viernes, 29 de noviembre de 2013

LOCUS AMOENUS JORNADA OCTAVA

                                                             JORNADA OCTAVA

No hubo modorra de tránsito, esa agradable sensación que te libera del sueño y te introduce en la vigilia como una amante tierna y cariñosa. Aquella mañana, no pude plantearme si me despertaba ya, o seguía unos minutos más sumido en el duermevela que te abraza y te envuelve como una nube de algodón y de caricias. Súbitamente, noté que estaba despierto del todo. Despertarse súbitamente es muy desagradable, porque la lengua se te enciende con un sabor eléctrico de rescoldos impuros, y la garganta se inunda de amarguras profundas como una cueva sin fondo, o peor aún, como una cueva con fondo. Zoraida ya se había vestido, y me miraba sin sonreír, con los ojos casi opacos. Hasta el aire estaba triste, triste y frío, porque la estufa se había apagado, y Dios seguía haciendo trampas. Intenté esbozar una sonrisa y decir una frase agradable. Quise extender los brazos hacia Zoraida, pero un aliento extraño humedeció mis ojos, y quizá también los de ella.
-Buenos días- dije. Sentía la cabeza de corcho y la lengua pastosa.
-Buenos días- respondió ella- Son casi las ocho. Tenemos que coger el primer autobús. Te espero abajo.
-¿Por qué hemos de coger el primer autobús?- era una pregunta estúpida, pero de mí no se podía esperar otra cosa en un momento como aquél.
-Tienes razón, perdona- dijo ella bajando la mirada y girando hacia la puerta- Yo tengo que coger el primer autobús.
La dejé que se marchara, porque no se me ocurrió nada mejor que hacer. En aquel momento sólo se me ocurrían ideas descabelladas, como una buena ducha, un manantial impoluto rodeado de azucenas, o seguir durmiendo. Pero me levanté. Me enjuagué apenas la cara, y me pasé las manos mojadas por los cabellos, porque no pude encontrar por allí ningún maldito peine. Bajé las escaleras atontado, y casi me desnuco en el último escalón. Fue una sensación espantosa, noté el vacío debajo de mi pie. Creí que ya se había acabado la escalera, pero faltaba aquel jodido último escalón. Alberto estaba junto a la cafetera, probablemente preparando nuestro desayuno, y Zoraida estaba junto a él, cabizbaja. Es probable que estuviesen hablando de algo, sus labios se movían, pero yo no era capaz de oír nada. Me acerqué a ellos con paso cansino.
-Buenos días-dije mirando los cristales de la puerta del bar- Bonita mañana, ¿no es cierto?.
-Buenos días- dijo Alberto- ¿El señor tomará también café con leche?.
-El señor tomaría cierto aguardiente asesino. Pero, afortunadamente, Señor sólo hubo uno, y lo crucificaron.
-Comprendo- dijo Alberto mientras dejaba tres tazas de café con leche sobre la barra, junto a un plato con un par de magdalenas, un bizcocho y un puñado de esas pastas de pueblo con nombre de santa, probablemente mártir, y, naturalmente, virgen- Creo que prepararé también unas tostadas- añadió- ¿Te gustan las tostadas con miel, Zoriada?.
-¡Hodo, nenico!, ¿cómo se te ocurre preguntarme una cosa así?- exclamó Zoraida con un conato de sonrisa.
-Miel de Ayora- dijo Alberto haciendo un gesto con el dedo índice de la mano derecha- La mejor miel del mundo- y miró a Zoraida para comprobar que su intento de dibujar en sus labios una sonrisa iba por buen camino.
-Estoy completamente de acuerdo en eso, es la mejor miel del mundo- intervine yo con la intención de aportar mi granito de arena a la fabricación de aquella sonrisa- Pero, ¿qué sabes tú de Ayora, loco tabernero?.
-Nada, de momento- respondió Alberto. Luego, añadió mirando a Zoraida- Pero sabré muchas cosas cuando visite a una gran amiga que tengo allí.
-Una amiga que te quiere mucho- dijo Zoraida besándolo en la mejilla.
-Ya que tú conoces tan bien este noble oficio- me dijo Alberto- ¿Por qué no sirves la mesa mientras yo preparo las tostadas?.
-Siempre a tus órdenes, compañero.
Para salir de la barra, había que agacharse y pasar por un hueco del extremo. Zoraida lo hizo primero, y le di una palmadita en el culo. No se volvió, ni para sonreírme, ni para decirme nada. Se incorporó al otro lado, y caminó hasta una de las mesas. Yo llevé las tres tazas de café con leche y el plato de pastas en un sólo viaje, pero no pareció impresionarse ante mi habilidad en la materia. Me senté junto a ella, y la miré.
-Quiero pedirte perdón por lo de esta mañana- dije con un tono tan falso, que casi me avergonzó.
Zoraida cogió una de las pastas, y comenzó a jugar con ella en las manos.
-¿Crees que me has ofendido esta mañana con tu pregunta?- se volvió hacia mí, y vi en su rostro un gesto de tristeza que la hacía parecer mayor- ¿No será todo lo contrario?. ¿No crees que deberías sentirte ofendido por mi reacción ante tu pregunta?. No deberías ser así conmigo. Pero, a lo mejor, hasta piensas que meo colonia.
Cogió una de las tazas de café con leche con las dos manos, y tomó un pequeño sorbo. Tenía razón. De lo que yo sentía unas ganas terribles, era de gritarle, de llamarla desgraciada, de exigirle que me explicara qué le había hecho yo para que se portara así conmigo. Yo, que la había tratado como a una princesa. Yo, que estaba dispuesto a creer que meaba colonia. Yo, persona adulta y consecuente que sólo había sido capaz de ver en aquel pedazo de mujer a una niña frágil y desvalida.
-Quizá debería ayudar a Alberto a hacer las tostadas- fue todo cuanto se me ocurrió decir.
-Probablemente- dijo ella volviendo a sorber de su taza de café con leche.
Cuando llegué a la cocina, Alberto lo tenía todo ya casi listo. Me miró extrañado, pero tuvo la delicadeza de ni preguntarme qué cojones hacía yo en su puta cocina.
-Zoraida está más rara que la hostia- le dije a pesar de todo.
-Tú sabrás lo que hiciste anoche con ella, viejo verde- dijo ofreciéndome una de las tostadas.
-Nada- respondí aceptándola- Dormir y callar, como el ratoncito del cuento.
-Quizá sea por eso.
-¿Tú crees?.
-Mira, Vicente, yo no soy la persona más indicada para dar consejos, ni a ti, ni a nadie. Pero, hasta las lunas de miel tienen sus tropezones amargos. Somos personas, esos bichos tan raros sobre los que los filósofos llevan miles de años partiéndose los cuernos para entender qué coño son y para qué cojones sirven. Vamos a desayunar, compañero. Si Zoraida tiene algo que decirte, tenéis todo un camino de vuelta en autobús hasta Ayora para que lo haga. Confía en ella, déjala decidir por sí misma. ¿No crees que se lo merece?.
-Te ha contado algo, ¿verdad?.
-Los taberneros somos como los curas, incluso más profesionales algunas veces. ¿Nunca has oído hablar del secreto de confesión?. ¿Crees que a ella le he contado el tuyo?.
-Perdóneme, padre, porque he pecado.
-Dominus te cum, capullo. Usted primero, por favor.
Precedí a Alberto hasta la mesa donde estaba Zoraida. Nuestro tabernero loco dejó sobre ella el plato con las tostadas, y se sentó a su lado.
-Espero impaciente vuestra opinión, alteza- dijo ofreciendo a Zoraida una de las tostadas.
Zoraida mordió la tostada y miró a Alberto con los labios llenos de miel.
-Dignas de tu dulzura, querido tabernero. Muchas gracias.
-Por cierto- dije yo mirando a Alberto- Supongo que tendremos que liquidar una cuenta pendiente. Me refiero al aspecto pecuniario de nuestra visita.
-Cuenta saldada, liquidada y olvidada- dijo Alberto sin darle mayor importancia, como si en aquella taberna el dinero no sirviera para nada.
-Lo siento, Alberto- dije yo como si fuera el bueno de una película de Clark Gable, cargable, como le decía mi madre- Pero yo no puedo consentir que hagas eso- y cuando dije "eso", puse cara de Gary Cooper, porque los jilipollas somo así, señora, no sólo los españoles.
-¡Y a mí qué me dices!- dijo Alberto con cara de Mickey Rooney, seguramente porque me confundió con Spencer Tracy- Yo no he hecho "eso". "Eso" lo ha hecho Zoraida- ¡Cielos!, hasta Zoraida se parecía a Judy Garland. De la ignorancia del mundo, líbranos, Señor.
-¿Por qué lo has hecho?- le pregunté a Zoraida con cara de John Wayne.
-Porque la idea fue mía, y tú eres mi invitado- respondió Zoraida, súbitamente metempsicoseada en Mae West, aquella chica que, cuando era mala, era malísima, y, cuando era buena, era peor. ¿O era al revés?.
-Tal vez Vicente piensa que eso de pagar es cosa de hombres. ¿Te apetece una copa de Soberano?- dijo el tabernero loco con cara de tabernero loco.
-Comprendo- dije bajando la cabeza con cara de Judas Iscariote- Sic transit gloria mundi.
-Amén- dijo Zoraida levantándose. Caminando hacia la puerta comentó- Creo que ese ruido es el autobús.
-Tranquilo, compañero- dijo Alberto rodeando mis hombros con su brazo derecho mientras caminábamos detrás de ella- Recuerda que Zoraida es una mujer maravillosa, como los amaneceres de Mayo. Pero si un amanecer de Mayo despierta nublado, observa que las flores no se entristecen por eso, miran al cielo, y sonríen, esperando la lluvia bendita. 
-Lo tuyo son las copas, tabernero.
-Lo sé, y por ello, ego te absolvo.
-¿Tres padrenuestros, como siempre?.
-Y un par de besos libidinosos. Uno de ellos de mi parte.
-Eres un hijo de puta.
-Mi madre se alegrará de saberlo.
Aquel ruido era el autobús. Se detuvo frente al bar de Alberto, y se abrió una de las puertas. El conductor, probablemente, aún no tenía ganas de mear, así que nos miró impaciente, como queriendo dejar muy claro que tenía un horario que cumplir. Zoraida abrazó a Alberto, y lo besó en los labios.
-Te quiero mucho, tabernero.
-Yo también, Jefa. Yo también te quiero mucho. ¿Crees que, cuando vaya a visitarte a Ayora, tal vez...?.
