Bastante tiempo después, a Elisa le dio por recordar que todo había comenzado durante el entierro de Alfonso, una soleada mañana de mayo. Germán la miró desde detrás de sus gafas de ciego, y le dijo con la voz pastosa:
-Hoy no abriremos el pub. Estoy hasta los cojones. Nos vamos a Tarrateig a emborracharnos en casa de Rosana, ¿te vienes?.
-No- dijo ella entrecerrando sus ojos de nereida- Cuando os emborracháis os ponéis insoportables. No tengo ganas de pasarme mañana todo el día llorando. Me voy a emborracharme sola.
Pero, en realidad, las cosas no comenzaron así. Ni en ese lugar, ni ese día, ni siquiera a esa hora.
Azucena cruzó la calle dando saltitos para evitar los charcos que la reciente tormenta había dejado sobre el asfalto. Llevaba las dos manos aferradas a las solapas del abrigo, iba sin maquillar, despeinada y con la ropa puesta de cualquier manera. Al llegar a la acera de enfrente la invadió un fuerte perfume a tierra mojada. Parecía una gitana, por lo guapa, y una burguesa, por la cara de culpabilidad. Se detuvo ante el portal de su casa, y soltó una de las manos para poder buscar las llaves en el bolso. Dos estrellas titilaban tontamente ignorantes de todo. Pronto amanecería. Subió las escaleras y entró en el cuarto de baño. Se quitó toda la ropa y se puso una bata. Recogió las prendas con sumo cuidado y bajó con la intención de dejarlas en la cesta de la colada, pero lo pensó mejor, las metió en la lavadora y la puso en marcha. Preparó café. Cuando cogió la taza se dio cuenta de que le temblaban las manos. La sujetó con fuerza y bebió un trago. Alzó sus ojos brillantes de felicidad, y paladeó aquel café que le había salido mejor que nunca. Volvió a subir las escalaras al compás de una extraña música que parecía venir de muy lejos, entró en su alcoba, se quitó la bata y se miró al espejo de cuerpo entero, su desnudez se reflejó de forma provocadora y susurrante. Sonrió presa de una alegría incontenible, y se metió en la cama canturreando una cancioncilla de moda...
Aunque, tal vez, tampoco empezaron así las cosas. ¿Sabe alguien cómo empiezan realmente las cosas?.
Alfonso de pudrió de sida en una cama de hospital por maricón, por drogata y por jilipollas. Lo empaquetaron en una caja preciosa, y no dejaron que nadie lo viera. Los amigos le llevaron al entierro flores, lágrimas y caras blancas de resaca. No hubo misa, ni curas, Alfonso lo había decidido así un día que leyó el Werther de Goethe, que le había dejado Germán.
-Al fin y al cabo- dijo muy serio Alfonso- Yo también me voy a suicidar de algún modo, ¿no?.
-Tú eres un hijo de puta con los cuernos remangaos, y más maricón que un palomo cojo- le respondió Julio, que estaba borracho, como casi siempre, y lúcido, como casi nunca. A Julio le jodía que Alfonso fuese jodiendo a los amigos con sus memeces de siempre, con su retórica escatológica.
Elisa se negó a servirles más alcohol, porque ya estaban demasiado borrachos, y porque ella estaba hasta el moño de aguantarlos. Les invitó, con una sonrisa encantadora, a que abandonasen el local.
-Queremos ver al dueño- dijo Julio, apoyándose en la barra para no caer indecentemente al suelo.
-¡Ah!, ¿sí?- dijo Elisa dejando de sonreír y dándoles la espalda.
Germán se acercó a ellos desde el otro lado de la barra e intentó razonar como solía hacer en situaciones como aquélla.
-Vamos a ver- dijo con voz pausada- ¿De quién estoy yo enamorado?.
-De esa tía que no te hace ni puto caso- dijo Alfonso, intentando que las palabras no se atropellasen unas a otras- Échala a la puta calle, y ponnos dos copas.
-Tenéis dos opciones- continuó Germán con su tono apacible y contemporizador- O salís de aquí cogiditos del hombro como buenos hermanos, o salto la barra y os echo a hostia limpia como a dos borrachos indeseables.
-¿Tú y cuántos más?- preguntó Julio, seguramente para planificar la estrategia del combate.
-Está bien- dijo Alfonso tras sopesar mesuradamente las dos opciones- Julio, nuestra presencia no es grata en este tugurio de mierda. Vayamos a darnos de hostias con otras gentes en otro lugar.
-Tienes razón- dijo Julio- Este traidor no se merece que montemos aquí el escándalo. No tiene bastante categoría.
Salieron a trompicones del Marimba, pero no caminaron demasiado. En la segunda esquina, un grupo de patriotas de testas rapadas los machacaron con palos y cadenas hasta dejarlos hechos dos piltrafas sanguinolentas tiradas sobre la acera. Julio se recuperó tras una semana en el hospital, pero a Alfonso se le infectó una de las heridas y ya no salió hasta que lo empaquetaron en una caja preciosa para inhumar sus restos entre flores, lágrimas y rostros blancos de resaca.
Fue la misma madrugada que Azucena cruzó la calle dando saltitos para evitar los charcos que la reciente tormenta había dejado sobre el asfalto. Pero aquello fue sólo una coincidencia, aunque para Patrick O'Malley, el irlandés errante, las coincidencias no existen. No se trata de que una cosa lleve a la otra, sino de que esa misma cosa no hubiese sido posible sin la otra misma cosa.
Elisa no estaba cabreada con Alfonso y con Julio aquella noche. Elisa siempre había querido a Alfonso, y había sentido siempre un cariño muy especial por Julio. Con quien estaba cabreada era con ella misma. La cabreaba no entender ciertas cosas, sobre todo cuando esas cosas la atañían personalmente. De todas las cosas que la cabreaban, había una que la ponía histérica, en el sentido uterino del término. Si un tipo simpático, agradable, y en cierto modo encantador, como Germán, pongamos por caso, aunque no era el único, le hacía demasiado caso, y se ponía pesado, le daban ganas de gritarle que la dejara en paz, ¡qué pesados se ponen los tontos enamorados, sobre todo cuando están enamorados, aunque no sean tontos del todo!. Sin embargo, cuando aquel maldito irlandés, a quien Dios confunda, se pasaba días enteros sin acercarse por allí, siquiera para saludarla, sabiendo como sabía el muy miserable que verle era para ella a veces como el respirar, algo necesario, físicamente necesario, le daban ganas de ir a buscarlo para gritarle que no era justo que la tratase así, de la misma manera que ella trataba a los pesados que no podían vivir sin verla, porque, cuando ella les faltaba, era como si les faltara la respiración. El que inventó esa estupidez que llamamos amor debía estar loco, o debía tener muy mala leche. A Elisa la cabreaba esa necesidad irreprimible de ser cruel con quienes la querían para poder desahogarse de la angustia que le producía la crueldad de quien ella quería. Ésa, y otras cosas que tampoco entendía la cabreaban mucho, y ésa precisamente, la ponía histérica, en el sentido uterino del término. Y, claro, beber no era la solución, pero dime tú otra...
Patrick O'Malley era un maldito hijo de la bendita Irlanda, que hablaba castellano con acento catalán, catalán con acento castellano, y gaélico sin ningún acento. Tenía una facilidad pasmosa para llevarse a las mujeres a la cama. Al huerto, no, porque en la verde Irlanda, los huertos son húmedos, cenagosos y fríos, por eso, un sabio irlandés, inventó las camas, las guaridas de pizarra y las chimeneas encendidas. Lo otro, el pecado, lo inventó el buen Dios para que los hombres fueran seres humanos, y no bestias fornicadoras sin conciencia transgresora. Todos lo llamaban l'Irlandés, porque todos le hablaban en catalán. Sólo Elisa lo llamaba Patrick, y el resto de la gente cuando se refería a él delante de Elisa. Sobrevivía enseñando la lengua de Joyce, a veces la de Shakespeare, pero nunca la de los malditos ingleses, a quienes Dios confunda. Era asunto muy delicado aquel de la supervivencia de l'Irlandés, porque su ira ante las suspicacias se escribía con mayúsculas, y tenía más de siglas emblemáticas que de sustantivo femenino singular. A Elisa, sin embargo, le importaba un bledo todo aquello, lo único que le importaba era que aquel imbécil no era capaz de ver lo que, para casi todo el mundo, era cristalino y notorio: ella.
Aquella noche se sentó cabreada sobre un taburete, de espaldas a la barra, para amargarse el rato mirando a ninguna parte y fumando un cigarrillo que le sabía a demonios. Juan Luis se le acercó con la intención de hacer algo que entre ellos venía siendo habitual, rodearla por la cintura y susurrarle al oído una procacidad. Era su manera de quitar hierro a ciertas situaciones. Pero aquella noche no estaba Elisa para bromas de semejante calaña, ni de calaña alguna. No estaba para nada. Le retiró la mano con gesto de desagrado, y ni siquiera se volvió para decirle, con manifiesta aspereza, que la dejase en paz.
-Voy a prepararme una copa- dijo Juan Luis- ¿Te apetece algo?.
-No, a mí no me apetece nada- respondió Elisa, sin el más mínimo atisbo de agradecer a su compañero de trabajo el gentil ofrecimiento.
De todos modos, Juan Luis no se rindió. Con un whisky en la mano, se sentó cerca de ella para contemplar la noche apacible. La tormenta de días antes había pasado a la historia. La tormenta meteorológica, no la tormenta del corazón de Elisa, claro. Encendió un cigarrillo y fumó silenciosamente durante un par de minutos.
-Habrá estado ocupado- dijo mirando la brasa iridiscente- No te preocupes. Ya verás como todo tiene su explicación- Para Juan Luis, "El Físico", todo debía tener una explicación, incluido el principio de incertidumbre de Heisenberg.
-Eso ya lo sé- dijo Elisa con una mueca sardónica en sus labios de cereza- Seguro que ha estado muy ocupado persiguiendo todos los culos que se han cruzado en su camino.
-No entiendo cómo se puede perseguir otros culos después de ver el tuyo.
-¡Vete a la mierda!- ahora sí que lo miró, con un gesto de desprecio que hizo polvo al pobre aprendiz de brujo- Me ponen enferma tus salidas de tono.
-¿Eso quiere decir que sí quieres una copa?.
-Sí, ya va siendo hora de empezar a emborracharse. Sobria no creo que pueda soportarte.
