I
Me llamo Consuelo, tengo dieciocho años, y hago COU en el Instituto de Almansa. Este curso de 1973-74 es el primero que se hace COU en nuestro Instituto. Los compañeros del año pasado, todavía hicieron PREU. Dice Pepe, un compañero de clase, que nos están utilizando como conejillos de Indias, pero que eso no es malo, porque es posible que nos dejen decidir sobre algunas cosas. Yo no lo creo, a mí me da la impresión de estar haciendo Séptimo de Bachillerato, o algo parecido.
Pepe es el más simpático y el más guapo de los compañeros de clase. Y también el más inteligente, a mí me cae muy bien. Tiene la misma edad que yo, pero, cuando hablo con él, siempre me parece mayor, como si hubiese vivido más. No es de aquí, su familia vive en Caudete y él está en una pensión de la calle del Mercado, los fines de semana, trabaja de camarero en la cafetería Regio. Se sienta en el primer pupitre de la segunda fila, junto a la puerta del aula, con Teresa. Nuestra clase está formada por pupitres de dos sillas, y nos sentamos de dos en dos. Yo me siento en el tercer pupitre de la séptima fila, junto a la ventana que da al patio, con Feli. Feli se llama Felicidad, tiene un nombre muy bonito, pero todos la llamamos Feli. Somos amigas de toda la vida, desde que íbamos a la escuela. Por eso nos sentamos juntas. No es extraño que Pepe se siente con Teresa, ella es la mayor de toda la clase, tiene veinticuatro años, ha vivido mucho tiempo en Inglaterra, y este año ha vuelto y se ha matriculado con nosotros. A Pepe le encanta hablar con ella, se llevan muy bien, pero no son novios ni nada de eso. Ese pupitre, el primero de la segunda fila, es el único donde se sientan un chico y una chica, en el resto, o somos dos chicas, o dos chicos. Pero a ellos no les importa, es más, hasta les parece la cosa más normal del mundo eso de sentarse juntos. A mí también me gustaría sentarme con un chico, pero en su banco ya está Teresa.
Conocí a Pepe el primer día de clase. Yo salía del aula y él venía por el pasillo que da al patio. Casi tropezamos, y yo me puse colorada, como me pasa siempre delante de los chicos, y más de los chicos como él.
-¡Hola!- dijo sonriendo- Me llamo Pepe. Soy de COU.
-Yo también- dije sin mirarle- Me llamo Consuelo.
-¡Qué bien, seremos compañeros!. Me ha dicho el bedel que la clase está por aquí.
-Sí, es esa puerta de la izquierda. Pero ahora no hay nadie.
-Ya lo sé, sólo era para situarme. Tengo Geografía a las once. ¿Tu haces Geografía?.
-Sí. He elegido Geografía, Historia y Filosofía. ¿Y tú?.
-Geografía, Historia y Matemáticas Especiales.
-¿Por qué has elegido Matemáticas Especiales?.
-Porque no me gusta la Filosofía.
-A mí tampoco, pero es que las Matemáticas...
Había una asignatura común de Matemáticas para todos, por eso, la optativa, se llamaba Matemáticas Especiales.
-A mí sí me gustan las matemáticas.
-¿Eres de Ciencias?.
-Sí.
-¡Claro!. Yo soy de Letras.
-¡Oye!-dijo él de pronto- ¿Te apetece un café?.
Yo no había salido nunca del Instituto en medio de dos clases, y mucho menos a un bar. Pero tenía unas ganas enormes de tomar cualquier cosa con aquel chico, o no tomar nada, pero que siguiera conmigo.
-Yo no suelo tomar café- fue lo que se me ocurrió decir, sin pensar lo que decía, claro, porque lo que habría dicho de no haber estado tan nerviosa y tan impresionada, hubiera sido que sí, que me apetecía mucho.
Pero Pepe me ayudó, me lo puso fácil. Lo que más me gusta de Pepe, es lo fáciles que sabe poner las cosas a la gente indecisa como yo.
-Lo que quiero decir es que me apetece mucho seguir hablando contigo. Podemos pasear hasta que empiece la clase, no hace falta tomar café.
-¿Y si tomáramos café?.
-Perfecto. Hay un barecito al otro lado del parque.
La puerta del Instituto daba a un parque, y detrás del parque estaba el bar La Teja, muy frecuentado por los estudiantes. Yo sólo había ido un par de veces, pero nunca entre clases.
Paseando hacia el bar, me preguntó muchas cosas sobre mí, pero sólo le pude contar cosas aburridas. Sin embargo, lo que me contó él, me pareció mucho más interesante. En el bar, él pidió café, pero yo me tomé un refresco. Allí encontramos a Teresa, yo ya la conocía, porque la había visto esa mañana en el Instituto. Se la presenté a Pepe, bueno, los presenté a los dos. Enseguida encontraron muchas cosas de las que hablar, y yo me sentí un poco como una niña pequeña, a pesar de que no me marginaron de su conversación, pero intervine poco, sólo se me ocurrían tonterías, o yo pensaba que eran tonterías. Después, en clase, se sentaron juntos, y han seguido sentándose juntos desde entonces.
II
En todos los cursos suele haber un chico simpático, gracioso, que siempre está contando chistes y sacando apodos a los profesores. Aquel año, en COU, el gracioso del curso era Ignacio.
Ignacio se sentaba en el segundo pupitre de la cuarta fila, pero siempre andaba por los pupitres de los demás incordiando y gastando bromas, sobre todo a las chicas. Feli se ponía colorada cada vez que Ignacio se acercaba a nuestro pupitre con una de sus gracias. Al principio pensé que era porque Ignacio le gustaba, pero un día me confesó que era porque la ponía violenta, pero que, al mismo tiempo, producía sobre ella una extraña atracción, y eso la avergonzaba, y por ese motivo se ponía colorada.
-Es muy difícil de explicar- dijo al fin.
"¡Ay, hija mía!- pensé yo- Si lo tuyo es difícil de explicar, ¿qué dirías de lo mío?". Porque lo mío sí que era extraño, muy extraño.
Yo conocía a Ignacio desde los primeros cursos de Bachillerato. Siempre había pensado de él que era medio imbécil, pero siempre me había caído simpático. En COU, las cosas cambiaron, siempre que nos encontrábamos a solas, me abrazaba, me besaba y me metía mano. Y nos encontrábamos a solas muchas veces, demasiadas veces. Supongo que él siempre buscaba la oportunidad para encontrarse a solas conmigo. Se empeñó en decirme que yo era su novia, a veces decía su chica, y trató de convencerme de que aquello me encantaba, que, en el fondo, yo también lo deseaba. Pero no era así, a mí no me gustaba, cuando me besaba en la boca, sentía una sensación de opresión, casi de repugnancia, y me molestaba mucho que anduviera tocándome a todas horas. Pero nunca se lo dije. Nunca le grité que se fuera a la mierda, que me dejara en paz, o que se estuviera quieto. Una fuerza misteriosa me retenía junto a él, me impedía hablar y me paralizaba los brazos cada vez que él se ponía a hacer conmigo lo que le daba la gana. Después, sentía tanta vergüenza, que ni a Feli me atreví a contárselo. Algunas veces, me sentía tan sucia, que tenía la sensación de que todo el mundo me miraba y pensaba que yo era una puta o algo peor. Pero Ignacio no parecía enterarse de nada, y cada vez me manoseaba más, y yo sentía más asco...
Un día me asomé a la clase buscando a Feli. Estaba vacía. Bueno, vacía, no. Ignacio estaba sentado sobre la mesa del profesor con un cigarro en la boca.
-¡Hola, Consuelo, ¿has venido a verme?- dijo sin moverse de su asiento y sin quitarse el cigarro de la boca.
-Buscaba a Feli- dije yo, con esa sensación de terror que siempre me paralizaba cuando me encontraba a solas con él- Habíamos quedado...
-Se acaba de ir hace un momento- dijo él con una sonrisa socarrona -Lo hemos pasado muy bien.
