Lo miras todo con una cara que hace que tu cara resalte sobre todo...
Ma chérie Sela:
Lo prometido es deuda. Aquí nos tienes, viajando por todas partes y conociendo todo un mundo que nunca ceímos que existiera. Te extrañará vernos aquí sentados, en esta mesita del Grand Café, en plena America Mura. Quizá te preguntes qué hacemos en la parte menos japonesa de una ciudad tan japonesa como Osaka. No sé si la respuesta es sencilla o complicada, pero la idea viene de la frase que nos soltó esta mañana nuestro amigo Hiroshi, en el Neko No Jikan, cerca de la estación Umeda. ¿Recuerdas aquel gatito mimoso y apacible que ronroneaba en tu regazo mientras le acariciabas el lomo?. Era parte del local, como los grabados de las paredes, la madera barnizada de lo adornos de la barra, e incluso como el brillante y luminoso kimono de la hermosa Nikano, esa chica tan simpática que nos sirvió el té y a la que tanta gracia le hizo la forma en que imitaste su reverencia cuando dijiste "muchas gracias". Lo entendió, ¿sabes?. No hace falta saber idiomas para entender tu sonrisa cuando dices "muchas gracias". Pues bien, Hiroshi, nuestro simpático amigo, dijo una cosa que me llegó al alma: "Los yankees no sólo ganaron la guerra". Por eso hemos paseado desde Umeda hasta America Mura, por esa avenida llena de tiendas y locales de comida rápida que más bien parece una de esas calles de Baltimore, pongamos por caso, llena de gente joven con tejanos, ellos y ellas, y con el pelo de colores, ellos y ellas. Pero nos vamos, ¿sabes?, ahora mismo cogeremos calle abajo hasta uno de los izakaya de la franquicia Torikizoku. Ya sé que en Neko No Kijan te inclinaste por el delicioso té de la bella Nikano, pero no puedes entrar en un izakaya y no probar al sake. Se trata de una taberna tradicional japonesa, donde hubo un tiempo, varios miles de años, donde las mujeres no sólo no podían beber sake, ni siquiera podían entrar. Lo harás, me lo prometes, ¿verdad?, piripi te tendré a mi merced, ¿no te gustaría, por una vez, estar a mi merced?. Después, tomaremos a la izquierda por la avenida Dotombori hasta Granko Sushi, para probar eso que tú llamas pescado crudo y yo manjar de dioses. Vamos, mujer, estamos en el viejo Japón, en la nunca bien ponderada isla de Honshu. Anímate, mírame con esa cara de felicidad, de incredulidad ante la contemplación de algo que ni imaginabas que existía. Sonríe. Te prometo mil viajes más como éste. Te prometo visitar todo el mundo y parte del extranjero. Te seduciré, con el alma, pero te seduciré, me amarás, con la imaginación, pero me amarás.
¿Adivinas dónde iremos en nuestro próximo viaje?.
Refulgen luces intensas
de colores nunca vistos.
Gira una noria gigante,
brillan los edificios.
Una niña de ojos rasgados
nos ha sonreído
y le ha susurrado a una amiga:
"qué raros y qué simpáticos",
mientras perfumaba el aire
un cerezo de rosa pálido.
La mar se ha vuelto gris y el cielo ocre. Yo me he vuelto loco y tú abrazo...