-¿Ves como yo tenía razón?. ¿Conoces el experimento del gato?.
-No.
-Imagina que tenemos un gato dentro de una caja herméticamente cerrada. Una pistola apunta a su cabeza, y sólo se disparará si cierta sustancia radioactiva emite una determinada partícula. La probabilidad es del cincuenta por ciento. ¿Sabes lo que realmente hay dentro de la caja?.
-Una putada. ¿Por qué no te pones tú en lugar del gato?.
-Un gato vivo-muerto, o muerto-vivo. Según el valor de t. ¿Por qué no intentas mirar las cosas de otra manera?.
-¿Eso es lo que te enseñan en la Facultad?.
-No. Mi profesor de Mecánica Cuántica opinaría que lo que acabo de decir e un desacato. Seguramente me suspendería.
-¿Me vas a traer esa copa, sí o no?.
-Naturalmente, mujer. ¿Whisky?.
-Sí.
-¿Irlandés?.
-¡Jilipollas!.
Aquel día, a Germán no le apeteció en absoluto pasarse por el Marimba. Una de las muchas cosas que le partían el corazón era ver sufrir a Elisa y no poder hacer nada para evitar su sufrimiento. Lo único que solía hacer en casos así era acabar de joderla, y descubrir una íntima satisfacción que batallaba brutalmente contra su alma generosa hasta sumirlo en la desesperación. Quizá por eso aceptó la invitación de Ricardo para censar con él. Ricardo era un imbécil, un tipo prepotente, triunfador y políticamente correcto. Estaba casado con Azucena, compañera de Facultad hasta que lo dejó en Cuarto para contraer nupcias principescas con aquel guaperas millonario que hizo una triste señora de lo que había sido una hermosa mujer. Fue Azucena quien llevó un día a Ricardo al Marimba y se lo presentó a Germán. Desde entonces, cada vez que Ricardo iba al Marimba, preguntaba por "El Dueño", que era muy amigo suyo "de toda la vida". Ricardo era un fajador nato, las ironías, los sarcasmos y las frases con doble intención le resbalaban, no hacían en él ninguna mella. Machacaba a sus enemigos con una beatífica sonrisa en los labios, y después de la batalla, practicaba el noble arte de perseguir, rematar y descuartizar, eso que los teóricos de la guerra llaman rentabilizar la victoria. Ricardo era millonario, porque todo cuanto pasaba por sus manos era rentabilizado al máxino. Para él, la primera derivada siempre daba cero y la segunda, menos aún que cero. Germán sabía que hablar con Azucena de vez en cuando, aplicar los conocimientos adquiridos en la Escuela de Bellas Artes para dibujar sonrisas en sus labios, pasaba por llevarse bien con Ricardo. Eso creaba en él un sentimiento de mezquindad cuando, si bien se mira, era todo lo contrario, una táctica de largas miras. Ir a cenar con Ricardo aquella noche era un buen motivo, una excusa excelente para no pisar el Marimba, dejar el negocio en manos de Juan Luis y regalar a Elisa la paz de su ausencia. Habían quedado en una cafetería y Ricardo lo sorprendió.
-¿Te importa que venga Azucena a cenar con nosotros?- le preguntó, como pidiéndole excusas por no haber podido librarse de su pesada esposa.
-No, claro que no- a Germán se le inundó el pecho de gozo, pero había aprendido de Ricardo a rentabilizar las victorias, por eso machacó al enemigo para certificar su triunfo- Pero, ¿por qué tiene que venir?.
-Le dije que cenaba contigo y se empeñó en venir. Azucena te aprecia mucho, debes estar contento, ¿no?.
Sí, Germán estaba muy contento. Tan contento, que le dieron ganas de abrazar a Ricardo y sincerarse con él, decirle que sólo una pequeña mácula empañaba su felicidad, ¿era necesario que también Ricardo fuera con ellos?. Sí, al parecer lo era, pero no se puede tener todo en eta vida. A veces, ni siquiera se puede tener casi todo. Pero Germán no abrazó a Ricardo. No se sinceró con él. No dijo nada. Sonrió.
Recogieron a Azucena y fueron a cenar al mejor restaurante de la ciudad. Bueno, fueron al más caro, que para Ricardo significaba lo mismo. Naturalmente, lo primero que hizo fue preguntar por "El Dueño", al que saludó efusivamente, porque eran amigos "de toda la vida". Tras dejar muy claro que la mejor mesa de la casa era la suya, Ricardo propuso ir al aseo a lavarse las manos. Ricardo siempre se lavaba las manos después de mear, por eso, para él, ir al aseo a lavarse las manos, más que un circunloquio, era una sinécdoque.
-Yo nunca me lavo las manos antes de cenar- dijo Germán- Siempre lo hago después. Ya sabes que soy un poco rojo.
Azucena estaba recién bañada y arreglada, incluso recién meada, por lo tanto, no se apuntó a la ceremonia profiláctica previa al ágape. Propuso que Germán y ella esperarían a Ricardo en la mesa, tomando el aperitivo.
-Pide para mí un whisky con soda- dijo Ricardo a Azucena- Ya conoces mi marca.
-Sí, Azucena conocía todas las marcas de Ricardo, las malas y las peores. Le regaló una sonrisa de niña buena y siguió al maître hasta la mesa, acompañada por Germán. Se sentaron, pidieron el aperitivo, también el whisky con soda de la marca de Ricardo, y Germán la miró con una sonrisa entre amarga e irónica.
-¿Cómo estás?- le preguntó.
-Muy bien- respondió ella.
-¿Seguro?- insistió Germán.
-¡Claro!. No entiendo qué quieres decir.
-Quiero decir si eres feliz.
-¿Por qué no había de serlo?. Y esta noche más, porque estás tú aquí.
Llego el camarero y sirvió los aperitivos. Germán le dio las gracias y levantó su copa de ginebra con corteza de limón.
-Por ti... Y por Schopenhauer.
-¡Qué tonto eres!- Azucena guardó un momento de silencio antes de añadir- Me ha pasado una cosa que no me atrevo a contarle a nadie. ¿Sigues siendo tan amigo mío como antes?.
-No lo sé. ¿Tú qué crees?.
-Que sí, yo creo que sí.
-Pues cuéntame eso que te ha pasado.
-Ahora no, y aquí menos. ¿Por qué no vienes a cenar mañana a casa?.
-¿A tu casa?- Germán estuvo a punto de decir "la casa de ese imbécil", pero, aunque dijo "tu casa", se le notó mucho en el tono, y en la forma de mirar a Azucena.
-Ricardo se va de viaje- dijo ella, entre la confidencia sugerente y la revelación tranquilizadora- Un par de días, al extranjero, creo. Estaremos solos.
-¡Qué romántico!. ¿A qué hora quieres que vaya?.
-Ven a la hora que quieras, yo estaré en casa todo el día. Pero ven pronto.
-¿Por qué?.
-Porque la cena la tienes que hacer tú.
-¡Ah!, ¿sí?.
-Claro, tonto. ¿Es que ya no te acuerdas de que yo no sé guisar?.
-Sí que me acuerdo. Pero, claro, a quien yo recuerdo es a una muchacha maravillosa llamada Azucena que iba conmigo a la Facultad de Filosofía. ¿Te acuerdas tú de ella?.
-Por favor, Germán, lo que yo necesito es que me ayudes, no que me machaques.
-Guisaré para ti. Pero...
Pero llegó Ricardo.
El poder de fascinación de los ojos de Elisa tenía mucho más que ver con un profundo reflejo de abismos inescrutables que con una premeditada intensidad de arrebatadoras promesas. Para Patrick eran un enigma, algo inefable. Se perdía mirándolos, jamás fue capaz de hablar de ellos, de escribir sobre ellos, en ninguna de las lenguas que conocía, incluida la lengua gaélica, tan propensa a las imágenes mágicas, a las profundas resonancias.
-Si yo fuera un bardo de verdad- solía decir a veces- Escribiría sobre esos ojos, y descifraría su misterio. Pero nunca seré un bardo. Siempre seré un pobre imbécil enamorado de sueños sin nombre.
Para Julio, los ojos de Elisa eran fascinantes precisamente porque eran misteriosos, porque detrás de ellos había un alma sensible pero prisionera de brumas maléficas. Julio pensaba que los ojos de Elisa eran ojos tristes, porque, como decía un paisano suyo, no eran ojos porque él los viera, sino porque lo veían a él.
Aquel día, Julio no estaba borracho todavía. Se hallaba sentado en un taburete, apoyado sobre la barra y perdido en la espesura misteriosa de los ojos de Elisa.
-Niña, ¿por qué no me cambias esos ojos?.
-¿Para qué los quieres?, ¿es que no ves bien con los tuyos?.
-Si yo nos los quiero para mí, están bien donde están. Pero, ¿por qué no sale nunca el sol en esos jardines tan negros?.
-No lo sé, Julio. ¿Tú qué crees?.
-Chiquilla, ¿sabes tú lo que a ti te pasa?. A ti te pasa como a la adelfa que llora de pena cuando se mira en el agua. Porque esperaba que sus flores fuesen rojas, y son blancas. Las flores son lo que son, niña, no lo que nosotros queremos que sean.
-¿Me estás llamando egoísta, huraña y desagradecida?.
-¡Chiquilla, cómo voy a decirte yo esas cosas tan feas!. A mí lo que me gustaría es que tú me quisieras, pero tú no me quieres.
-Claro que te quiero, Julio.
-Pues tengo el caballo en la puerta, ¿te quieres venir conmigo?.
-No, Julio, no me quiero ir contigo. Tienes razón, yo no te quiero.
-¿Lo ves?. ¿Te das cuenta de que las flores son lo que son, y no lo que nosotros queremos que sean?.
-¿Quieres tomar algo?.
-No, prefiero emborracharme en otra parte. Aquí tengo demasiados motivos.
-Quédate un ratito más.
-No, niña, ya es hora de irse. Quédate con Dios.
-¿Tú conoces a Dios, Julio?.
-De toda la vida. Amigos no somos, pero conocidos, sí.
-Cuando lo veas, pregúntale por qué hizo tan mal el mundo.
-¡El mundo mal hecho!. Pero, niña, ¿tú qué dices?. ¡Qué va a estar mal hecho el mundo!. Lo que está es mal repartido.
-¿Tú crees?.