-¿Tú y Feli?- dije con un nudo en la garganta, porque yo me había creído aquella asquerosa mentira.
-¡Claro, mujer!, ¿no sabías que Feli está loca por mí?. Y no es la única.
Quería irme dando un gran portazo, y gritando uno de aquellos horrorosos tacos que había oído muchas veces, pero que nunca me había atrevido a pronunciar, "¡Vete a tomar por el culo!", o algo parecido. Pero mis pies se habían quedado clavados en el suelo, como otras veces, mi corazón comenzó a latir salvajemente, y mis mejillas se pusieron del color de la sangre.
Ignacio se levantó, dejó caer el cigarro al suelo y lo pisó ceremoniosamente. Despacio, con una seguridad que me sacaba de quicio, se acercó y cerró la puerta tras de mí.
-Tú también estás loca por mí, ¿verdad, preciosa?.
Me besó como lo hacía otras veces. Yo temblaba de rabia y de impotencia, pero no podía gritar, algo había paralizado mi garganta, como siempre, y sólo tenía ganas de morirme y de desaparecer, o de que él se muriera y desapareciera. Me lanzó contra la pared, y comenzó a meterme la mano por debajo de la falda. Yo apreté los dientes y cerré los ojos, pero pude oír cómo me susurraba al oído "A que te gusta, ¿verdad que te gusta?". Y me dio por pensar que tal vez sí, que quizá yo era una enferma a quien le gustaban esas cosas...
De repente, se abrió la puerta y apareció la cabeza de Pepe asomándose a la clase. Ignacio se separó de mí, pero no noté en él ningún gesto extraño, como de disimulo, en todo caso, una expresión triunfante, como de orgullo. Yo sólo quería que la tierra me tragara. Nunca había sentido tanta vergüenza en toda mi vida.
-¿No te han enseñado a llamar a las puertas, muchacho?- dijo Ignacio mirando a Pepe.
-No sabéis cuánto lo siento, pensé que no había nadie. Sólo venía a recoger un libro...
Miré a Pepe con un gesto desesperado de súplica para que me sacara de allí, pero no pude decir nada. Estaba tan avergonzada, que pensé que lo único que Pepe podía sentir por mí en aquellos momentos era asco, un asco terrible e inconmensurable...
Pero Pepe no pareció darse cuenta de lo que le estaba pidiendo con los ojos. Sonrió, y se disculpó también conmigo.
-Lo siento mucho, Consuelo. Me voy enseguida.
Cogió de su pupitre el libro que había venido a buscar, y se marchó, cerrando suavemente la puerta detrás de él.
Ignacio volvió a apretarme contra la pared con una mano en cada uno de mis pechos.
-Conque te gusta el nuevo, ¿eh?- comenzó a babear- Ahora me vas a explicar con detalle qué es lo que hacéis cuando estáis juntos. Tengo mucha curiosidad por saberlo.
No sé cómo ocurrió, pero lancé un grito. Grité "¡Noooo!" con todas mis fuerzas. Inmediatamente, la puerta se volvió a abrir, y Pepe entró sonriendo.
-¡Ah, por cierto!- dijo tomándome de la mano- Feli te está buscando. Acompáñame, te diré dónde está.
Me dejé llevar por la mano de Pepe. Salimos de la clase y él cerró la puerta. Cuando aquella puerta se interpuso entre Ignacio y yo, exploté en lágrimas. Me colgué de su cuello sollozando, mientras notaba que me abrazaba y acariciaba mis cabellos.
-Tranquila- me susurró al oído- Sé cómo te sientes. Me he dado cuenta al entrar la primera vez, lo he visto en tus ojos. Sólo he salido un momento para pensar en la mejor manera de sacarte de ahí. Odio la violencia.
Entonces, nunca sabré cómo pude reaccionar de aquella manera, eché la cabeza hacia atrás y lo besé en las mejillas y en los labios.
-¿No te doy asco?- dije, como la niña que descubre que aquella muñeca, con la que tanto había soñado, es su regalo de cumpleaños.
-¿Cómo me vas a dar asco, Consuelo?. Yo te quiero muchísimo.
-¿De verdad?.
-Te lo juro- y me besó, con un beso dulce y cálido que hizo que mi cuerpo se estremeciera entre sus brazos, desde la punta de los dedos de los pies, hasta el último de mis cabellos.
-Yo también te quiero, Ignacio me da asco.
-Lo sé.
Sacó su pañuelo para enjugar mis lágrimas. Luego lo dobló y lo puso en mi mano. Me pellizcó la nariz con los dedos índice y pulgar, y me sonrió.
-Guarda este pañuelo, porque en él están las últimas lágrimas que derramas por ese imbécil.
No dije nada, cogí el pañuelo con fuerza mientras él me rodeaba por la cintura.
-He quedado con Teresa en el parque. Acompáñame, nos tomaremos unas cervezas como buenos camaradas.
-Nunca he bebido cerveza- dije yo, con la absoluta seguridad de que ésa sería la última vez que lo dijera.
-Pues entonces- dijo él volviéndose hacia mí y guiñándome un ojo- Te emborracharás y abusaremos de ti.
-¿Los dos?- pregunté yo muy divertida.
-¡Claro, mujer!, para eso están los amigos, ¿no?.
Nunca he tenido muy claro qué es eso de sentirse feliz, pero siempre que me lo imagino, me veo caminando por el parque que hay frente al Instituto con el brazo de Pepe rodeando mi cintura.
III
Yo no había ido nunca la la cafetería Regio desde que Pepe trabajaba allí, y me moría de ganas. No podía contar con Feli para una cosa así, porque aquellas notas que Feli sacaba y que tumbaban de culo, las mejores de toda la clase con diferencia, tenían una explicación: Feli siempre estaba estudiando. Y yo no era una de esas chicas que van solas a los bares. Por eso eché mano de Manolita.
Manolita se sentaba en el primer pupitre de la primera fila, y era eso que los chicos llaman "una tía buena". Tenía las piernas más bonitas que yo había visto en mi vida, y las minifaldas que llevaba le sentaban maravillosamente bien. Además, tenía de todo más que yo, y, cuando digo de todo, me refiero a todo, absolutamente todo. Pero lo que me interesaba de Manolita en aquellos momentos, era que no se cortaba ni un pelo a la hora de entrar en un bar, de ir a una discoteca, o de soportar, como la cosa más natural del mundo, que los chicos se la comieran con los ojos. Cuando me enteré que le había pegado una bofetada a Ignacio, y lo había dejado con el rabo entre las piernas en medio de la clase, enseguida la quise un montón y quise ser amiga suya. Y, como Manolita era una muchacha sencilla, simpática y poco presumida, y digo poco presumida, porque aún presumía poco para todo lo que podía presumir, acabó reemplazando un poco a mi amiga Feli, sobre todo a la hora de hablar con ella de un tema que con Feli no podía hablar: los chicos.
Aquel sábado por la tarde, nos pusimos guapas, bueno, ella se puso guapísima, y nos fuimos a la cafetería Regio a ver a Pepe, porque a eso es a lo que fuimos. Nos sentamos en una mesa del rincón. Manolita cruzó las piernas con una elegancia que a mí me dejó maravillada, sacó un paquete de tabaco de su bolso, y me ofreció un cigarrillo. Yo había fumado un par de veces en toda mi vida, y no me gustaba. Pero en aquel momento, yo quería ser como Manolita, por eso crucé las piernas imitando sus movimientos, y por eso cogí el cigarrillo para mirarla y aprender a fumar, incluso le copié su frase favorita: "¡Ay, hija!, ¿qué quieres que te diga?". Me extrañó que no sacara también el encendedor y me diera fuego, pero no dije nada, porque si Manolita lo hacía así, seguro que tendría poderosas razones para hacerlo.
Lo comprendí enseguida. Pepe vino hasta nuestra mesa, sacó su encendedor, y nos dio fuego. Llevaba un pantalón negro, una camisa blanca y una corbata negra, el típico uniforme de los camareros, y le sentaba muy bien, era el camarero más guapo de todos los que yo había visto.
