jueves, 19 de junio de 2014

LA OTRA DIMENSIÓN

Me he estado preguntando muy seriamente sobre la persona a emplear en esta narración, y si me he decidido por la primera persona no ha sido por comodidad literaria, sino porque vosotros, tristes habitantes de la tercera dimensión, no me entenderías si hablara en cuarta persona. En segunda, no me da la gana, y en tercera ya os han contado demasiadas historias esos autores que se creen dios y que, aunque lo sean, son dioses defectuosos. Por lo tanto, cuando yo diga "yo", no me estoy refiriendo a mí mismo, sino a una parte de ti que todavía no conoces ni conocerás nunca. No quiero decir que seas imperfecto, es muy probable que no lo seas. Lo qué sí eres es absolutamente incompleto. Por eso no te puedo ayudar. Sólo tú puedes ayudarte a ti mismo. Pero no lo vas a hacer, nadie lo hace...
No tengo intención de hablar mucho sobre mi infancia. La infancia suele ser una época sobre la que tenemos muy pocos recuerdos, y los pocos que tenemos suelen ser falsos. Las mentiras las prefiero premeditadas antes que involuntarias, ¿qué gano diciendo que, de niño, no me gustaban las chicas, odiaba a los chicos, mis maestros eran unos cerdos sádicos que sólo pretendían enseñarme el "Cara al sol", que el cura era un tipo asqueroso que sólo quería que se la chupara o que me la meneaba a escondidas?. Es muy probable que todo eso sea mentira y mis recuerdos se confunden con mis sueños o con las películas, que son como los sueños, pero huelen, no como los sueños, que no huelen...
Hice Bachillerato como supongo se suelen hacer todas las cosas: contra mi voluntad. Un día, mi padre me preguntó muy serio: ¿Quieres hacer Bachillerato?. Los maestros me han dicho que eres muy bueno. ¿Cómo cojones pudieron decirle algo así unos tipos babosos que ni siquiera lograron que me aprendiera el "Cara al sol"?. Seguramente lo hicieron porque, como nunca intenté asesinar a ninguno de ellos, lo consideraron prueba más que suficiente para catalogarme de borrego adicto al régimen y digno de cursar estudios superiores. Yo interpreté la pregunta de mi padre como una orden e hice Bachillerato. Eso sí, mi padre, muy serio, me dijo que éramos pobres y que tenía que sacar una beca todos los años, de lo contrario, tendría que dejar los estudios. No sé cómo interpreté eso de tener que dejar los estudios, pero debió ser algo terrible, porque descubrí lo que significa matar por algo: yo hubiera matado por aquellas becas.
Como todo buen estudiante de Bachillerato, una de las primeras cosas que hice fue enamorarme de una de mis compañeras, en este caso de Anastasia, que no era la hija menor de los zares de Rusia, pero sí se parecía perturbadoramente a Ingrid Bergman. No es que yo supiera por entonces ni, por supuesto, que sepa ahora, lo que es el amor o qué se siente cuando se está enamorado, pero me atuve fielmente a los manuales sobre el tema de Gustavo Adolfo Bécquer y a los consejos de la fiel Brígida, por lo tanto acabé perdidamente enamorado poniendo ojos de cordero degollado cada vez que la veía.
A ella eso parecía agradarle porque, no es que juntara las manos, encogiera los hombros e hiciera mohínes como Chaplin en las películas donde se enamoraba, es decir, en todas. Pero me sonreía, me decía hola con un susurro encantador y se ruborizaba ligeramente, lo justo como para que yo lo notara y los demás ni se dieran cuenta. Aquella historia fue maravillosa: jamás me declaré, no padecí mal de amores, nunca tuve duda alguna sobre mis sentimientos o los de mi amada. ¡Qué maravilloso hubiese sido que aquello hubiera continuado así in secula seculorum, amén.


