martes, 16 de septiembre de 2014

ME LLAMO BIGNÉ Y SOY ANARQUISTA

-¡Pero qué tonta soy y qué pesada me pongo a veces!. Supongo que has venido para ver a Manuel. Quizá, incluso con la intención de secuestrarlo. Me pillas in  fraganti coqueteando con él en medio de la calle a diez y siete grados bajo cero y yo, encima, me dedico a tirarte los tejos sin recato y sin vergüenza. ¿Qué habrás pensado de mí?.
-Es cierto que he venido a ver a Manuel, porque su carencia me aplastaba como un agujero negro. Tenía la intención de invitarlo a tomar un café en esa mesa propia que posee en Casa de Emilio. Esa era la intención que tenía, ¿qué tal se me da el uso y abuso del pretérito imperfecto?.
-Se te da de cine.
-A ti sí que se te da de cine lo de tirar los tejos y, supongo, lo de coquetear con el guardia de puertas. ¿Sabes lo que pienso de ti?.
-Déjame adivinarlo. Soy más casquivana que burguesa. A pesar de este abrigo y de estos galones de sargento, me gustaría llevar unas bragas azul celeste como el azul del cielo en vez de unas tontas bragas blancas como las alas de las mariposas blancas...
-Este Manuel es un bocazas y un irreverente, ¿sabías que él lleva...?
-¿Un slip rojo como los morritos de una call girl?.
-Veo que ha encontrado usted la horma de su zapato, señor guardia. ¡Ah!, usted y yo, mi sargento, hablábamos de lo que pienso de cierta dama desvergonzada. Imaginaba que eras una tía estupenda, pero ni se me había pasado por la cabeza que fueras la hostia en verso.
-Si no hubiera observado el repelús con que miras el umbral de esa puerta, te habría propuesto tomar el café en otra mesa propia, ésta mía y, cuando tú quieras, tuya. Naturalmente, invitaríamos a Manuel, animalico, no lo vamos a dejar aquí tirado...
-Recuerdo perfectamente la primera vez que crucé el umbral de esa puerta, la primera y la última. Hacíamos tercero. Manuel había cogido la gripe y estaba en cama. Pedro García, Josefa y yo vinimos a visitarlo y a traerle el examen de Latín, el cura le había puesto un nueve. Su padre estaba de puertas y, en cuanto nos vio llegar, salió a nuestro encuentro con una gran sonrisa y se ofreció a acompañarnos a su casa. Hacía un frío de cojones, como hoy, más o menos. Dejó a un compañero relevándolo y nos condujo hasta la habitación de Manuel. Nos aconsejó que permaneciéramos al pie de la cama, sin acercarnos demasiado, porque aquello era muy contagioso y el hombre estaba preocupado por nosotros. Cinco minutos después apareció su madre con una bandeja con chocolate y picatostes. Ningún compañero de Manuel había ido nunca a visitarlo a su casa, siempre era él quien nos visitaba a nosotros en las nuestras. Quizá por eso sus padres se sintieron tan sorprendidos.
-Y orgullosos, sobre todo mi padre se puso muy orgulloso. La hija de Pepe el del Agua y el hijo del tío Quico, ¡dos comunistas!.
-La otra era yo, la hija del profesor de Francés. Republicano, claro, pero de derechas de toda la vida.
-Mis hermanos son los dos camisas viejas de la Falange, pero republicanos de toda la vida. A mi padre lo fusiló la Guaedia Civil en la Guerra. Mi familia vive en Liétor, un pueblo del sur de Albacete. Nunca he vuelto a saber nada de ellos.
-Si me coges del brazo, como si me llevaras detenida, cruzaré contigo el umbral de esa puerta.
-Le diré a Zoraida que avise a Alfonso para que venga a relevar a Manuel.
-Sin prisas, mi sargento.
-Me gusta verte feliz.
-¿Qué te hace sospechar una cosa así?.
-¿A ti qué te parece?


Manuel supo inmediatamente lo que tenía que hacer, no estaba muy seguro de cómo hacerlo, pero sabía lo que tenía que hacer. Venía a ser algo así como el Reglamento para el Servicio del Duque de Ahumada, estaba clarísimo, en la letra y en el espíritu. Tan cierto como que, como el honor perdido, no se recuperó jamás. En opinión de Manuel jamás existió realmente. Además de descubrir de súbito qué lo unía tanto al sargento Pacheco, qué admiraba de él y qué diablos hacía un tipo como Manuel Sanchís Alpuente, natural de Gandía y vecino de Ayora, con aquel uniforme verde oliva del que un tal Antonio Vargas Heredia, hijo y nieto de Camborios debería haber hecho una fuente de sangre con cinco chorros. Y, es que una cosa estaba clara, la Guardia Civil muere, pero no se rinde, o se moja, pero no encoje, o te hostia por ir a la feria de Utrera, con tantas ferias cómo hay, digo yo.
-Creo que soy la persona más indicada para hacer las presentaciones oficiales que corresponden a este solemne acto. Águeda, te presento a la señorita Maria del Carmen Campos Carrasco, secretaria del Ilustrísimo Ayuntamiento de esta muy noble y más leal villa. Mari Carmen, te presento a Doña Águeda Orozco y Padilla de Lahoz, esposa del sargento Comandante del Puesto de la Guardia Civil de este puto pueblo.
Águeda abrazó efusivamente a Mari Carmen y la besó en los dos centímetros cuadrados de mejilla derecha que resplandecían entre el gorro de lana y la bufanda. Tiernos, dulces y cálidos labios sobre una inerte y gélida mejilla. En un examen de Física y ante una pregunta sobre el primer principio de la Termodinámica, una respuesta como "un beso de Águeda" era garantía de sobresaliente, y una foto de la cara de Mari Carmen como respuesta al segundo principio, era matrícula de honor summa cum laude. Y el maldito guardia hijo de guardia a la vera de ambas y en el corazón de las dos, algo así como el ciclo de Carnot haciendo que le energía ni se crease ni se destruyese, sino que se hiciese merecedora de todos los besos, de todas las caricias. Te odio, pensó Mari Carmen, te odio con toda mi alma desde el primer día que te vi.
-He deseado hacer esto desde que te vi por primera vez en la calle de la Marquesa.
-Número cinco, supongo.
-¿El Ayuntamiento es el número cinco?.
-Fue el cinco-siete durante un tiempo. Pero ahora es el cinco a secas. ¿Sabes?, ni se me ocurrió soñar que pudieras haber deseado algo así.
-¿Qué deseabas tú?.
-Besarte, claro. Pero yo soy una guarra, y soñaba con otro beso...
-¿Te da vergüenza hacerlo delante de Manuel?.
-¿Delante de este puto guardia hijo de guardia, delante del amor de mi vida?. ¿Qué demonios pone en ese puñetero cartel semicircular que figura sobre la puerta?.
-El honor es beso principal... Y algo sobre las divisas.
Le bajó la bufanda y la besó en  los labios.



Cuando Mari Carmen llegó a su despacho del Ayuntamiento inició sistemáticamente el plan preconcebido en un principio: Cerró la puerta con llave por dentro para que quienquiera que pretendiese entrar allí no tuviera más remedio que llamar a la puerta, una puerta que no tenía ni la más remota intención de abrir. Encendió las tres estufas a toda leña. Se desparramó en su sillón con los pies sobre la mesa y se concentró, o intentó concentrarse, en las últimas veinticuatro horas con Manuel. En todas las locuras de amor que habían hecho, o por las que se habían dejado llevar en el tálamo de su altiva biblioteca bajo su edredón de nubes. Estaba locamente enamorada de aquel maldito guardia hijo de guardia al que había odiado desde el primer día que vio. Lo odiaba locamente. Odiaba su piel acariciadora, odiaba sus labios dulces, odiaba sus cautelosas caricias, el sísmico temblor de todo su cuerpo al sentirse poseída por él, el deseo cataclísmico de sentirlo poseído por ella... Quizá por eso, ese rayo que no cesa le hizo sentir una inmensa apetencia por su compañía, una infinita querencia por su acento y una inevitable dolencia de melancolía por la ausencia del aire de su viento. Podría visitarlo en su cuartel y exigirle su libro de Hernández, pero aquel libro de Hernánez era de Manuel, no suyo, y estaba en su altiva biblioteca, entre Veinte poemas de amor y una canción desesperada y las Soledades. Pero era imponderable ir, con o sin motivo, con una o con mil razones, o con ninguna, sólo por amor. Mirarlo, ver que él también sentía poderosamente una apetencia por su compañía... Sencillamente, ir a la canción e ir al beso... ¡Maldita Orihuela, y malditos oriolanos casados con hijas de guardias civiles... Cabrero de los cojones que ni tuvo huevos de ser un andaluz de Jaén y pegarle un tiro en los huevos al capitán Cortés en el Santuario de la Virgen de la Cabeza!. ¡Cómo te odio, maldito guardia hijo de guardia!.
Al ver a Manuel acompañado, además, de Águeda Orozco, de uniforme, como él, sin tricornio pero con galones de sargento primero en la bocamanga derecha, sintió algo extraño que no se supo explicar, ni maldita falta que le hacía explicarse nada, por supuesto. Aquella mujer la fascinó desde el primer día que tuvo ocasión de verla y, además, siguió fascinándola cada vez que Matías le había hablado de ella. Y, por encima de todas las cosas, sabía que Águeda fascinaba a Manuel. Lo había visto besarla, justo bajo la ventana de su cocina, al sonar la doudécima campanada del reciente año nuevo. Es cierto que fue Águeda quien besó a Manuel. ¡No faltaría más!. Manuel besando a la esposa de su sargento delante de sus narices, "sus" de él, Matías, y "sus" de ella, Mari Carmen. Pero Manuel la había besado a ella, más incluso de lo que ella lo había besado a él. Por eso llegó sonriente junto a ellos, por eso se detuvo y los miró esperando a que fuera Manuel quien tomase la palabra. Porque estaba segura de que aquel maldito guardia hijo de guardia era quien tendría que apechugar con la situación. Una situación que la divertía, una situación que prefería al beso del hortelano con la sangre injuriada, porque era el acento de su querencia, porque era su huerto y su higuera. Ánimo, Manuel, tú puedes. Estoy esperando...

