Eran las ocho de la mañana de ese primer día de 1.968. Manuel había decidido levantarse, ducharse con agua fría e ir a casa de Mari Carmen. Tenía una llave, ella estaría durmiendo, prepararía chocolate, llevaría churros... Es muy probable que le diera una sorpresa, una gran y agradable sorpresa...
Abrió la llave de la ducha y no salió ni una gota de agua. La temperatura en esos momentos era de ocho grados bajo cero, así que cogió el martillo y golpeó la cañería hasta que el agua comenzó a salir. Cuando la notó caer sobre su cuerpo, lanzó un grito. Se tapó la boca con la mano derecha ante el temor de levantar a todo el cuartel. Porque, claro, hay gente que se levanta temprano, hay gente que se levanta de la silla después de comer, hay gente que se levanta para aplaudir en la ópera o en el teatro, incluso hay gente a la que se le levanta cuando ve a una tía buena. Pero la Guardia Civil, cuando se levanta, siempre se levanta en armas. Por eso Manuel se tapó la boca ante el temor de levantar a todo el cuartel.
Salió corriendo y en pelotas de la ducha, se frotó fieramente con aquella toalla esponjosa que un día le regaló Josefa en su apartamento de Valencia, muy cerca de la Facultad de Medicina, donde daba clases de Anatomía Forense, un día que Manuel la visitó con la intención de seducirla, y sólo consiguió que lo invitara a cenar con unos amigos y a dormir en su apartamento, pero en otra cama. Estaba tan avergonzado de su vil comportamiento que alabó aquella toalla de forma desmesurada, y Josefa, con una tierna mirada y una sonrisa maternal, se la regaló.
Tras frotarse concienzudamente y comprobar que por todo su cuerpo salía humo como de una carbonera pirenaica, inició la ceremonia de vestirse: los calcetines escoceses, recuerdo de una novia de cuando sus tiempos en la Tercera Comandancia Móvil de Barcelona; los calzoncillos a lunares rojos, esos eran regalo de la misma Mari Carmen, un día que intentó seducirlo y, en vista del éxito obtenido, le dijo que, al menos, se los pusiera de vez en cuando, así ella podría masturbarse pensando en él con esos calzoncillos puestos; los pantalones negros de pana, pana fina, cara de la hostia, tan cara en el sentido monetario, como cara en el sentido poético era para él la arena de pana torturada de Miguel Hernández; la camiseta de mangas cortas con aquella "A" rodeada por un círculo que un preso de la Modelo le había regalado tres días antes de que lo agarrotaran, aún estaba sucia, nunca la había lavado desde entonces; la camisa roja, de seda roja, aquella camisa que tanto le gustaba a Josefa precisamente, qué guapo estás de rojo, si algún día me llevas al huerto, irás de rojo, seguro; las botas de piel con tacones altos de madera, aquellas con las que daba taconazos de dos pares de cojones cuando saludaba en el Tibidabo a aquel sargento ridículo de nombre todavía más ridículo; la chaqueta de ante rojizo, como la de Clark Gable más allá del Missouri, ésa a quien la gustaba era a Mari Carmen, aunque Mari Carmen siempre confundía a Clark Gable con Errol Flynn, ¡qué le vamos a hacer!. Y, finalmente, el foulard fucsia. Un día que Mari Carmen estaba piripi y convencida de que él la seduciría sin excusa ni remisión, al no suceder, una vez más, tal cosa, se lo regaló, se lo desenrolló de su propio cuello y se lo dio: Toma, si algún día se te pasa por la cabeza que valgo la pena para algo, te lo pones para que yo me entere de por dónde va la cosa y deje de hacer el ridículo.
El sargento Pacheco lo había dejado caer como si tal cosa la noche anterior durante la Lista: Esta noche, Sanchis y yo tenemos servicio de población de veintidós a seis. Lo miró como preguntándole si tenía algo que alegar, pero Manuel le devolvió la mirada como el que devuelve un hola y se limitó a decir "a sus órdenes, mi sargento". Notó todas las miradas clavadas en él, como dándole las gracias por su desgracia, pero él ni los miró para decirles de nada. De veintidós a seis, pues de veintidós a seis, a fin de cuentas el otro sería el sargento, puestos a jodernos, pues nos jodemos los dos. Tampoco tenía planes especiales para esa noche, ni se le había ocurrido pasarla con Mari Carmen. Eso se le ocurrió al día siguiente por la mañana. Al día siguiente por la mañana, además, se le ocurrieron otras muchas cosas. Año nuevo, vida nueva, que se dice. Abríguese bien, Sanchis, hace frío. Lo sé, mi sargento. No se preocupe por mí, tomaré precauciones. El sargento Pacheco se preocupó por la cena de Manuel, eran las nueve y cuarto y apenas había tiempo de pegar un bocado. Lo invitó a cenar con él. No se preocupe, me haré un bocadillo, en la taquilla tengo de todo. A las diez en punto estaré listo.