-Yo nunca le haría una cosa así a mi amiga Charo.
-¡Pero si Charo y yo no somos nada!.
-¡Que te crees tú eso!.
Zoraida subió al autobús y saludó al conductor, que por cierto no era el bueno de Marcial, sino otro individuo mucho más impaciente y menos comprensivo. Me volví hacia Alberto con el pie en el estribo, ¿o se dice primer escalón?.
-¿Puedo darte un beso en los morros yo también, tabernero loco?.
-Creí que nunca me lo pedirías.
Y así, ante la mirada reprobatoria de aquel conductor más impaciente y menos comprensivo, besé al tabernero loco, antes de solicitar dos billetes hasta la muy noble y no menos leal villa de Ayora, mientras la puerta se cerraba y el autobús sufría uno de esos espasmos que ponen en triste evidencia la vieja ley de la inercia del paduano o del hijo póstumo aprendiz de mago, ¡qué más da!.
El pasaje era escueto y manifiestamente austero, dos damas de avanzadísima edad, y un caballero, abuelo paterno de ambas damas, probablemente, y pariente lejano, en el tiempo y en el espacio, del conductor menos comprensivo y más impaciente. Quizá deberíamos haber sido un poco más generosos con nuestros besos de despedida, pero el egoísmo forma parte consustancial de la naturaleza humana, igual que las pasiones abyectas o la filiación futbolística. Personalmente, reconózcome sportinguista radical, enemigo furibundo, por tanto, de los malditos carbayones de faz equina. No somos nada. O quizá sí. Es muy probable que sí lo seamos, que seamos nada. Busqué a la joven y reciente ex-doncella, que había optado por sentarse en el lugar más recoleto de aquel espasmódico armatoste que renqueaba sumiso carretera adelante.
-¿Está ocupado este asiento, señorita?- le pregunté a Zoraida, que se había arrebujado contra la ventanilla, y miraba el paisaje como si el paisaje tuviera alguna respuesta mágica para alguna pregunta fatídica.
Me senté a su lado sin esperar respuesta, y ella se volvió hacia mí y apoyó su cabeza contra mi pecho.
 -Abrázame fuerte- musitó.
La abracé fuerte como ella me pedía, y le susurré al oído apoyando mi cabeza sobre sus cabellos:
-¿Por qué no me lo cuantas todo, princesa?.
Alzó la cabeza, y clavó en los míos sus ojos infinitos, mientras su cálido aliento acariciaba mis labios, embriagándome de ternura y deseo.
-¿Me quieres un poquito?- susurró.
-Mucho más que ese tabernero loco. Y tú, ¿me quieres a mí?.
-Bésame.
La besé apasionadamente, tan apasionadamente, que no me di cuenta de que mis labios, mi cara y mis manos se llenaron de sus lágrimas, o quizá de las mías, o tal vez eran lágrimas viajeras de autobús que andaban por allí, y no encontraron mejor lugar que nuestras mejillas, mis mejillas, sus mejillas, llenas de lágrimas, llenas de lágrimas mis mejillas...
-¿Me lo vas a contar ahora?- pregunté mirando sus ojos llenos de lágrimas y de infinito, e infinitas lágrimas en ríos infinitos.
-Sí- susurraron las amapolas de luz de sus labios brillantes.
-¿Quieres que me calle y que te escuche sin decir nada?.
-Por favor...
Besé sus ojos infinitos con infinitos besos brillantes de lágrimas.
-Ayer por la tarde hubo un tiroteo en el cuartel. Mi padre está herido en un brazo, el brazo izquierdo, pero no es nada, casi un rasguño. Está bien. Otro guardia, Martínez, no sé si lo conoces, también resultó herido, en el brazo derecho, está un poco peor, la bala tocó hueso. Manuel ha muerto. Fue mi padre, mi padre lo mató. Dice mi madre que se volvió loco, entró en el despacho de mi padre, y se lió a tiros. Tú hablabas con Alberto al otro lado de la barra cuando colgué el teléfono. Mi primera idea fue salir corriendo y abrazarte, pero no me pude levantar del taburete, mi cuerpo era una gran piedra que yo no podía levantar. No sé cómo, me puse en pie lentamente y caminé hacia donde vosotros estabais. No te puedes imaginar la cantidad de cosas que pasaron por mi cabeza mientras caminaba hacia allí. Toda mi vida, la sonrisa de Manuel guiñándome un ojo y apuntándome con su dedo índice, el pulgar levantado, haciendo acción de disparar. La tristeza mansa y desconsolada de mi madre. La soledad infinita de mi padre, el hombre más solo del mundo, ahora más solo que nunca. ¿A quién pedirá consuelo y comprensión?. Ya no existe la dulce Águeda, aquella muchacha que conoció en Liétor y que robó de la casa de sus padres. Ante lo que queda de ella, sólo puede sentir culpabilidad, tristeza ante unos ojos secos donde hace tiempo que no se refleja pasión alguna, ganas de morirse. Tampoco existe ya la joven y lozana muchacha donde quizá encontró refugio un sueño descabellado. Y yo, la hija que nunca quiso porque le robó el hijo que nunca tuvo. Tan lejos, a millones de miserias de distancia de él. Yo que lo quiero con toda mi alma, porque sin ser el hijo que nunca tuvo, sin recibir jamás una caricia ni una mirada de ternura, siempre me mató su tristeza, su melancolía. Lo he querido siempre sin saberlo, y lo he querido porque sí, sin que me diera motivos para ello. Como se quiere a las estrellas aunque sepas que hace miles de años que dejaron de existir, como se quiere lo que no se tiene. Y lo descubrí súbita y dolorosamente, cuando noté que su dolor me dolía a mí más que mi propio dolor. ¿Y sabes lo más terrible?. Quizá yo amara a Manuel por ser un hombre dulce y cariñoso, por ser un hombre bueno, porque ha sido capaz de ofrecer su vida por una causa noble. Pero amo a mi padre a pesar de haber destrozado la vida de mi madre, a pesar de que él no me ha querido nunca, aunque haya asesinado a Manuel. Y ese amor es mucho más poderoso, tiene que serlo. Amar la mansedumbre del agua que fluye dulcemente no supone ningún reto, no es nada. Pero amar el agua tumultuosa que arrambla sin piedad con todo, y que todo lo destruye a pesar de ella misma, demuestra la fortaleza indestructible del amor. ¿Cómo podía hablar de todo esto con una persona como tú, a quien tan fácil resulta querer?. Tú sólo podías poner a prueba mi capacidad para despreciarte. Y yo no quiero despreciarte, Vicente, yo sólo quiero quererte, porque has sido dulce y generoso conmigo.
-¿Imploráis acaso a mi hidalga compasión, Doña Inés?.
-Sí, a eso imploro.
-¿Por qué has dicho que Manuel fue capaz de ofrecer su vida por una causa noble?.
-¿Qué otra cosa pudo haber hecho el bueno de Manuel?.
-Pero la desconoces. No sabes qué causa ha podido ser esa.
 -No, no lo sé.
-¿Recuerdas lo que le pasó a Mari Carmen hace un par de meses?.
-Sí, fue algo horrible. Creo que, para una mujer, hay pocas cosas más horribles que ésa.
-¿No sabes quién lo hizo?.
-No, dicen que era gente forastera.
-Fue el capitán González.
-De ese hijo de puta no me extraña nada. Recuerdo que cada vez que me miraba, me sentía sucia. Es la persona más despreciable que he conocido en mi vida. No sé si alguien pudo lamentar su muerte. Yo no, desde luego.
-Manuel desobedeció sus órdenes y,  en lugar de tirarla en una cuneta, la llevó al hospital.
-Muy típico de Manuel.
-Tal vez el capitán González intentó de nuevo algo contra Mari Carmen, y por eso, Manuel lo mató.
-¿Crees que Manuel mató al capitán González?.
-Estoy convencido.
-¿Por qué?.
-Por muchas razones, y porque, cuando se lo pregunté, no lo negó.
-No es suficiente.
-¡Ah!, ¿no?.
-No conozco muy bien los detalles de la muerte del capitán González, pero, por lo poco que sé, eso no fue obra de Manuel.
-¿Por qué eres tú quien dice eso, y no soy yo quien lo dice?.
-En el cuartel teníamos una gata, preciosa, con el pelo rojo y amarillo, y una cola enorme. No era exactamente de nadie, y era un poco de todos. Manuel la llamaba "Tigresa". Un día se quedó preñada, y parió seis gatitos. Mi padre le ordenó a Manuel que le dejara uno, y que matara a los otros cinco. No quería ver el cuartel lleno de gatos. Por la tarde apareció un trozo de tierra removida en un rincón del jardín, se supone que allí había enterrado Manuel a los cinco gatitos muertos. A la mañana siguiente, cuando yo salía de mi casa para ir a clase, me llamó desde la puerta de su pabellón, me llevó hasta su cuarto, y me enseñó una caja de cartón que había junto a su cama. Allí estaba Tigresa y sus seis cachorros. Me pidió que le ayudara a encontrarles dueño.
-¿Y qué hiciste tú?.
-Colgarme de su cuello, decirle que lo quería mucho, y pedirle perdón.
-¿Por qué le pediste perdón?.
-Porque yo pensaba que había matado a los gatitos, y lo odié por eso.
-¿Te emocionó que desobedeciera una orden que tal vez fue dada con la intención de ser desobedecida?. ¿Por qué crees que tu padre se lo ordenó a él precisamente?.
-No lo sé.
-Yo pienso que una cosa es no ser capaz de matar unos gatitos desvalidos, y otra muy diferente eliminar a un hijo de puta para salvar a una persona a la que quieres mucho.
-Yo no lo veo así. Quizá sea una cuestión de puntos de vista. Yo pienso que no es lo mismo matar a alguien en un momento de desesperación, que asesinarlo a sangre fría dos meses después.
-¿Quieres decir que si Manuel hubiese matado al capitán González en el preciso momento en que descubrió lo que le había hecho a Mari Carmen, lo comprenderías?.
-Probablemente.
-Y si no fue Manuel, ¿quién lo hizo entonces?.
-Supongo que alguien capaz de hacerlo, alguien que piensa que estas cosas se solucionan así, porque así se lo enseñaron, y porque así lo ha hecho siempre, alguien capaz de odiar hasta ese punto, o de amar hasta ese extremo.
-¿Por qué te emociona tanto pensar que ha sido tu padre?.
-¿A qué viene eso?.
-Bueno, si lo hizo él, tal vez lo hiciese por amor, o por odio, como en esas novelas que tanto te gustan.
