domingo, 16 de febrero de 2014

I LOVE YOU, JO

Nunca te he dicho que te quiero. Y no es cuestión de, a estas alturas, andarse con nostalgias, con melancolías, con jilipolleces o haciendo el tonto del pijo. No, es patético. Pero dejar constancia de las cosas nunca viene mal del todo. Así que, vamos a dejar clara una cosa: Te he querido siempre, te quiero y te querré hasta que me muera. Y, si a Rick y a Ilsa les quedará siempre París, a mí me quedan mis mentiras, o mis historias, o mis recuerdos, que son mis mentiras y mis historias. Mi padre era guardia civil, y un día le dijeron que su hijo valía para eso de los estudios. Después de una vida de hambre y de miseria y, sobre todo, después de toda una historia donde nadie de la familia había estudiado, mi padre removió cielo y tierra, convocó todas las influencias y todas las amistades para que yo estudiara y consiguió que lo destinaran a Ayora porque allí había un Instituto. El 1 de octubre de 1.968 era martes y era fiesta, era el día del Caudillo, así que el primer día que fui al Instituto fue el miércoles 2 de octubre. Mi padre me había dicho que todo estaba listo, que sólo tenía que presentarme allí, preguntar e ir a mis clases. También me dijo que un tal Don Carlos me llevaría a su despacho y me haría firmar unos papeles. Nada, simple rutina. A las nueve menos cuarto de la mañana salí de mi casa seguido por mi gato. Yo tenía un gato, rojo con pequeñas tiras blancas, un gato de Angora, enorme, suave como un cojín de seda. Se llamaba Gato, como el gato de Audrey Hepburn en Breakfast at Tiffany's. Algún tiempo después pasó a llamarse Castagné, pero ésa es otra historia. Al llegar a la puerta del Instituto, en la Avenida de la República Argentina, le dije que volviera a casa y, aunque no le hizo ninguna gracia, dio media vuelta y emprendió el camino de regreso. Por aquellos días, yo tenía un gato precioso. Recuerdo haber tenido muchos gatos en mi vida, pero ninguno como aquél. Te vi por primera vez en clase de Matemáticas a las nueve de la mañana y me enamoré de ti. Con trece años, uno se enamora siempre a las nueve de la mañana en clase de Matemáticas, eso no tiene nada de raro, pero se enamora de la guapa, como Mari Carmen, de la dulce, como Pili, o de la pérfida, como Amparo. No de la empollona delegada de curso, que ni era guapa, ni era dulce, ni era pérfida... Pero como estos enamoramientos tan tontos y tan sin sentido duran lo que dura un suspiro, o ni eso siquiera, tampoco era cuestión de darle demasiada importancia. Al fin al cabo, todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar. Empecé a llamarte Jo (pronunciado "ióu", naturalmente) en ese mismo instante, porque Jo era la mayor de las hermanas March, las de "Mujercitas",  tú eras una mezcla entre Katharine Hepburn y June Allyson, las dos Jo que yo conocía, algún tempo después, cuando también Wynona Ryder fue Jo, ya no me cupo ninguna duda. Y, como además me sentía raro, intruso, forastero, fuera de sitio y un poco alienígena, ni abrí la boca para decir "hola" a nadie,  mucho menos a ti. Mercedes me preguntó si era nuevo y yo le respondí que sí, fue aquélla una conversación profunda y trascendente en la que ambos descubrimos, seguramente, el sentido de la vida y el significado metafísico del ser. Custo, que aún no era Custo porque Javier, que todavía no era El Zarrino, aún no le había sacado el mote, también me dijo algo, pero no recuerdo qué. Tampoco recuerdo si le contesté, seguramente sí lo hice, pero debió ser una impertinencia porque se fue sin decir ni adiós. Volví a mi casa con la sensación de haber hecho la tontería más grande de mi vida yendo a aquel Instituto donde todos, sobre todo los profesores, parecían tontos del culo. Y, encima, volví enamorado y sin mi gato. No debía tener cara de muchos amigos, porque mi madre, en lugar de preguntarme cómo me había ido mi primer día de clase, me preguntó cómo andaba de hambre. Mi padre también se dio cuenta. Quizá por eso me contó que un compañero llamado Benito tenía una hija llamada Lidia que iba a la misma clase que yo. Como buen caballero que yo era, en su opinión, quizá debería preocuparme por acompañar a clase a