martes, 12 de noviembre de 2013

LOCUS AMOENUS JORNADA SÉPTIMA

                                                          JORNADA SÉPTIMA
Puede que cayese en una pesada somnolencia después de pasar en vela la mayor parte de la noche, sin poder dormir, meditando sobre mil cosas que ahora no recuerdo y que, por supuesto, no quiero recordar. Mi primer contacto con la vigilia matutina fue un cosquilleo lejano, y después, un como murmullo de risas. Abrí un ojo, pero no del todo, sólo quería comprobar qué demonios estaba pasando antes de decidir si me despertaba o seguía dormido. Me hallaba tumbado sobre la cama, boca arriba, totalmente embadurnado de mermelada, mientras tres gatitas juguetonas se dedicaban a lamerme entre risitas retozonas y guiños de complicidad. Al fondo, la figura erguida de Manuel observaba sonriendo como si aquello fuese el espectáculo más divertido que jamás hubiese contemplado. Decidí despertarme y sorprenderme. Descarté la idea de la sorpresa violenta, y opté por una sorpresa más apacible y civilizada.
-¿Me estáis desayunando?- pregunté.
-Sí- dijo Consuelo- Buenos días, dormilón, ¿quieres un poco?.
-Me encanta la mermelada, ¿de qué es?.
Consuelo me ofreció su lengua llena de mermelada para que la probase.
-De fresa- dijo- ¿Te gusta?.
Hábil pregunta aquélla, ¡Voto a Dios!. Sí, la mermelada también me había gustado, pero me siguió gustando mucho la boca de Consuelo sin mermelada, ¡cosas de la vida!.
-Perdonad un momento- intervino Manolita- Yo es que no me fijé muy bien anoche, pero, ¿seguro que la tenía tan grande?.
Alcé la cabeza para ver el objeto de admiración a que se refería la dulce Manolita, y pude observar el mástil desafiante que se erguía entre mis piernas. Irreconocible, francamente irreconocible.
-Eso es todo meaera- dijo Manuel desde su posición de Dios omnipotente, como si fuera el autor de la novela, o algo parecido- En cuanto mee, se le pasa. Se trata de un espejismo muy frecuente.
-¿Tú crees?- preguntó Teresa colocando los dedos de sus manos con intención de medirla.
-Estoy completamente seguro- certificó Manuel- Propongo que bajemos a desayunar y que lo dejemos mear en paz. A no ser que prefiráis acabar antes con la mermelada.
-No- dijo Manolita- Ya se ha despertado, y ahora no tiene gracia.
-Pues a mí es ahora cuando más gracia me hace- dije yo, sintiéndome presa de traición y abandono.
Pero no les importó lo más mínimo dejarme abandonado, con mis restos de mermelada embadurnándome la piel, y con mi mástil hierático y desafiante abandonado a su suerte, una suerte más que probablemente micciosa. Así que dejáronme y abandonáronme, y quedéme triste y solo, como triste y sola quedóse aquella Fonseca que todos recordamos sin haber estado nunca allí. Opté por la ducha para solucionar el problema de la mermelada, y por seguir el consejo del bueno de Manuel en lo referente a mi mástil hierático y desafiante. Y todo funcionó a las mil maravillas, tras la ducha, mi piel olvidó el vago sabor de fresas salvajes ante la sonriente complacencia de Ingmar Bergman, y, por supuesto, aquel mástil hierático y desafiante convirtióse, tras la pertinente meada, en lo que siempre había sido: un triste y melancólico colgajo sumido en sueños de grandeza, pero preso de la humildad de todo apéndice en estado de letargo. Cumplidas las funciones de aseo personal y de apaciguamiento genital, comencé una pormenorizada búsqueda de mis prendas de vestir en aquella alcoba que fue paraíso encontrado, y que ahora lucía como paisaje después de la batalla. Jugué con ventaja, porque todas cuantas prendas esparcidas allí permanecían eran de mi propiedad, es decir, de esa parte del pueblo resumida en mi persona. Una vez vestido, o disfrazado de elemento sociable, procedí a bajar hasta la cocina, donde las chicas y Manuel mantenían una animada charla, plagada según parece de elementos jocosos, a tenor del brillo luminoso de sus expresiones, y del tono festivo de sus voces. Tomé asiento entre Consuelo y Manolita, y las miré alternativamente, mientras Teresa servía café en mi taza y me ofrecía una de esas curiosas pastas de pueblo que suelen tener nombre de santa, a ser posible mártir, y por supuesto virgen.
-¿No os da vergüenza ser tan guapas?- las recriminé con tono ascético.
-No, ya no- dijo Consuelo, nublando mi mirada con la luz cegadora de sus ojos.
-¿Y cómo ha sido eso?- insistí en mi reconvención.
-Anoche en la verbena, sin ir más lejos- comenzó a explicarme Consuelo- Sentía una rabia tremenda de ver tan guapa a Manolita. Estaba claro que Manuel la elegiría ella y no a mí. Pero más tarde, en la cama, mientras vosotros jugabais con Teresa, me abracé a ella, le di un beso, y me sentí muy feliz de tener una amiga tan guapa como ella. Ahora mismo, cuando la miro, ya no siento envidia, sino unas ganas locas de abrazarla. No, Vicente, creo que ya no nos da vergüenza ser tan guapas.
-¡Chúpate ésa, filósofo!- dijo Manuel levantando su taza de café y brindando a la salud de la inmensa Consuelo.
-¿Qué quedará de todo esto cuando nos hayamos separado?- pregunté mirando aquella deliciosa pasta con nombre de santa, virgen y mártir.
-Es curioso que seas tú quien hace esa pregunta- dijo Manolita regalándome una encantadora sonrisa- Se supone que somos nosotras las pobres chicas de pueblo que rumiarán el dulce recuerdo de una hermosa noche de verbena. Porque, ¿sabes?, nosotras acabaremos casándonos con aquellos tres tipos de la pelea, suponiendo que hayan sobrevivido, y, desgraciadamente, habrán sobrevivido, siempre lo hacen. Manuel, tú que siempre tienes una frase bonita para estos casos, ¿qué nos quedará después de esto?.
-Siempre nos quedará París- dijo Manuel.
-¿Lo ves, Vicente?- dijo Manolita- Siempre nos quedará París.
Todos nos quedamos mirándonos, hasta que Teresa dijo algo que todos pensábamos y que alguien tenía que decir.
-Si salís hacia la derecha, llegaréis a la carretera sin tener que pasar por el pueblo. Puede que la Guardia Civil os esté buscando.
-¡Qué emocionante!- exclamó Manuel- ¿No os parece encantador que la Guardia Civil nos esté buscando?.
-A mí me parece una putada- dije yo.
-No te lo tomes a broma- dijo Manolita a Manuel- Se nota que tú no conoces a la Guardia Civil.
-Tienes razón- dijo Manuel- ¿Crees que debería estar acojonado?.
-Quizá no tanto- dijo Consuelo- Pero un poco preocupado, sí. Como Vicente.
-Vicente- dijo Manuel mirándome- Tú que conoces a la Guardia Civil, ¿qué crees que deberíamos hacer?.
-En principio- dije yo muy serio- El problemas es exclusivamente tuyo. Yo no he mutilado a ningún honrado ciudadano de Montealegre del Castillo, y la Guardia Civil no tiene nada contra mí.
-¿Cómo puedes decir una barbaridad semejante?- dijo Consuelo escandalizada- Manuel lo hizo para defenderte, ¿y así se lo pagas?.
-Naturalmente- respondí con pasmosa tranquilidad- ¿Quién es aquí el héroe, y quién es el cobarde?, Si esperáis de Manuel las más increíbles proezas, ¿por qué no habíais de esperar de mí las más miserables acciones?.
-No digas esas cosas- dijo Teresa acercándose a mí y abrazándome- Manuel no es un héroe, y tú no eres un cobarde. Tampoco es más guapo que tú, sólo está un poco más loco.
-Eso es verdad- dijo Consuelo- Manuel está un poco loco. Por eso debes cuidar de él. Pero no se te ocurra curarlo- se acercó a Manuel y lo besó apasionadamente en la boca- Ya quedan pocos locos como tú, querido Manuel.
Todo el mundo besó a todo el mundo antes de que abandonáramos el chalé de los tíos de Consuelo y torciéramos hacia la derecha para salir a la carretera sin tener que cruzar el pueblo. Quise encontrar en la expresión de Manuel algún ligero gesto de melancolía, un conato de tristeza por lo que acabábamos de dejar, pero sólo pude encontrar una reconcentración en su mirada y unas feas arrugas en su frente, que siempre había conocido despejada.
-Me siento triste, hermano- dije, a pesar de todo, cuando llegamos a la carretera y comenzamos a caminar no sé bien hacia dónde.
-Yo también, compañero. Pero la vida es ansí, como decía el bueno de Don Pío.
-¿Cómo llegaremos a Ayora?- pregunté de pronto.
-Aún no lo sé.
-Tengo una cita a las doce en cierto autobús.
-¿Con la hija de Matías?.
-Sí.
-Y te encantaría llegar a tiempo, ¿verdad?.
-Dime la verdad, hermano. ¿Hasta dónde han llegado tus relaciones con Zoraida?.
-Hasta el teorema de Bolzano y el polinomio de Taylor.
-¿Tan lejos?.
-Sí.
-Es una chica brillante, ¿verdad?.
-Muy brillante. Matrículas de Honor y todo eso...
-¿Qué sabes de su padre?.
-Algunas cosas. ¿Qué quieres saber tú?.
-No sé. Por ejemplo, ¿qué hacía a la edad de Zoraida?.
-Una guerra.
-Sí, eso suponía. Y la ganó, ¿no es eso?.
-Digamos que colaboró con quienes la ganaron.
-¿Ya era guardia civil entonces?.
-No, en absoluto. Cuando acabó aquella guerra, se le plantearon dos opciones, volver a su pueblo extremeño a criar niños yunteros como había sido él, o vestir el uniforme que más había odiado durante su infancia. Deberías saber que los que perdieron aquella guerra, perdieron mucho, pero los que la ganaron, ganaron muy poco. Parece una sarcástica contradicción del principio fundamental de la conservación de la energía, ¿no crees?.
-Bueno- dije yo, observando cómo la carretera serpenteaba entre tierras rojas y olivos raídos- Tengo entendido que el principio fundamental de la conservación de la energía sólo es aplicable en situaciones civilizadas.
-¿Cuál es tu opinión personal sobre Matías?- me preguntó Manuel de pronto.
-No parece un sargento de la Guardia Civil- dije yo rascándome la cabeza- O sí que lo parece, yo qué sé qué cojones parece. Me resulta muy difícil emitir un juicio sobre un personaje tan curioso.
-O sea- resolvió Manuel- Matías es un tipo curioso.
-Sí- ratifiqué yo- Muy curioso. ¡Y, anda que tú...!.
-Yo, ¿qué?.
-Tú eres la hostia en verso.
-O la leche en vinagre, según como se mire.
-¿Tú crees que yo soy un jilipollas?.
-Sí.
-Gracias, hombre.
-No hay de qué, compañero.
Súbitamente, detrás de la siguiente curva, apareció una gasolinera. Manuel me miró de la misma manera que me miraba mi padre los domingos, antes de darme diez duros para irme de parranda.
-Esa cita que tienes a las doce en cierto autobús, ¿es muy importante?.
-Supongo que Zoraida se llevará un disgusto si no me presento.
-¿Es importante para ti?.
-Sí, es muy importante para mí. Si no cojo ese autobús, seguramente visitaré cierta taberna para emborracharme con cierto aguardiente asesino. Mari Carmen me echará a patadas de su casa, Josefa me cerrará la puerta en las narices. Y, tal vez, Matías sienta misericordia de mí, y me pegue un tiro justo aquí- dije señalándome la frente- Para que no sufra.
-Procuraremos que eso no ocurra.
Manuel había observado un coche en la solitaria gasolinera. Mientras el empleado procedía a llenarle el depósito, el conductor había salido un momento para estirar las piernas. Vi como Manuel se acercaba a él, y me detuve a una prudente distancia. No sé si fue por instinto o fue una especie de premonición, pero lo hice de manera que parecía estar vigilando mientras mi compañero se acercaba a interrogar a un sospechoso. Me hizo gracia la situación, y me dio por pensar que, en otras circunstancias, me hubiera sentido avergonzado.
-Buenos días- saludó mi compañero al sospechoso con impecable seriedad- Me llamo Manuel Sanchis, y soy guardia civil- dijo mostrándole su carné profesional.
-¿He cometido alguna infracción?- quiso saber el sospechoso.
-No se trata de eso- aclaró Manuel- Mi compañero y yo necesitamos que nos haga un gran favor. Hemos de estar a las doce en Ayora.
-¿Tengo alguna opción?- preguntó el sospechoso, demostrando, ya de salida, no simpatizar con la causa.
-Por supuesto que tiene usted opciones- dijo Manuel, imperturbable ante la adversidad- No sé si le parecerá paradójico o curioso, pero, en estos momentos, lo peor que nos podría pasar es que nos localizara la Guardia Civil. El teniente Mouriz y yo pertenecemos al sindicato del Cuerpo, y hemos de estar en Ayora antes de las doce por razones de las que lamento no poder informarle. Como puede ver, sí tiene usted varias opciones. Puede llevarnos a Ayora sin esperar nada a cambio, por simple y llana solidaridad. Puede negarse a hacerlo, y nadie le va a recriminar que se inhiba cobardemente. Incluso, puede denunciarnos en el primer cuartel de la Guardia Civil que encuentre, demostrando ser un verdadero patriota y un buen español, por lo cual será debidamente recompensado. Esas son sus opciones, amigo. Usted decide.
El sospechoso puso más cara de sospechoso que nunca. Miró a Manuel y, probablemente, se acojonó ante la seriedad con que Manuel le devolvió la mirada. Después me miró a mí, y yo intenté poner la cara más acorde con la situación que pude, pero no creo que pusiera cara de teniente de la Guardia Civil, lo cual no dejó de ser un acierto, porque se suponía que yo era un teniente de la Guardia Civil intentando poner cara de otra cosa.