No hablaron mucho durante su paseo por las calles del pueblo, quizá algo sobre el frío de mil demonios que estaba haciendo, puede que aquella noche se alcanzara una temperatura por debajo de los quince grados bajo cero, quizá también sobre la paz y la tranquilidad de las calles, hasta es posible que de ese borracho que no encontrarían tirado en ningún portal para salvarle la vida. De lo que no hablaron fue de la idea de Su Santidad Pablo VI de declarar el día primero de Enero día internacional de la paz, con la de guerras que había por ahí. Quizá el sargento Pacheco pensó que el tema no sería grato para un tipo como Manuel, bastante descreído y un poco rojo. O quizá el sargento Pacheco todavía no sabía que Su Santidad había tomado esa decisión. Tampoco de la derrota del Barça en Sevilla, del empate del Real Madrid en Las Palmas, ni del 8-0 que el Atletic de Bilbao le había metido al pobre Betis en San Mamés. Claro que, todo eso fue probablemente porque el sargento Pacheco pensaba que el fútbol era un deporte de masas descerebradas y Manuel Sanchis opinaba que veintidós tipos en calzoncillos detrás de un balón era la cosa más ridícula del mundo, bueno, lo realmente ridículo era el de negro con el pito en la boca... No, tampoco hablaron del autohomenaje que NO-DO se había hecho a sí mismo por su vigésimo quinto aniversario, con alabanzas de Franco incluidas. Quizá porque Matías Pacheco pensaba que Franco era el salvador de la Patria, y Manuel Sanchís creía que aquel loco iluminado no era otra cosa sino un dictador asesino. Lo más probable puede que fuese que el Regio aún no había pasado ese NO-DO. Cuando Manuel iba al Regio, no solía ver el NO-DO, se quedaba en la entrada charlando con su amigo Pedro García, que regentaba el bar, bueno, más bien el quiosco, donde se despachaban gaseosas, torrates y pipas, muchas, muchísimas pipas, durante aquellas proyecciones donde se confundía el ruido de la máquina con el ruido de la gente mordiendo las cortezas de las pipas. Matías Pacheco iba al Regio de uvas a peras, siempre acompañando a su esposa, y coincidiendo con alguna película muy especial. Por ejemplo, la última vez fue hacía casi un año, para ver la segunda parte de la tetralogía de Bondarchuk sobre "Guerra y paz", "Natasha", una película preciosa que a Doña Águeda Orozco le encantó. Quizá por eso, un día apareció Matías Pacheco con un ejemplar de "Voiná i mir" en las manos y, ante la sonrisa de Manuel, comentó: Estos comunistas, a veces, hasta escriben bien y todo. Manuel, sin dejar de sonreír, le dejó caer: "Bueno, mi sargento, la verdad es que Liev Ílich Tolstói, más que comunista, era un poco anarquista, como todos los nobles de su época. Eso sí, era un escritor como la copa de un pino. Tal vez en esa misma biblioteca de donde usted ha sacado ese libro, encuentre otro titulado "Anna Karenina", le gustará, sobre todo si cambia lo de una mujer casada por un hombre casado, y no lo tome como algo personal, se lo ruego". "Pues, sepa usted, le dijo el sargento un tanto ofendido, que ese libro ha sido sustraído de su pabellón". "Ya lo sé, en el estante de arriba, un poco a la izquierda". "¿Qué pasa en el estante de arriba, un poco a la izquierda?". "Que allí, precisamente, está Anna Kerenina".
A pesar de no hablar sobre todo aquello, todo aquello deambuló por sus mentes, puede que al unísono, puede que alternativamente. Hacía demasiado frío como para preocuparse por otra cosa que no fuese el demasiado frío que hacía.
En la esquina de la calle de Las Parras con la calle de la Marquesa, en el momento en que el reloj de la iglesia comenzaba a dar las doce campanadas de la medianoche, se toparon con Doña Águeda Orozco y con Zoraida Pacheco, esposa e hija respectivamente del sargento, un sargento, por cierto, que se quedó de piedra cuando descubrió a las dos mujeres. Doña Águeda embutida en unos pantalones enormes y con el abrigo de servicio de su esposo encima de un jersey gris, no llevaba tricornio, sino un gorro azul de lana. Zoraida, quizá más coqueta, llevaba un grueso abrigo de piel, una falda de pana, leotardos, puede que dos pares, y unas botas hasta las rodillas. Manuel no se quedó exactamente de piedra. Manuel sonrió con la misma sonrisa del que invita a bailar a la chica más guapa de la verbena, y ella, ilusionada, le dice que sí, o mejor aún, le dice que ya era hora de que se decidiera, porque ya estaba ella decidida a ir, personalmente, a pedírselo a él. Porque, se mire como se mire, habían sido ellas las que se personaron. Así, por las buenas.
"¿Cómo se os ha ocurrido...?", comenzó Matías Pacheco, pero Doña Águeda no le dejó continuar, besó a su esposo en las dos mejillas y después en los labios, "Feliz año nuevo, Matías". "Lo mismo te deseo, Águeda, el sargento Pacheco reaccionó un poco maquinalmente, pero, cómo se os ha ocurrido... con la noche que hace...". Zoraida se colgó del cuello de su padre, "Feliz año nuevo, papá". "Gracias, hija mía, ¡qué alegría más grande!, pero, ¿cómo se os ha ocurrido...?" Ahora le tocaba a Manuel, Doña Águeda lo besó cariñosamente en las dos mejillas, "Feliz año nuevo, Manuel", "Le deseo el más feliz de los años, Doña Águeda". Zoraida se acercó a Manuel, le rodeó el cuello con ambos brazos y lo besó en los labios, "Feliz año nuevo, Manuel". "Feliz año nuevo, Zoraida, ¿a qué viene esto?". "¿No te ha gustado?". "Más que a un tonto un lápiz, pero, ¿a qué viene?". "Tómatelo como un beso de hermana pequeña, de amiga, de lo que tú quieras...". "¿De novia, por ejemplo?". "Sí, me gusta la idea, tómatelo como un beso de amor".
Doña Águeda los miró con ternura, Matías Pecheco con suspicacia. "No era cuestión de traer champán con la noche que hace, así que hemos traído café caliente y brandy". "Ese café me va a sentar como una bendición, pero el brandy lo dejaremos para otra ocasión. De todos modos, usted, Sanchis, puede ponerse brandy en el café o tomarlo luego solo. Sé que es usted un hombre responsable y con eso me basta". A Manuel no le quedó muy claro si el sargento Pacheco se refería a que no debía tomarse demasiado en serio el beso de su hija o a su convicción de que no era un pobre alcohólico. De todos modos, se lo agradeció efusivamente, y no sólo se puso brandy en el café, sino que, luego, se echó un largo trago a morro guiñándole un ojo a Doña Águeda que, cómlice, echó otro trago a morro sin limpiar la boca de la botella. Tocarle los cojones al sargento Pacheco era su deporte favorito, eso sí, con todo el respeto del mundo.
"Bueno, mi sargento, si no ordena usted ninguna cosa más, con su permiso, nos retiramos". "Pues mire usted, señora, ya que lo comenta, sí que me gustaría ordenar alguna cosa más...". "Siempre a sus órdenes, mi sargento". "Dado que es usted una mujer hermosísima, y dado lo bien que le sienta ese abrigo, quizá un beso de buenas noches...". Águeda besó a su marido con ternura y lo miró a los ojos con las manos en sus mejillas. "¡Ay, Matías, Matías, ¿qué voy a hacer contigo?". "Soportarme, perdonarme, no se me ocurre otra cosa que puedas hacer". Águeda se volvió hacia Manuel. "¿Me permite usted que le dé un beso en tos los morros, señor guardia?". "No se lo permito, señora, se lo suplico". Zoraida estaba colgada del cuello de su padre y no le permitió ver la escena que, de todos modos, debió ser magnífica. Cuando se acercó a Manuel mirándolo con una sonrisa pícara y malévola, él dio un paso hacia atrás. "Te veo venir, jovenzuela, si se te ha ocurrido...". ¡Claro que se le había ocurrido!. Matías Pacheco sonrió mirando la cara de perplejidad del pobre Manuel. Por una vez en la vida, el sorprendido era él y no su sargento, por una vez en la vida, él era el objeto de las burlas. ¿Cómo era posible que un hombre serio, decente, un hombre de fe y de convicciones, un miembro orgulloso del Benemérito Instituto, no se escandalizara ante el comportamiento de aquellas dos desvergonzadas, que no sólo andaban besando a la pareja de la Guardia Civil a altas horas de la madrugada, sino que hasta los perdonaban y todo...?.