-No me hace ninguna ilusión que mi padre sea un asesino.
-Pero no lo dejarías de querer por eso.
-No, no lo dejaría de querer por eso.
-Es increíble. Te miro y no te reconozco. ¿Qué fue de aquella muchacha tímida y retraída que me ofreció su mano temblorosa en aquella horchatería?.
-¿Me dejarás de querer por eso?.
-No, princesa. Yo nunca dejaré de quererte.
Zoraida me miró con una sonrisa vieja, que olía al perfume de los pinos de La Virgen del Rosario, o de cierta ermita allá en Los Pedrones, me acarició la nariz con el dedo meñique de su mano izquierda. Luego, tomó una de mis manos con las suyas, y la llevó hasta su sexo, por debajo de la falda, sobre aquellas braguitas azul celeste que yo había comprado en la tienda de la dulce Charo.
-¿No notas nada especial?- dijo sin dejar de mirarme.
-Sí, pero no sé si hablamos de la misma cosa.
-Se me ha puesto nervioso. Creo que está pidiendo guerra.
-Sería para mí un honor y un privilegio participar en esa guerra. En el bando que sea.
-Nunca más volveré a tener miedo.
-¿De qué?.
-De ese tipo de guerras.
-Ni vergüenza, por lo que veo.
-¿Qué diferencia hay?.
-No lo sé. Yo no soy un hombre sabio, ni siquiera una persona inteligente. De estudiante, recuerdo que era un chico listo, eso que llaman un buen alumno. Un imbécil, ya sabes...
-Yo tampoco soy una mujer sabia, ni siquiera una chica lista. ¿He sido una buena alumna?.
-Creo que sí. ¿Y yo, he sido un buen alumno?.
-Sí, muy bueno. Y deja de hacer eso con los dedos, cochino. Yo sólo pretendía hacer una observación científica, no te he invitado a meterme mano.
-¡Oh, perdona!. No me había dado cuenta...
-Si te pido que me beses, ¿será un beso lascivo y desvergonzado con lengua y todo?.
-Sí, claro. Naturalmente.
-Bueno, vale. De acuerdo. Y puedes dejar la mano ahí un ratito más. A lo mejor te inspira y todo.
El autobús se detuvo de repente. No es que me sorprendiera demasiado que el autobús se detuviese, ni siquiera que lo hiciese de repente, porque ya lo había hecho varias veces desde que salimos de Los Pedrones, hacia ya cuarenta y dos kilómetros de espacio-tiempo. Lo que me importunó sobremanera, fue reconocer La Glorieta de Ayora, y no desde la referencia de las estrellas lejanas, donde Zoriada y yo habíamos decidido ejercitar aquel beso lascivo, inspirado por tocamientos indecorosos, claramente recogidos en el vigente Código Penal bajo la tipificación de abusos deshonestos. Voto a Dios que nada hay más inoportuno que una Glorieta cuando le da por ser inoportuna. Zoraida se puso en pie, y comenzó a arreglarse la falda. Nuestros compañeros de viaje bajaban tranquilamente del autobús, quizá bendiciendo aquella Glorieta por imponer tan autoritariamente su punto de referencia.
-¿No tienes la sensación de estar desnudo y de que todo el mundo te mira?- me preguntó al ver que yo no me levantaba de mi asiento.
-No- dije mirando mis manos vacías- Tengo la sensación de que el camarero me ha retirado el plato sin dignarse preguntarle al señor si ya había terminado.
-¿Yo soy el plato?.
-Sí, y esa puta Glorieta, el camarero, ¿pasa algo?.
-Deberías bajar del autobús. Yo no quiero continuar hasta Almansa. ¿Tú sí?.
Supuse que no era momento de invitar a Zoraida a que continuáramos hasta el fin del mundo. Supuse también que aquella puta Glorieta de aquel puto pueblo tendría sus razones para destrozar de aquella manera los fundamentos de mi fe, de mis más íntimas creencias y de mis más ardientes deseos. Así que dejé paso a Zoraida y la seguí hasta la acera de La Glorieta. Me inundó con el brillo turbador de sus ojos de negro infinito, y me besó en la mejilla.
-Adiós, Vicente.
-¿No quieres que te acompañe hasta tu casa?.
-No, quiero pasear sola. La gente pensará que venimos de hacer cochinadas si me acompañas. Este pueblo está lleno de lenguas de víbora. No sería bueno para tu reputación que pensaran que te has liado con la hija de un asesino.
-Con Dios, hija mía. Rezaré por ti.
-Gracias, eres muy amable.
Se marchó. Caminaba despacio, mientras su falda jugaba, coquetona, con sus piernas no excesivamente monumentales. Pero hubo un detalle que llamó poderosamente mi atención, y que sí merece ser reseñado en esta sucinta crónica sobre las presuntas voluptuosidades de Zoraida vista desde detrás mientras caminaba despacio alejándose del punto de referencia, que no es otro que el observador, es decir, yo mismo, y que, como resulta fácilmente deducible, impregnaba de sentido positivo al vector velocidad de su lento caminar. Las prominencias hiperbóreas de sus dos eminentes músculos glúteos, a saber, uno a la izquierda, y otro a la derecha, dotaban a sus movimientos de una razón de ser especialmente voluptuosa, y de una finalidad, en fin, para ser contemplados con ese especial deleite tan afín al placer carnal, en el sentido pecaminoso del término. Hermoso culo el de Zoraida, muy hermoso, sí señor. Oiga usted, ¿no es verdad usted que la hija del sargento tiene un culo que te cagas?. Pues, mire usted, ¿qué quiere usted que yo le diga?, a mí me parece que la hija del sargento es una muy buena moza, ¿verdad usted?. Creo recordar que el culo de Mari Carmen es un culo rotundo, feliz conclusión de unas piernas monumentales, y agraciado prolegómeno de unas caderas parabólicas, es decir, claramente de segundo grado. Por otro lado, el culo de Josefa, pongamos por caso, está formado por curvas con puntos de inflexión manifiestamente incursos en el campo de los números irracionales. Pero está claro que ni Mari Carmen ni Josefa tuvieron jamás culos sorpresivos. Y así fue como, sumido en la contemplación armónica y sincronizada de los movimientos ondulatorios complejos del culo de Zoraida, la hija del sargento comandante de puesto de la Guardia Civil desapareció al doblar la esquina de la Plaza del pueblo, y opté por dar media vuelta de la forma menos marcial posible para alejarme en sentido contrario (misma dirección) intentando imaginar la visión de mi propio culo desde la perspectiva antagónica con la fundada esperanza de provocar la contemplación voluptuosa de cualesquiera observadores-as que en uso de sus prerrogativas carnales quisieran o quisiesen analizar su concavidad-convexidad previo cálculo obligatorio de la segunda derivada. Ecce Homo. Amén.
El sentido contrario (misma dirección) de los pasos de Zoraida encaminó los míos hacia puntos diametralmente opuestos como era de esperar. La versatilidad es una virtud encomiable, pero lo es mucho más la simultaneidad, como la de esas portentosas y atléticas actrices de ciertos films pornográficos, capaces de follar con tres o cuatro tíos a la vez. Nuestra mente, o nuestra alma, o nuestro loqueseaquesea presenta, a menudo, un comportamiento muy similar al de esas admirables artistas, anda follando con tres o cuatro sentimientos a la vez, sin pudor alguno, sin recato de ninguna clase y sin la vergüenza que debería sentir ante tan vergonzosa promiscuidad. Fue así como mi mente, o mi alma, o mi loqueseaquesea anduvo amancebándose con cierta profunda melancolía, con una lacerante nostalgia agridulce, con una prístina ternura por lo primerizo y lo virginal, y con un infausto dolor angustioso de rabia irreprimible y del furor prototípico de la nauseabunda impotencia. Melancolía de pinos y de ermitas, de taberneros locos y de sonrisas azul celeste. Nostalgia de bares perdidos en pueblos desconocidos, de espasmos de placer tormentoso, de sabiduría volcánica de un verde amarronado. Ternura de naufragios y de altivas bibliotecas, de tostadas con miel y susurros je vous aime, je vous aime... Rabia, furor, dolor de impotencia de violetas, de muros vencidos, de pueblos de tres mentiras, preñadas de infinitas verdades. Él era más alto que yo, más guapo y más simpático. Tenía la polla más grande y había leído todos los libros. Hijo de puta. Mamón de pueblo. Imbécil de mierda. Querido Rodión Románovich... Y yo sin huerto y sin higuera, aunque tuviéramos que hablar de muchas cosas. De este pueblo colmenero, por ejemplo, el de la mejor miel del mundo. ¡Hodo, nenico, cómo nos has jodido a todos!. Probablemente tenías que morirte así, tenías que hacer de caballo, para que ese puto sargento te pegara un puto tiro en tu puta cabeza mientras yo retozaba bajo un pino con la hija del verdugo. Eres un jilipollas, ¿sabes?, mucho más jilipollas que yo. Te querían las mujeres, tu mundo estaba lleno de libros preciosos y de ideas magníficas, tenías mesa propia en una taberna, estabas vacunado contra el aguardiente asesino. ¿Qué le digo yo a Consuelo cuando me pregunte que dónde estaba yo mientras tú cometías tu última locura?. Pues, mira, chica, follando, ya ves... Tengo suerte de no ser amigo tuyo de toda la vida, como el camarada Pedro, como la dulce Josefa, de no tener un corazón sin puertas ni cerrojos, como el de la náufraga Mari Carmen. Tengo suerte de que me importe un carajo que te hayas muerto, de no haber compartido contigo tres días, cuatro sueños y cinco mariconadas, de no quererte... Me voy a largar de este puto pueblo de mierda, y me voy a olvidar de que existe, de que tú has existido. Me voy a olvidar de la reina de las hadas, de los azules llenos de naufragios, de las putas altivas bibliotecas y de las bragas azul celeste. Dicen que por Ayora no se pasa. Pues eso. Yo, ni he pasado. No he venido. No me he enamorado de un corazón sin puertas y sin cerrojos. No he besado al amor de tu vida aprovechando que estaba piripi. Sí, so capullo, estaba piripi, pero no por el brandy, sino porque estuvimos hablando de ti, y hasta tu recuerdo la emborracha. Porque te quiere de la misma manera que tú siempre la has querido a ella, jilipollas. Pero a mí me da igual, me la suda todo, y tú eres un puto hijo de puta, un puto guardia putamente muerto. ¡Me cago en a puta!. Ya eres polvo enamorado, ¿estás contento, cabrón?.