-¿Por qué crees tú que estamos tristes casi siempre?, porque el mundo está lleno de cosas bonitas que no son nuestras. ¡Qué va a estar mal hecho!. Mal repartido,el mundo está mal repartido.
Los ojos de Azucena eran verdes, como las hojas de la albahaca. Germán recordaba aquellos ojos brillantes y llenos de sueños de la Azucena de la Facultad, aquellos ojos que siempre sonreían y llenaban de delicias las vaporosas tardes de la alameda. Y los echó de menos durante la cena, en su casa, mientras ella le contaba la increíble historia que acababa de vivir. Quizá porque, en un determinado momento, le pareció reencontrarlos cuando ella rememoró la irrupción de aquel impulsivo amor clandestino. Azucena no quiso decirle de quién se trataba.
-No lo conoces- dijo simplemente- Además, es extranjero.
-Vamos a tomar una copa. Me lo debes- dijo Germán de pronto.
-¿Por qué?.
-Porque te he preparado la cena, y yo no hago estas cosas gratis.
-¿No estás bien aquí?.
-No, porque ésta no es una cita amorosa. Necesitamos aire y tumulto, no paz de alcoba. Acompáñame al Marimba, quizá veamos viejos amigos.
-Crees que tengo miedo de Ricardo, ¿verdad?.
-No lo sé, ¿le tienes miedo?.
-No es miedo. Es una cosa que no sabría cómo explicar.
-Pues no me la expliques, a mí me importa un huevo. Vámonos.
-Como quieras...
En el Marimba encontraron viejos amigos, y también amigos nuevos. Encontraron, en fin, todo aquello que se solía encontrar en el Marimba. La gente que iba por allí solía buscar lo mismo, y solía encontrar aquello que buscaba. Se sentaron frente a la única tarima vacía que quedaba junto al jardín. No muy lejos de ellos, estaban Patrick, Manuel, Vicente y un par de amigos más, manteniendo una de sus animadas polémicas, que solían terminar como el Rosario de la Aurora, o "Com Camot", según expresión de Patrick, contumaz estudioso de las expresiones vernáculas. Germán les hizo un gesto con las cejas a guisa de saludo y se sentó junto a Azucena en un taburete. Elisa se acercó a ellos con su sonrisa glacial de manifiesto cabreo tan característico en ella siempre que Patrick caía por allí y no se dignaba derretirse ante sus encantos.
-¿Conoces a Azucena?- le preguntó Germán.
-Sí, creo que sí. Has estado aquí antes, ¿verdad?.
-Sí- dijo Azucena- Yo también me acuerdo de ti, ¿cómo estás?.
-Sirviendo copas a los amigos del jefe, como siempre, ¿y tú?.
-Bien, yo estoy bien.
Se besaron en las mejillas, o no se besaron, más bien se rozaron las mejillas mutuamente, aunque, claro, hay muchas formas de besar.
-¿Qué queréis tomar?- preguntó Elisa tras el saludo.
-Yo, lo de siempre- dijo Germán- ¿Qué te apetece a ti, Azucena?.
-Un gin tonic, creo que he cenado demasiado, y me sentará bien.
-¿Dónde habéis cenado?- quiso saber Elisa.
-En mi casa- dijo Azucena- Germán ha preparado la cena. Es un gran cocinero, ¿lo sabías?.
-Algo había oído, pero no lo sé por experiencia.
Germán miró a Elisa con una sonrisa triste, casi melancólica. Siempre que batallaba en una cocina con sartenes y cacerolas, imaginaba guisar para Elisa, y la imaginaba a ella preparando una mesa preciosa con mantel verde pálido y velas amarillas. Pero Elisa tenía razón, eso no había ocurrido nunca, y puede que no ocurriera jamás. Una vez más, Elisa necesitaba ser cruel para escupir la ponzoña de su borrasca interior. Germán volvió a mirar a Patrick, que disertaba con su vehemencia característica ante unos contertulios con cara escéptica, casi ofendida.
A Germán le fascinaba de Patrick aquella manera suya de plantear las cosas desde otro punto de vista, y lo hacía siempre con una pregunta, para la que ni él mismo tenía respuesta. Pero eso no le preocupó nunca a Germán, que siempre había pensado que lo importante no era encontrar las respuestas, sino descubrir las preguntas. Patrick era un maldito irlandés que conocía muchas preguntas, y muy pocas respuestas. A Patrick le fascinaba de Germán su bondad innata. ¿Cuál es la diferencia, preguntaba Patrick, entre un tío jilipollas y un hombre bueno?, y el muy cabrón dejaba su pregunta sin respuesta, como siempre.
Patrick aprovechó un momento de confusión general provocada por uno de sus exabruptos sin respuesta para acercarse a saludar a la pareja de recién llegados.
-Noches, potentado- dijo Mirando a Germán- ¿Desde cuándo la razón pura se alimenta de belleza subjetiva?- y volvió sus ojos hacia Azucena, que se había quedado blanca.
-No me digas que ya os conocéis- dijo Germán, ligeramente perturbado por la expresión de Azucena, que parecía haber visto un fantasma.
-¿Por qué no había de decírtelo?. ¿Quieres que te mienta?.
-¿De qué os conocéis?.
-De un banco de madera, un parque con pinos, un estanque con nenúfares. Hola, Azucena. No sabía que fueras amiga de este remanso de bondades en forma de tipo vulgar.
-Fuimos compañeros de Facultad. Hace tiempo.
-No tanto- la corrigió Germán.
Elisa se había detenido detrás de Patrick, observando la escena con el whisky de Germán y el gin tonic de Azucena en una mano, y arreglándose un mechón de cabello con la otra.
Germán empujó a Patrick suavemente para que se apartara y dejase a Elisa servir las copas. Elisa se colocó junto a Patrick sin mirarlo. Estaba mirando a Azucena, y Azucena notó como dos puñales los ojos de Elisa. Dejó las copas sobre la tarima, se acercó a la barra, y volvió con una bayeta.
-Perdona- dijo mirando a Azucena y limpiando la madera frente a ella- No me gustaría que se te ensuciara ese precioso anillo.
Patrick olió la tempestad y se marchó sin despedirse. Germán movió la cabeza y se encogió de hombros sonriendo.
-Están locos- dijo.
-¿Y tú, Germán?- le preguntó Azucena- ¿Cómo estás tú?.
-¿Yo?, enamorado. ¿Se me nota mucho?.
-Sí, bastante.
-¡Qué le vamos a hacer!.
Azucena bajó la mirada, acarició su vaso y, luego, miró a Germán.
-Quiero irme de aquí. No me encuentro bien.
-Tómate primero el gin tonic. Nos vamos enseguida.
-No- insistió Azucena- Quiero irme ya. No me voy a beber el gin tonic.
-Como quieras- dijo Germán resignado.
Cuando los vio levantarse, Elisa sonrió encantadoramente a Azucena.
-¿Cómo es que os vais tan pronto?, ¿tan horroroso estaba el gin tonic?.
-No, es que no me encuentro bien- dijo Azucena- Lo siento. Hasta luego.
-Vuelve pronto- volvió a sonreír Elisa- Y no te preocupes, aquí no pedimos el libro de familia.
Esta vez no se besaron en las mejillas para despedirse, aunque tampoco se tiraron de los pelos, ni se asesinaron, ni nada...
Cuando llegaron junto al coche, Germán se sintió un poco obligado a dar una pequeña explicación. Quizá para calmar a Azucena, o quizá para calmarse él mismo.
-No debes hacer mucho caso a Elisa- comenzó- Cuando se cabrea, siempre lo paga quien menos culpa tiene.
-Yo no soy tonta, Germán. Y, además, ya soy mayorcita para darme cuenta de las cosas. Fíjate en mí, si hasta me he vestido de puta...
Germán había notado algo especial en Azucena aquella noche. Y ahora, mirando detenidamente su vestido corto, ceñido; sus medias negras, transparentes; sus zapatos estilizados, de tacón alto; se dio cuenta de aquel pequeño detalle: ¿Había tenido siempre Azucena aquel par de tetas y aquel pedazo de culo?. No la recordaba así de la Facultad, a pesar de que por entonces, Azucena solía vestir pantalones vaqueros bastante ajustados, y camisetas de ésas que llevan sugerentes mensajes en lugares sugerentes. Y, mucho menos, la recordaba así de los últimos tiempos, vestida con aquellos modelos caros que la hacían parecer una señora mayor, estupenda, pero mayor. Aquella noche, Azucena parecía una muchachita picarona, del estilo de las muchas que solían pasar por el Marimba en noches como aquélla. Y, aunque Germán no era un gran especialista en putas, no estuvo de acuerdo en absoluto con la última frase de Azucena. La vio guapa, y la vio deseable, como nunca la había visto antes. Pero no dijo nada, se limitó a sonreír y a buscar las llaves del coche en el bolsillo del pantalón. Apenas las había sacado, cunado una mano pasó junto a él y se las arrebató con una elegancia sorprendente. Había sido el maldito irlandés.
-Gracias-dijo Patrick.
-¿Por qué?- quiso saber Germán.
-Por las llaves. Necesito tu coche.
-No te puedo dejar el coche, tengo que llevar a Azucena a su casa.
-Si es por eso, no te preocupes. Ya la llevo yo.
-¡Y una mierda, irlandés!. Pero tú, ¿de qué vas?.
-De amigo tuyo, Germán. Yo siempre voy de amigo tuyo, ¿verdad, Azucena?.
Azucena hizo un gesto afirmativo con la cabeza mirando a Patrick, luego se acercó a Germán y lo besó cariñosamente en la mejilla.
-Patrick tiene razón- le susurró al oído- Esto lo hacemos por ti.
-Es él, ¿verdad?- dijo Germán con tono entre estupefacto y escandalizado.
-¿Quién?- preguntó Azucena sorprendida.
-El maldito irlandés. Es él, ¿no?.
-Sí, es el maldito irlandés.
Patrick se acercó a ellos y dio una palmada en la espalda de Germán.
-Hazle caso a Azucena. Te estamos haciendo un favor.
-Os lleváis mi puto coche, me dejáis tirado en medio de la puta calle, ¿y me estáis haciendo un puto favor?.
-Eso es- dijo Azucena sonriendo.
-¡Que os zurzan a los dos!- gritó Germán dando media vuelta.