Madre e hija emprendieron el camino de regreso al cuartel calle de la Marquesa arriba, cogidas del brazo, muy juntitas, cuchicheando vaya usted a saber qué procacidades. No fue necesario que Matías Pacheco diera las órdenes pertinentes para organizar el servicio de escolta y vigilancia. Bastó una sencilla seña a su auxiliar, no cabe duda de que la experiencia es la madre de todas las virtudes en un cuerpo militar. El sargento siguió a las dos mujeres veinte metros tras ellas y Manuel se colocó a siete pasos en la acera de enfrente. Todo muy metódico, muy medido, muy reglamentario... ¡Puto Matías de los cojones!, andaba cavilando Manuel, ¡qué par de mujeres!, no te las mereces. Bueno, nadie se las merece. Nadie se merece tanta bendición del cielo, suponiendo que ese cielo en el que tanto crees exista en algún lugar. Águeda, hermosa, dulce y bendita Águeda, ¿qué maravillosos recovecos de la evolución se han conchabado para darte como resultado imprevisible y aleatorio?. Te admiro, te quiero, pero no acabo de comprenderte. ¿Qué clase de de bruja eres?, ¿qué magia te adorna?. Robas el corazón de la gente como se hace aquí en Ayora con las brevas de las higueras de los lindes, que no son de nadie y, por consiguiente... Mari Carmen no dice "por consiguiente", ella dice "igitur", así que, igitur gaudeamus te. Llamas Vicente a Martínez, ¡pero si hasta su mujer y sus hijas lo llaman Martínez, maldita sea!. A Montilla, lo llamas Antonio, como si haber nacido en Sevilla, hasta puede que junto a un huerto claro donde madura el limonero, le diera el derecho a llamarse como el maestro de francés y de tantas otras cosas. A ese condenado polilla de Araújo te da por llamarlo Joaquín, menos mal que no lo llamas Ximo, estamos en tierra de frontera, pero tú eres de Liétor, tierra abrupta e indomable. Eso sí, a Sebastián lo llamas Sebastián, ¿sabes que Sebastián es el apellido, que Sebastián se llama Alberto, que por eso todo el mundo lo llama Sebastián?. A mí me llamas Manuel, pero le has puesto música. Nadie dice Manuel como tú lo dices...Y tú, perversa jovenzuela del diablo, ¿de dónde has salido tú?. ¡Qué orgulloso estás ahora mismo, condenado!, escoltando a veinte metros a esos dos milagros a los que puedes llamar "mi" esposa y "mi" hija. ¿Cómo puedo llamarlas yo?. Quizá a Zoraida "mi" pizpireta amiguita, "mi" hada favorita. Pero, ¿y a ti, Águeda, cómo podría llamarte a ti, aparte de santa esposa de "mi" puto sargento?. Si fueras mi amiga... Mi confidente... A ti sí te lo podría contar todo. Que soy el tipo más imbécil del mundo, que he tenido a Mari Carmen ahí al lado toda la vida y, para no hacerle daño, la he hecho una desgraciada y, de paso, me he hecho un desgraciado a mí mismo, por cobarde, por pusilánime, por no comprender que puedo seguir locamente enamorado de Josefa y, por fin, hacerla locamente feliz, enamorándome locamente de ella. Que, por cierto, ya lo estoy, lo he estado siempre. Si ahora fueras cogida de mi brazo, como vas del de tu hija, susurrándome confidencias procaces, ¿qué me aconsejarías, como mi mejor amiga, como la amiga con la que siempre soñé?. Tíratela, tonto del culo, ¿a qué demonios estás esperando?. ¿Eso me dirías?. Pero si estás loco por ella desde que la odiabas a muerte en tercero. Como ella, que te odiaba tanto que te hubiera comido a besos, o a mordiscos...
En la esquina, con el cuartel a la vista, el sargento Pacheco se detuvo, Manuel también lo hizo frente a él. Esperaron a que llegaran hasta la puerta, donde Martínez, como es natural, las esperaba desde el momento en que salieron y Montilla se encargaba del servicio de escolta y vigilancia. Martínez hizo un gesto casi imperceptible con la mano, dirigido a su sargento, llevándola ligeramente hasta la visera del tricornio. El sargento Pacheco le devolvió el saludo también de forma casi imperceptible. Manuel estaba fuera del campo de visión de Martínez, pero el guardia de puertas hubiera adivinado incluso el ladrillo de la acera donde se encontraba Manuel Sanchís. Y es que, como le decía Franquito al capullo de Mola, sin la Guardia Civil no hacemos nada, cuando puedas contar con ellos, me avisas. Y el de las gafitas a lo Harold Lloyd se cogía unos cabreos...