-No sé dónde está Ayora- dijo el sospechoso.
-Eso no es ningún problema- dijo Manuel- Yo sí lo sé.
-Pues si hemos de llegar antes de las doce, no nos conviene perder mucho tiempo, ¿no les parece?- argumentó el ex-sospechoso, porque, tras su decisión, de sospechoso, nada, Culpable, culpable sin apelativos de colaborar con dos individuos subversivos y sindicalistas.
-Celebro que haya usted elegido esa opción- dijo Manuel- Pero he de advertirle una cosa, es posible que corra usted un serio peligro ayudándonos. Si nos detienen, puede usted decir que yo le obligué a hacerlo bajo amenazas. Con mucho gusto ratificaré su declaración.
-Si nos detienen- dijo el culpable de subversión- No pienso declarar esa estupidez. Sencillamente, diré que siempre ha sido para mí un orgullo y un privilegio colaborar con la Guardia Civil. Soy abogado, me llamo...
-Un amigo- lo interrumpió Manuel- Usted se llama "Un amigo". No es necesario que se llame de otra manera.
-De acuerdo- dijo "Un amigo"- ¡Ah!, y una última cosa...
-Usted dirá.
-No me he creído ni una sola palabra de todo lo que me ha contado.
-Entonces, ¿por qué nos ayuda?- quiso saber Manuel.
-Por si acaso- dijo el abogado subversivo.
-¿Por si acaso es verdad, o por si acaso es mentira?- insistió Manuel.
-Por si acaso cualquiera de las dos cosas- respondió "Un amigo" con la mayor naturalidad.
Manuel sonrió enarcando las cejas, y demostrando finalmente la definitiva simpatía que comenzaba a sentir por aquel individuo.
-Así que es usted abogado- dijo.
- Sí, señor- respondió el interpelado.
-Laboralista, supongo-
-Supone usted muy bien.
Subimos al coche. Manuel lo hizo al lado del laboralista amigo culpable de subversión, y yo lo hice en la parte de atrás, como se supone que debe hacerlo cualquier teniente de la Guardia Civil que se precie, sobre todo si pertenece al sindicato del Cuerpo, y sufre persecución a causa de la justicia.
-¿Qué hay de verdad en eso de que Franco se está muriendo?- quiso saber nuestro cómplice de subversión, mientras conducía su coche en dirección a aquel curioso lugar llamado Ayora donde, según parece, los elementos subversivos tienen su cuartel general.
-Toda la verdad del mundo, compañero- dijo Manuel ofreciéndole un cigarrillo.
El ex-sospechoso amigo laboralista aceptó el cigarrillo, agradeciendo el detalle con exquisita educación.
-Muchas gracias- ésa fue la fórmula empleada.
-¿Te molesta mucho que Franco se muera apaciblemente en su cama?- preguntó Manuel, quizá considerando que en tan reducido habitáculo no había lugar para el "usted", tratamiento más acorde con las gasolineras solitarias próximas a pueblos de más o menos mentiras.
-Tengo entendido que están haciendo con él experimentos dignos de los médicos nazis- dijo nuestro choffeur circunstancial.
-No hay que hacer caso de todos los rumores- fue el comentario de Manuel.
-La verdad es que no me lo acabo de creer, pero no deja de ser un consuelo.
-Quien no se consuela es porque no quiere, ¿no es eso lo que dicen?.
-Triste consuelo de todos modos.
Yo miraba por la ventanilla, y observé cómo dejábamos Almansa a la derecha, y tomábamos la carretera de Ayora. Manuel y nuestro amigo laboralista, culpable de subversión, continuaban hablando de aquel triste moribundo. Y, como todos los moribundos son tristes, sobre todo cuando todo el mundo espera que se mueran de una puta vez, decidí dejar las tristezas moribundas de lado, y centrar mi imaginación en unos inmensos ojos negros, que ya debían estar subiendo a cierto autobús. Comprendo perfectamente que aquello casi suponía una manifiesta traición a la causa revolucionaria, sé fehacientemente que la traición no tiene excusa, pero la carne es débil y el alma es humana, ¿qué le vamos a hacer?.
Cuando llegamos a unos quinientos metros de la entrada del pueblo, cerca de aquella ermita de San Antón, ¿mudéjar, quizá?, Manuel ordenó a nuestro choffeur que detuviera la voiture, cosas de guardias que nunca he llegado a entender del todo.
-Creo que será mejor que nos dejes aquí- dijo Manuel- Continuaremos andando. No sé cómo darte las gracias, compañero.
-Pues no me las des- dijo nuestro ex-sospechoso laboralista subversivo.
El coche se había detenido justo al lado del cruce de Enguera, a la derecha estaban las montañas y, en medio de aquellas montañas, un precioso lugar llamado El Olmo Seco.
-Os deseo toda la suerte del mundo- continuó nuestro cómplice salvador- Por cierto, ¿a dónde va esa carretera?.
-A Enguera- dijo Manuel.
-Nunca he estado en Enguera, ¿qué tal pueblo es?- preguntó nuestro benefactor.
-No está mal- le respondió Manuel.
-Seguiré por ahí. Voy dirección a Valencia.
-Pues por ahí no vas mal del todo.
-Supongo que no nos volveremos a ver.
-No, compañero, no nos volveremos a ver.
-Suerte.
-Lo mismo te deseamos.
Cuando el coche se perdió por la primera curva de la carretera de Enguera, Manuel me miró, y me regaló una de sus encantadoras sonrisas.
-Bien, compañero- me dijo- Creo que podrás coger ese maldito autobús.
-Gracias, hermano- le respondí- ¿Cómo podré pagarte lo que has hecho por mí?.
-Violetas- dijo él- Me encantan las violetas.
-¿Pretendes que te regale un ramo de flores?.
-Un ramo de flores y una sonrisa, ¿hay mejor regalo que ése?.
No le respondí, porque se me hizo un nudo en la garganta. Caminamos en silencio. Bajamos la cuesta. Cruzamos el puente. Subiendo, pasamos por la puerta de El Frenazo. Después, dejamos la gasolinera a la izquierda, y llegamos a La Glorieta. Al otro lado del jardín estaba el autobús de Requena...
Pero yo me quedé parado, sin saber qué hacer.
-¿A qué esperas para coger tu autobús, muchacho?- dijo Manuel tranquilamente.
-Antes me gustaría...- intenté comenzar con tono apagado.
-No me vengas ahora con mariconadas, y lárgate.
Me hubiera echado a patadas. Así que, cabizbajo, comencé a caminar hacia aquel autobús. Cuando llegué junto a la puerta, el motor estaba en marcha, y el conductor dispuesto a continuar con su cotidiano quehacer. Miré a Manuel por última vez. Desde el otro lado del jardín, me apuntó con el dedo índice de la mano derecha y el pulgar levantado, hizo acción de disparar al tiempo que me guiñaba el ojo derecho... Me llevé la mano al corazón y sonreí echando hacia atrás la cabeza. Y subí los peldaños del autobús justo cuando se cerraba la puerta.
-¿A dónde va usted?- me preguntó el conductor, con su taco de billetes en la mano.
-Todavía no lo sé- dije yo, dispuesto a coger el primero que me diera.
-Pues se lo piensa, y luego me lo dice- dijo tranquilamente, dejando el taco en la repisa y girando el volante, con intención de partir rauda y puntualmente.
-No es mala idea- dije yo, haciendo un gesto afirmativo con la cabeza.
-Siéntese, que nos vamos.
Comencé a caminar por el pasillo, haciendo ligeras inclinaciones de cabeza a los escasos compañeros de viaje. Tenía el corazón en un puño, ¿y si ella no estaba?. Casi al final, en la parte derecha, acurrucada junto a la ventanilla, me tropecé con su sonrisa.
-¡Hola!- saludé sentándome a su lado.
-¡Hola!- saludó ella.
-¿Pensabas que no vendría?- pregunté.
-No estaba segura, hasta que os vi aparecer.
-¿Nos viste?.
-Sí, a Manuel y a ti. Veníais por la carretera.
-¿Y has estado mirando por la ventanilla cómo me acercaba al autobús?.
-No, estaba saludando a Manuel.
-¿Él te ha visto?.
-¡Claro!, y me ha saludado.
-¿Cómo?.
-Como lo hace siempre, apuntándome con un dedo y guiñándome un ojo.
-Yo pensé que era a mí a quien saludaba.
-¿A ti también te apunta con un dedo y te guiña un ojo?.
-No.
-Pues entonces, ¿por qué crees que te saludaba a ti?.
-Ya ves, así de importantes nos creemos a veces.
-¡Qué tonto eres!, ¿estás celoso de Manuel?.
-¿Lo dices porque es más alto que yo, más guapo y más simpático?.
-No se me había ocurrido, pero, ahora que lo dices, eso es verdad.
-¿Sabías que, además, ciertas cosas las hace mucho mejor que yo?.
-Esas ciertas cosas, ¿son las que yo imagino?.
-Sí, esas ciertas cosas, son las que tú imaginas.
-¿De dónde veníais?.
-De la verbena del pueblo de las tres mentiras.
-¿A las doce del mediodía?.
-Anoche conocimos a tres chicas...
-¿Os habéis acostado con ellas?.
-Sí.
-¿Con las tres?.
-Sí.
-¿Los cinco juntos?.
-Sí.
-¡Qué divertido!. Me hubiera gustado estar allí, sólo para ver la cara de Manuel.
-¿Te extraña eso de Manuel?.
-Mucho.
-Y de mí, ¿no te extraña?.
-No lo sé, es diferente. Manuel siempre me ha parecido una persona triste y melancólica. Con su libro siempre en las manos, sentado en la mesa de su bar, siempre paseando solo. Además, es guardia...
-¿No te gustan los guardias?.
-No mucho.
-¿Tu padre tampoco?.
-No, mi padre tampoco.
-Manuel te quiere mucho.
-¿Te lo ha dicho él?.
-No exactamente, pero me ha confesado que vuestra intimidad llegó hasta el teorema de Bolzano y el polinomio de Taylor.
-Ha exagerado un poco. Una vez me ayudó a hacer una integral...
-A mí me expulsaron de la Universidad por culpa de una integral.
-¿Cómo puede ser eso?.
-Es una larga historia, ¿quieres que te la cuente?.
-No, ya me la contarás en otro momento- dijo cogiéndome del brazo y acurrucándose contra mí- Ahora quiero que me cuentes cómo convencisteis a esas chicas para que se acostaran con vosotros.
-Fue algo mágico- dije yo apoyando mi mejilla contra sus cabellos- Nadie convenció a nadie. Al menos, yo nunca tuve la sensación de estar convenciendo a nadie, ni de estar siendo convencido. Ocurrió sencillamente, como suelen ocurrir estas cosas.
-Lo dices como su fuese algo que suele pasar todos los días. ¿Suele pasar todos los días?.
-No, a mí no me había ocurrido nunca. Lo curioso fue que, mientras estaba pasando. parecía la cosa más natural del mundo.
-Entonces, ¿qué ocurre cuando se prepara meticulosamente?.
-No lo sé. A mí nunca me ha salido bien cuando lo he preparado, y siempre que me ha ocurrido, me ha pillado por sorpresa.
-¿Qué crees que nos pasará a nosotros?.
-A nosotros ya nos está pasando, princesa. Viajar contigo en este autobús sobrepasa cualquier aventura que yo haya podido soñar antes. Estoy temblando, ¿no lo notas?.
-No, creí que era yo quien temblaba.
Alzó su mano, me tomó suavemente por la barbilla, y me besó con dulzura, sin espasmos, con un beso tierno, acariciador y cálido, embriagador. Después, abrió su bolso, sacó una caja de preservativos y me la ofreció.
-Está claro que has pensado en todo- dije yo, sin poder evitar una sonrisa, más que nada, porque recordé una cama rebosante de globos de colores, y me dio por pensar que no me había guardado ninguno- Dime- añadí, presa de pronto, de una repentina curiosidad- ¿Los has comprado tú personalmente?.
-Sí- susurró ella, sin poder evitar un súbito y acrisolado rubor.
-¡Pues debe de haber sido toda una aventura!.
-Sí, lo fue.
-¿Cómo lo hiciste?.
-Fui a la farmacia, miré al farmacéutico, y se los pedí.
-¿Y qué dijo el farmacéutico?.
-Me preguntó qué marca prefería.
-¿Y qué le dijiste tú?.
-Que no sabía que estas cosas tuviesen marca.
-¿Se rió?.
-Sonrió, y me aconsejó esta marca.
-¿Te explicó sus cualidades?.
-¡Claro que no, tonto!, ¿te estás burlando de mí?.
-No me burlo de ti, princesa. Me maravillo ante tu espíritu, me enamoro de tu atrevimiento, pero continúa deslumbrándome, por favor. ¿Conocías al farmacéutico?.
-Sí, es el padre de una compañera de clase.
-¿Sentiste vergüenza?.
-Muchísima. Sobre todo cuando tuve que insistir porque, quizá, pensó que se trataba de una broma. Luego, no sé lo que pensó.
-Y, a pesar de todo...
-Tenía que hacerlo. Formaba parte de mi prueba.
-¿De tu prueba?.
-Sí, yo había tomado una decisión. Y tenía que demostrarme a mí misma que se trataba de una decisión coherente, sensata y, sobre todo, limpia.
-O sea, que tú no crees que Dios juegue a los dados con el Universo.
-¡Claro que lo hace!, pero hace trampas. Dios es un tramposo.
Con la charla, dejamos atrás Teresa de Cofrentes y Jarafuel, Jalance no nos gustó. Cofrentes, sí. Pero a mí me hizo ilusión subir aquella Chirrichana llena de curvas imposibles, que se iba elevando sobre el valle, "La Valle", como dicen en Ayora, hasta mostrar un paisaje mágico, como el paisaje de Sangri-La. En la cima, encontramos un pueblecito, Los Pedrones. Zoraida y yo nos miramos y, sin decir nada, bajamos juntos del autobús.
-Nos quedamos aquí, Marcial- le dijo Zoraida al conductor- No seguimos hasta Requena.
-Muy bien, señorita Zoraida- dijo el bueno de Marcial- Si quiere usted algo de Requena...