Patrick abrió la puerta derecha del coche de Germán e hizo un gesto con la mano a Azucena para que entrase. Después, entró él por la otra puerta, se colocó frente al volante y encendió el motor. Cuando el coche se puso en marcha, Germán se volvió desde la acera y gritó:
-¡Conduce por la derecha, hijo de Irlanda!.
-¿Por qué?- preguntó Patrick asomándose por la ventanilla.
-Porque en este puto país se conduce por la puta derecha.
-¡Que os folle un pez a ti y a tu puto país!.
Y el coche desapareció por la primera esquina, en dirección prohibida y circulando por la izquierda.
Germán regresó al Marimba y se tropezó a bocajarro con los ojos fatídicos de Elisa.
-Tienes cara de vampira- dijo- Me vas a espantar a todos los clientes. Estás despedida.
-¿Me voy ya, o termino la noche?.
-Si te vas ahora, no cobras.
-Bueno, pues me quedo. ¿Quieres una copa?.
-Sí, pero no escupas dentro.
-Si no te fías de mí, le diré a Juan Luis que te la sirva él.
Elisa se marchó hacia la barra y Germán se sentó en un taburete, apoyó la espalda contra la pared y sacó el paquete de tabaco.
Sobre las cuatro de la mañana, Elisa le había servido a Germán tres whiskies y Juan Luis un par más. Los tres últimos clientes no parecían tener intención de marcharse de una puta vez, pero Elisa, curtida en estos duros avatares, los convenció contundentemente de que debían replantearse su postura. Germán saludó a esos tres últimos clientes con la mano cuando se marchaban, y le guiñó el ojo a una de ellos. "Yo no estoy, muchachos, pareció decirles, y, además, ya sabéis quién manda aquí aunque yo sí esté".
-¿Quieres hacer caja?- le preguntó Juan Luis asomándose desde la barra.
-¿Por qué tengo que hacerlo todo yo?, ¿para qué crees que te pago a ti?. Esta noche, todos os habéis empeñado en que os despida.
-Tranquilo, tío. Era sólo una pregunta.
Diez minutos después, Juan Luis se acercó a Germán y lo miró interrogante.
-¿Qué hago con la pasta?.
-Te la metes en los cojones.
-Vale, mañana la ingreso. ¿Te llevo a casa?.
-No, éste es mi puto pub, y me puedo quedar a dormir aquí si quiero, ¿no?.
-Tú mismo- dijo Juan Luis levantando los brazos- Y tú, ¿quieres que te lleve?- añadió mirando a Elisa, que estaba recogiendo los taburetes.
-No. Esta noche tengo ganas de pasear.
-No pienso insistir- concluyó Juan Luis- Mañana hablaremos con más calma.
Elisa pasó junto a ellos y miró a Germán.
-¿Por qué no me acompañas, por si me sale algún violador?.
-¿Qué quieres, que me mate a mí antes de violarte?.
-A lo mejor no nos sale ninguno.
Se alejó de ellos para continuar con su tarea.
-¿Tú eres jilipollas, o qué?. dijo Juan Luis mirando a Germán- Elisa te acaba de invitar a que la acompañes a casa. ¿Le vas a decir que no?.
-¿Por qué habría de aceptar?.
-¡No me jodas!, porque es el sueño de toda tu vida.
-El sueño de mi vida no es acostarme con ella. Yo quiero que me quiera, que me mire como a Patrick, por ejemplo.
-¿Cómo a Patrick?. Pues si las miradas fueran puñales...
-Ése es el sueño de mi vida, que me apuñale con la mirada.
-Tío, tú has bebido.
-Sí, yo he bebido, ¿qué pasa?.
-Estáis todos locos. Yo me voy a dormir- Juan Luis dio una palmada en el hombro de Germán y se volvió hacia Elisa- Hasta mañana, buenas noches.
-Buenas noches, Juan Luis- dijo Elisa desde el fondo.
Nada más marcharse Juan Luis, Elisa se acercó a Germán.
-¿Me das ese taburete, o lo dejamos en la calle?.
-Toma tu puto taburete- dijo Germán levantándose.
Elisa entró dentro del pub con el taburete, salió un par de minutos después con el bolso colgando de su hombro derecho, sacó las llaves, cerró cuidadosamente las puertas y le hizo un gesto a Germán con la cabeza.
-Vámonos-dijo con una tranquilidad pasmosa.
-Yo no quiero ir contigo- dijo Germán, en una de esas rabietas alcohólicas de niño cabezón que solían darle cuando el alcohol despertaba al niño cabezón que llevaba dentro.
-¿Piensas esperar aquí hasta que te devuelvan el coche?.
-No, pero pienso darle un par de hostias a ese maldito irlandés en cuando le eche la vista encima.
-Eso será mañana. Ahora, vámonos.
-¿Qué le piensas hacer tú?.
-¿A quién?.
-Al maldito irlandés.
-¿Cuando, antes o después de sacarle los ojos?.
Germán se quedó callado. Elisa le rodeó la cintura con el brazo izquierdo y le obligó a caminar junto a ella.
-¿Sabes lo que diría Schopenhauer sobre esto que está pasando?- dijo Germán dejándose arrastrar.
-No creo que el Schopenhauer ése dijera nada sobre sobre esto que está pasando- dijo Elisa mirando las moreras de la acera.
-Quiero decir que si sabes lo que diría si estuviera aquí.
-No, no lo sé. ¿Qué diría?.
-Es igual, déjalo. No creo que lo entendieras.
-¿Por qué?.
-Porque seguramente lo diría en alemán.
Dos días después de salir del hospital, Julio se dio una vuelta por el Marimba. Llegó solo, pero no solo como otras veces cuando iba sin compañía, ese día llegó solo, así como suena, suponiendo que la palabra soledad haya sonado alguna vez a la soledad de Julio aquel día. Elisa se alegró de verlo e intentó robarle una sonrisa obligándole a que hiciera un extraño equilibrio sobre la barra para besarlo en las mejillas, pero sólo logró robarle una mirada de tristeza infinita. Y le dolió, pero no le dolió la mirada triste de Julio, sino la tristeza de su mirada reflejada en los ojos de Julio. Recordó que Julio, en una ocasión, quiso cambiarle los ojos. Ahora, Elisa hubiera dado cualquier cosa por cambiarle los ojos a Julio. Pero no supo cómo decirlo y, como siempre, condensó mil emociones en una frase trivial.
-¿Cómo estás, Julio?.
-Feliz de verte, niña. ¿Y cómo estás tú?.
-Ya ves, feliz de verte. ¿Qué quieres tomar?.
-Un zumo de ésos que echan gusto a melocotón.
-¿Solo?.
-Sí, solo. Lo más solo que puedas.
Elisa le sirvió el zumo y se apoyó en la barra con ambos codos, la barbilla sobre los puños cerrados, y los ojos escrutando en el rostro de Julio. Estaba pálido, blanquecino y cadavérico. No le gustó en absoluto aquella expresión mortecina, porque todo era muerte a su alrededor, y una como dejadez mansa y abstraída.
-¿Tú te acuerdas de una muchacha rubia que venía mucho por aquí, que estaba liada con uno de esos cabezas rapadas?- preguntó Julio tras un primer sorbo de zumo.
-Sí, se llama Mercedes. Hace tiempo que no la veo. Seguramente aún está enfadada por lo de aquella noche de la navaja.
-No, niña. Esa muchacha ya no está enfadada, y ya no se volverá a enfadar nunca más.
Elisa clavó sus ojos inmensos en los ojos de Julio, incapaz de articular palabra alguna. Julio sonrió amargamente, porque esa mirada, en otras circunstancias, le hubiera puesto el corazón como una moto fuera de control, y ahora sólo le producía ternura y mucha tristeza.
-Cuando salí del hospital, un policía me esperaba en la puerta. Me llevó a la comisaría para hacerme unas preguntas. Allí fue donde me lo contaron, la han encontrado tirada en un basurero y parece que lleva un porrón de días muerta. Es muy probable que la mataran aquella noche de la navaja que dices tú.
-¿Qué querían de ti, Julio?.
-Querían saber si yo lo sabía, querían encontrar una razón para que unos tíos tan buena gente como esos nazis hijos de puta se molestaran en machacarnos a Alfonso y a mí.
-Tú sabes quiénes fueron, ¿verdad Julio?.
-Y ellos también. La policía no es tonta, sólo son unos cabrones. Ya sabes que esa panda de asesinos son lo mejor de cada casa.
-Sí, ya lo sé.
-Están buscando un motivo para joderme vivo. No creo que tengan otra opción para salvar el culo del hijo del juez.
-¿De Lucas?.
-Yo no he dicho nombres, niña. Ni a la policía ni a nadie. Pero si lo que quieren es un motivo para acabar la faena que dejaron a medias sus amigos, lo van a tener muy pronto.
-No hagas ninguna locura, Julio, por favor. ¿Puedo hacer algo por ti?.
-Sí, niña. Escúpeme en la cara, sácame los ojos, échame a patadas. Pero por lo que más quieras, no me tangas lástima. He venido a verte porque tú eres lo único que yo tengo, aunque tú pienses que eso es como no tener nada. No me mires como a un perro sarnoso, de esos que dan lástima, niña. Eso es peor que morirme.
-Yo no te tengo lástima, Julio.
-Entonces, júrame por tus muertos que no le dirás a nadie ni una palabra de lo que hemos hablado, y que no utilizarás tu poder sobre mí para que yo no sea yo.
-Te lo juro por mis muertos.
-Así me gusta, chiquilla. ¿Qué te debo de esta asquerosidad?.
-Estás invitado, Julio. Supongo que eso sí me lo permitirás.
-Y te lo agradezco con el alma en la mano, niña. Eres lo más bonito que ha parido madre. Quédate con Dios.
Elisa no estaba dispuesta a dejar que Julio se marchara de aquella manera, porque algo le decía que ya no lo volvería a ver, y eso le producía una sensación de infinita tristeza, como si las cosas hubieran dejado de tener sentido. Como si aquel pobre desgraciado que nunca le había caído demasiado bien, que la había hecho sentirse atosigada en más una ocasión por su devoción importuna, simbolizara, de repente y sin ninguna razón explicable, todo lo que en esta vida provoca ternura, nostalgia de lo que no fue y está condenado a no ser jamás. Por eso, cuando Julio estaba a punto de salir del pub, se sorprendió a sí misma deteniéndolo con su voz imperiosa, casi suplicante.
-¡Julio!.