¡Por Dios, Vicente!, ¡no me digas que has estado aquí todo el rato esperando a que regresáramos!. No se preocupe, Doña Águeda, estoy de servicio y esto forma parte de él. Lo único que importa es que han regresado ustedes sanas y salvas. Por cierto, mi mujer y mis hijas están aquí conmigo, hemos abierto una botella de champán para celebrar el año nuevo, nos encantaría que se tomaran ustedes dos una copita con nosotros. ¡Naturalmente que sí, Vicente!, será un honor y un privilegio, como dice mi marido. Pero, antes, dime una cosa, ¿cómo has podido vigilarnos desde la puerta a partir del momento en que giramos por la calle de la Marquesa?. Bueno, como muy bien dice su esposo, espero que considere esto absolutamente confidencial: Montilla se ha encargado del servicio de escolta y vigilancia. ¡Pero si ni siquiera lo hemos visto!. ¡Claro, mamá!, es como en esa película de John Ford que a ti te gusta tanto, "The Searchers", ¿recuerdas?. ¿Te refieres a "Centauros del desierto"?. La misma, un tipo de dice a John Wayne, he visto un comanche, y John Wayne le responde, ¿lo has visto?, no era un comanche. ¿Y qué hace ahora el bueno de Antonio?. Supongo que dándole novedades a su comandante de puesto y esperando... A que no haya moros en la costa, ¿verdad?. Águeda entró en el rellano y abrazó a Consuelo, la mujer de Martínez. Feliz año nuevo, querida, te deseo toda la felicidad del mundo. Lo mismo le digo, Doña Águeda. ¡Ay, mujer, cómo eres!, ¿cuántas veces te tengo que decir que me quites de encima ese Doña que me sienta como una bofetada?. Perdóname, Águeda, pero es que me resulta tan difícil... De tu marido, lo comprendo, porque con estos galones que llevo en el abrigo, lo que me extraña es que no se me cuadre... Se acercó a las hijas de Consuelo y Martínez, las abrazó y las besó en las mejillas. Feliz año nuevo guapísimas. Zoraida hizo lo mismo que su madre, sonriendo y guiñando un ojo a todo el mundo. ¿Me permites que que le de un beso a tu marido?. Águeda, por Dios, si abro la boca no me dirigirá la palabra en una semana, ¿no ves que se muere de ganas?. Besó a Martínez en la mejilla derecha, ¿quién ha dicho que los guardias civiles no se ruborizan ante nada?. Zoraida lo besó en la mejilla izquierda. Se ruborizan y se ruborizan y se vuelven a ruborizar, como los peces en el río beben y beben y vuelven a beber... Un sorbito de tu copa, Consuelo, y nos vamos a casa. No puedo consentir que al pobre Antonio le den las uvas en plena calle con el frío que hace. Seguro que en su casa aún lo esperan para tomárselas. ¿Me da usted su permiso para informar a Montilla sobre su preocupación, Doña Águeda?. Por supuesto, Vicente. Y no le doy un beso para él porque no lo juzgo decoroso. Y si me lo diera, con todo el respeto, me quedaría con él. Consuelo, vigila a este tipo. No, si ya lo vigilo, Águeda, ¡vaya si lo vigilo!.
Subiendo las escaleras hacia casa, Águeda rodeó a su hija con el brazo derecho y la besó en el gorrito de lana que llevaba. Supongo que esta noche dormirás abrazadita a mí, como cuando eras pequeña y había tormenta. ¿Me estás hablando de incesto?. ¡A santo de qué viene eso ahora!. No, a santo de nada, es que como te he visto tan descocada... ¿Descocada yo?. ¡Vaya que sí, menudo beso en tos los morros que le has dado a Manuel!. Y tan menudo, casi insignificante. Pero, ahora que recuerdo, tú le has dado dos. Puede que el primero fuese un beso de feliz año nuevo, pero el segundo ha sido una venganza. Tú estás celosa, hija mía. ¿Celosa yo?, ¿por qué?, ¿porque Manuel no me hace caso y me trata como si fuese una chiquilla revoltosa?. ¿Cómo de revoltosa, amor mío?. Tú lo que quieres es que te abrace muy fuerte, que te llore con la cabeza apoyada en tu hombro y que te lo cuente. ¿Qué es lo que me vas a contar, princesita mía?. Pareces un sargento de la Guardia Civil interrogando a un sospechoso. ¿Eso crees que parezco?. Oye, niña, que este abrigo es de tu padre, no mío. ¿Me abrazarás tú también muy fuerte, llorarás conmigo, me consolarás y no me recriminarás nada?. Es guapo ese canalla, ¿verdad?, siempre quise saber lo que se sentía besándolo. Tienes razón, he sido un poco descocada. ¿Y qué se siente?. Lo sabes mejor que yo, chiquilla revoltosa. Oye, mamá... Dime, corazón. Te quiero.
Manuel Sanchís no se movió de su esquina mientras Antonio Montilla daba novedades al sargento Matías Pacheco sobre su misión de escolta y vigilancia mientras Doña Águeda Orozco y Zoraida Pacheco iban en su busca para celebrar con ellos la entrada del año nuevo. Lo vio tomarle el brazo e interrumpir el saludo marcial que el guardia intentaba, y dedujo de ello que el sargento le estaba dando las gracias y pidiéndole por favor que se dejara de protocolos. Algo así como venga, Montilla, déjate de mariconadas, considero tu comportamiento como el de un amigo, no el de un subordinado. Te debo una, pero no esperes ningún privilegio, sólo mi gratitud. Montilla prescindió muy probablemente del protocolario ¿ordena alguna cosa más? porque, claro, si Matías Pacheco no le había ordenado nada antes, ¿cómo le iba a ordenar alguna cosa más?. Dirigió sus pasos hacia el cuartel, hacia su casa, donde lo esperaba la familia para acabar de festejar la entrada del año nuevo. Su hija pequeña, Marisol, le había prometido que daría personalmente las doce campanadas con una cucharita y una copa de champán vacía, como si el tiempo no hubiera pasado desde que se marchó porque el deber lo llamaba. Hasta la dulcísima Marisol comprendía que, si el deber llamaba a su papá, el deber los llamaba a todos, y la disciplina, etc, etc, etc. ¿verdad, Don Simón?.
Matías Pacheco hizo una seña a Manuel Sanchís con su paquete de Celtas cortos sujeto en la mano derecha. Manuel cruzó la calla de La Marquesa lentamente hasta llegar junto al sargento, tomó uno de los cigarrillos que sobresalían del paquete y se lo colocó entre los labios. El sargento Pacheco cogió otro de los cigarrillos y se lo puso en la boca. Guardó el paquete parsimoniosamente en el bolsillo superior derecho de su guerrera, sin olvidar abotonarlo con sumo cuidado. Del bolsillo izquierdo del pantalón de servicio, sacó una caja de cerillas y, tomando una entre los dedos, la encendió dentro de un hueco perfectamente estudiado, familiar y casi geométrico formado con ambas manos. Antes de introducir su cigarrillo en el hueco de las manos del sargento, Manuel tuvo tiempo de observar, no sin asombro ni perplejidad, durante una fracción de segundo, a su alrededor. Aquella forma aparentemente tan familiar de encender un fósforo tenía dos claras finalidades. Una era proteger la llama de cualquier conato de viento intruso, algo fácil de suponer por cualquiera, como la cobardía en el ejército (bueno, en el ejército, al menos en el español, lo que se suponía era el valor, que viene a ser lo mismo). Pero había una segunda finalidad: a dos metros escasos de distancia la llama de la cerilla ya no era observable, si a eso añadimos la costumbre del sargento Pacheco de proteger con la mano el cigarrillo mientras fumaba, estaba claro que aquel astuto miembro de la Guardia Civil podía permanecer delante de tus narices en plena noche sin que lo apercibieras y, además... fumando.