-Buenas tardes- dijo sonriendo- Un refresco de cola con hielo y mucho limón, para Manolita, como siempre. ¿Y tú, Consuelo?, ¿era de naranja?.
-Sí- dije sin atreverme a mirarlo, y apenas con un suspiro. Porque no era de naranja. Además, ¿qué sabía él, si era la primera vez que yo iba a aquella cafetería?. Sin embargo, sí sabía lo que le gustaba a Manolita, porque ella sí que frecuentaba la cafetería. Seguro que todos los sábados se sentaba en aquella mesa, sacaba su cigarrillo y esperaba a que Pepe le diera fuego. Seguro que cruzaba las piernas delante de él con esa elegancia suya inimitable, y seguro que le sonreía con descaro, sin cortarse un pelo. Y seguro que a Pepe eso le gustaba mucho. ¿Cómo no iba gustarle Manolita, si era la más guapa del curso, y tenía de todo y todo lo tenía en su sitio?. ¿Por qué había de fijarse en mí, en mis piernas huesudas, en mis rodillas feas, en mi nariz gorda, en mis ojos de tonta, o en mi boca que no sabía sonreír con descaro?. Seguro que los dos se estaban burlando de mí. ¿Cómo se te ha ocurrido traerte a este adefesio?, diría Pepe. ¡Ay, hijo, ¿qué quieres que te diga?, diría Manolita.
Pepe llegó con una bandeja en la mano izquierda. Traía nuestros refrescos, y una cerveza para él. Se sentó con nosotras, eso sí, sin quitar ojo del trabajo.
-Me alegro mucho de veros- dijo levantando su cerveza para brindar- ¿Habéis salido de juerga?.
-No- dijo Manolita- sólo a pasear. Hemos venido a verte.
-Muchísimas gracias. Estás muy callada, Consuelo, ¿te pasa algo?.
-No, no me pasa nada- dije yo, pero con un tono de voz que me dejó enseguida como mentirosa.
-Somos tus amigos- dijo Pepe- ¿por qué no nos lo cuentas?.
-Se siente rara aquí- dijo Manolita.
-No, no es eso- dije yo, pero la verdad es que me sentía rarísima, me sentía como un estorbo, y sólo tenía ganas de llorar.
Pepe se levantó para atender una mesa, y yo aproveché su ausencia para decirle a Manolita que me encontraba mal y que tenía que irme. Se ofreció a acompañarme, pero yo le dije que no era necesario y que, además, no quería estropearle la tarde, y unas cuantas tonterías más por ese estilo. Manolita hizo un gesto de resignación mientras yo me levantaba para irme.
-¡Ay, hija, ¿qué quieres que te diga?. No te entiendo.
¡Claro que no me entendía!, ¿me entendía yo misma acaso?. Pero me levanté y me fui. No quería echarme a llorar allí en medio como una tonta, como la tonta más grande del mundo. La calle San Francisco, donde estaba la cafetería Regio, daba al parque que había frente al Instituto. Entré en el parque, y me senté en un banco. Para llorar sin que nadie me molestara...
Noté como una mano se apoyaba sobre mi hombro. Sorprendentemente, no me sobresalté, ni me puse a gritar, sólo me volví lentamente y vi a Pepe sentado junto a mí.
-Me parte el corazón verte así- me dijo suavemente.
-No puedo evitarlo- dije yo buscando un pañuelo en mi bolso.
-¿Por qué?.
-No lo sé, porque soy tonta, una cría imbécil.
-Eso no es cierto, Consuelo. Eres una muchacha excelente.
-Yo...- comencé a decir, intentando que los sollozos no me interrumpieran- Comprendo perfectamente que Manolita te guste más que yo.
-¿Estás segura que lo comprendes?.
-Sí, claro que lo comprendo, es la cosa más natural del mundo.
-Y si yo te dijera que hay un par de chicos en clase que me gustan mucho más que Manolita, que cuando me tocan, se me pone la carne de gallina, y que cuando me miran a los ojos, me entran ganas de comérmelos a besos. ¿Eso también lo comprenderías?.
-¿Cómo quieres que entienda eso?.
-¿Nunca has conocido antes a ningún homosexual?.
-¡Pero, si tú eres una persona normal!.
-Es que somos personas normales. Esos mariquitas que salen en las películas malas, sólo son monigotes creados por la imaginación de cuatro imbéciles.
-Yo... no sé qué decir...
-¿Crees que soy un pervertido?, ¿una persona despreciable?, ¿alguien a quien se debe evitar?.
-¡Cómo voy a pensar eso!. Pero si estoy enamorada de ti...
-Por eso te lo he contado, porque yo también te quiero mucho.
-¿Lo sabe alguien más?.
-Sí, claro. Teresa lo sabe, lo ha sabido siempre.
-¿También se lo has contado a Teresa?.
-No, no hizo falta. Ella se dio cuenta enseguida.
-¿Cómo se dio cuenta?.
-Verás, Teresa y yo somos dos soledades compartidas.
-¿Qué quieres decir?.
-Pues que hay un par de chicas en clase que le gustan muchísimo, sobre todo una. Cuando la tocan, se le pone la carne de gallina, y cuando la miran a los ojos, le entran ganas de comérselas a besos.
-¿Teresa está enamorada de otra chica?.
-Sí, de una chica maravillosa. Tímida y dulce, con un corazón tan grande que no le cabe en el pecho. Tiene unos inmensos ojos negros, profundos como una promesa, unas manos delicadas y sensibles y un pelo siempre descuidado y siempre precioso. ¿Sabes?, en el pelo de esa chica, suele haber un mechón que le cae sobre la frente, y Teresa dice que, cada vez que lo ve, le entran una ganas locas de soplarle para que vuelva a su sitio- Pepe acercó sus labios a mi frente, y sopló en mi mechón de pelo para que volviera a su sitio.
-¿Yo soy así?- dije en medio de una emoción que casi no me dejaba hablar.
-Ella te ve así. Y yo también.
-Pero si yo nunca me he dado cuenta de eso...
-Hay muchas cosas de las que no nos damos cuenta. ¿Te has fijado alguna vez en Esteban, el chico que se sienta al lado de Luis en la primera fila?.
-No, no me he fijado mucho.
-Pues él no te quita los ojos de encima. Cuando tú no lo miras, claro. Si te vuelves hacia él, enseguida mira hacia otro lado y disimula. Pero se nota en su mirada que está loco por ti, que, para él, eres la chica más guapa de toda la clase.
-¿Cómo lo sabes?, ¿te lo ha dicho él?.
-No, lo he visto yo, porque hago con él lo mismo que él hace contigo.
-¿Tú crees que Esteban es el chico más guapo de la clase?.
-Creo que es un chico sensible y soñador, una gran persona. Y me gustaría muchísimo ser amigo suyo, muy amigo suyo.
-Y, ¿por qué no hablas con él y se lo dices?.
-Porque tengo miedo.
Iba a preguntarle de qué tenía miedo, pero aquella era una pregunta estúpida, porque yo, la reina de todos los miedos, sabía perfectamente que el miedo es una garra que atenaza tu alma sin saber por qué lo hace ni de dónde proviene, sencillamente, se agarra a ti y te acobarda. Hasta entonces yo había sentido por Pepe una mezcla de devoción y de admiración, porque lo veía seguro de sí mismo, más experimentado, más maduro que yo. Pero me di cuenta de que esa tarde comencé a sentir por él una infinita ternura, y que lo quería más que nunca. Por eso me apreté contra él y rodeé su cintura con mi brazo, como había visto tantas veces y con tanta envidia hacerlo a los novios que se sentaban en los bancos del parque.
-¿Qué hacéis Teresa y tú cuando estáis juntos?- dije apoyando mi cabeza en su pecho.