Ma chérie Sela:
Ése no era el trato, ya lo sé. Pero te has vuelto abrazo, te abracé. Te he secuestrado y te llevo conmigo. No nos vamos a ningún sitio en especial, nos vamos a todos los sitios. Supongamos que ya he muerto, que puedo volver a todos esos lugares que ya conozco, que ya conocí sin ti y que quiero conocer contigo. Supongamos que te convierto en parte de mí de la única forma que puedo hacerlo: dejando de ser yo y no siendo. Ya no me sonreirás desde lejos ni te contaré mis cosas sin esperar tu respuesta, sólo por contar. Ahora sentiré el latido de tu corazón, la luz de tu mirada y el terciopelo de tu sonrisa, porque nunca más seré yo solo, ni siquiera seré yo, seré el sueño que soñé, seré el olvido que olvidé y tú serás la más bella de las criaturas, incluidos los ángeles, las hadas y las nereidas. Serás mi ángel, mi hada y mi nereida. Y todo eso, no siendo nada, ni tú ni yo seremos nada, seremos, igitur, todo. Así que gaudeamus. No seremos mucho más que dos, bendito Benedetti, ni siquiera seremos un tiempo verbal, ni un número, ni un sueño. No seremos verdad ni seremos mentira, sólo seremos lo más precioso que se puede ser: tú serás yo y yo seré tú, sin ser nosotros. Estaremos en todas partes sin ir a ningún sitio, te presentaré a los amigos que nunca tuve y se enamorarán de ti, y seré yo, entonces, quien te sonría desde lejos, quien te acaricie con la mirada, quien te regale suspiros como quien regala los aromas de la luz. Quizá, hasta aprenda a decirte cuánto te quiero...
Sólo tengo mis historias,
ésas que imaginé despierto,
o que soñé en duermevela,
o que viví sin saberlo.
Sólo te tengo a ti,
porque a ti sé que te tengo.
Ya sé que sé pocas cosas,
pero a ti te sé y te siento,
a ti te noto y te escucho.
Sé que me ves, y te veo.
La mar estaba preciosa, sólo faltabas tú...
Ma chérie Sela:
Reconozco que el brazo de Josefa es confortable y que pasear cogido de su brazo, embriagador. Paseamos hasta la orilla del mar, ¿sabes?. Fue emocionante. Pero nunca hablo con ella de las cosas de las que siempre he querido hablar, y eso es frustrante. Cada vez que giraba la cabeza, te veía sonreír. No te extrañes, tú siempre estás ahí, siempre me acompañas en mis paseos hasta la orilla del mar, ya sabes que no puedo vivir sin ti. Ibas un poquito apartada y nos mirabas con mucho cariño. Ella ni se imaginaba que tú venías con nosotros. No se lo dije, claro. Primero porque hubiese pensado que estoy loco, y hubiese tenido razón, ¿no crees?. Y segundo porque tal vez se hubiese sentido rara. Me ha emocionado la visita de Josefa, pero sólo te lo voy a contar a ti, ni siquiera se lo pienso cotar a ella. Bueno, a ella no le pienso contar nada. Ni siquiera le hablé de ti, de que no te me vas de la cabeza y mucho menos del corazón, y que, naturalmente, estabas allí. Curiosamente, sí hablamos de mi corazón, pero del otro, del que se muere poco a poco. ¡Qué tontería!, si precisamente ese corazón me importa un bledo. Hice chistes sobre la muerte, sobre "mi" muerte. Hasta se me ocurrió decirle que la quiero más que a mi vida, pero no lo hice. No le hubiera encontrado la gracia como estoy seguro de que tú sí se la habrías encontrado enseguida. Porque mi vida no vale nada, ha sido, es y será una vacía estupidez y, por supuesto no la quiero, es decir, no la amo en absoluto. A cualquier cosa la quiero más que a mi vida. Aunque soy muy feliz, ¿sabes?, más de lo que lo he sido nunca. Será porque ya todo me trae sin cuidado, y paseas conmigo, y te quiero con ese otro corazón que no se morirá nunca. Pero, a pesar de todo, reconozco que el brazo de Josefa es confortable y que pasear cogido de su brazo, embriagador...
A veces y de improviso,
caen unos copos dorados
que iluminan el camino
como una lluvia de pétalos.
A veces, a los amigos
les da por hacer regalos
así, sin ningún motivo,
y el mundo se vuelve mágico.
Después, un aire tranquilo,
sin venir de ningún lado,
te recuerda que se han ido.
Y te suena como un cántico.
A veces la arena cruje como si se quejara...
