JORNADA SEXTA
Algún hado travieso trazó un puente entre el sueño y la vigilia, fabricado con perfume de violetas. Abrí un ojo, y vi mi mano derecha sobre la almohada, lejana y solitaria, presa aún del cosquilleo y del recuerdo de unas mejillas ardientes. Noté un rumor cercano, una caricia de seda en mi mejilla, y un susurro dulce y reposado que acarició mi oído: "Gracias, dulce amigo, por estar aquí". Utilicé el viejo truco de no despertarme, de no girarme para abrazar aquel perfume de violetas, de no buscar la seda de las dulces caricias, de no joder el invento, rompiendo la magia de aquel instante maravilloso. El rumor se alejó mientras mi corazón latía con fuerza, pero se quedó conmigo el perfume de violetas y la huella de la caricia de seda en mi mejilla. Giré lentamente la cabeza para saborear, desde la calidez del lecho, las mágicas entrañas de la altiva biblioteca que, por fin, me había abierto sus puertas. Imaginé el enervante contacto de las suaves sábanas sobre mi cuerpo desnudo, pero, qué le vamos a hacer, yo estaba vestido y cubierto sólo con un edredón blanco, mullido y acogedor. Y quise acariciarlo todo, la almohada donde había reposado su cabeza, la cálida manta donde se había arrebujado su cuerpo, los lomos de los libros que tantas veces habrían recorrido sus dedos, quizá trémulos, tal vez emocionados, los objetos del cajón de la mesilla de noche, una cajita de nácar con un espejito dentro, un pañuelo de seda azul con una rosa blanca bordada, una libreta de tapas verdes, llena de secretos, que no abrí, para que siguieran siendo eso, secretos, los más dulces secretos, una fotografía suya, donde la luz de su sonrisa brillante iluminaba unos ojos con muchos menos naufragios... el maldito paquete de Celtas cortos...
Bajé hasta la cocina escoltado de ausencias, arrullado de melancolías, impregnado de violetas, poseído de naufragios...
Je vous aime junto a la tostada con miel, y una rosa roja en el búcaro de cristal, un rumor como de mariposas amarillas, y una lágrima rebelde sobre el café deliciosamente frío... Sic transit gloria mundi, pero tal vez no...
Busqué la brisa de la mañana, la brisa de aquellos pinos, de aquella Virgen del Rosario. Buenos días, señora, vaya usted con Dios. El Sol se había empeñado en que aquel otoño no pareciese otoño, tal vez, el muy mentecato pretendía hacer un día de primavera para que las flores y yo nos hiciéramos ilusiones. Con Dios, Camilo, ¿qué, a la huerta?. Y, en el recodo de la carretera, junto a la acacia grande, esa figura frágil que mira con ojos soñadores hacia las montañas del infinito, ¿no es acaso mi reina de las hadas?. Si te rompo el corazón, Mari Carmen me matará, y se beberá, con un beso, mi último suspiro.
-Buenos días, Josefa.
-¡Vicente!, no te había visto. ¿De dónde has salido?.
-Me has llamado, y he venido.
-¿Cuándo te he llamado yo?.
-¿Cuál de todas esas montañas mirabas exactamente?.
-Ninguna en particular. Me gusta mirarlas.
-¿Porque están muy lejos?.
-No, porque son bonitas. Las montañas de tu tierra, ¿son como éstas?.
-No, son más grandes, más verdes, algunas tienen nieve...
-Aquí también nieva a veces. Entonces sí que son preciosas.
-Y esta montaña, ¿qué tal es?.
-¿La Virgen del Rosario?. Es la montaña de los enamorados.
-¿Qué hacen los enamorados en esta montaña?.
-Cuando van juntos... ya sabes. Pero, a veces, también vienen solos. Para pensar, para recordar, para imaginar cosas...
-¿Sueles venir tú por esta montaña?.
-Ahora no. Pero he venido muchas veces.
-¿Sola, o acompañada?.
-Más veces sola que acompañada.
-Conozco a esa muchacha que está sentada junto a la fuente.
-¿Sí?, creo que es la hija del sargento de la Guardia Civil.
-Se llama Zoraida, y es la chica más guapa del pueblo.
-¿Cuándo la conociste?.
-Ayer. ¿Crees que ha venido sola para pensar, para recordar, o para imaginar cosas?.
-Siempre ha sido una muchacha muy solitaria.
-¿Es alumna tuya?.
-No, ella es de Ciencias.
-¿Sabes lo que me gustaría?. Sentarme a su lado y charlar con ella, pero no me atrevo, quizá perturbe sus pensamientos, sus recuerdos, o su imaginación.
-¿Desde cuándo tiene miedo de eso un Don Juan como tú?.
-¿Eso piensas de mí?.
-No, no pienso eso de ti. No sé por qué lo he dicho. O quizá, sí. El año pasado representamos el Tenorio en el Instituto, y Zoraida hizo de Doña Inés.
-¿Qué papel hiciste tú?.
-De Brígida, yo hice el papel de Brígida.
-No te imagino haciendo de Brígida.
-Eso es porque tienes muy poca imaginación.
-Doña Inés del alma mía. ¡Virgen Santa, qué principio!.
-Vendrá en verso, y será un ripio que traerá la poesía.
-¿Tú crees?.
-Cuando yo tenía la edad de Zoraida, me escribían poemas llenos de horrorosos ripios. A veces, venía aquí, a la Virgen del Rosario, y me sentaba allí, donde está sentada ella, ¿sabes una cosa?, esta mañana he hecho magdalenas. Las mejores magdalenas de Ayora las hace mi madre, y después yo. Y ahora voy a hacer chocolate. Estoy pensando que, quizá, me hubiese gustado mucho que un simpático chico asturiano me invitara a tomar chocolate con magdalenas en casa de una profesora del Instituto que quiere ser amiga mía.
-Me sudan las manos, el corazón me late al compás de la Marcha Turca de Mozart, y estoy acojonado. Tengo miedo de que Zoraida piense que soy un tipo sin escrúpulos que sólo quiere seducirla. Si me mandase a la mierda, me partiría el corazón.
-Según lo vas explicando, tentaciones me van dando de creer que eso amor es.
-¡Amor has dicho!.
-Sí, amor.
-No, de ninguna manera.
-Pues por amor lo entendiera el menos entendedor.
-Me has convencido.
-¿De qué?.
-De que hiciste el papel de Brígida. Y, ¡voto a tal!, que debiste hacerlo muy bien. Así que, chocolate con magdalenas...
-Sí, las magdalenas tienen algo mágico, ¿no crees?.
-¡Vaya si lo creo!. Un como sumergirse en lo que pudo ser y no fue, o tal vez sí fue, pero, ¿qué importa eso ahora?.
-Voy a preparar el chocolate. Os espero en mi casa.
-¿Me dejas que te dé un beso?.
-Sí, pero no seas bruto y bésame en la mejilla. Estamos en medio de la calle, y hay gente mirando.
Besé a Josefa en la mejilla, pero fue un beso con lengua, porque se la acaricié como hacen los perritos mimosos con sus amitas queridas.
-¡Qué cochino eres!- dijo, tomándome la mano, y mirándome con sus ojos de bosque encantado, donde, indudablemente, vivía la reina de las hadas.
-¿Verdad que sí?.
-Dios os guarde, Don Juan.
-Que Él os guíe, querida Brígida.
Me enfrenté a la empinada cuesta con la inseguridad y el nerviosismo de un adolescente enamorado. Era como un miedo extraño, que me hizo recordar otros miedos y otras magdalenas, perdidos en la memoria, y resucitados súbitamente, porque así son las cosas, y qué le vamos a hacer.
Zoraida me vio enseguida. Estaba sentada en el suelo, recostada contra un pino, y tenía un libro en las manos. Cerró el libro lentamente, lo dejó en el suelo, junto a ella, y se acomodó para observar tranquilamente cómo caminaba yo hacia donde ella se encontraba, arrastrando todas mis torpezas, y empujado por todas mis esperanzas.
Tenía las piernas cruzadas, llevaba un jersey sin mangas azul celeste y una falda verde claro muy corta. Por la postura que adoptaba, sus piernas resplandecían libres y hermosas. Todo en ella era hermosura.
-Hola- saludé
-Hola- saludó ella.
-¡Qué bonita es esta montaña!, ¿verdad?.
-Sí, es muy bonita.
-Te he visto desde allí abajo.
-Sí, me he dado cuenta.
-Estaba con Josefa, la profesora de Latín. ¿La conoces?.
-Sí, pero no mucho.
-Ya, claro. Tú eres una chica de Ciencias. Nos ha invitado a tomar chocolate con magdalenas en su casa. ¿Te gusta el chocolate con magdalenas?.
-¿Y has venido por eso?.
-Sí, claro- cogí el libro que reposaba sobre la juma, y acaricié su lomo- "Cumbres borrascosas", ¡vaya cosas que lees!.
-Es un libro precioso.
-Más bien tremebundo, ¿no?.
-Y, sobre todo, romántico, muy romántico.
-Sí, claro. Muy romántico. Luis Buñuel hizo una película preciosa con este libro.
-¿Quién es Luis Buñuel?.
-Un director de cine. Un surrealista. ¿Sabías que los surrealistas creen en el amor más allá de la muerte?.
-¿Tú eres un surrealista?.
-No lo sé. Es posible...
Me senté sobre una piedra, a su izquierda. Ella continuaba recostada contra aquel pino, con las piernas cruzadas. Comencé a hojear el libro sin ojearlo, cuando levanté la mirada, me encontré con la inmensidad de sus ojos negros, no me robó la mirada, la sostuvo. Casi me hace estallar el corazón en el pecho, pero también yo logré sostenerla.
-¿Sabes?- dijo muy despacio, vocalizando suavemente cada una de las palabras- Creo que estoy enamorada de ti.
-Es no puede ser. Si sólo me has visto una vez y, además, me porté como un imbécil- la frase podría haber sido: "¡Amor has dicho!, de ninguna manera", ero ya no estábamos en el Tenorio, sino en una cumbre, más o menos borrascosa.
-Sí, eso es verdad, te portaste como un imbécil. Pero no es cierto que sólo te haya visto una vez. Te he visto muchas veces en los últimos días, lo que ocurre es que tú no te has fijado en mí. Esa misma mañana que nos presentó Isabel, por ejemplo, pasé por tu lado en la puerta del cuartel, estabas hablando con el guardia de puertas, y ni me miraste. Pero yo sí te miré a ti. Manuel me guiñó un ojo y me sonrió, pero tú no te diste ni cuenta. También te he visto paseando con mi padre. Y, una tarde, en La Glorieta, besaste a una chica bajo una farola y os marchasteis cogidos de la mano hacia La Plaza.
-¿Crees que esa chica es mi novia?.
-No, no es tu novia. Sólo estás en su casa por unos días.
-¿Qué más sabes de mí?.
-Desde que salí de la horchatería, no he hecho más que pensar en ti. Esta mañana, he venido aquí porque tenía la corazonada de que te encontraría, o de que tú me encontrarías a mí. Me he pasado toda la noche pensando en las cosas que quería decirte y, sin embargo, cuando te he visto acercarte hace un rato, tuve la sensación de que no te diría nada. Pero algo pasó de repente, como si tú también quisieras decirme muchas cosas y no te atrevieras. No lo sabría explicar. ¿Quieres que te cuente mi plan?.
-Por favor...
-Mañana, a las doce, pasa un autobús en dirección a Requena. A las doce, yo estaré en ese autobús. Me gustaría que tú también estuvieras.
-¿Quieres que nos fuguemos?.
-No, claro que no. Hay autobuses de vuelta. Sólo quiero que bajemos en un pueblo cualquiera y pasemos el día allí. Comer en un barecito, pasear por la afueras y, si tú quieres, hacer el amor.
-¿Ése es tu plan?.
-Sí, ¿qué te parece?.
-No sé qué decir. Debo tener una cara de jilipollas que no se me acaba, ¿verdad?.
Me miró ruborizada, con los labios temblándole ligeramente, unos labios brillantes, delineados con la perfección de aquellos labios de Louise Brooks en "La caja de Pandora". Pensé en la teoría de Isabel, la hija de Isabel, sobre la fascinación, y me di cuenta de que el mecanismo automático de la seducción se había puesto en marcha. Zoraida debía estar pensando algo parecido, porque, sin dejar de mirarme, confesó con sencillez:
-Me he sentado así para que me veas las piernas, y me he humedecido los labios para que te parezcan más bonitos. Pero no sé si se hacen así estas cosas.
-Te ha salido muy bien.
-Gracias, eres muy amable.
-¿Por qué me has elegido a mí?. Estoy seguro de que en el pueblo hay un montón de chicos encantadores, quizá un compañero...
-¿Uno de esos chicos que sólo saben hacer daño o cosquillas?. No, gracias. Dentro de unos días, me iré a la Universidad. Allí, seguramente, conoceré a un gran muchacho, dulce, sensible y soñador, que tendrá mucho miedo, casi tanto miedo como yo. Pero me acostaré con el guaperas de turno, porque será el único capaz de seducirme. Tal vez yo me crea ciertas cosas que él me diga, y acabe rompiendo el corazón del chico sensible y soñador, porque, tal vez, yo ya tenga el corazón roto. Por eso, me gustaría saber muchas cosas antes de ir. Por ejemplo, la manera de reconocer la ternura del chico sensible y soñador. Y, por supuesto, la manera de ir al cincuenta por ciento en los asuntos con el guaperas de turno. Antes te he dicho que me parece que estoy enamorada de ti. ¿Qué importa si sólo me lo parece?. ¿Crees que una pobre chica de pueblo, de dieciocho años, y que todavía es virgen, sería capaz de seducir a un hombre como tú?.
-¿Quieres ir conmigo al cincuenta por ciento?.
-No, contigo quiero aprender, y contraer una deuda. Así tendrás una amiga que te querrá mucho. Ése será mi regalo.
-Has pensado mucho esta noche, ¿verdad?.
-Sí, he estado toda la noche pensando. Me gustan mucho las magdalenas de Ayora, ¿sabes?.
-¿Y el chocolate?.
-Sí, ¿qué tal es Josefa?.
-Como la reina de las hadas de un bosque encantado.
-¿La quieres mucho?.
-Sí, muchísimo.
-Me gustaría conocerla mejor. En el Instituto...
-Ya lo sé. La llamáis "La Rana".
-Y a mí me llaman "La Jefa", porque soy la hija del sargento de la Guardia Civil. Son cosas del Instituto...