Como es lógico, Matías Pacheco no interpretó correctamente la sonrisa irónica de Manuel. ¿Piensa usted que le he ofrecido un cigarrillo como si fuese un indio que ofrece la pipa de la paz?. En absoluto, mi sargento. Pero no le quepa a usted duda de que si un indio me ofreciese la pipa de la paz, la aceptaría como un honor y un privilegio. Ya sé que, para usted, los de la caballería siempre han sido los malos. Y si, además, esa caballería está bajo las órdenes de coronel George Armstrong Custer, no sólo simpatizaría con los indios, combatiría a su lado. Ese Custer, ¿no era general?. En las películas americanas, sí. Es posible que no hablemos del mismo Custer. En cierta ocasión, la señorita Campos me espetó indignada: Es posible que no hablemos del mismo Cid. La señorita Campos tiene, a veces, muy mala leche, mi sargento. ¿Por qué dice usted eso, Sanchís?, sabe usted mejor que yo que la señorita Campos es un ángel. Por supuesto que es un ángel, no sé si lo sé mejor que usted, pero lo sé desde hace más tiempo. Pero El Cantar de Mío Cid se lo dejó ella, usted lo leyó y pensó que ése era Rodrigo Díaz de Vivar. Ella hizo trampas. Para empezar, ese libro lo sustraje, como hago habitualmente, y usted lo sabe muy bien, de su pabellón. Y no le consiento que llame tramposa a la señorita Campos. Prefiero que me diga usted que me tomó el pelo, como hizo con Don Quijote. ¿También le hizo trampas con el bueno de Alonso Quijano?. No, lo hizo con el bueno de Sancho Panza. ¿Puedo hacerle una pregunta personal, Sanchís?. Si es muy personal, no le garantizo la respuesta. No le estoy dando una orden, puede usted meterse su respuesta donde le quepa. En ese caso, venga con esa pregunta. Eran molinos, ¿verdad?. ¿Qué opina de eso la angelical señorita Campos?. Ahora lo comprendo todo, tiene usted un cabreo que no puede con él por el servicio de esta noche. ¿Está usted diciéndome que la mejor nochevieja de mi vida ha sido, en realidad, una putada?. Sepa usted, Sanchís, que una de las cosas que he aprendido de la señorita Campos, es a distinguir entre una ironía y una paradoja. No voy a mentirle ahora: era una paradoja. Y eran gigantes. Pasearon en silencio durante más de media hora, el sargento Pacheco tomó la dirección hacia Cervantes, quizá por lo de los gigantes y se sentó junto a la fuente la la rambla. Ahora fue Manuel quien sacó su paquete de Habanos y le ofreció un cigarrillo a su sargento. Éste lo aceptó en silencio, mordió la boquilla, la escupió a un lado y lo encendió con el el fuego que Manuel le ofrecía sin subterfugios, sin camuflajes, casi exhibiendo impúdicamente la luz de la cerilla. ¿Cree usted que mi esposa y mi hija han llevad a cabo una farsa política para convencer a todo el mundo de que mi actitud de esta noche es algo normal y consuetudinario?. No señor, yo no creo eso. Eso es lo que cree usted. Si le pidiera su opinión, ¿lo consideraría demasiado personal?. Sí, es muy personal, pero podría hasta dársela. ¿Por qué ha dicho que ésta ha sido la mejor nochevieja de su vida?. Siempre he soñado con besar a su esposa, mi sargento. ¿Está usted enamorado de ella?. ¿En el buen sentido de la palabra?. En el mejor de los sentidos. Sí, estoy enamorado de ella. Pero usted ama a la señorita Campos, y ella lo ama a usted. Eso es cierto, mi sargento. ¿Está usted enamorado de ella?. ¿En el buen sentido de la palabra?. En el mejor de los sentidos. Sí, estoy enamorado de ella. Pero usted ama a Águeda, y ella lo ama a usted. Matías Pacheco se levantó sin prisas y comenzó a caminar de vuelta a La Plaza, guardó silencio unos minutos mientras Manuel lo seguía a una prudente distancia, no eran siete pasos, pero por ahí andaba la cosa... Tenía usted que haberla conocido entonces, con aquellas trenzas y más lisa que una tabla, pero, ¡qué ojos, Dios!, ¡qué sonrisa!... Hacía un frío de cojones, Manuel miró hacia el cielo, estaba cayendo una helada que haría historia, pero tuvo la impresión de que aquel frío al sargento Pacheco le resbalaba...
Manuel Sanchis se extrañó al ver abierta la puerta del cuartel a aquellas horas de la mañana. Martínez, ya con el uniforme puesto y esperando el relevo de Montilla, le hizo un gesto con la cabeza desde la ventanilla del cuarto de puertas como diciendo "ahí lo tienes". Seguramente ése era el motivo de que se madrugara de aquella forma en un día como aquél. Matías Pacheco paseaba parsimoniosamente por la acera, entre las moreras y el seto del jardín, fumando lentamente y puede que meditando. Buenos días, mi sargento. Buenos días, Sanchís. Imaginaba que hoy madrugaría usted. Pues yo no imaginaba que usted lo hiciera. Acláreme una cosa, Sanchís. ¿Eso significa que le incomoda verme aquí porque piensa que lo vigilo, o quizá esperaba que yo estuviese en este momento descansando y le extraña que no sea así?. No creo necesario aclarar nada. Además, si lo hiciera, lo defraudaría, mi sargento. Y no me gusta defraudar a la gente que respeto. Al llegar de servicio esta mañana, he encontrado a mi esposa y a mi hija durmiendo como unas benditas en la cama de matrimonio. Me ha emocionado verlas así, abrazadas como dos amantes. Me he tumbado en mi sillón envuelto con una manta con la intención de dormir allí, pero no he podido. A las ocho me ha parecido que era demasiado temprano para prepararles el desayuno y despertarlas. Y aquí me tiene usted, haciendo tiempo y, de paso, fastidiándole la mañana al pobre Martínez. Tengo la intención de despertar a Orencio si hace falta para que me prepare unos churros y me venda una de sus bolsas de chocolate, puedo traerle algo para ese desayuno, con la condición de la más absoluta confidencialidad. Vaya usted donde tiene pensado ir y haga usted lo que tiene pesado hacer, yo me encargaré de mis propios churros, y no lo tome como un desprecio. Jamás se me ocurriría tal cosa, mi sargento. Pues vaya con Dios, y que Él los bendiga. ¿Nos?. Pues claro, sobre todo a ella. Supongo que no estoy autorizado a comentarle nada en absoluto. Ni de lo de anoche, ni de lo de esta mañana. Se las vería usted conmigo. Espero que haga usted los honores y le salga el desayuno que esas dos hadas se merecen. ¿Está usted sugiriendo que se cambiaría por mí?. El que no se cambiaría ni borracho sería usted, mi sargento. Sabe usted que no suelo utilizar palabras soeces, pero se está usted buscando que rompa tan sana costumbre. Si no ordena usted ninguna cosa, con su permiso... Tiene usted mi permiso para irse al diablo, Sanchís.