Ma chérie Sela:
Dice un personaje de una de mis novelas a quien alguien le reprocha refugiarse en los libros y dejar de lado la realidad, que no tiene otra cosa, que todos sus recuerdos, toda su vida son sus libros. Quizá por eso, él y yo recordamos cosas que nunca vivimos. Pero, tan cierto como que te quiero con toda mi alma, aunque yo nunca haya vivido en mis libros, ellos han vivido, viven y vivirán en mí. Como tú vives en mí, como miles de recuerdos que, tal vez nunca sucedieron, son la médula de mi memoria, son lo único que tengo... y eso, ningún imbécil me lo va a robar nunca. A fin de cuentas, después de muerto, ya no tendré ni eso, sencillamente, no seré. Por cierto, en mis libros, y también en mis películas, la muerte es mi amiga. Habla conmigo antes de llevarme con ella, y me consuela, me dice que no me pierdo gran cosa. Yo la miro con ternura y una leve sonrisa, y ella me dice muy seria: "No la pierdes tú a ella, te pierde ella a ti". Y, como me pasa siempre, me enamoro y le digo: fuguémonos al fin del mundo. Pero no nos fugamos, todavía...
Te imaginé un día que estaba solo,
te imaginé, y no sé si existes,
por eso, cuando pienso en ti, estoy contento,
y, mientras tú sigas en mi pensamiento,
yo nunca estaré triste.
He llegado a la orilla del mar, y el mar estaba ocre. Ni me ha sonreído...
Ma chérie Sela:
¡Si no te lo cuento, reviento!, porque, ¿a quién se lo voy a contar?. Cuando dejé la Guardia Civil, yo tenía veintitrés años. Volví a Gandía y encontré trabajo como portero de una discoteca, haber sido un perro de Franco convenció al fascista del dueño, pero esa no es la historia que yo te quería contar. Mercedes era un monumento jerezano de diecisiete años, morena, aunque entonces era rubia, con unos ojazos, que siguen siendo unos ojazos... ¿Por qué serán los ojos lo que me ha enamorado siempre, y no sólo de las mujeres?. Por ejemplo, lo que más me gusta de ti, son tus ojos. Pero volvamos a la historia. Para poder entrar a la discoteca, Mercedes tenía dos opciones, falsificar un carné de identidad, o ligarse al portero. Fue sencillísimo, sólo tuvo que mirarme con aquellos ojazos y robarme el corazón. Por cierto, aún no me lo ha devuelto, la muy pécora. La historia no tiene grandes secretos: viejo verde, jovenzuela casquivana... Pasó, y pasaron más de treinta años. Hace un par de semanas, yo compraba a escondidas una botella de Torres Diez porque se supone que ya no bebo, ni fumo, ni voy con mujeres, y la vi. ¿A que te lo imaginas?, el tiempo no había pasado por ella, pero fue ella la que me dijo que el tiempo no había pasado por mí. No ha cambiado, igual de mentirosa, igual de pécora, igual de guapa. Hace dos años, yo no hubiera dado un euro por mi vida, ahora estoy dispuesto a dar, como mucho, cuarenta y cinco céntimos, y resulta que el tiempo no ha pasado por mí. Ha pasado y me ha machacado, como un camión de dieciséis ruedas. Tengo algo para ti, me dijo. Yo pensé que había decidido devolverme mi corazón. Pero lo que hizo fue darme un beso en tos los morros y preguntarme: ¿qué haces esta noche?. Naturalmente, tuve otro infarto y estuve en coma cinco días. Cuando desperté, me la encontré al lado de la cama toda vestida de verde incluido el gorrito donde se recogía el pelo y la careta que le tapaba sus labios de fresa. Eso sí, los ojazos seguían allí. No se anduvo por las ramas, porque en ese momento mi vida no debía valer más de quince céntimos. Nunca te has acostado conmigo, so capullo, y ahora te vas a morir y me vas a dejar con las ganas. Además, ¿cómo te vas a morir del corazón, si lo tengo yo en mi casa guardadito en una caja?. Creo que estoy enamorado y creo que me voy a morir. Por eso sólo podía contártelo a ti, porque, aunque Merceces tanga mi corazón guardadito en una caja, tú tienes mi alma, la has tenido siempre. Cuida de ella, ¿quieres?.