Nos levantamos, y comenzamos a caminar despacio por la cuesta abajo. Yo estaba sumido en una nube de indecisiones, de dudas. Los escritores nos hemos pasado la vida imaginando inmundicias. En nuestras historias, es el guaperas de turno quien se lleva la chica al huerto. Las chicas buenas son inocentes y generosas, se lo creen todo, y lloran que da gloria verlas llorar. Los chicos sensibles y soñadores siempre pierden, y se alejan un atardecer hacia un horizonte gris y desesperanzado. Eso emociona a la gente, pero, sobre todo, emociona a los escritores, que sueñan con ser el chico sensible y soñador que siempre pierde. Creo que a eso lo llaman la mítica del perdedor. Pero si la chica buena resulta ser una chica inteligente, razonablemente pérfida, y prefiere la ternura del chico sensible y soñador, sin despreciar las cualidades intrínsecas del guaperas de turno, porque, al fin y al cabo, hay cosas que el guaperas de turno sabe hacer muy bien, mucho mejor que el chico sensible y soñador: echar un buen polvo, pongamos por caso. Pero, si ese polvo se negocia al cincuenta por ciento, y no se renuncia a la ternura sensible y soñadora. Si eso fuera así, que no lo es, ya lo sé, yo también escribo cosas, y la vida es una puta mierda, como todo el mundo sabe. Nos encontraríamos ante una perspectiva asquerosa, la perspectiva de no saber qué contar mientras hacemos cola a la puerta de la oficina de desempleo. Afortunadamente, gracias a la sabiduría de los críticos serios y a nuestra fe inconmovible en la mítica del perdedor, esas novelas serían muy malas, jilipolleces sensibleras de un pirado que no sabe juntar dos letras, basura. Las reglas sociales prescriben que un buen escritor es aquél que sabe cagarse en la hostia en elejandrinos yámbicos, y, puestos a elegir, predominan los alejandrinos yámbicos sobre el hecho en sí de cagarse en la hostia, porque cagarse en la hostia sólo es una blasfemia, y nunca será literatura. Es como comer con cuchillo y tenedor, la comida no importa, porque nosotros, felices miembros de la sociedad del bienestar, no entendemos de hambre, sino de bien comer. Nunca entenderé que Zoraida dijera que ella, una pobre chica de pueblo, quería que yo, un hombre experimentado, le enseñara todas esas cosas. Pero, al fin y al cabo, está claro que estoy destinado a ser un alumno brillante, un alumno brillante de gente sabia, como aquella Zoraida, de inmensos, negros y profundos ojos.
Zoraida caminaba con el libro abrazado contra su pecho, según la vieja costumbre de muchas chicas de llevar así abrazados los libros y los cuadernos cuando van o vuelven de clase. Había en sus labios un conato de sonrisa, como si, de repente, se sintiera muy feliz. Feliz de haber dicho cosas que, tal vez, nunca había dicho antes. Puede que se sintiera osada y harta, osada para hablar con otra persona de aquellas cosas de las que ya estaba harta de hablar consigo misma. Como quien no quiere la cosa, mirando hacia cualquier parte, comentó, como quien comenta la belleza del paisaje:
-Es muy guapa la novia de mi padre, ¿verdad?.
-¿Qué sabes tú de eso?- pregunté sorprendido.
-Yo no soy tonta, y me fijo en las cosas. Es esa chica que besaste debajo de una farola de La Glorieta.
-Sí- dije yo- Se llama Mari Carmen. Mari Carmen Campos.
-Ya lo sé. A mi padre siempre se le han dado bien las mujeres guapas.
-¿De verdad?.
-Sí. Cuando llegó a Liétor, se casó con la chica más guapa del pueblo.
-Tu madre.
-Sí.
-Y allí naciste tú.
-Sí, allí nací yo.
-¿Dónde está Liétor?.
-En la provincia de Albacete, a orillas del río Mundo, cerca de Hellín.
-¿Es bonito Liétor?.
-Supongo que sí, pero no lo sé. Cuando vinimos a Ayora, yo era muy pequeña, y no lo recuerdo.
-Pero habrás ido de vacaciones, a visitar a tu familia.
-La verdad es que mi madre no se lleva muy bien con su familia desde que se casó con mi padre.
-¿Tuviste tú algo que ver con esa boda?.
-Sí, creo que sí. Me parece que fue culpa mía.
-Bueno, pero lo harías sin querer, ¿verdad?.
-Sí, lo hice sin querer.
-¿Sabe tu madre algo de...?.
-Sí, claro que lo sabe.
-¿Y qué dice ella?.
-Nada. Espera a que se le pase. Para ella es como una enfermedad, luego se cura, y se olvida. Ya ha pasado otras veces.
-¿Y qué opinas tú?.
-No estoy segura. ¿Tú eres amigo de mi padre?.
-Me cae bien. Creo que es un hombre honrado.
-Entonces, ¿por qué hace sufrir a mi madre?.
-No lo sé, Zoraida. Quizá él piense que tu madre no lo sabe.
-¿Lo dices en serio?.
-No. Estoy convencido de que tu padre sabe que tu madre lo sabe.
-¿Cómo es ella?.
-¿Quién, Mari Carmen?.
-Sí.
-¿No la conoces?, ¿nunca has hablado con ella?.
-No, creo que me moriría de vergüenza. Supongo que a ella tampoco le haría mucha gracia.
-Estoy completamente seguro de que a Mari Carmen le encantaría hablar contigo y ser amiga tuya. Es una mujer maravillosa.
-Y la chica más guapa del pueblo.
Me detuve, me volví hacia ella, puse mis manos en sus mejillas y la miré a los ojos.
-Eso no es verdad, Zoraida- dije- La chica más guapa del pueblo eres tú.
-¿De verdad piensas eso?- dijo ella, y sus ojos brillaron de una forma arrebatadora.
-Te lo juro por Dios.
-¿Y te gusto un poquito?.
-¿Un poquito?. Yo estoy loco por ti, princesa.
-Entonces, ¿por qué no me besas?. Llevo toda la mañana esperando a que me beses.
-Verás, es que yo me siento como si...
-Lo comprendo perfectamente- dijo apartando la mirada de mí, y mirándose los dedos mientras jugaba con ellos, como buscando extraños bichitos- Sólo soy una cría estúpida y tú tienes miedo de lo que pueda pasar después, porque quien se acuesta con niños, le levanta meado, ¿no es eso?.
Las lágrimas comenzaron a discurrir mansamente por sus mejillas, y el corazón me dio una punzada. Le cogí la cabeza con las manos y la obligué a que me mirara de nuevo.
-No es eso, Zoraida, no es eso- dije besándola en los ojos, y en la boca... en las mejillas, y en la boca... en la nariz, y en la boca...
Ella me abrazó, se colgó de mi cuello, y me besó largamente. Junto al camino había un ribazo que rodeaba un bancal de olivos. Zoraida me empujó hacia allí, hizo que me sentara sobre aquellas piedras delicadamente encajadas por la ancestral sabiduría de las manos callosas de algún viejo labriego. Ella lo hizo sobre mis rodillas, y me miró con una gran sonrisa. Se abrazó a mí para besarme, para acariciar mis labios con su lengua cálida y suave, y para morderme el lóbulo de la oreja.
-¿Ya me quieres un poquito?- dijo volviéndome a mirar con su gran sonrisa turbadora.
-Sí- dije yo frotando mi nariz contra la suya- ¿A qué hora has dicho que sale mañana ese autobús?.
-A las doce. ¿No teníamos nosotros una invitación pendiente?.
-Sí, claro. Josefa nos espera.
Caminamos hacia la casa de Josefa cogidos de la mano, hablando del pueblo, de sus calles, y de los paisajes de los alrededores. Zoraida no volvió a nombrar su plan, tan meticulosamente preparado para el día siguiente.
La puerta estaba entreabierta. Golpeé en ella con los nudillos y grité:
-¡Ah del castillo!.
La voz de Josefa sonó desde el fondo.
-¿Eres tú, Vicente?.
-Sí- dije yo- Somos nosotros. Zoraida ha venido conmigo.
Josefa apareció radiante en el pasillo. Se acercó a Zoraida, la abrazó y la besó en las mejillas.
-Gracias por aceptar la invitación. Me siento muy feliz de tenerte en mi casa. Tenía muchas ganas de ser amiga tuya.
-Yo también me alegro mucho, señorita Olaya- dijo Zoraida con un conato de rubor y una tenue sonrisa.
-No me llames así, por favor, que me da complejo de rana. Josefa, me llamo Josefa. Y de tú, ¿de acuerdo?.
-Tienes razón- dijo Zoraida con una sonrisa ya más cordial- Perdóname... Josefa.
-Así me gusta- Josefa tomó a Zoraida por el brazo, y la condujo hacia el comedor. A mí, ni caso. Ni besos, ni abrazos, ni sonrisas encantadoras, ni leches en vinagre, como diría el bueno de Manuel.
Junto a la chimenea, había una mesa preparada con las magdalenas y el chocolate. Josefa había cumplido su promesa. Hablaron de la Facultad, de lo diferente que Zoraida iba a encontrar aquello comparado con el Instituto. Yo, naturalmente, intenté formular alguno de mis famosos sarcasmos sobre nuestras tristes Universidades. Pero ni la una ni la otra supieron valorar mi brillante agudeza, ni siquiera se quedaron extasiadas ante mis inteligentes comentarios. Es más, tuve la angustiosa sensación de que sólo me escuchaban por simple cortesía, y que lo único que realmente me agradecían era que me callara y las dejase continuar hablando de sus cosas. Ante semejante desprecio, opté por el recurso del niño al que se le niega un caramelo. ¡Ah, sí!, pues ahora no te ajunto. Me enfurruñé, y anuncié solemnemente que me iba al jardincillo de la entrada para fumar un cigarro y dejar de entorpecer tan encantadora conversación.
-Un cigarrito ahora no es mala idea- dijo Josefa con una gran sonrisa, y poniendo cara de quien en su vida ha roto un plato.
Argumenté que no estaba dispuesto a asumir la responsabilidad de que Josefa recayese en el nefasto vicio de la nicotina. Y lo hice con un discurso canovista brillante y abortado. Abortado porque Zoraida me interrumpió mirándome con ojos de Betty Boop y poniendo morritos de Louise Brooks.
-Papaíto no nos deja fumar. Pues a mí me encantaría fumar un cigarrito a medias con Josefa.
Incapaz de soportar tanta iniquidad, opté por encender el cigarro que tenía en la boca, dejar sobre la mesa el paquete y el encendedor, y abandonar el recinto con toda mi dignidad a cuestas. Eso sí, antes de salir, quise dejar muy claro que toda mi dignidad se iba conmigo:
-Lamento no fumar Celtas cortos.
Bajé las escaleras de la entrada, y me senté en el suelo, junto a una enorme mata de romero que olía a gloria. ¿He dicho a gloria?. Acerqué mi nariz para olerla detenidamente y, en efecto, olía a Zoraida. Así que me acurruqué contra la mata para jugar con ella, haciendo que el humo la acariciara y saliese en suaves volutas por su parte superior. Sumido en mi encantamiento de aromas y volutas, no me di cuenta de la presencia de Pedro, que se había detenido ante mí.
-Buenos días, Vicente- me saludó con exquisita educación.
-Buenos días, camarada- saludé yo sin levantarme, como si aquel jardín fuera del pueblo, y no suyo.
-¿Qué haces tú por aquí?- quiso saber el dueño del jardín.
-He venido con Zoraida. Josefa nos ha invitado a tomar chocolate con magdalenas- informé yo meticulosamente.
-¿Quién es Zoraida?- ¡Hombre!, me alegro de que me haga usted esa pregunta.
-La hija del sargento de la Guardia Civil- dije lanzando mi colilla al medio de la calle, y si se quema el monte, que le den por el culo.
-¿Y qué hace en mi casa la hija del sargento de la Guardia Civil?- Ahora ya estaba claro. Se trataba de un hábil interrogatorio. Seguramente, el bueno de Pedro estaba haciendo prácticas para su labor de comisario político después de la Revolución. De momento, la perpetración de hábiles interrogatorios, era privilegio exclusivo de la susodicha Guardia Civil, como muy bien se podía constatar en cualquiera de sus atestados: "Interrogado hábilmente, el sospechoso reconoce haber matado a la víctima, se confiesa autor del hecho, y se declara culpable del delito de homicidio". Pero todo se andará, querido Pedro, porque el futuro es nuestro, y de un par de amiguetes más.
-Está hablando con tu mujer, con Josefa, ya sabes. Creo que hablan del futuro y de otras cochinadas por el estilo.
-Oye, camarada, ¿tú estás cabreado por casualidad?.
-Sí, camarada, yo estoy muy cabreado.
-Entonces, que te folle un pez, camarada. Yo voy a ver si aún quedan magdalenas.
-Gracias por tu comprensión, camarada. No esperaba menos de ti.
-No hay de qué. Ha sido un placer.
Pedro entró en la casa, seguramente emocionado ante la perspectiva de encontrarse cara a cara nada menos que con la hija del sargento de la Guardia Civil. Parece ser que, en Ayora, confraternizar con el enemigo era un sentimiento compartido por ambos bandos.
Yo me recosté contra la mata de romero. Me había quedado sin volutas, pero, al menos, el aroma permanecía conmigo. Así que me arrebujé contra la mata para disfrutar plenamente de aquel aroma, porque... ¡Leche, qué bonito es eso de sentirse feliz, aunque uno esté cabreado!.
Zoraida salió de la casa unos minutos después. Se sentó junto a mí, y me abrazó. Comprobé una vez más que la vida te da sorpresas, porque ni el romero olía a Zoraida, ni Zoraida olía a romero. Quizá por eso, me porté con el romero como un verdadero canalla, porque me olvidé de él completamente desde el momento en que tuve a Zoraida a mi lado, que olía mucho mejor que el romero, aunque el romero tuviese un color muy parecido al del uniforme de la Guardia Civil.
-¿Sabes que Josefa es una persona magnífica?- me dijo Zoraida abrazada a mí.
-¡Claro que lo sé!. ¿Tú crees que tiene ojos de rana?.
-No, creo que tiene ojos de... ¿Cómo decías que son los ojos de Josefa?.
-¿Como un bosque encantado donde vive la reina de las hadas?.
-Sí, exactamente, como un bosque encantado. Tengo que irme, ¿sabes?, he de hacer un montón de cosas.
-¿Quieres que te acompañe hasta la Casa Cuartel de la Guardia Civil?.
-No, quiero que me beses, con un beso largo, cálido y húmedo, que me haga estremecer desde la punta de los dedos de los pies, hasta el último cabello de mi cabeza. Y, después, quiero irme paseando sola, para poder pensar en ti.
Zoraida me besó, con un beso largo, cálido y húmedo, que me hizo estremecer desde la punta de los dedos de mis pies, hasta el último cabello de mi cabeza. Y, después, me quedé solo, para poder pensar en ella.
Yo tenía la cabeza al nivel del tercer escalón de la entrada y, al girarla, vi un par de zapatillas blancas preciosas. Imaginé que, en el interior de aquellas zapatillas, debía de haber un par de preciosos pies, sobre todo cuando vi que, del interior de las zapatillas, salían dos preciosos calcetines blancos que acababan justo al principio de dos torneadas pantorrillas. Arriba, muy arriba, cerca del cielo, dos ojos de bosque encantado me miraban con ternura.
-¿Qué haces?- me preguntó Josefa con una sonrisa luminosa.
-.Aquí- dije yo- Viéndote las bragas. Son blancas, con una especie de puntitos...
Josefa juntó las rodillas, se aplastó la falda con las manos y se inclinó hacia delante, al tiempo que caminaba hacia atrás.
-Pero, ¡qué guarro eres!- gritó horrorizada- ¿Cómo te atreves a avergonzarme de esta manera?.