Manuel se detuvo frente al portalón de la casa de Orencio, en el número cuatro de la calle de la Marquesa, justo desde donde, aquella madrugada, había estado observando a Montilla darle novedades al sargento Pacheco sobre su servicia de escolta y vigilancia. Era una puerta enorme con una preciosa aldaba. Una puerta adusta y vetusta. ¡Coño!, con aquello y un pasado imperfecto del singular de cualquier verbo de la primera conjugación, salía una redondilla de cojones. A Manuel le encantaban las redondillas, sobre todo las suyas y las de Quevedo, las suyas más, claro. Hubo un tiempo en que de cualquier cosa hacía una redondilla. Pero nunca triunfó como poeta en clase, por aquellos tiempos, o hacías rimas de Bécquer, o no había nada que hacer, así que las redondillas de Manuel pasaron sin pena ni gloria, y ni él mismo las recordaba. Lo que sí recordaba era su agudeza, su doble sentido... y que eran mejores que las de Quevedo. Golpeó la puerta con la aldaba tres veces e hizo retumbar las paredes del castillo, y las de toda la calle de la Marquesa. Probablemente ya habría algún que otro vecino pensando en avisar a la Guardia Civil. Pero, para eso, tendrían primero que asomarse a la ventana y ver quién demonios era el gamberro que incordiaba a horas tan intempestivas. Nada, ni un alma en ninguna ventana, ni un visillo tenuemente descorrido con disimulo, ni una maldita rendija en ninguna maldita puerta. La ventaja de vivir en un país como éste, qué duda cabe, es que golpear sin consideración cualquier puerta a cualquier hora, sobre todo si la hora es intempestiva, no es asunto como para llamar a la Guardia Civil, porque seguramente se trata de la Guardia Civil, y para qué andarse con redundancias. Orencio sí que miró por la rendija de de puerta pequeña que había incrustada en el gran portalón de su casa. ¿Qué cojones querría la Guardia Civil a esas horas?. Pues sí que empezábamos bien el año. ¡Leche!, ¿eres tú?. ¿Quién te creías que era, la Guardia Civil?. Esa ha sido la primera idea, ¿vienes a detenerme para empezar el año con una buena obra?. No, vengo a por churros y a por una bolsa de ese chocolate que sólo tú sabes hacer. Yo no lo hago, lo muelo. Pues ese chocolate que sólo tú sabes moler. Y tiene que ser a estas horas y a aldabonazos. Quita la aldaba, muerto el perro... La aldaba está muy bien donde está. Nadie, excepto tú, llama nuca con esa aldaba. ¿No está para llamar?. No, no está para llamar, está para estar, en este país, casi todas las cosas están para estar, las bocas, los puños, los corazones... ¡Joder con el rojo de los cojones!, ¿me invitas a pasar?. ¿Desde cuándo necesitáis vosotros permiso para irrumpir en las casas de la gente?. Me tienes que invitar para que pase, esta mañana me he mirado en el espejo y no me he visto. Eso es porque no has dormido, so jilipollas, yo tampoco me veo cuando no duermo. Claro, toda la puta noche pateando las calles con tu sargento... Y tú, ¿cómo sabes eso?.
Te paraste justo aquí, delante de mi puerta, cruzaste la calle y cogiste el Celtas del sargento. Serían las doce y cuarto, más o menos. Estabas delante de mis narices, o yo de las tuyas, y ni me viste. ¡Vaya con la astuta Guardia Civil!. Es posible que yo estuviera delante de tus narices, pero tú estabas a mis espaldas, rojo traidor. Será mejor que pases, porque la gente va a pensar que me estás cortejando. Pues es precisamente lo que estoy haciendo, ¡no te jode!. Pase usted, señor conde, por favor. Gracias, ahora sí que puedo pasar. Olía a aceite hirviendo, como las almenas de los castillos asediados. Todo parecía indicar que Orencio estaba listo para el duro trabajo de un día de año nuevo prometedor. Te voy a preparar una docena de churros con forma de lágrima y seis porras crujientes como barquillos. ¿Por qué con forma de lágrima?. Porque son mis lágrimas las que se van contigo, sé a dónde vas y lo que pretendes. Además, te mesuraré la cantidad justa de leche recién ordeñada para que te salga un chocolate afrodisíaco, so cochino.¿Recién ordeñada?. Tengo seis vacas que hay que ordeñar todas las mañanas, incluida la mañana de año nuevo. ¿Le sigues tirando los tejos?. ¿A quién?. ¿A quién va a ser?, llevas tirándoselos desde tercero y has seguido tirándoselos después de casado, casi me siento en la obligación de contárselo a Dolores. ¿Qué pasa, que te vas a poner celoso después de tantos años?. Que conste que ha estado loca por ti desde siempre que yo recuerde y, que yo recuerde, tú, ni puto caso. Y ahora el señorito ha tenido un capricho... Ahora el señorito se ha dado cuenta de que toda la vida ha sido un jilipollas. Ahora el señorito ha descubierto que está enamorado desde siempre, que el señorito recuerde. Eso es verdad, siempre has sido un jilipollas y siempre has estado enamorado, pero como el señorito pensaba que uno sólo puede estar enamorado de una mujer... ¡Qué tonto del culo era el señorito!. Cabe la posibilidad de que el sargento Pacheco se pase por aquí dentro de un rato por la misma razón que yo. ¿Enamorado el hombre?. Sí, como un adolescente. Pero, de... De Águeda, coño, ¿de quién va a ser?. Perdone el señorito que una sea tan mal pensada. ¿Me estás previniendo para que oculte las armas y la propaganda subversiva?. No, te lo digo para que le cobres, él no es un guardia corrupto como yo. ¿Significa eso que no tienes intención de pagarme?. ¿Qué pasa, que también cobras tus lágrimas?. Además, ¿acaso no prevarico yo por culpa tuya cada vez te da por coger la escopeta y meterte a matar perdices en coto ajeno?. No son cotos ajenos, son putos privilegios de los putos fascistas. Tienen suerte de que vaya a por las perdices en vez de ir a por ellos. Tengo dos opciones, o te detengo por amenazas e injurias al Glorioso Alzamiento Nacional, o vuelvo a prevaricar y me juego mi futuro y el de mis hijos. Tú ni tienes futuro ni tienes hijos. Ni siquiera tienes una mujer que te espere, porque seguro