El Frenazo, ¿qué coño hago yo en la puerta de El Frenazo?. Si tenemos en cuenta la dirección que tomaron mis pasos, el sentido de esa dirección, el presunto punto de aplicación, y las infinitas componentes de los infinitos vectores que han influido, en mayor o  menor medida, en el punto de destino de mi, aparentemente, caótico deambular, aplicando las elementales leyes de la Mecánica Cuánica, me encuentro en la puerta de El Frenazo, porque es éste, y ningún otro, el lugar donde debo encontrarme. Prueba de ello es que estoy aquí, y no en otro sitio. Y eso me preocupa, porque si he conseguido calcular con tanta precisión mi posición exacta en el espacio-tiempo, eso significa que no tengo ni la más remota idea de la velocidad a la que me muevo. Quizá debería haber calculado mi velocidad, y haber dejado mi puta posición al libre albedrío del puto caos. Si cuando llegué al bar de Alberto, me hubiese sentado en el tercer taburete de la barra, en lugar de hacerlo en el segundo, ahora yo no estaría en la puerta de El Frenazo, Manuel no habría muerto, y llovería a cántaros, en lugar de lucir este puto Sol que, al menos, lucía hace ocho minutos y veinte segundos. Ahora no sé lo que hace, puede que se haya ido al carajo, lo sabré dentro de ocho minutos y veinte segundos.¡Eh, tú, Dios!, ¿te apetece una copa de brandy, o es verdad eso que dicen de que los judíos no bebéis?.
El Frenazo estaba vacío. Bueno, no estaba vacío. Estaba lleno de aire, de mesas, de sillas, de olor a morcillicas torrás y, además, Valentín estaba trajinando por allí, detrás de la barra. Valentín no era un tabernero loco, sino un tabernero cuerdo. Por eso, en lugar de filosofar sobre la condición humana, capaba cerdos. Pero un tabernero es un tabernero, ¡qué cojones!. Y con un tabernero va uno y habla cuando ha perdido la fe en los confesores. Además, entre tres Avemarías y dos Padrenuestros y tres cervezas y dos brandys, no hay color, ni frecuencia, ni longitud de onda, ni fragmento del espectro visible, ni hostias en vinagre.
-Buenos días, Valentín. ¿Qué tal va eso?.
-¡Adiós, asturiano!. Pues mira...-¿por qué cojones tienen en Ayora que decir adiós cuando llegas, y preguntarte si te vas cuando te estás yendo?.
-Ya veo. La gente en el campo, supongo.
-Claro, ¿dónde iban a estar?. ¿Te pongo algo?.
-Sí. Una copa de coñac.
-¿Ya has almorzado?.
-No.
-¿Y ya empiezas con el coñac?.
-Sí.
-Tú verás lo te haces. Ya eres mayorcico, supongo.
-Sí, eso es verdad.
-¿Tienes algún problema, o bebes por beber?.
-Un poco de las dos cosas. No, no te lleves la botella. Tú sigue con lo tuyo, que yo ya me apaño.
-Te habrás enterado de lo que pasó ayer en el cuartel, ¿no?.
-Sí, algo he oído. ¿Qué sabes tú?.
-No mucho. Lo que se cuenta por ahí.
-¿Y qué se cuenta por ahí?.
-Que cuando iban a coger al guardia que se cargó al capitán, sacó la pistola, y se lió a tiros.
-¡Vaya!, ¿y cómo acabó la fiesta?.
-Un guardia está en el hospital con una herida en el brazo. El sargento también salió herido, pero ya ha vuelto y está otra vez en la faena. Y, claro, al guardia ése, lo dejaron seco.
-Tú lo conocías, ¿no, Valentín?.
-¿A quién?.
-Al guardia ése.
-Sí. Su padre también era guardia, y estuvo muchos años en Ayora. Él se crió aquí, recuerdo que de zagal venía con los compañeros del Instituto y se tomaban una jarra de cerveza y una de sepia.
-¿Qué tal chaval era?.
-Voceaba un poco más que los otros, pero no parecía mala persona.
-Y de guardia, ¿qué tal guardia era?.
-No lo sé, como los demás me pienso yo. Por aquí no venía mucho.
-¿No se cuenta por ahí que estaba un poco loco?.
-Sí, pero por ahí se cuentan muchas cosas.
-¿Como qué cosas?. Por ejemplo, ¿qué se cuenta por ahí sobre la muerte del capitán González?.
-Por ejemplo, que puteaba a los guardias, y que dio con la horma de su zapato.
-¿Y qué opinas tú de eso?.
-Yo no opino ná de eso. Ni de las otras cosas.
-¿Qué otras cosas?.
-Mira, asturiano, yo soy una persona pacífica, un trabajador, un hombre que se gana la vida como buenamente puede. Me gusta capar chinos, me gusta hablar con los amigos que vienen por mi bar, me gusta mucho mi pueblo, y la gente de mi pueblo. No me gusta la política.
-¡Coño, Valentín, no me jodas!, ¿desde cuando capar cerdos no es hacer política?.
-Estás bebiendo mucho, asturiano. ¿Te vas a acabar la botella?.
-¡Pues claro!.
-No te pienso poner otra. Yo no quiero líos.
-Tranquilo, Valentín, que yo estoy vacunado contra el brandy, y contra los líos. No seas rácano, hombre, y dime cuáles son esas otras cosas sobre las que tú no opinas ná.
-Dice el Felipo que Franco se está muriendo, y que los guardias andan matándose entre ellos, que eso es malo, muy mala señal. Se va a armar otra vez.
-¿Y tú estás de acuerdo con el Felipo?.
-Ya te he dicho que yo, sobre esas cosas, no opino ná.
-¡Y un güevo!. Tú opinas como todo Dios. Lo que pasa es que eres un tabernero, y los taberneros estáis un poco por encima del bien y del mal, sois una especie de confesores laicos. Escucháis, absolvéis, e imponéis penitencias. Aunque, claro, como también eres capador de cerdos, la cosa cambia.
-¿En qué cambia la cosa?.
-Todavía no lo sé, sólo llevo cinco copas de brandy. Hablaremos durante la segunda botella.
-No, asturiano, no habrá segunda botella. En mi casa, no.
-Conque se va a armar otra vez... ¡Una mierda se va a armar!. A lo mejor, muerto el perro, se acabó la rabia.
-¿Qué perro se ha muerto?.
-Aún no se ha muerto, pero se va a morir. Eso dice el Felipo, ¿no?.
-¡Pues no han de morirse perros en este puto país para que se acabe la rabia!.
-¡Joder, tampoco es para ponerse así!. El capitán González perdió la cabeza, o parte de ella. El níveo almirante voló con los angelitos. El almogóvar de los cojones está a punto de entregar su alma a Dios, sin saber que Dios es judío, y hasta puede que masón. Ten paciencia, hermano, todo se andará.
-Asturiano, deberías acostarte un rato.
-¡Y una leche!. Yo tengo un amigo... Tú lo conoces, seguro que lo conoces. Se llama Pedro García. ¿A que sí que lo conoces?.
-Sí, claro que lo conozco.
-Si yo lo sabía, ¿ves como lo sabía?. Pues, como te iba diciendo, Pedro, que está casado con una tía cojonuda...
-Sí, ya lo sé. Con la Fina, la del José el del agua.
-¡Pero, qué dices, Valentín!, ¡qué Fina ni qué leches!. Se llama Josefa... Aunque sus alumnos en el Instituto la llaman "La Rana"... Pero eso sólo es fruto de la crueldad sin límites de esos críos de mierda... ¡Coño!, conque Fina, ¿eh?. Puestos a llamarla así, podríais llamarla Flaca, que le sienta mucho mejor. ¿Sabes, Valentín?, así es como llamaba Humphrey Bogart a Lauren Bacall en una película que se titulaba "To Have and Have Not". Flaca, la llamaba Flaca. En castellano se dice "Tener y no tener". La gente piensa que las cosas, o se tienen, o no se tienen. La gente es jilipollas y está equivocada del todo. La mayoría de las veces, las cosas se tienen y, al mismo tiempo, no se tienen. Mi amigo Pedro tiene a la Flaca, eso es verdad. Pero mi amigo Pedro no es Humphrey Bogart y, por lo tanto, no tiene a la Flaca, eso también es verdad. No pongas esa cara, hombre, ya te he dicho que yo estoy vacunado. A ver si te crees que por una puta botella de brandy me voy a emborrachar yo. Ya sé lo que te pasa, lo que te pasa es que te has pensado que ya venía borracho. Pué ser. Pero no de brandy, borracho de alcohol no venía, ni lo estoy... aún. ¿Quieres que te lo demuestre?. ¿Quieres que ande por la raya de las baldosas sin salirme un milímetro?. ¡Coño, Valentín!, no seas así, hombre, que estamos hablando de cosas muy serias. ¿De qué cojones estábamos hablando?. Tranquilo, tío, que está todo controlado. ¡De mi amigo Pedro!, estábamos hablando de mi amigo Pedro, el comunista. Porque mi amigo Pedro es más comunista que la hostia. Bueno, la verdad es que, para ser más comunista que la hostia, tampoco hace falta tanto... Pero, ¿qué haces?, ¿te vas a ir y vas a dejarme solo?. Tú no tienes caridad cristiana, Valentín. Si me pones una copa, te cuento una cosa que tú no sabes...
-Vuelvo enseguida, asturiano. Tengo una cosa que hacer en la cocina.
-¡Un momento!, antes de irte a hacer eso tan importante que tienes que hacer, dime una cosa, ¿a que tú también eres comunista?.
-¿Tú no?.
-¡No señor!, ¡yo no soy comunista!. Yo soy anarquista, ni Dios, ni Patria, ni Amo...
-Yo pensaba que los asturianos erais todos comunistas.
-¡Y un güevo!, y las asturianas menos... Fíjate en la Señora...
-¿Qué señora?.
-¡Qué coño señora va a ser!. La Señora, cojones, la Señora... La Caudilla...
-¡Ah, ya!. Ahora vuelvo.