Estaba guapa la condenada. A pesar de aquel inmenso abrigo verde con galones de sargento primero en la bocamanga, a pesar del gorro gris que le cubría las orejas, a pesar de la gotita congelada que le colgaba de la nariz como una estalactita, a pesar de los pesares, estaba guapa la condenada. Se moría de ganas de besarla, pero hubiera preferido mil veces morir antes que intentarlo siquiera. ¿Se moría ella de ganas de que él la besara, de besarlo a él?. Lo había puesto en un verdadero brete, lo había perturbado como nunca antes lo había hecho. Su cerebro comenzó a funcionar como suelen hacerlo los cerebros normales, esos que no necesitan horas, días, semanas, meses o años para tomar una decisión, esos cerebros de andar por casa que deciden en cinco segundos, diez a lo sumo. Esos cerebros que casi siempre se equivocan, como todos los demás, pero lo hacen con sencillez, con la sencillez de todas las cosas. Se equivocan. Punto. Se vuelven a equivocar. Puntos suspensivos... Cabían tres posibilidades ante una situación como aquella, sólo tres, ni una más, ni una menos. Una era la correcta y las otras dos absolutamente desatinadas. Una obviedad y dos majaderías. pero imposibles de distinguir a primera vista, sobre todo si la decisión ha de ser tomada en cinco segundos, diez a lo sumo. Punto primero: Águda le estaba tirando los tejos, intentaba seducirlo, llevárselo al huerto. Punto segundo: Águeda lo estaba poniendo a prueba, quería asegurarse de hasta qué punto un tipo como él era digno de confianza, o digno de besos. Punto tercero: el camino sencillo de las demostraciones matemáticas, ese punto en el que nos damos cuenta de que todo funciona como debe funcionar, en que imperturbablemente se cumplirá el teorema, en el que brilla la verdad como un relámpago, como si, de verdad, fuera cierta: Águeda había dicho la verdad desde el principio, tenía un montón de favores que pedirle. Y uno de ellos debía ser, indubitablemente, el sueño e su vida. Águeda quería ser su amiga del alma, no del cuerpo, de la misma forma que él siempre quiso ser su amigo del alma, y un poco del cuerpo también, ¡qué demonios!. Porque estaba guapa de cojones la condenada, a pesar de...
-Manuel...
-Dígame usted, buena mujer.
-Tengo más favores que pedirte...
-Dalos por hechos.
-Desde hace un tiempo vengo pensando tonterías. Bueno, no son tonterías. No lo sé. No sé lo que son. Pero vengo pensando. Creo que un corazón, pongamos el mío, es algo inmenso, inabarcable. Matías es el hombre de mi vida, lo es desde que tengo uso de razón, desde que un día, subiendo él con su compañero de servicio por la cuesta del río...
-Tú estabas sentada en el tronco de un árbol caído, llevabas un vestido a rallas blancas y azules que te llegaba hasta los calcetines blancos, justo por encima de unos brillantes zapatos de charol negro, como hechos con un recorte de tricornio... Llevabas unas trenzas...
-Lo cuentas como si hubieras estado allí.
-Esa es la impresión que tuve cuando Matías me lo contó. Bueno, no me lo contó a mí directamente, lo recitó en voz alta con la mirada perdida mientras almorzábamos una mañana de servicio bajo la sombra de un pino... Eres la mujer de su vida. Creo que eres lo único más importante para él que su uniforme. Pero tienes razón en una cosa. ¿Conoces la paradoja del hotel de las infinitas habitaciones?.
-Tengo la impresión de que no va a ser necesario que te dé una lista de todos los favores que tenía pensado pedirte. No te puedes imaginar lo feliz y orgullosa que me siento por ello.
-No tiene ningún mérito por mi parte. Soy yo el que...
-Matías me lo contó, ¿sabes?.
-¿Qué te contó Matías?.
-Vuestra conversación en el banco junto a la rambla en la madrugada del año nuevo. Que mi beso te encantó, que...
-¿Que estoy enamorado de ti?.
-Sí, eso también me lo dijo. Pero fue después de que yo le dijera que estaba enamorada de ti y que estaba loca por besarte...
-Hacía tiempo que yo estaba loco por que me besaras. También le dije eso en aquel banco.
-¿Le dijiste eso a tu comandante de puesto en pleno servicio?.
-Sí. Íbamos armados los dos.
-¡Ah!, ¿si?.
-Sí, íbamos armados de misericordia. Fue la primera novela que sustrajo clandestinamente de mi pabellón.
-Seguramente Mari Carmen le habló de Don Benito y...
-Sí, eso debió ser.
-¿Qué ocurre en ese hotel de las infinitas habitaciones?.
-Bueno, se trata de un hotel con infinitas habitaciones. Pero muy popular, tanto que siempre está lleno. Un día se presentan allí infinitos clientes pidiendo una habitación cada uno. El dueño se enfrenta a un gran compromiso, porque tiene el hotel lleno. Pero se le ocurre una idea. Como todos sus clientes son gente de confianza, les pide un favor: Cada uno de ellos deberá abandonar su habitación y ocupar la que tiene el número doble de la suya, es decir, el cliente que ocupa la habitación número uno pasará a ocupar la número dos, el de la número dos se trasladará a la número cuatro, el de la tres, a la seis. Y así sucesivamente. De este modo, todos los antiguos clientes tendrán una habitación y, además, dispondrá de otras infinitas habitaciones para los nuevos infinitos clientes.
-Ahora supongamos que yo soy esa vieja compañera de Bachillerato que quiero ser y que tú quieres que sea. Sé bueno, explícame el problema.
-Tu corazón es como ese hotel, porque yo sólo me enamoro de mujeres con el corazón infinito, Matías ocupa infinitas habitaciones de ese hotel, pero tú dispones de infinitas partes finitas para otras cosas, partes finitas, hasta puede que casi insignificantes, pero en las que no está Matías. Toda tú eres de Matías, pero otra toda tú eres tuya: ni de Dios ni de nadie.
-¿Eres tú uno de esos nuevos clientes de mi hotel?.
-Pero yo sólo quiero una habitación pequeñita. Sin cama pero con labios.
-Cuando ibas al Instituto, ¿te las llevabas a todas al huerto?.
-Esa mujer que se acerca por la calle, envuelta en un abrigo de paño grueso, dos gorros de lana, tres jerseis, una falda hasta los tobillos, unas botas hasta las rodillas, unos calcetines gruesos, dos leotardos, una camiseta y dos bufandas, es Mari Carmen. ¿Por qué no se lo preguntas a ella?. Era una de esas compañeras de Bachillerato que tú supones que me llevaba al huerto.
-Parece que la hayas vestido tú. ¿Qué clase de sujetador usa?.
-No usa sujetador, las mujeres maravillosas, como Josefa, ella y tú, no usáis sujetador.
-Pero es que yo no tengo nada que sujetar. ¿De qué color lleva las bragas?.
-Azul celeste.
-Yo las llevo blancas. ¿Tú llevas calzoncillos blancos?.
-No, yo uso slips. Los tengo de varios colores. Hoy los llevo rojos.
-Es por si me pregunta, ¿sabes?.

Manuel no se cercioró de la presencia de Águeda frente a la puerta del cuartel hasta que, una vez organizado el cuarto de puertas y encendida la estufa a toda pastilla, se asomó movido por la rutina del servicio, ese servicio de puertas que siempre consideró el más rutinario de todos los servicios, a pesar de la insistencia del sargento Pacheco en que toda la seguridad del acuartelamiento dependía de la eficacia en el cumplimiento de ese servicio. Esa rutina y esa insistencia hicieron que Manuel se asomara a la puerta y descubriera a Águeda paseando por la acera entre los setos del jardín. Pensó que salir corriendo a su encuentro, o más bien en su auxilio, era una temeridad, y acercarse paseando como si tal cosa, una indecencia. Así que caminó hacia ella con la oportuna rapidez y la suficiente calma que deben caracterizar el comportamiento de cualquier guardia civil digno de ese nombre, a pesar de ser consciente de la poca consonancia entre él y el Benemérito Cuerpo. Águeda llevaba puesto el abrigo de su marido, con el cuello levantado hasta el final del gorro de lana que le cubría la cabeza, las manos en los bolsillos y lanzando inmensas nubes de vaho por la boca y la nariz, Manuel se detuvo junto a ella perturbado por la belleza del trocito de cara que se mostraba al descubierto. Una vez más, pensó en lo muchísimo que le gustaría charlar con una amiga así en la mesa propia de que disponía en Casa de Emilio, o paseando como dos enamorados por los senderos de la Virgen del Rosario. No estaba muy seguro de que hubiese muchas maneras de amar a las mujeres pero, de haberlas, una de las más hermosas era sin duda la manera en la que él amaba a Águeda.
-Buenos días, Doña Águeda.
-Buenos días, Manuel. No te felicito el año nuevo porque creo que ya lo hice.
-Sí, señora, lo hizo usted. ¡Voto a Dios que sí lo hizo!.
-Me hace feliz que lo recuerdes así.
-No estoy seguro de estar metiéndome donde no me llaman, pero, ¿qué demonios hace usted en la calle a estas horas y con diez y siete grados bajo cero?.
-Llevo diez minutos esperándote. Creí que me habías visto salir.
-Lo siento, por supuesto que no la vi. Pero, si tenía algo que decirme, ¿por qué no lo hizo en el cuarto de puertas?. Aquello es lóbrego, lo sé, pero está caldeado.
-Caldeado... y al alcance de mi esposo que, por cierto, acaba de entrar en el pasillo que conduce a su despacho.
-Es usted mejor guardia de puertas que yo, debe ser por el uniforme que lleva. Le ha tomado usted cariño a ese abrigo. ¿Por qué cree que su esposo no se ha acercado a nosotros para comprobar lo que sucede?.
-Porque Matías sabe perfectamente lo que sucede.
-Pues sabe mucho más que yo.
-Me gustaría pedirte un favor... Bueno, un montón de favores... Y no sé por dónde empezar...Pero como dice Matías citándote a ti, la mejor manera de comenzar algo es por el principio... Manuel, ¿sería demasiado desagradable para ti llamarme Águeda a secas y tutearme?.
-Tengo un secreto que confesarte.
-Yo también. Tú primero.
-Sueño con tutearte como a una vieja compañera de curso.
-Yo le tengo cariño a este abrigo porque lo llevaba puesto la primera vez que te besé.
-Y la única. Además, fue una felicitación de año nuevo...
-Ya lo sé. Matías estaba delante, ¿recuerdas?. Pero tú también lo hiciste.
-¿Qué hice yo?.
-Besarme.
-¡No señora, usted me besó a mí!.
-También te besó Zoraida, ¿no?.
-Sí, lo hizo. Para felicitarme el año nuevo.
-Y tú le devolviste el beso en la mejilla derecha.
-Bueno, es normal, ¿no?.
-¿Dónde me lo devolviste a mí?.
-Quizá no lo hice porque me pilló por sorpresa...
-Sí lo hiciste.
-¿Lo hice?.
-Yo lo noté.
-¡Yo jamás...!
-¿Te atreverías a besarme?.
-No. Jamás me atrevería.
-Por eso tuve que ponértelo fácil...
                                                 


Manuel se presentó en el Cuartel antes de lo previsto, al menos antas de lo previsto por Antonio Martínez, que no lo esperaba hasta la hora del relevo a las nueve en punto de la mañana. Eran las ocho y treinta y dos minutos.
-¿Qué haces tú aquí a estas horas?- le preguntó sarcástico.
-He de vestirme de ser humano para relevarte como Dios manda, ¿no?.
-Sí, eso es verdad. He encendido la estufa a toda leche. Conchi está en el cuarto de puertas sirviendo el desayuno. Para dos. Pero, claro, ahora seremos tres.
-No, gracias. Ya he desayunado.
-¿Te han preparado también el desayuno?.
-No. Yo le he preparado el desayuno. ¿Te parece raro?.
-Cuando tú hagas algo que me parezca raro, lo primero que pienso hacer es izar la bandera de la República en la puerta del Cuartel. Por lo que pudiera pasar.
-¿Puedo entrar a darle un beso a Conchi y felicitarle el año nuevo?.
-Supongo que sabes que esa señora está casada conmigo y que tenemos dos hijas en común. También sabes que la tienes loquita por tus huesos. A ver qué besos nos damos.
-Confía en mí, compañero.
-El día que yo confíe en ti vendrán los del manicomio, me pondrán una camisa de fuerza, me encerrarán en un cuartucho de paredes acolchonadas y tirarán la llave.
-¡Cojones, Martínez!. ¿Cómo le vas a explicar a Conchi que he pasado por aquí, me he ido directo a mi pabellón a ponerme el uniforme de paseo, o sea, el de puertas, y que no he entrado a felicitarle el año nuevo?. Estoy seguro de que pensará que no me has dicho que está ahí. Y sospecho que todo esto acabará con una cama para ti en el cuarto de la plancha.
-La próxima vez que salgamos de correrías, como jefe de pareja tuyo que seré, te pondré un puro que te cagas, incluso puede que proponga tu expulsión del Cuerpo por grave desacato y por mis putos cojones. Entra y haz lo que debas hacer.
Cuando Manuel salió del cuarto de puertas sonrió a Martínez con beatífica expresión.
-¡Qué mujer!. Cuando la hicieron rompieron el molde.
-Como yo me entere de que ha habido un beso en tos los morros con lengua y todo, date por muerto, por descoyuntado, por jodido...
-Si tal hubiera habido, ni ella ni yo te lo contaríamos nunca. Jamás lo sabrías, y morirías de retortijones causándonos grave pesar y remordimiento. Por consiguiente, igitur, como cantábamos en la Universidad, te contaré la cruda verdad: Ha sido ella la que me ha besado en ambas mejillas, y yo le he tocado el culo.
-Agradezco tu sinceridad con toda el alma. Gracias, compañero.
-¿Cómo sabes que te he dicho la verdad?.
-Porque la Guardia Civil no es tonta, y se te ha escapado lo del culo.