que tienes la intención de presentarte allí por sorpresa y llamar con su aldaba. No, no pienso llamar con la aldaba. Tengo una llave. La llave de su corazón ya sé que la tienes desde hace muchos años. ¿Tienes también la de su casa?. ¿Te extraña?. Bien pensado, no. ¡Puto guardia de los cojones!. Ella me llama maldito guardia hijo de guardia. Pero no es lo mismo, yo te odio. Gracias, yo a ti también. Orencio envolvió los churros y las porras en papel de estraza para que conservaran el calor y se lo entregó a Manuel junto a la bolsa con el chocolate y la botella de leche. Id con dios, caballero, y que él guíe vuestros pasos. Gracias, camarada, sé que lo dices de corazón. Manuel comenzó a caminar calle abajo meditabundo. Una extraña idea lo había asaltado repentinamente: todo el mundo parecía saber desde hacía meses lo que él acababa de descubrir aquella misma mañana. Matías Pacheco lo sabía, Orencio lo sabía... ¿lo sabría también Mari Carmen?. Le dio un vuelco el corazón sólo de imaginar que, al ir a abrir la puerta de su casa con aquella llave que tenía desde no sabía cuándo, la puerta se abría sola y Mari Carmen lo invitaba a entrar recriminándole su tardanza. Si algo así llegara a ocurrir, el mundo se le vendría encima, perdería la fe en todo y daría media vuelta. ¿Por qué, en lugar de sentir emoción, en lugar de salírsele el corazón del pecho henchido de gozo y de esperanza, sólo sentía miedo, miedo de la mirada de Mari Carmen, miedo de que descubriera su miedo, miedo a mostrarse demasiado teatral en su afán por hacer cotidiano lo extraordinario, cuando el teatro es precisamente todo lo contrario?. ¿O es la realidad lo que es todo lo contrario?..Puto Calderón de los cojones, ya sé que toda la vida es sueño. Y lo sueños, sueños son. Pero escúchame bien, cura de los demonios, a pesar de que tú puedas romper el alba aun llegando tarde a misa, has de saber que yo puedo romper todos los tópicos del amor, aun llegando tarde al tálamo. Y tú, bardo marica, sabe tu también que entre morir y dormir, hay una diferencia, sobre todo si te duermes después de una pequeña muerte, y no me digas ahora que tu conocimiento de la lengua francesa no llega a ese punto, que nos conocemos desde que cambiamos nuestro reino por un caballo. Íos, idos o iros, que no sé exactamente cómo se dice, a la puta mierda los dos. ¡Cojones!, sí que es difícil hablar con tíos como vosotros: infringe uno una puta regla gramatical y no hay clemencia para el delincuente. Claro, como ninguno de los dos llegasteis a conocer a esa mujer, sí, he dicho esa mujer y no estoy hablando de Sarita Montiel, sino de Concepción Arenal. Hay que odiar el delito, vale, pero compadeced al delincuente, leches, que no vais a cambiar nunca. Aunque, ¿cómo cojones vais a cambiar, si estáis muertos?. O dormidos y soñando. Me cago en... Manuel miró detenidamente la llave que sujetaba entre los dedos índice y pulgar de la mano derecha y comprobó que no temblaba. La introdujo sin ninguna dificultad en la cerradura y abrió la puerta sin el más leve chirrido, tan silenciosamente como se abre la puerta de un sueño, dormido o en vigilia, pero en silencio. Cruzó el recibidor y llegó sin novedad hasta la cocina. Sobre la mesa, la botella vacía de brandy Larios 1.866, vacía, pero enhiesta como el ciprés d Silos. La estufa estaba aún caliente, todavía le quedaban brasas, sólo era cuestión de echar unos troncos dentro y abrirle el tiro, se pondría como loca, tirando a todo trapo. ¡Izad la escandalosa!, gritaba el portugués Anthony Quinn sin darse cuenta que era el hombre de Boston Gregory Peck quien tenía el mundo en sus manos. Manuel aseó aquella cocina como quien limpia las heridas del héroe herido, como el que cura con mimo y amor infinito al caballero magullado y maltrecho. Luego inició la ceremonia de preparación del desayuno, como si se tratara de un ritual sagrado.
Mari Carmen no tenía muy claro si estaba despierta o dormida, por ese motivo se le planteó una duda terrible: ¿se puede estar dormida y dudarlo?. Otra horrible sospecha la atenazó de pronto: ¿cómo puedo estar dormida soñando que estoy despierta sin verme a mí misma despierta en mi sueño?. Peor aún: ¿cómo puedo estar pensando todo esto con una resaca monumental y la boca pastosa?. Estoy despierta, de eso no cabe duda. Pero, ¿por qué?. Una no se despierta en mis condiciones así por las buenas. Si estoy despierta es porque algo me ha despertado. ¡Coño!, ¿qué hago desnuda en la cama?. Yo sólo me acuesto desnuda cuando me acuesto con alguien, y no recuerdo haberme acostado con nadie últimamente. Palmoteó su edredón de nubes desesperadamente. A ver si... Pero no. Estaba despierta, desnuda y sola. Un extraño rumor venía de la planta baja. Ahí estaba el motivo de haberse despertado. Un ladrón, un violador o un asesino, puede que las tres cosas, andaba rondando por la planta baja. Por lo tanto, voy a ser robada, violada o asesinada, puede que las tres cosas. Será mejor que me ponga la bata de seda, no es de buena educación caminar hacia la muerte en pelotas o con una bata miserable. Además, yo sólo tengo dos batas y las dos son de seda. Y son iguales. Visitó el cuarto de baño porque, además de la resaca y la boca pastosa, se meaba encima. Al salir se vio en el espejo. Vaya cara de bruja que tengo. Bueno, miremos la parte positiva del asunto: me asesinarán sin violarme primero. Aunque bien pensado, lo que va a pasar es me me asesinarán sin dignarse a violarme. Bajó las escaleras con una tranquilidad que la dejó pasmada, es decir, con una tranquilidad pasmosa. ¿Qué te ocurre, buena moza, que te da igual que te asesinen sin violarte siquiera?. ¿No te importa presentarte ante esos intrusos con estos pelos y esta cara de bruja?. Lo reconoció, aunque estaba de espaldas, lo reconoció. Había encendido la estufa a toda pastilla, había churros en un plato encima de la mesa y estaba preparando chocolate. Entonces se