Como arena entre los dedos,
como agua casquivana.
Como recordar los sueños,
como abrazar la nada.
Como decir "te quiero"
al aire de la mañana.
Si clarea y yo me muero,
seré brisa tibia en tu cara.
Se han ido las nubes sin decir adiós, pero eso al Sol le ha dado igual...
Ma chéie Sela:
¡Qué traidores son los recuerdos!, ¿verdad?. Te llegan a hacer creer que las cosas sucedieron de una manera, sencillamente porque así nos gustaría que hubiesen sucedido. Por eso, a veces, odio recordar. Y me refugio en la imaginación. Invento una historia. Mentira puñetera, ya lo sé. Pero, ¿qué más da?, ¿no son también mentira puñetera los recuerdos?. Ese día, tú y yo paseábamos, cogidos de la mano, por el sendero que conduce a los charcos del Sabinar. Y te hablé de Manolita, ya sabes aquella chica que conocí un día en la verbena del pueblo de las tres mentiras y de las infinitas verdades: Montealegre del Castillo. Te conté cómo ella me explicó su teoría de los besos: Los besos se regalan, así por las buenas, sin esperar nada a cambio. No se trata de pagar una factura, son un regalo. A veces, pueden ser el más hermoso de los regalos. ¿Te regaló Manolita muchos besos?. No, bueno, ¿cuántos son muchos?. Yo no te lo regalaría, ¿sabes?. Para eso tendrías que ser un forastero que ha venido a la verbena, y yo te he querido toda mi vida, aunque nunca te haya besado, aunque no tenga intención de hacerlo ahora con la escusa de hacerte un regalo, aunque me quede con las ganas y tú también. Pero, ¿sabes?, me gustaría un día conocer a esa Manolita del pueblo de las tres mentiras y las infinitas verdades, para pedirle que te regalase un beso de mi parte. Creo que ya la quiero sin conocerla. A ti también te quiero, ¿sabes. No, no pasó nunca. Me lo he inventado todo, pero lo recuerdo perfectamente. Me gustaría que un día de éstos, me contaras cómo lo recuerdas tú. Sólo te he querido a ti en toda mi vida.
Una noche robé una rosa,
y una de sus espinas
me hirió en un dedo.
Miré la sangre rosada y fina,
miré la rosa hermosa y roja.
¿Y si le digo que escoja?
que dude, que se defina.
¡Qué anodina!, ¡qué cretina!
¡Qué estúpida paradoja!
Ha salido un sol tonto que me ha recordado lo tonto que es el sol...
Ma chérie Sela:
Tienes la sonrisa más bonita del mundo, porque tu sonrisa siempre ha sido preludio de una frase agradable. Por ejemplo, cada vez que me decías "Pero, ¡qué tonto eres!..." esa frase iba precedida de una sonrisa. ¡Qué pocas cosas te he contado de mí!. Seguro que ni eso te he contado. Hoy quiero contarte algo. Me ha dado por ahí. Además, es a ti a quien debería contar siempre todas las cosas. ¡Qué raros somos a veces!.