-Era broma- dije yo levantándome- He dicho blancas a bulto. ¿He acertado?.
-No, no has acertado- dijo ella sujetándose todavía la falda.
-¡Ah!, ¿no?. ¿De qué color las llevas entonces?.
-No te lo pienso decir, so cochino.
-Me da igual- dije yo, sereno ante la adversidad- Lo averiguaré de todos modos- Me acerqué hasta la puerta de la entrada y grité- ¡Pedro!, ¿de qué color lleva hoy Josefa las bragas?.
-Azul celeste- sonó la voz de Pedro desde la cocina- ¿Por qué?.
-No, por nada. Simple curiosidad.
Josefa entró en la casa, y subió corriendo las escaleras que conducían al piso superior.
-¿Adónde vas?- pregunté yo desde abajo.
-A cambiarme las bragas, y a ponerme unos pantalones. ¡Pervertidos!.
Pedro salió de la cocina secándose las manos con un paño. Me miró desconcertado.
-Oye, ¿qué cachondeo te llevas hoy con Josefa?.
-No te lo sabría explicar. Pero si te apetece darme una hostia, estoy a tu disposición.
-¿Tengo yo cara de guardia civil?- dijo Pedro, un poco ofendido.
-No- dijo yo rascándome la cabeza- Tienes cara de comisario político.
-Estás bien, ya que te empeñas- y Pedro me cruzó la cara con una sonora bofetada- ¿Ya te sientes mejor?.
-Sí, mucho mejor. Gracias, camarada.
-No hay de qué. Ha sido un placer- Pedro se volvió hacia las escaleras, y gritó- ¡Josefa!, le acabo de dar una hostia a Vicente. ¿Quieres que lo eche a patadas de casa?.
-¡No!- sonó la voz de Josefa desde el piso superior- Invítalo a comer con nosotros.
-Oye- dijo Pedro volviéndose hacia mí- Que dice Josefa que te invite a comer.
-No, gracias- dijo yo tocándome la cara, porque me dolía de la hostia- Es que estoy un poco raro, ¿sabes?. Me parece que me he enamorado de la hija del sargento de la Guardia Civil.
-Pero, ¿tú no estabas enamorado de la mujer del cacique?.
-Sí, también. Seguro que piensas soy un bicho raro.
-No- dijo Pedro, certificando su negativa con un movimiento de cabeza- Los bichos raros figuran en la clasificación de Linneo, y yo conozco muy bien esa clasificación. Tú no figuras en ella. No eres un bicho raro.
-¿Le darías a Josefa un beso de mi parte?.
-¡Claro que no!.
-Pues se lo daré yo cuando tú no estés.
-Adiós, camarada. Que te folle un pez.
-¡Salud y Anarquía!.
Existen infinitas maneras de sentirse feliz. Básicamente, son tres mil doscientas cincuenta y ocho, pero hoy hablaremos de dos, no porque sean las más importantes, sino porque son las que vienen al caso aquí y ahora. Tenemos, por un lado, la sensación de sentirse tontamente feliz, donde nos da igual que la gente sonría o no sonría, que esté nublado o que llueva, o que el Madrid gane la liga, lo cual no deja de ser una renuncia moral, porque sentirse tontamente feliz es, fundamentalmente, una renuncia moral, y hasta los críos de la escuela, aunque no sean arrianos, ni se llamen Isaac, saben perfectamente que la felicidad y la tontería son directamente proporcionales al producto de sus módulos e inversamente proporcionales al cuadrado de su distancia. También tenemos, por otro lado, la sensación de felicidad merecida, donde la gente siempre nos sonríe, porque para eso somos así de guapos y de simpáticos, donde siempre hace buen tiempo, y Gene Kelly se enamora de Cyd Charisse, el Barça gana por cero cinco en el Bernabéu, y la hija del sargento de la Guardia Civil es la chica más guapa del pueblo. La sensación de felicidad merecida no es una renuncia moral, ni siquiera tiene nada que ver con la moral. Es, sencillamente, una cuestión de estética. Yo no sabría explicar cuál era la sensación que sentía mientras caminaba por la carretera en dirección a la otra punta del pueblo, más allá de los confines de la mar océana, allí donde los mares se precipitan, y unos monstruos monstruosos devoran a los marineros que se aventuran a marinear por tan recónditos parajes. Frené justo en la puerta de El Frenazo, sin ninguna intención preconcebida, si aquel bar se hubiese llamado Cohan, no me hubiera importado en absoluto darme de hostias con Will Danaher, teniendo, además, la certeza de que el padre Lonegan hubiese apostado diez libras por mí, en una reyerta que el sabio Michaeleen Flynn no hubiese dudado ni por un momento de calificar como homérica. Curiosamente, cuando me vio entrar en el bar, Valentín no me pregunto por Mary Kate La Pelirroja, sino por el actual estado de mis funciones gástricas.
-¿Vienes comío o sin comer?- me saludó desde detrás de la barra.
-Según como se mire- dije yo- ¿Magdalenas y chocolate es venir comío?.
-No- dijo Valentín muy serio- Eso no es venir comío, eso es venir desayunao.
-¿Y qué me aconsejas?.
-¡Hombre!, pues no sé. ¿Tú sabes lo que es un ardacho?.
-No, no tengo ni puta idea de lo que es un ardacho.
-Pues, si quieres, te puedo dar un trocico y lo pruebas.
-¿Tiene algo que ver con los cojones de cerdo?.
-No mucho. Pero primero lo pruebas, y luego te digo lo que es.
El ardacho es un manjar exquisito. Después, te dicen que es lagarto, y uno tiene la sensación de aquél a quien le dan por el culo, le encanta, y lego le dicen que eso es cosa de maricones. Y es que somos como niños, y la única razón de que ciertas cosas nos repugnen, es que luego viene mamá y dice: "¡Caca, nene!".
Descubrí, mientras comía con Valentín y un par de amigos, que los tipos como yo nos hemos pasado la vida descubriendo cosas maravillosas en libros maravillosos, pero que, los que realmente han sido afortunados, son los autores de esos libros maravillosos, porque, ¿de dónde sacaron ellos las cosas maravillosas que escribieron en sus libros?. Indudablemente, las vivieron antes que nosotros. En su experiencia, en su imaginación o en sus sueños, pero las vivieron. Y las vivieron con tanta intensidad que, cuando ya no son nada, sino polvo perdido en la memoria, esas emociones perviven en su obra, in secula seculorum, amén.
Después de comer, echamos una partida al Secayó. El Secayó es un juego de cartas muy interesante. En esencia, consiste en lo siguiente: ellos ganan y yo pago los carajillos. Bueno, en realidad sólo pago el cincuenta por ciento de los carajillos, porque Valentín, además de capador de cerdos, también es un hombre de palabra, y como se da la circunstancia de que juega conmigo de compañero, nunca de camarada, eso que quede bien claro, ha de asumir su parte de responsabilidad en la debacle. Finalmente, el Paco me consuela. Pero no lo hace diciendo que afortunado en el juego, desgraciado en amores, y viceversa, que vendría a ser mi caso, sino de una manera mucho más ruda y acorde con la realidad de las cosas: los juegos de cartas no son cuestión de suerte, pero conviene que la gente como yo lo crea así, de esa manera disfrutamos del juego, y pagamos de mil amores. O tú que sabes más de estudiar, dice el Paco, ¿no cobran los profesores sus clases?.
-No le hagas caso- me dice Valentín- Es costumbre burlarse del que pierde. Pero cuando el Paco me gane a mí la mitad de las veces que le he ganado yo a él, los almendoleros echarán brevas.
-De momento- dice el Paco muy serio- Ya echan albercoques. ¿O no has visto los almendoleros que tiene mi cuñao El Piojo en La Pedriza?.
Cojo al Paco por el hombro, y le confieso al oído una idea que se me acaba de ocurrir.
-Si es verdad eso de que los almendros dan albaricoques, tal vez, cuando Einstein dijo que Dios no juega a los dados con el Universo, lo que quería decir realmente, es que, a lo que juega Dios con el Universo, es a las cartas.
El Paco lo tiene claro, indudablemente, es un hombre sabio.
-Mira, asturiano, ¿sabes lo que te digo?. Yo no me meto con Dios, y Él no se mete conmigo.
-¿Y qué pasa cuando te cagas en Dios porque no llueve?- dice Valentín, que, según parece, no le acaba de perdonar al Paco la paliza al Secayó.
-¡Pero eso es porque ha empezao Él!- grita el Paco, como queriendo decirle al Valentín: "Y, ahora, no empieces tú".
Dejé a mis amigos de El Frenazo discutiendo de Teología, y me encaminé hacia otra taberna, aquella en la que mi amigo Manuel, sí, he dicho mi amigo Manuel, ¿pasa algo?, tenía mesa propia. Y lo hice con la firme intención de pedir una de aquellas botellas del aguardiente asesino contra el que Manuel estaba vacunado. Al fin y al cabo, la Guardia Civil se moja, pero no encoge, como decía aquel estrafalario capitán Cortés, cuya foto había visto en la oficina del sargento Pacheco. Sic luceant opera tua, ¿verdad, Josefa?.
Como es lógico, el solícito barman de aquella hermosa taberna intentó disuadirme de mi irresponsable intención, pero, como sólo pudo argumentar que aquello constituía un grave atentado contra mi integridad física, acabé sentado en la mesa de Manuel, con una botella de aguardiente asesino y un par de copas, dispuesto a esperar fumando, como Sarita Montiel, aunque en aquella taberna, desgraciadamente, no hubiese a mano ninguna chaise longue. Manuel fue puntual, atardecía cuando entró sonriente y saludó al barman. Escuchó con gesto afable las advertencias del bueno de Emilio sobre mi temeraria actitud en lo referente a la elección de la espirituosa bebida. Manuel lo calmó con un gesto que bien pudiera significar algo así como: "Tranquilo, buen hombre, que ya está aquí la Guardia Civil". Acto seguido, se acercó a mi mesa, perdón, a su mesa.
-Bienvenido, hermano- saludé yo.
-Salud, compañero- saludó él.
Se sirvió de aquel aguardiente asesino en su copa vacía, mientras comentaba:
-No deberías gastarle estas putadas al pobre Emilio. Lo tienes preocupado.
-¿Y tú?.
-Ya te he dicho que yo estoy vacunado.
-¿Qué opinas de la hija de Matías?- pregunté de pronto, escanciándome yo también aguardiente en mi copa.
-¿De Zoraida?.
-¡Claro, imbécil!. ¿Cuántas hijas tiene Matías?.
-¿Qué quieres saber?.
-¿Eres su amigo?.
-Un poco.
-¿Como cuánto?. ¿Te cuenta sus cosas?.
-A veces. Es una chica muy tímida.
-¿Habéis hablado de mí?.
-¿Por qué qué quieres saberlo?.
-Esta mañana he estado con ella en La Virgen del Rosario. Después hemos tomado chocolate con magdalenas en casa de Josefa. Aunque, claro, eso ya lo sabrá usted, señor guardia.
-Es mi trabajo y, además, secreto de confesión. Ego te absolvo y no te impongo penitencia, porque me parece muy bien, o sea, que no es pecado lo que has hecho. Buenas magdalenas, ¡voto a Dios!.
-Buenas de la hostia.
-Y guapa moza Zoraida, ¿verdad?.
-La más guapa del pueblo.
-¿Quieres saber si ella piensa lo mismo de ti?.
-No, eso ya lo sé.
-Entonces, ¿qué quieres saber?.
-Quiero saber qué tienes tú que ver en todo esto.
-Pues no te lo pienso decir.
-También quiero saber si te has tirado a Isabel Gavidia.
-¡A ti qué te importa!.
-¡Sí que me importa, cojones, sí que me importa!.
-¿Por qué?.
-¡Porque tengo la picha hecha un lío y los cables cruzados, me cago en la hostia!. Por eso.
-Tranquilo, compañero. Esta noche nos vamos a la verbena del pueblo de las tres mentiras, y eso se arregla con un buen polvo, o con dos...
-¿Sueles ir mucho por las verbenas de los pueblos para follarte a las chavalas inocentes?.
-No mucho.
-Pues prométeme una cosa.
-¿Qué cosa?.
-La próxima vez que hables con Zoraida, dile que el mundo está lleno de tipos mejores que yo, que los hay a millones. Que yo soy un miserable que está liado con la madre de su amiga y con la novia de su padre, y que me dedico a ir por las verbenas de los pueblos para follarme a las chavalas inocentes.
-¿Con la novia de quién?.
-¡A ti qué te importa!.
-Compañero, este veneno te sienta como una patada en los cojones. Cambia de bebida, o tú y yo vamos a acabar a hostias.
-¿Me lo prometes?.
-¡No, no te lo prometo!.
-¿Por qué?.
-Porque yo no soy un payaso como tú y, además, entre mis planes futuros no figura el de hablar con Zoraida.
-¿Puedo saber el motivo?.
-¡Por supuesto que no!.
-¡No lo hagas, Manuel, no lo hagas!.
-¿Qué es lo que no quieres que haga?.
-Eso que vas a hacer, no lo hagas.
-Por partes, compañero. ¿Tú quieres que vayamos a la verbena del pueblo de las tres mentiras, o no?.
-Sí quiero.
-Partamos pues.
Manuel se levantó e hizo una seña al barman. Seguramente, esa seña significaba que no se preocupase por la cuenta, que la apuntara, o que hiciese con ella lo que le pasara por los cojones. Eso daba igual. Salió de la taberna y yo lo seguí.
Manuel caminaba delante de mí, como ese niño que se enfada contigo y camina sin mirarte, pero con el absoluto convencimiento de que lo sigues, entre otras cosas, porque tú no dejas de hablarle, ni él de contestarte.
-¿Cómo llegaremos a ese pueblo?.
-Un amigo nos llevará en su coche.
-¿Y cómo volveremos?.
-Lo pensaremos luego.
-¿Cómo que lo pensaremos luego?.
-¡Qué pocas películas de John Wayne has visto tú!.
-¡Todas!, de John Wayne las he visto todas. Hasta la última, ésa en la que muere de verdad y de mentira.
-Y, ¿desde cuándo se preocupa John Wayne de cómo regresar de los sitios a donde va, incluida "The Shootist"?.
Llegamos a La Glorieta. Allí había tres o cuatro bares. Manuel entró en uno de ellos y saludó a un tipo que había apoyado en la barra tomándose una cerveza. Yo me quedé en la puerta, porque, si aquello era una película de John Wayne, alguien tenía que vigilar. Manuel charló con aquel tipo durante unos minutos, y salieron juntos a la calle.
-Carmelo, un amigo- dijo Manuel- Vicente, otro amigo.
-Hola- dijo Carmelo ofreciéndome su mano.
-¿Qué hay?- dijo yo estrechándosela.