Mari Carmen apoyó los codos sobre la mesa y colocó las palmas de las manos en forma de uve apoyando en ellas ambas mejillas. Miró a Manuel con descaro, con un descaro con el que nunca lo había mirado. Él se sintió culpable de algo, pero no supo de qué. ¿Qué había hecho realmente, aquello que ella había estado esperando los últimos quince años, dejarse llevar por una pasión que siempre sintió y nunca tuvo el valor de dejar volar a sus anchas, una pasión que lo impelió a actos con los que ni siquiera había soñado en sus arrebatos más lúbricos...?. ¿Era su delito ser feliz, o que lo fuera ella?. Pero lo seguía mirando sin que él se atreviera a devolverle la mirada, como llamándolo malandrín, bellaca y cobarde criatura que fuyía. Era el rostro más bello y despeinado del mundo, la más bella y descuidada faz que dama alguna pudiera lucir...
-¿Sabes una cosa?- comenzó ella cuando él logró mantener su mirada más de tres décimas de segundo- Te he odiado con toda mi alma desde el primer día que te vi.
-Lo recuerdo perfectamente- respondió Manuel- Entré en el patio del Instituto, Josefa y tú charlabais junto a la morera. La vi y me enamoré fulminantemente de ella. A ti no te hice ni puto caso, como si no estuvieras...
-¿Cómo pudiste fijarte en una tipeja enclenque, más lisa que una tabla y con ojos de rana?.
-Josefa no tiene ojos de rana. Tiene ojos de bosque encantado donde, muy presumiblemente, habita la reina de las hadas, ya sabes, ésa que que se enamora del asno.
-Pues no se enamoró de ti, con todo lo asno que tú eras.
-Pero eso fue porque cuando despertó, después de que Puck derramara sobre ella el polen del amor, te vio a ti primero.
-...Y porque yo siempre he sido una tía para mojar pan.
-Y porque tú siempre has sido una tía para mojar pan.
-Ya. Supongo que el amor es ciego.
-Supones mal. Yo te quiero con toda mi alma desde que me di cuenta que existías.
-Por eso desapareciste y nos abandonaste a las dos.
-Pero si Josefa...
-Ella también te ha odiado con toda su alma desde el primer día que te vio.
-¿Habéis hablado de mí?.
-Muchas veces, paseando por la Virgen del Rosario, emborrachándonos en el barrio del Carmen, en la cama...
-¿En la qué?.
-¿Qué harías tú si la persona que más te desea en el mundo fuera, además, la que tú más quieres?.
-¿Antes o después de darme cuenta de lo imbécil que he sido toda mi vida?.
-Tú lo has hecho después de darte cuenta. Yo, ni me lo pensé dos veces.
-¿Te acostaste con una tipeja enclenque, más lisa que una tabla y con ojos de rana?.
-Josefa no tiene ojos de rana, cretino de mierda. Además, nadie besa como ella.
-¿Es la persona que más quieres en este mundo?.
-Es la persona que más quiero en este mundo.
-Yo también.
-¿Yo soy la segunda?.
-Sí, pero eres la que más deseo.
-Tú también eres el segundo. Y también eres el que más deseo.

Al pisar el primer escalón de la escalera de mármol que descendía hasta el salón, una de cuyas esquinas  hacía la función de cocina, la inundó un profundo aroma a café recién hecho, lo que hizo crecer exponencialmente su sensación de felicidad. Manuel trajinaba por allí tostando rebanadas de pan sobre la estufa, depositando la cafetera sobre un soporte metálico en una mesa primorosamente dispuesta, llenando una jarra de loza con leche caliente... Se sentó en una de las sillas para contemplarlo. Al cruzar su pierna derecha sobre la izquierda, la bata resbaló y, con un gesto de recato que la dejó sorprendida se cubrió cautelosamente. Sin decir nada, Manuel se acercó a ella, la tomó por la cintura y la levantó en vilo unos dos centímetros del suelo, justo su diferencia de estatura. Mari Carmen le rodeó el cuello con ambos brazos y Manuel la besó con una ternura y un entusiasmo que dejaban muy claro que su sensación de felicidad aquella mañana era igual o superior a la de ella. Mari Carmen se sintió ingrávida, levitando y envuelta en un marasmo de sensaciones arrebatadas. También ella lo besó con igual o mayor entusiasmo. Cuando sus bocas se separaron, justo las distancias de sus respectivas narices, cuyas puntas permanecieron pegadas, Manuel la miró a los ojos:
-Tienes cara de bruja y sabes a petunias.
-Y un problema. También tengo un problema.
-¿Es grave?.
-Creo que sí. Acabo de descubrir que nunca en toda mi viuda he utilizado la primera persona del singular del presente de indicativo del verbo saber en el sentido de saborear. Porque supongo que, más que besarme, lo que acabas de hacer ha sido saborearme.
-Y devorarte un poco. Sí.
-¿Crees que el verbo saber en el sentido de saborear es irregular, como en el sentido de conocer?.
-No creo que el verbo saber sea irregular en el sentido de saborear en absoluto.
-En ese caso, ¿qué significa eso de que sabo a petunias?.
-Significa que sabes a petunias por las mañanas recién levantada y en bata de seda.
-Tú sabes a rosas blancas bajo la lluvia.
-Lo sospechaba. La Guardia Civil no es tonta, tengo la más absoluta certidumbre de que lo único que sabe a miel ahora y aquí son mis tostadas.
-¿Tenías intención de subirme el desayuno a la cama en una bandeja de plata?.
-Jamás te subiría el desayuno a la altiva biblioteca ni jamás pondría en peligro la integridad de tu edredón de nubes.
Mari Carmen acercó su silla a la mesa dispuesta para el desayuno, se sirvió café y leche en un enorme tazón con un barrigudo Snoopy grabado en su exterior, cogió una de las rebanadas de pan tostado impregnada de miel y la mordió con gula y anhelo.
-Si me besaras ahora, seguro que sabría a miel.
-Pero es que ahora estoy ocupado. Y mi tostada me sabe a miel tanto o más que un beso tuyo.


Mari Carmen se despertó sumida en una inmensa sensación de felicidad. Notó la caricia de las sábanas de sede en todo su cuerpo y se preguntó por la razón de todo aquello. Estaba desnuda bajo su inmenso y revuelto edredón de nubes en medio de su altiva biblioteca. ¿Quién llamaba a su blanquísimo edredón "edredón de nubes" y a su dormitorio, con las paredes totalmente forradas de anaqueles llenos de libros "altiva biblioteca"?. Manuel, sólo Manuel lo llamaba así, igual que sólo Manuel llamaba a la aldaba de su puerta aunque tuviese una llave desde hacía años. Manuel... ¿Manuel había estaba toda la noche junto a ella, tan desnudo como ella, bajo su edredón de nubes?. ¿Aquellos ruiditos que venían de la planta baja, seguramente de la cocina, estaban provocados por Manuel preparándole el desayuno con la intención de subírselo en una bandeja de plata con una inmensa rosa roja en el centro?. Saltó de la cama y se puso en pie. Probablemente en la calla hacía una temperatura de un par de cifras bajo cero, pero su alcoba estaba caldeada por la red de tubos insertos en en todas las paredes: Manuel había encendido la estufa a toda pastilla enviándole oleadas de amor que, como el calor, es una forma de energía. Decidió bajar a la cocina y buscó algo que ponerse por encima. ¿Su bata de todos los días, las de los desayunos solitarios, la de las tristezas cotidianas...?. Ni hablar. La de seda, la bata roja con el dragón dorado grabado en la espalda. Ni recordaba cuándo demonios se la había puesto por última vez. Ni siquiera recordaba dónde demonios la había puesto la última vez se la quitó... En un armario, tonta del culo, parece mentira que te hayas pasado más de la mitad de tu vida estudiando y no se te haya ocurrido que eres una tía que suele guardar las cosas en los armarios. En tu altiva biblioteca, desde luego, no hay armarios, sólo paredes repletas de libros y un inmenso tálamo con un edredón de nubes en el centro. Pero tienes tu enorme cuarto de baño, el de baldosines rosas y paredes blancas, el de la bañera oceánica y la pila con el pie acabado en garra de águila, lleno de armarios. Seguro que en uno de ellos, dobladita y obediente descansa con dulce placidez tu bata deseada. La encontró enseguida, se la anudó en la cintura y se miró en el espejo ovalado de bordes plateados. Una bruja. Con ese pelo revuelto, esos párpados semicaídos, esas comisuras curvas de los labios y esos ojos de felicidad, pareces una bruja. Probablemente la bruja más feliz del mundo. ¿Vas a ducharte, arreglarte y ponerte guapa para él?. ¿Y si lo que más le guste de ti es que parezcas una bruja?. Bajó las escaleras con la sonrisa más luminosa que jamás había dado brillo a sus labios de miel y frambuesa...
 Ni se os ocurra pensar que merecéis lo que os pasa. Si alguien os escupe en la cara, debe ser porque es mil veces peor que vosotros y sólo merece vuestro desprecio. Si alguien ensalza vuestra valía o vuestro heroísmo, debe ser porque es mil veces mejor que vosotros y sólo merecéis su desprecio. Un día, más tarde o más temprano, moriréis. Sólo entonces se habrá hecho justicia.

 Estaba tan harto de ella que fabriqué un brebaje para que se muriera de un dolor de barriga, pero que pareciese un accidente. Algo debió salir mal, porque el brebaje, en lugar de matarla, le curó un tumor maligno que tenía en el estómago y le salvó la vida. Como es lógico, lo patenté de inmediato y, al poco tiempo, me concedieron el Premio Nobel de Medicina. Los científicos somos gente muy seria y no nos andamos por las ramas: cuando hacemos las cosas, o las hacemos bien, o no las hacemos. Así es la historia de la ciencia: un conjunto de descubrimientos meticulosamente premeditados.

 A lo largo del siglo XX, en las más afamadas universidades europeas, sobre todo en las alemanas, brillaron escandalosamente las mentes de un montón de tipos ilustres: eminentes catedráticos, geniales creadores de revolucionarias teorías, lectores de brillantes conferencias, autores de memorables artículos científicos. Vamos, unos tíos de la hostia. Salvo un par de excepciones que confirman la regla (iba a decir "honrosas excepciones", como si yo fuera Pedro Crespo, ése que le soltó a Felipe II aquello de "honor y vida debo a mi rey, pero la honra es de Dios"), tías no había, bueno, mujeres. En la élite, me refiero, porque alumnas debía de haber un montón. Cuando estos ilustres caballeros se reunían frente a gigantescas jarras de cerveza, no vayáis a pensar que discutían sobre mecánica cuántica, sobre relatividad, sobre la función de ondas o sobre ecuaciones diferenciales, de eso nada. Sus conversaciones eran mucho más parecidas a la discusión de Don Luis Mejía y Don Juan Tenorio en la Hostería del Laurel. Eso sí, ellos integraban, pero en prosa. Y digo que alumnas debía de haber un capazo porque no veas la lista de doncellas seducidas por cada uno de ellos, brillantes alumnas todas ellas, voto a tal. Aún suponiendo que todos ellos hablaran de las mismas ellas, las mismas ellas eran un capazo. Hasta se permitían el lujo de regodearse en el tema de las formas más inesperadas. Uno de ellos tuvo la desfachatez de comentar en un famoso artículo científico que su amigo Erwin Schrödinger concibió su ecuación  de ondas en un momento de efusión erótica. Siempre me ha resultado curioso ver lo comprensivos que fueron con los nazis y lo tercos que fueron a la hora de reconocer la dignidad de las mujeres.

 Las personas realmente inteligentes de la especie humana (en su mayoría mujeres) suelen darse cuenta de las cosas antes que el resto, no por intuición femenina, sino por simple (estúpidamente simple) inteligencia: un paseo por la nieve puede ser la gota de agua. Yo no sé si habréis oído hablar de Lise Meitner. No tiene importancia, una sencilla doctora en Física, nacida en el imperio austro-húngaro de Sisí, de la que seguro que sí habéis oído hablar, ¿verdad que sí, sí?. Pero, claro, Lise era judía, uno de aquellos judíos alemanes de los años nacionalsocialistas. Sí, hombre, sí... ¡Con la de películas yankees que habrás visto sobre el tema!. No, no acabó en uno de aquellos campos de exterminio, acabó huyendo de aquella Alemania. Sí, huyendo, eso que hacen los cobardes, ya ves, no como esos seis millones de judíos que no huyeron. Pero yo hablaba de una gota de agua. Otto Robert Frisch decidió pasar con su tía Lise las vacaciones de Navidad de 1.938 en Suecia, donde ella estaba exiliada. Otto era físico como ella. Y así fue como acaeció el paseo por la nieve. Tía y sobrino hablaron de Física, concretamente del átomo de Uranio y de cómo era posible que, tras bombardearlo con neutrones, aparecieran excipientes de Bario. La gente, cuando conversa, y más si lo hace paseando por la nieve, habla de sus cosas, por ejemplo del comportamiento de los átomos de Uranio al ser bombardeados con neutrones. Y vino la gota de agua. Un núcleo de Uranio es muy masivo, y no sólo eso, tiene 92 protones dándose de hostias, porque  eso es lo que suelen hacer las cargas del mismo signo. ¿Qué coño crees que pasa con la tensión superficial?, preguntó la tía Lise. Otto la miró un tanto perplejo. Total tiene sesenta años, no es una vieja chocha ni una demente senil, algo se lleva entre manos. Por supuesto que Lise se llevaba algo entre manos: la gota de agua. Si bombardeamos una gota de agua con pequeñas partículas capaces de perturbar su interior, primero hacen que se abombe y después que tome forma de ocho acostado y se parta en dos. Los excipientes serán microscópicas partículas de agua, pero en el caso de un átomo de Uranio, la masa residual se tornará energía, ¿O acaso no recuerdas lo que escribió Albert al respecto?, Ante un Otto boquiabierto, la tía Lise se sentó sobre una piedra, sacó un lápiz y un trozo de papel de su bolso  e inició una serie de cálculos hasta que sentenció: 200Mev por átomo de Uranio. Una barbaridad, sobrino, una auténtica barbaridad. Es muy probable que esos cálculos hechos sentada en una piedra con un lápiz y un trozo de papel tuvieran mucho que ver son su negativa a participar en el proyecto Manhattan al que fue invitada por el gobierno no los Estados Unidos. Quizá valdría la pena preguntarle a los japoneses por los motivos que motivaron su negativa.
 Cuando desde el piso superior del autobús contemplé la Avenida de Bloomsbury, pensé en aquella pobre mujer que se metió en el río con los bolsillos llenos de piedras. Estaba buscando Russell Square porque tenía la intención de visitar el British Museum. Así fue como comenzaron a aparecer las paradojas: El grupo se llamó de Bloomsbury por el barrio. Pero,,, ¿Bertrand Russell se llamaba así por la plaza?. Recordé, de pronto, su paradoja del barbero que había derribado todo un edificio matemático en cuya construcción se habían empleado grandes esfuerzos: El barbero de un pequeño pueblo presumía de afeitar a todas las personas del pueblo incapaces de afeitarse por sí mismas. Que ese barbero se afeitara a sí mismo todas las mañanas suponía una manifiesta paradoja. Yo no la veo por ningún lado. Lo que yo veo es a un barbero barbudo que no se ha afeitado en su vida. Tampoco me parece una paradoja que el mejor roastbeef de Londres lo prepare un cocinero vegetariano. La paradoja consiste en ser lo que somos, porque ser es una potencialidad y lo que somos un hecho consumado. ¿Cómo es posible llegar a ser lo que ya somos?. Me quedo con las funciones diferenciales, esas que tan bien se le daban a Russell. Por cierto, hay una plaza en Londres, en el barrio de Bloomsbury...