domingo, 8 de junio de 2014

BIGNÉ


Ibn Jaldún, en su obra "al-Muqaddimah" del siglo XIV, nos aclara bastante bien la diferencia entre el símbolo del poder y el poder en sí mismo. Algo tan vigente hoy día como lo era en el siglo IX al que hace referencia: "Su poder (del hachib) era enorme, ya que abarcaba todas las ramas de la administración (...) Al-Hakam II delegó casi todos sus poderes en su hachib al-Mushafi, y este poderoso chambelán fue sucedido por Ibn Abi Amir, que gobernó Al-Andalus con el título de hachib, ayudado por varios visires".
Uno de los aspectos más fascinantes del castillo jordano de Qusayr Amra son sus hermosas pinturas murales. En ellas es posible casi leer la historia de los primeros años del Islam y descubrir que hubo un califato independiente en un mítico lugar llamado Al-Andalus, cuya capital era la exuberante ciudad de Corduba. Los Omeyas no hicieron de la península ibérica su cortijo particular, sino que crearon uno de los mitos que todavía perduran en la cultura árabe. Precedieron a la larga noche medieval cristiana. Las tierras de Al-Andalus ya nunca volverían a ser un lugar civilizado. Es curioso que unos frescos en Jordania se hayan convertido en la clave de nuestras raíces.
Una de las puertas de la Mezquita de Córdoba, llamada de San Esteban, tiene un precioso arco de herradura y está muy bien conservada dadas las circunstancias (circunstancias como, por ejemplo, que se llame "de San Esteban"). Esta puerta, como gran parte de las obras de ampliación emprendidas por el emir Abd al-Rahman II, fueron encomendadas a y realizadas por un tal Nasr y un tal Masrut. Así, sin precedentes y sin descendientes, es decir, sin los típicos veinte apellidos de los árabes de pura cepa. (Lo de los ocho apellidos vascos, no lo inventaron los vascos porque, a pesar de que Adán y Eva, entre ellos, hablaran euskera, jamás vasco alguno inventó cosa alguna...  perdón, salvo el patriotismo... español). A lo que íbamos, que no era a Bilbao precisamente, el tal Nasr y el tal Masrut se llamaban así, a secas, porque eran dos eunucos. Vivían como Dios sin ser ni siquiera hombres. Abd al-Rahman II no sólo los admiraba, también los envidiaba. Hasta el mozárabe Eulogio (supongo que no esperaréis que os explique qué coño cosa es un mozárabe) hablaba de ellos como grandes "hombres". Y lo eran, ¡voto a Dios que lo eran!, eso sí, conviene no confundir a un gran hombre con un puto tío de mierda con un par cojones de mierda.
En el Museo Diocesano Catedralicio de Ourense se conserva una preciosa arquilla árabe hecha con madera labrada. Está vacía porque fue fruto, muy probablemente, de un saqueo cristiano: uno de esos saqueos que tan habitualmente se atribuían a los árabes porque la historia la escribe quien la escribe y en las escuelas se enseño lo que se enseña. Pero el tema es otro: en esas arquillas, logicamente, se guardaba algo, generalmente riquezas fruto, no de la rapiña, sino de los generosos estipendios con los que siempre se ha recompensado la fidelidad. Eso nos lleva a unos personajes muy bien estipendiados: los eunucos. Durante la época Omeya, un eunuco no era cualquier cosa. Podría definírsele de la siguiente manera: Un tipo capaz de derrotar a todo un ejército, cortar personalmente las cabezas de los prisioneros, seleccionar las más importantes para entregárselas personalmente al emir de turno o al califa correspondiente, tirarse a todo el harén dejando de ello un recuerdo imborrable en todas las concubinas teniendo la delicadeza, además, de no dejar embarazada as ninguna de ellas. Eso sí, tras ser degollado por los valerosos caballeros cristianos tras una batalla de mala fortuna, la arquilla de sus tesoros, una vez vaciada, acabó en un Museo Diocesano gallego para la mayor gloria de Dios.