Caminamos hasta un coche que había aparcado frente al bar. Manuel subió delante, y yo me desparramé en la parte trasera. Aquel aguardiente asesino me había dejado hecho polvo una vez más. Además, aquel Carmelo no me cayó bien, tenía cara de cretino. Apoyé la cabeza contra el respaldo y cerré los ojos. Así y todo, escuché en la lejanía la conversación entre Manuel y Carmelo. Hablaban de caza, sobre la puta costumbre de la Guardia Civil de quitarte la escopeta por las buenas, total por nada, y sobre la puta costumbre de mucha gente de matar todo bicho que se mueva por las buenas, total por nada. Parece ser que aquel tipo le debía varios favores a Manuel, favores todos ellos fundamentados en la prevaricación, suponiendo que el hecho de no aplicar con todo su rigor la Ley de Caza, y no hacerlo, además, con premeditación, suponga delito de prevaricación. Yo no lo tengo muy claro, porque no he prevaricado nunca. Mi status social nunca me ha otorgado ese privilegio. Puede que me quedara torrado como consecuencia de los efluvios del aguardiente asesino, o por la insoportable estupidez de aquella conversación. Manuel me estaba zarandeando mientras me decía:
-¡Eh, tú!, que ya hemos llegado.
Bajé del coche, y el coche se fue. No me despedí del tal Carmelo, ni el tal Carmelo se despidió de mí. Seguramente, me vio cara de cretino, y pensó que no valía la pena, o tal vez lo que pensó fue que, como yo no era guardia civil, no era necesario hacerme la pelota, porque yo no se lo iba a agradecer prevaricando para él. Manuel y yo nos encontramos, de pronto, al principio de una amplia calle, rodeados de paz y noche. Manuel se sentó en el escalón del portal de la primera casa, y me obligó a mí a hacer lo mismo.
-Es fundamental que preparemos una estrategia- dijo muy serio.
-Tú eres el militar, yo soy civil- dije yo, como queriendo dejar bien claro que el asunto de la estrategia no era cosa mía.
-Punto primero- continuó Manuel- El alcohol.
-¿Qué pasa con el alcohol?.
-Si mezclamos las bebidas, antes de darnos cuenta, estaremos hechos polvo.
-¿Y qué propones?.
-Hay que elegir una cosa ahora, y beberemos esa cosa toda la noche.
-¿Qué pasa, que bebiendo siempre lo mismo no te emborrachas?.
-¡Claro que te emborrachas!, pero es una borrachera eufórica y cachonda, es decir, una de esas borracheras donde al borracho aún se le empina, lo cual es fundamental para nuestros propósitos.
-Tú te has tomado en serio eso de follarte a las chavalas inocentes.
-Muy en serio.
-Bueno, tú mandas. ¿Qué propones que bebamos toda la noche?.
-Gin and tonic.
-¿Eso está bueno?.
-Es el deporte nacional del Reino Unido, después del cricket, claro.
-¿A los ingleses borrachos se les empina?.
-A los ingleses borrachos de gin and tonic, sí.
-Pues nada, hombre, beberemos gin and tonic toda la puta noche.
Una vez resuelto el problema de la intendencia alcohólica, iniciamos la táctica del posicionamiento estratégico. Primero pasamos por la plaza del pueblo, el escenario desde donde tenía que tocar la orquesta estaba ya prácticamente listo, y la plaza se encontraba en ese momento bastante animada. Manuel propuso que diésemos una vuelta por los bares, con la intención de ir haciéndonos a la idea del tipo de enemigo con el que habríamos de batallar. En uno de esos bares, delante de nuestros respectivos gin and tonic, Manuel empezó a enseñarme los diferentes métodos de entrar en contacto con el enemigo.
-El método del reconocimiento es un método bastante jilipollas- decía Manuel- Y, además, suele salir mal casi siempre. Pero es un buen método de tanteo, es bueno que salga mal, porque curte mucho, y un soldado curtido es un soldado y medio.
Entraron en el bar dos muchachas con cara de buscar a alguien. Manuel me puso la mano en el hombro, y me hizo un gesto con la cabeza para que esperase y observara. Se acercó a una de las muchachas y la obsequió con una gran sonrisa:
-Perdona- dijo frunciendo las cejas, como quien quiere recordar algo- Tú y yo nos conocemos, ¿verdad?.
-¿De qué?- dijo la muchacha poniendo cara de haberse dado cuenta enseguida de que Manuel estaba utilizando el viejo truco del reconocimiento.
-No lo recuerdo- continuó, impertérrito, Manuel- La discoteca Parnaso de Almansa, quizá. O...
-En Almansa no hay ninguna discoteca que se llame Parnaso- dijo ella sin dejarle terminar.
-Es posible- dijo Manuel rascándose la cabeza- Tienes razón, es posible que no fueses tú. O, tal vez, no era yo. La vida es muy complicada, ¿no crees?.
-Si tú lo dices...
-Perdona. Espero no haberte molestado.
-No, hombre. No me has molestado. Adiós.
-Adiós.
Manuel se volvió a sentar a mi lado, e hizo un gesto de resignación.
-¿Lo ves?- dijo muy serio, tomando un trago de su gin and tonic- Es un método bastante jilipollas, pero es un buen precalentamiento. ¿Quieres probar tú?.
-No, gracias- dije muy convencido- No creo que yo sea capaz.
-¿Por qué no?.
-A mí se me notaría enseguida.
-¿Acaso crees que a mí no se me nota?.
-Quiero decir que yo me partiría de risa, o me pondría muy colorado.
-Como quieras- continuó Manuel- Ahora probaremos el método de la caridad cristiana. Es muy humillante, pero una cura de humildad siempre es necesaria. Un soldado humilde es un soldado y cuarto.
Manuel se acercó a una muchacha morena, bastante guapa, que había entrado en el bar y se había quedado mirando hacia un lugar indefinido.
-Hola, buenas noches- la saludó.
-Hola- dijo ella.
-Verás, tengo un pequeño problema- comenzó Manuel- Estoy en este pueblo más solo que la una, y no conozco a nadie. He pensado que, tal vez, esta noche te sientas generosa, y me ayudes a conocer gente. Incluso podrías ser mi compañera de baile o algo parecido.
-¿Y qué crees que diría mi novio?.
-No lo sé. A él tampoco lo conozco. Pero quizá sea un hombre comprensivo, y se haga cargo de mi triste situación.
-Eres muy simpático.
-Gracias.
-Y tienes la cara muy dura.
-Por favor, si sigues halagándome, harás que me ruborice.
-Tal vez nos veamos luego en la plaza.
-Es posible.
-Te presentaré a mi novio.
-Será un placer.
-Adiós.
-Adiós.
Manuel volvió a sentarse junto a mí, y acabó de un trago su gin and tonic.
-Has estado a punto- dije yo, mirándolo con manifiesta admiración.
-¡Qué va, hombre, qué va!- dijo él muy convencido- A las mujeres no les gusta que los hombres se humillen. Sienten una especie de ternura maternal, como habrás podido observar, pero, lo de echar un polvo, ni se les pasa por la cabeza.
-Yo no estoy tan seguro. Creo que si llegas a insistir un poco más...
-Si insisto un poco más, llega el novio y la jodemos. Pero hay otra cosa- añadió Manuel afirmando con la cabeza- Si alguna amiga le pregunta sobre mí, es muy probable que le diga que soy un tío cojonudo. Hay una cosa de las mujeres que me encanta, si no tienen intención de acostarse contigo, te recomiendan a las amigas. Lo encuentran muy divertido, incluso les comentan tus puntos débiles para que puedan llevarte al huerto. Es como si a ti no te gustan las manzanas, pero te encantan los melocotones. Imagina que tenemos delante un plato con una manzana y un melocotón. ¿Qué me aconsejarías?.
-Hombre, como somos amigos, te diría que las manzanas son cojonudas, y que, incluso, estaría dispuesto a renunciar a la manzana por nuestra amistad. En un gesto de generosidad sin límites, me sacrificaría, y me comería el melocotón.
-Yo haría lo mismo, porque yo también te quiero.
-Te voy a hacer una pregunta muy personal- dije yo, porque cada vez me sentía más involucrado en la aventura, y más deseoso de participar en ella- ¿Existe algún método que no sea jilipollas, ni humillante, y que tenga alguna probabilidad de éxito?.
-Siempre nos queda el recurso del ¿bailas?. Pero ése es un método desesperado de última hora. Tiene la ventaja de que puedes hablarle al oído, recitarle a Cernuda, y decir que se te acaba de ocurrir. Siempre se lo creen. Como están acostumbradas a que les reciten a Bécquer, Cernuda suele ser demoledor.
-¿Tenemos, entonces, que esperar a última hora y estar desesperados?.
-No creo. De momento, paga y nos vamos a otro bar. Practicaremos el método que más me gusta: el método Lord Byron.
Pagué y no dije nada. Salimos de aquel bar, y entramos en otro mucho más grande y concurrido. Manuel me explicó que yo debía quedarme en la barra junto a él, pero como si no fuéramos juntos. Debía hablarle mirando hacia otro lado, y debía observar atentamente lo que él hacía, porque, en caso de que a él le fallase el método Lord Byron, acto seguido debería ponerlo yo en práctica inexcusablemente. Así que me coloqué en la barra junto a él, delante de mi gin and tonic, y me dispuse a observar detenidamente, como el buen alumno que siempre he sido.
Manuel recorrió el local con la mirada. En una mesa del centro, había sentadas tres muchachas, la de espaldas a nosotros era morena, a su izquierda había una rubia de nariz graciosa y, justo de frente, una preciosidad de cabellos castaños y ojos de Margarita Gautier. Manuel comenzó a mirarla fijamente, la muchacha charlaba con sus compañeras muy animada y, en principio, no se dio cuenta. Pero, en cierto momento, por la expresión de su rostro, comprobé que había descubierto la mirada de Manuel, aunque aparentó no hacer demasiado caso. La tercera vez que sus ojos se encontraron con los de Manuel, mantuvo la mirada durante unos cinco segundos, estaba seria y, quizá, un poco intrigada. Entonces, Manuel sonrió ampliamente, con una encantadora sonrisa que yo no había conocido antes en él, hizo un gesto enarcando las cejas, y se volvió hacia la barra, para beber de su gin and tonic, y para encender un cigarrillo.
-Y, ahora, ¿qué?- dije yo mirando al techo.
-Ahora saldremos del bar- dijo Manuel mirando su vaso- Y veremos qué pasa.
-¿Qué se supone que debe pasar?- quise saber yo.
-Se supone que, dentro de unos diez minutos, ella saldrá a la calle con cualquier excusa.
-¡No me digas!- exclamé- ¿Y si no es así?.
-Otra batalla perdida- dijo Manuel con resignación.
Esta vez pagó él los gin and tonic, y salió delante de mí a la calle. Se detuvo frente a la puerta del bar, y se apoyó en la pared.
-Una de las ventajas del método Lord Byron- dijo con tono meditativo- Es que puedes leer muchas cosas en sus ojos.
-¿Y qué has leído en los ojos de esa muchacha?- pregunté yo aceptando el cigarrillo que me ofrecía.
-Es una chica dulce, soñadora, y un poco triste, quizá porque aún no ha encontrado a nadie para compartir sus sueños. Es una mujer fascinante, un ser maravilloso, un manantial inagotable de caricias ignotas...
-¿Eso es lo que has leído en sus ojos?.
-Sí, y algunas cosillas más sin importancia.
-¿Y te has enamorado?.
-Sí, claro. Con el método Lord Byron, siempre te enamoras.
Fui a decir algo, pero Manuel me hizo una seña para que me callara y esperase. La muchacha en cuestión se había levantado de su mesa, y se dirigía a la salida del bar. Manuel caminó hacia la puerta, y se cruzaron justo en la entrada.
-¡Hola!- saludó Manuel con una gran sonrisa.
-¡Hola!- respondió ella al saludo y a la sonrisa.
-Me llamo Manuel.
-Yo me llamo Manolita.
-Me alegro mucho de conocerte.
-No eres de por aquí, ¿verdad?.
-No. Sólo he venido a la verbena.
-¿Has venido solo?.
-No, he venido con un amigo. Pero lo he perdido.
En ese momento, salieron las dos amigas. Seguramente, intrigadas por los motivos de Manolita para salir repentinamente a la calle, así, por las buenas. Manolita se las presentó a Manuel.
-Ésta es Consuelo- dijo señalando a la morena- Y ésta, Teresa- señaló a la rubia- Éste es Manuel, es forastero. Ha venido a la verbena.
-¿Ya os conocíais?- quiso saber la rubia, es decir, Teresa.
-No, ya te he dicho que es forastero. Nos acabamos de conocer.
-¿De dónde eres?- preguntó la morena, es decir, Consuelo.
-De muy lejos- dijo Manuel- Estaba visitando a unos viejos amigos de Almansa, y me hablaron de este pueblo.
-¿Ellos también han venido?- preguntó Teresa.
-No, sólo me dejaron aquí, y se volvieron. A mí, y a otro amigo, que también es de muy lejos.
Creí llegado el momento de intervenir, al fin y al cabo, las dos amigas de Manolita habían interrumpido primero.
-¿Dónde te habías metido?- dije acercándome a Manuel.
-¡Hola!- exclamó él poniendo cara de sorpresa- Os presento a mi amigo Vicente- después, fue señalando alternativamente a las tres muchachas- Manolita, Teresa y Consuelo.
También yo las saludé alternativamente con una inclinación de cabeza y un apretón de manos.
-Si lo veis así de raro, no debe extrañaros mucho. Vicente es catedrático de Matemáticas en la Universidad de Oviedo.
-Álgebra Vectorial- corregí yo.
-¿Y a qué te dedicas tú?- le preguntó Manolita a Manuel.
-Yo no soy tan importante como Vicente. Sólo soy un humilde lector de Castellano en una High School de Guildford.
-¿Dónde está Guildford?- volvió a preguntar Manolita a Manuel.
-En Inglaterra, al sur de Londres- dijo Manuel, como quien explica que Ayora está al lado de Almansa.
-¿Qué es una Jaiescúl?- preguntó Teresa, poniendo cara de que aquello le sonaba, pero no sabía de qué.
-Una Escuela Superior- dijo Manolita muy seria.
-¡Ah!- Teresa sonrió y miró a Manuel- Es que Manolita está estudiando inglés, ¿sabes?.
-¿Really?- exclamó Manuel mirando a Manolita.
-Sí- dijo Manolita con gesto humilde- Pero sólo estoy empezando. Aún no hablo casi nada.
-Anyway- dijo Manuel mirándola a los ojos y, muy presumiblemente, perdiéndose en ellos- I like you very much.
-I like you, too- dijo ella con un acento que debió conmover a Manuel más que a mí. Y a mí me conmovió mucho.
-¿Qué te ha dicho?- preguntó Consuelo a Manolita.
-Que el pueblo es muy bonito- mintió Manolita con un candor exquisito.
-¿Y qué le has dicho tú?.
-Que no está mal- volvió a mentir Manolita, pero ahora sólo a medias.
-¿Por qué no vamos a la plaza?, ya ha empezado la música- propuso Teresa.
-¿Me prometes que bailarás conmigo?- le dijo Manuel a Manolita.
-Claro, hombre.
-Pues vamos a esa plaza.
-Una High School es como un Instituto, ¿verdad?- dijo Manolita mientras caminábamos hacia la plaza.
-Sí- dijo Manuel- Algo parecido.
-Manuel es miembro de un Instituto- dije yo con una sonrisa burlona- De un Benemérito Instituto.