 Hay gente que sueña con un mundo donde la piedad y la misericordia sustituyan al odio y al desprecio. Un mundo donde la raza, el color de la piel, las creencias religiosas o las ideologías sean maneras de ser, tan respetables como preferir el vino a la cerveza, ser más alto o más bajo o bajar las escaleras de dos en dos. A mí, personalmente, me gustaría un mundo donde todos supieran que la integral del neperiano se hace por partes. Un tipo que sabe eso, no sólo siente piedad y misericordia por los que no lo saben, sino que, además, profesa un gigantesco respeto y admiración por quienes sí lo saben, cualquiera que sea su raza, el color de su piel, su religión o su ideología. Incluso sería capaz de admirar a un arriano como Isaac Newton. Claro que, saber matemáticas y no ser arriano parece una contradicción, o un problema de Hilbert, según como se mire...

 No todo el ejército napoleónico murió de hambre y de frío en las estepas rusas. Un curioso ejemplo de ello sería el oficial Victor Poncelet, que no sólo sobrevivió a la estepa, también sobrevivió al cautiverio y casi cumple los ochenta años. A veces nos impresiona la capacidad del ser humano para sobrevivir en las condiciones más adversas. Yo, que no tengo la intención de hacer semejante cosa, no me impresiono por tonterías así. Victor Poncelet se dedicó en sus años de cautiverio a pensar. Es un viejo defecto de todos los matemáticos y de algunos filósofos. Construyó un corpus con la Geometría Proyectiva (no sólo eso, acuñó el término en un libro publicado con posterioridad) y trató de asesinar a Euclides, algo que ya habían hecho los pintores italianos del Renacimiento. Naturalmente, nadie ha asesinado a Euclides, porque Euclides se murió él sólo sin ayuda de nadie, pero la Geometría dejó de ser lo que era y se hizo democrática. Resulta cuanto menos paradójico tener que dejar de ser griego para poder ser demócrata. Yo hubiera asesinado a Napoleón. ¡Qué más da una Geometría más o una Geometría menos!.

 Mi amigo Manuel, siempre que nos juntábamos en aquella mesa hexagonal tapizada de verde, me preguntaba: ¿A qué hemos venido hoy, a jugar o a ganar?. Nosotros no ganamos nunca, le respondía yo. Tampoco Von Neumann ganó nunca, y es el padre del teorema Minimax de la Teoría de Juegos. Pero lo nuestro es el cálculo analítico, solía decir yo, no podemos integrar un trío de jotas para convertirlo en apuesta. Pues perdamos como perdemos siempre y, luego, nos vamos de copas. Media hora después estábamos tomando un gin and tonic en el bar de un amigo. Naturalmente, nos lo jugamos a cara o cruz, Era la única manera de que uno de los dos ganara. Lo malo es que uno de los dos seguiría perdiendo, como siempre.

  Si yo tuviera que enfrentarme al enigma del prisionero, una cosa sí tengo clara: no me lo plantearía como un prisionero. Porque si me callo y no delato a mi socio, pero él sí me delata a mí para salvarse, tendría que pasarme el resto de mi vida cagándome en su puta madre y dándome cabezazos contra la pared por jilipollas. Si lo delato para salvarme yo, entonces tendría que pasarme el resto de mi vida cagándome en mi puta madre y dándome cabezazos contra la pared por traidor. Creo que es preferible cagarse en la puta madre de los carceleros y pasar el resto de la vida orgulloso de ser tan jilipollas, pero feliz. Tanto si mi socio me ha delatado para salvarse, me alegro por él, como si se ha callado como me he callado yo, también me alegro por él. De todos modos, dejando a un lado las tonterías morales, si soy un delincuente que ha cometido un delito, la moral me la suda, desde un punto de vista matemático, ésa es la solución del problema. Sin análisis ni optimización, sencilla y llana matemática discreta. Por cierto, ¿cuántos de vosotros habéis oído hablar del enigma del prisionero?.

  Alfredo no era un genio, sólo era un tipo inteligente y bastante intuitivo. En otras palabras, las integrales le salían de puta madre. Fernando, desde luego, tampoco era un genio, sólo era un tipo listo y, como todos los tipos listos, carente de escrúpulos. En otras palabras, medró en la vida, se hizo rico y tiene fama de buena persona, vamos, de hombre honrado. Alfredo llamaba a Fernando "tonto del culo". Craso error, porque Fernando era cualquier cosa menos tonto. Fernando llamaba a Alfredo "prusiano". Con ese sencillo epíteto lo hundió en la miseria. Todo el mundo lo consideró la prueba fehaciente de que Alfredo era poco menos que una especia de nazi. Lo curioso del caso es que no fue esa, en principio, la intención de Fernando. Sencillamente lo llamaba prusiano porque era doctor en Matemáticas y en Física por la universidad de Gotinga. Las personas que no le dirigen la palabra a Alfredo, ni saben dónde está Gotinga, ni han ido jamás a ninguna universidad. De Córdoba, por ejemplo, sólo saben que el estadio de fútbol se llama "El nuevo Arcángel".

  Se dice por ahí que sólo utilizamos un pequeño porcentaje de nuestra capacidad cerebral. Que, si la utilizáramos toda, moveríamos montañas. Los que dicen semejante cosa, desde luego, utilizan muy poca de su capacidad, o peor aún, utilizan la poca que tienen. Lo cierto es que aquellos que sobrepasaron ciertos límites porcentuales de neuronas, acabaron muy mal, con la mente trastornada. O demasiado lúcida, que viene a ser lo mismo: la luz ciega. Siempre habrá quien cite a personas como Einstein, Schrödinger o Heisenberg para demostrar todo lo contrario. Apañados van. Albert, lo único que utilizó con más solvencia que el resto de los hombres, fue el sentido común, no la inteligencia pura como la entienden los que no entienden nada. Erwin, sencillamente, buscó la forma para, sin ser un Apolo, tirarse todo lo que se movía, si para ello había que inventar una función psi, se inventaba. En cuanto a Werner, todo fue una cuestión de fe. Fe en que yo tengo razón y los demás no. Quizá también influyó el convencimiento de que todo empezó en una acogedora matriz materna. Qui lo sà?.Pero vamos a dejar una cosa clara antes de mi cita con Albert, con Erwin y con Werner para tomar unas copas: usamos las neuronas usables, es decir, las dos, lo demás son tonterías cuánticas. Eso sí, pagan ellos.

  No estoy muy seguro de que la síntesis euclidiana sea la solución del problema de la curiosa trayectoria de ciertos insectos voladores. Seguramente, mi amigo Felix Klein estaría de acuerdo conmigo, me refiero a mi ignorancia. Aunque puede que para él fuese mucho más complicado entender el organigrama político de aquella Prusia que lo formó como intelectual, pero no como persona. ¿En qué se parece la trayectoria personal de un insecto volador a la la de un prusiano como dios manda, sobre soto si eres hijo de un alto funcionario del estado y es tu madre la que se encarga de tu educación?. ¿Es posible que exista una función matemática que pueda definir ambas cosas?. De haberla, que hayla, dejaría pasmado al bueno de Euclides. ¿Hasta ese punto podríamos abstraer la idea de esa trayectoria?. Me encantaría poder analizar el asunto, es decir, coger al bicho en cuestión, sea insecto volador o sea prusiano como dios manda y descuartizarlo como si se tratara de una función diferencial. Eso sí, después Euclides yo nos tomaríamos unas copas. Pagando él, por supuesto.  
                                                                   19-9-14
Almudena era la más guapa de la clase. Eso es algo indiscutible. Había media docena de tipos que se hubieran arrojado desde el puente si ella se lo hubiese pedido. Y no estoy hablando de un puente bajo el cual discurría un río, estoy hablando de un puente que se elevaba cincuenta metros sobre un barranco de piedras puntiagudas. Por allí no discurría río alguno. Bueno, cuando llovía, un clamoroso torrente bramaba arrastrando ramas, troncos y cadáveres varios. Pero no era un río, de eso nada. El puente, por el contrario, sí era un puente, todo un puente, sobre todo si uno quería tirarse desde el puente, parecía hecho a propósito para eso. Resulta difícil explicar cómo es posible que media docena de tipos estuvieran dispuestos a arrojarse desde el puente si ella se lo pedía. Werner Heisenberg lo hubiera explicado perfectamente utilizando matrices, pero puedo jurar por mi honor que ninguna de esas matrices era la matriz de Almudena, de la misma forma que puedo jurar por mi honor que ninguno de esos tipos era yo. Yo me hubiera arrojado desde el puente, por supuesto, pero lo hubiera hecho por... otra.
                                                                       18-9-14
El mundo está lleno de gente que se pasa la vida contando historias. Conviene no confundir las historias con las mentiras. Mentir es decir todo lo contrario de la verdad, sabiendo que lo que se dice es todo lo contrario de la verdad y con la intención de perjudicar a otra persona. Un mentiroso es un mortífago, un miembro del lado oscuro. El señor Wert, pongamos por caso. Pero un tipo que cuenta historias es otra cosa, no es un mentiroso ni nada parecido. Es sólo un tipo que cuenta historias, no le demos más vueltas. No cuenta las cosas como las contarían los demás, pero tampoco cuentan todo lo contrario y, desde luego, no hay premeditación y mucho menos alevosía. Eso sí, nocturnidad sí, hay la hostia de nocturnidad. Nuestra memoria, por ejemplo, no tiene nada de mentirosa, pero no da una la pobre. Esconde todo lo que no nos gusta e inventa historias a todas horas, pero está en su naturaleza, que es la nuestra, como está en su naturaleza y en la nuestra no creer ni una palabra de esas historias, aunque las sigamos contando toda la vida. Dos amigos se encuentran después de muchos años tomando una copa en un bar y uno de ellos le dice al otro así, como el que no quier la cosa: "¿Recuerdas aquella novia que tenía yo en tercero?. ¡Sí, hombre sí!, Azucena, aquella rubia guapísima que estaba como un tren". "La única novia que tú tenías en tercero- le responde el otro partiéndose de risa- era una tal Elodia que, por cierto, ni era rubia, ni era guapísima, ni estaba como un tren. Además, eran imaginaciones tuyas, porque ella siempre lo negó". El amigo lo mira y le dice: "¡Pues anda que tú...!. "Yo no tenía ninguna novia en tercero", responde el otro. "¡Claro!, como tú siempre has sido un poco mariconcete...". Esta conversación está cogida al azar en un bar cualquiera y fuera de contexto. No tiene sentido. Supongamos que uno de los amigos se llama Pepe y el otro Paco. Pepe presume de novia guapísima y rubia. Por cierto, sí existió la tal Azucena, una compañera a la que saludó un par de veces y que nunca le hizo caso porque estaba colada por un tal Ambrisio que la ignoraba cruelmente. Ambos estaban locos por la tal Azucena y se odiaban a muerte por ello. Por eso, al encontrarse en aquel bar muchos años después, sus respectivas memorias fabricaron sus propias historias. ¿Mentían para hacerse daño?.
                                                          17-9-14
Se supone que un traidor es alguien que defrauda nuestra confianza. Nada más lejos de la realidad. Traidor se nace, sólo hay que esperar a que aparezca una excusa para que alguien nos califique de traidores, eso es todo. No importa lo que hayamos hecho ni si lo que sea que hayamos hecho sea cierto. Eso es lo de menos, porque ya seremos unos traidores a todos los efectos, o lo que es lo mismo, como el honor de los guardias civiles, una vez perdido, no se recobra jamás. Me llamo Bigné y soy un traidor, como todos vosotros. Así, que dejaos de tonterías, no busquéis la excusa para llamar traidores a los demás, dádsela lo antes posible para que sean ellos quienes os lo llamen a vosotros. Os enteraréis de algo que habéis sabido siempre, algo que ellos seguirán ignorando, como los estúpidos ignorantes que son. Y, además, será terrible para ellos, porque serán traidores y patriotas. No me gustaría estar en su pellejo.
                                                         16-9-14
Mucha gente piensa que un fascista es un tipo con influencias, rico y poderoso. De eso nada. Un fascista suele ser un desgraciado, analfabeto y embrutecido por las circunstancias, es decir, un patriota. En España, por ejemplo, son mayoría absoluta, y en Francia, sin ir más lejos, ganaron las elecciones al parlamento europeo. No es raro, en 1.940 colaboraron gustosamente con los nazis para hacer grande la République. Se equivocaron y rectificaron a tiempo: siguieron pensando lo mismo, pero desde la acera de enfrente. Los españoles lo hicimos de otra manera: les ganamos la guerra a los rojos, los perseguimos sin piedad hasta casi exterminarlos, y dejamos muy claro quién manda aquí: como diría el invicto Caudillo por la gracia de Dios, o paisanos suyos como el magnífico Don Manuel Fraga Iribarne, que no debía ser exactamente un hombre honrado, porque Bruto, que sí era un hombre honrado, asesinó a César, mientras que Don Mnauel se limitó a asesinar chavales de diecisiete años en la escalinata de la Catedral de Vitoria. Don Mariano Rajoy Brey, paisano de Don Manuel y del invicto Caudillo, y que conste que lo de invicto Caudillo no lo digo con sorna ni con segundas, sino con todas las de ley, este hombre murió mandando, sus exequias superaron con creces las de Felipe II, pongamos por caso, y ante su mausoleo, no dudo de que Don Miguel de Cervantes exclamaría sin duda: ¡Voto a Dios que me espanta tal grandeza!. Pues bien, ambos tres, porque ambos no significa dos aunque se empeñe el señor Wert, que tendrá muchas cosas: dinero, poder, influencias, pelotas, de fútbol y de las otras, pero lo que no tendrá nunca es cultura. Ambos tres saben perfectamente, Don Manuel y el invicto Caudillo más bien lo sabían, porque están un poco muertos, yo no lo digo abiertamente porque temo que mis vecinos de escalera, ancianos y achacosos ellos, sufran un patatús si se enteraran o enterasen. Pues los tres saben, o sabían, que aquí ¡manda carallo!, Cosa en la que estoy plenamente de acuerdo con ellos, porque me cago en Dios que manda carallo.