-No, gracias Marcial. Nos veremos a la vuelta. Hasta luego.
-Con Dios, señorita Zoraida.
El autobús partió, y nos dejó en la puerta de un bar vacío. Sobre un taburete de la barra, había un tipo sentado. No era muy alto, tenía una simpática mirada en medio de un rostro de facciones angulosas. Su incipiente calvicie hacía parecer más rubios sus escasos cabellos. Cuando entramos en el bar, se levantó de su taburete y nos saludó.
-Buenas tardes, ¿Habéis perdido el autobús?.
-No- dijo Zoraida- Lo hemos dejado irse.
-Inteligente decisión- dijo aquel tipo, con una gran sonrisa- No habéis caído en mal sitio.
-Eso esperamos- dije yo.
-Me llamo Alberto-dijo estrechándome la mano y, con inaudito descaro, besando a Zoraide en ambas mejillas- Soy el tabernero, el anfitrión, el mozo de cuadra y el propietario de esta humilde posada. Me encanta ver caras nuevas, sobre todo, si son caras como la tuya.
Naturalmente, aquello de "caras como la tuya", se lo dijo a Zoraida. Perdoné su atrevimiento por dos motivos, primero, porque aquel tipo, de nombre Alberto y de sonrisa encantadora, me había caído simpático, y segundo, porque, como suele ocurrir en estos casos, el hecho de que alabara la belleza de Zoraida era un gesto de tributo a mi persona, y eso siempre enorgullece a los tipos como yo, candorosamente machistas y manifiestamente jilipollas.
-Muchas gracias- dijo Zoraida, que, ingenuamente, pensó que el piropo iba dirigido a ella- Yo también me alegro de conocerte.
-Por la hora que es, y por la cara que traéis- continuó Alberto- Intuyo que no habéis comido. Y por una cuestión de lógica manifiesta, debo suponer que os encantaría una comida íntima en un lugar agradable. Tengo algo que proponeros.
-Proponga usted, caballero- dije yo- Estoy seguro de que llegaremos a un acuerdo razonable para todos.
-Pero, primero, hablaremos de cerveza- dijo Alberto cruzando al otro lado de la barra- Por cierto, no recuerdo vuestros nombres.
-¡Ah, perdona!, yo me llamo Zoraida. Él es Vicente.
-Yo me sigo llamando Alberto. Ya veis, la gente de Los Pedrones somos así. ¿Te gusta la cerveza, Zoraida?.
-No lo sé. Nunca la he probado. Dicen que es amarga.
-Eso es relativamente cierto. Si prefieres un refresco...
-No, yo también tomaré cerveza.
Alberto sirvió tres cervezas y brindó con nosotros. Después, volvió a su proposición.
-¿Veis ese sendero que sale del otro lado de la carretera?.
-Sí- dijo Zoraida mientras yo asentía con la cabeza.
-Llega hasta aquella colina, donde está la ermita. Es una pinada magnífica para pasear, para comer, para charlar, y para mirarse a los ojos. Os prepararé una cesta con comida y una botella de vino. Hace un día magnífico. ¿Qué os parece la idea?.
-¿La gente de este pueblo es como tú?- dijo Zoraida mirando a Alberto con un gesto de manifiesta simpatía.
-Bueno, reconozco que yo soy más simpático. Pero no está mal la gente de este pueblo. ¿Por qué no sacáis una mesa fuera, y os sentáis a disfrutar de vuestras cervezas mientras yo os preparo la comida?.
Le hice caso a Alberto. A fin de cuentas, hacía un día magnífico. No sólo por el contumaz empeño del Sol en hacer primavera de aquellos días otoñales, sino porque todo era magnífico aquel día. Saqué una mesa y dos sillas, y las coloqué a la sombra de un árbol que había junto a la puerta del bar. Zoraida sacó las cervezas, se sentó frente a mí, apoyó los codos sobre la mesa, la barbilla sobre los dedos cruzados de sus manos, y me miró con sus ojos infinitos hasta que no lo pude soportar más, e hice un gesto con la cabeza al tiempo que intentaba esbozar una sonrisa.
-Este juego me lo enseñó Isabel- dijo sin dejar de mirarme.
-¿Qué juego?- pregunté absolutamente azorado por aquella mirada despiadada.
-Mirar fijamente a los ojos hasta que el otro se rinde.
-Le darías unas palizas de muerte.
-No, siempre ganaba ella.
-Pues a mí me has hecho polvo. ¿Y qué gana el que gana?.
-El que gana, manda.
-¿Qué es lo que manda?.
-Lo que quiera. Para eso ha demostrado ser superior.
-Pues entonces, estoy a tus órdenes, princesa.
-¿A quién más llamas princesa aparte de a mí?.
-A nadie más.
-Entonces, ¿por qué te sale tan natural, como si estuvieras acostumbrado a decírselo a todo el mundo?.
-No es que me salga natural, es que me sale del alma. Verás, una persona a la que quiero mucho, acostumbra llamar princesa a otra persona a la que también quiero muchísimo. Me gustó la primera vez que lo oí, y siempre soñé con encontrar una persona a la que yo pudiera llamar también princesa. Pero si te parece una cursilería...
-No me parece una cursilería, me gusta mucho. Sólo quería oírte decir cosas bonitas. Nunca me dices cosas bonitas.
-Pues no tengo perdón de Dios.
Zoraida alargó su brazo y acarició mi mejilla. Sonreía de una manera encantadora. Cogí su mano y la besé, primero junto a los nudillos, luego en la palma, y después en las puntas de los dedos.
-Tengo miedo de que no seas de verdad, ¿sabes?- dije mirándola yo ahora y perdiéndome en sus ojos infinitos- De que sólo seas un rayo de luna.
-¿En pleno día?.
-No eres un rayo de luna, ¿verdad?.
-No, no soy un rayo de luna. Seré lo que tú quieras que sea.
-¿Mi amante?, ¿mi seductora?, ¿mi perdición?...
-No me gustaría ser tu perdición, pero me encantaría ser tu seductora. Y, por supuesto, estoy absolutamente dispuesta a ser tu amante.
Me quedé mirando mi vaso vacío de cerveza como un jilipollas. Quedarse mirando el vaso vacío es un hábil recurso cuando la palabra recurso alcanza el rango de utopía. He de reconocer que nunca he sido un tipo de recursos. La mayoría de los tipos que conozco, ante una situación así, se hubieran sentido orgullosos, pagados de sí mismos, hasta puede que hubiesen encontrado un sentido a sus vidas. En cuanto a mí, no sabría qué decir. No diré que me alegró la llegada de Alberto con su gran sonrisa y un plato en la mano, porque todo el mundo pensaría que soy un jilipollas, y eso, a los jilipollas como yo, nos duele mucho.
-Pensé que os apetecería picar algo- dijo Alberto dejando el plato sobre la mesa.
-¿Qué es?- preguntó Zoraida.
-Especialidad de la casa- dijo el sonriente Alberto- Riñones de cordero al vino de Los Pedrones.
-Eso suena muy bien- dijo Zoraida.
-Y huele mejor- completé yo.
-Gracias, muchachos- dijo Alberto- Vosotros sí sabéis halagar a un pobre tabernero de pueblo. ¡Cielos, Vicente!- añadió- ¿Qué ha ocurrido con tu cerveza?.
-Ya ves...- dije yo mirándolo con tristeza.
-Bueno, tampoco es tan grave- dijo como pidiendo calma- Tengo bastante experiencia en situaciones como ésta. Creo que lo podré solucionar.
Y lo solucionó con una nueva cerveza. Miró a Zoraida y a su vaso de cerveza casi lleno.
-Me temo que tu primera experiencia con la cerveza no ha sido muy gratificante- dijo- ¿Prefieres otra cosa?.
-No, Alberto, muchas gracias- dijo Zoraida regalándole una de sus miradas infinitas- Creo que podré terminarla. No está mal del todo.
-Pues seguiré con mi trabajo- dijo Alberto haciendo un gesto con la mano- Carpe Diem, muchachos.
Zoraide volvió a apoyar los codos sobre la mesa, y la barbilla sobre los puños cerrados.
-¿Tú crees que está loco?- preguntó.
-¿Quién?- dije yo- ¿Alberto?.
-Sí, claro. Alberto.
-Es posible, y creo que debería haber más locos como él.
-Yo también lo creo. ¡Por los locos maravillosos!- Zoraida levantó su vaso de cerveza para brindar conmigo.
-¡Por todos ellos!- brindé yo también.
Zoraida dejó su vaso sobre la mesa y cogió el tenedor. Estaba dispuesta a probar aquellos riñones de cordero al vino de Los Pedrones que tan gentilmente nos había preparado aquel loco maravilloso. Seguí la trayectoria del trozo que había pinchado con su tenedor hasta su boca, y comprobé que no había dejado de mirarme.
-Esto está muy bueno- comentó.
Lo probé yo también y corroboré su comentario. Luego, imité su gesto de los codos sobre la mesa y la barbilla apoyada en los puños cerrados.
-¿Sabes una cosa?- dije mirándola fijamente.
Ella sonrió y adoptó la misma postura que yo. O, mejor dicho, adoptó su típica postura, que yo estaba imitando.
-Tú también estás un poco loca- continué sin dejar de mirarla.
-¿Por qué?.
-Porque estás aquí, en un pueblo perdido, con un tipo al que no conoces de nada...
-¿Crees que no te conozco de nada?.
-Sí, ¿qué sabes tú de mí?.
-Que eres un hombre inseguro, lleno de dudas. Que andas perdido por la vida sin esperanza en la condición humana, pero que todavía te sorprendes y te maravillas ante la belleza de un gesto, o el fuego de una mirada. Hay en ti ciertas cosas hermosas que tú desconoces, pero que están, porque hay gente que las ha visto. La señora Isabel, por ejemplo. La novia de mi padre, sin ir más lejos. El taciturno Manuel, o esta pobre hija de un sargento de la Guardia Civil... ¿Sabes lo que más me gusta de ti?.
-No, dímelo.
-Tu debilidad, la perplejidad con que miras las cosas. Me fascina tu insolvencia.
-¿Y qué más cosas sabes sobre mi humilde persona?.
-Que te llamas Viente y que eres asturiano, ¿te parece poco?.
-¿Y yo?, ¿qué sé yo de ti?.
-No lo sé, dímelo.
-Que eres la chica más guapa del pueblo, de todos los pueblos. Que tienes unos ojos negros de mirada infinita. Que eres una chica de Ciencias, con una peligrosa inclinación por el empirismo práctico. Y que, si te lo propusieras, serías capaz de romper todos los corazones que te diese la gana.
-¿Quiere eso decir que me ves porvenir como puta?.
-¿Qué opinas de ese oficio?.
-Que es muy triste.
-Entonces no es el tuyo. ¿Qué tal una nueva María Sklodowska?.
-Eso me gusta más.
-Pues entonces, ¡Nasdrovia!- dije levantando mi vaso de cerveza- Creo que los polacos brindan así.
-Me gusta- dijo ella levantando también su vaso- ¡Nasdrovia!.
Apareció Alberto con una cesta e la mano, la dejó sobre la mesa, y nos miró con esa peculiar expresión de aquellos que se sienten satisfechos del deber cumplido.
-Vuestra comida- dijo sonriendo- Creo que me he ganado una buena cerveza.
-¡Naturalmente!- dije yo- Supongo que tendrás la delicadeza de incluirla en la cuenta.
-Lo haré si eso te hace feliz.
-Me hará muy feliz.
-Pues dalo por hecho.
Entró en el bar y salió a los pocos segundos con una silla y un vaso de cerveza. Se sentó junto a Zoraida, frente a mí. No pude recriminarle semejante acción, yo hubiese hecho lo mismo.
-¿De qué hablabais?- le preguntó a Zoraida.
-De brindis polacos- respondió ella con exquisita cortesía.
-¡Ah!, ¿sí?, y, ¿cómo se brinda en polaco?.
-¡Nasdrovia!- dijo ella levantando su vaso.
-Pues, ¡Nasdrovia!- brindó Alberto haciendo chocar el suyo con el de ella.
Tras sorber un buen trago, se volvió hacia mí.
-¡Nasdrovia para ti también, camarada!.
-¡Nasdrovia!- golpeé mi vaso contra el suyo con la esperanza de que se rompieran, pero no fue así. Generalmente, nunca suele ser así.
Nos despedimos de Alberto con un cordial hasta luego. Nos dirigimos a aquella magnífica pinada que había sobre la colina de la ermita por el sendero que Alberto nos había indicado. Yo llevaba la cesta en una mano, y apoyé el otro brazo sobre los hombros de Zoraida. Ella rodeó mi cintura y apoyó su cabeza contra mí. Miré el paisaje, y me pareció lo más hermoso que había visto en toda mi vida. Me detuve, dejé la cesta en el suelo, y me coloqué frente a Zoraida para perderme irremisiblemente en sus ojos infinitos.
-¿Qué te pasa?- me preguntó ella.
-Tengo unas ganas locas de besarte- dije yo,como quien confiesa el más oculto de sus sueños.
-¿Y a qué esperas?- dijo ella colgándose de mi cuello y besándome largamente, como si también hubiese estado una eternidad reprimiendo sus ganas locas de besarme.
La abracé con fuerza hasta notar que su frágil cuerpo desafiaba la Ley de la Gravitación Universal de aquel hijo póstumo aprendiz de brujo. O quizá no, porque si es cierto que la fuerza de atracción es inversamente proporcional al cuadrado de la distancia, no nos queda más remedio que concluir que, cuando esa distancia tiende a cero, la fuerza se hace infinita. He ahí el secreto de la fuerza que une dos cuerpos fundidos en uno. No andaba muy descarriado el tal Yepes, el frailecillo adorable, cuando imaginó esa fuerza con el amado en la amada confundido. Zoraida se separó de mí, y me miró con un gesto entre turbado y malicioso.
-Cada vez lo haces mejor-dijo- ¿Se nota mucho que me tiemblan las piernas?.
-No lo sé- dije yo- Yo sólo noto el temblor de las mías.
-Me hace muy feliz oír eso.
-No seas cruel conmigo, Zoraida. Te juro por Dios que me tiemblan las piernas.