tan gentil damisela. Para mi padre, la Guardia Civil era una gran familia, y como miembros de ella debíamos llevarnos todos, porque para mi padre, todos los que vivíamos en el cuartel éramos guardias civiles, habitantes de una ciudadela rodeada de enemigos hostiles. No te hagas ilusiones, hijo mío, pareció decirme, todo el mundo nos odia y sólo podemos confiar en nosotros mismos. Fue la primera vez que me vi miembro de una familia que no era la mía, y que me vi caballero, con dama y todo. Decidí hacer de caballero. Así que, a las nueve menos cuarto de la mañana del día siguiente me aposté en la puerta del cuartel, porque eso es lo que hacen los guardias civiles, apostarse, que no significa jugarse la pasta a las siete y media, ni a las ocho, sino tomar posición en un lugar estratégico. Apareció la, por entonces, tal Lidia, porque con el tiempo se convertiría en mi compañera de clase para acabar siendo mi amiga del alma, es decir, dejaría de ser la tal, para ser Lidia a secas, algo así como mi Ramón Sijé particular, pero sin ser falangista ni estercolar la tierra tan temprano. O lo que viene a ser lo mismo, si yo me hubiera casado con ella, hubiera sido, como Miguel Hernández, tan yerno, o más, de un guardia civil. Me miró y no pareció gustarle mucho lo que veía: un crío taciturno, callado, indeciso, con cara de tonto del culo y con un gato. Yo pensé que la culpa era del gato y lo miré con resignación. El gato me miró furioso. Te odiaré toda mi vida si me dejas tirado por la pelandusca ésa. Se volvió a casa, eso sí, con el rabo enhiesto y desafiante. Y me odió toda su vida. A este respecto, algunos años después, mi amigo Aute escribió una canción titulada "Mira que eres canalla" y se la dedicó a mi gato. ¿Me estabas esperando?. Desde luego, Lidia no me pareció ni taciturna, ni callada, ni indecisa. Estuve a punto de decirle que mi padre me lo había mandado, pero ya era suficiente con que mi gato me odiara toda su vida y no era cuestión  que Lidia también lo hiciera. Además, tenía cara de Greta Garbo y morritos de Louise Brooks y, aunque nuestros respectivos progenitores fuesen ambos, los dos, miembros del Benemérito Instituto, yo tenía intención de acompañarla a otro instituto muy diferente, así que deserté del Cuerpo y comencé a hablar y a mentir como un bellaco, olvidando que no mucho antes había sido disciplinado y caballero. Sí, ayer te vi en clase y me he informado sobre ti. Es una tontería que hagamos el mismo camino uno detrás de otro, podríamos ir charlando, o simplemente paseando juntos. Creo que ése fue el instante preciso en que dejé de ser un crío tonto del culo y me convertí en un tipejo adolescente y sólo jilipollas. Quiero decir que si sigo con aquella estrategia, vamos, que me la llevo al huerto ese mismo día. Me ha dicho mi padre que me estarías esperando en la puerta del cuartel. ¿Y por qué me preguntas si te estaba esperando, so puta?. Eso no lo dije, sólo lo pensé, pero ella me lo leyó en la cara. Pero no estaba muy segura de que lo hicieras. Ayer no lo hiciste. Encima de tener cara de Greta Garbo y morritos de Louise Brooks, no era una cría tonta del culo ni una tipeja adolescente jilipollas. Pero sí era más joven que yo, un par de meses, claro que, a nuestra edad, eso era la hostia de tiempo. No es que me sorprendiera exactamente su desparpajo, porque a mí, de las mujeres, siempre me ha sorprendido todo. Quizá debería decir de las chicas, pero es que me siguen sorprendiendo. Además, yo no puedo pensar en Lidia como una chica porque desde que la recuerdo siempre la he visto como toda una mujer. No sé si eso es bueno o malo. ¿Qué te ha parecido el Instituto?. No lo sé todavía, aún no me he hecho a la idea y, además, todavía no conozco a nadie. Me estaba convirtiendo en bellaco y mentiroso a marchas forzadas. ¿Qué tal era el Instituto donde ibas antes?. Yo nunca he ido a ningún Instituto, siempre he estudiado solo, en casa, con los libros. Eso sí, en junio a examinarme sí iba. ¿Y en septiembre?. Nunca me he examinado en septiembre. ¿Estudiabas solo en tu casa con los libros y las aprobabas todas en junio?. Esperé un poco para que añadiera lo de empollón de mierda, pero