Las personas que tienen un infarto como el que tuve yo, normalmente se mueren, aunque no quieran, se mueren igual. Pero, a pesar de que yo sí quería morirme, por eso no fui al hospital enseguida, me escapé, no sé si de milagro, pero me escapé. Hay una cosa que sé de los infartos, eso duele, duele mucho. Por eso, al día siguiente, como vi que no me moría y que me seguía doliendo muchísimo, me fui al hospital. En cuanto me vieron, me llenaron de tubos y de cables por todos lados y me subieron corriendo a la UCI. Allí me tiré cinco días sin poder moverme, inmovilizado por los tubos, por los cables y por los electrodos. Me cuidaban tres enfermeras, te lo juro, eran tres, como las hijas de Elena. Simpáticas y amables como ellas solas, y una de ellas, además, guapísima. Me lavaban todos los días, y algunos días, dos veces. Naturalmente, también me lavaban eso que te imaginas. Begoña, la guapa, quizá para quitarle hierro al asunto, un día me miró sonriendo y me dijo "Si te mueres, tampoco nos vamos a perder gran cosa". "Pero tengo otras cualidades", dije yo, "Por ejemplo, soy simpático y tengo un gran sentido del humor. Además, cuando sea mayor quiero ser poeta". "Y una mierda vas a ser tú poeta!", me dijo la muy pécora, "Tú eres de Ciencias". "¿Cómo lo sabes?", le pregunté. "Porque fui dos años alumna tuya de Matemáticas". No te rías, por Dios. O sí, ríete, o mejor sonríe, porque tienes la sonrisa más bonita del mundo.
Si un día se me escapa
y te digo que te quiero,
quizá pienses que me he vuelto loco,
pero me habré vuelto cuerdo.
Si un día, sin pensarlo,
te diera por darme un beso,
no vayas luego a arrepentirte
y a despertarme del sueño...
Hoy las cosas son raras, como si no fueran mías...
Ma chérie Sela:
Hay ideas que me rondan la cabeza durante días y no soy capaz de quitármelas de encima. Lógicamente, tú no eres una de esas ideas. Porque tú rondas por mi cabeza desde hace más de cuarenta años, y no quiero en absoluto quitárteme de encima. La idea que me viene rondando estos días es absolutamente peregrina. No sé a qué ha venido, qué santuario busca, ni qué reliquia regalarle para que se vaya. No te rías, por favor, pero si no te lo cuento reviento: mujeres. ¡Qué horror!. A lo largo de mi larga vida me he liado media docena de veces con mujeres que me importaban un pimiento (porque yo sólo he querido a una, y no pienso decirte su nombre. Si no me declaré formalmente cuando debía hacerlo, no lo voy a hacer ahora). La cosa se acababa cuando se marchaban. Porque, eso sí, siempre han sido ellas las que me han dejado a mí. He de reconocer que cuando eso ocurría, yo ya estaba liado con otra. Se enfadaban y me dejaban. ¿Tú te hubieras enfadado y me hubieras dejado?. No te cuento todo esto para pedirte consejo, lo de antes ha sido una pregunta retórica. Y no sólo eso, también es un juicio de valor. ¿Cómo vas a dejarme, si estoy hablando con alguien que vive en mí, y que seguirá viviendo en mí muchísimo después de que yo me haya muerto?. Y no me vengas ahora con que eres un sueño y yo un jilipollas. Eres el amor de mi vida y punto. ¿Ves?, toda esa caterva de pesadas han dejado de rondar mi cabeza. Vuelvo a estar solo. Bueno, volvemos a estar solos...
Yo nunca sueño que estoy soñando,
sólo sueño.
Tampoco vivo de recuerdos,
pero recuerdo.
En otras palabras,
no he fabricado un mundo de sueños y de recuerdos
para tenerte.
Te he tenido siempre.
Hoy siento un frío extraño, de dentro para afuera...
Ma chérie Sela:
Ese día paseaba por La Plaza y, antes de torcer a la izquierda para subir a Mercadal, tomé una decisión. Voy a decirle que estoy enamorado de ella. Por lo menos, que lo sepa. Pero, mientras subía pensé. Seguro que ya lo sabe. Llegué a la puerta de tu casa y llamé con la aldaba. Ya sé que hay un timbre, pero me encantan las aldabas, ¿qué quieres que le haga?. Y eso fue lo que te dije, que me encantan las aldabas. Cenamos, y charlamos hasta las tantas. ¿De qué demonios charlamos tú y yo esa noche hasta las tantas?. ¿De aldabas y de timbres?, ¿de las flores del almendro que, de tontas que son, llega una helada en febrero y las deja secas?, ¿de la leña de olivo que arde mucho mejor que la de pino?. Por la mañana, tu padre me preguntó: ¿A qué hora os retirasteis?. A eso de las tres. Me miró con cara de suegro y no dijo nada. Cuando se iba, se volvió desde la puerta. ¿Comes aquí?. No, hoy mismo vuelvo a Barcelona. Bueno, pues buen viaje. ¿Por qué te estoy contando esto ahora y aquí?. ¡Ah, sí!. Anoche tuve un sueño. Caminaba yo por La Plaza y, antes de torcer a la izquierda para subir a Mercadal, tomé una decisión...