Me besó en la mejilla y me hizo un mohín con la nariz.
-Perdona, se me ha escapado.
Recogí la cesta y, al retomar el camino, una idea cruzó por mi mente como un latigazo.
-Zoraida...
-¿Sí?.
-¿Tú crees que los besos se regalan, o que sólo sirven para pagar facturas?.
Se detuvo y me miró como si no hubiese entendido una palabra de lo que le había dicho. Pero no dijo nada, sólo me miró.
-Verás- intenté explicarme- Una de las muchachas de anoche... Manolita, se llama Manolita, me hizo esa pregunta.
-¿Te regaló muchos besos?.
-Sí.
-Debe ser una chica muy generosa. Me encantaría conocerla.
-Sí, es una chica muy generosa.
Zoriada me quitó la cesta de la mano, la dejó en el suelo, me obligó a sentarme sobre una piedra, ella lo hizo sobre mis rodillas, me abrazó y apoyó la cabeza en mi hombro para susurrarme al oído:
-Quieres decir algo y no sabes cómo hacerlo, ¿verdad?.
-Sí- dije yo acariciándole el cabello.
-Debe ser terrible no encontrar las palabras para expresar lo que se siente.
-Es muy frustrante, sobre todo para alguien que quiere ser escritor.
-Si tus besos son un regalo, siempre los recordaré como un regalo precioso.
-¿Y los tuyos, Zoraida?, ¿son también un regalo?.
-¡Claro que sí, tonto!. ¿Piensas que mañana te pasaré la factura?.
-No, no lo creo. Pero, ¿y yo?, ¿te pasaré yo mañana la factura?.
-¿Te estás enamorando de mí?.
-¡Claro, princesa!. ¿Qué esperabas después de todo lo que estás haciendo?.
-Pues eso, que me quieras mucho.
-¿Podré vivir luego sin ti?.
-Un trocito de mí vivirá siempre contigo.
Me besó suavemente, primero en los labios, y después en la punta de la nariz. Se incorporó y me tomó de la mano.
-Yo tengo hambre, ¿y tú?- dijo regalándome una de sus miradas infinitas.
-¿Qué crees que nos habrá preparado Alberto?- pregunté.
-No lo sé, pero debe ser algo delicioso. Además, dice mi padre que a buen hambre no hay pan duro.
Subimos la cuesta hasta la cima de la colina y buscamos un lugar agradable bajo uno de sus pinos centenarios. Alberto nos había preparado un excelente menú: chuletas empanadas, ensalada, queso, fruta y una botella de vino de la tierra, de aquella tierra poblada de cepas, de pinos centenarios y de locos maravillosos. Durante la comida, hablamos de cosas sin importancia: de lo bonito que es sentirse feliz, del sentido de la vida, de la esperanza en que un día cambiarán las cosas... Zoraida comía despacio, amenazaba al futuro con un hueso de chuleta en la mano, y sostenía que todo depende de nosotros. No existen los dioses ni los hados malignos, el truco consistía en derrotar la estupidez, la gran enemiga de la razón, y al miedo, el gran enemigo de la generosidad. Después de comer, me recosté contra el pino, Zoraida se tumbó a mi lado y apoyó la cabeza sobre mi hombro. Por allí cerca no había ningún Charco Grande pletórico de aguas translúcidas, ni ninguna hermosa mansión llamada El Olmo Seco, pero había un gran pino sobre cuyo tronco yo estaba recostado, y una cabeza apoyada sobre mi hombro. También había unas manos que tomaron una de las mías, y una camisa desabrochada, y la tersura acariciadora de unos pechos trémulos y cálidos, y la certeza de que las mujeres maravillosas no usan sujetador...
Zoraida guiaba mi mano y la acariciaba, pero no decía nada. Quizá esperaba que fuera yo quien dijese algo. No sé, tal vez "tienes unos pechos muy suaves", o "son preciosos", o "me gustan muchísimo". Pero yo nunca he sido capaz de decir cosas así, siempre he tenido la sensación de que decir cosas así es una manera rastrera y mezquina de buscar otra cosa. Siempre pensé que pertenecía a esa casta de jilipollas que nunca se comen un rosco. Aunque, en vista de lo acaecido durante los últimos días, quizá debería replantearme muy seriamente todos mis principios coyunturales, es decir, relativos a la coyunda y otras guarrerías por el estilo.
 -No pareces muy amiga de los sujetadores- dije con una tranquilidad que me pasmó a mí mismo.
-No es una cosa que me preocupe demasiado. Hoy, por ejemplo, he decidido no ponerme ninguno. Además, tampoco hay tanto que sujetar.
Me volví hacia ella y la besé en los cabellos, encima de la oreja.
-¿Te gustaría tenerlos más grandes?.
-No sé. A ti, ¿qué te parecen?.
-Perfectos, a mí me parecen perfectos. Pero te diría lo mismo su fuesen más grandes o más pequeños, porque lo que más me gusta es que son tuyos.
Alargó la mano hasta mi cogote, me obligó a inclinar la cabeza, y me besó largamente en la boca.
-Y tuyos, Vicente, también son tuyos- susurró- En este momento me gustaría toda yo ser tuya.
Giramos y me encontré lamiendo su cuello, sus pezones. Recorriendo sus muslos con mi mano hasta llegar a su sexo, primero por encima de las bragas, después por debajo. Intenté recordar las lecciones de Isabel en aquel campo, pero no soy yo persona destinada a sabios menesteres, así que acabé ejerciendo la torpeza del adolescente para acabar siendo feliz como un principiante. No obstante, busqué su clítoris con mi lengua y le sugerí la manera de tratar mi pene encabritado antes de enfundarlo en aquel horrible capuchón. Tuve miedo antes de penetrarla, pero sólo duró un segundo, porque, las cosas estaban demasiado altas, la fiebre, el deseo, la pasión... Seguramente, el mundo siguió girando, y los principios de la Relatividad General siguieron cumpliéndose durante aquella infinita brevedad, quizá Dios olvidó hacer trampas como es costumbre en Él, o quizá los ojos de loco maravilloso de aquel judío despeinado nos miraron desde su agujero negro y nos sonrieron con malicia. No sé, tal vez hasta tuviera razón el chulomierda de Paquito Quevedo y nada hay en esta vida como un polvo enamorado, de esos donde las médulas arden gloriosamente...
El sendero continuaba y descendía por el otro lado de la colina. Llegaba hasta una fuente de manar continuo y acompasado. No muy lejos de la fuente, había un lavadero público, con sus inclinados laterales de piedra, surcados de labradas ondulaciones. Zoraida se había sentado junto a la fuente, y mantenía su mano bajo el chorro, dejando sentir su caricia constante.
-¿Será posible que tenga las manos frías?- dijo embobada en el discurrir del agua por su mano.
-¿Por qué crees que tienes las manos frías?- pregunté yo, de pie, frente a ella, contemplándola como algo muy querido y, en ese momento, muy cercano.
-Porque noto el agua cálida, tibia, como una caricia...
-Si dejaras por un momento de ser una chica de Ciencias, tal vez descubrirías que el agua besa tu mano apasionadamente, y eso es lo que tú notas.
Se volvió hacia mí y me sonrió.
-Tienes razón, quizá debería olvidar de vez en cuando que soy una chica de Ciencias. Por ejemplo ahora, porque me siento muy feliz. Y tranquila, muy tranquila. Nunca imaginé que me sentiría así después de...
-¿Cómo imaginabas que te sentirías?.
-No sé... Avergonzada, quizá culpable... No lo sabría explicar.
-¿Tanto miedo tenías?.
-Ahora todo me parece ridículo, pero, pensaba, por ejemplo, que me dolería mucho cuando...
-¿Y te dolió?.
-Sí, pero no- ¿dónde había oído yo eso antes?- Estaba tan excitada, lo deseaba tanto, que no me importó el dolor. Pero, después, eso sí que no me lo esperaba, fue como una explosión, como un arrebato de placer. Nunca imaginé que fuese así de... maravilloso.
Me puse de cuclillas frente a ella, la tomé por la barbilla y la besé en los labios.
-Gracias, Zoraida. Yo tampoco imaginé nunca que pudiera ser tan maravilloso.
-¿Y las otras veces?.
-Cada vez es diferente. Bueno, eso creo. Tampoco tengo tanta experiencia. Pero contigo ha sido muy especial.
-¿Lo dices de verdad?.
-¡Claro que lo digo de verdad, princesa!. En mi vida hay muy pocas verdades tan grandes como tú.
Se incorporó y se colgó de mi cuello para besarme. Luego, me miró con una sonrisa, más que burlona, casi coqueta, fascinadora... Sacó del bolso las bragas manchadas de sangre y me las mostró.
-¿Quieres guardarlas como un trofeo?.
-¡Naturalmente que no!- grité ofendido. Y, la verdad, no sé por qué grité aquello, ni por qué me sentí ofendido. Uno grita cuando sabe que no tiene razón y quiere callar el resto de las voces que lo torturan, uno se ofende cuando se avergüenza, y levanta la muralla de la ofensa para protegerse de su propio desprecio reflejado en el ofensor u ofensora. Pero yo grité ofendido, lo cual significa que me sentía muy orgulloso de aquel trofeo, y que sólo pretendía impresionar a Zoraida con un gesto heroico, con una fantasmada de jilipollas. Pero no la impresioné, sólo la hice reír, y yo acabé riendo también, porque la risa es un excelente antibiótico y, afortunadamente, la jilipollez no es una enfermedad vírica.
-Bien- dijo ella con una pasmosa tranquilidad- En ese caso, las guardaré para lavarlas luego. ¡Qué tontería!, ¿verdad?. No preví este pequeño detalle, y no tengo otras.
-¿Quieres decir que debajo de la falda no llevas nada?.
-Cuando dices "nada", ¿te refieres a alguna prenda de vestir?. Te advierto que si le hicieras esa pregunta a un escocés, refiriéndote a su kilt, te partiría la cara, o algo peor...
-Jamás haría esa pregunta a un escocés. Sé fehacientemente que se sienten en la gloria. Pero, sólo por curiosidad, ¿no te sientes un poco rara?.
-Sí, sobre todo cuando noto el frescorcito del aire. Y eso que este aire no es el de Escocia. No lo había pensado nunca, estos escoceses... Pero tengo la impresión de que tú te vas a sentir más raro que yo caminando a mi lado.
-Eso es rotundamente cierto.
-Bueno, pues ya que también es tu problema, ¿por qué no me ayudas a solucionarlo?.
-¿Cómo te puedo ayudar yo?.
-Comprándome unas braguitas nuevas.
-¿Quién?, ¿yo?.
-Sí, tú.
-Pero éste es un pueblo pequeño. Quizá aquí no haya tiendas de ésas...
-¿Insinúas que las mujeres de este pueblo no usan bragas?.
-No, claro que no insinúo tal cosa.
-Pues, entonces...
-Ya entiendo- dije como el chico listo que siempre he sido, cuando se da cuenta de la situación- Es una prueba. Tú crees que yo no seré capaz de...
-Estoy absolutamente convencida deque serás capaz de.
-De acuerdo. Trato hecho. Al fin y al cabo, tú compraste los condones.
-Por cierto, aún quedan nueve.
-Y eso, ¿qué significa?.
-¿Crees que Alberto tendrá habitaciones para alquilar?.
-Es muy probable.
-He pensado que podríamos quedarnos aquí esta noche, y regresar mañana por la mañana. ¿Qué opinas tú?.
-No sé- dije, quizá queriendo demostrar que a mí también me encantan ciertos juegos- Nueve condones en una noche no es mucho. Manuel y yo gastamos cincuenta ayer en el pueblo de las tres mentiras.
-¿Cómo se pueden gastar cincuenta condones en una noche?.
-Haciendo globitos de colores, naturalmente.
-Pues haremos globitos de colores.
-¿No tendrás problemas en casa?.
-Llamaré a mi madre por teléfono.
-¿Sabe ella que estamos aquí?.
-¿Cómo lo iba a saber?. Le dije que me marchaba a Requena a visitar a una amiga. Puedo decirle que he perdido el autobús, y que regresaré mañana.
-¿Le parecerá bien?.
-Yo no soy una niña, ni mi madre una cavernícola. ¿Tú qué te has creído?.
-¿Y tu padre?.
-Mi padre ni se enterará de que no estoy. A él le da igual lo que a mí me pase.
-¿Estás segura de eso?.
-¡Claro que estoy segura!.
-No quieres mucho a tu padre por lo que veo.
-No estoy muy segura. Creo que sí lo quiero. Es él quien no me quiere a mí.
-¿Por qué?.
-Porque le hice la putada de nacer niña.
-Pero esas cosas siempre se han arreglado yendo a por la parejita, ¿no?.
-El mío fue un parto difícil. Mi madre sufrió lesiones muy graves, estuvo a punto de morir, y ya no pudo tener más hijos.
-¿Tu padre te culpa de eso?.
-Naturalmente, incluso me considera culpable de asesinato en grado de frustración.
-¡Vaya con el bueno de Matías!.
-Puede que no sea tan bueno.
-Lo siento mucho, Zoraida. No se me ocurre otra cosa que decirte.
-¿Por qué lo sientes?. Él te cae de puta madre, ¿no es cierto?.
-Alguien que no te quiera a ti, no me puede caer de puta madre.
Zoraida se inclinó para tomar un sorbo de agua de la fuente. Mi mirada se perdió entre sus piernas en un arrebato morboso e irresistible. Cuando se incorporó, le ofrecí mi pañuelo para que se secara la boca. Lo hizo, me lo devolvió, y me dio las gracias.
-¿A qué se dedica tu padre?- me preguntó mientras yo devolvía el pañuelo a mi bolsillo.
-A criar malvas- dije- Hace años que murió.
-Lo siento. ¿Lo querías mucho?.
-Supongo que sí. Se mató a trabajar para sacarnos adelante.
-¿Cuántos hermanos sois?.
-Cinco. Yo soy el pequeño.
-¿Cómo te llevas con ellos?.
-A veces nos vemos en Navidad.
-¿Qué hacía tu padre?.
-Era minero.
-¿Murió en la mina?.