-¿Y qué pasaría si yo saltase ahora mismo la barra y procediera a la incautación revolucionaria del brandy de tu puto bar?. ¿Te crees que no soy capaz?, ¿Dónde coño te has metido, Valentín?. Lo que pasa es que vosotros, los puñeteros comunistas, sois igual que los otros. Vais al mismo sitio, pretendéis las mismas cosas. El orden antes que la justicia, la patria antes que el pueblo. ¿Qué vais a hacer después de la Revolución?, ¿la dictadura del proletariado?, ¿y beber cuándo?. ¿Sabes una cosa, Valentín?, creo que eso de capar a las bestias no está nada bien. Ni capar a las personas tampoco, aunque canten mejor. ¿No te das cuenta de que en este puto país somos todos una caterva de capaos?. Y no nos han capado los cojones, que eso no sería tan grave, nos han capado las ideas. Por eso hay tanto patriota, porque los patriotas son un hatajo de capaos. ¿Qué vais a hacer con los maricones, con las putas y con los borrachos después de vuestra cochina Revolución?. ¿Los vais a capar a todos?. Bueno, Valentín, no te enfades, hombre, que tampoco es tan grave la cosa. De momento, todo bien. Como ése que se cae del piso veinte y, cuando pasa por el diez, dice: "De momento, de puta madre". Está bien, estoy dispuesto a transigir en algún que otro pequeño detalle. Puede que esté un poco borracho. Bueno, es posible que esté bastante borracho. De acuerdo, hombre, de acuerdo, a lo mejor he cogido una mierda como un piano. Pero no lo creo, ¿sabes?. Porque si estuviera muy borracho, estaría de puta madre, como el tipo ése del piso diez. Y estoy jodido, más jodido que la hostia puta. ¿Ya has vuelto?. ¿Por qué no me pones una copa de coñac, hombre?. Pero, si ya da igual, cojones, ¿no ves que ya da igual?. Estoy bien, no se me enredan las palabras cuando hablo. Es posible que se me enreden las ideas, pero las ideas se me han enredado siempre, y no se me nota mucho. ¿Tú eres mi amigo, Valentín?. Hemos perdido juntos a las cartas, hostia, y eso ya es algo, ¿no?.
-Me voy a tomar una copa contigo, asturiano. Una copa, ¿de acuerdo?.
-¿Vas a beber conmigo?. Gracias, hermano, que Dios te lo pague y que San Vladimir te bendiga. ¿Por qué brindamos?.
-Por el zagal ése que han matao. Por tu amigo.
-¡Por el caballero del triste tricornio!.
-Eso mismo.
-He dicho triste tricornio de un tirón sin enredarme, ¿ves?.
-Tienes razón, asturiano. No estás borracho. Estás jodido.
-¿A ti nunca se te ha muerto un amigo?.
-Más de uno.
-Eso jode, ¿verdad?.
-Sí, eso jode.
-Eres un tío cojonudo, Valentín. Gracias por aguantarme, y por beber conmigo.
-Nada, hombre. Beberemos más veces, ¿no?.
-¡Claro que sí!. Y la próxima vez les daremos una paliza al Secayó a esos dos chulos del Juan y del Carmelo.
-¡A ver si es verdad!. Y luego nos burlaremos de ellos.
-¡Caiga el escarnio y la vergüenza sobre los derrotados!.
-¡Caiga!.
-¿Qué estabas haciendo en la cocina?.
-Llamar por teléfono.
-¿A quién, a la Guardia Civil?.
-Yo no llamaría a la Guardia Civil ni aunque ardiera mi casa, viese a mi hijo arrastrado por la corriente del río, y me encontrara rodeado de asesinos.
-¡Oye!, eso te ha salido muy bien. ¿Se te acaba de ocurrir?.
-No, es un chiste que contaba tu amigo el guardia. Me acabo de acordar ahora. De zagal, cuando venía por aquí con los amigos a tomarse una jarra de cerveza y una de sepia, solía contar chistes. Del que más me acuerdo es de ése.
-Cuéntamelo.
-Bueno, resulta que hay un hombre rodeado de asesinos. Detrás de él, su casa está ardiendo, y no muy lejos, las aguas de un río arrastran a su hijo. De repente, va y llega la Guardia Civil. El hombre se queda mirando a la pareja y dice: "¡Hostia, la Guardia Civil!. ¡Ahora sí que la hemos acabado de joder!".
-Es un chiste cojonudo. Digno de Manuel.
-Nos estuvimos riendo una semana. Y eso que, entonces, eran otros tiempos.
-¿Sabes lo que te digo, Valentín?. Me parece cojonudo que se maten entre ellos. El Felipo está completamente equivocado, ésa es una buena señal.
-Pué ser, asturiano, pué ser.
-Vamos a brindar por eso.
-No me parece correcto.
-¿Qué es lo que no te parece correcto, brindar por la gloria eterna de los represores del pueblo, o que un borracho como yo siga bebiendo?.
-¿Todos los asturianos sois igual de hijoputas?.
-No, algunos son mineros.
-Vamos a brindar por los mineros.
-Vale, por la Misantina.
-¿Quién es la Misantina?.
-Verás, tradicionalmente se le llama Misantina a la Virgen de Covadonga. Ya sabes, Don Pelayo, La Reconquista, Arriba España, Viva Franco... Pero mi padre llamaba Misantina a Santa Bárbara Bendita, patrona de los mineros. Ya sabes, Puxa Asturies, Libre, Roja y Dinamitera...
-Yo hice la mili en artillería, y era mi patrona. Creo que tenemos la misma Misantina.
-¡Por Santa Bárbara Bendita!.
-¡Por la Misantina!.
En eso llegó Pedro. Y llegó Pedro como llegan los comunistas como Dios manda. Serio, circunspecto, con la barba cuidada con la más esmerada policía, con los ojos tristes y lejanos. Sobrio, asquerosamente sobrio. Sensato, insensatamente sensato. Dijo "Buenos días, Valentín, ¿qué tal?" mirando a Valentín. Dijo "¿Cómo estás, Vicente?" mirándome a mí.
-¡Hostia, la Guardia Roja!. ¡Ahora sí que la hemos acabado de joder!- eso lo dije yo mirando a Valentín, mientras Valentín retiraba la botella de brandy porque había llegado la Guardia Roja y la habíamos acabado de joder.
-El asturiano está jodido- le dijo el Valentín, el capaor, al Pedro, el del tío Quico. Y el Pedro, el del tío Quico, movió parsimoniosamente la cabeza con un masónico gesto, al Valentín, el capaor.
Pedro se sentó en un taburete de la barra junto a mí, y le pidió al Valentín un agua tónica. No pidió una tónica a secas, como hacen los degenerados y otras gentes de mal vivir, sino un agua tónica, para dejar bien claro que los tipos como él sólo beben agua, sola o con apellido.
-¿Qué quieres tomar tú?- me preguntó a mí.
-¡Joder, pues un brandy!. Lo que pasa es que Valentín no me quiere servir porque dice que estoy borracho.
-Ponle un brandy a mi amigo, Valentín, por favor.
-Lo que tú digas- yo, la verdad, me quedé pasmado ante la reacción de Valentín. Estaba claro que lo que había querido decir era: "Lo que tú digas, camarada. Siempre a tus órdenes". Pero, seguramente, Pedro y Valentín hablaban en clave, algo muy natural entre los comunistas durante los tiempos difíciles.
Por supuesto, Valentín me sirvió una copa de brandy.
-Gracias, camarada. Nunca olvidaré tu generosidad- dije yo a Pedro, mirando a Valentín. Luego, miré a Pedro, para decirle a Pedro- ¿A qué has venido?.
-Valentín me dijo que estabas aquí- empezó el Pedro, el del tío Quico.
-Emborrachándome y buscando problemas- concluí yo, el borracho problemático.
-Sí.
-Y has venido para ayudar a tu camarada sacándome de aquí.
-No. No exactamente.
-Pues vos diréis, caballero.
-Josefa se ha encerrado en nuestra alcoba. Ayer no cenó, y esta mañana no ha querido levantarse.
-¿Dónde has dormido tú?.
-En el salón. En un sofá, junto a la chimenea.
-¿No quiere hablar contigo?.
-No quiere hablar con nadie.
-¿Y qué quieres que haga yo?.
-Ven a casa conmigo. Intenta hablar con ella.
-¿Qué te hace pensar que conmigo sí querrá hablar?. ¿Por qué ha de querer hablar con un puto borracho de mierda?.
-No lo sé. Quizá porque tú no le dirás que hay que ser fuertes, que todos hemos de morir algún día, y cosas así.
-No, yo no le pienso decir eso. Y si alguien me lo dijera a mí, me cagaría en su puta madre.
-Yo también lo quería, ¿sabes?.
-¿A quién?.
-A ese imbécil. A ese loco que, por fin, ha conseguido acabar su Quijote.
-¡No me jodas, Pedro!. ¿Acaso no era un asesino?.
-¿Por qué dices eso?.
-Porque los tipos como tú llamáis asesinos a los que matan gente.
-Manuel no ha matado a nadie. Se ha hecho matar por yo qué sé qué.
-¿Quién mató al capitán González?.
-¡No digas jilipolleces, Vicente!. Manuel no mataba ni a las culebras. Cuando veía una víbora, se apartaba y la dejaba en paz.
-¿Me llevas a casa, amigo Pedro?.
-Vamos. Josefa está muy sola.
-¿Qué te debo, amigo Valentín?.
-Nada, asturiano. Invita la casa.
-Gracias, camarada. Eres un buen hombre.
-Tú también, asturiano. Vuelve cuando quieras, pero vuelve con dinero, porque la próxima vez te toca pagar a ti.
-No lo olvidaré. Hasta luego, Valentín, nos veremos.
-Con Dios, asturiano.
Pedro había aparcado su coche en la puerta del bar. Pedro tenía un cuatro latas cargado de raros aperos y extrañas herramientas. Era un trasto desvencijado que gemía en cada bache y chirriaba en cada curva. Pasamos por La Glorieta hacia el otro extremo del pueblo, y el coche se detuvo frente al jardincillo del romero, aquel romero de florecicas azul celeste, como las bragas de Josefa, suponiendo que Pedro no mintiera cuando me lo dijo. Me invitó a pasar delante de él, y me señaló la escalera.
-La habitación está arriba, es la puertas de la derecha. Yo voy a preparar café.
-¿Y tostadas con miel?.
-Sí, y tostadas con miel.