Manuel me miró, y si las miradas mataran, yo no estaría ahora contando esta historia, muy probablemente.
-No te entiendo- dijo Manolita.
-Son cosas nuestras. No me hagas caso.
-Eso es- dijo Manuel- No le hagas caso. Todos los catedráticos que conozco están un poco locos, y no suelen saber lo que dicen.
-¡Pues están apañados los alumnos!- exclamó Manolita.
-¿Los de éste?- dijo Manuel señalándome- Apañados del todo.
Llegamos a la plaza. Manuel y Manolita se pusieron a bailar enseguida, y yo me quedé con las dos amigas. Tal vez, yo debería haber invitado a una de ellas a bailar, pero, aparte de que no me pareció correcto en aquel momento lanzar una moneda al aire allí en medio, tuve la sensación de que eligiendo tan pronto, rompería un equilibrio muy frágil en aquellos momentos. Invitar a una, podría significar marginar a la otra. Preguntar ¿quién de vosotras quiere bailar conmigo?, comportaba el riesgo de que la respuesta fuese que ninguna. Había que buscar una solución, y había que hacerlo rápido. Tal vez, lo mejor fuera seguir el juego que Manuel había empezado.
-Manuel baila muy bien, pero yo siempre he sido un patoso. La verdad es que no he bailado nunca.
-¿Nunca?- preguntó Consuelo muy seria.
-Nunca- insistí- Siempre he sido una persona seria y taciturna.
-¿Y cómo es que has venido aquí?- quiso saber Teresa.
-Eso me gustaría saber a mí. Manuel siempre me lía, y como hace diez años que no nos veíamos...
-Pues deberías animarte- dijo Consuelo.
-Es que me da mucha vergüenza.
-¿Por qué?, si aquí no te conoce nadie.
-Tienes razón. Pero unas chicas tan encantadoras como vosotras, no deberían perder el tiempo con un carcamal como yo.
Teresa dijo algo al oído de Consuelo, y después me miró a mí.
-Tenemos que hacer una cosa- dijo.
-Sí, es verdad- ratificó Consuelo- Tenemos que hacer una cosa. ¿Nos esperas aquí?.
-De acuerdo- dije yo con resignación- ¿Me enseñaréis a bailar cuando volváis?.
-Vale- dijo Teresa.
Las dos muchachas se fueron, sonrientes, charlando como si tal cosa, como si aquello de tenerse que marchar para hacer lo que tuvieran que hacer, fuese lo más natural del mundo, algo así como mear, pongamos por caso. Pero yo me quedé hecho polvo, con la absoluta certeza de haberme portado como un perfecto imbécil, y recordando, embargado por la tristeza, que durante toda mi vida yo había sido exactamente eso: un perfecto imbécil. Jamás se me habían dado bien las mujeres, en todo caso, yo se les había dado bien a ellas. Y, al comprobar que aquellas dos muchachas no estaban demasiado interesadas por mi persona, estaba seguro de que aquello iba a acabar en un absoluto desastre. Busqué a Manuel con la mirada. No estaba. Naturalmente que no estaba. Ni él ni Manolita. Estarían retozando en algún lugar oscuro. Porque Manuel había fascinado, y después había seducido a la chica más guapa del pueblo, al menos la chica más guapa de todas cuantas yo había visto en aquel pueblo. Y allí estaba yo, desmoralizado, con unas terribles ganas de irme. Pero el muy cabrón había quemado las naves, y Otumba me esperaba. Estaba seguro de que Teresa y Consuelo no volverían, al menos no volverían donde yo estuviera. Se mentalizarían de que su amiga había ligado con un guapo forastero, y seguirían ellas la fiesta por su cuenta como si tal cosa, dejando de lado a aquel tipo que no había sabido ni fascinarlas, ni seducirlas, ni tan siquiera impresionarlas. Así que, sumido completamente en la desesperanza y en la abulia de la vergonzosa derrota, caminé calle abajo alejándome de aquella plaza donde sonaba la música, la gente bailaba y todos, menos yo, se divertían. La calle daba a una arboleda, y entre los árboles había bancos de madera. Parecía un parque, o algo así. En uno de los bancos había una pareja. ¡Ah, l'amour, l'amour!, ¡Ho, la la, c'est magnifique!. El tipo del banco se levantó y me saludó. Parecía sorprendido.
-¿Qué haces tú aquí, y así de solo?- Era Manuel, y ella, claro, era Manolita.
-Rumiar mi desolación, hermano- dije lanzando la colilla de mi cigarrillo lo más lejos posible, entre los árboles, y si se quema el monte, que le den por el culo.
Manolita me saludó con un hola dulce y trémulo como los pétalos de una amapola mecida por el viento en medio del trigal. ¡Me cago en la hostia, qué malos somos los poetas malos!.
Manuel la tenía cogida por la mano, y le sonrió antes de decirle:
-Nos vemos luego en la plaza, all right?.
-All right- dijo ella dulcemente. Intentó darle un beso en la mejilla, pero Manuel la abrazó y la besó en la boca.
Ella soltó un "hasta luego" que más bien parecía un suspiro. Sonriente y arrebolada, corrió calle arriba en dirección a la plaza. Manuel se me quedó mirando, muy consciente de que yo estaba jodiéndolo todo. Tal vez había depositado en mí demasiadas esperanzas, puede que llegara a haber pensado que yo era un tipo encantador, y ahora, en vista de las circunstancias, había cambiado radicalmente de idea. Pero yo también tenía derecho a pensar cosas, y había comenzado a pensar que Manuel jugaba con ventaja, sobre todo con ventaja sobre mí, porque daba la impresión de que estaba echando el resto en cada jugada, como si le importara una leche en vinagre, como él decía, perderlo todo en una mano desafortunada. Para empezar, había quemado las naves.
-Cuéntame tus penas, compañero- dijo rodeando mis hombros con su brazo derecho.
-Yo soy un inútil para estas cosas, Manuel- dije cabizbajo- Me siento ridículo, Consuelo y Teresa me han dejado tirado en medio de la plaza. Y han hecho muy bien, porque me he comportado como un imbécil.
-Comprendo, compañero- Se separó de mí y me ofreció un cigarrillo- Pero quiero que tú también comprendas. Me importa un carajo todo lo que te está pasando. Si estás acabado, suicídate. Yo tengo la intención de tirármelas a las tres. Por lo tanto, no pienso consentir que las otras dos se escapen.
-¡Hijo de puta!- exclamé escandalizado- ¿Ya te has tirado a...?.
-No- dijo Manuel haciendo un gesto con las manos que reclamaba mi paciencia- Todavía no, pero Manolita ya está en el bote.
-¿Y qué esperas de mí, hermano?.
-¡Coño, compañero!, placeríame en gran manera que tomaras parte en la feliz coyunda.
-Conque placeríate...
-No te quiero cómplice, coautor te quiero.
-Yo soy muy mal jugador de póquer, ¿sabes?.
-¿Cobardía, quizá?.
-Sí, claro, simple y llana cobardía. Jamás he echado el resto con un trío de damas.
-Con un trío de damas, echo yo el resto, la vida y el honor.
-Deberíamos regar esto, hermano.
-Reguémoslo. Visita la taberna más cercana, y vuelve con un par de irisados gin and tonic.
-¿Qué harás tú mientras?.
-Elegiré uno de esos bancos para rememorar los besos de mi amada. No olvides que estoy enamorado. Yo seré un seductor sin escrúpulos, pero le echo mucho amor a la cosa.
Hice caso a mi amigo Manuel, y me dispuse a visitar la taberna más cercana, con la intención de regresar con un par de irisados gin and tonic, mientras él rememoraba en su banco favorito los besos de su amada. Llegar a la taberna y conseguir el preciado avituallamiento líquido, no fue excesivamente complicado. Pero a la salida, haciendo equilibrios con un vaso en cada mano, me tropecé con Teresa y Consuelo. Puede que algún dios lúbrico las hubiese cruzado en mi camino, o puede que, sencillamente, ellas estuviesen allí justo en el momento que yo pasaba. De todos modos, consideré aquello como una premonición. Sonreí abiertamente, sin tapujos, y manifesté gran alegría por haberlas encontrado. La noche era joven, aquellas preciosidades eran jóvenes, y me dio por recordar que hubo un tiempo en que yo también lo fui.
-¿Has visto a Manolita?- me preguntó Consuelo.
-Sí, os está buscando, creo. Hace un momento la vi con Manuel allí, al final de la calle, en aquella especie de parque. Pero se marchó, no debe andar muy lejos de aquí.
-¿Vas hacia allí ahora?- me preguntó Teresa señalando los gin and tonic.
-Sí, Manuel está meditando en uno de aquellos bancos. Y, como Manuel suele meditar a alta velocidad, necesita repostar con mucha frecuencia.
-Recuerda que tenemos un baile pendiente- dijo Consuelo sonriendo.
-¡Cómo no lo voy a recordar!. Y os diré una cosa, si lo habéis dicho en broma, me partiréis el corazón. En cuatro pedazos, dos cada una.
-Nosotras no haríamos eso- dijo Teresa mirándome con una ternura que yo no había visto antes, o no la había querido ver.
-Vamos a buscar a Manolita- dijo Consuelo- Nos veremos en la plaza, ¿vale?.
-De acuerdo- dije yo, sintiéndome más feliz a cada momento que pasaba- Hasta luego.
Cuando intenté seguir mi camino, tuve la sensación de haber tropezado con alguien. Pedí disculpas, e intenté no derramar el contenido de los dos vasos. Pero no había tropezado, una mano se había apoyado contra mi pecho, y no me dejaba continuar. Miré aquella mano, continué por el largo brazo, y llegué al rostro de un curioso espécimen, probablemente un australopitecus afarensis recién escapado del museo de historia natural. Por la forma en que me miraba, no era amigo mío, ni tenía la más mínima intención de serlo en un futuro próximo.
-No nos gusta que los forasteros anden tonteando con nuestras novias- dijo en un idioma muy parecido al mío.
-¿Perdón?- dije yo, poniendo cara de británico al que se le cuestiona el justo derecho de conquista.
-Y los chulos, aún nos gustan menos- dijo el espécimen de su derecha.
-¡Un momento, caballeros!-dije absolutamente perplejo ante tan grotesca situación- Si están ustedes hablando de las damas que me acompañaban hace sólo un momento, les aseguro que nadie tonteaba con ellas. He de advertirles que mis intenciones en lo concerniente a ese tema son incuestionablemente serias.
-¡Ah!, ¿sí?- terció el tercero. Nunca entenderé por qué cojones los terceros se han de pasar la vida terciando.
No sé de dónde vino exactamente la primera hostia, pero sí sé exactamente dónde fue a parar: entre mi pómulo izquierdo, la ceja y la parte superior de mi nariz. Las primeras víctimas inocentes de aquella brutal agresión fueron los dos vasos. No sé por qué estaba yo tan preocupado por el triste destino de los dos vasos, en lugar de estarlo por el triste destino de la siguiente víctima, es decir, mi triste persona. Y claro, fruto de ello, tampoco preví la segunda hostia, que se estrelló en mi oreja derecha y provocó que un zumbido sordo interfiriera las dulces notas de la música que venía de la plaza. Medité que, tal vez, yo había sido juzgado sumariamente, evidentemente condenado, y, en esos momentos se estaba procediendo a mi rutinario linchamiento. Y mientras tal cosa meditaba, llegó la tercera hostia, ésta en tos los morros, lo sé porque reconocí inmediatamente el peculiar sabor de la sangre, salado y eléctrico. Siempre he sabido que se suelen dar medallas por los comportamientos heroicos, pero no es menos cierto que también se dan medallas por correr, incluso medallas de oro. Así que tomé la determinación de salir corriendo, aun a sabiendas de estar entorpeciendo aquel linchamiento que, muy presumiblemente, formaba parte de las fiestas patronales. Reconozco mi falta de consideración y mi imperdonable desprecio por ciertas ancestrales costumbres, y sé que, después de aquello, ninguna antropóloga volverá a acostarse conmigo, pero huí, huí como un cobarde. Y, además, huí calle abajo, en dirección a donde se encontraba mi amigo Manuel esperando plácidamente que yo apareciera con dos irisados gin and tonic, y, lo que hice, fue aparecer con la caja de los truenos pegada a mis talones.
Manuel me vio llegar, y observó con gran curiosidad los desperfectos físicos de mi cara.
-¡Joder!- exclamó- ¿Quién te ha hostiado así?.
-¡Tres, eran tres!- grité yo.
-¿Quiénes?- se interesó Manuel- ¿Las hijas de Elena?.
-No- dije yo, acompañando mi negativa con un furibundo movimiento de cabeza- Los novios de las tres hijas de Elena.
-Es que los cuernos duelen- dijo Manuel apretando los labios y rezongando con la cabeza.
-¡Ahí están!- grité yo, tras comprobar que, no muy lejos de nosotros, se dibujaban las figuras de los tres australopitecus afarensis que, además, venían armados de sendos objetos contundentes en sus manos.
Manuel los miró, y luego me miró a mí.
-¿Tienes algún plan?- me preguntó.
-¡Sí!- dije yo eufórico, como quien, por fin, ve el sol brillar entre las nubes- Saca la pistola.
-¿Y qué hago con la pistola, los meo?.
-¡Coño!- grité exasperado- Los guardias civiles, ¿no lleváis una pistola?.
-La pistola es un arma reglamentaria- dijo Manuel con sencillez- Y, para venir aquí, yo me he pasado el reglamento por los cojones.
-Esos nos matan- dije yo, curiosamente, bastante tranquilo.
-Todos hemos de morir algún día.
Aún no había acabado Manuel de decir aquello de que todos hemos de morir algún día, por cierto, qué gran verdad, cuando, lanzando un grito terrible, embistió con la cabeza al austrolopitecus afarensis del centro. Lo golpeó justo en la boca del estómago, y el espécimen en cuestión rodó por el suelo babeando y haciendo inhumanos esfuerzos por respirar, cosa que, aparentemente, no podía conseguir. Desde el suelo, Manuel proyectó su pierna derecha contra la rodilla del siguiente espécimen, la rodilla arriba mencionada, al recibir aquel inesperado impulso mecánico condenado a no convertirse en cantidad de movimiento, crujió como una caña al romperse, y su propietario cayó al suelo dando alaridos impropios de una persona mínimamente educada, alaridos, por cierto, cuyo significado fui incapaz de interpretar, porque yo siempre he sido muy malo en eso de los idiomas. El tercero recibió una castiza patada en los cojones y, al doblarse por aquello de los actos reflejos, se encontró con la rodilla de Manuel aplastándole los morros y la nariz. Comenzó a sangrar como un cerdo, y a gritar como un conejo. Habían transcurrido, en total, tres segundos y cuarenta y dos centésimas. Los tres australopitecus afarensis yacían en el suelo entre patéticas convulsiones, mientras Manuel blasfemaba como un poseso porque se había manchado la camisa.
-¿Y ahora qué hacemos?- pregunté yo escandalizado- No habrás matado a ninguno, ¿verdad?.
-Creo que no- dijo Manuel calmándose por lo de la camisa- Bueno, ése de ahí, no respira porque no puede, no porque esté muerto.