-No, lo mató la silicosis, que viene a ser lo mismo.
-No te gusta hablar de tu familia, ¿verdad?.
-No. No me gusta hablar de mi familia. Me pongo muy triste cuando hablo de mi familia.
-Nos estamos poniendo muy tristes los dos. ¿Qué te parece si vamos al bar de Alberto y nos emborrachamos?.
-¿Y vas a ir así, sin bragas?.
-Sí, ¿te parece escandaloso?.
-Me parece cojonudo. Espero que no lo olvides cada vez que te sientes o te levantes.
-Y tú no olvides que tienes que comprarme unas nuevas.
Comenzamos a caminar cogidos de la mano, y llegamos a la carretera enlazados por la cintura. Alberto tenía tres clientes y charlaba con ellos. Zoraida se sentó en un taburete de la barra y pidió un gin and tonic después de solicitar mi consejo sobre una bebida razonablemente alcohólica y no excesivamente desagradable. Se sentó con la mayor naturalidad del mundo, como lo hacía siempre. Al fin y al cabo, allí nadie sospechaba nada. Yo aproveché un momento en que Alberto se encontraba en un extremo de la barra para hablar con él confidencialmente.
-Necesito urgentemente comprar unas bragas- le dije muy serio.
-Querrás decir unos calzoncillos- respondió él extrañado.
-No- dije yo impaciente- Quiero decir unas bragas.
-Vale, tío, no te pongas así- dijo Alberto haciendo un gesto de paz con las manos- España es una, grande y libre. Y cada cual se viste como le pasa por los cojones.
-¡No son para mí, imbécil!- no sé por qué tuve que reaccionar de aquella manera. Podría haber dicho perfectamente que eran para mí, Alberto no me denunciaría a la Guardia Civil por una cosa así. Además, si hay gente que colecciona pelos de pubis, ¿por qué no había yo de coleccionar bragas nuevas?.
-Si me permites un consejo- continuó Alberto impertérrito- No creo que sean un regalo apropiado. ¿Por qué no le regalas...?.
-No son un regalo- me estaba quedando ronco de hablar con aquella voz tan forzada- Se trata de una contingencia.
-¡No me digas que...!- Alberto se incorporó sobre la barra para mirar a Zoraida. Ella le sonrió y lo saludó con la mano desde el otro extremo.
-Pero, ¿qué estás haciendo, tío guarro?- bramé yo dándole un empujón en los hombros que casi da con él en el suelo.
-¡Tranquilo, muchacho!- dijo él intentando mantener el equilibrio- Sólo ha sido un arrebato morboso. Solucionaremos ese problema. ¿Ves esa casa de ahí enfrente, la de las persianas amarillas?.
Hice un gesto afirmativo con la cabeza.
-Es la tienda de la señora Paquita, pero a estas horas debe estar atendiendo su hija Charo. Estoy seguro de que ella es la persona indicada para ayudarte a resolver esa contingencia.
-Gracias, eres un amigo- dije haciendo acción de marcharme.
-No te preocupes por Zoraida- dijo él con una gran sonrisa- Yo la vigilaré.
-No la vigiles demasiado si no quieres que acabemos a hostias.
-En esta vida, cada uno vigila lo que puede. Forma parte de la condición humana.
-En ese caso- transigí- Vigila, pero no te pases.
Al pasar junto a Zoraida, la besé en la boca, y luego miré a Alberto para dejar las cosas claras, es decir, para dejar bien claro que en esos momentos yo era un perfecto y feliz jilipollas, celoso y cabreado. También forma parte de la condición humana que, en momentos así, surja de lo más profundo de nosotros el imbécil que llevamos dentro, o fuera, o dondequiera cojones se halle el imbécil ése.
Crucé la carretera, y me dirigí a la preciosa tienda de la señora Paquita, con la desesperada esperanza de que la señora Paquita no estuviera, sino esa Charo hija suya mucho más asequible y comprensiva que su señora madre Paquita. Porque, las señoras, aunque se llamen Paquita, no dejan de ser señoras, y una señora es una cosa muy seria, casi tan seria como un señor farmacéutico a la hora de comprar una caja de condones. Por la edad aparente, por la gracia y donaire con que dijo buenas tardes, por la fresca sonrisa de amapola perlada de encantadores incisivos, y por ser vos quien sois, bondad infinita, prometí fielmente cumplir la penitencia que me había sido impuesta, amén.
-¡Hola!, buenas tardes- comencé- Verás, tengo un pequeño problema.
-Usted dirá- dijo la encantadora Charo.
-He de comprar unas bragas de señorita.
-¿De qué talla?.
-¿Esas cosas también tienen talla?- mi reacción no fue tan estúpida como pudiera parecer. Sin ir más lejos, Mari Carmen me había comprado unos calzoncillos en Almansa sin preocuparse, que yo supiera, por mi maldita talla. Por cierto, ¿tienen talla los calzoncillos?.
-¿Usted qué cree?- eso significaba, simple y llanamente, que mi reacción sí fue tan estúpida como pudiera parecer.
Pero yo no podía dejar aflorar mi estupidez así, como si tal cosa. Yo era un tipo encantador, en principio, y hasta descarado, si hacía falta. Miré a Charo con cara de James Stewart en "Historias de Filadelfia".
-Si te pregunto por la talla que usas tú, ¿te enfadarás mucho y me echarás a patadas a la calle?.
-No. Pero le permito que me use como punto de referencia.
¿Quién ha dicho que la Física Newtoniana ha muerto?, ¿a qué bellaco se le ocurrió decir que los sistemas de referencia son obsolescencias antediluvianas?. ¡Arriba la Física Tradicional!, ¡abajo la Relatividad General!. ¡Viva Charo y... la señora Paquita!. ¡Arriba España!. Con mujeres así da gloria hablar y, muy presumiblemente, también dan gloria el resto de las cosas. La miré, hice un gesto con los dedos índice y pulgar de la mano derecha, y certifiqué, en un arrebato de satisfacción empírica:
-Pelín menos.
-Comprendo- dijo ella- ¿Algún color en especial?.
-Azul celeste- afirmé categórico.
-Es un color muy bonito.
-Cierto- ratifiqué cada vez más eufórico- Y, digo yo, un sujetador a juego, ¿podría ser?.
-Claro que podría ser. ¿De qué talla?.
-Pelín y medio menos.
-Son tallas bastante normales. ¿Puntillas?.
-Sí, claro...- vacilé un par de segundos, pero rápidamente recobré el aplomo del principio- Naturalmente. Puntillas, eso es.
-¿Lo envuelvo para regalo?.
-No, envuélvelo para llevar.
-Si hay algún problema, puede usted volver y cambiarlo. Son trescientas cincuenta pesetas.
Dejé el dinero sobre el mostrador y le ofrecí mi mano.
-Me llamo Vicente, y no tienes por qué preocuparte. Los médicos dicen que no soy peligroso.
Sonrió, quizá porque no se le ocurrió nada mejor que hacer en ese momento, o quizá por la cortesía tradicional del gremio de mercaderes. Aceptó el ofrecimiento, y me estrechó la mano.
-Es un placer, yo me llamo...
-Charo, ya lo sé. Me lo ha dicho Alberto, el tabernero loco, ya sabes. También me ha dicho que eres una muchacha magnífica, y tiene toda la razón del mundo. Si cuando cierres tu hermoso bazar quieres tomar algo, estaremos en el bar, y serás muy bien recibida.
-Gracias- dijo Charo entre divertida y confusa- Es probable que pase por allí.
-Nos darás una gran alegría. Hasta luego.
-Hasta luego.
Salí de la tienda como Jasón, con mi vellocino de oro bajo el brazo, meditando sobre qué hubiera sido de los intrépidos argonautas sin la inestimable colaboración de la insigne Atalanta, la bella y arrojada amazona...
Cuando llegué al bar, encontré a Zoraida y a Alberto enzarzados en una, al parecer, interesante conversación. No hablaban de Mecánica Cuántica exactamente, sino más bien de la descansada vida de los que huyen del mundanal ruido. Observé que Alberto vigilaba con mucha más emoción los ojos de Zoraida que sus piernas, y eso me preocupó, pero uno no vuelve de la lejana Cólquide con el vellocino de oro para saciar venganzas, sino para festejar victorias. Así que entregué a Zoraida el preciado botín, y exigí de aquel sucio tabernero que ejerciera su sacrosanto oficio y escanciara en mi copa cualquier tipo de bebida razonablemente alcohólica. Zoraida mostró el paquete a Alberto sin decir nada. ¿Sería posible que hubiesen congeniado hasta el punto de comunicarse sin palabras?, ¿hasta ese punto había llegado la vigilancia intensiva que Alberto había ejercido sobre los ojos de Zoraida?.
-Pasa a la cocina. Sube por esa escalera. Encontrarás un pasillo con varias habitaciones, todas tienen la llave en la puerta. Elige la que más te guste. La puerta del fondo es el cuarto de baño.
Zoraida siguió las instrucciones de Alberto, y nos dejó. Yo señalé la botella de brandy más cercana. Alberto sirvió una copa para mí, y otra para él. Dejó la botella sobre la barra, levantó su copa, y brindó:
-¡Por ti!. ¡Qué suerte tienes, cochino!.
-Tú sí que eres un cochino, y un envidioso- dijo yo golpeando mi copa contra la suya.
-Tienes razón. Y, además, un imbécil.
-No me lo digas. Estás pensando que Zoraida es una muchacha preciosa, joven e inocente. Quizá demasiado joven y demasiado inocente. Yo, naturalmente, soy un cerdo, un seductor sin escrúpulos.
-No confundamos las cosas, Vicente. Eso lo piensas tú, no yo. Lo que yo pienso es que Zoraida es una muchacha preciosa, joven, inocente y feliz. Y a ti no te envidio por tener más suerte que yo, sino por ser más valiente que yo. ¿Quieres que te cuente una historia muy triste?.
-Si no hay más remedio...
-No, pero hay más coñac.
-Brandy, se dice brandy.
-Pues eso, hay más brandy.
-Escancia, compañero. Y cuéntame tu triste historia.
-El año pasado conocí a una chica. Tenía más o menos la edad de Zoraida. Había venido con sus padres de vacaciones. Este pueblo, en verano, se llena de turistas, ¿sabes?. Solía venir al bar con su pandilla y, desde el principio, me impresionó la forma en que me miraba. Yo no le hacía mucho caso. Incluso, le hacía menos caso del normal, porque me ponía nervioso, y cada día me gustaba más. Pero ella no se rindió, una mañana se presentó en el bar cuando no había nadie, para pedirme explicaciones por mi comportamiento. Me dijo que yo le gustaba mucho, y que se había dado cuenta de que ella también me gustaba a mí. ¿Imaginas cómo reaccioné?. Le dije que eso era normal a su edad, que se le pasaría cuando conociera a un chico simpático y joven como ella, que lo nuestro no tenía futuro. Se enfadó mucho conmigo y dejó de venir por el bar. Cuando se marchó, estuve casi un mes borracho, no me la podía quitar de la cabeza. Este verano la volví a ver. Estaba de seis meses, y sus padres estaban negociando la boda. Sólo hablé una vez con ella. Un capullo la dejó embarazada, y ella no quería casarse con él, prefería tirarse por la ventana.
-¡No me jodas que se ha tirado por la ventana!.
-No, hombre, no. La historia no es trágica, sólo es muy triste. Se casaron el mes pasado.
Zoraida apareció por la puerta de la cocina, y se colocó junto a Alberto al otro lado de la barra. Lo rodeó por la cintura, y Alberto puso su brazo sobre los hombros de ella.
-¿Qué estáis bebiendo?- preguntó sonriente cogiendo la copa de Alberto y tomando un trago- ¡Qué malo está esto!- le devolvió la copa a Alberto y lo miró- Necesito llamar por teléfono.
-Ahí al fondo lo tienes, es todo tuyo.
-Gracias- dijo Zoraida besándolo en la mejilla- Eres un Sol.
-¿Sabes lo que tienes que hacer?- preguntó Alberto cuando Zoraida ya se dirigía hacia el teléfono.
-Supongo que sí- respondió ella muy divertida- ¿No es ese teléfono igual que todos los teléfonos?.
-Le das a la manivela, descuelgas, y le dices a la telefonista con quién quieres hablar. Se llama Clemen, y es una chica muy simpática.
-¿No tiene números?.
-No, los números los tiene Clemen. Habla con ella, y ella te explica, ¿de acuerdo?.
-De acuerdo- Zoraida se dirigió al teléfono con ese gesto emocionado de quien se enfrenta a una divertida aventura.
Alberto volvió a levantar su copa para brindar conmigo.
-Una muchacha magnífica. Sigo pensando que eres un cochino con suerte.
-¿Tú crees- dije yo tras apurar mi copa de un trago- que si te hubieses tirado a la chica ésa... cómo se llama?.
-Ana María, se llama Ana María. Vive en Valencia.
-¿Tú crees que si te hubieses tirado a Ana María, las cosas serían ahora diferentes?.
-No lo sé, ya sabes que los juicios de valor no dejan de ser jilipolleces. Pero, peor, seguro que no.
Me quedé en silencio. No se me ocurrió nada que decir. Alberto escanció más brandy en nuestras copas. Miró su copa llena, y luego me miró a mí.
-¿Sabes una cosa?, esta mañana, cuando os he visto caminar cogidos por la cintura hacia los pinos de la ermita, me he visto a mí mismo, caminando junto a Ana María, igual que vosotros, hacia el mismo lugar, con las mismas intenciones, y la misma cesta de comida. Y he sentido una tristeza infinita, ¿sabes?. No te puedes imaginar la impresión que me causó cuando la vi con aquella barriga y la mirada triste, se me cayó el mundo encima. ¿Sabes lo que más me gustó de ella cuando la conocí?, sus ojos llenos de vida, de un azul luminoso, y su sonrisa de niña traviesa. Cuando la vi este verano, sus ojos estaban apagados, ni siquiera parecían azules. Y no sonreía, me dio la impresión de que ya nunca más volvería a sonreír, al menos con aquella sonrisa luminosa que yo recordaba. Me sentí culpable.
-¿Culpable de qué?.