-Dime, niña- dijo Julio volviéndose desde la puerta.
-¿Has cenado?.
-No.
-¿Puedo pedirte un favor?.
-Pide por esa boca, chiquilla.
-Invítame a cenar.
-Pero si tú estás ahí detrás de la barra, trabajando.
-Eso tiene una solución muy sencilla.
Elisa se giró de espaldas a la barra, apoyó sobre ella las dos manos y tomó impulso para saltar y quedar sentada. Después, giró sobre sí misma levantando las piernas y cayó de pie al otro lado. Julio se quedó maravillado ante la gracia y la agilidad de aquel cuerpo que tenía preciosos hasta los andares.
-Blancas como las alas de las mariposas blancas- dijo dejando aflorar en sus labios, por fin, una sonrisa.
-¿De qué estás hablando?- preguntó Elisa celebrando con otra sonrisa la sonrisa de Julio.
-De las bragas que llevas, niña. ¡Qué bien hecho está el mundo, chiquilla, y qué mal repartido!.
-Hoy te perdono porque me has pillado de buen humor. Pero eres un cochino.
-¿Qué le vamos a hacer?, pero las flores son lo que son, no lo que queremos que sean. ¿Vas a dejar solo esto?.
-El jefe está en el almacén haciendo inventario. Que se meta su pub donde le quepa, la esclavitud fue abolida el siglo pasado.
-¿Qué le vas a decir?.
-Yo, nada. Se lo dirás tú, así será un favor de amigo y no una argucia de bruja, ¿me entiendes?.
-Niña, ¿cómo no voy yo a entender eso, si acabo de ver bajar a la Luna con su polisón de nardos?. ¿Qué quieres que le diga?.
-La verdad, que tienes el caballo en la puerta y que yo me voy contigo.
-¿Y adónde vamos tú, mi caballo y yo?.
-A cenar al bar de Dolores.
-Dolores... ¡pobrecilla!. Niña, ¿de dónde has sacado tú un corazón tan grande?.
Elisa no le respondió, se limitó a señalarle la puerta del almacén. Julio encontró allí a Germán echando un vistazo a las existencias. Cuando Germán lo vio, su rostro se iluminó de alegría.
-¡Julio!, esto sí que es una sorpresa, ¿Cómo estás?.
-Jodido, niño. ¿Y tú?.
-Ya me ves, comprobando que mis clientes recibirán su dosis de felicidad y olvido, miserias de tabernero.
-Tu camarera y yo nos vamos a cenar al bar de Dolores. ¿Estás de acuerdo?.
-Eso es cojonudo, ¿cómo has logrado convencerla?.
-Yo no la he convencido, aunque todo podría ser. De Dolores se ha acordado ella, que tiene esos pechos de gloria para que le quepa el corazón.
-Me encantaría ir con vosotros, si a ti no te importa.
-¿Cómo me va a molestar a mí?. Pero, ¿y tu pub?, ¿y tus clientes?.
-A mis clientes que los folle un pez, y a mi pub que le den por el culo. Si Elisa deserta, yo no tengo más camino que la deserción. Me entiendes, ¿verdad?.
-Niño, esa es mi especialidad. Pérdidas que son ganancias, son caudales redoblados. Estamos tan hechos a perder, que ganar nos ha molestado. ¿Te esperamos a que termines?.
-No, id vosotros delante. Nos veremos allí. Ella ha dicho que se va contigo, ¿no es así?.
-Mismamente.
-Pues eso...
Beatriz le contó as Elisa un sábado de madrugada cómo se había tirado al irlandés un viernes por la tarde en su coche, el de ella, en el parking municipal. Lo contó como un chiste divertido. Beatriz siempre hacía chistes con los polvos clandestinos, y con los otros.. A Elisa le encantaban los polvorientos chistes de Beatriz, y la procacidad premeditada de su lenguaje. No la admiraba a menudo, pero la envidiaba a veces.
-¿Sabes cómo se llama esa amalgama de carne inútil que rodea a una buena polla?- solía preguntar Beatriz cada vez que Elisa se ponía triste cuando hablaban del irlandés, o de cualquier individuo de su calaña.
-No, ¿cómo se llama?- decía siempre Elisa, aunque ya sabía la respuesta.
-Tío bueno, se llama tío bueno.
Patrick apareció sonriente, regateando los restos de la batalla de todos los sábados por la noche. Se acercó a la tarima que ocupaban las dos mujeres, pero Elisa se levantó de su taburete y entró en el pequeño almacén que había detrás del pub, un almacén coqueto, nada sórdido, y con puerta propia. Patrick se acercó a Beatriz y la saludó.
-Buenas noches, Beatriz.
-Hola, tío bueno- respondió ella con una sardónica sonrisa.
-Perdona un momento, he de hablar con Elisa.
-No sufras por mí, muchachito lindo. Soy una mujer comprensiva.
Patrick entró en el pequeño almacén y encontró a Elisa esperándole, apoyada contra la pared. Fue a abrir la boca, pero no pudo decir nada. Elisa lo atrajo hacia sí, enroscó su pierna derecha en la izquierda de él como una serpiente, rodeó su cuello con los dos brazos, y lo besó apasionadamente. Cuando Patrick notó la lengua cálida, húmeda y esponjosa de Elisa dentro de su boca, se sintió transportado, una vez más, a un mundo de arrebatos vertiginosos, de emociones flamígeras. Jamás en su vida, nadie lo había perturbado tanto como aquella mujer de ojos negros y profundos, en sus brazos siempre se sintió como un niño perdido, fuera de control, y aquello lo aterrorizaba, le producía una sensación de inseguridad, de pánico ante lo desconocido, sólo comparable a un vendaval de emociones, cada vez nuevas, cada vez más sorprendentes. A nadie había deseado tanto, por nadie había sentido aquella pasión sin freno y sin lógica, aquél como perderse en una vorágine infinita. Desesperado, también él buscó con su lengua los más íntimos recovecos de la boca de Elisa.
...Y cayó en la trampa. Primero fue una punzada, luego una explosión de luces blancas en su cerebro, después un dolor intenso y una sensación gélida en la punta de su lengua y, finalmente, el sabor eléctrico y salado de la sangre. Elisa se apartó de él, salió del pequeño almacén y se sentó junto a Beatriz. La miró con ojos de infantil inocencia.
-Tú eres médico, ¿verdad?.
-Sí- dijo Beatriz- Éso es lo que hago cuando estoy sobria.
-Échale un vistazo a la lengua de Patrick. A lo mejor puedes hacer algo.
-¿Qué has hecho, mala puta?- exclamó Beatriz levantándose y encaminándose precipitadamente hacia la puerta del pequeño almacén.
Patrick estaba de pie, apoyado en la pared, con la mano izquierda tapándose la boca y una mirada perdida de perplejidad y sorpresa.
-Déjame ver eso- dijo Beatriz apartándole la mano de la boca- ¡Anda la hostia!- exclamó cuando vio la herida- Parece que la lengua está entera-dijo después más calmada- No te preocupes, he visto cosas peores en las autopsias.
Lo sacó del pequeño almacén y lo obligó a sentarse sobre un taburete de la terraza. Elisa los vio salir desde su asiento con los dedos de las manos entrelazados y la mejilla derecha apoyada sobre ellos.
-¿Tienes por ahí alcohol y un poco de algodón?- le preguntó Beatriz.
-No, pero hay un tequila muy bueno y en el cuarto de baño queda un rollo de papel higiénico casi nuevo. ¿Te servirá?.
-Tendrá que servirme- dijo Beatriz, recordando que la pesadilla de su vida siempre había sido encontrarse en medio de un campo de batalla, rodeada de cientos de heridos destrozados por la metralla sin una puta venda a mano y sin otro profiláctico que el cieno putrefacto de las putrefactas ciénagas.
Elisa volvió con la botella de tequila, pero sin el rollo de papel higiénico. Al parecer, no estaba tan casi nuevo como ella había supuesto. Beatriz cogió la botella y se la ofreció a Patrick.
-Enjuágate la boca con esto y escúpelo ahí detrás. Te escocerá un poco.
-¿No me lo puedo tragar?- articuló torpemente Patrick.
-El tequila y la sangre, si, la lengua, no.
-¿Quieres sal y limón?- preguntó Elisa con exquisita solicitud.
-No, gracias- dijo Patrick- me gusta el tequila a palo seco.
Más que escocerle un poco, le escoció de la hostia. No se lo pudo tragar, tuvo que escupirlo tal y como Beatriz le había aconsejado. La doctora Bertó, Beatriz para los amigos, buscó en su bolso y encontró un paquetito de gasas esterilizadas. Colocó un par de ellas sobre la herida y miró a Patrick con ojos tiernos y maternales mientras le arreglaba un mechón rebelde de cabello.
-¿Qué tal estás, valiente soldado?.
Patrick dijo algo, pero debió decirlo en la gaélico, porque Beatriz no lo entendió. O eso, o le pasaba algo en la boca, como diría el bueno de Julio.
-Deberías pasarte por Urgencias- dijo Beatriz haciendo un gesto conmiserativo con la cabeza- Allí te harán una cura más seria. Si no lo haces, nunca podrás volver a decir Zaragoza.
-¿Sagagosa?.
-Sagagosa, eso es.
Patrick se levantó, miró a Elisa intentado fabricar una sonrisa que no pudo terminar y decidió, finalmente, guiñarle un ojo. A Beatriz le acarició la mejilla con el dorso de la mano derecha.
-Gracias, doctora.
-No hay de qué, tío bueno.
Se marchó despacio y dejó a las dos mujeres apoyadas sobre la tarima, mirando en silencio hacia el jardín.
-Me he pasado un poco, ¿verdad?-dijo Elisa sacando un cigarrillo de su paquete y ofreciéndole otro a Beatriz.
-No- dijo Beatriz aceptando el cigarrillo- Yo creo que ha tenido suerte. Imagínate que en vez de darle un beso, se te ocurre hacerle una mamada.
-Pues se me ha ocurrido, no creas.
-¿Ves como ha tenido suerte?.
-Voy a acompañarle al hospital- dijo Elisa de repente poniéndose en pie.
-¿Cómo?.
-Con tu coche. Déjame las llaves.
-¿Me lo vas a devolver luego?-
-No creo, quizá mañana.
-¿Y qué hago yo?.
-Tú eres una mujer de recursos. Alguien te llevará a algún sitio, ya verás.