-Teresa vive sola en una casa muy grande y muy bonita. No sé si sabes que sus padres murieron un un accidente. Tiene una excelente biblioteca y muchos discos. A veces, se pasa por la cafetería a la hora de cerrar, y vamos allí a tomar una copa, a charlar, y a escuchar música. Si un día vinieras con nosotros, la harías muy feliz.
-Pero yo a esas horas...
-¡No, mujer!, no hace falta que sea a esas horas. Un domingo por la mañana, por ejemplo.
-¡Pues claro que iré!- dije girando la cabeza hacia arriba y mirándolo a los ojos. Después, añadí- ¿Tú crees que si yo me hiciera muy amiga de Esteban, él aceptaría venir con nosotros a casa de Teresa para charlar y oír música?.
-¿Harías eso por mí?- dijo, y noté en su mirada que yo era importante para él y que me quería, por eso lo besé, y esta vez fui yo, fue iniciativa mía.
-Yo haría por ti cualquier cosa, tonto. Pero tendrás que enseñarme cómo se hace, porque yo no tengo experiencia en eso de ligar con los chicos.
-¡Ah!, ¿no?- dijo él- ¿Y cómo has hecho para robarme a mí el corazón?.
De repente, me di cuenta de que se suponía que Pepe estaba trabajando, o debería estar haciéndolo, y había dejado su trabajo por mí.
-Tenemos que volver a la cafetería, te vas a quedar sin trabajo por mi culpa.
-Tú vales cien veces más que ese maldito trabajo. Pero tienes razón, hemos de volver, tal vez Manolita aún esté allí, esperándonos.
Volvimos a la cafetería cogidos de la mano. Manolita aún estaba allí, sentada en la mesa del rincón. Pepe se reincorporó rápidamente al trabajo, y yo abracé a mi amiga para pedirle perdón por lo que había hecho. Ella me dijo que no tenía importancia, y que se alegraba mucho de que ya me sintiera mejor.
-¿Sabes?- me dijo- Creo que a Pepe le gustas mucho. Yo sólo me hago la simpática con él para que me explique los problemas de Matemáticas, pero no se lo digas.
IV
Esteban resultó ser un excelente muchacho. Amable, inteligente y, una vez superada su primera barrera de timidez, muy simpático. Pero, lo que resultó una auténtica delicia, fueron las veladas en casa de Teresa, escuchando música y charlando de mil cosas. Hasta Manolita, que acabó uniéndose al grupo, disfrutaba como una enana, y eso que lo suyo eran las discotecas, donde la música que sonaba no tenía absolutamente nada que ver con la que oíamos en aquel preciosos salón de la casa de Teresa.
A Teresa le encantaba sentarse a mi lado y hacerme un millón de preguntas sobre mí, sobre las cosas que me gustaban y sobre las cosas que me gustaría hacer, y yo encontré en ella una persona maravillosa a quien podía contar cualquier cosa, confidencias que hasta entonces no le había contado a nadie.
Esteban se quedó fascinado por la forma de ser de Pepe, hablaban de muchas cosas, y siempre acababan discutiendo de política. En el fondo, tenían las mismas ideas, pero Pepe era más exaltado, mientras que Esteban era más partidario de la moderación. Se decían de todo, pero se respetaban muchísimo. Acabaron siendo amigos, muy amigos.
Manolita era un amor, eso decía Teresa. Cuando las cosas se ponían medio serias, se reía y proponía bailar. A Manolita le encantaba bailar, y lo hacía con todos. Lo hacía tan bien y con tanta gracia, que todos nos la rifábamos a la hora de bailar, de bailar lo que fuera, eso no importaba.
No sé quién sacó la costumbre de besarnos en las mejillas cada vez que nos veíamos, a todas horas, de abrazarnos cuando estábamos alegres, de cogernos por la cintura cuando paseábamos por cualquier sitio, de decir "te quiero" cuando nos apetecía decirlo, y nos apetecía muchas veces...
Pero Esteban aprovechaba cualquier excusa para estar conmigo, para sentarse a mi lado, para pasear solos por el parque. Y a mí empezó a gustarme mucho estar con Esteban. Así nació nuestra costumbre de ir al cine los sábados por la tarde, y después tomar cerveza en bares pequeñitos.
Uno de esos sábados, nos sentamos en un banco del parque, estaba anocheciendo. Encontré a Esteban melancólico, un poco triste. Lo cogí por el brazo, y me acurruqué contra él. Hacía frío.
-¿En qué estás pensando?- le pregunté.
-Hace tres o cuatro días que quiero decirte algo- dijo mirando hacia el suelo, y quizá a mi rodilla, pegada a la suya.
-¿Por qué no me lo dices ahora?.
-Porque tengo miedo.
Miedo. Otra vez el asqueroso miedo. Otra vez esa garra negra que te atenaza el alma y mata las palabras en la garganta. Cogí a Esteban por la barbilla y lo besé en los labios. Sentí cómo su cuerpo se estremecía, y me acurruqué más contra él. El frío se había quedado fuera, y me sentí cálidamente confortada.
-No debes tener miedo- dije con la cabeza apoyada en su pecho- Te quiero mucho y me gustaría que confiaras en mí. Haría cualquier cosa que tú me pidieras.
-No quiero que pienses que soy un egoísta, que quiero robarte a los demás para mí solo. Pero yo sólo quiero estar contigo, y con nadie más.
-No creo que seas un egoísta, y me parece lógico que me quieras para ti solo. Pero es injusto. No sólo para mí, sino también para ti... El amor es una cosa muy curiosa, lo sé por experiencia. Si lo encierras, se muere de pena, de tristeza, o se vuelve cruel y despiadado.
-Yo comprendo que Pepe te guste más que yo- lo dijo en un susurro, con un tono de voz apagado, casi roto por el llanto, y me vi a mí misma en él, en su expresión, en su tono de voz, en su desprecio por sí mismo.
-¿Crees eso porque Pepe es más guapo que tú, más inteligente, más simpático?.
-Sí, claro que es por eso.
-Y si piensas así, ¿por qué no te enamoras de él en vez de enamorarte de una chica estúpida como yo?.
-Pero, ¿qué tonterías estás diciendo?.
-¿Sabes lo que piensa Pepe de ti?. Él cree que eres el chico más guapo de toda la clase, el más sensible, una persona maravillosa. Dice que tus ojos son de un verde-azulado como el paisaje de una isla perdida, donde un bucanero escondió su tesoro, que, cuando sonríes, tu rostro se ilumina como un amanecer de Mayo, que tus manos son suaves como la promesa de una caricia. Él te ve así, porque te quiere. Y yo también, porque él me ha enseñado a verte así.
-Pero, ¿qué se ha creído Pepe?, que yo soy un...
-¡No, imbécil!. ¡Y ojalá lo fueras!, aunque yo me muriera de celos.
-Yo sabía que estabas enamorada de él. Lo he sabido siempre.
-¿Quieres que te explique lo que es el amor?. Tú me quieres, ¿verdad?.
-Sí, más que a nada en el mundo.
-¿Y qué estarías dispuesto a hacer para que yo fuera feliz?.
-No lo sé, cualquier cosa.
-¿Me ofrecerías tu casa y tu cama para que me acostara con Pepe?.
-¿Por qué dices esas barbaridades?. Tú no estás bien de la cabeza.
-Tienes razón, no estoy bien de la cabeza. Porque me gustaría entender muchas cosas que no entiendo.
-Por ejemplo...
-Teresa siente por mí lo mismo que tú. Y me ha ofrecido su casa y su cama, porque cree que debo acostarme contigo.
-Y tú, ¿qué crees?.
-Yo tengo dieciocho años, y todavía soy virgen.
-Yo tampoco lo he hecho nunca.
-¡Pues vaya una pareja de dos que estamos hechos tú y yo!.
-¿Crees que si lo intentáramos sería un desastre?.
-No lo sé. Yo también tengo miedo. Pero dice Teresa que sólo así llegaremos a conocernos el uno al otro, y a nosotros mismos.
-Teresa te quiere mucho, ¿verdad?.