-No sé. De todo. De cobardía, de mezquindad... ¿Sabes?, de pequeños nos enseñan lo que está bien y lo que está mal, y eso nos hace irresponsables. No decidimos nada, sólo hacemos lo que se supone que debemos hacer y, por muy terrible que sea lo que hagamos, siempre tenemos el recurso de explicarle al mundo entero que hemos hecho lo correcto, lo que está bien. Lo malo es la soledad, ¿ante quién te justificas cuando estás solo?. Por eso dicen que la soledad es mala compañera.
-Y tú estás solo demasiado a menudo.
-Sí, soy una bestia solitaria, ¿qué le vamos a hacer?.
-Pues, para ser una bestia solitaria, eres un tipo muy sociable.
-¿Contigo, o con Zoraida?.
-No te hagas el duro conmigo, porque te he visto el plumero. Es posible que te hayas enamorado de ella. Pero te estás emborrachando conmigo.
Zoraida se acercó a nosotros y miró nuestras copas. Alberto se volvió hacia ella e intentó mirarla a los ojos, pero Zoraida no le devolvió la mirada. A mí tampoco.
-¿Qué tal se ha portado Clemen?- preguntó Alberto.
-Muy bien, es una chica muy simpática. Yo también quiero uno de ésos- añadió sin apartar la mirada de nuestras copas.
-Pero si antes has dicho que estaba malísimo- dijo Alberto, insistiendo en su inútil tentativa de buscar la mirada de Zoraida.
-Si vosotros lo encontráis delicioso, creo que merece una segunda oportunidad. Todas las cosas merecen una segunda oportunidad.
-De acuerdo- dijo Alberto colocando una nueva copa sobre la barra, y escanciando en ella brandy, eso sí, de forma mesurada y circunspecta.
-Gracias- dijo Zoraida ingiriendo una cantidad de moléculas de brandy ligeramente inferior al número de Avogadro.
-Creo que deberíamos seguir emborrachándonos después de la cena- dijo Alberto apurando su copa y guardando la botella- Os sorprenderé una vez más con mi fastuosa sabiduría culinaria.
-¿Quieres que te ayude?- preguntó Zoraida.
-No- dijo Alberto- Quiero que me des un beso.
Zoraida abrazó a Alberto y lo besó en las mejillas y en la boca.
-¿Está bien así?- preguntó con un amago de sonrisa.
-Sí- dijo Alberto- Creo que, de momento, ya vale. En este pueblo no tenemos médico- añadió apoyando la mano izquierda sobre el corazón.
Alberto nos dejó y entró en la cocina. Zoraida se sentó al otro lado de la barra. Yo me recliné para estar más cerca de ella.
-¿Malas noticias de Ayora?- pregunté.
-No- dijo Zoriada- Nada importante. Mi madre se ha enfadado un poco.
-¿Eso te preocupa?.
-No mucho. Mañana hablaré con ella, y todo se arreglará.
-Lo siento.
-No te preocupes- Zoraida me miró al fin, sus ojos se habían apagado, y yo no supe qué decir ni qué hacer- Gracias por tu regalo- añadió ella para romper el breve silencio.
-Ha sido fácil. Charo es una mujer encantadora.
-¿Quién es Charo?.
-La chica de la tienda. No sé qué hubiera hecho sin su ayuda...
-¿Es simpática?.
-Mucho. Tienes que conocerla. La he invitado a tomar una copa con nosotros cuando cierre la tienda.
-¿Crees que vendrá?.
-Sí, estoy seguro de que vendrá.
-¿Tan irresistible te crees?.
-No, no es eso. Pero, cuando pronuncié el nombre de Alberto, noté algo especial en su expresión.
-A lo mejor son novios.
-No creo que sean novios.
-¿Por qué no lo crees?.
-Alberto no me ha dicho nada, y ella tampoco.
-¿Por qué habían de decírtelo?.
-Tienes razón, ¿por qué habían de decírmelo?.
No sé hasta qué punto preocupa a las muchachas de dieciocho años que sus madres se enfaden con ellas. La verdad es que no creo que les preocupe demasiado. Pero, en aquellos momentos, yo necesitaba creer furibundamente que la tristeza repentina de Zoraida, el brutal apagón de sus ojos, se debía a simples problemas familiares. Porque, de otro modo, no tendría más remedio que considerar seriamente la idea que atenazaba mi corazón y me producía un nudo en la garganta: Zoraida estaba arrepentida de su aventura. No es nada extraño que una muchacha de pueblo se deje encandilar por un forastero de turbia procedencia, pero tampoco resulta excesivamente extraño que esa misma muchacha se desilusione al comprobar que el presunto turbio forastero no deja de ser una persona anodina más, nada especial, solamente uno que pasaba por allí. Pero, un avatar, en principio intrascendente, me sacó de mi pozo existencial, vertiente "me cago en la puta, qué asco de vida", y, una vez más, en Flandes no se puso el Sol. Charo entró en el bar enjalbegando el aire con su sonrisa. Me saludó, y miró a Zoraida sorprendida, quizá de que fuera tan joven, o quizá de que estuviese detrás de la barra. Lo más probable es que se sorprendiese de ambas cosas.
-¡Hola!, ¿eres la camarera de Alberto?.
-No, ¿tú eres su novia?.
-Tampoco. ¡Pobre Alberto!, ¿verdad?.
-Zoraida- intervine yo- Te presento a Charo, la chica de la tienda de la que te hablé antes. Charo, ésta es Zoraida, la destinataria de aquella preciosa contingencia.
-¿Cómo disteis con mi talla?- le preguntó Zoraida a Charo.
-Fue muy sencillo. Vicente me utilizó como punto de referencia.
-Lo suponía- dijo Zoraida- Siempre sospeché que Vicente era un pobre newtoniano obsoleto.
-¡Huy, lo que te ha dicho!- exclamó Charo mirándome y sacudiendo la mano.
-Sí- ratifiqué yo- Ha sido horrible, ¿verdad?.
-No lo sé- dijo Charo- ¿qué significa?.
-Significa- dijo Zoraida mirando a Charo- Que, mientras haya mujeres como tú, los tipos como Vicente saldrán airosos de cualquier situación, por complicada que se presente- Zoraida se reclinó sobre la barra para besar a Charo en la mejilla- Me alegro mucho de conocerte.
-Yo también- dijo Charo devolviéndole el beso.
-Pues esto hay que celebrarlo- intervine yo- ¿Qué te apetece tomar?- le pregunté a Charo.
-Un cubalibre- dijo ella- Pero, si Zoraida no es la nueva camarera, tendrá que salir Alberto a servirnos.
-No puedo, estoy ocupada- sonó la voz de Alberto desde la cocina- Además, tengo la regla.
-Eso no es problema- dije yo- Soy un barman excelente. Incluso, me he ganado la vida ejerciendo ese noble oficio. Zoraida, ¿me cambias el sitio?.
-¡No faltaba más!- dijo Zoraida saliendo de la barra y haciendo un cortés gesto para que yo entrara dentro.
Tras demostrar mis portentosas habilidades en el difícil arte de la coctelería, me asomé a la cocina para ofrecerle a Alberto uno de los exquisitos combinados que con tanto amor y soltura tuve la deferencia de elaborar. Alberto lo probó con encantadora cortesía, y me miró muy serio.
-¿Has ido as la Facultad de Químicas?- me preguntó.
-No, a la de Exactas- dije yo.
-Pues lo tuyo es la Química, muchacho. Asómate a ver si las chicas continúan vivas.
Obedecí la orden de Alberto, y regresé con la información que solicitaba.
-Continúan vivas, y parecen muy felices. ¿Crees que Charo aceptaría cenar con nosotros?.
-Si ha soportado tu pócima, mi cena no puede hacerle daño. Veo que Zoraida le ha caído muy bien, probablemente acepte.
-¿La invitas tú, o la invito yo?.
-Desde tu escala de valores, ¿quién es el que invita, el que hace la cena, o el que la paga?.
-El que la paga, por supuesto. No vayas a equivocarte conmigo, yo soy un tipo con estudios.
-Perdona, yo sólo soy un tabernero de pueblo. Invitas tú, naturalmente.
-Celebro que comprendas las cosas en su justa medida. De todos modos, supongo que tú ya estabas preparando cena para cuatro.
-Por supuesto.
Me apoyé sobre el quicial de la puerta de la cocina, porque me fascinó la manera con que las dos muchachas se miraban y charlaban, o quizá fue por la forma de saborear mis combinados, como si algo mío participara en aquella ceremonia de intercambio de emociones y sentimientos que solemos conocer habitualmente como charla intrascendente. Siempre me ha producido un intenso placer la contemplación de una de esas charlas intrascendentes entre dos personas, la ternura con que las manos buscan el contacto fugaz, el fulgor con que las miradas reaccionan ante el descubrimiento de un pequeño detalle, los gestos que casi siempre dicen más que las palabras. No es necesario escuchar lo que dicen, casi es mejor no hacerlo, probablemente se rompería el encanto de la escena. Las películas que más me han emocionado a lo largo de mi vida, tienen pocas cosas en común, pero una de esas pocas cosas, es que todas ellas son mudas. En otras palabras, yo no escribo como Proust porque no puedo.
Charo fue la primera en darse cuenta de que un fantoche apoyado en el quicial de la puerta de la cocina, las observaba impúdicamente con cara de lelo y ojos de botarate, pero la mayoría de las mujeres han tenido, desde siempre, una habilidad especial para sobrellevar este tipo de situaciones. Me miró sonriendo, y yo sólo pude balbucir con el insignificante aplomo de las excusas estúpidas:
-Supongo que cenarás con nosotros.
-¿Qué te hace suponer eso?.
-Nos harías muy felices...
-¿Y qué le digo yo a mi madre, que me espera para cenar?.
Me volví hacia el interior de la cocina.
-Alberto- dije- ¿Qué le dice Charo a su madre, que la espera para cenar?.
-La verdad- dijo Alberto con un aplomo que me mató de envidia- Debe decirle la verdad, que nos portaremos como unos caballeros y que, después, nos casaremos con ella.
-¿Los dos?.
Alberto no me respondió, muy presumiblemente, consideró mi pregunta indigna de su respuesta. O, tal vez, quiso dejar meridianamente claro que allí el único que se casaba con Charo era él. A fin de cuentas, yo sólo era un cochino con suerte, seductor de doncellas y desflorador de vírgenes. Un rojo, probablemente...
Así las cosas, afronté la situación con la misma integridad con la que aquellos nobles caballeros afrontaron la cruzada albigense. Me acerqué a Charo, y la informé concisamente de la situación.
-Puedes decirle a tu madre que no se preocupe. Nos portaremos como unos caballeros y, después, nos casaremos contigo.
Charo propuso a Zoraida que la acompañara a su casa. Es de suponer que lo hiciese por dos razones: para mostrarle su preciosa habitación y su magnífico cuarto de baño, y para cimentar lo que a todas luces parecía el principio de una gran amistad. Zoraida aceptó, al parecer, para continuar hablando con Charo de cierto tema al que yo no estaba, en principio, invitado.
Todo parecía indicar que Charo cenaría con nosotros, y todo parecía indicar que yo sería el encargado de preparar la mesa para aquella cena, una cena pascual, es decir, una cena preludio de una partida. Si a ello añadimos ciertos gestos premeditadamente crípticos que Alberto me obsequió cuando le solicité la información necesaria para localizar los elementos esenciales que hacen posible una mesa bien dispuesta, cualquier patriota que se preciara, hubiese deducido, sin grandes dificultades, que aquella situación presentaba todas las premisas de un contubernio judeo-masónico. Y, a todo esto, Franco muriéndose. Hay personas que nunca hemos merecido el honor de ser llamados buenos españoles.
Mientras yo disponía la mesa, Alberto atendió a un reducido y selecto número de clientes que solían frecuentar su bar a esas horas. Charló con ellos de cepas, de mosto, de grado y de vendimia. Me presentó a un par de ellos, y tuve que explicar que no todos los asturianos somos mineros. ¿Y cómo es eso?. Pues mira, ya ves. En Los Pedrones, mire usted, hasta Alberto vendimiaba, y tenía su cuota de arrobas de vino en la Cooperativa. La única cuota de carbón que tienen los mineros de mi pueblo, la almacenan en los pulmones. Luego revientan o hacen la revolución, que viene a ser lo mismo. El vino es otra cosa. Consagrado es la sangre de Dios, y sin consagrar no deja de ser sangre, sangre de a vida nueva y eterna, de los que murieron por nosotros y para la salvación del mundo. In secula seculorum. Amén. Cuando los hortelanos partieron, al llegar la sagrada hora del regreso, Alberto se sentó junto a mí y escanció vino en mi vaso.
-Te veo triste, nuevo amigo- dijo escanciando en el suyo- Y yo odio la tristeza.
-Estoy seguro de que Zoraida ha recibido malas noticias de Ayora. ¿Por qué crees que no me lo ha contado?.
-No lo sé. Tendrá sus motivos. Pero no es por eso por lo que te sientes vacío y derrotado.
-¿Por qué, entonces?.
-Quizá porque crees que no has estado a la altura de las circunstancias, y piensas que la has defraudado.
-Sí, eso pienso. ¿Como cuánto crees que debería de joderme?.
-Todo lo que son capaces de jodernos nuestras limitaciones. De todos modos, Zoraida parece una muchacha inteligente. No creo que esperara de ti mucho más de lo que has sido capaz de darle.
-¿Cómo puede saber eso?, ¿con qué punto de referencia?.
-Quizá ella no sea una newtoniana como tú, y esté mucho más familiarizada con cierta relatividad más general.
-¿Tú también eres de Físicas?.
-No, nunca conseguí aprobar la Reválida de Sexto. Por eso me hice tabernero.
-Creo que siento celos de Charo. Seguramente le estará contando cosas de las que no ha querido hablar conmigo.
-¿Y eso te extraña?. ¿Tan superior te sientes, que crees poder convertirte en mujer cuando te plazca?.
-¡Coño, Alberto!. ¿Por qué eres tan cruel conmigo?.
-Yo no soy cruel. Soy tabernero.
-¡A tu salud!- dije levantando mi vaso de vino.