martes, 26 de agosto de 2014

TAL VEZ LAS COSAS NO SON ASÍ

4-9-14
   Una ejecución es una cosa muy seria: Un grupo de asesinos decide que alguien debe morir y un asesino a sueldo se encarga del trabajo. Hay gente que piensa que la pena de muerte es justa, que hay gente que lo merece. Tienen razón. Yo, por ejemplo, pienso que ellos la merecen y que es justo matarlos. Pero la diferencia entre ellos y yo es que yo a ellos no los mato, aunque estoy seguro de que un día ellos me matarán a mí y dirán que me lo merezco y que es justo. En lo que mí respecta, que les den...
26-8-14
   Yo no quiero preparar una poción mágica para matar a mis enemigos. Algo que es muy probable que ellos ya estén haciendo. Eso significa que tengo los días contados, que todos tenemos los días contados, con o sin poción mágica. ¿Disfrutarán todos mis enemigos del triunfo de su obra?. Arduo problema éste, no para mí, sino para ellos, porque muchos de ellos morirán antes de saber la respuesta.
   No estoy muy seguro de que la magia consista en hacer que la gente mire hacia otro lado. Hay mucha gente que ve, pero muy poca que mira. Por lo tanto la magia es la cosa más sencilla del mundo: basta con chasquear los dedos y decir: ¡Mira!. Todo será mágico, sobre todo los escarabajos, esos seres por los que Dios siente un aprecio muy especial, no en vano constituyen el 81% de las especies animales. Mago es, por tanto, el que chasquea los dedos y dice: ¡Mira!. El resto es... eso, el resto.

jueves, 19 de junio de 2014

LA OTRA DIMENSIÓN

Me he estado preguntando muy seriamente sobre la persona a emplear en esta narración, y si me he decidido por la primera persona no ha sido por comodidad literaria, sino porque vosotros, tristes habitantes de la tercera dimensión, no me entenderías si hablara en cuarta persona. En segunda, no me da la gana, y en tercera ya os han contado demasiadas historias esos autores que se creen dios y que, aunque lo sean, son dioses defectuosos. Por lo tanto, cuando yo diga "yo", no me estoy refiriendo a mí mismo, sino a una parte de ti que todavía no conoces ni conocerás nunca. No quiero decir que seas imperfecto, es muy probable que no lo seas. Lo qué sí eres es absolutamente incompleto. Por eso no te puedo ayudar. Sólo tú puedes ayudarte a ti mismo. Pero no lo vas a hacer, nadie lo hace...
No tengo intención de hablar mucho sobre mi infancia. La infancia suele ser una época sobre la que tenemos muy pocos recuerdos, y los pocos que tenemos suelen ser falsos. Las mentiras las prefiero premeditadas antes que involuntarias, ¿qué gano diciendo que, de niño, no me gustaban las chicas, odiaba a los chicos, mis maestros eran unos cerdos sádicos que sólo pretendían enseñarme el "Cara al sol", que el cura era un tipo asqueroso que sólo quería que se la chupara o que me la meneaba a escondidas?. Es muy probable que todo eso sea mentira y mis recuerdos se confunden con mis sueños o con las películas, que son como los sueños, pero huelen, no como los sueños, que no huelen...
Hice Bachillerato como supongo se suelen hacer todas las cosas: contra mi voluntad. Un día, mi padre me preguntó muy serio: ¿Quieres hacer Bachillerato?. Los maestros me han dicho que eres muy bueno. ¿Cómo cojones pudieron decirle algo así unos tipos babosos que ni siquiera lograron que me aprendiera el "Cara al sol"?. Seguramente lo hicieron porque, como nunca intenté asesinar a ninguno de ellos, lo consideraron prueba más que suficiente para catalogarme de borrego adicto al régimen y digno de cursar estudios superiores. Yo interpreté la pregunta de mi padre como una orden e hice Bachillerato. Eso sí, mi padre, muy serio, me dijo que éramos pobres y que tenía que sacar una beca todos los años, de lo contrario, tendría que dejar los estudios. No sé cómo interpreté eso de tener que dejar los estudios, pero debió ser algo terrible, porque descubrí lo que significa matar por algo: yo hubiera matado por aquellas becas.
Como todo buen estudiante de Bachillerato, una de las primeras cosas que hice fue enamorarme de una de mis compañeras, en este caso de Anastasia, que no era la hija menor de los zares de Rusia, pero sí se parecía perturbadoramente a Ingrid Bergman. No es que yo supiera por entonces ni, por supuesto, que sepa ahora, lo que es el amor o qué se siente cuando se está enamorado, pero me atuve fielmente a los manuales sobre el tema de Gustavo Adolfo Bécquer y a los consejos de la fiel Brígida, por lo tanto acabé perdidamente enamorado poniendo ojos de cordero degollado cada vez que la veía.
A ella eso parecía agradarle porque, no es que juntara las manos, encogiera los hombros e hiciera mohínes como Chaplin en las películas donde se enamoraba, es decir, en todas. Pero me sonreía, me decía hola con un susurro encantador y se ruborizaba ligeramente, lo justo como para que yo lo notara y los demás ni se dieran cuenta. Aquella historia fue maravillosa: jamás me declaré, no padecí mal de amores, nunca tuve duda alguna sobre mis sentimientos o los de mi amada. ¡Qué maravilloso hubiese sido que aquello hubiera continuado así in secula seculorum, amén.