-Lo tuyo es grave, hija mía. Se llama amor, y los médicos no sabemos curarlo.
-¿Quién te ha pedido que me lo cures?.
Beatriz sacó las llaves de su bolso y las hizo tintinear delante de Elisa.
-Toma. Y dile a ese maldito irlandés que circule por la derecha.
-Se lo diré. Gracias, Beatriz. Te quiero mucho.
-¿Aunque te haya puesto los cuernos?.
-Bueno, la verdad es que también te odio un poquito.
-Eso me tranquiliza. ¿Qué le digo a tu jefe si me pregunta por ti?.
-Que he dimitido, y que te pague en copas lo que me debe.
-Si te manda a la mierda el irlandés, no insistas. Vuelve aquí y nos emborracharemos un poco.
-No me mandará a la mierda. Esta noche no.
Dolores ya no recordaba cuándo adquirió la costumbre de cerrar su bar a una hora razonable y darse una vuelta por el Marimba antes de que el Marimba se pusiera a parir. Aquel Marimba pre-tumulto se había convertido en una especie de bálsamo para su tristeza, su soledad y su amargura cotidiana. Cuando Elisa la veía aparecer por allí, le preparaba su copa de ron moreno con corteza de limón y un cubito de hielo. Se besaban en las mejillas y Elisa hacía un paréntesis en su trabajo para compartir un trago.
Dolores se enamoró de Alfonso sin apenas darse cuenta, así por las buenas, como si tal cosa, como suelen ocurrir estas cosas en la vida real. Pero no en las novelas. Por lo tanto, intentaremos buscar una razón a la sinrazón de enamorarse. Dolores había trabajado como una burra durante un montón de años para poner a flote un negocio y satisfacer los caprichos de un semental que la chuleaba. Cuando aquel imbécil de marido se largó con la panadera del horno de enfrente dejándola tirada, sin un duro y con el negocio en bancarrota, Dolores pensó que nada en esta vida tenía sentido. Pero el comportamiento de ciertas personas, amigos que nunca pensó que tuviera y clientes del bar, le hizo replantearse aquella situación, y llegó a la conclusión de que tal vez, quizá, cupiese la posibilidad de que algunas cosas sí tuviesen un conato de sentido. Una de esas personas fue Alfonso, que no se dedicó a compadecerse de ella ni a intentar consolarla con las manidas frases de siempre, sino que se limitó a estar allí en los momentos en que Dolores necesitaba imperiosamente que alguien estuviese allí, para charlar de nimiedades, sentarse al otro lado de la barra o compartir un carajillo. También fue Alfonso quien la llevó al Marimba por primera vez para que conociera a ciertas personas que podrían necesitar de ella un montón de cosas que Dolores había olvidado poseer, eso que todo el mundo necesita y que todo el mundo tiene, pero que casi nadie cree necesitar y casi todos ignoran tener. Dolores volvió a trabajar como una burra para volver a levantar el negocio y, aunque no se hizo rica por ello, logró dos cosas muy importantes, una vivir, y la otra no morirse, que, aunque mucha gente piense que es lo mismo, no lo es en absoluto, el menos en opinión de Alfonso y de Teresa de Cepeda. Y la paz trajo un problema nuevo, una alcoba vacía, un salón desierto y una casa primorosamente limpia y ordenada envuelta en sombríos muros de prisión. La relación de Dolores con Alfonso atravesó tres fases diferentes pero unidas por una íntima concatenación. Primero fue una relación de encuentros inesperados y cotidianos, de charlas gratificantes y carajillos compartidos. Después se convirtió en una relación gozosa, de alegría inmensa al escuchar el sonido de la puerta del bar y ver su rostro sonriente, de complicidad junto a la barra compartiendo copa y cigarrillo, de huida de la alcoba vacía, el salón desierto y los muros de prisión al cerrar por las noches y visitar el Marimba en su compañía.La tercera fue una fase de angustia, de dolor. Angustia por no escuchar el sonido de la puerta del bar, de esperar hasta la hora de cierre y no vele por allí. Y dolor inmenso al volver sola a la alcoba vacía, al salón desierto, a los fríos muros de prisión. Todo ello acompañado por una tristeza infinita por no poder recriminarle nada, por no poder exigir la presencia que siempre había sido un regalo precioso y ahora era una carencia insoportable. Así fue como Dolores se dio cuenta de que le faltaba algo que nunca pensó que tuviera. Por eso, muchas noches, después de cerrar, incapaz de enfrentarse a las escaleras que conducían hasta aquella casa primorosamente limpia y ordenada, se dirigía al Marimba con la esperanza de encontrarse con él, y con la seguridad de compartir un momento con Elisa, su colega de trabajo y de tristezas.
-Ven a trabajar conmigo- le dijo una noche- Necesito una persona allí, y el cincuenta por ciento de mi bar es una buena oferta.
-¿Y qué hacemos con Germán, nos lo llevamos con nosotras?.
-A Germán le va el negocio viento en popa. Él no te necesita.
-¿Estás segura de eso?.
-No, claro. Perdóname. Soy una egoísta que sólo piensa en sí misma. Lo siento, olvídalo, ¿vale?.
Elisa miró los ojos de Dolores y, una vez más, la perturbaron. Cuando lo pensaba, sentía un gran impulso de decirle que sí, de irse con ella, de compartir no sólo aquel bar, sino aquella casa primorosamente limpia y arreglada. Cuando Dolores la besaba en la mejilla, no era lo mismo que con otras amigas, Elisa notaba intensamente la caricia sedosa de sus labios de terciopelo, y un reguero desbocado le recorría la piel cada vez que rozaba su mano. Aquello le producía un pánico atroz, un vértigo inenarrable ante el gran precipicio, un frenético pálpito ante la inmensidad de lo desconocido, y un deseo loco de dejarse llevar, de perderse, de precipitarse. Pero, ¿cómo explicarlo?, ¿a quién decírselo?.
Fue Manuel, el librero solitario, el de las esperas infinitas en el rincón de la terraza, quien le habló de ello en una ocasión. Elisa se acercó para servirle su vodka con lima, y aceptó el cigarrillo que él le ofrecía.
-¿Puedo hacerte una pregunta?- le dijo Manuel mientras le ofrecía fuego.
Elisa aspiró una bocanada de humo y la expulsó despacio antes de responder.
-¿Por qué no esperas a que vengan los otros filósofos?. Ya sabes que yo soy una pobre chica ignorante.
-Eso es una gran mentira, Elisa. Eres una mujer sabia, y no sólo eso, también eres medio bruja.
Elisa sonrió mirando los ojos azules de Manuel. Eran los ojos más bonitos que había visto en su vida, no sólo porque miraban con calma e inspiraban paz, sino porque había en ellos una claridad que nunca había visto en otros ojos.
-Tú dirás- le dijo al fin.
-¿Te has fijado que siempre que tenemos un problema que nos angustia de manera muy especial, siempre pensamos que acabaremos resolviéndolo por nosotros mismos y nunca se lo contamos a nadie, como si a nadie le importara, o como si nadie pudiera entenderlo?.
-Eso no es una pregunta, es una putada.
-No, si ésa no es la pregunta.
-¡Ah!, me habías asustado.
-La pregunta es: ¿Crees que, de vez en cuando, al pasarte por aquí para servirme una copa y aceptar un cigarrillo porque el trabajo no te atosiga, podrías escuchar sin decir nada y sin pensar que estoy loco por contarte cosas que no podrás solucionar y que olvidarás en cuanto vuelvas a tu faena?.
-¿Como si fuera una bruja?.
-O un hada del bosque, que viene a ser lo mismo.
-Quizá, pero ya sabes que nadie hace nada por nada.
-Pídeme lo que quieras.
-¿Qué tal si tú, a cambio, me escuchas mí sin decir nada y no intentas darme consejos después de escucharme?.
-Trato hecho- dijo Manuel ofreciéndole su mano en señal de pacto.
-De acuerdo- respondió Elisa estrechándosela.
Elisa recordó al solitario Manuel mientras miraba los ojos de Dolores. Pero su sonrisa desapareció de pronto ante la presencia de Alfonso. Sabía lo que Alfonso iba a decirle a Dolores, sabía que Alfonso buscaría las excusas más rastreras para justificar por qué tampoco ese día se había pasado por el bar. Sabía también que Dolores no diría nada, porque sabía que Dolores pensaba que, en el fondo, Alfonso no era culpable de nada, que era una gran persona, que la quería y que nunca quiso hacerle daño. Y aquello era lo que ponía histérica a Elisa, en el sentido uterino del término. Si tan buena persona era Alfonso, si nunca quiso hacer daño a Dolores, ¿por qué se portaba así con ella?, ¿qué necesidad tenía de ser tan asquerosamente cruel?. A Elisa no le entraba en la cabeza que un tipo, por muy maricón que fuese, no se sintiera arrebatado por la mirada de Dolores, no se estremeciera ante el contacto de su piel de seda, no sucumbiera ante las ternura de un corazón tan generoso. A Elisa tampoco le gustaban las mujeres, pero Dolors la fascinaba.
-Tiene razón tu amigo Julio- dijo Elisa, en pie, junto a Alfonso, viendo marcharse lentamente a Dolores, sintiendo sus ojos anegados en lágrimas a pesar de verla de espaldas- Eres un hijo de puta con los cuernos remangaos.
-Recuerda que mi amigo Julio también dice que soy más maricón que un palomo cojo.
-¿Y qué tiene que ver eso?. Tu amigo Julio te quiere y te hace caso, sin embargo, él no es maricón. ¿Por qué crees que lo hace?.
-Porque mi amigo Julio es un hombre bueno en el buen sentido de la palabra.
-¿Y tú qué eres?.
-Un reo de muerte sin remisión. Justo lo que merezco. Ni más ni menos.
-Y encima nos harás la putada de morirte, pedazo de cabrón.
-¿Crees que disfruto comportándome así con ella?.
-No sabría qué decir a eso.
-Vamos a dejarlo, ¿vale?. ¿Por qué no cumples con tu deber de tabernera y me traes un whisky?.
-¡Y una mierda te voy a traer un whisky!. Yo no sirvo a cobardes. Y si alguien se atreve a hacerlo, se va a enterar de mis poderes de bruja.
-En eso tienes razón.
-¿En qué?.
-En que eres una bruja.
Elisa se alejó de él y se dirigió hacia la barra, cuando estuvo a una distancia prudencial, se volvió y lo miró con gesto de impaciencia.