Cuando las chicas regresaron, todo estaba dispuesto, Alberto eufórico, y yo taciturno. Zoraida contó maravillas de la señora Paquita, y Charo se abstuvo, arguyendo que no se debe opinar de las madres delante de gente forastera. Nos sentamos a la mesa siguiendo fielmente la estrategia dispuesta por Alberto. Yo me senté frente a Charo, y él lo hizo frente a Zoraida. En realidad, Charo se sentó frente a mí, y Zoraida frente a Alberto, pero algún privilegio había de tener quien cuenta la historia. Nuestro tabernero favorito había mezclado el pollo y el conejo con una desvergüenza tal, que ni el vino de Los Pedrones logró disimular aquel ancestral desacato gastronómico del que tan orgullosos se sienten los manchegos. Y a fe, mi buen Sancho, que razones sobradas tienen para tal orgullo, que si una cosa distingue al noble caballero del burdo malandrín, es la honra de proclamar su recto parescer frente a modas advenedizas.
-¡Hodo, nenico!, ¡qué bueno te ha salido todo!- era la primera vez que escuchaba a Zoraida hablar con aquel acento tan peculiar de aquella valle encantada.
Alberto hizo una reverencia y levantó su vaso.
-No es necesario que alabes las virtudes de Alberto- dijo Charo levantando también su vaso en honor a nuestro anfitrión- Él se basta y se sobra en ese menester. Yo conozco toda sus virtudes, porque él me habló de ellas.
-Hacéis una pareja preciosa- dijo Zoraida mirándolos alternativamente.
-¿Tú crees?- le preguntó Charo.
-¡Claro!- exclamó Zoraida- Se nota que os queréis mucho.
-Eso es verdad- intervino Alberto- Yo estoy enamorado de Charo desde que teníamos... ¿ocho años?.
-¡Cállate, embaucador!- dijo Charo mirando a Alberto con una de esas miradas que arrebatan a cualquiera, es decir, a los tipos como Alberto y como yo- Aún no he olvidado que me hiciste perder la inocencia, la vergüenza y el pudor.
-¿Sabe Charo lo de Ana María?- le pregunté a Alberto.
-¿Quién es Ana María?- preguntó Zoraida.
-Bueno- intervino Charo- Albero también tiene defectos, ¿sabes?.
-Ya veo que lo sabes- dije yo.
-¡Pero yo no!- insistió Zoraida.
-¿Me das permiso para que lo cuente a mi manera, queridísimo imbécil?- le preguntó Charo a Alberto.
-Cuando dice a su manera- dijo Alberto mirándome- Quiere decir que será generosa conmigo, y cruel con ella. Conozco a esta harpía, me hizo perder la inocencia, la vergüenza y el pudor.
-No le hagas caso- dijo Charo mirando a Zoraida- Este tipo es un pervertido, sólo lo excita la autocompasión. Érase una vez una niña de ciudad que solía pasar las vacaciones de verano con sus padres en un pueblecito perdido entre cepas. En aquel pueblecito conoció a un simpático tabernero que le hacía más caso que otras personas mayores, le preparaba deliciosos combinados de frutas y le decía cosas preciosas, hasta el punto de que la niña de nuestra historia creyó estar perdidamente enamorada del simpático tabernero. Ciertos detalles le hicieron concebir grandes esperanzas y fundadas ilusiones: según él, ella era la chica más guapa del pueblo, era simpática y divertida, y su físico era razonablemente atractivo. Si eso era cierto, ¿por qué no había de sentir él por ella lo mismo que ella creía sentir por él?. Pero nuestro tabernero, un buen día, le dijo algo que ella nunca hubiese querido oír, lo peor que se le puede decir a una muchacha en la situación en que ella estaba. Ella era guapa, muy simpática, y estaba muy bien. Por lo tanto, cualquier muchacho de su edad se volvería loco por ella, a poco que ella se lo propusiera. De todo aquel sermón infame, ella sólo sacó una conclusión: él no me quiere, piensa que soy una cría estúpida y que no merece la pena llegar conmigo más lejos de las sonrisitas compasivas y las palabras bonitas, pero vacías. Y aquella bonita montaña de amor, se convirtió en un gigantesco cenagal de odio. Soy guapa, soy simpática, no estoy nada mal, puedo volver loco a cualquier chico de mi edad, a poco que me lo proponga. Pues me los voy a tirar a todos, y te vas a enterar tú de quién soy yo, mentiroso de mierda. Si hubiera sido así, si se los hubiese tirado a todos por despecho, la cosa no hubiese sido nada del otro jueves. Incluso, puede que ella hubiese salido ganando. Pero las cosas no suelen ser así cuando nuestra heroína es una niña inocente y enfurruñada. Se la tiraron cuatro chulos de mierda y un pobre jilipollas que pasaba por allí. Y, en estos casos, el padre siempre es el jilipollas.
Charo terminó de hablar y miró a Alberto con una ternura muy especial, como de hermana mayor, como de vieja amante, como de compañero de farra. Alberto sirvió vino en el vaso de Charo, y le devolvió la mirada.
-Bebe, vieja pécora- le dijo masticando las palabras- Borracha estás más guapa.
-No te enfades- le dijo ella- Si eres bueno, a lo mejor me lo pienso bien, y me acuesto contigo.
-¿Todavía no te has acostado con él?- preguntó Zoraida.
-¡Huy, sí!- exclamó Charo sonriendo- Pero hace tanto tiempo, que ya ni me acuerdo. ¿Cuándo fue la última vez, Alberto?.
-Hace quince años, dos meses y veinticuatro días- dijo Alberto sirviendo vino en el vaso de Zoraida.
-¿Llevas la cuenta de los días?- preguntó Zoraida sorprendida.
-¡Claro que no!- dijo Alberto, sonriendo con ternura ante la cara que había puesto Zoraida- Siempre digo quince años, dos meses y veinticuatro días cuando quiero referirme a un acontecimiento de mi adolescencia. Viene a significar algo así como "mucho tiempo", pero "mucho tiempo" es una expresión que no me gusta nada, ¿qué significa "mucho tiempo"?, sin embargo, quince años, dos meses y veinticuatro días, significa algo. ¿Tú qué crees?.
-De todos modos- le dijo Charo a Zoraida- En esta ocasión, el error ha sido muy pequeño, puede que de días. Porque sí que debe hacer quince años largos.
-¿Cómo fue?- quiso saber Zoraida.
-¡Vaya unas preguntas que hace esta chica!- dijo Charo mirando su vaso de vino. Luego, miró a Alberto- Anda, cuéntaselo tú, que a mí me da vergüenza.
-¡Mu lita tú!- exclamó Alberto recogiendo la pelota de muy mala gana- Yo sólo recuerdo que estaba acojonado, que era Primavera, y que fue en los pinos de la ermita.
-¿En los pinos de la ermita?- dijo Zoraida mirando a Alberto.
-¿No es acaso un magnífico lugar?- exclamó Alberto, dejando bien claro conocer en profundidad el fundamento y uso de las preguntas retóricas.
-Es una curiosa coincidencia- se explicó Zoraida- Y todavía sería más curiosa si se tratara del mismo pino.
-Para empezar- decidí intervenir yo, después de mi complaciente silencio. La verdad es que nunca me he caracterizado por complacer a la gente con mis silencios, más que nada por el eterno temor de los entrometidos, apalizantes y listillos como yo a que la gente piense que no tenemos nada que decir si nos callamos. Es muy triste pertenecer a la fauna de los que hablan demasiado aunque hablen poco. Un día de éstos, me plantearé seriamente esta cuestión, y me dedicaré a cerrar mi torpe boca y a engrasar mi ágil pluma- Primero- continué- No ha sido una coincidencia. Alberto nos encauzó alevosa y deliberadamente hacia esa pinada. Siempre sospeché que era un lugar muy querido para él. Y, segundo, quince años, dos meses y veinticuatro días no significan nada para cualquiera de aquellos pinos, los pinos ven el tiempo de manera diferente a nosotros. La probabilidad de que las coas hayan ocurrido así, y no de otra manera, es tan alta, que han ocurrido así, sencillamente. Esta vez, Dios no ha hecho trampas, Zoraida.
-Me gusta esa manera de ver las cosas- dijo Zoraida mirándome muy divertida- Supongo que se trata de una buena argumentación filosófica.
-Nada de eso, princesa- dije imitando su graciosa postura de apoyar la barbilla sobre los puños cerrados- Se trata de simple y elemental Mecánica Cuántica. No olvides que yo también soy un chico de Ciencias.
-¿Cómo puedes querer a un tipo tan presuntuoso?- le preguntó Charo a Zoraida.
-Vicente no es un tipo presuntuoso. Sólo es un náufrago solitario perdido entre libros y gentes. Su corazón es su isla, y vive en una isla muy bonita. Lo quiero tanto, que podría hacer por él cosas que no haría por ninguna otra persona.
-A mí nunca me han dicho cosas tan bonitas- dijo Alberto degustando filosóficamente un generoso trago de vino.
-Si Ana María te hubiese dicho cosas así, ¿te hubiera llevado al huerto?- preguntó Zoraida mostrándole a Alberto su vaso vacío.
-Al huerto, no lo sé- dijo Alberto escanciando en el vaso de Zoraida- Pero a los pinos de la ermita, con toda probabilidad.
-Simple y elemental Mecánica Cuántica, ¿no crees?- dijo Charo.
-No lo sé, yo soy tabernero. No entiendo de Mecánica Cuántica- dijo Alberto mirando a Charo de una manera que ya me estaba resultando familiar. O aquel tipo estaba enamorado, o, una vez más, yo me estaba empeñando en enamorar a la gente, porque el amor siempre me ha parecido una cosa muy bonita.
-¿Sabéis cuál era el mote de Alberto cuando hacíamos Bachillerato?- dijo Charo de pronto, no sé si para animar la charla, o para hablar de Alberto, porque, súbitamente, sintió necesidad de hablar de él.
-¿Cómo te llamaban, Alberto?- le preguntó Zoraida.
-Atila- dijo Alberto.
-El rey de los Hunos- concluyó Charo.
-¿Tan mal estudiante eras?- preguntó Zoraida.
-No estoy en el Guinness, porque un tipo de Tombuctú me ganó por dos décimas. Pero los unos sólo los sacaba en Matemáticas.
-A mí me llaman "La Jefa", porque soy la hija del sargento de la Guardia Civil- dijo Zoraida mirando a Charo.
 -¿Eres la hija del sargento de la Guardia Civil?- preguntó Alberto sorprendido. ¡Qué curioso!, yo me sorprendí de que Alberto se sorprendiera.
-Sí- dijo Zoraida sin ningún tono especial. A fin de cuentas, Alá es grande, y su poder infinito.
-¡Hostia, Vicente!, creo que te has metido en un buen lío.
-Me lo temía- dije yo mirando desconsolado la botella vacía.
-No creo que pueda hacer gran cosa por ti- dijo Alberto tras un momento de meditación- Pero tengo algo de dinero, y conozco a un tipo que falsifica pasaportes.
-Gracias- dije yo emocionado- Eres un amigo.
-¿Y tú?- dijo Zoraida mirando a Charo- ¿Tú no tenías ningún mote?.
-Si no te vas a reír de mí, y no consientes que este imbécil se ría, te lo digo- "este" imbécil no era yo, sino el pobre Alberto. Me da un poco de vergüenza reconocerlo, pero me alegré. Siempre me pasa cuando alguien pronuncia esa palabra, y no se refiere a mí.
-Si te ríes de Charo, te odiaré toda la vida- le dijo Zoraida a Alberto muy seria, pero inundándolo con una mirada de ternura, para que se diera cuenta de lo que perdería para siempre si se reía.
-Me llamaban "La Púnica"- confesó Charo mirando con tristeza su vaso vacío.
Alberto se levantó a por otra botella. Quizá no estaba dispuesto a que Zoraida lo viese reír, y lo odiara todas la vida.
-La Púnica, ¡qué curioso!. ¿Por qué?- dijo Zoraida. Pero no se estaba riendo de Charo, no era eso. La estaba acariciando con una gran sonrisa.
-En cierta ocasión, el profesor de Historia, dijo mostrando mi examen a toda la clase: Señorita Rosario, admiro y respeto su profunda simpatía por el noble pueblo de Cartago. Pero, tengo el deber de comunicarle que las Guerras Púnicas las ganaron los romanos, y por tres a cero, lamentablemente.
-Yo estoy contigo, Charo- dije emocionado- Si el glorioso Aníbal hubiese machacado Roma cuando pudo hacerlo, posiblemente ese maldito profesor tuyo se hubiese tragado su cruel ironía.
-No cambies de tema- dijo Zoraida- Te toca a ti.
-Yo no cambio de tema- intenté justificarme- ¿Qué es lo que me toca?.
-Tu mote, ¿o en Asturias no se estilan los motes?.
-Sí, claro que se estilan. Pero allí la gente es muy cruel. No podéis obligarme a...
-¿Quién ha dicho que no podemos?- dijo Alberto, que ya volvía con la nueva botella, y estaba escanciando en todos los vasos- ¿Acaso prefieres nuestro desprecio y nuestro vilipendio, antes de decirnos un triste mote de infancia que, generalmente, no significa nada?.
-Está bien- dije tragando saliva- Me llamaban "El Mono".
-¿Porque eras muy guapo?- preguntó Zoraida.
-No, porque siempre me la estaba meneando. Y al que se ría...- iba a decir "lo mato", pero no me dejaron terminar la frase. Zoraida se abrazó a Charo para no caerse al suelo de risa. Alberto se volvió porque se le salía el vino hasta por las orejas, y la dulce Charo hizo un gesto de disculpa antes de estallar en carcajadas.