-La hemos cagado del todo- dije yo.
-Me temo que sí- dijo Manuel- Ahora sí que habrá que largarse de aquí.
-¿Cómo?- dije yo presa de la incertidumbre- ¿Andando?.
-O corriendo- dijo Manuel con cara de saber lo que decía.
Escuchamos una especie de siseo, en la esquina de la izquierda, una sombra nos hacía señas con la mano para que nos acercáramos. Cuando llegamos a la esquina, vimos que era Manolita y, ¡oh, sorpresa!, no estaba sola, Teresa y Consuelo la acompañaban.
-Tenéis que esconderos- dijo Manolita mirando a Manuel, yo diría que emocionada.
-Siento mucho lo que ha pasado- dijo Manuel cogiendo una de las manos de la dulce Manolita.
-Yo no- dijo ella besándolo en la boca.
-¿Qué hacemos ahora?- dije yo mirando a Consuelo y a Teresa que, definitivamente, estaban en el ajo, o en el bote, como diría Manuel.
La mirada de Consuelo se iluminó de pronto.
-Mis tíos tienen un chalé cerca de aquí. Y están fuera- dijo sonriendo, como quien encuentra la gran solución al terrible problema.
-¡Es verdad!- dijo Teresa- Es un buen sitio para esconderos. Y, cuando pase el lío, os vais.
-¿Dónde está ese chalé?- preguntó Manuel.
-¡Vamos!- dijo Consuelo, y todos la seguimos.
El chalé estaba un poco apartado del pueblo, rodeado por un muro de unos dos metros de altura.
-Tenemos que saltar esta pared- dijo Consuelo.
-Eso no será un problema- dijo Manuel- Oye, no habrá un perro ahí dentro, ¿verdad?.
-No- dijo Consuelo con una sonrisa- El perro está en mi casa. Siempre lo dejan allí cuando se van.
-Muy bien- dijo Manuel- Éste es el plan. Yo subo ahí arriba, tú, desde aquí, las ayudas para que yo pueda cogerlas y subirlas a ellas. Y, después, viceversa, ¿comprendido?.
-Claro como la luz del día- dije yo.
Miré alternativamente a las tres muchachas, y vi la emoción reflejada en sus rostros. Aquello era una verdadera aventura, y las tres estaban presas por la excitación. Manuel trepó como un gato hasta la parte superior del muro, se sentó sobre él, y extendió los brazos hacia abajo.
-¿Quién quiere ser la primera?- pregunté.
-Yo misma- dijo Manolita, con una sonrisa trémula en los labios.
Me agaché, metí la cabeza entre sus piernas, la cogí por los muslos, y me puse en pie. Justo cuando Manuel la cogía por los brazos para sentarla junto a él, tuve dos segundos para que mis manos tropezaran con dos pechos tiernos y mis mejillas sintieran la caricia huidiza de dos muslos que se escaparon como peces sorprendidos. Teresa fue la segunda, se empeñó en que le hiciese la sillita de la reina con las manos, para colocar sobre ellas su pie derecho, y apoyar las manos en mis hombros. Hice lo que me pedía, pero, cuando Manuel la sujetó por los brazos, aún tuve tiempo de darle un pequeño empujón, y cuando las manos van solas, siempre van al mismo sitio. Consuelo se colocó de espaldas a mí, con los brazos levantados y las manos apoyadas en el muro. Antes de ayudarla a subir, la abracé y puse mis manos en sus pechos, le mordí la oreja y la besé en la mejilla, pero ella giró la cabeza para ofrecerme su boca, estaba nerviosa y arrebolada. La cogí por la cintura, y la levanté hasta que Manuel pudo sujetarla por los brazos y sentarla en lo alto del muro junto a él y las otras dos. No aproveché ese momento para meterle mano, como había hecho antes. Consuelo me había dejado ligeramente pasmado.
-¿Qué te pasa?- preguntó Manuel desde arriba al ver que yo no reaccionaba.
-Nada. No me pasa nada- dije yo sin acabar de reaccionar.
-Entonces, ¿a qué esperas para subir?.
-Sí, claro- dije mirando hacia arriba- Subo enseguida.
Trepé el muro, no con la gracia y elegancia de Manuel, pero sí echándole toda la gracia y la elegancia que pude, o sea, más bien poca. Cuando hice acción de saltar al otro lado, Manuel me sujetó por el hombro,
-De eso nada, muchacho. El plan era que viceversa, es decir, ahora yo desde abajo, y tú desde arriba. ¿Tu pañimáish?.
-Pañimáiu, tavárisch, Ia pañimáiu.
Manuel saltó al otro lado del muro, y yo cogí a Manolita por debajo de los brazos para dejarla caer sobre Manuel, que la esperaba con los brazos extendidos. Cayeron al suelo y dieron un par de vueltas, Manolita lanzó un gritito y se levantó sonriendo y sacudiéndose el vestido.
-¿Estáis bien?- pregunté yo desde arriba.
-¡De puta madre!- exclamó Manuel volviendo a levantar los brazos para esperar el segundo envío.
Cuando Teresa y Manuel también rodaron por el suelo de forma similar a como lo habían hecho Manolita y él, descubrí que ninguna de las dos caídas había sido accidental, ambas habían sido premeditadas, alevosas y nocturnas, lo que ignoro es hasta qué punto llegó el ensañamiento. Cuando Consuelo cayó sonriente en los brazos de Manuel, y no puso ningún impedimento para rodar con él sobre el suelo, comprobé que mi teoría era correcta, y también pude comprobar que Consuelo conocía la teoría y quiso tomar parte en la práctica. Por eso, aprovechando que Manuel se había descuidado, salté sobre él, y los dos rodamos por el suelo. Se levantó sacudiéndose los pantalones, y riendo de buena gana ante la tontería que yo acababa de hacer. Claro que, quienes más rieron fueron aquellas encantadoras picaruelas.
-Pero, ¿a ti qué te pasa?- exclamó Manuel sin dejar de reír- ¿Estás loco?.
-Estaba celoso- dije yo, acariciándome la mejilla con el dorso de la mano izquierda.
-¡Pobrecito!- dijo Consuelo abrazándome y besándome en los labios- ¿De verdad?.
-Es que yo soy una persona muy sensible- me expliqué.
Manuel esperó a que Consuelo acabara de consolarme para preguntar:
-Y ahora, ¿cómo entramos en la casa?.
-La ventana de ese balcón- comenzó Consuelo- Da al dormitorio de mis tíos. No ha cerrado nunca bien desde que un día se rompió no sé qué. El dormitorio da a un pasillo, y el pasillo, a unas escaleras. Abajo, a la derecha, está la cocina. Esa puerta de ahí, es la puerta de la cocina. Está cerrada por dentro con un cerrojo.
-Esto está chupado- dijo Manuel- Va a ser un allanamiento de morada vergonzosamente sencillo. Vicente, por favor, te ruego que allanes tú, porque a mí me da la risa.
Recordé que Manuel había infringido gravemente su reglamento, había cometido varios delitos de lesiones y estaba perpetrando un estupro múltiple con todas las agravantes, mientras que yo, pobrecito de mí, ¿qué delito había cometido yo, aparte del delito de nacer?. Así que me dispuse a allanar, no porque fuera aquél un delito del que pueda sentirse uno especialmente orgulloso, pero, de momento, no tenía un delito mejor a mano. Trepé hasta el balcón con la ayuda de Manuel, cómplice al fin, comprobé que aquella ventana no cerraba bien desde que un día se rompió no sé qué, entré en una alcoba razonablemente acogedora, sin libros, ¡qué tristes son las alcobas sin libros!, encontré el pasillo, bajé las escaleras, me introduje en la cocina y descorrí el cerrojo. Al abrir la puerta, me encontré con el rostro sonriente de Manuel, que celebró mi proeza besando a las tres muchachas. Me fijé especialmente en la forma en que besaba a Consuelo. ¡La lengua quieta, tío guarro!. Como venganza, besé a Manolita. Como cortesía, besé a Teresa. Y, como penitencia, Consuelo me besó a mí.
Entramos en la casa que yo tan eficientemente había allanado. Consuelo nos condujo hasta un salón que había en la planta baja, con un mullido sofá, dos confortables sillones, un mueble-bar razonablemente provisto y... ¡música!, para organizar nuestra verbena particular.
-¡Bebamos!- dijo Manuel, que fue el primero en descubrir el tesoro escondido del mueble-bar.
-¿Por qué no comemos antes un poco?- propuso Consuelo con cara de gallinita clueca, es decir, de anfitriona.
-¿Comer?- exclamó Manuel- ¿A quién quieres que nos comamos?.
-Bueno- se explicó Consuelo- El jamón de mi tío es famoso en todo el pueblo, y de su vino se cuentan maravillas.
-Tienes razón- dijo Manuel- Un allanamiento sin saqueo, es sólo un allanamiento a medias. Me temo que el verdadero tesoro de esta casa no está aquí, sino en la cocina.
Una vez en la cocina, Manuel se autoproclamó Carnicero Mayor, y a mí, me nombró Somelier de Honor. A las chicas también les otorgó altos rangos, pero más relacionados con la carnalidad, en el sentido pecaminoso del término. El juego comenzó cuando Manuel cortó una loncha de jamón, se la puso en la boca, y se la ofreció a Manolita. Aquello cayó en gracia, y Manuel se dedicó a abastecer de jamón a las tres muchachas según ese procedimiento de boca a boca que tantas vidas dicen que ha salvado. Debido a las grandes alabanzas que tal manjar estaba recibiendo de todo el mundo, y quizá para evitar que yo me lanzara de manera furibunda a la boca de Manuel para reclamar mi justa ración, Teresa se ofreció a actuar como intermediaria, labor en la que fue auxiliada por sus dos amigas por razones estrictamente solidarias. Y por esa vía, por ese arrebatador camino, circularon de Roma a Santiago las lonchas de jamón, y de Santiago a Roma los sorbos de vino. Fue aquello, in stricto sensu, un ágape compartido, fraternal, solidario y eucarístico, que el mismísimo Pedro hubiese bendecido desde su postura dialéctica, materialista y proletaria. Resulta razonablemente sensato pensar que, si la gente entendiera la verdadera esencia del comunismo, indudablemente, los comunistas acabarían siendo los buenos de la película, bajo la égida incomparable de la Metro Goldwyn Mayer, Ars Magna y Trade Mark. Auggrr!. Si a todo eso añadimos que dar de comer al hambriento, emborrachar al sediento y desnudar al vestido, son genuinas obras de caridad, no cabe la menor duda de que en un mundo así, hasta Dios sería comunista.
Tras la cena, Manolita propuso la danza, argumentando que, al fin y al cabo, todos habíamos venido a la verbena del pueblo de las tres mentiras para descubrir, maravillados, cuatro o cinco verdades. Para evitar el escándalo, optamos por la música bajita, lenta y arrulladora. Y, ¡voto a tal!, que las letras de ciertas canciones, superan en lubricidad, desparpajo y liberalidad la tierna mesura de nuestras inocentes promiscuidades. Manuel bailó con Manolita la primera pieza, y yo la comencé con Teresa y Consuelo, hasta que Teresa dijo que prefería acabar tranquilamente su copa desparramada sobre el mullido sofá. Como recompensa a su magnánimo gesto, al acabar la primera pieza, Manuel propuso que ambos bailáramos la segunda con Teresa, mientras que Manolita y Consuelo bailaban entre ellas para que se fueran conociendo mejor, porque Manuel, hombre culto y leído, conocía perfectamente el significado bíblico del verbo conocer. Propusimos a Teresa que pusiera sus brazos en nuestros hombros, mientras que nosotros rodeábamos su cintura, y ella aceptó encantada. Cuando me miró para regalarme una tierna sonrisa de reconocimiento, aproveché la ocasión para besarla en los labios. Ella hizo un mohín con la nariz, y le entregó mi beso a Manuel. Lógicamente, Manuel se comportó como un perfecto caballero, no estoy seguro si británico o manchego, y me devolvió mi beso, quizá para dejar bien claro que no estaba dispuesto a consentir ciertas mariconadas.
-¿Por qué has hecho eso?- preguntó Teresa- Nunca había visto a dos chicos besarse en la boca.
-¡No confundamos las cosas!- dijo Manuel muy serio- Yo sólo le he devuelto lo que era suyo. ¿Acaso no tienes tú besos tuyos para darme?.
Sí, ciertamente, Teresa tenía muchos besos suyos para darle a Manuel, e, incluso, algún que otro caritativo beso con que consolar mi envidia. Durante la tercera pieza, mientras Manuel bailaba con Teresa y Consuelo, susurré al oído de Manolita si tenía besos para mí. Tras confirmarme que sí, que algo de eso había, me confesó, con una ternura conmovedora, su teoría sobre los besos:
-Cuando besas a alguien, ¿crees que estás haciendo un regalo, o que estás pagando una deuda?.
-Supongo que depende de las circunstancias- dije yo, por decir algo, porque lo que debía de haber dicho era "¡tocado!". Me había llegado al alma la pregunta de Manolita.
-Hace algunos años, yo soñaba con regalar besos a los chicos que me gustaban. Pero nunca pude hacerlo, todo lo más que hacía era pagar deudas. Hasta una noche...
-Sigue- le supliqué- Me encanta lo que estás diciendo.
-Si no me regalas un beso, no sigo- dijo ella echando hacia atrás la cabeza y mirándome a los ojos.
-¿Y si no fuese un regalo, sino un pago a cuenta?- dije yo acariciándole la barbilla.
-Eso depende de ti.
-Ya lo sé. Por eso lo digo, porque no estoy seguro.
-No importa. Yo te lo regalaré a ti- y me regaló un beso dulce y hermoso.
Volví a sentir la cálida caricia de su aliento en mi oído.
-¿Hace mucho que conoces a Manuel?.
-No, una semana más o menos. Todo lo que te hemos contado es mentira.
-Ya lo sé. No quiero que lo traiciones diciéndome quién es, dónde vive, o qué hace. Sólo me gustaría que le dijeras que yo vivo en este pueblo, y que es fácil encontrarme. ¿Te molesta que te diga estas cosas?.
-No, me emociona. ¿Crees que estás enamorada de él?.
-No lo sé.
-Pero te gusta mucho, ¿no es cierto?.
-Sí.
-El amor es una cosa muy extraña, ¿verdad?.
-Y muy bonita.
-Antes has dicho que siempre soñaste con regalar tus besos a alguien. ¿Le has reglado tus besos a Manuel?.
-Creo que sí.
-Cuando alguien regala algo, no espera que le devuelvan el favor. Eso sería terrible, ¿no crees?.
-Sí, sería terrible.
-Me gustaría contarte una historia, pero no sé si...
Y se acabó la música. No sé si en el momento oportuno, o en el peor de los momentos. Manuel nos separó, miró la sonrisa de Manolita y se la bebió. Luego me miró a mí fijamente a los ojos, y se dio cuenta de que estaban algo húmedos por la emoción, o por yo qué sé. Me rodeó los hombros con el brazo, y me empujó hacia el mueble-bar.
-Cuéntame tus penas, compañero- me dijo.