-¿Lo quieres con hielo, o como John Wayne?.
Las citas clandestinas entre Natalia y Manuel no tenían lugar en recónditos pasrajes, jardines perdidos, sórdidas habitaciones, orillas de la mar bajo la luz de la luna o rincones de la escollera en suaves atardeceres. Aquellas citas clandestinas se consumaban en medio de la algarabía del Marimba en los momentos punta de las noches tumultuosas, rodeados de gente, de música estridente y de tintineo de vasos. Manuel solía buscar un rincón de la terraza, se sentaba en un taburete, encendía un cigarrillo y esperaba. Elisa aparecía momentos después con la bebida favorita de Manuel en una mano y una gran sonrisa en los labios. Su complicidad iba mucho más allá del vodka y la lima.
-Gracias, Elisa- solía decir él, cogiendo el vaso y devolviéndole la sonrisa.
-¿Cómo estás, Manuel?.
-Muy bien, ¿y tú?.
-Ya ves, aquí currando como una enana.
-Afortunadamente para muchos. Ya sabes que eres la reina del Marimba. Esto no sería lo mismo sin ti.
-No digas tonterías, yo sé sin quién esto no sería lo mismo para ti. Además, yo no soy reina, soy bruja.
-Eso es cierto, ¿quién sino una bruja sabría tantas cosas de todos nosotros?.
-Me ha gustado mucho el libro que me dejaste. He decidido comprártelo.
-¿Por qué, si ya lo has leído?. Pásate un día de estos por la librería, me lo devuelves y te dejaré otro que te gustará todavía más.
-Pero tú eres librero, tu trabajo es vender libros.
-Claro que sí. Lo que ocurre es que hay libros destinados a la venta y libros destinados a ser leídos. Yo no leo los libros que he de vender, y ese libro que te dejé lo he leído muchas veces.
-Te vas a morir de hambre.
-¿Es una premonición de bruja?.
-Sí.
Manuel tenía una pequeña librería en un callejón perdido. Nadie se explicaba cómo lograba sobrevivir con tan cochambroso negocio. La mayoría de sus clientes eran unos muertos de hambre enamorados de la Literatura que solían leer todos los libros sin comprarle ninguno. Quizá por eso, cada vez que le decía a Germán "Hazme una pequeña cuenta", con la intención de pagarle las copas, Germán le respondía "El discurso del método", "El proceso" o "Parerga y Paralipómena". Germán era un asiduo de la librería de Manuel y no recordaba haberle pagado nunca un libro, ni siquiera habérselo devuelto.
Natalia solía llegar más tarde, nunca iba sola. Iba, como ella decía, con la colla. Y de esa colla formaba parte Bernat, un chico simpático, guapo y cariñoso. Se suponía que Natalia estaba enamorada de él, ¿por qué no iba a estarlo, si él era de su edad, tenían gustos muy parecidos, y la quería tanto...?. Pero lo primero que Natalia miraba cuando entraba en el Marimba era el rincón del fondo de la terraza. El rostro se le iluminaba cuando veía a Manuel sentado en su taburete, apoyado sobre la tarima, fumando sin prisas y con su vodka con lima en una mano. Soltaba un vuelvo enseguida y cruzaba la terraza hasta llegar al rincón del fondo. Miraba a Manuel y sonreía.
-¡Hola!.
Siempre esperaba a que fuese él quien la besara en las dos mejillas, porque, de ese modo, él la besaba de verdad, acariciándole la piel con sus labios. Con otras personas, era ella quien tomaba la iniciativa y les rozaba las mejillas con las suyas, como en un rito tonto, sin sentido. Con Manuel era diferente, los labios de él en sus mejillas la emocionaban, formaban parte de su vida, y casi no podía vivir sin ellos. Manuel tampoco, los raros días en que ella no aparecía con la colla por el Marimba, se le caía el mundo encima. Pero eso casi nunca ocurría, y Manuel era casi siempre feliz.
-Hola, Natalia. ¿Quieres tomar algo, o ya estás bebiendo con tus amigos?.
-Sí, claro- decía Natalia- He venido con unos amigos. Tengo que irme, sólo he venido a saludarte.
Pero entonces llegaba Elisa con su baqueret de Cutty Sack y lo dejaba sobre la tarima, junto al vodka con lima de Manuel.
-Gracias, Elisa. Eres un encanto- decía Natalia.
-Tú sí que eres un encanto, princesa- le respondía Elisa, pero siempre lo hacía mirando a Manuel, porque la conmovía observar la inmensa gratitud con que la miraban aquellos ojos solitarios.
-Si preguntan por mí...- comenzaba Natalia, y Elisa la interrumpía.
-No te preocupes, si veo que te echan de menos, te aviso.
Y Elisa se marchaba, orgullosa de su obra, preguntándose cómo era posible enamorarse de esa manera, tan tontamente, y dejarlo correr así, tan estúpidamente...
-Tengo un libro tuyo.
-Quédatelo, era un regalo. Pero puedes pasar por la librería aunque no vengas a devolvérmelo. Te regalaré otro.
-Gracias, es un libro precioso. Pero creo que debería devolvértelo, he encontrado notas tuyas en los rincones de las páginas. Versos...
-No importa, a veces escribo en cualquier parte. Quédatelos si te gustan.
-Sí, me gustan mucho. Pero hay una cosa que no entiendo...
-¿La recuerdas?.
-Sí, era algo así como.. "Me he perdido en un mar de sonrisas monótonas, pero he encontrado la Luna al mediodía". ¿Qué significa?.
-Imagina que llegas a un lugar como éste, por ejemplo. Está lleno de personas que hablan, que ríen... suena la música, el tintineo de los vasos... Pero, de repente, una brisa suave consigue vencer toda la algarabía, y llega hasta tu rostro y hasta tus oídos sin que nada ni nadie pueda entorpecer su camino. Todo desaparece, y esa brisa dulce llega hasta ti como un rayo de luna en pleno mediodía.
-No hace falta que me lo imagine. Sé lo que es eso.
-¿Estás segura de que lo sabes?, ¿también te ha pasado a ti?.
-Sí, me suele pasar cuando entro en lugares como éste, por ejemplo.
-Pues quédate con esos versos, son para ti.
-Gracias.
Elisa llegó junto a ellos, vio los vasos vacíos y los recogió. Volvería con otro vodka con lima, pero ya no habría más baquerets de Cutty Sack aquella noche.
-Bernat te está buscando, le he dicho que estabas ahí abajo, en el jardín. ¿Lo ves allí?.
-Sí, pero, ¿por qué no le has dicho que estaba aquí con Manuel?.
-¡Ay, hija!, no pretenderás que esté pendiente de todos los clientes. Yo tengo mucho trabajo, ¿sabes?.
-Ya lo sé, Elisa. Perdona. He de irme, Manuel. Procuraré pasar por la librería, ¿vale?.
-Vale- decía Manuel besándola en las dos mejillas, y mirándola después con una sonrisa triste, fruto del convencimiento de que no, Natalia no pasaría por la librería. Aunque eso sí, siempre les quedaría el Marimba.
Lucas nunca era bienvenido al Marimba, pero siempre venía. Para demostrar que era alguien, solía traerse a Mercedes. Se sentí bien comiéndose a Elisa con los ojos mientras Mercedes se lo comía con los ojos a él. Le producía un morboso placer aquel peculiar ménage à trois. Elisa sentía por él una aversión patológica. Literalmente, le daba asco. Sentía verdadera repugnancia cada vez que él le decía que tenía un polvo divino, y la ponía nerviosa caminar sintiendo la mirada de Lucas en los límites de su falda. Mercedes odiaba a Elisa, porque estaba convencida de que todo cuanto Elisa hacía tenía como única finalidad provocar a Lucas.
-Un día de éstos, se va a enterar esa calientapollas de quién soy yo- solía decir Lucas, y a Mercedes le entraban ganas de marcharse, pero no decía nada porque le tenía miedo a Lucas, tenía miedo de la ligereza de sus manos, que se estrellaban en su rostro ante la más mínima impertinencia. Para Mercedes, aquellas bofetadas no venían de Lucas, sino de Elisa. Y cada día la odiaba más.
Como de costumbre, Elisa se negó a servirles y Germán tuvo que afrontar la situación con el estómago revuelto y la mente reposada.
-Por el precio de tus copas, debería estar incluidas la puta, ¿no te parece?- decía Lucas, loco de ganas de armarla para demostrar que era más macho que nadie.
-Por el precio de mis copas, está incluida la copa. ¿Qué vais a tomar?.
-Yo quiero un tequila con sal y limón. Ésta no sé.
-Otro- decía Mercedes- Para mí, otro tequila.
-Pues se lo traes- mascullaba Lucas con el cigarrillo entre los dientes.
-Vale- decía Germán- Dos tequilas.
Aquella noche, Mercedes acabó diciendo una inconveniencia y se llevó un manotazo en las narices. Comenzó a sangrar, y se marchó al cuarto de baño para limpiarse. Elisa la vio entrar y lo hizo detrás de ella.
-¿Puedo ayudarte?- le preguntó una vez dentro, mientras Mercedes mojaba un pañuelo en el grifo del lavabo.
-¡Déjame en paz!- gritó intentando contener las lágrimas- Todo esto es culpa tuya.
-¿Por qué?- dijo Elisa sin hacer caso de sus gestos, acercándose a ella, tomando el pañuelo y comenzando a limpiarle la sangre de la nariz.
-Porque eres una calientapollas.
Elisa era incapaz de sentir por aquella pobre muchacha algo parecido al odio o al desprecio. Elisa sólo era capaz de odiar a quien amaba al mismo tiempo, y sólo despreciaba a quienes la defraudaban.. Mercedes le producía un sentimiento mucho más terrible, lo peor que se puede sentir por un ser humano: lástima. Sus poderes de bruja le hacían vislumbrar un futuro estremecedor. Lucas era uno de esos tipos destinados a continuar la tradición familiar de los prohombres de la Patria. Probablemente acabaría como magistrado del Tribunal Supremo o como Diputado, y esos tipos no se casan con chicas como Mercedes, ni siquiera les ponen un piso como hacían los viejos magistrados de antes o los procuradores a Cortes. Los magistrados de ahora meten en la cárcel a la escoria social, y los diputados hacen leyes para que los magistrados puedan realizar su sacrosanta misión. Las mujeres enamoradas sólo entorpecen el recto devenir le las cosas, están bien para utilizarlas de vez en cuando, pero acaban poniéndose muy pesadas, arrogándose derechos que nadie les ha dado nunca, como si los derechos de las mujeres fueran algo consustancial a su existencia, y no una dádiva generosa de los hombres, creados por Dios a su imagen y semejanza, mientras que la mujer nació de una costilla innecesaria. Manuel le había dicho en una ocasión que ese sentimiento se llama solidaridad, no lástima. Pero Elisa pensó que eso lo habría leído Manuel en un libro que, muy probablemente, escribió un hombre, y los hombres defienden a veces los derechos de las mujeres sólo porque se sienten culpables, son incapaces de ponerse histéricos, en el sentido uterino del término, como se ponía Elisa cada vez que le daba por pensar en determinadas cosas.