no lo dijo. Quizá ella pensaba que era eso lo que yo estaba pensando. Y como era verdad que lo pensaba y yo había decidido ser bellaco y mentiroso, seguí como si tal cosa. Me examiné de Ingreso en el Instituto de Altea, de Primero en el de Yecla y de Segundo en el de Requena. ¡Vaya!, tres provincias distintas. Si te examinas de Tercero en Almansa, serán cuatro. ¿Te gustan los récords?. Estuve a punto de preguntarle qué nota había sacado en Geografía de Primero. Pero no hizo falta, también ella se quedó esperando a que yo soltara lo de empollona de mierda porque también adivinó lo que yo estaba pensando. Comencé a sentirme bien. Había encontrado una persona que adivinaba lo que yo pensaba sin tener que decírselo ni explicárselo. Me di cuenta en el preciso instante en que los morritos de Louise Brooks se hicieron, por arte de magia, morritos de Imperio Argentina. Es decir, ya no estaba loco por besarlos. Aunque, bien pensado, yo nunca estuve loco por besar a Lidia, ni se me había pasado por la cabeza, es más, jamás se me ha pasado por la cabeza comerme a besos a Lidia, ¡seré jilipollas!. Al llegar al Instituto, me dijo hasta luego. No estoy seguro si quería decir "ahí te quedas" o "volvemos luego juntos". Decidí entender lo de volver juntos y también dije hasta luego, lo que ya no sé es qué decidió entender ella. Al entrar en clase de Matemáticas te vi, estabas sentada entre Mari Carmen y Pili. Seguías siendo mitad Katharine Hepburn y mitad June Allyson. Por primera vez me fijé detenidamente en Pili, la cosa más bonita que había visto en mi vida, mitad Audrey Hepburn y mitad Judy Garland. Mari Carmen era como una especie de Marylin en castaño y, desde luego, Pili y tú no parecíais familia. Tampoco Katharine y Audrey lo eran, por lo tanto, o por consiguiente, como años más tarde diría un insigne andaluz, no había ningún motivo de preocupación. La culpa de todo esto siempre la ha tenido mi madre, porque ella fue la que me introdujo en el mundo del cine. So, put your blame on mame, porque mi madre era como Rita Hayworth, pero muchísimo más guapa. Había visto todas las películas, al menos las que ponían por televisión los viernes por la noche y los domingos por la tarde. Para ella no había películas de John Ford o de Howard Hawks, ni siquiera de Hitchcock. Las películas eran de John Wayne, de Gary Cooper, de James Stewart... Pero también, claro, de Barbara Stanwyck, de Marilyn Monroe, de Grace Kelly... Sin olvidar a Rafael Durán, Amparito Rivelles o Sarita Montiel. Cuando veíamos las películas de la televisión, me contaba dónde, cuándo e incluso cuántas veces las había visto. También me contaba qué otras películas habían hecho los que salían, porque, para mi madre, los actores "salían" en las películas. Es muy probable que saliesen para entrar en su corazón. Siempre he sospechado que estaba locamente enamorada de Gary Cooper y de Clark Gable. Yo, por ejemplo, siempre he estado enamorado de Judy Garland y de Amparito Rivelles, porque lo de Claudia Cardinale y lo de Brigitte Bardot, eso ya era otra cosa, pura lascivia, pecado mortal. Me senté al lado de Ramiro. Por nada en especial, no es que me cayera bien, la verdad es que Ramiro no me caía bien, no estoy muy seguro de que nunca me haya caído bien. Pero recordé que el día anterior había multiplicado de cabeza por dos cifras y, como lo normal es que la gente, en general, ni siquiera multiplique por una, Ramiro me pareció valer la pena más que el resto. Le señalé una ecuación que había en la pizarra y me dijo con la mayor naturalidad del mundo que la equis valía cinco. Lo dijo así: "la equis vale cinco". Yo siempre había dicho "la solución es...", quizá por aquello de "the winer is...". Pensé que valía la pena hacerse socio de un tipo así. Odio a los imbéciles que no entienden nada y siempre te andan preguntando con la escusa de la amistad, es decir, esos que te pagan con las gracias en lugar de hacerlo con dinero. Nunca he tenido prejuicios sobre ser puta y cobrar, a los tíos en dinero y a las tías en especie, pero nunca he conseguido ni hacerme rico ni comerme un rosco. Eso sí, es increíble lo que la gente dice que me quiere y lo que cloquea más