-Sí. Al principio me daba un poco de repelús, pero ahora me hace muy feliz tener una amiga como ella, y estoy aprendiendo a quererla.
-¿Y Pepe?, ¿no te gustaría que fuese Pepe el primero que...?
-Pepe me ha hecho un regalo.
-¿Qué regalo?.
Saqué del bolso una caja de preservativos, y se los entregué a Esteban.
-Me ha regalado esto. Dice que si me quedo embarazada, me mata.
-Es la primera vez en mi vida que tengo en las manos una cosa de éstas- dijo Esteban acariciando la caja como si fuese un animalito al que temiera hacer daño.
-Como Pepe está seguro de que después de todo esto, yo me enamoraré de ti, y nos casaremos, dice que ya tendremos tiempo de ponerte los cuernos después.
-Me parece fantástico. Pero no me lo digáis, ya sabes que los cornudos no deben enterarse de esas cosas. Aunque bien pensado, tal vez lo que pretende Pepe es ponerte los cuernos a ti.
-¿Tú serías capaz de hacer eso?.
-Pues no lo sé. La vida da muchas vueltas.
-En ese caso, yo te los pondría con Teresa, y estaríamos en paz.
-¿Y Manolita?, ¿ella también está en el ajo?.
-No, ella no sabe nada todavía. Pero si te quieres acostar con Manolita, lo podríamos arreglar. Para eso estamos los amigos.
-Reconozco que Manolita está como un tren.
-¿Verdad que sí?.
-Pero hay un pequeño problema. Yo estoy loco por ti, me pareces la muchacha más hermosa y más dulce del mundo, y sólo quiero acostarme contigo. Lo habéis planeado todo meticulosamente, ¿verdad?.
-No hemos olvidado ningún detalle.
-Y, ¿para cuándo lo habéis planeado?.
-Para mañana por la mañana.
-¿Para mañana por la mañana?.
-Sí, es domingo. No es mal día para una ceremonia religiosa.
-¿Y cómo quieres que duerma yo esta noche?.
-No duermas. Piensa en mí, y piensa que yo tampoco podré dormir.
-¿Y cómo será?.
-Nos veremos aquí, en el parque, a eso de las diez. Iremos a casa de Teresa, ellos se irán a Caudete, a visitar a los padres de Pepe, y nosotros nos quedaremos allí hasta que vuelvan.
-¿Pepe no trabaja mañana?.
-Algunos domingos coge fiesta para visitar a sus padres.
-Me moriré de vergüenza cuando los vea.
-No te morirás de vergüenza, te sentirás muy feliz, y les darás las gracias.
-Oye, ¿no crees que mis ancestros de macho ibérico deberían rebelarse contra esta situación?.
-Si tú fueras un macho ibérico, yo no me acostaría contigo, te escupiría en la cara. Además, ya conozco a uno de ésos, y puede que después de descubrir lo que tú y yo descubriremos juntos, aprenda a tratarlo como se merece.
-Quizá esperas muchas cosas de mí, y puede que yo no sea tan gran cosa.
-¿Sabes lo que te diría Teresa?. Muchacho, tú lo que necesitas es un buen polvo. Al menos, eso es lo que me dijo a mí cuando yo dije lo mismo que tú acabas de decir.
Naturalmente, no pude dormir en toda la noche. Por la mañana, Esteban me esperaba en el mismo banco. Me detuve ante él, y dije buenos días, entonces, me abrazó y me besó largamente en la boca. Dijo que había estado horas y horas pensando en lo que haría cuando me viera, y que todavía no podía creerse que había hecho exactamente lo que más deseaba: besarme. Yo le dije que no esperaba menos de él. Caminamos hacia la casa de Teresa cogidos de la mano. Me pidió que llamase yo al timbre, porque él estaba acojonado. Teresa nos abrió la puerta y nos abrazó. A mí me besó en las mejillas y en los labios. A Esteban, sólo en las mejillas. Pepe estaba desparramado en un sillón con un cigarrillo en una mano y una cerveza en la otra. Dijo que esa noche había dormido allí, con Teresa, y que habían estado haciendo cochinadas. Teresa dijo que no le hiciéramos caso, que eso era mentira. Esteban le dijo a Pepe que ellos dos tenían que hablar muy seriamente de ciertas cosas, y Pepe respondió que se dejara de mariconadas. Teresa dijo que ya era hora de irse, entonces Pepe me besó, me abrazó y me susurró al oído:
-Sabes de quién tengo envidia, ¿verdad?.
-Sí, de mí.
-¿Y sabes lo que haré si te quedas embarazada?.
-Sí, me matarás.
-Sé muy feliz. Te quiero.
Me volvió a besar y me metió la lengua en la boca. El muy guarro...
Se marcharon. De lo que ocurrió después sólo pienso decir un par de cosas: Después de aquello, yo ya no volví a ser la misma. Fue como un renacer, un renacer espectacular y maravilloso...
V
A mediados de diciembre nevó. En el pueblo, la nieve apenas cuajó en los tejados y en las copas de algunos árboles. Pero las montañas del otro lado de la carretera lucían una blancura infinita allá a lo lejos. Era viernes por la tarde. Teresa señaló una de aquellas montañas desde aquel banco del parque que era como nuestro cuartel general.
-¿Sabíais que esa montaña es mía, bueno, de mi familia?.
-¡Vaya con nuestra amiga la burguesa!- exclamó Pepe- Ahora va a resultar que también es una terrateniente.
-En la cima- continuó Teresa- hay una casa preciosa. Hace muchos años que está abandonada, pero tengo bonitos recuerdos de aquel lugar. Ahora debe estar lleno de nieve.
-¿Y qué propones?- preguntó Manolita, que se había convertido en miembro inseparable del grupo.
-¿No os gustaría pasar un día en la nieve?.
A todos nos pareció genial la idea de Teresa. Su plan era salir al día siguiente por la mañana, instalarnos en aquella casa y pasar el día jugando en la nieve. Quedamos en su casa temprano, a las ocho de la mañana. Pepe y ella habían preparado dos mochilas con todo lo necesario para pasar el día. Y, así, emprendimos el camino, soñando con aquella blancura infinita. Cerca de la carretera nos encontramos con Ignacio. No sé cómo se había enterado de la excursión pero venía dispuesto a apuntarse. Pepe me miró, y yo comprendí enseguida lo que quería decirme con su mirada: "Sólo has de decir una palabra, y ese imbécil no vendrá con nosotros". Pero no dije esa palabra. A Esteban, Ignacio le caía muy bien, le parecía un muchacho simpático y muy divertido. Pero, claro, Esteban no sabía nada. A Teresa, Ignacio no le guataba, le parecía un cretino y un engreído, pero dejó la decisión en nuestras manos, Manolita no dijo nada, al fin y al cabo, Ignacio no estaba nada mal. Además, no sé por qué, tuve la sensación de que a Pepe no le desagradaba que Ignacio viniese con nosotros, por la forma en que dijo:
-De acuerdo, pero tendrás que llevar una de las mochilas.
Al otro lado de la carretera, conforme el camino se iba empinando, la nieve aparecía en mayor cantidad. Ignacio aprovechó que yo me había quedado un poco rezagada para colocarse a mi lado.
-¡Ya verás lo bien que lo vamos a pasar!- dijo. Supongo que queriendo hacer una de sus gracias.
-Sí, hombre- dije yo- Sobre todo tú. Haremos un gran muñeco de nieve con las tetas muy gordas para que puedas sobarlo a gusto.
Pepe se volvió desde delante de nosotros.
-¡Eh, vosotros!- gritó- A ver si os perdéis.
-No te preocupes- le respondí- Yo, por lo menos, no pienso perderme.