-Lamento que pienses eso de mí- dijo Elisa echando mano de la polvera para intentar arreglar aquella nariz tumefacta.
-No lo pienso yo sola- se ensañó Mercedes- Todo el mundo piensa eso de ti.
-Todo el mundo- murmuró Elisa moviendo la cabeza- ¡Cielos!, eso es mucha gente.
-Sí, tú búrlate de mí- continuó Mercedes- Pero un día alguien te dará lo que te mereces.
-Gracias, eres muy amable. Te agradezco tus buenos sentimientos.
En la terraza, Lucas volcó su vaso y éste cayó al suelo estallando en mil fragmentos. Alfonso se volvió al escuchar el estallido y dijo sonriente:
-Tranquilo, muchacho, probablemente era su sino.
-¿Quién te ha pedido tu opinión, maricón de mierda?- dijo Lucas poniéndose en pie y retándolo con la mirada.
-Usted perdone, caballero- dijo Alfonso haciendo un gesto de paz con las manos- No era mi intención expresar opinión alguna. Supongo que sólo fue algo así como una frase estúpida dicha a destiempo. Lo lamento.
Apareció Juan Luis con una escoba y un recogedor, y comentó mientras recogía los vidrios rotos:
-No ha pasado nada, esto no es un problema. Dime qué era y te traigo otro.
-Era una mierda como todo lo que hay aquí- farfulló Lucas.
-Debe ser para ti un sacrificio enorme tener que venir a un lugar como éste- dijo Alfonso sin dejar de sonreír- ¿Crees que podrías hacer algo para evitarlo?.
-Yo voy donde me pasa por los cojones, y ningún maricón de mierda me dice lo que tengo que hacer- Lucas se acercó a Alfonso y le enseñó su fiel navaja triunfadora, que ahora brillaba en su mano- ¿Quieres saber lo que hago yo con los maricones?.
-¡No, mein Führer, no lo quiero saber!- exclamó Alfonso levantando el brazo derecho con la palma abierta y poniemdo cara de maricona muerta de miedo, probablemente judía.
-¿Qué has querido decir con eso?, ¡de mí no se burla ni mi padre!.
Lucas se sintió transportado a una esquina de la terraza, junto a las escaleras que conducían a la acera de la calle. No se dio cuenta de lo que pasaba hasta que se vio frente a Manuel, que le sujetaba el brazo derecho obligándole a apoyar la punta de la navaja contra su pecho y lo miraba con ojos inflamados.
-Ha querido decir que eres un nazi de mierda- comenzó Manuel- Y si lo que quieres es matar a alguien, sólo tienes que empujar un poco, la punta de tu navaja está justo sobre mi corazón. Es muy sencillo, y así demostrarás a todo el mundo los cojones que tienes. Seguramente tu papaíto se enfadará un poco contigo por andar por ahí matando rojos, más que nada por el qué dirán, pero no creo que te meta en la cárcel por una falta tan leve. Ánimo pasmarote, ¿o también tú eres un maricón de mierda que no tiene cojones para utilizar algo de lo que siempre está presumiendo?. Esa navaja sirve para matar, porque asustar, no asusta ni a los críos.
Lucas se quedó paralizado, pero no se le notó mucho, porque alguien le empujó hacia el seto lateral, haciendo que la navaja cayese al suelo, y arrastró a Manuel hasta la pared, junto a la puerta del pub. Parecía imposible que un ser tan poquita cosa y aparentemente tan frágil como Natalia hubiese sido capaz de aquella proeza de fuerza y determinación. Manuel quedó apoyado contra la pared y la cabeza alzada con la mirada perdida en el firmamento, en un lugar indeterminado junto a un agujero negro, o una estrella apagada. Natalia estaba frente a él, golpeándole en el pecho con los puños cerrados.
-Estás loco, ¿qué querías, que te matara?. Eres un maldito egoísta, no se te ha ocurrido pensar que esa locura tuya podría hacer daño a otras personas. Te odio, maldito cabrón. ¿Qué querías demostrar?, ¿a quién querías impresionar?. Tú no quieres a nadie, porque si quisieras a alguien no harías cosas así. ¡Vete a la mierda, hijo de puta!, vete a...
Bernat se acercó a ellos y rodeó los hombros de Natalia con su brazo derecho.
-Es muy tarde- le susurró al oído- Será mejor que nos marchemos.
-Sí, será lo mejor- dijo Natalia sin poder evitar un torrente de lágrimas- Vámonos de este maldito lugar. No quiero volver más por aquí.
Natalia comenzó a caminar sujetada por Bernat con la cabeza apoyada sobre su hombro.
Mercedes apareció en la puerta y preguntó con un tono lleno de angustia:
-¿Dónde está Lucas?.
-Se ha largado por allí- le dijo Germán señalándole la esquina izquierda del otro lado de la calle.
-¿Qué le habéis hecho?- insistió Mercedes recorriendo aquel grupo de rostros con la mirada- ¡Qué valientes sois!, entre todos, bien que habréis podido. Pues tened cuidado con él, ya os irá cogiendo uno a uno.
Comenzó a caminar en la dirección que le había señalado Germán, pero la voz de Elisa la detuvo desde arriba.
-¡Mercedes!.
-¿Qué quieres tú, mala puta?- dijo girándose.
-Ese chulo bastardo debe estar muy cabreado y se va a desahogar contigo, ¿lo sabes?.
-Sí, lo sé.
-¿Y quieres ir con él a pesar de todo?.
-Lucas me necesita. Yo no soy como tú, yo pienso en los demás, no soy una calientapollas que tira la piedra y esconde la mano.
-Sólo quería saberlo, gracias.
-Sois todos unos hijos de puta. ¡Ojalá os murierais!.
Mercedes cruzó la calle y desapareció. Elisa aún tuvo tiempo de observar a Bernat y a Natalia, que también se alejaban en dirección contraria. Entonces descubrió a Manuel, que seguía apoyado en la pared con la mirada perdida en el firmamento. Se acercó a él, lo tomó por la barbilla obligándole a bajar la cara y lo besó en la boca.
-¿Por qué has hecho eso?- preguntó Manuel perplejo y confundido.
-No te hagas ilusiones, muchacho. Sólo es un recado de Natalia.
Elisa dio la espalda a Manuel y comenzó a caminar hacia la puerta del pub,cuando pasó junto a Germán, murmuró:
-Hasta de puta tiene que hacer una por la miseria que le pagan.
-¿Estás insinuando un aumento de sueldo?- preguntó Germán.
-Yo a ti no te pediría ni agua. Todos pensarían que abuso de mi poder sobre ti, y sólo me faltaba que, además de calientapollas, comenzaran a llamarme corruptora de menores.
-¿Y si fuera por iniciativa mía?.
-Entonces dirían que utilizo mis poderes de bruja. Déjame en paz, jefe. Y si no te gusta cómo hago las cosas, despídeme.
-Como tú quieras. Estás despedida.
-¿Termino la noche, o me voy ya?.
-Si te vas ahora, no cobras.
Elisa entró en el pub y se dirigió a la puerta del almacén. Recordó que, hacía un par de días, unos colegas le habían pasado una hierba cojonuda. Además, el almacén estaba a parir de botellas de whisky. En un momento como aquél, ningún otro lugar del mundo era comparable a aquel bendito almacén, un cuchitril tan exiguo, que hasta era confortable como John Wayne.
Patrick miró a Germán y no le gustó su cara.
-¿Cómo estás, potentado?.
-¿Tú quieres que te arranque la cabeza de una hostia?.
-No, pero si eso te hace feliz...
-Hay una forma de evitarlo. Elisa acaba de entrar en el almacén. Está hecha polvo.
-¿Y por qué no haces algo?.
-Porque yo no puedo hacer nada, maldito hijo de Irlanda. Pero tú sí.
-¿Yo?, ¿qué puedo hacer yo?.
-Entrar allí dentro.
-Me sacará los ojos.
-¡Pues te jodes!. ¡Ojalá me los sacara mí si eso la hiciese sentirse mejor!.
-Será un honor para mí perder la vista por tan justa causa. Pero te advierto que es muy probable que te ponga los cuernos.
-Por eso no te preocupes, estoy acostumbrado a agachar la cabeza para entrar en ciertos lugares.
Patrick caminó hacia el almacén. A mitad de camino, se volvió hacia Germán.
-Te quiero.
-Y yo a ti, hijo de Irlanda.
Germán se dirigió hacia el otro extremo de la terraza y, al pasar junto a la ventana que daba a la barra, se encontró con Julio.
-Niño, ¿qué pasa esta noche con la bebida?.
-Nada, Julio, no pasa nada. Tómate lo que quieras, invita la casa.
-Yo no quiero que me inviten, quiero que me sirvan.
-¿Y por qué no te sirven?.
-Porque tu camarera está en el almacén poniéndonos los cuernos con un terrorista del IRA, y tu camarero está discutiendo de Mecánica Cuántica con un par de borrachos, por eso.
-¿Qué crees que debería hacer yo?.
-Buscar gente más decente para que trabaje en tu taberna, o encargarte personalmente de servir a los buenos clientes.
-Tienes razón, Julio. Están los dos despedidos. ¿Te parece bien?.
-Me parece bien a medias.
Germán entró en la barra por la parte de detrás y observó un montón de caras conocidas, y un montón de manos alzadas que exigían servicio. Hizo un gesto para pedir calma y miró a Julio, que lo observaba desde el otro lado de la ventana.
-¿Qué tomará el señor?.
-Whisky, niño.
-Lo quieres con hielo, o como John Wayne?.
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