de uno presumiendo por ahí de ser amigo mío. Si la mitad lo hubieran sido de verdad, aún así sería el amigo al que más veces han dejado tirado del mundo. Todo parece indicar que los amigos que yo, personalmente, he tenido a lo largo de mi vida, han venido, han tomado lo que venían a tomar y se han largado sin decir adiós. No pienso hablar de las amigas, porque no quiero cabrearme. Además, no es de eso de lo que estaba hablando. ¿De qué cojones estaba yo hablando?. ¡Claro!, yo estaba hablando de lo guapa que era Pili, más que Audrey Hepburn y más que Judy Garland, pero mi madre, como hace siempre, sobre todo desde que se murió, se ha metido en medio. ¿O estaba hablando de Ramiro y lo que se ha metido en medio ha sido ese vicio tan mío de machacar a la gente que me quiere, como si eso fuera un pecado imperdonable?. Está bien que la gente me quiera. Yo, por ejemplo, me quiero mucho. Lo que no está bien es eso de no creérselo nunca, eso de pensar que buscan otra cosa. A mí lo que me jode no es que la gente me quiera, lo que de verdad me jode es quererla yo. ¡Porque yo os quiero, leche!, ¡os quiero más que la hostia!. Pero me jode, me jode de cojones. Soy un puto enfermo. Pues eso, me hice amigo de Ramiro y nos dedicamos a poneros a parir a todos y a todas, sobre todo a todas. Nada de putas, pelanduscas o cosas así. No, de eso nada. Tontas del culo, erais todas unas tontas del culo. Bueno, quizá habría que matizar algo. Para Ramiro erais todas tontas del culo excepto Mari Carmen. Para mí erais  unas tías cojonudas, guapas del copón, estabais buenísimas y de tontas del culo, nada de nada. Pero a mí no hay que tomarme en serio porque yo estoy enfermo y, además, sí que soy un tonto del culo. Pero ése fue el tema de conversación entre Ramiro y yo aquel día y prácticamente fue el tema de conversación de todos los días. No creo que Ramiro se pasara la vida hablando mal de todo el mundo. Pero yo me pasé la vida hablando mal de todo el mundo cuando hablaba con Ramiro y hablando mal de Ramiro cuando hablaba con alguien del resto de todo el mundo. Lo que demuestra que Ramiro nunca ha sido una buena persona como yo, por ejemplo, que soy un tío cojonudo. Lo de hacerme amigo de Custo, incluso antes de que fuera Custo y sólo era José Antonio. Exacto, como Primo de Rivera. Eso tiene su cosa. ¿Cómo se puede llegar a ser amigo del alma, como Hernández y Sijé, con huerto y con higuera, de alguien a quien odias con toda tu alma y a quien sólo quieres matar, pero no matar así, de cualquier manera, sino en plan Brigada Político-Social, aplicándole las más inimaginables torturas sin motivos aparentes, que es lo que más jode de las torturas, que te torturen sin decirte por qué, hasta el punto de que llegas a pensar que tienen razón, que algo habrás hecho, algo que deberías saber muy bien lo que es y por eso no te lo dicen?. Porque no entender cómo pude hacerme amigo de Ramiro es sólo una simple cuestión de cortedad intelectual por mi parte. Seguro que Freud lo explicaría con claridad meridiana. Pero ni Dios me explica a mí cómo llegamos Custo y yo a nuestro pacto de amistad eterna siendo yo cartaginés y él romano.Vayamos por partes, a Custico, que todavía no era Custico porque El Zarrino aún no le había dicho aquello de "Cate, Custo, que tú no sabes ná", le dio, o no le dio, sino que le salía del alma al hombre, o de la punta del capullo, vaya usted a saber. Bueno, a lo que íbamos, al Custico le dio por mirarte con manifiesta lascivia y desvergonzada promiscuidad. Exactamente igual que hacía yo. Pero no confundamos las cosas: yo me enamoré de ti la primera vez que te vi, incluso es posible que ya estuviera enamorado de ti antes de verte. Un tipejo con cara de zambo no podía aspirar a conseguir tus favores, ni siquiera yo podía aspirar a conseguir tus favores. Así que nos dimos de hostias, bueno, la verdad es que yo le di de hostias a él, porque para eso era más grande, más bruto, más jilipollas... y estaba más enamorado. Le hice  jurar, lo lógico hubiese sido hacérselo jurar por Snoopy, pero se lo hice jurar por la Virgen de Los Siete Puñales, es decir, por Constance Bonansieur, que no volvería a mirarte de aquella