-Primero bebamos- dije yo.
-De acuerdo. Bebamos.
Escanció dos copas, y bebimos.
-Es una tía cojonuda, ¿sabes?- dije.
-Ya lo sé- dijo él.
-¿Y qué piensas hacer?- le pregunté.
-Lo que yo tenga pensado hacer, a ti no te importa.
-¿Estás seguro?.
-De acuerdo- dijo Manuel extendiendo los brazos- Nos batiremos a duelo.
-¿Cómo decía tu amigo el bardo?.
-As you like it.
-Pues eso, como gustéis.
-¿A espada estará bien?.
-Sí, pero, ¿dónde están las espadas?.
-¿Acaso no ves la mía?- dijo Manuel mostrándome su puño cerrado sobre el mango de una invisible espada toledana.
-Excusadme, caballero. No sabía que ya habíais desenvainado. ¿Puedo hacerlo yo?.
-Os lo ruego.
Desenfundé mi espada, cuyo acero no cegaba como el acero de la espada de Manuel, pero cada uno tiene lo que se merece, y yo, por lo visto, nunca he merecido a Excalibur. El duelo singular se desarrolló ante la algarabía general de tres espectadoras que jamás habían visto antes combatir con tal fiereza a tan nobles caballeros. Pronto se puso de manifiesto que la destreza de Sir Manuel de Ayora era muy superior a la de Sir Vicente de Mieres, y, en uno de los lances, cuando yo pretendía frenar por la derecha su embestida, el frío acero de su espada atravesó mi corazón cansado. Alcé los brazos al cielo y grité estremecido, mientras me desplomaba como un fardo de heno:
-¡Oh, Dios mío!. ¡Muerto soy!.
Consuelo cayó de rodillas a mi lado, tomó mi mano, y la puso sobre su corazón, por cierto, la teta izquierda de Consuelo era tan tersa y agradable como la derecha.
-No te mueras todavía, no te mueras, por favor- en mis oídos, aquello sonó con música de sevillanas.
A pesar de que la espada de Manuel había atravesado mi corazón partiéndolo en dos, decidí agonizar un poco más, como en las películas, porque, donde esté un buen guionista, que se quite Dios.
-Muero por vos, bella dama. Pero no lloréis por mí, era mi sino.
Y expiré dulcemente mientras los trémulos dedos de Consuelo cerraban mis párpados. Manuel limpió su espada con el rojo pendón de su dama, que en tiempos fuera blanco, pero, de tanto matar y matar, ya se sabe...
-Puede que fuera un bellaco, un jilipollas y un capullo- recitó solemne- Pero, no podemos olvidar que, en el fondo, era un caballero, pues caballo tenía. Merece unas exequias acordes a su rango.
-¿Qué hacemos ahora?- preguntó Manolita, absolutamente maravillada ante tal aventura.
Manuel recordó que en la cocina había visto una de esas sillas plegables, así que la plegó, y me depositaron sobre ella a guisa de tabla mortuoria.
-Llevémoslo a la alcoba, y depositémoslo sobre el tálamo- recitó Manuel, sombrío y elegíaco.
Alzaron lentamente el cuerpo sin vida de Sir Vicente de Mieres, y desfilaron escaleras arriba hasta aquella habitación cuya ventana no cerraba bien desde que un día se rompió no sé qué. Me depositaron sobre el tálamo, tal y como Manuel había propuesto, y el victorioso caballero llamó la atención de sus bacantes sobre un curioso artilugio que lucía en un extremo del la alcoba.
-¿No es eso, acaso, una estufa de leña?.
-Sí- dijo Consuelo- En este pueblo hace mucho frío en invierno.
-La encenderé- sentenció Manuel con seriedad- Creo que deberíamos incinerar su cuerpo, por un lado para rendirle un merecido homenaje vikingo, y por otro, para deshacernos del corpus delicti.
-Es una gran idea- dijo Manolita, quizá porque sospechaba que, además, aquello caldearía la habitación.
-¿Tenemos leña?- preguntó Manuel.
-Sí, muchísima- dijo Consuelo- Pero tendrás que salir al patio por la puerta de la cocina.
-Muy bien, mientras yo visito la Cólquide para procurar las maderas preciosas de la pira funeraria, vosotras deberíais desnudar su cuerpo y embalsamarlo con ungüentos y perfumes.
Mientras Manuel se encargaba de la leña y de la estufa, media docena de ebúrneas manos procedieron a despojarme de mis vestiduras y a embalsamar mi cuerpo con raras pócimas extraídas de sus bolsos. Siempre he pensado que los bolsos de las mujeres son como el lado ignoto del Helesponto: un mágico lugar donde todo es posible. Finalizado su hercúleo trabajo, Manuel pasó revista a la labor de las damas, y viome tan en la gloria, que maldijo no ser el muerto. Quizá por eso, presa de la insana envidia, o movido por un arrebato de fraternidad volteriana, propuso el embalsamamiento general, radical y revolucionario. Recitó la primera estrofa de "La Marsellesa", al tiempo que procedía a despojar a las damas de sus delicadas prendas. Sólo noté una pequeña variación, "le jour de gloire" se había convertido en "la nuit de gloire", pero respetó escrupulosamente el espíritu de las sagradas palabras, transformándose inmediatamente en un auténtico sansculotte avant la lettre. Si sensual viene de sentidos, forzoso es reconocer que la sensualidad tiene varias y diferentes manifestaciones, como el arte, pongamos por caso. Si bien, gracias al tacto, yo había sentido los senos de Consuelo turgentes y trigonométricos, se dio la circunstancia de que, gracias a la vista, resultaron ser tersos y cónicos. Como especialista en Matemáticas, conozco perfectamente las diferencias fundamentales entre una función trigonométrica y una función cónica, pero, como lego en sensualidad, he de confesar mi más absoluta perplejidad, fruto de mi más manifiesta ignorancia. Encontraríamos, sin duda, ejemplos más sangrantes, como es el caso del vello púbico de Teresa. Si Teresa era rubia como los trigos a la salida del Sol, y tenía los ojos azules como el romero la flor, ¿por qué su vello púbico era negro como las negras tormentas que azotan los aires?. ¿Son acaso las sevillanas un canto anarquista?. Las gentes de Ciencias no deberíamos dedicarnos a la Literatura, las integrales en verso son un mito, y debe ser horroroso soportar las digresiones de un fatuo escritor rebotado de la Facultad de Ciencias Exactas. Afortunadamente, los senos de Manolita eran, incluso, más enervantes a la vista que al tacto, y su vello púbico presentaba unas doradas irisaciones que me hicieron rememorar los destellos de turmalina que nublaron mis ojos cuando rozaron mis mejillas en el momento de saltar el muro. ¿Por qué tuve yo que conocer los determinantes de Charles Ludwidge Dodgson antes de enamorarme de la Alicia de Lewis Carroll?. Estábamos todos sentado sobre la cama cuando Manuel nos abandonó, y volvió, al cabo de unos momentos, con una bolsa en la mano, que seguramente sacó del bolsillo de su chaqueta de napa bovina, o de algún lugar semejante. Derramó su contenido sobre la colcha, eran preservativos, debía de haber unos cincuenta más o menos.
-Hay quien colecciona sellos-dijo con un gesto de resignación- Yo confieso coleccionar estos curiosos artilugios. Son todos diferentes, no hay dos iguales.
-¿Qué hacemos con tantos?- preguntó Manoilita, con una lógica que casi me sonó matemática.
-Globitos de colores para adornar la verbena- dijo Manuel- Para eso los he traído- y, sin esperar más, rompió el precinto de uno de ellos, lo infló, y lo convirtió en un bonito globo nacarado.
-¿Vamos a hacer globos con todos?- quiso saber Teresa, y ella sabrá por qué quiso saber eso.
-¡Por supuesto que no!-dijo Manuel- Supongo que algunos de ellos deberíamos reservarlos para la función para la cual fueron creados. Media docena, por ejemplo. ¿Por qué no elegís dos cada una de vosotras?.
No fue aquella una selección maquinal o aleatoria, fruto del recato nervioso, o de la sonrojada timidez. Fue una selección concienzuda, meditada y discutida. ¿Qué tal éste?. Éste es muy bonito. Pero éste está mejor. ¡Mira éste qué chuli!. Y así fue como a seis de aquellos condones se les concedió la dignidad de ser ellos mismos, se les reconoció el derecho a la propia identidad, y se les otorgó el privilegio de ser más que sus hermanos. Aquella preclara demostración democrática me hizo llorar de emoción. Con el resto, naturalmente, fabricamos un mar de burbujas gigantes, que inundó la cama de alegría, fiesta y colorido, para que quedase claro definitivamente que aquello era una auténtica verbena. Manolita se había recostado sobre el pecho de Manuel, y había apoyado la cabeza en su hombro, y mientras él le acariciaba el cabello, ella le hablaba dulcemente al oído, seguramente sobre besos y regalos. Yo estaba sentado entre Teresa y Consuelo intentando olvidar esa estupidez de que tres son multitud. Teresa miró a Consuelo, y luego me miró a mí, antes de decir:
-¿Tú también te sientes raro?.
-Sí- confesé sinceramente- Pero no debería ser así, porque se supone que éste es el sueño de toda mi vida.
-¿Cuál es el sueño de tu vida?- me preguntó Consuelo.
-Encontrarme entre dos señoritas desnudas en circunstancias como éstas.
-Yo nunca me he he encontrado con tanta gente en circunstancias como éstas- dijo Consuelo alzando los ojos y sonriendo con un candor adorable.
-Yo tampoco- dijo Teresa apretando los labios y encogiendo los hombros.
Manuel y Manolita habían trepado hasta la cima del mundo, y retozaban allí entre las azucenas olvidados. Teresa se inclinó hacia Consuelo, y la besó en los labios.
-¿Por qué has hecho eso?- preguntó Consuelo con un gran gesto de extrañeza.
-No lo sé. Antes, mientras bailábamos, Manuel besó a Vicente. Creo que lo hizo para que yo me sintiera mejor- cogió la mano izquierda de Consuelo y la apoyó sobre mi hombro derecho. Luego, me besó a mí- Venga, tontos, que lo estáis deseando- añadió con una sonrisa de complicidad.
-¿Y tú?- dije yo volviéndome hacia ella.
-¡Ay, hijo!, no me pongas las cosas más difíciles.
No le pusimos las cosas más difíciles a Teresa. Procedimos a escalar la cima del mundo, y a retozar entre las azucenas. Los largos prolegómenos iniciáticos habían creado la suficiente excitación contenida como para que aquel primer desfogue del deseo fuese intenso, pero breve, con la brevedad del fuego primigenio. Noté una caricia sobre mi mejilla. Me volví, y era la mano de Teresa. Junto a su hombro descubrí la sonrisa de Manuel.
-No te duermas, muchacho- dijo enarcando las cejas- Esto acaba de empezar.
Yo estaba sobre Consuelo. Me incorporé, y ella se desperezó extendiendo los brazos. Abrió los ojos y nos miró. No se avergonzó de su postura, de su sexo impúdico, como esos sexos magníficos de ciertas plantas, que llamamos flores, ni del tenue temblor de sus rodillas.
-¿Qué miráis, cochinos?- murmuró sin dejar de desperezarse.
Manolita se tumbó junto a ella, la abrazó, y le susurró al oído:
-Estás más guapa.
-¿De verdad?- dijo Consuelo- Debe ser la sensación de flotar. Oye, esto, ¿son globos o nubes?.
Manuel había abrazado a Teresa por detrás, y me miró con la barbilla apoyada en el hombro de ella.
-Tengo una idea- dijo.
No me interesé demasiado por la idea de Manuel, porque, en ese momento, Teresa extendió los brazos hacia mí, me abrazó, y caímos los dos sobre Manuel mientras ella me besaba. Tras una meticulosa investigación de los recovecos del cuerpo de Teresa, que resultaron ser muchos y muy acogedores, ella insistió en un juego que parecía hacerle mucha ilusión. Consistía el tal juego en deshacernos de los preservativos usados, y proceder a una cuidadosa labor de limpieza de nuestros miembros más o menos viriles, que se hallaban en ese curioso proceso que los catalanes llaman reviscolar, y los extremeños, ponerse dura. La finalidad última del proceso consistía en sustituir los viejos condones por aquellos dos que Teresa había seleccionado con amoroso cuidado y legítimo orgullo.
-Es la primera vez que coloco un chisme de éstos- se explicó Teresa con un gesto travieso en los labios y un brillo revoltoso en los ojos.
La situación subsiguiente, parecióme en principio complicada, pero sólo resultó ser caótica. Y, si bien el caos es producto de un sistema de ecuaciones no lineales, ¿quién ha dicho que eso sea una complicación?. Lógicamente, el comportamiento de una función sometida a dos variables, ambas independientes entre sí, no es definible según los teoremas al uso, pero es una gracia, oiga, como dicen los catalanes, o la releche, como dicen los extremeños. Y así acaeció que Teresa lanzó un gemido, y luego un grito, que nos dejó a todos suspensos y expectantes, incluidas Manolita y Consuelo, que se acercaron al lugar de los hechos, movidas sin duda por la curiosidad femenina, ésa que se diferencia de la masculina sólo en el sexo. Cuando Teresa abrió los ojos, y observó el numeroso público expectante, intentó explicar los motivos de su incontrolado comportamiento.
-Ha sido como una explosión aquí- dijo señalándose el bajo vientre- Como un río desbordado que corría por aquí- se señaló la espalda- Luego, una especie de ahogo, y un cosquilleo en las sienes. El corazón se me ha disparado y...
Manuel se inclinó, la besó en el sexo, y levantó la cabeza para mirarla a los ojos.
-¿Y...?- preguntó enarcando las cejas.
-Eso también- dijo Teresa alzando la cabeza para mirarse el sexo- Y todavía me dura.
-¿Cuál es su diagnóstico, doctor?- me preguntó Manuel girando la cabeza hacia mí.
-Bien- dije yo carraspeando- No sabría qué decirle, doctor. Ésa no es mi especialidad. ¿Un orgasmo, quizá?.
-Los síntomas parecen claros- dijo Manuel rascándose el labio superior. Después, miró a Teresa de nuevo- ¿Te había pasado antes?.
-No- dijo ella con una rotundidad que debió sorprender a todo el mundo.
-¿Y cuántas veces debería haberte pasado?- insistió Manuel en su interrogatorio facultativo.
-Déjame pensar- dijo Teresa acariciándose la nariz con el dedo índice de la mano izquierda- Debería , haberme pasado tres o cuatro veces, dos por lo menos. Pero no me pasó, ¿por qué será?.
-Bueno- dijo Manuel sin dejar de rascarse el labio superior- A veces, las manifestaciones ninfomaníacas son tardías. Aunque cabe la posibilidad de que nunca hayas hecho lo que acabas de hacer.
-Eso es verdad- dijo Teresa- Nunca había estado con dos chicos a la vez, ni creo que lo vuelva a hacer.
-¿Por qué?- preguntó Manuel indignado- ¿Es que no te ha gustado?.
-¿Tú qué crees?- respondió ella haciendo notar que aún le temblaban las piernas.
-Entonces, ¿por qué?- machacó Manuel.