Subí al piso de arriba, y me detuve frente a la puerta de la alcoba. ¡Hostia con el brandy de los cojones!, tenía el estómago revuelto y la cabeza de corcho. Unas curiosas lucecitas rotaban alrededor de mi cabeza en trayectorias elípticas respetando escrupulosamente las leyes de Kepler. Cuando pasaban más cerca, parecían querer estrellarse contra mis ojos. ¡Qué patético y qué desagradable es estar borracho y triste a la vez!. Los jilipollas que beben para olvidar, son unos imbéciles. Cuando un ser humano se emborracha, se convierte en una piltrafa humana, y cuando una piltrafa humana se emborracha, sigue siendo una piltrafa humana, además, borracha. Cuando Josefa me viera en aquel deplorable estado, ¿qué haría?. Seguramente, lanzarme escaleras abajo de una patada en el culo, y gritarle a Pedro que cómo se le había ocurrido traer a casa semejante despojo humano. Además, tampoco es cierto eso de que la bebida insufla el corazón de ardiente osadía e imprime al alma el más avasallador de los arrojos. Puede que en determinadas ocasiones ilumine el cerebro de asombrosa lucidez, pero generalmente reclama la miseria de donde proviene. ¿Qué otra cosa ha sido, si no, la lucidez de los borrachos insignes a lo largo y a lo ancho de la historia de la Literatura?. Además, yo ni siquiera era un borracho profesional, sino un pobre desgraciado con setecientos centímetros cúbicos de brandy en el cuerpo, una cantidad ridícula si la comparamos con las borracheras de los insignes borrachos, una chapuza, un conato de náusea, una vergüenza etílica, Golpeé la puerta con los nudillos, suavemente, con mano temblorosa, con la esperanza de que Josefa no lo oyera, o de que no hiciera ni puto caso si lo oía.
-¿Qué quieres ahora?- sonó la voz de Josefa desde el otro lado de la puerta.
-Soy Vicente- informé de mi presencia. Luego, pensé que, tal vez, también debería informar del motivo de esa presencia- Estoy borracho.
-La puerta está abierta- me informó ella a su vez. Probablemente, aquello significaba que nada me impedía empujar suavemente la puerta, y entrar en la habitación. Nada me lo impedía, salvo El Ángel Exterminador de Don Luis Buñuel. Pero, afortunadamente, hasta los ángeles exterminadores se toman vacaciones de vez en cuando, porque mi mano derecha empujó la puerta, y la puerta se abrió con un galante giro que me invitaba a entrar. Josefa estaba sentada en el borde de la cama. Llevaba una bata azul anudada en la cintura, pero muy mal anudada, porque se le veía media teta izquierda y todo el muslo derecho. Tenía los ojos rojos, sin bosque encantado y sin reina de las hadas. Tenía ojos de rana y cara de señora mayor. No dije nada, me quedé plantado ante ella, y la miré. Ella se levantó despacio, se acercó a mí, y me abrazó.
-¡Me lo han matado, Vicente, me lo han matado!- sollozó en mi oído derecho.
Tomé su cabeza entre mis manos, y la besé en los ojos llenos de lágrimas, y en los labios llenos de baba.
-Esto es de parte de Manuel- le dije mientras le acariciaba el cabello con el dorso de la mano.
-¿Cuándo has estado con él?.
-Anteanoche fuimos a la verbena del pueblo de las tres mentiras. Nos quedamos a dormir en un chalé de las afueras, habíamos conocido a unas chicas. Cuando ellas se fueron, hablamos de ti.
-¿Qué te dijo?.
-Que nunca había querido a nadie más. Sólo a ti.
-¿Por qué te dijo eso?.
-Porque yo se lo pregunté.
-¿Qué hicisteis con esas chicas?.
-Ya sabes, cochinadas.
-Manuel y yo nunca en la vida llegamos a hacer cochinadas juntos.
-Ya lo sé, pero eso no importa. Las cosas, a la larga, son recuerdos, y al final, lo único que importa es que esos recuerdos sean bonitos. El más bonito de los recuerdos de Manuel, era el de una muchacha de rostro dulce y ojos soñadores a la que un día besó en el pasillo, junto a la puerta de clase.
-No fue en el pasillo, fue en el patio. Detrás de la morera.
-¿Sólo allí?.
-No, pero allí fue la primera vez. ¡Eres un mentiroso de mierda!. Manuel no te contó eso.
-¡Claro que no!. Era vuestro secreto, y esas cosas no se cuentan. Yo tampoco le conté lo de nuestro beso, ése es nuestro secreto.
-Si se lo llegas a decir, te mato. ¿Cómo te fue con Zoraida?.
-Muy bien. Pero, ¿qué sabes tú de esa historia?.
-Ella me contó lo que pensaba hacer.
-¿Y tú intentaste disuadirla?.
-No, le dije que me parecía muy bien.
-¡Brígida, más que Brígida!.
-¿Habéis hecho cochinadas?.
-Unas poquitas. ¿Te contó que había comprado una caja de condones?.
-No, ¿eso hizo?.
-Sí. Fue a la farmacia, y le dijo al farmacéutico: "Por favor, una caja de condones. ¿Cuánto le debo?".
-¡Eso es mentira!.
-Te lo juro por Dios. Y pagó el autobús, la cena, la habitación y el desayuno. ¡Ah!, y la comida.
-Pues conmigo no te hagas muchas ilusiones. Yo no creo que valgas tanto.
-¡Qué le vamos a hacer!. No se puede tener todo en esta vida.
-¿Dónde está Pedro?.
-Abajo, preparando café. Parece ser que hay en esta casa un borracho que necesita una buena taza de café.
-Y una histérica egoísta que sólo piensa en ella misma. ¡Pobre Pedro!, debe estar muy enfadado conmigo.
-No, Josefa. Pedro no está enfadado contigo. Pedro está muy triste. Él también quería mucho a Manuel. Eran amigos, ¿recuerdas?.
-¿A pesar de todo?.
-O precisamente por todo. ¿A cuántas personas de este pueblo crees que respetaba Manuel de verdad?.
-A muy pocas, supongo.
-Pedro es una de esas muy pocas personas. Además, había un motivo muy especial.
-¿Qué motivo?.
-Tú. Cuando dos personas tienen algo tan en común, se sienten unidas más allá de ellas mismas.
-Hablas como Manuel.
-Gracias, es lo más bonito que me han dicho en mi vida.
-Pero Manuel era más guapo que tú.
-Ya lo sé, y más simpático, y había leído todos los libros, y la tenía más grande. Pero él nunca te tuvo a punto de caramelo en tu propia habitación como te tengo yo ahora, con una bata preciosa que caería al suelo con sólo tirar suavemente de esa cinta, y sin el peligro de que Pedro meta sus narices en lo que estamos haciendo.
-¿Qué crees que hubiera hecho él en un caso así?.
-Lo mismo que voy a hacer yo. Bajar contigo a tomar café. En el fondo era un jilipollas, como debes saber muy bien.
-Yo creo que, por lo menos, me hubiese besado.
-¿En la mano?.
Josefa se rió y me empujó hacia la puerta. Y, mientras yo la abría, me gritó:
-¡No te burles de mí, pervertido!.
-Si me prometes no tirarme por las escaleras, te ofreceré mi brazo para que las bajemos juntos.
-Me acabas de dar una idea.
Bajé corriendo las escaleras, y me tropecé con Pedro en la puerta del salón.
-Ha intentado matarme- grité señalando el piso de arriba.
-¿Por qué?, ¿qué le has hecho?- dijo tranquilamente el pragmático Pedro.
-Nada, yo soy inocente. Lo negaré todo.
-El café está listo- dijo Pedro mirando las escaleras, por donde bajaba Josefa lentamente, o quizá no tanto, pero, a veces, parece como si el tiempo se detuviera, o quisiese andar más despacio, o como si no existiera...
Cuando llegó junto a nosotros, se abrazó a Pedro sin decir nada. Él le acarició el cabello, la tomó por la cintura, y la condujo hasta la mesa del salón donde estaba preparado el café. Josefa le tomó una mano, se la llevó a los labios, y se sentó en la silla que Pedro le indicaba.
Los malditos comunistas, no sólo hacen excelentes paellas, sino que también preparan un delicioso café. Y así fue como descubrí otra cosa en común entre el camarada Pedro y el hermano Manuel. Josefa sorbió lentamente de su taza, volvió a colocarla sobre el platito, y me miró con un amago de sonrisa en los labios y una gran ternura de mansedumbre en los ojos.
-¿Me das un cigarrito, Vicente?.
-Espera- la interrumpió Pedro. Metió la mano en el bolsillo y sacó un paquete de Ducados, lo abrió ceremoniosamente, extrajo un cigarrillo, y se lo ofreció a Josefa. Ella lo miró atónita y divertida mientras se colocaba el cigarrillo en los labios y aceptaba el fuego que él le ofrecía.
-¿Qué significa esto?- quiso saber Josefa.
-Nada- dijo Pedro encogiendo ligeramente los hombros- Pasé por la puerta del estanco...
-Entraste en el estanco- intervine yo- Y le dijiste al estanquero: "Por favor, un paquete de Ducados. ¿Cuánto le debo?". ¿Eso hiciste?.
-Estanquera, en este pueblo tenemos estanquera- me corrigió Pedro- Sí, eso hice. ¿Quieres uno tú también?.
-No, gracias. En este momento me apetece más uno de mis Habanos, si no te importa.
-No me importa. Yo también siento una gran simpatía por Cuba.
-No me extraña.
-También he comprado una botella de coñac- añadió Pedro mirando a Josefa- No la he sacado a la mesa, porque creo que Vicente ya ha bebido bastante. ¿Te apetece un chorrito dentro del café?.
-Sí, me apetece muchísimo- dijo Josefa, regalando a Pedro una sonrisa que, Dios me perdone, hasta me pareció casquivana.
Pedro se levantó, trajo la botella de brandy, escanció escuetamente dentro de la taza de Josefa, y volvió a llevársela, sin sentir la más mínima piedad ante mi mirada suplicante. Sólo tuvo un detalle encantador: no hizo nada por ocultar el lugar donde la guardaba. Se sentó de nuevo a la mesa, y me miró.
-Ahí en el pasillo hay un cuarto de baño y, al lado, una habitación con una preciosa cama. Deberías meterte en la bañera un buen rato, y después descansar un poco. Más tarde te llamaré, y haremos la comida.
-¿Te das cuenta, Josefa?- dije volviéndome hacia ella- Tengo la impresión de que este individuo pretende insinuar que molesto.
-¿Eso pretendes insinuar?- le preguntó Josefa a Pedro.
-Sí- contestó el camarada Pedro secamente.
 -Tienes razón- dijo Josefa mirándome- Eso es precisamente lo que pretende insinuar.
-Pues no me gustan nada ciertas insinuaciones- dije yo manifiestamente ofendido. Luego, añadí mirando a Josefa- ¿También tú pretendes insinuar algo?.
-No, yo no insinuaría una cosa así. ¿me harías un favor muy grande, querido Vicente?- Josefa aplastó su cigarrillo en el cenicero.
-Ya está hecho, sea lo que sea- dije yo, rotundamente magnánimo.