manera, que ni se le pasaría por la imaginación aspirar a conseguir tus favores. Incluso le hice jurar que jamás se la volvería a menear pensando en ti. Me puso una condición: que yo hiciese lo mismo. Me pareció su contraoferta la cosa más natural del mundo. Mientras tú continuases en el altar y jamás fueses mancillada ni con el pensamiento, a mí me parecía de puta madre. Incluso me parecía que era la más maravillosa prueba de amor que podía ofrecerte. Espero que nunca te hayas enamorado de mí, porque, en ese caso, no sólo sería yo el mayor imbécil del mundo, sino el más impresentable de los hijos de puta. No te lo vas a creer, pero desde ese día, Custico y yo no sólo somos compañeros del alma, sino que tenemos un huerto y una higuera, y nuestras almas colmeneras pajarean que da gloria verlas. Tú ya no cuentas en esta historia. Y ni se te ocurra meterte en medio y joder el invento, porque te odiaremos con toda nuestra alma de la misma manera que te hemos querido con todo nuestro corazón. El cuarto mosquetero era Manolico. Porque nosotros,  que empezamos siendo los tres mosqueteros, acabamos siendo los cuatro mosqueteros porque apareció un tal D'Artagnan que nos retó a duelo el mismo día y a la misma hora. Nunca debimos hacerle caso, nunca debió ser el cuarto mosquetero. A Ramiro siempre le tocó los cojones. Pero lo de Custico y yo fue peor: nos robó la chica. La vida es curiosa: no la pides, te la dan sin permiso tuyo, te lo crees, me refiero a eso de que estás vivo, y vas y te mueres. Manolico no nos robó a la chica así, de buenas a primeras. Lo hizo mucho más tarde, cuando se suponía que tanto Custico como yo ya teníamos otras chicas respectivamente cada uno y tú sólo eras ya una simple ex-compañera de Bachillerato. El muy ladino. Bueno, muy judío no era, pero comunista... Porque Manolico siempre fue comunista, hasta que cayó el comunismo y ser comunista ya no molaba como antes. Ahora es un apacible burgués casado contigo por la Iglesia, y tú una banquera, madre de sus hijos y... el amor de mi vida desde hace más de cincuenta años. Pero no es de eso de lo que estaba yo hablando, ¿de qué cojones estaba yo hablando?. ¡Ah, sí!, del capullo de Ramiro y de su puta manía de hablar mal de todo el mundo, menos de Mari Carmen. Sus exabruptos se explayaban durante los domingo de "cacera". Las víctimas de nuestras caceras, amén de la gente que despellejábamos, eran los pebrazos, las brevas, los albaricoques y una nauseabunda y terrible ceremonia pletórica de inadmisible crueldad consistente en sembrar un miserable charco de agua con espartos impregnados de una sustancia pegajosa llamada bisque, lo que conducía a la perdición a las más dulces e inocentes criaturas: los pajarillos de Francisco, i ucellini di Francesco, que acudían a saciar su sed matutina y, cual rojos contumaces en incivil guerra, eran posteriormente ejecutados con espantosa vileza al amanecer mediante brutal lanzamiento contra el suelo, desplumados, fritos y devorados con manifiesta delectación. Pero justo es manifestar en lo tocante a este asunto que éramos dos críos y que, como todos los críos, perpetrábamos los más espantosos actos con la santa inocencia que caracteriza a la tierna infancia, sin maldad, irresponsablemente, sin preocuparnos lo que pudieran sentir o sufrir los putos pájaros del tal Francisco de los cojones. Para vigilar la caída en la trampa de las ignorantes avecillas, solíamos escondernos tras las ramas bajas de un pino cercano y, como es de esperar, matábamos el tiempo, como habrá observado el menos observador lo nuestro era matar, charlando sobre las más insignes estupideces. Por ejemplo, Ramiro sostenía que nosotros dos no éramos amigos, sino equipensantes en el parecer. He de reconocer que tengo muy serias dudas sobre la existencia de tal amistad, pero no tengo absolutamente ninguna al respecto de nuestros equipensamientos en el parecer: jamás existieron. Tengo la absoluta certeza de que Ramiro y yo jamás fuimos equipensantes en el parecer, suponiendo que tal expresión se  ajuste a las más elementales normas de la rancia, ancestral, gloriosa, pero sobre todo rancia, lengua castellana. En lo que se refiera