Al principio llegué a pensar que el motivo de no decir nada cuando Ignacio se apuntó a la excursión era ese viejo terror que sentía hacia él, que me había atenazado la garganta como otras veces, impidiéndome hablar. Pero luego me di cuenta de que había sido porque ya me daba igual, ya no me importaba en absoluto lo que Ignacio hiciese o dijera. Ya no tenía miedo de él. Y me sentí muy bien, tan bien, que hice una bola de nieve, se la lancé a Pepe, y le di en toda la cabeza. Pepe se sacudió la nieve de los cabellos, y me miró con una gran sonrisa:
-En cuanto lleguemos, la venganza será terrible. No tendré piedad de ti.
-¡Eso habrá que verlo!- le grité muy divertida.
Y nadie tuvo piedad de nadie durante la batalla de bolas de nieve que organizamos a la puerta de la casa de Teresa, cuando llegamos y dejamos dentro las mochilas. Después, hicimos un gran muñeco de nieve, y todo el mundo quiso que la cara del muñeco se pareciera a alguno de nosotros, lo que provocó revolcones por aquella blanca y mullida alfombra, hasta que quedamos exhaustos. Todos fuimos un poco niños, y yo fui una niña muy feliz...
Encendimos la chimenea para entrar en calor y para secarnos, porque todos nos habíamos puesto perdidos de nieve. Luego, preparamos la comida, y continuó la fiesta. Me di cuenta de que Ignacio estaba a mi lado, divirtiéndose como uno más, y que yo no me había fijado en él en todo el rato. Era yo, claro, quien había cambiado, pero pensé como una tonta que había cambiado él.
Después de comer, mientras Pepe y Teresa preparaban café, sentí un impulso aventurero, y comencé a explorar aquella casa mágica, perdida entre la nieve, en la cima de la montaña. Tras subir por unas tortuosas escaleras, llegué a una especie de desván de cuento de hadas. Estaba lleno de cachivaches y de baúles, con el techo inclinado, donde destacaban unas gigantescas vigas de madera. Me sentí embriagada por un mundo mágico, pero una voz conocida asesinó aquel encanto, la magia de aquel momento...
-Hola- era la voz de Ignacio.
-¿Qué haces aquí?- pregunté, entre la indignación y el desencanto.
-Lo mismo que tú- dijo él con una sonrisa irónica- Buscar aventuras.
-Yo no busco ninguna aventura que tenga que ver contigo. Déjame en paz- dije yo, haciendo acción de marcharme.
Pero él me sujetó por el brazo, tan fuerte que me hizo daño.
-Parece ser que te has hecho muy amiga de cierta gente- comenzó con su nauseabunda prepotencia- ¿Por qué no me cuentas lo que hacéis cuando estáis juntos?.
-¡Vete a la mierda!- le grité- Ya no me das miedo, y no pienso soportar que...
No pude terminar la frase, porque me dio una bofetada y me hizo caer al suelo. Debí golpearme con algo en la cabeza, porque perdí el conocimiento. Cuando lo recobré, estaba tumbada sobre un viejo colchón, e Ignacio estaba encima de mí. Me estaba violando. Intenté gritar, pero él puso una mano sobre mi boca y no pude hacerlo. Me di cuenta de que tampoco podía respirar. No sé de dónde saqué las fuerzas para empujarlo con las dos manos y hacer que perdiese el equilibrio. Cayó a un lado del colchón, y yo me incorporé rápidamente y comencé a correr en dirección a las tortuosas escaleras que daban a la parte de abajo. Tropecé con Teresa justo al principio de las escaleras.
-¿Qué ha pasado?- preguntó ella.
No pude decirle nada, la abracé y los sollozos surgieron de mi garganta estentóreamente. Teresa me arrastró hasta una especie de cuarto de baño, me sentó en un taburete, y me dijo que esperara un momento. No sé cuánto tiempo esperé con el rostro entre las manos, llorando a espasmos, como la gente cuando vomita. Teresa apareció con un cubo de agua tibia y una esponja en la mano. Comenzó a lavarme meticulosamente, mientras me susurraba frases cariñosas que yo no podía entender. Cuando comenzó a lavarme el sexo, yo ya me había calmado un poco, por eso le dije:
-Deja, puedo hacerlo yo...
-Déjame a mí, por favor- susurró ella.
Cuando terminó, me besó allí, fue como una caricia tierna y suave. La miré boquiabierta, absolutamente estupefacta. Me acababan de violar, y yo me sentía sucia y despreciable y, precisamente, Teresa me había besado en la parte de mi cuerpo que más sucia y despreciable sentía yo en aquellos momentos. Pero ella debió entenderlo al revés, porque bajó la mirada y murmuró:
-Lo siento, perdóname. No debería haber hecho eso.
Sujeté sus mejillas con mis manos, y la obligué a levantar la cabeza. Y me invadió la ternura al ver la cara de Teresa, la mujer madura, segura de sí misma y siempre decidida, a quien yo tanto admiraba y a quien yo tanto quería, llena de lágrimas, avergonzada como una niña pequeña sorprendida en una mala acción. Por eso la besé en los labios y la abracé.
-No es lo que tú crees- dije llorando con ella- Es que me has emocionado. No sé cómo explicarlo. ¿Cómo me puedes seguir queriendo después de lo que me ha pasado?.
Teresa no dijo nada. Salió de aquel cuarto y volvió con mi ropa. Me ayudó a vestirme, me peinó y me secó las lágrimas con su pañuelo.
-¿Estás bien?- dijo cuando terminó, mirándome a los ojos.
-Sí, ¿y tú?- dije yo acariciándole la mejilla.
-Eres una mujer muy valiente, Consuelo.
No me impresionó que me llamara valiente, sino que me llamara mujer. Era la primera vez que Teresa me llamaba mujer. Para ella, yo siempre había sido una muchacha. Y me sentí muy orgullosa, porque me lo había dicho la primera mujer que fue, de verdad, mujer y amiga mía.
Ignacio estaba de pie, apoyado en la pared. El resto de la gente charlaba animadamente junto a la chimenea. Nadie se había enterado de nada. Teresa se acercó a Ignacio hecha una furia, volvía a ser la mujer segura de sí misma y decidida de siempre.
-¡Eres un hijo de puta, y ahora mismo te vas a largar de mi casa!, ¿entendido, cerdo repugnante?.
-Pero, ¿qué pasa?- exclamó Ignacio levantando las manos- ¿A qué viene esto?. ¿Estás celosa, o qué?.
-¡Prueba a hacerme a mí lo que le has hecho a ella, chulo de mierda!.
-A mí no me gustan las tortilleras, ¿está claro?. Y si te pones tonta, lo que puedo hacer es darte un par de hostias.
-¡Tócame si tienes cojones, pedazo de mierda!, y te juro por Dios que te arranco la nuez y la escupo aquí en medio. ¡Largo de mi casa, hijo de puta!.
Pepe se interpuso entre ellos con los brazos extendidos. Esteban y Manolita corrieron hacia mí, para sujetarme, porque to estaba a punto de desplomarme y caer al suelo.
-¡Un momento!- gritó Pepe levantando los brazos- ¿Se puede saber qué es lo que pasa aquí?.
Cuando Esteban me vio, no hizo falta que nadie le explicara lo que había pasado. Me dejó en los brazos de Manolita, y se lanzó contra Ignacio gritando:
-¡Te voy a matar, cabrón!. ¡Te voy a matar!.
Pero tropezó con el brazo de Pepe, que se interpuso entre él e Ignacio.
-Bueno- dijo Pepe intentando calmar la situación- Me parece que está muy claro de qué va la cosa- se volvió hacia Ignacio- Creo que lo mejor que podrías hacer sería largarte de aquí.
Abrió la puerta. Había anochecido y estaba nevando de nuevo, pero esta vez la nieve caía como una gigantesca cortina blanca mecida por un viento que aullaba como una jauría de lobos. Al otro lado de la puerta sólo se divisaban los grandes copos y una negrura infinita, terrorífica. Ignacio debió asustarse mucho ante la perspectiva de tener que irse.
-Con esta tempestad, no llegaré al pueblo- Había perdido su aplomo. Tenía miedo, y miró a Pepe como si fiera su única posibilidad de salvación.