Hay una adelfa detrás de un puente, cerca del río.
Cuando paso por allí, la miro.
Sus flores son blancas, como nubes impolutas.
Pero, ni ella ni yo, nos alegramos por ello.
Las queremos rojas, como el fuego.
Hoy encontré la mar inquieta, parece como si sospechara algo...
Ma chérie Sela:
Durante mi cotidiano paseo hacia la orilla de la mar pensé en llamar esta página PENSAMIENTOS PEREGRINOS, y el pensamiento de hoy debía ser sobre el amor. Así que recordé, casi sin proponérmelo, a las tres mujeres de las que nunca me enamoré, pero a las que he amado siempre: Anna Karenina, Emma Bovary y Ana Ozores. Pero las tres viven en papel impreso, en la imaginación de sus autores, porque las tres son personajes de bellísimas novelas, viven en mis sueños, en mis anhelos...
Entonces recordé otra mujer, que también vive en mis sueños, en mis anhelos, pero no en papel impreso ni en la imaginación de ningún gran novelista, sino en la mía, sólo en mi imaginación, sólo en mi alma...
Una tarde de septiembre de mil novecientos setenta y cuatro, harto de todo y de todos, me dio por escribir una carta al ser más dulce que jamás había conocido. Empezaba así: "Ma chérie Sela:".
Por eso he decidido cambiar el nombre de la página, y también porque sé que todo esto va dirigido a la nube, a la nada... no espera respuesta.
He encontrado esa mujer de la que nunca me enamoré, pero a la que amé siempre, a la que amaré toda mi vida. Y no puedo escribir sobre el amor sin escribir de ella.
Ése es el pensamiento peregrino de hoy, que el amor es algo horroroso, terrible. Para empezar, exige un destinatario. Y eso no es lo peor, lo quiere en exclusiva. Más aún, pretende modelarlo a su imagen y semejanza, como si él fuera Dios, y lo amado un amasijo informe de barro. Juro por mi vida que jamás te amé ni te ameré así. Tiene que haber otra manera.
Tiene que existir alguna forma de que una mota de polvo impacte en tu pupila y naufrague en una lágrima que, resbalando por tu mejilla llegue victoriosa a tus labios, sin que tú te des cuenta, sólo la mota y la lágrima, que jamás osarán confiarte tan íntimo secreto.
Tiene que existir alguna forma de que un leve suspiro revuelva una mecha de tu pelo, tan leve que tú no lo notes,sólo la mecha y el suspiro, que nunca osarán confiarte tan íntimo secreto.
Tiene que existir alguna forma de que una mariposa blanca se pose sobre un geranio rojo de tu ventana cuando tú no estás. Y, al volver, ya no haya mariposa blanca, y hasta puede que tampoco geranio rojo. Algo que sólo sabrán la mariposa y el geranio, pero nunca te contarán.
Tiene que existir alguna forma de amarte de la que nadie te haya amado nunca, aunque tú nunca lo sepas.
Tiene que haberla.
Cuando te sueño te veo
rodeada de ababoles,
y una brisa fresca
llega del monte.
Esas nubes barrigudas le dan a la mar un tinte parduzco, creo que está preocupada...
Ma chérie Sela:
Hoy, en mi paseo hacia la orilla del mar, mis pensamientos peregrinos me han conducido a la muerte. A mi muerte concretamente. No me importa dejar de ser, ni me preocupa que ocurra mañana o dentro de cinco años. Hasta pienso que ha de ser dulce y liberador. Pero me ha preocupado mucho la carcasa, la inmundicia que dejaré aquí y que mucha gente puede confundir conmigo, cuando, en realidad, esa cosa, esa piltrafa, ya no seré yo. Sencillamente porque yo ya no seré. Y punto.