a nuestra presunta amistad, algún tiempo después, tras de la segunda cerveza en "El Frenazo", el bar de su tío Pepe, Ramiro soltó como una gracia: Un día le conté a mi madre que había llegado un nuevo compañero grandote, muy bruto, hijo de un guardia civil y que era el más listo de clase después de mí. Entonces me dijo muy seria que tenía que hacerme amigo de ese zagal porque, si quería triunfar en la vida, lo primero que debía hacer era seleccionar mis amistades. A pesar de que aquella segunda cerveza de "El Frenazo" me sentó como una patada en los güevos, yo debería ser más razonable respecto a los sabios consejos de la señora María hacia su hijo Ramiro y menos implacable con esos ficticios valores que mi complejo de superioridad exige de los seres inferiores que me rodean. Valga como clarificador ejemplo una anécdota que me vino no ha mucho a la memoria, referida a los sabios consejos de mi sabio progenitor. Ramiro y yo habíamos quedado a las tres de la mañana de un domingo primaveral para ir de cacera, a asesinar pajarillos de Francisco. Esta noche hay que dormir deprisa, me dijo, porque hay que madrugar mucho y tenemos que dormirlo todo en muy poco rato. Imitando a mi gato, procuré salir de mi casa sin hacer el más leve ruido. Pero, a pesar de ser hijo del Cuerpo, no parecía estar yo muy enterado de lo que es un guardia civil de servicio. Mi padre estaba sentado en una silla del comedor fumando uno de sus Celtas cortos. No me dijo "Buenos días, hijo mío. ¿Has quedado con los compañeros para estudiar?". Porque en ese momento no era exactamente mi padre, sino más bien el guardia segundo Jaime Soler Pérez, perteneciente a la Trescientas Once Comandancia de la Guardia Civil y en la actualidad desempeñando sus servicios en el Puesto de Ayora. ¿Dónde pensáis ir tu amigo el hijo del barbero y tú cazar al bisque esta mañana?. Mi padre siempre pensó que un grano no hace granero, pero un buen principio, es decir, el factor sorpresa, llena tres silos. No, ¡qué va!, si nosotros... ¿Eso quiere decir que pensabais asaltar una casa de campo abandonada?. ¡No!.Vamos a cazar al bisque a Los Baños de San Lázaro, a una charca muy buena que... ¿Qué tal estudiante es ese amigo tuyo?. Saca muy buenas notas. ¿Como las tuyas?. Menos en Latín y en Literatura, incluso mejores. Su padre está muy orgulloso de él, y habla bien de ti. Pero quiero que le digas una cosa. Claro. Dile que llevarte con él en sus fechorías no es un salvoconducto, es más bien una piedra al cuello. Yo me quedé como me quedaba siempre cuando mi padre era más guardia civil que padre y solté un "Sí, papá" que sonó como un estertor inaudible. Buena cacera. Y no os preocupéis, nosotros andaremos por La Hunde. Naturalmente, no transmití a Ramiro el mensaje de mi padre entre otras cosas porque yo sabía perfectamente que el mensaje había sido para mí, no es que conociera a mi padre como si lo hubiese parido, la verdad es que nunca he conocido a mi padre... ¡Coño, qué mal suena eso!, quizá debería cambiarlo, todos los escritores lo hacen, pero me he quedado tan pasmado ante mi propia osadía, que lo voy a dejar como está, a fin de cuentas mi subconsciente también es mío y, si no quería quedar en evidencia, que hubiese cerrado el pico, o la maldita cosa que tengan que cerrar los taimados subconscientes. Camuflados tras unos matorrales a la espera de la caída en la trampa de aquellas inocentes criaturas, solíamos charlar sobre nimiedades intrascendentes más que nada para matar el tiempo porque, puestos a matar... ¿Le has echado al chino esta noche?, me dejó caer Ramiro como si tal cosa. Sí, como siempre. ¿Cuántas veces?. Un par, creo, ¿y tú?. Yo no, estaba pensando en los tordos. Claro, tú a lo tuyo. El giro lingüístico "echarle al chino" en el sentido de masturbarse, según la leyenda, fue cosa de Custico. Probablemente, así por las buenas, sin premeditación y un tanto inocentemente, un día lo soltó, y la expresión hizo camino. También es posible que se tratase una expresión tradicional que Custico había sacado de no se sabe dónde. Pero, como decía el reportero que entrevista a James Stewart en "The Man Who Shot Liberty Valance", entre la historia