dio cuenta de todo: la había despertado el olor a chocolate y estaba así de tranquila porque los ladrones, violadores y asesinos no se dedican a preparar chocolate para sus víctimas. Todo el tiempo había sabido que era Manuel y aún no se había dado cuenta. Se pueden saber las cosas y no ser consciente de las cosas. Y, además, no acabar de comprenderlas. Vayamos por partes: me he despertado desnuda y un tío está en mi cocina preparando el desayuno. Si esto fuera una película, la elipsis es cristalina. Pero es una elipsis, es decir, no ha pasado, o lo que es lo mismo, no hemos rodado esa escena. Llegó hasta la cocina, se sentó en una de las sillas y apoyó los brazos sobre la mesa. Manuel se giró ligeramente sin dejar de agitar el cazo con el chocolate. Tienes cara de bruja. Gracias, eres un encanto. Huele bien eso. ¿Verdad que sí?. Apagó el fuego, se giró y se acercó a Mari Carmen, inclinó la cabeza, la sujetó por la barbilla y la besó profusamente, golosamente, sin miramientos, como si se hubiese pasado la vida besándola, como si no pudiera vivir sin hacerlo. Ella lo miró cuando separó su boca de la suya. Debo saber a demonios con esta resaca. Tú sabes a gloria, te has limpiado los dientes con pasta de menta, ¿verdad?. Manuel la volvió besar. No sabría qué decirte, a mí me gusta. Puso ante ella una taza y la llenó de chocolate. Tengo entendido que la resaca da hambre. ¿Tú nunca has tenido resaca?. Sí, pero solo y tirado. Ya sabes, ese tipo de resacas donde la resaca es lo de menos. Yo también conozco esas resacas. La de hoy, por ejemplo, llevaba camino de ser una de ésas. Anoche te vi por la ventana. Elegiste un buen sitio para besar a Águeda, ¿querías que yo te viera?. ¿Crees que he venido a pedirte perdón?. No lo sé, ¿por qué me has besado así?. Nunca lo habías hecho. ¿Piensas que besé a Águeda delante de Matías y de ti por alguna razón especial?. No, creo que fue ella la que te besó a ti para felicitarte por el año nuevo, y creo que te encantó. Me entusiasmó, siempre he deseado besarla. Y, ¿has deseado algo más?. No, sólo besarla. ¿Qué opina Matías?. No losé. ¿Habéis hablado de eso?. Sí. ¿Y no ha dicho nada?. No. Bieno, sí. Dijo: "comprendo". ¿Qué comprende?. Que yo haya deseado siempre besar a Águeda. Pero él sabe que ha sido ella quien te ha besado a ti. Sí, claro que lo sabe. ¿Por qué me has besado tú a mí?. Porque te quiero, porque estoy enamorado de ti desde que te odiaba a muerte en tercero. Yo también te odiaba a muerte. ¿Sabes por qué acabé resignándome a ser sólo amiga tuya?. Sí lo sé. Entonces eres mucho más hijo de puta de lo que yo pensaba. Eso también lo sé. ¿Has venido a desayunar conmigo porque te doy lastimica?. No. Sólo yo me doy lástima. He venido a decirte que te quiero y, si tú quieres, a quedarme aquí contigo hasta mañana por la mañana. Tengo puertas a las ocho. ¿Vamos a estar dale que te pego hasta mañana por a mañana?. Supongo que comeremos, cenaremos y dormiremos algo. Bueno, si te empeñas, dormiremos, pero media hora. Quiero saber de lo que eres capaz. ¿Me odiarás si no soy capaz de lo que esperas?. Te odiaré igual, siempre te he odiado con toda mi alma. ¿Por qué tienen estos churros forma de lágrima?. Ya sabes, el pobre Orencio está enamorado de ti desde tercero y ésta es su forma de llorar. Orencio es un pesado que me tira los tejos todos los días. ¿Tú crees que debería contárselo a Dolores?. Quizá lo que deberías hacer es traerte a Dolores y hablamos los dos con ella. ¡Claro!, y nos la tiramos de paso. Dolores está para mojar churros, ¿no te parece?. Y Orencio es un tonto del culo sin remedio. ¿Qué pasa, que yo no estoy para mojar churros?. Los churros los vamos a mojar en el chocolate de Orencio, ya que no podemos mojarlos en la señora esposa de Orencio, que es lo que a mí me gustaría, porque a la señora marquesa no le hace maldita la gracia. Mari Carmen calló mientras mojaba churros en el chocolate de Orencio, mientras devoraba los churros mojados en chocolate y mientras, poco a poco, se iba sintiendo más despejada, más desvergonzada y muchísimo más feliz. Manuel la miraba y se olvidaba del chocolate y de los churros, porque tuvo la impresión de que se transfiguraba, de que, poco a poco, se hacía más hermosa, más deseable, hasta que, sin lugar a duda alguna, se convirtió en la mujer más deseable del mundo, en la más guapa. Cuando se levantó y comenzó a retirar la mesa colocando los platos y las tazas en la pila del fregadero, ella se colocó tras él y rodeó su cintura con ambos brazos. Manuel se volvió hacia ella, para perderse en sus ojos llenos de naufragios. Mande usted, buena mujer. ¿Se ha dado usted cuenta, señor guardia, de que tengo toda la boca manchada de chocolate y ningún trapo a mano para limpiármela?. No estará usted sugiriendo, señorita Campos, que pretende que yo le limpie la boca a lametones... Es que ese beso de antes, cuando mi boca debía saber a demonios y, a pesar de todo, parecías querer comerme... Imagínate ahora, que debe saber a chocolate con churros, que no me va a pillar por sorpresa, que yo también quiero comerte a ti. ¿Como se titulaba esa película de Billy Wilder que me llevaste a ver aquel día en Valencia?. Kiss me, stupid. That's right, do it, please. ¿Sabes una cosa?, hablando de Kiss me, stupid, cuando he dicho que tenías cara de bruja, me refería Kim Novak. Manuel limpió con la lengua, ceremoniosamente, todo el chocolate de la boca de Mari Carmen, el externo y el interno. Ella rodeó su cuello con los brazos y se entregó a un beso infinito, siguiendo un extraño ritmo con los pies y la cintura, como bailando agarrados. Nunca había bailado agarrada con él. Estaba segura de ello porque, de haberlo hecho alguna vez, se lo hubiera comido a besos, como estaba haciendo ahora. Besos dulces, húmedos, infinitos. No de miel, sino de chocolate con churros...
viernes, 12 de abril de 2013
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