EL BESO DE CENIZA
Almansa, 3 de junio de 1.993
Querido Manuel:
No sabría cómo expresar el extraño puzzle de sentimientos, emociones y recuerdos que ha provocado en mí leer tu carta. Y, sobre todo, de preguntas: ¿Por qué ahora?, ¿acaso has adivinado el momento preciso para reaparecer en mi vida?. Me has tenido veinte años sin noticias tuyas. No, no te lo reprocho. En todo caso, me lo reprocho a mí misma. Yo fui quien decidió, yo fui quien te dijo que quería un futuro tranquilo, un porvenir seguro, y que tú no eras la persona que podía ofrecerme todo eso. Me he pasado veinte años arrepintiéndome cada día de lo que te dije, llorando que desaparecieras sin despedirte, comprendiendo que lo hicieras, sobre todo comprendiéndolo. Y queriéndote cada día más. Porque tú has sido siempre el amor de mi vida, el único. Fui una imbécil, y lo pagué con creces. Mi vida ha sido, efectivamente, en los últimos veinte años, segura y tranquila. Pero vacía, espantosamente vacía. Tú, el poeta loco, el tipo sin futuro, el perdedor, la vida de mi vida, no estabas. ¿Puede haber una vida más triste que esa?. Pero, súbitamente, como si el sol hubiese decidido un día salir por el oeste, me llega tu carta, como llega el aire en el último segundo a alguien que se está asfixiando, como llega la gota de agua fresca a la boca exangüe del que está muriendo de sed. La carta más bonita del mundo. Porque, más que una carta, es un milagro. Dices que todavía me quieres, que todavía me esperas, que no me has olvidado. Me pregunto cómo has sabido la dirección. Cuando despareciste, esa casa ni siquiera existía. Pero algo en mi corazón me dice que has estado pendiente de mi vida, que has estado al corriente de todo lo que me pasaba, que siempre has sabido que nunca he podido olvidarte, que siempre he pensado en ti. También has sabido que nunca me he perdonado lo que te hice. Qué tonta, ¿verdad?. Si tú tampoco me has perdonado, ¿sabes por qué?, porque siempre me has querido y nunca me has reprochado nada. Es eso, ¿verdad?. Sabes que ha llegado el momento en que yo debía tomar mi decisión, la decisión de mi vida, la decisión de ser feliz. Eso significa tu carta. Pedro es una buena persona, sé que me quiere, eso sí, a su manera, pero me quiere. Le he dejado una nota y he dejado su casa. No sé si lo entenderá, pero eso no me preocupa, lo que sí sé es que no hará nada para buscarme, seguirá con su vida como si tal cosa. Y como nuestros hijos siempre han sido más suyos que míos, tampoco me preocupan, puede que vivan mejor sin mí que conmigo. A partir de hoy y durante el resto de mi vida, sólo te querré a ti, sólo me preocuparás tú. Voy a ser egoísta, loca, irresponsable, desagradecida, pero voy a ser una mujer enamorada y una mujer feliz, mi vida serás tú y ya no habrá vida sin ti. A ti también te va a a parecer rara la dirección del remite de esta carta. Tanto como a mí me ha parecido rara la dirección del remite de la tuya. He tenido que buscar en el mapa dónde demonios está ese Ribadeo. Debe ser un lugar precioso, entre Asturias y Galicia, a la orilla del mar y junto a un río. ¡Qué ganas tengo de pasear por esas playas cogida de tu brazo!. Bueno, tú no tendrás que buscar Almansa en ningún mapa, pero seguro que te preguntas quién es esa Araceli del remite, como yo me pregunté quién sería ese Vicente del tuyo. Araceli y yo somos amigas de la infancia, de toda la vida, vamos. Curiosamente, tú apareciste y desapareciste en el lapso de mi vida sin ella. No llegaste a conocerla. Cuando decidí dejar la casa de Pedro, tras recibir tu carta, lo primero que se me ocurrió fue irme directamente a ese Ribadeo sin saber siquiera dónde estaba. Pero acabé en Almansa en casa de Araceli, con cuatro trapos en una pequeña maleta. Así, por las buenas. Y así, por las buenas, Araceli me recibió con los brazos abiertos y con todo el cariño del mundo. He llegado a sentirme en su casa como en mi casa, como nunca me sentí en la casa de Pedro y de los