y la leyenda, me quedo con la leyenda. Ahora que lo pienso, disertar sobre echarle o no al chino no tiene nada de nimiedad intrascendente, porque la cosa tiene miga. Empecemos por Ramiro, el chaval prescindió de cebar la consabida sus scrofa doméstica por motivos estrictamente cinegéticos, muy probablemente, la idea de asesinar tordos, desplumarlos, en el sentido palmario de la palabra, brutal, pero nunca delictivo, provocaba en su libido una excitación mayor que alimentar al noble porcino, lo cual, si lo miramos con la suficiente seriedad, es sucio, falsario e insatisfactorio, sobre todo cuando el gran amor de tu vida, vos, mi señora, faltaría más, nada tiene que ver con tan libidinosa práctica, prueba de la más despiadada infidelidad concebible, porque es infidelidad del alma y del cuerpo, ambos de consuno. Y es que el mundo pletórico anda de ignominias, injusticias y barbaridades. Como diría aquel fiel amigo de Don Mendo antes de proporcionarle la daga justiciera: A veces hasta envidio a quien movido por la perfidia, apelando al suicidio, va y se suicidia. Y héteme aquí, adorada Jo, lejos de ser un caballero andante, aunque hay que reconocer que no toda la culpa fue mía, ¡si, al menos, Ramiro hubiese sido un Sancho decente...!. Así que la idea de una mi señora Dulcinea de San Benito murió no nata, ni siquiera concebida. Jamás tuve una lanza en arpillera, sino un BIC negro de punta gorda, todavía recuerdo nuestras arduas y floridas disertaciones sobre las sutiles, aunque definitorias, diferencias entre el negro y el azul, entre la punta gorda y la punta fina, nunca sabré a ciencia cierta el motivo por el que la punta gorda de mi BIC negro se enfrentó tan abiertamente contra la punta fina de tu BIC azul. Hoy, inundado de tristeza, todavía me pregunto qué fue de mi inexistente adarga antigua, destinada a contener los aviesos envites de mis muchos enemigos o las miradas furtivas de recatados ojos mucho más procelosas que los más fieros aceros. Mi rocín flaco, cochambrosa bicicleta de desengrasados ejes que me valieron el merecido apelativo de abandonao. Sé lo que estás pensando. No, yo no tuve un galgo corredor, sino un gato rojo que se llamaba Gato y que, transcurrido cierto tiempo, pasó a llamarse Castagné por culpa del ínclito Ramiro, el de ancestrales orígenes. Pero mira qué cosas, sí te convertiste en nuestra Constance Bonancieux, lo que me resulta difícil de explicar es el motivo. Reconozco que hubo un tiempo en que fui lector insaciable de autores como Daniel Defoe, Walter Scott, Jonathan Swift, Jules Verne y, cómo no, Alexandre Dumas, padre, también el hijo, pero esa es otra historia, porque pudiste ser cualquier cosa, excepto Marguerite Gautier. Pero lo más plausible, dadas las circunstancias, pudiera ser el hecho  de que por aquellos días la única televisión de por entonces, dentro de su espacio "Novela", emitiese una versión de aquellos tres mosqueteros en los que nos convertimos y acabó haciendo contigo un remedo de la dulce Constance, porque está meridianamente claro que no podía haber otra Milady de Winter aparte de Mari Carmen, faltaría más. Y también es muy plausible que June Allyson, que había sido Constance Bonancieux en 1948, fuese después Jo March en 1949. Me lo dijo mi madre una tarde de domingo viendo los tres mosqueteros de George Sidney: esa chica pelirroja también sale en "Mujercitas". Yo me quedé mirándola con la boca abierta, ¿de dónde había sacado mi madre que aquella chica era pelirroja si la película era en blanco y negro?. Cuando algún tiempo después volví a ver aquella versión de los tres mosqueteros descubrí el secreto: el chillón Technicolor de la Metro-Goldwyn-Mayer. La realidad se impuso una vez más: lo que era en blanco y negro era la televisión, ¡qué asco!. Quizá, antes de entrar en la cuestión del presunto y poco probable nacimiento de los tres mosqueteros o de los motivos que me indujeron a que Ramiro fuese Porthos; Custico, Aramis; y yo, Athos; porque yo siempre he pensado que la ida fue mía, como han sido mías todas mis ideas, incluida la Ley de la Relatividad y la Mecánica Cuántica; tal vez sería conveniente meditar sobre el concepto de tiempo, del