-Ve al cuarto de baño, métete en la bañera, y luego, descansa un rato.
-¿Por qué?.
-Porque estás molestando.
Yo también aplasté mi cigarrillo en el cenicero, y me puse en pie. Miré a ambos desde mi altivez orgullosa.
-Supongo que tenéis muchas cosas de que hablar. No insistáis, os dejo. Creo que me daré un baño, y después descansaré un rato. Y hacedme un favor, no me molestéis. Odio la gente que molesta.
Antes de llegar yo a la puerta del cuarto de baño, ya se estaban manoseando, los muy guarros. Una vez dentro, abrí los dos grifos de la bañera a la vez, y comencé a desnudarme lentamente. No era aquél el cuarto de baño que había junto a la altiva biblioteca, quizá por eso recordé a la dueña de aquel cuarto de baño y de aquella altiva biblioteca, y eso me hizo recordar otra biblioteca más grande y mejor surtida, pero volví a las violetas, a un edredón blanco como las alas de las mariposas blancas, a un café deliciosamente frío, a una tostada con miel encantadoramente dura, y a una notita perfumada de ausencia: "Je vous aime". Me sentí preso de un corazón sin puertas y sin cerrojos, del azul inmenso de una mirada llena de naufragios, y comencé a sentir algo que no había sentido nunca: un como arrullo de sueños acariciadores en mares infinitos de ternura, un como deseo de ser isla donde nunca más naufragaran los ojos de mis sueños. ¿Por qué no?, ¿por qué no había yo de compartir aquella altiva biblioteca?, ¿por qué no había de tener sentido de una maldita vez mi asquerosa vida de peregrino sin Meca?. ¿Qué opinas tú, querido Manuel, ¿crees que yo podría recoger los restos del último naufragio, y fabricar con ellos un tálamo de perfumes en mi isla solitaria?. ¿Para qué te has dejado matar de esa manera, para hundirnos a todos en la amargura, o para estercolar nuestras esperanzas?. ¿Qué me has enseñado exactamente, pedazo de cabrón?. Yo siempre he sido un chico listo, ya lo sabes, un excelente alumno. Entonces, ¿por qué no tengo ni puta idea de qué cojones me has enseñado?. La bañera estaba en su punto, y yo también. Entonces sonaron unos golpes en la puerta.
-¡No puedo abrir!- grité- Estoy en pelotas.
-Creo que podré soportarlo- sonó la voz de Pedro desde el otro lado.
Abrí la puerta dispuesto a recriminar a Pedro que no la hubiese abierto él. Yo no había echado el puto cerrojo con la esperanza de que Josefa entrara por las buenas para decirme dónde estaba el jabón, o las toallas limpias, o que el puntito rojo era el del agua caliente... Pero me callé al ver que Pedro tenía las dos manos ocupadas.
-Que dice Josefa que me des toda la ropa que te has quitado.
-¿Para qué?.
-Para lavarla, cojones. ¿Para qué va a ser?.
-Y eso que llevas ahí, ¿qué es?.
-Te traigo una bata, unos calzoncillos, una camiseta y unas zapatillas. ¿Desea el señor alguna cosa más?.
-No. Puede retirarse, cabo.
Hicimos el intercambio sin novedad. Yo volví al tema pendiente que tenía con la bañera, y él a sus cochinadas, supongo. Meterse dentro del agua tibia con los músculos doloridos y la cabeza de corcho, es realmente balsámico. Llenarse de jabón, sumergirse de nuevo en el agua, hundir la cabeza, recostar la nuca contra el borde, mirar los azulejos, y descubrir que no son azules.. Indudablemente, un cuarto de baño es un pequeño paraíso, y aquel cuarto de baño en concreto, una conquista irrenunciable de la clase trabajadora. Con un cuarto de baño como aquél, una altiva biblioteca, y que, encima, te dejen ser rojo, resulta razonablemente sencillo ser feliz. Cuando la toalla va recorriendo la piel y la va dejando limpia y seca, un suave cosquilleo va llenando el cuerpo de dulces sensaciones. Los calzoncillos de Pedro me venían ligeramente ajustados. Lógico, un tipo severo y sobrio como él, gozaba de un cuerpo mucho más atlético que el mío, y de un culo más pequeño. Las zapatillas me venían grandes, los tipos como Pedro pisan con la seguridad y la firmeza de un cuarenta y cinco por lo menos. La habitación que había junto al cuarto de baño era confortable, y la cama acogedora. Pero no pude dormirme. El maldito baño me había quitado el corcho de la cabeza y la tempestad del estómago. Ahora notaba un vacío, en el estómago y en la cabeza. Así que decidí gobernar, y gobernar no es otra cosa que formular una lista de prioridades. Primero la cabeza. Recordé que en el salón había visto los muebles de las paredes llenos de libros. Hay tres cosas que definen a las personas: la manera como aguantan la bebida, sus predilecciones sexuales y los libros que leen. Del camarada Pedro, yo sabía que no moriría de cirrosis hepática ni de cáncer de pulmón. También sabía que la probabilidad de que muriera de sífilis era muy remota. La única enfermedad clara que amenazaba su vida de momento, era el comunismo, y esa enfermedad no se coge bebiendo, ni fumando, ni follando, sino más bien leyendo o viendo películas de Sergéi Mijáilovich Eisenstein. Por lo tanto, escudriñar entre sus libros era toda una tentación. Descubrí que Pedro era un hombre de campo, muchos de sus libros versaban sobre injertos, plagas y métodos de cultivo. Los libros de poesía y las novelas de Stendhal, mi querido Henri Marie, eran fácilmente atribuibles a Josefa, salvo error u omisión. Pero, así y todo, aún encontré alguna que otra interesante sorpresa, como el Zaratustra, de mi amigo Friedrich, el loco. O Zunzunegui, ¡cosas veredes!. ¡será posible, camarada Pedro!. Ya sé que la vida es como es, pero esto es demasiado, tú y yo tenemos que hablar muy seriamente sobre ciertos asuntos. Pero la joya venía en dos tomos, "The Spanish Civil War", traducido y nuevecito, de mi respetado profesor Hugh Thomas, un libro que yo aún no había leído, al menos directamente, aunque lo conocía muy bien. Un insigne catedrático me comentó en cierta ocasión: "Estos cochinos ingleses, lo que deberían hacer, es hablar menos de nuestra Cruzada, y devolvernos Gibraltrar". Curioso, porque yo siempre pensé que, el hecho de no ser españoles, privó a los gibraltareños de matarse unos a otros durante nuestra Gloriosa Cruzada, y de ser masacrados por un general gallego como vulgares albigenses una vez acabada Ésta. Si yo hubiese sido un llanito, sólo por eso, estaría eternamente agradecido  al Magnánimo Imperio Británico por su cortés detalle. Decidí tumbarme sobre la blanda cama con el primer tomo de la obra del profesor Thomas. Yo, es que no escarmiento. Me sigo acostando con los libros buenos, aunque siempre me dejen preñado, los muy guarros. Había ganado el Frente Popular las elecciones de febrero del treinta y seis, cuando descubrí a Josefa mirándome desde las alturas con una sonrisa encantadora. Pensé que había venido a decirme que los militares se habían levantado en África. Pero no, sólo había venido a ver si yo estaba despierto.
-Eso creía- dije melancólico- Pero debo estar dormido y soñando, porque estoy viendo un ángel sobre mí. ¿Qué has hecho para ponerte tan guapa en tan poco rato?.
-Me he arreglado un poco y...
-No me mientas, mujer. Has estado haciendo cochinadas con ese maldito comunista. Lo sé, lo sé todo.
-Bueno, sí, ¿qué pasa?. ¿Estás celoso?.
-Sí, claro, muchísimo. Pero, fíjate, ahora sólo me preocupa el hambre. No somos nada, ¿verdad?.
-Pedro y yo hemos pensado encender la chimenea, y torrar morcillicas, longanizas y tocinico. ¿Qué te parece la idea?.
-¿Qué me va a parecer?. Pecado de gula, ¿no?.
-Sí, ¿te apetece pecar con nosotros?.
-¿Crees que Pedro me dejará encender el fuego?.
-No sé, prgúntaselo.
Pedro no puso muy buena cara cuando le propuse encender el fuego. Argumentó que encender el fuego es todo un arte que, además, requiere una técnica muy especial, como todo arte que se precie. Me preguntó sobre mi experiencia en la materia. Nula, por supuesto. Pero yo no me dejé anonadar por su discurso, y preparé mi réplica a partir de un sabio argumento: me lo debes, muchacho, me lo debes. ¿Acaso no fuiste tú quien me impidió quemar la Virgen del Rosario?. Debes, por tanto, concederme el honor de someter a combustión sumaria estos cadáveres arbóreos. Quizá yo no tenga experiencia en encender chimeneas de comunistas, pero puedo enunciar la fórmula de la combustión de la leña con su correspondiente entalpía. No olvides, muchacho, que soy un chico de Ciencias. Naturalmente, Pedro sucumbió ante mis incontrovertibles argumentos, y Josefa se enamoró de mí. Utilicé los medios de comunicación de masas, es decir, el periódico del día anterior, basura a fin de cuentas, para lograr el nivel necesario de energía de activación, añadí ciertas ramitas esqueléticas a fin de crear un sano ambiente catalizador. Nada, la leña permanecía impertérrita, firme el ademán. Pedro observaba con gran atención los órganos genitales de una araña macho que laboraba impávida en un rincón del techo, mientras Josefa se entretenía enumerando sistemáticamente las motas de polvo de los visillos de la ventana. Ya había yo decidido visitar el depósito de gasolina del coche de Pedro para fabricar un cóctel Molotov y ganarme la simpatía de mi anfitrión bolchevique, cuando se produjo el milagro. Primero un ligero chasquido y una tenue llamita, después un suave chisporroteo y un proyecto rojizo-amarillento de candela. Finalmente. un fuego generoso y melódico. Miré a ambos con un orgullo prístino, irrevocable. Dominus cum me, et vobis cum. Me cum, me corrigió Josefa. Pues me suspendes si puedes, so Rana.
-¿Lo prefieres al fuego, o a la brasa- me preguntó Pedro, asumiendo el rol de cocinero, en vista de mi triunfo prometeico.
-No sé, ¿qué es antes?.
-El fuego es antes que la brasa- certificó solemne.
-Diéresle al fuego pues.
-El tocinico al fuego está mucho mejor. Empezaremos por ahí.
-¿Te apetece un poco de vino?- me preguntó Josefa.
-Vino de la tierra, supongo- dije yo telúrico.