-Pues, si no puedes llegar, te jodes- dijo Teresa- ¡Ojalá te murieras, hijo de puta!.
-Me temo que no tienes otra alternativa- dijo Pepe, señalándole con la mirada la boca negra que se abría al otro lado de la puerta.
-¿Por qué?- dijo Ignacio como quien se agarra a un clavo ardiendo, su voz se había vuelto trémula, insegura- ¿porque lo dice ella?.
-Tal vez no sólo lo diga ella- dijo Pepe con una calma que cortaba el aire como un cuchillo de hielo- Lo comprobaremos. ¿Qué opinas tú, Manolita?.
-¡Echa a patadas a ese cerdo!- dijo Manolita mientras me abrazaba, sin ni siquiera girar hacia ellos la cabeza.
-¿Y tú, Esteban?- preguntó Pepe.
-¿Quieres que te ayude a echarlo?- dijo Esteban intentado abalanzarse de nuevo sobre Ignacio.
-Consuelo, ¿tú qué dices?- me preguntó Pepe sin dejar de sujetar a Esteban.
-¡Que se vaya, que se vaya!- exclamé yo entre sollozos.
-La opinión de Teresa, ya la conoces- dijo Pepe volviéndose hacia Ignacio- En cuanto a mí, yo voto por que te largues de aquí. ¿Has entendido la situación, o hace falta que te la explique?.
-¡Que os den a todos por el culo!- gritó Ignacio, movido por la desesperación ante lo inevitable- Sobre todo a ti, maricón de mierda. Sé lo que pensáis hacer esta noche, aquí solitos en medio de la montaña, pero os juro que se va a enterar todo el pueblo de la clase de degenerados que sois.
Se marchó, y Pepe cerró la puerta y echó el cerrojo. Todos nos quedamos callados, como si el ángel de la muerte hubiese sobrevolado por encima de nuestras cabezas, y hubiese helado nuestros corazones. Pepe rodeó los hombros de Teresa con uno de sus brazos, se acercó a mí, y me rodeó con el otro brazo. Nos obligó a agachar las cabezas, y puso la suya en medio de las nuestras.
-¿Teresa te ha lavado bien?- susurró.
-Sí- dije yo con un hilo de voz.
-¿Y se ha propasado contigo?- volvió a susurrar.
-Sí- dije yo- Un poquito.
-Lo suponía- dijo Pepe- ¿Cómo te has atrevido, degenerada?.
Hubo un pequeño silencio, hasta que Pepe comenzó a reír. Teresa se abrazó a él, lo llamó una cosa muy fea, pero también rió. Yo no sabía de qué se estaban riendo, pero me abracé a ellos, y reí también. Manolita se acercó a nosotros y preguntó muy intrigada por el motivo de nuestra risa, pero acabó abrazada a nosotros, riendo también. Cuando Esteban llegó, también reía. Y nos abrazamos todos como los jugadores de fútbol cuando marcan un gol.
Teresa propuso una merienda junto al fuego, y su propuesta fue aceptada por aclamación. Así que nos sentamos alrededor de la chimenea, torramos longanizas, y bebimos vino a morro de una botella que nos íbamos pasando. Pepe propuso que contáramos cuentos de terror al amor de la lumbre, porque ésa era una costumbre muy romántica. Manolita dijo que ese tipo de historias le daban mucho miedo, y que luego no podía dormir. Teresa argumentó que para eso estaban las historias de terror, para dar mucho miedo. Esteban echaba de menos la música, pero yo encontré la solución a ese problema: podíamos cantar nosotros, ningún vecino nos iba a llamar la atención. Fue una velada fantástica. En un desván había colchones y mantas, así que organizamos una gran cama sobre el suelo frente a la chimenea. Pepe y Esteban se acostaron en los extremos, mientras que Teresa, Manolita y yo, lo hicimos en el centro. La conversación fue palideciendo arrullada por la mágica danza de las llamas, hasta que todo quedó en silencio, sólo interrumpido por algún que otro murmullo y el suave crepitar de la leña. Yo estaba entre Manolita y Esteban, vuelta hacia ella. La abracé pegada a su espalda, y noté que tiritaba ligeramente, Manolita siempre fue una friolera, por eso me apreté contra ella, recordando que Pepe había dicho que no hay mejor manta que el cuerpo humano, ni cuerpo humano más confortable que el de John Wayne. Al abrazar a Manolita, me di cuenta de que tenía las manos justo sobre sus pechos.
-Oye- le susurré al oído- ¿Sabes que tienes un par de tetas que no están nada mal?.
-¡Ah!, pero, ¿eres tú?- dijo ella sin volverse.
-¡Claro que soy yo!- dije sorprendida- ¿Quién pensabas que era?.
-¡Ay, hija!, ¿qué quieres que te diga?. Podría haber sido alguno de los chicos. ¿O es que no tiene una derecho a hacerse ilusiones?.
-Eres un amor, Manolita- dije besándola en los cabellos.
-Pues entonces, sigue como estás, que me está entrando un calorcito muy agradable. Y, si no quieres, no quites las manos de donde las tienes.
VI
Me despertó un profundo aroma a café, y también el ruido que hacía el bruto de Pepe tropezando con todo lo que se cruzaba en su ir y venir preparando el desayuno. Me encontraba tan a gusto allí, arrebujada en las mantas, que sentí una pereza inmensa, la pereza más grande que había sentido en mi vida, y descubrí que la pereza es, a veces, un placer incomparable. Pero no pude disfrutar mucho de ella, porque Teresa nos arrebató las mantas, argumentando que ya era hora de levantarse. Afortunadamente, el fuego de la chimenea ardía en todo su esplendor. Desayunamos café y pan torrado al fuego con mantequilla. Pepe asumió el mando de la situación, y explicó cómo estaban las cosas.
-Ha dejado de nevar, y hace un sol magnífico. El único problema es que hay más de medio metro de nieve, y los caminos hay que adivinarlos. He encontrado unos viejos sacos de plástico. Nos forraremos el calzado, y el resto será una magnífica aventura. Deberíamos salir ya, no sea que vuelva a nevar.
Fue muy divertido envolvernos los pies y las pantorrillas con plástico y atarlo con cuerdas. Y toda una aventura caminar con la nieve por encima de las rodillas. Pepe abría la marcha, y el resto caminábamos tras él en fila india.
Lo encontramos a unos ochocientos metros de la casa, estaba sentado en el suelo, y apoyado contra un árbol, con la parte derecha blanca por la nieve, y la parte izquierda perlada de cristalitos brillantes, rígido, como una estatua de hielo. Era Ignacio, el cuerpo de Ignacio...
Pepe se acercó a él. Manolita lanzó un grito, y yo me quedé helada, casi tan helada como aquella masa de hielo.
-No lo toquéis- dijo Pepe- Ya no podemos hacer nada por él. Avisaremos a la Guardia Civil cuando lleguemos al pueblo.
-¿Por qué sonríe?- pregunté yo, como si aquello fuese un juego, o mejor, un sueño, una mentira, una terrible y horrorosa mentira.
-Siempre he oído decir- contestó Pepe mirando hacia un punto indefinido de la lejanía- que los que mueren congelados, mueren riéndose. Ahora también yo lo diré...
La aventura se había ensombrecido mientras un silencio tenso hacía presa en nosotros. Continuamos la marcha despacio, muy despacio, casi con miedo a llegar, rodeados por aquel inmenso e inmaculado manto blanco que sólo unas horas antes nos había seducido para que fuésemos a jugar con él...
Yo caminaba junto a Pepe, un manso llanto resbalaba por mis mejillas, y me sentía sumida en una sensación de dejadez, como si una garra abúlica hubiese anestesiado mis sentidos.
-Hemos sido nosotros, ¿verdad?- murmuré mirando los destellos azulados de la nieve.
-¿A qué te refieres?- preguntó Pepe mirando, seguramente, los mismos destellos.
-Nosotros lo hemos matado.