Mientras la suegra y la vecina amortajaban a Emma Bovary con su traje de novia, para poder colocarle la corona de azahar sobre el velo, alzaron ligeramente su cabeza, y de su boca surgió de pronto un líquido negruzco y nauseabundo. De la más hermosa de las bocas, de la boca de Emma, la más bonita, la más sensual, la más pecadora. Pero no era así, no podía ser así, porque aquella piltrafa embadurnada de perfumes y vestida de novia no era Emma, sencillamente porque Emma ya no era. Aquello era la carcasa, la basura que restó tras su partida.
Yo tengo la esperanza de acabar en la mesa de disecciones de la clase de Anatomía de la Facultad de Medicina. No ser una piltrafa inmunda, sino un instrumento de estudio, algo útil, no basura. Pero nunca se sabe. No es que me importe, en ese momento nada ha de importarme ya. Pero, ¡qué le vamos a hacer!, no se me quita de la cabeza la maldita carcasa.
Y no sólo eso. No sólo me gustaría no dejar carcasa, también me gustaría no dejar nada de lo otro: memoria, recuerdos... huellas. Me gustaría desaparecer por completo, que de mí nada quedase, ni el más leve rescoldo. No haber sido, que es la mejor manera de no ser. Me repugna causar tristeza a la gente que tanto he querido sencillamente por haber dejado de ser, porque yo, que te quiero tanto, ya no te querré, ya no querré a nadie. ¿Por qué, entonces, alguien habría de quererme a mí?. Y lo peor no es eso, porque no sería a mí a quien querrían, sino a mi recuerdo... recuerdo ¿de qué?. Ahora comprendo por qué lo duro no es morirse uno, sino que se mueran los demás. ¿Será posible que yo deje de quererte cuando me muera?.
Rasgó la noche un destello
de lánguida resonancia
y me pareció distinguir
una sonrisa muy blanca.
Esta tarde las olas, más que romper, susurraban algo parecido a la música.
Ma chérie Sela:
Hoy, durante mi paseo vespertino, me ha pasado por la cabeza una de esas estupideces que todos hemos pensado al menos una vez en la vida: lo que pudo haber sido y no fue.
Desde una perspectiva empírica, la cosa se cae sencillamente por la Ley de la Gravitación Universal. Porque, si no fue, nos quedamos sin razones, sin argumentos, sin principios y sin nada.
Desde una perspectiva racional, la cosa se pone fea, porque caemos en el juicio de valor, y eso es muy peligroso, porque nos hace confundir lo que pudo haber sido con lo que quisiéramos que hubiese sido, dejando de lado lo que fue o dejó de ser. Sólo algunos jilipollas y la mayoría de los filósofos suelen caer en esa trampa, los unos por cortedad de miras y los otros por largueza de egolatría.
Nos queda la perspectiva argumentativa, que no es que sea ni mejor ni peor que las otras, pero es más guapa, más deseable, menos insolente. Argumentemos, pues. Si de lo que se trata es de por qué aquel día que paseábamos por aquella calle, torcimos hacia la izquierda en lugar de hacerlo hacia la derecha. Es decir, si nos metemos en la Mecánica Cuántica, vamos por mal camino, porque entonces resulta que es muy probable que tú y yo seamos lo que somos ahora por culpa de lo que hicimos entonces, pero también es probable que tú y yo no existamos ni hayamos existido nunca, cabe la posibilidad de que yo no esté escribiendo esto y hasta podría ser que ni siquiera naciésemos y, por lo tanto, no somos. No va a ser la Mecánica Cuántica la que resuelva el problema. También podríamos argumentarlo de otra manera: si nuestros sueños, nuestros anhelos, nuestras esperanzas de entonces, hubieran sido otras, las cosas ahora serían distintas. Pero resulta que con otros sueños, otros anhelos y otras esperanzas, no hubiéramos sido nosotros. Y ahí es donde yo quería llegar, para algo había de servir la perspectiva argumentativa, vamos, digo yo.