-Si no es por mí- dijo Teresa haciendo un gesto de tranquilidad con las manos- Me refiero a que no creo que me vuelva a pasar una cosa como la de hoy.
-Teresa tiene razón- dijo Manolita- ¿Alguien piensa que lo que nos está pasando esta noche es normal?.
Todos nos miramos y comprendimos que no, que aquello no era normal. En realidad, lo que no era normal era que pareciera tan normal. ¿Cómo iba a ser normal que Consuelo abrazara a Manuel, y los dos cayeran sobre los globos riéndose como locos?. ¿Cómo iba a ser normal que Manolita me susurrara al oído que quería hacerme un regalo?. ¿Cómo iba a ser normal que, mientras Manolita me hacía el más dulce de los regalos, y mientras Manuel y Consuelo retozaban entre los globos como dos cachorros felinos, Teresa permaneciera tumbada sonriendo, como sintiéndose feliz de que todo el mundo fuese feliz?. ¿Desde cuándo es normal que la gente se sienta feliz pecando descaradamente contra el sexto mandamiento de la Ley de Yavhé, el que acojona a sus enemigos con plagas, matanzas y anatemas?. Yo estaba, mayormente, pasmado por dos cosas fundamentales, por el contenido moral de ciertos comportamientos motivados por una inhibición momentánea, y por el grandioso espectáculo de ver a Manolita besando mi glande y, luego, metiéndoselo en la boca. El origen de mi pasmo y mi perplejidad hunde, sin duda, sus raíces en el hecho de haber sido toda mi vida enemigo mortal de la asignatura de Filosofía y del argumento ontológico de San Anselmo. Por eso, cuando Manolita me miró para preguntarme si aquello había sido de mi agrado, no pude evitar un vómito de sinceridad que salió del más profundo rincón de mi alma.
-¿Cómo se te ha ocurrido hacer eso?.
-No sé. Manuel me lo pidió hace un rato, y le dije que no.
-¿Y por qué a mí sí?.
-Es que, desde entonces, me mataba la curiosidad.
-Yo también sé hacer un par de cosas. Y también me mata la curiosidad.
Isabel hubiese estado orgullosa de mí. Incluso me habría felicitado. He de reconocer que nunca serví para profesor, pero siempre he sido un excelente alumno. Menos en Filosofía...
Tras una elipsis obligada por el derecho del lector a imaginar cosas, recurso narrativo no siempre motivado por el pudor o la ignorancia, sino, a veces, incluso, fruto de la sabiduría y de la impudicia del narrador, Manolita y Teresa se miraron, y yo descubrí, en el otro extremo de la cama, a Consuelo de rodillas y a Manuel abrazándola por detrás, con una mano en los pechos y la otra en el sexo, mientras ella lanzaba suaves grititos, que fueron alcanzando una cadencia peculiar, hasta que devinieron en gemidos apagados. Consuelo cayó literalmente encima de Teresa, y su amiga le acarició los cabellos con ternura.
-¿Te ha hecho daño?- preguntó.
-Sí, pero no- dijo Consuelo en un arrebato de lucidez absoluta.
-Me lo imaginaba- dijo Teresa volviéndose hacia Manuel- Eres un cochino.
-¿Verdad que sí?- dijo Manuel inclinándose y besando una de las nalgas de Consuelo. Luego, se dejó caer sobre los globos lanzando un suspiro.
Teresa fue la primera en sentarse con las piernas cruzadas sobre la cama. Los demás la imitamos poco a poco, hasta que formamos un círculo. Manuel saltó para buscar un cenicero, y como no halló ninguno, colocó en el centro del círculo un extraño artilugio que había encontrado junto a la estufa. Empezó a encender cigarrillos y a hacerlos circular. El último que encendió era muy raro, olía a romero y sabía a gloria bendita. ¡Qué vergüenza!, con tipos así, la Guardia Civil no tiene futuro.
-Llevo un rato pensando que debería sentirme muy mal- comenzó Teresa- Pero me siento muy bien. La palabra que definiría mi estado de ánimo, no es vergüenza, sino, tal vez, sorpresa. Yo estoy sorprendida, ¿y vosotros?.
-Rara- dijo Consuelo- Yo me siento rara.
-Feliz- dijo Manolita.
-Perplejo- sentenció Manuel.
-Aturdido- dije yo cerrando el círculo.
-Hubo un momento durante la verbena- continuó Teresa- En que me pareció estar de más. Manolita estaba fascinada por Manuel, y parecía claro que Vicente había elegido a Consuelo. Yo sobraba. Me lo planteé seriamente, y pensé que lo mejor sería desaparecer y dejar el campo libre a mis amigas. Pero algo en mí se rebeló. ¿Por qué había de ser así?, ¿por qué había de ser como siempre había sido?. Tomé la decisión de que, si pasaba algo, ese algo sería muy diferente a lo que había pasado otras veces. Por eso, cuando Consuelo propuso lo del chalé de sus tíos, me invadió una curiosa euforia que me empujó a estar dispuesta a todo, a lo que fuera, con tal de participar yo también. No puedo evitar el tener la sensación de haber provocado esta situación, al menos, en parte.
-Tiene gracia la cosa- dijo Consuelo con una sonrisa indescriptible- Cuando propuse lo del chalé de mis tíos, formulé un deseo fervoroso, como una de esas promesas que se hacen a la Virgen: "Que venga Teresa, que venga Teresa". Porque, si Teresa no venía, Manuel sería sólo para Manolita, como suele ocurrir, cada oveja con su pareja. Pero, si venía Teresa, la cosa sería muy distinta. No te enfades conmigo, Vicente, tú me gustas mucho, pero yo tenía unas ganas locas de acostarme con Manuel. Perdona, Teresa, pero creo que si alguien tiene la culpa de haber provocado esta situación, ésa soy yo.
-¡Ay, hijas mías!, ¿qué queréis que os diga?- intervino Manolita- Es verdad que, cuando Manuel me miró en aquel bar, el corazón se me volvió loco, y casi salí corriendo detrás de él cuando vi que se marchaba. También es verdad que hubo un momento, en el parque, en que deseé con toda mi alma que no hubiese nadie más que él y yo, que todos los demás desparecierais. Pero, después de la pelea, me invadió una sensación de amargura, me imaginé a mí misma a la mañana siguiente, después de un triste polvo, una chica de pueblo seducida por un forastero guapo, una más... No podía ser así. Yo necesitaba que fuese de otra manera. Por eso, cuando Consuelo propuso lo del chalé, tomé la decisión de que todo sería diferente. Si Teresa llega a decir que se iba, la hubiese obligado a venir a bofetadas, o me habría ido con ella. Pensé que, por una vez, ¿por qué no habían de ser las chicas del pueblo quienes sedujeran a los forasteros guapos?. Comprendo que penséis lo que pensáis, pero, si hay alguna culpable de lo que ha pasado, soy yo.
-Me lo temía- dijo Manuel con un gesto de resignación- Tenía la ligera sospecha de que todo estaba saliendo demasiado bien. Pero hay una cosa que no habéis tenido en cuenta: para que haya delito, ha de haber dolo. Y vosotras sois inocentes. Yo no, yo soy culpable, convicto de vuestra ternura y confeso ante vuestra maravillosa sinceridad. Porque yo premedité las cosas, utilicé alevosamente todos los argumentos que tuve a mano, me amparé en la nocturnidad, y me ensañé en la perpetración. Y no solamente soy culpable, es que quiero ser culpable, me cago en la hostia, porque estas cosas son siempre culpa de los tíos, ¿o no?.
-A mí me da igual- dijo Manolita.
-Lo que tú quieras- añadió Consuelo.
-Por mí, vale- terminó Teresa.
Se produjo un breve silencio, porque todos esperaban que yo tomara la palabra. Se suponía que era mi turno. Pero yo no estaba dispuesto a confesar nada, porque, quizá, yo era el único que no tenía nada que confesar. Como mucho, había sido cómplice. Yo no me sentía sorprendido, ni raro, ni feliz, ni perplejo, en todo caso, aturdido. De todos modos, algo había que decir.
-Así que las tres queríais tiraros a Manuel- me decidí a comenzar- ¿Por qué?, ¿porque es más alto, más guapo, más simpático...?.
-La verdad es que sí- dijo Manolita.
-Así es la vida- añadió Teresa.
-Tú tampoco estás nada mal- terminó Consuelo.
-Pues no me siento humillado ni ofendido- declamé con dignidad- Es más, hasta me parece justo. Al fin y al cabo, yo sólo acompañaba a Manuel, y fue él quien se empeñó en que la cosa acabase en gloriosa coyunda. Y, hablando de glorias, sólo me resta añadir que médulas que han gloriosamente ardido, quizá mañana sean ceniza, pero tendrán sentido.
-Polvo serán- añadió Manuel- Mas polvo enamorado.
-¿Qué pasa, imbécil?- me encaré con él- ¿Es que tú has leído todos los libros?.
-¡Qué va!- dijo inclinando la cabeza- Pero es que Paquito me cae muy bien.
-¡Pues era un tipo impresentable, mezquino y amargado!.
-¿Por qué discutís?- quiso saber Consuelo.
-No discutimos- dijo Manuel- Citamos un poema de amor.
-Un poema sobre la idea del amor- intervine tajante- Escrito por un tipo que en su puta vida hizo nada parecido a lo que acabamos de hacer nosotros.
-¿Quién es ese tipo?- preguntó Manolita.
-Paquito Quevedo, un chulomierda madrileño.
-No me gustan las madrileños-dijo Manolita- Creo que Vicente tiene razón sobre ese tal Paquito.
-¡Naturalmente que tengo razón!- grité yo, dicen que el que grita siempre tiene razón.
-¡Hombre!- exclamó Manuel- Tampoco es eso...
-Tenemos que irnos- dijo Consuelo de pronto, interrumpiendo nuestro fértil comentario de texto.
-¿Por alguna razón en especial?- preguntó Manuel.
-Vosotros os quedáis a dormir aquí, claro- continuó Consuelo- Pero nosotras hemos de volver a casa. Si no lo hacemos, nos buscarán. Y, a mí, por ejemplo, me buscarán aquí.
-Eso es cierto- intervino Teresa- Pero mañana desayunaremos juntos, ¿verdad?.
-Naturalmente- dijo Manolita- Os despertaremos, y os prepararemos el desayuno. ¿Estáis de acuerdo?.
-¿Tenemos otra alternativa?- preguntó Manuel.
-No-dijo Consuelo- No tenéis otra alternativa. Ahora nos vamos al cuarto de baño a ponernos guapas.
-¿A poneros qué?- pregunté yo. No me entraba en la cabeza que aquellas tres preciosidades pudiesen estar más guapas que como estaban: maravillosamente desnudas, exhibiendo impúdicamente sus frescas carnes sonrosadas.
-¡Cállate, tonto!- gritó Consuelo sonriendo. Probablemente había captado sin tapujos la inmensa obscenidad de mi apreciación- Son cosas nuestras.
Y partieron camino de esas cosas suyas, a ponerse guapas en el cuarto de baño. No sin antes realizar una pormenorizada búsqueda de sus prendas de vestir por todo lo largo y ancho de la caldeada habitación. No hay nada como una buena estufa de leña, que caldea, perfuma y arrulla con su suave murmullo.
Manuel se tumbó boca arriba con la cabeza apoyada en las manos, cruzadas bajo su cogote. Yo seguía sentado sobre la cama, a estilo moro, es decir, como dicen que se sientan los moros, aunque yo he visto sentarse así a los arapahoes en las pelis de John Wayne...
-Manuel- susurré.
-Dime, Vicente- dijo él, haciendo un gran esfuerzo para articular esas palabras.
-¿Puedo hacerte una pregunta personal?.
-No, no puedes.
-¿Por qué?.
-Porque seguro que es una jilipollez, y yo estoy muy cansado.
-¿Tienes miedo?.
-¿Es ésa la famosa pregunta personal?.
-No, ésa no era la pregunta.
-Ya sospechaba yo que se te habían cruzado los cables.
-¿Por qué te cargaste al capitán González, Manuel?.
-¡Vete a la mierda!.
-¿Crees que era absolutamente necesario?.
-¿Quieres que me cabree?.
-Tal vez podrías haberle...
-...chupado la polla.
No recuerdo cuánto tiempo permanecimos en silencio después de mi conato de interrogatorio, pero debió ser bastante, porque lo interrumpieron las chicas, que ya se habían puesto guapas, y venían a despedirse.
-Buenas noches, que durmáis bien- dijo Manolita.
-Y que soñéis con los angelitos- añadió Consuelo.
-No olvidéis rezar vuestras oraciones- terminó Teresa.
-¿Os marcháis sin un triste beso de despedida?- preguntó Manuel levantando ligeramente la cabeza.
-No hay besos- dijo Manolita- Porque nos hemos pintado, y no queremos estropear todo el trabajo.
-¿Cómo vais a salir de aquí?- pregunté yo, súbitamente preocupado por los problemas logísticos.
-No te preocupes- dijo Consuelo- Sé dónde guardan mis tíos las llaves. Saldremos por la puerta principal, y mañana entraremos por el mismo sitio.
-En ese caso- dijo Manuel volviendo a recostar la cabeza sobre sus manos- Id con Dios, pero volved.
-¡Claro que volveremos!- dijo Consuelo haciendo un ademán de despedida con la mano.
-¿Apago la luz?- preguntó Manolita antes de salir de la alcoba.
-Sí, por favor- dije yo, que seguía sentado a lo arapahoe sobre la cama.
Las muchachas se fueron y, en la oscuridad, brilló de pronto el rojo resplandor de la estufa encendida. La habitación estaba caldeada, y la sensación de bienestar era muy agradable. Yo no tenía sueño, y me invadía por momentos una sensación de tristeza, de soledad infinita, de amargura apacible...
-Manuel...
-Dime, Vicente.
-Todavía la quieres, ¿verdad?.
-¿A quién?.
-A Josefa, ¿a quién va a ser?.
-Sí, todavía la quiero.
-La has querido siempre, ¿verdad?.
-Sí, la he querido siempre.
-Pero nunca te has acostado con ella, ¿no es cierto?.
-No, nunca me he acostado con ella.
-Quieres que cierre el pico, y que te deje dormir en paz, ¿me equivoco?.
-No, no te equivocas. Quiero que cierres el pico y que me dejes dormir en paz.
-¿No tienes ganas de hablar?.
-No, Vicente. No tengo ganas de hablar. Tengo sueño.
-Pues que te den por el culo, so capullo.
-¡Anda y que te folle un pez, imbécil!.
Me recosté contra la almohada y giré la cabeza para contemplar a Manuel. Su cuerpo refulgía a intervalos bajo el brillo rojizo de la estufa. Seguía tumbado boca arriba, con la cabeza apoyada sobre las manos cruzadas bajo el cogote. Las chicas tenían razón. Era más alto, más guapo, más simpático y, además, tenía la polla más grande y había leído todos los libros. ¿Cómo decía aquel minero amigo de mi padre?. ¡Ah, sí!. ¡Me cago en la Virgen puta, cuánta injusticia hay en el mundo!...
lunes, 14 de octubre de 2013
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