antes y el después, del pronto y el tarde, del despacio y el deprisa. C'est à dire, y en un lenguaje más preciso y más científico: del puto tiempo de los cojones. Si un año tuviese 250 día; un día, 37 horas; una hora, 51 minutos y un minuto, 103 segundos; yo no estaría enamorado de ti desde hace 50 años, ni siquiera desde hace mucho tiempo y, si tenemos en cuenta el estado de salud del gato de Schrödinger, lo mío con los gatos sólo puede ser explicado aplicando la constante de Planck, es muy probable, cuánticamente hablando, que usted y yo, buena mujer, jamás nos hubiéramos conocido, lo que no implicaría en absoluto que yo no estuviera enamorado locamente de vuesa merced, mi gentil señora. Conveniente es, a fe mía, no confundir las churras con las merinas. Añadiría yo, sin menospreciar las preclaras inteligencias de esa ralea de stulti ingens inanis gloriae cupidi, que desprecian el teorema de Bolzano en aras de sus grandiosos conocimientos clásicos, no como los pobres ignorantes cuántico-relativistas, espantosamente legos en la lengua de Virgilio, añadiría yo, insisto, que, si el hijo del dardiano Anquises y de la diosa Afrodita, pudo ser derrotado en su patria de  la bien murada Ilión, pudo seducir, engañar y provocar la muerte por su propia mano de la hermosa y desafortunada Dido y pudo fundar la ciudad de Roma en esa zona de leyenda donde el pasado es futuro y el tiempo una argucia del Hades, juraré yo a Dios, cual hizo el licenciado Cabra, que en mis sueños y leyendas te amé antes de conocerte porque no recuerdo haberte conocido y sólo soñado et sic loquitur cordis mei rusticitas, con lo que también quiero dejar muy clara mi poca inclinación urbanícola. Y es que la chusma de Ciencias mï takíe, tobarischi. Si partimos de que la vida es eso que nos pasa mientras planeamos hacer otra cosa, John Lennon dixit, y de que existen infinitos mundos paralelos, docet nos Hawking, me atrevo a gritar a los cuatro vientos, ¿desde cuándo los putos vientos son sólo cuatro?, que en uno de esos universos paralelos te enamoras de mí, eso sí, mientras planeas otra cosa, o, buscando otro de esos universos, éste más cercano, no te enamoras, vale, pero movida por una irresistible caridad cristiana, que no católica, no vayamos a joderla ahora, me obsequias con un casto beso que yo interpreto voluptuoso y pecado mortal, porque España y yo somos así, señora. Todo esto para concluir que el tiempo no existe ni en la vida real ni en los sueños y, aunque existiera, no sería en mis novelas, porque yo sí juego a los dados con mis universos y, además, hago trampas.Y si bien es cierto que sic luceant opera tua, no lo es menos que sic transit gloria mundi, lo que nos lleva, dulce Jo, al meollo de la cuestión que nos ocupa: conviene no negar que los sueños, sueños son ni que, al nuestro parescer, cualquiera tiempo pasado fue mejor, mas sí ponerlo en duda. Establecer una torpe cronología de unos hechos que es probable que tal no fueran, sería algo así como pretender que la vida tuviera sentido o que el ser humano anduviese dotado de inteligencia, lo que no sólo es empíricamente imposible, sino racionalmente harto improbable. Trazadas estas componentes de la situación que pretendo plantear, retomemos el tema que nos ocupa. Estamos en el salón de tu casa de La Plaza, a la sazón Plaza del Generalísimo, sentados a una mesa larga el uno frente al otro, a mi derecha, es decir, a tu izquierda, entre atenta y ausente, tu abuela, no es que ignore si materna o paterna en el sentido de no saber, lo ignoro en el sentido de carecer de importancia, o lo que es lo mismo y ateniéndonos, no a mi gato, sino al gato de Schrödinger, era ambas cosas, materna y paterna, cosa muchísimo más comprensible que el hecho de que estuviese allí. El motivo de tan intempestiva cita era el método de reducción para la resolución de un sistema de ecuaciones lineales. Libros, libretas y otros menesteres y herramientas concernientes al hecho en sí. Mi gran oportunidad para ejercer el más descarado proselitismo para, como el propio término indica, convertirte en mi más adicta prosélita. Deus ex machina.

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