-Nosotros, no- dijo Pepe- La nieve, el frío...
-Pero nosotros lo echamos de la casa, sabiendo lo que iba a pasar... Deseando que pasara.
-Me gustaría poder decir que todo ha sido fruto de una terrible fatalidad, pero tú no me creerías, ¿verdad?. Porque lamentas que Ignacio haya muerto, porque piensas que fuimos crueles e injustos con él. Pero, en el fondo, ninguno de nosotros quería que Ignacio muriese. Lo que echamos de la casa fue una parte de nosotros mismos, ese trozo de nuestra alma que nos desagrada y nos atormenta, y que siempre vemos reflejado en otra persona. Algo así como un exorcismo, expulsamos nuestros demonios, y le tocó a Ignacio cargar con ellos.
-¿Por qué somos así, Pepe?, ¿por qué somos así?.
-No lo sé, Consuelo. Pero hasta las más hermosas flores, se nutren de podredumbre.
Me detuve, y todos se detuvieron a mi alrededor. Miré sus rostros uno por uno, y en todos vi mi misma amargura.
-Estoy muy triste- dije- Y necesito que alguien me abrace.
Todos me abrazaron, porque todos estaban muy tristes, y todos necesitaban que alguien los abrazara. Todos llorábamos, pero Ignacio sonreía...
VII
Llegamos a un rellano desde donde se divisaba el pueblo, y a partir del cual el camino se hacía perfectamente transitable. Pepe detuvo la marcha, y propuso que, antes de llegar, nos pusiéramos de acuerdo sobre lo que teníamos que hacer y decir.
-No se trata de ponernos de acuerdo en contar todos la misma mentira- dijo mientras encendía un cigarrillo- Sino evitar dar la impresión de que todos estamos mintiendo. ¿Qué opinas tú, Manolita?.
Manolita nos miró a todos antes de hablar.
-No creo que debamos contar que Ignacio violó a Consuelo. Le echarán la culpa a ella, la mirarán como a una puta, o algo peor, y le harán la vida imposible. Además, todos pensarán que ése es un buen motivo para que decidiéramos matarlo. Pero no se me ocurre qué podríamos decir sobre el motivo de que se marchara en plena noche.
-¿Qué opinas tú?- dijo Pepe mirando a Esteban.
-Estoy de acuerdo con Manolita. Lo que le hizo Ignacio a Consuelo debe ser nuestro secreto. Sencillamente, Ignacio vino con nosotros, y decidió marcharse. ¿Por qué hemos de complicar más las cosas?. Si no se lo creen, allá ellos.
-¿Qué dices tú, Consuelo?- Pepe me miró. Todos me miraron.
-Creo que deberíamos decir la verdad. No me importa que me miren como a una puta, o que piensen de mí lo que les dé la gana. Yo ya no puedo sentirme peor.
Pepe miró a Teresa.
-¿Qué propones tú?- le preguntó.
-Si le decimos a la Guardia Civil que Ignacio violó a Consuelo, disfrutarán como enanos machacándonos a preguntas sucias. A Consuelo la volverán loca, ella no lo soportará. Y yo me moriría...- hizo una pausa y cogió la mano de Esteban- Perdona, nosotros nos moriríamos. Hay que darles carnaza para que se sientan satisfechos. Y eso no será difícil. Era mi casa, y yo eché a Ignacio a la puta calle. Discutimos, y lo eché. Vosotros no sabéis nada, porque yo no quise explicaros el motivo. Yo lo eché y yo soy la responsable. No tengo familia, las habladurías de la gente me resbalan, soy mayor de edad, y puedo pagar un buen abogado. Lo entenderán perfectamente, incluso les parecerá la cosa más lógica del mundo. Vosotros sois unos críos, tenéis dieciocho años. No es nada extraño que una vieja harpía como yo os haya embaucado en sus sucias perversiones.
-¡Y una mierda!- grité yo- Y una mierda voy a consentir que tú cargues con todo, teniendo yo la culpa.
-¿De qué tienes tú la culpa, tesoro mío?- dijo Teresa poniendo sus manos en mis mejillas y mirándome a los ojos- ¿De que un patético chulo de mierda haya abusado de ti?, ¿de que una pobre lesbiana histérica se haya dejado llevar por un arrebato de rabia y de celos?. Hace varios años, antes de irme a Inglaterra, yo tenía una amiga, una amiga a la que quería mucho. Un día, dos individuos le dieron una paliza y la violaron. No lo soportó. No soportó que la gente pensara que ella los había provocado, que todo el mundo se riera de ella, incluidos los violadores. Hasta llegó a creérselo, y se sintió culpable. Ella, que jamás se sintió atraída por ningún hombre, que estaba enamorada de una mujer. Una tarde triste, mientras toda esa gente honrada continuaba con la rutina de su vida miserable, se metió en la bañera, y se cortó las venas. Pensaba lo mismo que tú, que ella tenía la culpa.
-¿Por eso te fuiste?- pregunté yo con los ojos llenos de lágrimas.
-No entiendo por qué lo has perdonado ni por qué lamentas su muerte, pero eso no importa ahora. Lo que importa ahora es que seas una mujer valiente, y que no te dejes llevar por ese falso y traidor sentimiento de culpabilidad. ¿Lo harás por mí?.
-Haré lo que tú digas, Teresa- dije abrazándome a ella desesperadamente- Te quiero, te quiero muchísimo, y haré lo que tú quieras.
-Teresa tiene razón- dijo Pepe arrojando su colilla a la nieve- Y haremos exactamente lo que ella ha propuesto. Vosotros iréis directamente a vuestras casas, y ella y yo hablaremos con la Guardia Civil. ¿Estáis de acuerdo?.
Esteban y Manolita asintieron con la cabeza. Teresa se acercó a Esteban y me colocó literalmente en sus brazos.
-Quiérela mucho- le dijo, y lo besó en la mejilla.
Reemprendimos el camino. Se estaba nublando. Tal vez volviese a nevar...
VIII
Teresa tenía toda la razón del mundo. Cuando ella y Pepe informaron a la Guardia Civil, después de recoger el cuerpo de Ignacio, esa misma tarde, la metieron en la cárcel, por denegación de auxilio con resultado de muerte. Pero Teresa también tenía razón en muchas otras cosas: a los demás no nos pasó nada. A mí, por ejemplo, sólo me hicieron unas cuantas preguntas rutinarias y, ni siquiera me llevaron al cuartel. Su abogado la sacó de la cárcel al día siguiente, y no sólo eso, consiguió que la dejaran marcharse del pueblo, argumentando que, allí, la gente le haría la vida imposible. Se matriculó de COU en un instituto de Barcelona.
IX
Hoy toca asamblea general en el banco del parque. Hemos recibido carta de Teresa. Nos cuenta que Barcelona es una ciudad preciosa, llena de gente encantadora. Tiene una casa muy bonita, muy grande, y muy vacía. Cuando acabe COU, piensa matricularse en la Facultad de Periodismo de la Universidad Autónoma de Bellaterra. Se acuerda mucho de nosotros, y nos echa de menos.
Pepe dice que lo tiene decidido, en cuanto acabe COU, se irá a Barcelona, con Teresa, y también hará Periodismo en Bellaterra.
Esteban me ha mirado, y he creído leer en sus ojos que irá conmigo a donde sea. A Bellaterra a hacer Periodismo, por ejemplo.
Manolita ha dejado muy claro que ella es una chica de Ciencias, que eso de escribir tonterías en los periódicos no va con ella. Pero ha hecho un gracioso mohín con sus preciosos labios de seda escarlata. Manolita es una muchacha preciosa, cada día está más guapa. A veces, aprovechando que somos muy amigas, la beso en los labios. Ella se ríe, y dice que le hago cosquillas. Me mata el verde azulado de sus ojos oceánicos.
-¡Ay, hija!, ¿qué quieres que te diga?. Supongo que en la Bellaterra ésa habrá más facultades, ¿no?...
lunes, 11 de marzo de 2013
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