Dícese del masoquista que disfruta con el dolor propio. Pero yo no creo que sea tan sencillo como eso. Si a uno le cortan la polla a rebanadas y le arrancan la piel a tiras, no creo que disfrute por muy masoquista que sea. Creo más bien que el masoquismo tiene que ver con la polla y con la piel, pero no de esa manera. El latigazo que da placer ha de venir del objeto deseado, es decir, el látigo es instrumento, y ni tan siquiera ha de ser instrumento material. Pongamos un ejemplo. ¿Por qué casi me corro de gusto cuando vi a esos tres seres adorables partirse de risa para mi escarnio y mi vergüenza?. ¿Quizá porque mi egolatría es tan desaforada que me encanta ser el protagonista de la película, aunque sea en una situación tan patética como aquélla?. ¿Tal vez porque la confesión inmacula gloriosamente y, en ese caso, hemos de agradecer sin mesura ni recato a la religión católica el noble invento del padre-confesor-cómplice-pervertido-sádico por la gracia de Dios?. ¿No será más bien que la humillación y el dolor liberan espectacularmente al ser sumiso y rastrero que los masoquistas llevamos dentro, y el placer lo produce la libertad?. Se nos ha enseñado a admirar la valentía de los que sufren. Tal vez ya va siendo hora de que, también, envidiemos el placer que el sufrimiento les produce. ¿Quién es más sádico, el que flagela sin piedad al amante masoquista, o el que lo flagela igualmente negándole el dolor que le suplica?. ¡Cielos!, y a todo esto, Zoraida me abraza y me pide perdón, Charo me besa tiernamente en la mejilla, y me cuenta no sé qué sobre curas y vergüenzas. Y Alberto me da una palmada en la espalda, y me dice el muy cretino que, a esa edad, él también era muy mono. ¿Qué se puede hacer con gente así?. Pasar por la vida significa que la vida pasa de nosotros. Pero resulta que, a veces, aparecen una Jefa, una Púnica o un Atila cualesquiera, y dignifican la vida de un mono asturiano.
-Sois buena gente-dije sentándome y mirándolos a los tres.
-Somos buena gente, ¡qué cojones!- exclamó Alberto, no sé si certificando lo que yo había dicho, o incluyéndome en el grupo.
Zoraida dijo algo al oído de Charo, y ésta derramó el vino de su vaso al no poder contener la risa.
-¿Qué farfulláis?- pregunté yo.
-Nada- dijo Charo- Cosas nuestras.
-¿Nuestras no?- insistí.
-No- dijo Zoraidas muy seria.
Alberto me hizo una seña con el dedo para que me inclinara hacia él, y poder susurrarme al oído:
-Creo que no les ha sentado nada bien que yo metiera los cojones por medio. Ya conoces la puta manía que tenemos los tíos de adornar con una par de cojones todo aquello razonablemente hermoso. Imagínate que fueras tía, ¿a que te sentaría como una patada en los cojones?.
-Oye- dije yo- Eso que has dicho es cojonudo. Estoy completamente de acuerdo.
-¿Qué farfulláis ahora vosotros?- preguntó Zoraida.
-Nada- dijo Alberto- Cosas nuestras.
-¿Nuestras no?- insistió Zoraida.
-No- dije yo muy serio.
-¿Significa eso que pretendéis llegar a un acuerdo razonable?- preguntó Zoraida, en un intento desesperado o generoso, el matiz no lo tengo claro, de evitar la conflagración.
-Eso es exactamente lo que significa- dije yo, que para eso pertenezco a esa inefable generación sesentaiochista que preconizaba hacer el amor y no la guerra.
-¿Tú qué opinas?- le preguntó Zoraida a Charo.
-Yo ya sé lo que Alberto le ha dicho a Vicente- dijo Charo con una tranquilidad pasmosa- Pero si tú estás dispuesta a condescender con ellos...
-¿Condescender es malo?.
-¡No, mujer!, sólo tiene mala prensa. Pero no es malo.
-Pues entonces, ¿qué te parece si condescendemos un poco?.
-A mí me parece muy bien. Pero que empiecen ellos.
-¿Estáis dispuestos a condescender vosotros primero?- nos preguntó Zoraida.
Alberto me miró a mí, y yo miré a Alberto. Hicimos un gesto unísono con la cabeza, que venía a significar algo así como: estamos dispuestos a condescender primero, a pediros perdón, a reconocer que tenéis razón, y a daros un mundo por una mirada y un cielo por una sonrisa.
-Empieza tú- le dije a Alberto.
-De acuerdo- dijo él- Le estaba comentando a Vicente que quizá os hayáis enfadado un poco por el uso abusivo que hacemos de la palabra cojones cuando queremos significar que una cosa nos gusta. ¿Era eso?.
-No- dijo Zoraida.
-¡Ah!, ¿no?- exclamé yo.
-No- dijo Charo- Estamos tan acostumbradas a esa actitud tan machista, que ya ni le damos importancia. El comentario que me ha hecho Zoraida se refería a eso que hacen los monos. Concretamente, Zoraida me ha preguntado si las monas también lo hacen.
-¿Y lo hacen?- pregunté yo.
-¡Claro que lo hacen!- exclamó Alberto- ¿O no lo hacen?.
-Tal vez lo hagan- dije yo, presa repentina de la más terrible de las dudas.
-Pero, ¿lo hacen o no lo hacen?- insistió Alberto mirando a Charo.
-¡Ay, hijo!, ¡y yo qué sé!. La próxima vez que visite un zoológico, me fijaré mejor.
-Yo nunca he visitado un zoológico- dijo Zoraida.
A pesar de que, en principio, se suponía que yo era el especialista en tan escabroso tema, resulté ser el más sorprendido. He de reconocer que, pese a haber sufrido durante mi adolescencia triste y pecaminosa, el apelativo de "El Mono", nunca he sido persona versada en temas zoológicos, y mucho menos en el comportamiento masturbatorio de los simios, hasta el punto de ignorar vergonzosamente si las simias son proclives a semejante comportamiento. Afortunadamente, el tema no se engolfó en tintes metafísicos, y pasó a la historia. Como pasan a la Historia la mayoría de las cosas, con la esperanza de no ser recordadas en el futuro, que no deja de ser una esperanza de eternidad, ya que no recordar las cosas, es la mejor manera de eternizarlas.
Alberto propuso un postre especialidad de la casa: melocotones de Casas del Río al vino de Los Pedrones. Tras ponderar las excelsas virtudes de los melocotones de ese precioso pueblecito enclavado en la margen izquierda del generoso Cabriel, recalcó que lo único capaz de mejorar las intrínsecas cualidades de tan deliciosa fruta era, precisamente, el vino. Y, concretamente, el vino de Los Pedrones. El vino había corrido generosamente, y amenazaba con seguir haciéndolo. Incluso llegué a temer, ¿desear?, que aquello acabase en una orgía semejante a la del pueblo de las tres mentiras. No fue tal. Si el vino nada, o muy poco, tuvo que ver en la precipitación de aquellos acontecimientos, no sería ahora el vino el único causante de parejos acaeceres.
-No se puede cenar con taberneros- dijo Charo con la cruel intención de cerrar la velada- Sólo aspiran a emborrachar a la gente y otras cosas terribles por el estilo.
-Tienes razón-dijo Zoraida- Creo que he bebido demasiado.
-Estás a tiempo de venir conmigo a mi casa, y dejar a estos dos que continúen con su fiesta- amenazó Charo, impertérrita en su crueldad.
-No- dijo Zoraida- Me quedo con Vicente. Nunca me he acostado borracha con otro borracho.
-El castillo es vuestro, muchachos- dijo Alberto- Yo acompañaré a Charo hasta su casa. En cuanto salgamos, cerrad con llave.
-¿Con qué llave?- pregunté yo.
-Supongo que está junto a la cafetera. Y, si no está allí, la buscas.
-¿Y dónde vasa dormir tú?- preguntó Charo- En mi casa no, desde luego.
-Sólo pretendo dejarte allí sana y salva- dijo Alberto, no sé si a Charo o al resto del auditorio- Daré después mi cotidiano paseo nocturno para despejar la cabeza, y acabaré finalmente en mi solitaria guarida, a la que también se accede desde la parte posterior de este castillo.
Zoriada se acercó a Alberto para desearle las buenas noches, y aprovechó la circunstancia para susurrarle:
-¿Le darás un beso de despedida cuando la dejes a la puerta de su casa?.
-Si eso te hace feliz...- dijo Alberto.
-Eso la hará feliz a ella- añadió Zoraida sonriendo.
-Eres muy sabia para ser tan joven.
-Ya no soy tan joven. Al menos, no tanto como hace unas horas.
Se marcharon y cerré la puerta con llave. Con la llave que había junto a la cafetera, donde, probablemente, había estado siempre. La volví a dejar en su sitio antes de seguir a Zoraida por las escaleras que conducían al piso superior. Me preguntó si quería entrar primero en el cuarto de baño, y le dije que sí. Luego, me senté en la cama para esperarla y observé, sorprendido, que la estufa estaba encendida. Me envolvió con su calorcillo y el dulce susurro de su tenue crepitar. Cuando Zoraida volvió, comenzó a colocar parsimoniosamente sobre el respaldo de una silla su chaqueta de lana, la camisa y la falda. Había en el ambiente una como tristeza extraña que yo observaba medio adormecido por los efluvios del vino.
-¿Has encendido tú la estufa?- pregunté.
-No- dijo ella volviéndose hacia mí, pera que yo pudiera contemplar las hermosas prendas fruto de mi viaje a la lejana Cólquide- Alberto la dejó preparada. Me dijo que abriese esa ventanilla cuando llegáramos, y que ella sola se pondría en marcha.
-Es una cosa fantástica- dije yo- Me encantan las estufas de leña.
-A mí también. Son muy agradables.
Zoraida se sentó en la cama a mi lado, rodeé sus hombros con mi brazo derecho, y ella apoyó su cabeza contra mí.
-¿Quieres que hagamos el amor?- me susurró con un hilo de voz.
-Sólo haremos lo que tú quieras que hagamos, princesa. Y tú no quieres, ¿verdad?- dije acariciando su mejilla y besándola en los cabellos.
-La verdad es que no me encuentro muy bien. Quizá sea el vino. Sólo quiero que me abraces muy fuerte, y descansar...
Deslicé el reverso del dedo medio de mi mano izquierda sobre uno de sus pechos, por encima del sujetador, azul celeste, con puntillas...
-¿No te molestará esto para dormir?.
-Sí, claro. Ayúdame a quitármelo.
La ayudé a quitarse el sujetador, abrí la cama, y le hice un hueco junto a mí entre las sábanas.
-¿Quieres que me quite también las bragas?- susurró sin volverse hacia mí.
-No. En un caso dado, si me diese por meterte mano, no serían un gran impedimento- dije yo besándola en un hombro.
Se acurrucó junto a mí, y noté cómo un escalofrío recorría todo su cuerpo.
-¡Huy, qué frío hace aquí dentro!- exclamó apretando mi mano contra su pecho con las dos suyas.
La abracé fuerte, tal como ella me había pedido, y le susurré con mi cara enmarañada entre sus cabellos:
-En este momento, me gustaría ser John Wayne.
-¿Por qué?- preguntó ella.
-Porque él siempre ha sido mucho más confortable que yo.
-Tú también eres muy confortable- dijo girando la cabeza y besándome suavemente en los labios- Y me gustas más que John Wayne.
Recostó su mejilla contra mi mano, y noté la humedad de una lágrima furtiva. Se me ocurrieron mil preguntas que hacerle en aquel instante, pero guardé silencio. Tenía un miedo atroz a las respuestas. Su cuerpo temblaba ligeramente, pero, poco a poco, sus músculos se fueron relajando, por el manto de calor que paulatinamente nos fue envolviendo, quizá por el vino, tal vez por el cansancio, hasta que su respiración se acompasó, y me di cuenta de que se había quedado dormida. No, no sé lo que hubiese pasado de haber tomado el autobús de la tarde de regreso a Ayora. Pero sí sé lo que pasó por no haberlo tomado. Conocimos a la maravillosa Charo, tuvimos una cena memorable en la taberna del tabernero loco, y Zoraida dormía arrebujada contra mí, mansamente, como una niña pequeña. Hasta ese momento no me había dado cuenta de lo frágil y pequeñita que era. Había descubierto en ella a una muchacha capaz de fascinar todos mis sentidos en la Virgen del Rosario, a un océano de pasión y ternura bajo uno de los pinos de la ermita, a una persona inteligente y locuaz bebiendo vino durante la cena. Pero ahora tenía entre mis brazos el cuerpo frágil y diminuto de un ser humano atribulado, débil, capaz de despertar en mí un irreprimible instinto de protección. Sí, Zoraida, sé que eres una mujer fuerte, pero me emociona sentirte frágil entre mis brazos. Sé que eres una mujer fascinadora, capaz de encender en mí el fuego de la pasión, y saciarlo de placeres ignotos, pero enervas mi piel cuando te siento niña desprotegida acurrucada en mis brazos. Sé que eres una mujer inteligente, incuestionablemente más brillante que yo, pero me seduce sentirte perdida, necesitada de mi abrazo confortable. Te quiero, princesa, y siempre seré tu amigo, más allá de tus desengaños y de mis fracasos. Y cuando te enamores de verdad de alguien que, de seguro, no ha de gustarme nada, me hará inmensamente feliz el brillo de felicidad de tus ojos infinitos. Nadie me robará nunca el recuerdo de tu cuerpo dormido entre mis brazos, la imagen apacible de tu rostro sereno, la respiración pausada de tu boca de cereza, ni esa arruga fascinadora de tu naricita cada vez que aspiras el aire cálido mezclado con el vaho acariciador de mi aliento enamorado. Tú eres mi vida, princesa, porque viéndote descubro que estoy vivo cada segundo que pasa. ¿Qué sueños rondan en este momento tu cabecita adorable?. ¿Sueñas quizá conmigo, princesa?... ¿Soñaré yo contigo cuando el cansancio me venza en el sopor inconsciente del abismo impenetrable?. ¿Recordaré, cuando despierte, que he soñado contigo?. ¿Despertaré?. ¿Eres sólo un sueño, princesa?. ¿Es todo un sueño, una mentira...?. Un día de éstos has de visitar conmigo cierta altiva biblioteca, y cierto lecho cubierto con una suave y cálida colcha blanquísima, un edredón de nubes, donde también sentí entre mis brazos el cuerpo trémulo y sollozante de una mujer maravillosa. Quiero que la quieras, princesa, porque, si no, ¿cómo la voy a querer yo?...

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