-Ya lo conoces, es el vino que hace Pedro. Pero la uva la pisé yo.
-¿Te descalzaste para hacerlo?.
-Sí.
-¿Y te lavaste los pies?.
-¡Claro!, después de pisar la uva, los pies se quedan limpísimos.
-¡Venga ese vino!.
Era cierto, yo ya recordaba el vino de Pedro. Era un vino amable, ciertamente azucarado y tímidamente tocado de aguja. No era un vino de gran presencia ni de portentoso bouquet, pero era un vino todo lo agradable que puede ser un mosto fermentado sin prisas y trasegado pacientemente cuantas veces fuera necesario. Más que cuerpo, tenía honradez. Más que bouquet, tenía encanto personal. Más que irisadas transparencias, presentaba guiños candorosos. Era un vino, en el buen sentido de la palabra, bueno. El tocinico en cuestión, resultó una delicia, y Pedro parecía alimentarse más viendo como nosotros nos alimentábamos.
-¿Le has contado a Josefa lo que piensas que hizo Manuel?- me preguntó Pedro mientras saboreaba un sorbo de aquel vino hecho por él.
-Me sorprendes, camarada- dije yo- ¿Cómo osas abrir la herida, tú, que siempre atacas los problemas metiéndolos en el baúl del olvido?.
-Eso no es exactamente cierto, Vicente. Aunque reconozco que nunca he sido un hombre valiente a la hora de afrontar los problemas. Sobre todo, si son problemas personales.
-Quizá no se puede ser sensato y lúcido a la vez- dije yo.
-Probablemente- confirmó Pedro.
-¿Qué tenías que contarme sobre Manuel?- me preguntó Josefa mirándome muy seria.
-Díselo tú, camarada- le dije a Pedro.
-Vicente piensa que Manuel mató al capitán González.
-¡Estás loco!- me gritó Josefa- La vida me juego yo a que Manuel no hizo eso.
-Fue el capitán González quien le hizo aquello a Mari Carmen- dije yo mirándola, y notando la mirada de Pedro.
-¿Te lo dijo Manuel?- inquirió Josefa sosteniendo mi mirada.
-No, Bueno, no exactamente. ¿Recuerdas que Mari Carmen e Isabel se hicieron muy amigas en el hospital, y que después han sido algo más que amigas?.
-¿Qué significa algo más que amigas?.
-Nada en especial. Muy amigas. Lo que quiero decir es que Mari Carmen le ha contado a Isabel cosas que no le ha contado a nadie más. ¿No te dijo Manuel que Isabel le había salvado el alma a Mari Carmen?.
-Sí, eso me dijo.¿Ya sabes lo que significa?.
-Más o menos. Isabel es la única persona capaz de comprender por lo que pasó Mari Carmen. Ella también ha tenido en su vida experiencias horribles.
-¿Existe alguna experiencia peor que la de Mari Carmen?.
-No te puedes imaginar el grado de bajeza y abyección al que pueden llegar las personas. Me temo que sí, Josefa, que hay experiencias peores que la de Mari Carmen. Creo que Manuel quiso decir con su frase que Isabel Gavidia le insufló a Mari Carmen parte de su infinita fuerza moral. Así fue como salvó su alma.
-Supongo que tú sabes cosas sobre Isabel Gavidia que los demás ignoramos- intervino Pedro con un gesto de rara introspección en su rostro.
-Sí, camarada- dije yo con un conato de amarga sonrisa- Sé de ella cosas que te sorprenderían, y te emocionarían.
-Si tú lo dices...
Josefa se había quedado pensativa. Pedro propuso que tomáramos café, y comenzó a retirar la mesa. Apoyó suavemente su mano derecha en el hombro de Josefa y le sonrió con una ternura impropia de un fiero bolchevique.
-No te preocupes, ya me encargo yo- le dijo.
-Dime por qué crees que Manuel mató al capitán González- me requirió Josefa mietras Pedro trajinaba en la cocina.
-Manuel llevó a Mari Carmen al hospital desobedeciendo las órdenes de su capitán. Probablemente, le ordenó que la tirara en una cuneta porque la creía muerta, o a punto de morir. Luego se quedó con ella hasta que estuvo fuera de peligro, eso ya lo sabes. Tal vez el capitán y él tuvieron sus más y sus menos. Es posible que Manuel pensara que Mari Carmen corría un gran peligro con el capitán vivo, o puede que pasara algo que no sabemos.
-No, Vicente- dijo Josefa moviendo la cabeza con incredulidad- Si me dijeras que Manuel, cuando vio aquello, sacó la pistola y vació el cargador en la cabeza de ese hijo de puta, puede que hasta te creyese. Pero, planear un asesinato a sangre fría, y no asumir lo que hizo públicamente, eso no me lo creo de Manuel. Y si tú piensas eso de él, no eres su amigo. Ni mío tampoco.
-¡Dios, qué grande es el amor!.
-¿Qué tiene eso que ver, imbécil?.
Durante el café y los brandys posteriores, hablamos de muchas cosas. De Manuel, de lo mucho que habíamos querido a Manuel, sobre todo Pedro. De Mari Carmen, de lo mucho que queríamos a Mari Carmen, sobre todo Josefa. De Ayora, de lo importante que era aquel pueblo, sobre todo para mí. Fue una tarde mansa y apacible, al menos ése era el empeño del cielo y del aire. Había allí muchos recuerdos que parecían míos. El recuerdo de un aula lóbrega y un presunto profesor patéticamente iluminado, de un patio de recreo lleno de algarabía y susurros mezquinos, de un amigo muy querido al que se le cuentan esos sueños imposibles con la chica de tus sueños que, ya ves como son las cosas, es la chica de sus sueños, una fría madrugada invernal de escarcha y niebla con examen de Matemáticas a las nueve, una ecuación de segundo grado con raíz negativa, siempre con raíz negativa, porque ella siempre ha sido la raíz negativa de mi ecuación de segundo grado, la premisa oscura de mi silogismo en Celarent, la estalactita líquida de mi llanto solitario, el mítico mar allende las montañas que algún día tenemos ir de ver. Había un cúmulo de sueños, de esperanzas e ilusiones perdidas para siempre en el bosque de las hadas de los ojos de Josefa, en la mirada oscura y apaciguadora de Pedro. A pesar de todo, el sol había sido aquella mañana sardónicamente alegre y satisfecho, pero había como un rumor lejano que venía del otro lado de ninguna parte, como un llanto de niño, un maullido de cachorro, era como una imprecación tenue y lejana, lejana, tenue... Para Pedro sólo había una manera de enarbolar la espada contra los gigantes de la miseria, el convencimiento de que se puede ser feliz, era una apuesta difícil, pero necesaria, imprescindible. Me recordó a mi querido Blaise y su esperanza matemática. Tiene razón Pedro, querida Josefa, no ha sido un azaroso designio del caos, ni un avatar aleatorio del juego de dados, se ama porque esa es la solución justa del problema, porque hasta los rayos de luz se curvan por la acción de la gravedad, hay una sabiduría inescrutable en nuestros sentimientos, no es ciego el amor, ni sordo, sólo es grávido, como los rayos de luz. El amor es la luz de nuestra alma, de nuestra mente, de nuestro loqueseaquesea, por eso hay besos que son cortocircuitos, relámpagos inabarcables en un cielo tormentoso, como aquel beso detrás de la morera del patio, probablemente en una mañana pajiza con examen de Física a las once y media. Y ahora creerás encontrar sentido a ese poema que guardas desde siempre en un lugar que ya no recuerdas, porque un nuevo campo gravitatorio le dará su sentido prístino a aquel viejo poema, que surgió de la luz e ilumina el cajón oscuro, como esas piedras de pechblenda que impresionan la placa fotográfica de tu alma dormida. Te quiero, reina de las hadas, por la misma razón que te quiere Pedro, o que te quería Manuel, porque creas a tu alrededor un campo amoroso que modifica el comportamiento de las emociones sometidas a su influencia. Me sentí rotundamente agotado cuando el halo vespertino matizó el aire de tonalidades ocres, naufragios y voluptuosidades volcánicas de un verde amarronado, cuando el bosque de las hadas se ensombreció de ausencias y las manos honradas de mi amigo Pedro entonaros su dialéctica de sueños laboriosos. Con el beneplácito de mis dulces anfitriones, decidí visitar el mullido lecho donde Josefa había interrumpido unas horas antes la explosión de euforia victoriosa del Frente Popular. Intenté volver a la lectura, aun a sabiendas de que los militares se iban a levantar en África al mismo tiempo que el gobierno republicano decidía irse a la cama de la vergüenza. Pero ni siquiera me dio tiempo a cargarme a Calvo Sotelo, porque una modorra semejante a la de aquellos preclaros padres de la patria pudo con mis médulas que habían gloriosamente ardido por mor del amor y otras altas bajezas. Me sumí en esa melancolía atávica del estado de abotargamiento muscular que precede a la prisión del cuerpo y a la libertad de la amada, que sale sin ser notada, estando ya la noche sosegada. Y me vi en aquella cama, junto al libro abierto, con la cabeza recostada y reclinada sobre la almohada, respirando pausadamente para alimentar las miserias de mi cuerpo lejano. En cierto valle, surcado por un manantial que nacía de los cabellos de la doncella ultrajada, bajo un pino dadivoso de fresca penumbra que perfumaba el aire con sus lágrimas irisadas, una cabeza de suaves cabellos reposaba sobre mi hombro. Yo contemplaba el discurrir manso y rumoroso de las aguas transparentes, y el contoneo lascivo de las ovas silenciosas, y escuchaba un rumor de aves que buscaban cobijo entre las tupidas ramas. Ella susurraba junto a mi oído melodiosas palabras que actuaban sobre mí como un bálsamo dulcísimo, aunque yo no las entendía, porque pertenecían a un extraño lenguaje ignoto, mágico, indescifrable. Eran las palabras más hermosas que yo jamás había escuchado, el más arrebatador poema jamás escrito. No sólo no las entendía, sino que no era capaz de recordarlas después de haberlas escuchado. Pero dejaban a su paso por mí un como reguero de paz infinita, una como caricia de armonías primigenias. Mi mano resbalaba por aquellos cabellos sedosos, y el perfume cálido de un aliento de violetas embriagaba mi espíritu sin sentidos, sin ventanas ni postigos, sin puertas ni cerrojos. Y amé desasidamente la tenue brisa y el dulce rayo de luz que atravesaba la tenue brisa sin herirla ni rozarla, sin mancillar su pureza, con una caricia de luz y una sonrisa de estrellas...

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