Yo no quiero que hayas sido otra, yo te quiero como fuiste y como eres, no como pudiste ser o como debas ser ahora. Yo sólo quiero que, después de subir aquella empinada cuesta y torcer a la derecha, después de llamar a aquella puerta con aldaba, apareciese el ser más maravilloso del mundo, sonriendo, con aquella melena negra, la más bonita que yo había visto en mi vida. Nada más... y nada menos. No quiero que las cosas fueran de otra manera, las quiero como fueron, porque quiero quererte a ti toda mi vida, no a la que pudiste haber sido, sino a la que fuiste, a la que eres. Una presencia leve, una sonrisa efímera, un instante en la eternidad, pero tú. No otra, aunque la otra hubiese sido una presencia constante, una sonrisa continua, un instante eterno...
No quiero lo que pudo haber sido y no fue, quiero lo que fue y me importa un bledo lo que pudiese haber sido. Te quiero a ti, como fuiste, como eres, no como pudiste haber sido.
Y si yo fui un rayo raudo de luz, sueño que dura lo que dura un parpadeo, esperanza que se nubla apenas sin espera, mota en uno solo de los cabellos de aquella negra melena. Si es eso lo que fui, si es eso lo que soy, quiero ser lo que fui y lo que soy, no lo que hubiera podido haber sido.
Como pétalos
caían los momentos
y una rosa infinita
resultó ser el tiempo.
Amanece amarillo y oscurece ocre, parece como si a lo lejos la mar se perdiera...
Ma chérie Sela:
Hoy no te me has ido en todo el día de la cabeza. Y no es que eso me resulte extraño, tú siempre estás en mi cabeza, en mi corazón... siempre estás conmigo. Lo raro es que has aparecido sin más, como una recurrencia, casi como un fantasma... Por regla general, durante mi paseo cotidiano hacia la orilla de la mar, cuando me surge uno de esos pensamientos peregrinos, apareces tú, inundas mi alma, caminas junto a mí sin decir nada, sin contradecirme y sin darme la razón, sólo sonríes y me miras, sólo estás ahí... Es mi pensamiento quien te trae. Pero hoy, tú me has traído el pensamiento. ¿Por qué he sentido esa repentina urgencia por pedirte perdón por secuestrarte de este modo?, ¿esa apremiante necesidad de que me perdones por sacarte a pasear sin tu permiso?. Por eso digo que has sido tú quien ha traído el pensamiento, y no el pensamiento quien te ha traído a ti. Pedir perdón. Perdonar. El perdón es patrimonio de quien lo concede, no importa si el perdonado lo ha pedido o no, si lo merece o no. Quien perdona viene a decir: "Ya no me siento ofendido por lo que hiciste o dejaste de hacer, por lo que dijiste o dejaste de decir. Estás perdonado.Sencillamente, te perdono. Pero no olvido. Lo más probable es que si vuelves a hacer o a dejar de hacer lo que hiciste o dejaste de hacer, lo que dijiste o dejaste de decir, me dé exactamente igual, me resbale. Pero también podría ocurrir que me volvieses a ofender, entonces el perdón desaparecería. Perdonar no es olvidar, y el perdón no sienta precedente. ¿De qué y por qué, entonces, voy a pedirte perdón?. En todo caso, te pediría que no me perdonases, porque estoy seguro de que no lo merezco. Pero, ¿qué importa que lo pida o no lo pida, que lo merezca o no lo merezca?. Además, pienso seguir secuestrándote, sacándote a pasear sin tu permiso. No lo puedo evitar. Te quiero y eso ya no tiene cura.
Dejaste una flor
sobre mi mesa,
sin motivo aparente,
sin razón concreta.
Sencillamente,
sin merecerla.
jueves, 15 de mayo de 2014
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