hijos de Pedro, bueno, de mis hijos. ¿Cómo puedo tener tres hijos, tres desconocidos que ni siquiera son tuyos, que ni siquiera te conocen, que ni siquiera me conocen a mí?. Araceli es funcionaria del Ayuntamiento de Almansa, vive sola desde siempre y tiene una casa preciosa, con jardín y todo. Trabaja todo el día y yo hago lo que he hecho siempre: soy el ama de casa. Limpio, voy a comprar, hago la comida... Pero también paseo mucho, sobre todo por una pinada que da a una laguna pequeña, en un paraje que llaman la Virgen de Belén. Pienso, pienso mucho, sobre todo en ti. Bueno, también en lo feliz que me siento viviendo con Araceli. Y leo, esta casa está llena de libros, de libros preciosos. Y, ¿sabes lo mejor de todo?, como ella ya los ha leído todos, hablamos del último libro que yo estoy leyendo. Y acabamos hablando de ti, porque seguro que tú también has leído ese libro. Le cuento que me hablabas de muchos libros que yo no había leído y que me parecía una pesadez. Yo quería hablar contigo de cosas serias. Araceli me mira y me dice haciendo un mohín con la nariz: ¡qué tonta eres!. ¡Qué tonta he sido!, ¿verdad?. Quiero contarte una cosa. Creo que Araceli está enamorada de mí. No sé por qué, pero desde el principio cogí la costumbre de acostarme en su cama. Creo que lo hice porque era yo la que necesitaba compañía, pero no te puedes imaginar con cuantísima ternura me acaricia la mejilla con el dorso de su mano y me besa dulcemente en los labios antes de decirme "buenas noches, Mercedes". Fíjate si debe quererme que, a pesar de todo, me dice a todas horas que no sea tonta, que corra a tu lado, que no deje pasar la felicidad, porque se va y ya no vuelve. ¡Qué curioso!, me lo dice a mí, que podría ser la felicidad que ha esperado toda su vida. ¡Qué corazón tan grande!, o qué amor tan generoso. O qué imbécil he sido toda mi vida. Me ha pedido que espere unos días, hay un par de compañeros de trabajo que le deben algunos favores y tal vez podría coger unos días libres para llevarme hasta Ribadeo en su coche. Dice que le gustaría mucho conocerte y que pobre de ti si no me cuidas como me merezco. Pero soy yo quien cuidará de ti, porque te lo debo y porque es lo que he querido siempre. Tú eres lo que yo he querido siempre, querido Manuel. Te quiero con toda mi alma.
Mercedes.
Ribadeo, 22 de Junio de 1.993
Querida Mercedes:
Me he pasado toda la mañana dándole vueltas al encabezamiento de esta carta: "Estimada amiga", "Mercedes" a secas, y una docena de intentos diferentes. No me ha gustado ninguno. También he empezado a escribirte una docena de veces, y una docena de veces ha terminado la carta en la papelera. Así que me he ido a pasear por la playa, pensando en lo que Manuel hubiese hecho. ¿Cómo hubiese encabezado Manuel esta carta?, ¿cómo la hubiese escrito él?. Indudablemente hubiera comenzado con "Querida Mercedes", y después hubiese dejado volar la pluma, esa frase la empleaba mucho, aunque es posible que eso ya lo sepas. Dejar volar la pluma por el aire diáfano bajo el cielo azul. He vuelto resuelto a escribirte por fin. Vamos a ello. Voy a comenzar a palo seco, con un par de cosas, quizá tres, que debo decirte y, como no se me ocurre la manera de hacerlo, no tendré más remedio que ser así de cáustico y de crudo:
Manuel murió hace veinte años. No puedo llegar a comprender de dónde has sacado mi nombre y mi dirección. Muchísimo menos puedo entender cómo ha podido llegarte una carta de Manuel tantos años después. Al ver el remite de la tuya, con ese nombre tan extraño para mí, pero tan bonito, he estado a punto de devolverla alegando que se trataba de un error. Pero mi nombre y mi dirección eran los correctos, ¿dónde podía estar el error?. La abrí y la leí. No me arrepiento en absoluto de haberlo hecho. No te imaginas la alegría que me ha producirlo leerla, la emoción que he sentido ante ciertos párrafos y, ¿cómo explicarlo?, la sensación de recuperar a Manuel, o a una parte de él.