domingo, 8 de junio de 2014

BIGNÉ


Ibn Jaldún, en su obra "al-Muqaddimah" del siglo XIV, nos aclara bastante bien la diferencia entre el símbolo del poder y el poder en sí mismo. Algo tan vigente hoy día como lo era en el siglo IX al que hace referencia: "Su poder (del hachib) era enorme, ya que abarcaba todas las ramas de la administración (...) Al-Hakam II delegó casi todos sus poderes en su hachib al-Mushafi, y este poderoso chambelán fue sucedido por Ibn Abi Amir, que gobernó Al-Andalus con el título de hachib, ayudado por varios visires".
Uno de los aspectos más fascinantes del castillo jordano de Qusayr Amra son sus hermosas pinturas murales. En ellas es posible casi leer la historia de los primeros años del Islam y descubrir que hubo un califato independiente en un mítico lugar llamado Al-Andalus, cuya capital era la exuberante ciudad de Corduba. Los Omeyas no hicieron de la península ibérica su cortijo particular, sino que crearon uno de los mitos que todavía perduran en la cultura árabe. Precedieron a la larga noche medieval cristiana. Las tierras de Al-Andalus ya nunca volverían a ser un lugar civilizado. Es curioso que unos frescos en Jordania se hayan convertido en la clave de nuestras raíces.
Una de las puertas de la Mezquita de Córdoba, llamada de San Esteban, tiene un precioso arco de herradura y está muy bien conservada dadas las circunstancias (circunstancias como, por ejemplo, que se llame "de San Esteban"). Esta puerta, como gran parte de las obras de ampliación emprendidas por el emir Abd al-Rahman II, fueron encomendadas a y realizadas por un tal Nasr y un tal Masrut. Así, sin precedentes y sin descendientes, es decir, sin los típicos veinte apellidos de los árabes de pura cepa. (Lo de los ocho apellidos vascos, no lo inventaron los vascos porque, a pesar de que Adán y Eva, entre ellos, hablaran euskera, jamás vasco alguno inventó cosa alguna...  perdón, salvo el patriotismo... español). A lo que íbamos, que no era a Bilbao precisamente, el tal Nasr y el tal Masrut se llamaban así, a secas, porque eran dos eunucos. Vivían como Dios sin ser ni siquiera hombres. Abd al-Rahman II no sólo los admiraba, también los envidiaba. Hasta el mozárabe Eulogio (supongo que no esperaréis que os explique qué coño cosa es un mozárabe) hablaba de ellos como grandes "hombres". Y lo eran, ¡voto a Dios que lo eran!, eso sí, conviene no confundir a un gran hombre con un puto tío de mierda con un par cojones de mierda.
En el Museo Diocesano Catedralicio de Ourense se conserva una preciosa arquilla árabe hecha con madera labrada. Está vacía porque fue fruto, muy probablemente, de un saqueo cristiano: uno de esos saqueos que tan habitualmente se atribuían a los árabes porque la historia la escribe quien la escribe y en las escuelas se enseño lo que se enseña. Pero el tema es otro: en esas arquillas, logicamente, se guardaba algo, generalmente riquezas fruto, no de la rapiña, sino de los generosos estipendios con los que siempre se ha recompensado la fidelidad. Eso nos lleva a unos personajes muy bien estipendiados: los eunucos. Durante la época Omeya, un eunuco no era cualquier cosa. Podría definírsele de la siguiente manera: Un tipo capaz de derrotar a todo un ejército, cortar personalmente las cabezas de los prisioneros, seleccionar las más importantes para entregárselas personalmente al emir de turno o al califa correspondiente, tirarse a todo el harén dejando de ello un recuerdo imborrable en todas las concubinas teniendo la delicadeza, además, de no dejar embarazada as ninguna de ellas. Eso sí, tras ser degollado por los valerosos caballeros cristianos tras una batalla de mala fortuna, la arquilla de sus tesoros, una vez vaciada, acabó en un Museo Diocesano gallego para la mayor gloria de Dios.
Las "Maqamat", ese precioso manuscrito bagdadí del siglo XIII que se encuentra en la Bibliothèque Nationale de Paris, contiene una serie de miniaturas adornando el texto que son auténticas joyas pedagógicas. Siempre se ha dicho que las mejores historias ilustran la vida. Pues estas ilustraciones clarifican la historia. ¡Qué pena que aquellos que mejor pueden leer los textos no sean capaces de descifrar las ilustraciones!.
Un ciudadano francés, hombre curioso y letrado, conserva en su biblioteca un fragmento de pergamino atribuido presuntamente al mismísimo Profeta. En él, Mahoma invita al rey de los persas Cosroes II a convertirse a la fe verdadera. No es muy probable que Cosroes II hiciera tal cosa, pero si lo hubiera hecho, tal vez hubiese tenido serios problemas con la ley, sobre todo si nos atenemos a los fundamentos jurídicos del malikismo. Nunca ha sido fácil abrazar una creencia religiosa. Todo parece indicar que es mucho más sencillo no abrazar ninguna creencia y conformarse con abrazar a las creyentes.
"Cuéntase de Al-Hakam que cuando, con intento de destronarle, se sublevaron los habitantes del arrabal, que eran los más valientes de su ejército, y los principales de los habitantes de la ciudad, mantúvose firme en la lucha, combatiéndolos valerosamente". Texto extraído de "Ajbar Machmuka", anónimo del siglo XI. Es curioso, pero la vieja costumbre de ensalzar el valor del enemigo para realzar el propio se ha perdido, como se perdió hace tiempo la costumbre de pensar. Hoy, el enemigo es un atajo de cobardes sin virtud alguna. ¿Qué mérito puede haber en derrotarlo?.
En Damasco se conservan los restos del palacio Azem. Allí se puede admirar una pintura sobre tela que representa a un caballero árabe, es decir, un soldado montado a caballo. No sería nada extraño que este caballero fuera un maulá contractual, o sea, un ex-caballero cristiano reconvertido en guerrero musulmán, algo en absoluto extraordinario en cierta época, de la misma forma que no fueron extraordinarios los caballeros musulmanes reconvertidos en guerreros cristianos en otras épocas. A fin de cuentas, las banderas se inventaron mucho tiempo después, y siguen siendo trapos que sólo sirven para limpiarse el culo.
En la Bibliothèque Nationale de Paris podemos encontrar un manuscrito bagdadí del siglo XIII titulado "Maqamat" en el que su autor, Abú Muhammad al-Kasim Hariri, nos habla de las manumisiones. Un esclavo manumitido venía a ser el equivalente del esclavo liberto de los romanos. Eso sí, tras el juramento sagrado de que él y toda su prole serían siervos del señor correspondiente. Dice un amigo mío que, por cierto, no es musulmán, que, a día de hoy, un manumitido es un funcionario, un profesor de Instituto, pongamos por caso, de Historia, sin ir más lejos.
En el museo Topkapi de Estambul podemos encontrar un curioso manuscrito de 1.388 titulado "Siyer-i Nebi". Su autor, un tal Mustafá  ibn Yusuf ibn Umar al Mawlawi al Arzan al Rumi, habla (o mejor, escribe) sobre la conveniencia de convertirse a la verdadera fe, es decir, el Islam. (Curiosamente, en eso suelen estar de acuerdo los creyentes de todas las religiones: todos ellos llaman a la suya la verdadera fe). En una miniatura de ese libro aparece la figura del Profeta, sin cara, por supuesto. Parece ser que, o bien el Profeta no tenía cara, o bien la cara del profeta resplandecía de tal manera que resultaba imposible contemplarla sin quedarse ciego. Los otros personajes de la miniatura sí tienen rostro reconocible. No por nosotros, a estas alturas, pero sí muy probablemente por las gentes de la época. ¡Cojones con la puta genealogía!.
En la Biblioteca Nacional de Madrid hay un curioso manuscrito bizantino del siglo XI conocido como "Crónica bizantina de Ioannes Scylitza" donde se ilustra la sangrienta victoria del bizantino Petronás sobre las tropas árabes acaecida en 863. Curiosamente, el tal Petronás acabó siendo ancestro de una familia maulá (una especie de servidores privilegiados) de los Omeya y colaboró en sonadas victorias de sus ejércitos. Y es que un soldado es un soldado, mata para un señor y ese señor le paga por matar.
Lucena está en Córdoba, si alguien te cuenta que está en otro sitio, te está engañando. En Lucena, bonito lugar, es fácil encontrar viejas lápidas de enterramientos musulmanes donde figuran los nombres de los enterrados allí. Esos nombres parecen tener muchísimos apellidos. No es tal. Se trata de los nombres del padre, del abuelo, del bisabuelo... y así sucesivamente hasta encontrar el nombre del ancestro de la estirpe. Es decir, del muerto en cuestión no sabremos nada: ni cual era su oficio, ni si se casó con cinco hermanas y una prima, ni siquiera si era guapo o feo. Sólo sabremos que su familia estaba relacionada con cierta rama noble o famosa, es decir, sabremos muchas cosas, pero no sabremos nada. Bueno, sabemos que era musulmán y que Alá es grande y poderoso. Pero todos los musulmanes sabemos que sólo hay un Dios y que un día regresaremos a Córdoba. A pesar de todo cuidaremos esas lápidas. ¡No faltaría más!.
En la Biblioteca Nacional de Madrid hay un  viejo pergamino persa del siglo XI donde se deja clara la importancia de la genealogía, pero no la del homo sapiens en concreto (es curioso que, en asuntos genealógicos, la cultura árabe no distinga entre puros, esclavos o infieles, siempre y cuando el ancestro común fuese un servidor de Alá), lo importante de ese pergamino es lo genuino de la genealogía de los camellos. Hay hombres buenos y hombres malos, pero todos los camellos son hijos de Alá.

jueves, 15 de mayo de 2014

MA CHÉRIE SELA

Lo miras todo con una cara que hace que tu cara resalte sobre todo...
Ma chérie Sela:
Lo prometido es deuda. Aquí nos tienes, viajando por todas partes y conociendo todo un mundo que nunca ceímos que existiera. Te extrañará vernos aquí sentados, en esta mesita del Grand Café, en plena America Mura. Quizá te preguntes qué hacemos en la parte menos japonesa de una ciudad tan japonesa como Osaka. No sé si la respuesta es sencilla o complicada, pero la idea viene de la frase que nos soltó esta mañana nuestro amigo Hiroshi, en el Neko No Jikan, cerca de la estación Umeda. ¿Recuerdas aquel gatito mimoso y apacible que ronroneaba en tu regazo mientras le acariciabas el lomo?. Era parte del local, como los grabados de las paredes, la madera barnizada de lo adornos de la barra, e incluso como el brillante y luminoso kimono de la hermosa Nikano, esa chica tan simpática que nos sirvió el té y a la que tanta gracia le hizo la forma en que imitaste su reverencia cuando dijiste "muchas gracias". Lo entendió, ¿sabes?. No hace falta saber idiomas para entender tu sonrisa cuando dices "muchas gracias". Pues bien, Hiroshi, nuestro simpático amigo, dijo una cosa que me llegó al alma: "Los yankees no sólo ganaron la guerra". Por eso hemos paseado desde Umeda hasta America Mura, por esa avenida llena de tiendas y locales de comida rápida que más bien parece una de esas calles de Baltimore, pongamos por caso, llena de gente joven con tejanos, ellos y ellas, y con el pelo de colores, ellos y ellas. Pero nos vamos, ¿sabes?, ahora mismo cogeremos calle abajo hasta uno de los izakaya de la franquicia Torikizoku. Ya sé que en Neko No Kijan te inclinaste por el delicioso té de la bella Nikano, pero no puedes entrar en un izakaya y no probar al sake. Se trata de una taberna tradicional japonesa, donde hubo un tiempo, varios miles de años, donde las mujeres no sólo no podían beber sake, ni siquiera podían entrar. Lo harás, me lo prometes, ¿verdad?, piripi te tendré a mi merced, ¿no te gustaría, por una vez, estar a mi merced?. Después, tomaremos a la izquierda por la avenida Dotombori hasta Granko Sushi, para probar eso que tú llamas pescado crudo y yo manjar de dioses. Vamos, mujer, estamos en el viejo Japón, en la nunca bien ponderada isla de Honshu. Anímate, mírame con esa cara de felicidad, de incredulidad ante la contemplación de algo que ni imaginabas que existía. Sonríe. Te prometo mil viajes más como éste. Te prometo visitar todo el mundo y parte del extranjero. Te seduciré, con el alma, pero te seduciré, me amarás, con la imaginación, pero me amarás.
¿Adivinas dónde iremos en nuestro próximo viaje?.
                                                         Refulgen luces intensas
                                                         de colores nunca vistos.
                                                         Gira una noria gigante,
                                                         brillan los edificios.
                                                         Una niña de ojos rasgados
                                                         nos ha sonreído
                                                         y le ha susurrado a una amiga:
                                                         "qué raros y qué simpáticos",
                                                         mientras perfumaba el aire
                                                         un cerezo de rosa pálido.

La mar se ha vuelto gris y el cielo ocre. Yo me he vuelto loco y tú abrazo...
Ma chérie Sela:
Ése no era el trato, ya lo sé. Pero te has vuelto abrazo, te abracé. Te he secuestrado y te llevo conmigo. No nos vamos a ningún sitio en especial, nos vamos a todos los sitios. Supongamos que ya he muerto, que puedo volver a todos esos lugares que ya conozco, que ya conocí sin ti y que quiero conocer contigo. Supongamos que te convierto en parte de mí de la única forma que puedo hacerlo: dejando de ser yo y no siendo. Ya no me sonreirás desde lejos ni te contaré mis cosas sin esperar tu respuesta, sólo por contar. Ahora sentiré el latido de tu corazón, la luz de tu mirada y el terciopelo de tu sonrisa, porque nunca más seré yo solo, ni siquiera seré yo, seré el sueño que soñé, seré el olvido que olvidé y tú serás la más bella de las criaturas, incluidos los ángeles, las hadas y las nereidas. Serás mi ángel, mi hada y mi nereida. Y todo eso, no siendo nada, ni tú ni yo seremos nada, seremos, igitur, todo. Así que gaudeamus. No seremos mucho más que dos, bendito Benedetti, ni siquiera seremos un tiempo verbal, ni un número, ni un sueño. No seremos verdad ni seremos mentira, sólo seremos lo más precioso que se puede ser: tú serás yo y yo seré tú, sin ser nosotros. Estaremos en todas partes sin ir a ningún sitio, te presentaré a los amigos que nunca tuve y se enamorarán de ti, y seré yo, entonces, quien te sonría desde lejos, quien te acaricie con la mirada, quien te regale suspiros como quien regala los aromas de la luz. Quizá, hasta aprenda a decirte cuánto te quiero...
                                                     Sólo tengo mis historias,
                                                     ésas que imaginé despierto,
                                                     o que soñé en duermevela,
                                                     o que viví sin saberlo.
                                                     Sólo te tengo a ti,
                                                     porque a ti sé que te tengo.
                                                     Ya sé que sé pocas cosas,
                                                     pero a ti te sé y te siento,
                                                     a ti te noto y te escucho.
                                                     Sé que me ves, y te veo.
                                                  
La mar estaba preciosa, sólo faltabas tú...
Ma chérie Sela:
Reconozco que el brazo de Josefa es confortable y que pasear cogido de su brazo, embriagador. Paseamos hasta la orilla del mar, ¿sabes?. Fue emocionante. Pero nunca hablo con ella de las cosas de las que siempre he querido hablar, y eso es frustrante. Cada vez que giraba la cabeza, te veía sonreír. No te extrañes, tú siempre estás ahí, siempre me acompañas en mis paseos hasta la orilla del mar, ya sabes que no puedo vivir sin ti. Ibas un poquito apartada y nos mirabas con mucho cariño. Ella ni se imaginaba que tú venías con nosotros. No se lo dije, claro. Primero porque hubiese pensado que estoy loco, y hubiese tenido razón, ¿no crees?. Y segundo porque tal vez se hubiese sentido rara. Me ha emocionado la visita de Josefa, pero sólo te lo voy a contar a ti, ni siquiera se lo pienso cotar a ella. Bueno, a ella no le pienso contar nada. Ni siquiera le hablé de ti, de que no te me vas de la cabeza y mucho menos del corazón, y que, naturalmente, estabas allí. Curiosamente, sí hablamos de mi corazón, pero del otro, del que se muere poco a poco. ¡Qué tontería!, si precisamente ese corazón me importa un bledo. Hice chistes sobre la muerte, sobre "mi" muerte. Hasta se me ocurrió decirle que la quiero más que a mi vida, pero no lo hice. No le hubiera encontrado la gracia como estoy seguro de que tú sí se la habrías encontrado enseguida. Porque mi vida no vale nada, ha sido, es y será una vacía estupidez y, por supuesto no la quiero, es decir, no la amo en absoluto. A cualquier cosa la quiero más que a mi vida. Aunque soy muy feliz, ¿sabes?, más de lo que lo he sido nunca. Será porque ya todo me trae sin cuidado, y paseas conmigo, y te quiero con ese otro corazón que no se morirá nunca. Pero, a pesar de todo, reconozco que el brazo de Josefa es confortable y que pasear cogido de su brazo, embriagador...
                                                     A veces y de improviso,
                                                     caen unos copos dorados
                                                     que iluminan el camino
                                                     como una lluvia de pétalos.
                                                     A veces, a los amigos
                                                     les da por hacer regalos
                                                     así, sin ningún motivo,
                                                     y el mundo se vuelve mágico.
                                                     Después, un aire tranquilo,
                                                     sin venir de ningún lado,
                                                     te recuerda que se han ido.
                                                     Y te suena como un cántico.
            
