hacías tú en San Antón?.
-Pasear, y meditar, supongo.
-¿Sobre qué meditabas?.
-Sobre unos inmensos y profundos ojos negros.
-¿Conozco yo esos inmensos y profundos ojos negros?.
-Sí, claro que los conoces. Su propietaria se llama Zoraida.
-Es una chica preciosa, ¿verdad?.
-Absolutamente preciosa.
-¿Estás enamorado de ella?.
-No lo sé. Puede que no, tal vez fascinado...
-¿No estabas enamorado de Isabel?.
-Ahora tampoco lo sé. ¿Cómo se saben esas cosas?.
-Tampoco tú has podido, ¿verdad?.
-¿A qué te refieres?.
-A Isabel. Ella se lo merece todo, es la persona que conozco que más merece ser feliz. Pero yo nunca supe darle lo que necesitaba. Ahora veo que tú tampoco.
-Isabel nunca me ha querido como te quiere a ti.
-Ya lo sé.
-Lloras por eso, ¿verdad?.
-Se han juntado muchas cosas. Todas las cosas.
-¿Puedo hacerte una pregunta personal?.
-No, ahora no. Sólo abrázame fuerte y quédate conmigo. Y cierra esa maldita boca, bocazas, que eres un bocazas...
Se aferró a mi mano con las dos suyas, y la apoyó contra su mejilla. Ardía, puede que tuviese algo de fiebre, pero ya no lloraba...
sábado, 30 de marzo de 2013
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