Manuel se presentó en mi casa así, por las buenas. Ya lo había hecho otras veces y, como fue mucho más grande la alegría que la sorpresa, nos fuimos a celebrarlo. Volvimos a las tantas un poco piripis, seguramente se nos fue la mano echando sidra. Le pedí que, a pesar de que en esta casa siempre ha habido un cuarto suyo, se tumbara a mi lado en mi cama para seguir charlando hasta que el dios Morfeo se apiadara de nosotros. Y aquello fizose hábito, como decimos por aquí. Manuel cogió la costumbre de tumbarse a mi lado y charlar hasta que se quedaba dormido. Luego yo me quedaba mirándolo hasta que me dormía también. ¿Sabes?, siempre he sentido por Manuel algo parecido a eso que dices que Araceli siente por ti. Ya decía yo que su nombre me gustaba mucho. Creo que ya he empezado a quererla porque he descubierto que ella y Manuel tienen una cosa en común: tú. Fueron días, semanas, felices. Pero Manuel comenzó a apagarse poco a poco. Así, por las buenas, sin ningún motivo especial. Hablaba mucho de ti, sólo escuché de él palabras bonitas respecto a ti, jamás te reprochó nada, nunca te culpó de nada... y se marchó una tarde para siempre bendiciendo tu nombre. Soy un hombre bastante escéptico, ¿qué otra cosa puede ser un profesor de Filosofía?, por lo tanto estoy seguro de muy pocas cosas, pero hay una cosa de la que no tengo ninguna duda: Manuel te quería, más que a su vida. Y te debe seguir queriendo, porque te ha mandado su beso de ceniza. Me pidió que esparciera esas cenizas por la playa que hay frente a casa. Fíjate que digo frente a casa, y no frente a "mi" casa. Porque siempre ha sido tan suya como mía, y desde ahora será tan tuya, y de Araceli, como nuestra. Él quería que entre esas cenizas estuvieran también las de todos sus papeles. Manuel no paró de escribir durante todo el tiempo que estuvo conmigo. Esparcí sus cenizas, aunque me costó diez años hacerlo. Pero lo traicioné. Traicioné a mi mejor amigo. No sé que pensarás de un hombre que traicionó al amor de tu vida, pero yo lo hice. Nunca quemé sus papeles. Los ordené en dos carpetas. En una puse todos los poemas que escribió para ti, y en la otra otras cuestiones diversas. Tengo un amigo editor que de tanto en tanto va publicando alguna cosilla mía. Le enseñé los versos de Manuel un día y le gustaron muchísimo, hasta el punto que me dijo que sería un honor para él publicarlos. Acabamos componiendo dos libros, uno se titula "Poemas para Mercedes", y el otro, naturalmente, "Otras cuestiones diversas". No han ido nada mal. Del primero se han vendido cerca de dos mil ejemplares, vamos por la cuarta edición. He estado a punto de hacer un paquete con los dos libros y mandártelo incluyendo esta carta, pero ayer, en la playa, lo pensé mejor. No te puedo regalar un ejemplar de cada uno de los libros firmado por Manuel, eso ya no será posible, pero las primeras ediciones estaban numeradas. Tengo el número cero de ambas, y ambos libros son tuyos. Pero quiero dártelos en persona. Quiero abrazarte, quiero hablar contigo de Manuel. Y quiero abrazar a Araceli, quiero hablar con ella de ti. Dices que es funcionaria. Yo también lo soy, doy clases en el Instituto del pueblo. Hay una cosa que se llama excedencia, no habitual, pero posible. ¿Crees que Araceli estaría dispuesta a vivir contigo una temporada junto a una playa del Cantábrico, mitad Galiza, mitad Astúries, en una casa preciosa de madera junto al mar, paseando y cogiendo navajas y berberechos por la mañana, ¡qué preciosas rianxeiras harías las dos!, y tomando unas sidrinas bien tiradas por las tardes?. ¿Crees que la harías feliz proponiéndole algo así?. A mi me harías el hombre más feliz del mundo. Hace tiempo que me siento acabado y espero impaciente a la bendita Parca, pero tú me has devuelto las ganas de vivir dándome una misión en esta vida: no te hundas, déjame que te ayude, ayúdame, tráeme a esa Araceli para poder compartir con ella esa soledad que siempre hemos vivido solos y que ahora viviremos contigo. Creo que Manuel, con su beso de ceniza, pretende redimirnos a los tres. ¿O es que tú no crees en las hadas?. Está muy bien perder la fe en la gente, incluso en la civilización, en la humanidad, pero en las hadas... ¡Jamás pierdas la fe en las hadas!. El trocito de Manuel que vive en mí, suspira por verte. Pero, créeme, sin Areceli estarás rota, algo de ti se habrá ido para no volver. Mírala como un regalo de Manuel. Exactamente como yo te miro a ti.
Me resulta raro decirle esto a una mujer, pero te quiero.
Vicente.
jueves, 20 de marzo de 2014
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