A veces la arena cruje como si se quejara...
Ma chérie Sela:
Dice un personaje de una de mis novelas a quien alguien le reprocha refugiarse en los libros y dejar de lado la realidad, que no tiene otra cosa, que todos sus recuerdos, toda su vida son sus libros. Quizá por eso, él y yo recordamos cosas que nunca vivimos. Pero, tan cierto como que te quiero con toda mi alma, aunque yo nunca haya vivido en mis libros, ellos han vivido, viven y vivirán en mí. Como tú vives en mí, como miles de recuerdos que, tal vez nunca sucedieron, son la médula de mi memoria, son lo único que tengo... y eso, ningún imbécil me lo va a robar nunca. A fin de cuentas, después de muerto, ya no tendré ni eso, sencillamente, no seré. Por cierto, en mis libros, y también en mis películas, la muerte es mi amiga. Habla conmigo antes de llevarme con ella, y me consuela, me dice que no me pierdo gran cosa. Yo la miro con ternura y una leve sonrisa, y ella me dice muy seria: "No la pierdes tú a ella, te pierde ella a ti". Y, como me pasa siempre, me enamoro y le digo: fuguémonos al fin del mundo. Pero no nos fugamos, todavía...

                                                          Te imaginé un día que estaba solo,
                                                           te imaginé, y no sé si existes,
                                                           por eso, cuando pienso en ti, estoy contento,
                                                           y, mientras tú sigas en mi pensamiento,
                                                           yo nunca estaré triste.


He llegado a la orilla del mar, y el mar estaba ocre. Ni me ha sonreído...
Ma chérie Sela:
¡Si no te lo cuento, reviento!, porque, ¿a quién se lo voy a contar?. Cuando dejé la Guardia Civil, yo tenía veintitrés años. Volví a Gandía y encontré trabajo como portero de una discoteca, haber sido un perro de Franco convenció al fascista del dueño, pero esa no es la historia que yo te quería contar. Mercedes era un monumento jerezano de diecisiete años, morena, aunque entonces era rubia, con unos ojazos, que siguen siendo unos ojazos... ¿Por qué serán los ojos lo que me ha enamorado siempre, y no sólo de las mujeres?. Por ejemplo, lo que más me gusta de ti, son tus ojos. Pero volvamos a la historia. Para poder entrar a la discoteca, Mercedes tenía dos opciones, falsificar un  carné de identidad, o ligarse al portero. Fue sencillísimo, sólo tuvo que mirarme con aquellos ojazos y robarme el corazón. Por cierto, aún no me lo ha devuelto, la muy pécora. La historia no tiene grandes secretos: viejo verde, jovenzuela casquivana... Pasó, y pasaron más de treinta años. Hace un par de semanas, yo compraba a escondidas una botella de Torres Diez porque se supone que ya no bebo, ni fumo, ni voy con mujeres, y la vi. ¿A que te lo imaginas?, el tiempo no había pasado por ella, pero fue ella la que me dijo que el tiempo no había pasado por mí. No ha cambiado, igual de mentirosa, igual de pécora, igual de guapa. Hace dos años, yo no hubiera dado un euro por mi vida, ahora estoy dispuesto a dar, como mucho, cuarenta y cinco céntimos, y resulta que el tiempo no ha pasado por mí. Ha pasado y me ha machacado, como un camión de dieciséis ruedas. Tengo algo para ti, me dijo. Yo pensé que había decidido devolverme mi corazón. Pero lo que hizo fue darme un beso en tos los morros y preguntarme: ¿qué haces esta noche?. Naturalmente, tuve otro infarto y estuve en coma cinco días. Cuando desperté, me la encontré al lado de la cama toda vestida de verde incluido el gorrito donde se recogía el pelo y la careta que le tapaba sus labios de fresa. Eso sí, los ojazos seguían allí. No se anduvo por las ramas, porque en ese momento mi vida no debía valer más de quince  céntimos. Nunca te has acostado conmigo, so capullo, y ahora te vas a morir y me vas a dejar con las ganas. Además, ¿cómo te vas a morir del corazón, si lo tengo yo en mi casa guardadito en una caja?. Creo que estoy enamorado y creo que me voy a morir. Por eso sólo podía contártelo a ti, porque, aunque Merceces tanga mi corazón guardadito en una caja, tú tienes mi alma, la has tenido siempre. Cuida de ella, ¿quieres?.

                                                         Como arena entre los dedos,
                                                         como agua casquivana.
                                                         Como recordar los sueños,
                                                         como abrazar la nada.
                                                         Como decir "te quiero"
                                                         al aire de la mañana.
                                                         Si clarea y yo me muero,
                                                         seré brisa tibia en tu cara.


Se han ido las nubes sin decir adiós, pero eso al Sol le ha dado igual...
Ma chéie Sela:
¡Qué traidores son los recuerdos!, ¿verdad?. Te llegan a hacer creer que las cosas sucedieron de una manera, sencillamente porque así nos gustaría que hubiesen sucedido. Por eso, a veces, odio recordar. Y me refugio en la imaginación. Invento una historia. Mentira puñetera, ya lo sé. Pero, ¿qué más da?, ¿no son también mentira puñetera los recuerdos?. Ese día, tú y yo paseábamos, cogidos de la mano, por el sendero que conduce a los charcos del Sabinar. Y te hablé de Manolita, ya sabes aquella chica que conocí un día en la verbena del pueblo de las tres mentiras y de las infinitas verdades: Montealegre del Castillo. Te conté cómo ella me explicó su teoría de los besos: Los besos se regalan, así por las buenas, sin esperar nada a cambio. No se trata de pagar una factura, son un regalo. A veces, pueden ser el más hermoso de los regalos. ¿Te regaló Manolita muchos besos?. No, bueno, ¿cuántos son muchos?. Yo no te lo regalaría, ¿sabes?. Para eso tendrías que ser un forastero que ha venido a la verbena, y yo te he querido toda mi vida, aunque nunca te haya besado, aunque no tenga intención de hacerlo ahora con la escusa de hacerte un regalo, aunque me quede con las ganas y tú también. Pero, ¿sabes?, me gustaría un día conocer a esa Manolita del pueblo de las tres mentiras y las infinitas verdades, para pedirle que te regalase un beso de mi parte. Creo que ya la quiero sin conocerla. A ti también te quiero, ¿sabes. No, no pasó nunca. Me lo he inventado todo, pero lo recuerdo perfectamente. Me gustaría que un día de éstos, me contaras cómo lo recuerdas tú. Sólo te he querido a ti en toda mi vida.

                                                        Una noche robé una rosa,
                                                        y una de sus espinas
                                                        me hirió en un dedo.
                                                        Miré la sangre rosada y fina,
                                                        miré la rosa hermosa y roja.
                                                        ¿Y si le digo que escoja?
                                                        que dude, que se defina.
                                                        ¡Qué anodina!, ¡qué cretina!
                                                        ¡Qué estúpida paradoja!

  
Ha salido un sol tonto que me ha recordado lo tonto que es el sol...
Ma chérie Sela:
Tienes la sonrisa más bonita del mundo, porque tu sonrisa siempre ha sido preludio de una frase agradable. Por ejemplo, cada vez que me decías "Pero, ¡qué tonto eres!..." esa frase iba precedida de una sonrisa. ¡Qué pocas cosas te he contado de mí!. Seguro que ni eso te he contado. Hoy quiero contarte algo. Me ha dado por ahí. Además, es a ti a quien debería contar siempre todas las cosas. ¡Qué raros somos a veces!.
Las personas que tienen un infarto como el que tuve yo, normalmente se mueren, aunque no quieran, se mueren igual. Pero, a pesar de que yo sí quería morirme, por eso no fui al hospital enseguida, me escapé, no sé si de milagro, pero me escapé. Hay una cosa que sé de los infartos, eso duele, duele mucho. Por eso, al día siguiente, como vi que no me moría y que me seguía doliendo muchísimo, me fui al hospital. En cuanto me vieron, me llenaron de tubos y de cables por todos lados y me subieron corriendo a la UCI. Allí me tiré cinco días sin poder moverme, inmovilizado por los tubos, por los cables y por los electrodos. Me cuidaban tres enfermeras, te lo juro, eran tres, como las hijas de Elena. Simpáticas y amables como ellas solas, y una de ellas, además, guapísima. Me lavaban todos los días, y algunos días, dos veces. Naturalmente, también me lavaban eso que te imaginas. Begoña, la guapa, quizá para quitarle hierro al asunto, un día me miró sonriendo y me dijo "Si te mueres, tampoco nos vamos a perder gran cosa". "Pero tengo otras cualidades", dije yo, "Por ejemplo, soy simpático y tengo un gran sentido del humor. Además, cuando sea mayor quiero ser poeta". "Y una mierda vas a ser tú poeta!", me dijo la muy pécora, "Tú eres de Ciencias". "¿Cómo lo sabes?", le pregunté. "Porque fui dos años alumna tuya de Matemáticas". No te rías, por Dios. O sí, ríete, o mejor sonríe, porque tienes la sonrisa más bonita del mundo.

                                                             Si un día se me escapa
                                                             y te digo que te quiero,
                                                             quizá pienses que me he vuelto loco,
                                                             pero me habré vuelto cuerdo.
                                                             Si un día, sin pensarlo,
                                                             te diera por darme un beso,
                                                             no vayas luego a arrepentirte
                                                             y a despertarme del sueño...


Hoy las cosas son raras, como si no fueran mías...
Ma chérie Sela:
Hay ideas que me rondan la cabeza durante días y no soy capaz de quitármelas de encima. Lógicamente, tú no eres una de esas ideas. Porque tú rondas por mi cabeza desde hace más de cuarenta años, y no quiero en absoluto quitárteme de encima. La idea que me viene rondando estos días es absolutamente peregrina. No sé a qué ha venido, qué santuario busca, ni qué reliquia regalarle para que se vaya. No te rías, por favor, pero si no te lo cuento reviento: mujeres. ¡Qué horror!. A lo largo de mi larga vida me he liado media docena de veces con mujeres que me importaban un pimiento (porque yo sólo he querido a una, y no pienso decirte su nombre. Si no me declaré formalmente cuando debía hacerlo, no lo voy a hacer ahora). La cosa se acababa cuando se marchaban. Porque, eso sí, siempre han sido ellas las que me han dejado a mí. He de reconocer que cuando eso ocurría, yo ya estaba liado con otra. Se enfadaban y me dejaban. ¿Tú te hubieras enfadado y me hubieras dejado?. No te cuento todo esto para pedirte consejo, lo de antes ha sido una pregunta retórica. Y no sólo eso, también es un juicio de valor. ¿Cómo vas a dejarme, si estoy hablando con alguien que vive en mí, y que seguirá viviendo en mí muchísimo después de que yo me haya muerto?. Y no me vengas ahora con que eres un sueño y yo un jilipollas. Eres el amor de mi vida y punto. ¿Ves?, toda esa caterva de pesadas han dejado de rondar mi cabeza. Vuelvo a estar solo. Bueno, volvemos a estar solos...
                                                          Yo nunca sueño que estoy soñando,
                                                           sólo sueño.
                                                           Tampoco vivo de recuerdos,
                                                            pero recuerdo.
                                                            En otras palabras,
                                                            no he fabricado un mundo de sueños y de recuerdos
                                                            para tenerte.
                                                            Te he tenido siempre.

Hoy siento un frío extraño, de dentro para afuera...
Ma chérie Sela:
Ese día paseaba por La Plaza y, antes de torcer a la izquierda para subir a Mercadal, tomé una decisión. Voy a decirle que estoy enamorado de ella. Por lo menos, que lo sepa. Pero, mientras subía pensé. Seguro que ya lo sabe. Llegué a la puerta de tu casa y llamé con la aldaba. Ya sé que hay un timbre, pero me encantan las aldabas, ¿qué quieres que le haga?. Y eso fue lo que te dije, que me encantan las aldabas. Cenamos, y charlamos hasta las tantas. ¿De qué demonios charlamos tú y yo esa noche hasta las tantas?. ¿De aldabas y de timbres?, ¿de las flores del almendro que, de tontas que son, llega una helada en febrero y las deja secas?, ¿de la leña de olivo que arde mucho mejor que la de pino?. Por la mañana, tu padre me preguntó: ¿A qué hora os retirasteis?. A eso de las tres. Me miró con cara de suegro y no dijo nada. Cuando se iba, se volvió desde la puerta. ¿Comes aquí?. No, hoy mismo vuelvo a Barcelona. Bueno, pues buen viaje. ¿Por qué te estoy contando esto ahora y aquí?. ¡Ah, sí!. Anoche tuve un sueño. Caminaba yo por La Plaza y, antes de torcer a la izquierda para subir a Mercadal, tomé una decisión...

                                                              Hay una adelfa detrás de un puente, cerca del río.
                                                              Cuando paso por allí, la miro.
                                                              Sus flores son blancas, como nubes impolutas.
                                                              Pero, ni ella ni yo, nos alegramos por ello.
                                                              Las queremos rojas, como el fuego.
                                       
Hoy encontré la mar inquieta, parece como si sospechara algo...
Ma chérie Sela:
Durante mi cotidiano paseo hacia la orilla de la mar pensé en llamar esta página PENSAMIENTOS PEREGRINOS, y el pensamiento de hoy debía ser sobre el amor. Así que recordé, casi sin proponérmelo, a las tres mujeres de las que nunca me enamoré, pero a las que he amado siempre: Anna Karenina, Emma Bovary y Ana Ozores. Pero las tres viven en papel impreso, en la imaginación de sus autores, porque las tres son personajes de bellísimas novelas, viven en mis sueños, en mis anhelos...
Entonces recordé otra mujer, que también vive en mis sueños, en mis anhelos, pero no en papel impreso ni en la imaginación de ningún gran novelista, sino en la mía, sólo en mi imaginación, sólo en mi alma...
Una tarde de septiembre de mil novecientos setenta y cuatro, harto de todo y de todos, me dio por escribir una carta al ser más dulce que jamás había conocido. Empezaba así: "Ma chérie Sela:".
Por eso he decidido cambiar el nombre de la página, y también porque sé que todo esto va dirigido a la nube, a la nada... no espera respuesta.
He encontrado esa mujer de la que nunca me enamoré, pero a la que amé siempre, a la que amaré toda mi vida. Y no puedo escribir sobre el amor sin escribir de ella.
Ése es el pensamiento peregrino de hoy, que el amor es algo horroroso, terrible. Para empezar, exige un destinatario. Y eso no es lo peor, lo quiere en exclusiva. Más aún, pretende modelarlo a su imagen y semejanza, como si él fuera Dios, y lo amado un amasijo informe de barro. Juro por mi vida que jamás te amé ni te ameré así. Tiene que haber otra manera.
Tiene que existir alguna forma de que una mota de polvo impacte en tu pupila y naufrague en una lágrima que, resbalando por tu mejilla llegue victoriosa a tus labios, sin que tú te des cuenta, sólo la mota y la lágrima, que jamás osarán confiarte tan íntimo secreto.
Tiene que existir alguna forma de que un leve suspiro revuelva una mecha de tu pelo, tan leve que tú no lo notes,sólo la mecha y el suspiro, que nunca osarán confiarte tan íntimo secreto.
Tiene que existir alguna forma de que una mariposa blanca se pose sobre un geranio rojo de tu ventana cuando tú no estás. Y, al volver, ya no haya mariposa blanca, y hasta puede que tampoco geranio rojo. Algo que sólo sabrán la mariposa y el geranio, pero nunca te contarán.
Tiene que existir alguna forma de amarte de la que nadie te haya amado nunca, aunque tú nunca lo sepas.
Tiene que haberla.
                                                              Cuando te sueño te veo
                                                              rodeada de ababoles,
                                                              y una brisa fresca
                                                              llega del monte.



Esas nubes barrigudas le dan a la mar un tinte parduzco, creo que está preocupada...
Ma chérie Sela:
Hoy, en mi paseo hacia la orilla del mar, mis pensamientos peregrinos me han conducido a la muerte. A mi muerte concretamente. No me importa dejar de ser, ni me preocupa que ocurra mañana o dentro de cinco años. Hasta pienso que ha de ser dulce y liberador. Pero me ha preocupado mucho la carcasa, la inmundicia que dejaré aquí y que mucha gente puede confundir conmigo, cuando, en realidad, esa cosa, esa piltrafa, ya no seré yo. Sencillamente porque yo ya no seré. Y punto.
Mientras la suegra y la vecina amortajaban a Emma Bovary con su traje de novia, para poder colocarle la corona de azahar sobre el velo, alzaron ligeramente su cabeza, y de su boca surgió de pronto un líquido negruzco y nauseabundo. De la más hermosa de las bocas, de la boca de Emma, la más bonita, la más sensual, la más pecadora. Pero no era así, no podía ser así, porque aquella piltrafa embadurnada de perfumes y vestida de novia no era Emma, sencillamente porque Emma ya no era. Aquello era la carcasa, la basura que restó tras su partida.
Yo tengo la esperanza de acabar en la mesa de disecciones de la clase de Anatomía de la Facultad de Medicina. No ser una piltrafa inmunda, sino un instrumento de estudio, algo útil, no basura. Pero nunca se sabe. No es que me importe, en ese momento nada ha de importarme ya. Pero, ¡qué le vamos a hacer!, no se me quita de la cabeza la maldita carcasa.
Y no sólo eso. No sólo me gustaría no dejar carcasa, también me gustaría no dejar nada de lo otro: memoria, recuerdos... huellas. Me gustaría desaparecer por completo, que de mí nada quedase, ni el más leve rescoldo. No haber sido, que es la mejor manera de no ser. Me repugna causar tristeza a la gente que tanto he querido sencillamente por haber dejado de ser, porque yo, que te quiero tanto, ya no te querré, ya no querré a nadie. ¿Por qué, entonces, alguien habría de quererme a mí?. Y lo peor no es eso, porque no sería a mí a quien querrían, sino a mi recuerdo... recuerdo ¿de qué?. Ahora comprendo por qué lo duro no es morirse uno, sino que se mueran los demás. ¿Será posible que yo deje de quererte cuando me muera?.
                                                                       Rasgó la noche un destello
                                                                       de lánguida resonancia
                                                                       y me pareció distinguir
                                                                       una sonrisa muy blanca.




Esta tarde las olas, más que romper, susurraban algo parecido a la música.
Ma chérie Sela:
Hoy, durante mi paseo vespertino, me ha pasado por la cabeza una de esas estupideces que todos hemos pensado al menos una vez en la vida: lo que pudo haber sido y no fue.
Desde una perspectiva empírica, la cosa se cae sencillamente por la Ley de la Gravitación Universal. Porque, si no fue, nos quedamos sin razones, sin argumentos, sin principios y sin nada.
Desde una perspectiva racional, la cosa se pone fea, porque caemos en el juicio de valor, y eso es muy peligroso, porque nos hace confundir lo que pudo haber sido con lo que quisiéramos que hubiese sido, dejando de lado lo que fue o dejó de ser. Sólo algunos jilipollas y la mayoría de los filósofos suelen caer en esa trampa, los unos por cortedad de miras y los otros por largueza de egolatría.
Nos queda la perspectiva argumentativa, que no es que sea ni mejor ni peor que las otras, pero es más guapa, más deseable, menos insolente. Argumentemos, pues. Si de lo que se trata es de por qué aquel día que paseábamos por aquella calle, torcimos hacia la izquierda en lugar de hacerlo hacia la derecha. Es decir, si nos metemos en la Mecánica Cuántica, vamos por mal camino, porque entonces resulta que es muy probable que tú y yo seamos lo que somos ahora por culpa de lo que hicimos entonces, pero también es probable que tú y yo no existamos ni hayamos existido nunca, cabe la posibilidad de que yo no esté escribiendo esto y hasta podría ser que ni siquiera naciésemos y, por lo tanto, no somos. No va a ser la Mecánica Cuántica la que resuelva el problema. También podríamos argumentarlo de otra manera: si nuestros sueños, nuestros anhelos, nuestras esperanzas de entonces, hubieran sido otras, las cosas ahora serían distintas. Pero resulta  que con otros sueños, otros anhelos y otras esperanzas, no hubiéramos sido nosotros. Y ahí es donde yo quería llegar, para algo había de servir la perspectiva argumentativa, vamos, digo yo.
Yo no quiero que hayas sido otra, yo te quiero como fuiste y como eres, no como pudiste ser o como debas ser ahora. Yo sólo quiero que, después de subir aquella empinada cuesta y torcer a la derecha, después de llamar a aquella puerta con aldaba, apareciese el ser más maravilloso del mundo, sonriendo, con aquella melena negra, la más bonita que yo había visto en mi vida. Nada más... y nada menos. No quiero que las cosas fueran de otra manera, las quiero como fueron, porque quiero quererte a ti toda mi vida, no a la que pudiste haber sido, sino a la que fuiste, a la que eres. Una presencia leve, una sonrisa efímera, un instante en la eternidad, pero tú. No otra, aunque la otra hubiese sido una presencia constante, una sonrisa continua, un instante eterno...
No quiero lo que pudo haber sido y no fue, quiero lo que fue y me importa un bledo lo que pudiese haber sido. Te quiero a ti, como fuiste, como eres, no como pudiste haber sido.
Y si yo fui un rayo raudo de luz, sueño que dura lo que dura un parpadeo, esperanza que se nubla apenas sin espera, mota en uno solo de los cabellos de aquella negra melena. Si es eso lo que fui, si es eso lo que soy, quiero ser lo que fui y lo que soy, no lo que hubiera podido haber sido.
                                                                   Como pétalos
                                                                   caían los momentos
                                                                   y una rosa infinita
                                                                   resultó ser el tiempo.


Amanece amarillo y oscurece ocre, parece como si a lo lejos la mar se perdiera...
Ma chérie Sela:
Hoy no te me has ido en todo el día de la cabeza. Y no es que eso me resulte extraño, tú siempre estás en mi cabeza, en mi corazón... siempre estás conmigo. Lo raro es que has aparecido sin más, como una recurrencia, casi como un fantasma... Por regla general, durante mi paseo cotidiano hacia la orilla de la mar, cuando me surge uno de esos pensamientos peregrinos, apareces tú, inundas mi alma, caminas junto a mí sin decir nada, sin contradecirme y sin darme la razón, sólo sonríes y me miras, sólo estás ahí... Es mi pensamiento quien te trae. Pero hoy, tú me has traído el pensamiento. ¿Por qué he sentido esa repentina urgencia por pedirte perdón por secuestrarte de este modo?, ¿esa apremiante necesidad de que me perdones por sacarte a pasear sin tu permiso?. Por eso digo que has sido tú quien ha traído el pensamiento, y no el pensamiento quien te ha traído a ti. Pedir perdón. Perdonar. El perdón es patrimonio de quien lo concede, no importa si el perdonado lo ha pedido o no, si lo merece o no. Quien perdona viene a decir: "Ya no me siento ofendido por lo que hiciste o dejaste de hacer, por lo que dijiste o dejaste de decir. Estás perdonado.Sencillamente, te perdono. Pero no olvido. Lo más probable es que si vuelves a hacer o a dejar de hacer lo que hiciste o dejaste de hacer, lo que dijiste o dejaste de decir, me dé exactamente igual, me resbale. Pero también podría ocurrir que me volvieses a ofender, entonces el perdón desaparecería. Perdonar no es olvidar, y el perdón no sienta precedente. ¿De qué y por qué, entonces, voy a pedirte perdón?. En todo caso, te pediría que no me perdonases, porque estoy seguro de que no lo merezco. Pero, ¿qué importa que lo pida o no lo pida, que lo merezca o no lo merezca?. Además, pienso seguir secuestrándote, sacándote a pasear sin tu permiso. No lo puedo evitar. Te quiero y eso ya no tiene cura.
                                                                  Dejaste una flor
                                                                  sobre mi mesa,
                                                                  sin motivo aparente,
                                                                  sin razón concreta.
                                                                  Sencillamente,
                                                                  sin merecerla.
                                                                   
 
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