Las "Maqamat", ese precioso manuscrito bagdadí del siglo XIII que se encuentra en la Bibliothèque Nationale de Paris, contiene una serie de miniaturas adornando el texto que son auténticas joyas pedagógicas. Siempre se ha dicho que las mejores historias ilustran la vida. Pues estas ilustraciones clarifican la historia. ¡Qué pena que aquellos que mejor pueden leer los textos no sean capaces de descifrar las ilustraciones!.
Un ciudadano francés, hombre curioso y letrado, conserva en su biblioteca un fragmento de pergamino atribuido presuntamente al mismísimo Profeta. En él, Mahoma invita al rey de los persas Cosroes II a convertirse a la fe verdadera. No es muy probable que Cosroes II hiciera tal cosa, pero si lo hubiera hecho, tal vez hubiese tenido serios problemas con la ley, sobre todo si nos atenemos a los fundamentos jurídicos del malikismo. Nunca ha sido fácil abrazar una creencia religiosa. Todo parece indicar que es mucho más sencillo no abrazar ninguna creencia y conformarse con abrazar a las creyentes.
"Cuéntase de Al-Hakam que cuando, con intento de destronarle, se sublevaron los habitantes del arrabal, que eran los más valientes de su ejército, y los principales de los habitantes de la ciudad, mantúvose firme en la lucha, combatiéndolos valerosamente". Texto extraído de "Ajbar Machmuka", anónimo del siglo XI. Es curioso, pero la vieja costumbre de ensalzar el valor del enemigo para realzar el propio se ha perdido, como se perdió hace tiempo la costumbre de pensar. Hoy, el enemigo es un atajo de cobardes sin virtud alguna. ¿Qué mérito puede haber en derrotarlo?.
En Damasco se conservan los restos del palacio Azem. Allí se puede admirar una pintura sobre tela que representa a un caballero árabe, es decir, un soldado montado a caballo. No sería nada extraño que este caballero fuera un maulá contractual, o sea, un ex-caballero cristiano reconvertido en guerrero musulmán, algo en absoluto extraordinario en cierta época, de la misma forma que no fueron extraordinarios los caballeros musulmanes reconvertidos en guerreros cristianos en otras épocas. A fin de cuentas, las banderas se inventaron mucho tiempo después, y siguen siendo trapos que sólo sirven para limpiarse el culo.
En la Bibliothèque Nationale de Paris podemos encontrar un manuscrito bagdadí del siglo XIII titulado "Maqamat" en el que su autor, Abú Muhammad al-Kasim Hariri, nos habla de las manumisiones. Un esclavo manumitido venía a ser el equivalente del esclavo liberto de los romanos. Eso sí, tras el juramento sagrado de que él y toda su prole serían siervos del señor correspondiente. Dice un amigo mío que, por cierto, no es musulmán, que, a día de hoy, un manumitido es un funcionario, un profesor de Instituto, pongamos por caso, de Historia, sin ir más lejos.
En el museo Topkapi de Estambul podemos encontrar un curioso manuscrito de 1.388 titulado "Siyer-i Nebi". Su autor, un tal Mustafá  ibn Yusuf ibn Umar al Mawlawi al Arzan al Rumi, habla (o mejor, escribe) sobre la conveniencia de convertirse a la verdadera fe, es decir, el Islam. (Curiosamente, en eso suelen estar de acuerdo los creyentes de todas las religiones: todos ellos llaman a la suya la verdadera fe). En una miniatura de ese libro aparece la figura del Profeta, sin cara, por supuesto. Parece ser que, o bien el Profeta no tenía cara, o bien la cara del profeta resplandecía de tal manera que resultaba imposible contemplarla sin quedarse ciego. Los otros personajes de la miniatura sí tienen rostro reconocible. No por nosotros, a estas alturas, pero sí muy probablemente por las gentes de la época. ¡Cojones con la puta genealogía!.
En la Biblioteca Nacional de Madrid hay un curioso manuscrito bizantino del siglo XI conocido como "Crónica bizantina de Ioannes Scylitza" donde se ilustra la sangrienta victoria del bizantino Petronás sobre las tropas árabes acaecida en 863. Curiosamente, el tal Petronás acabó siendo ancestro de una familia maulá (una especie de servidores privilegiados) de los Omeya y colaboró en sonadas victorias de sus ejércitos. Y es que un soldado es un soldado, mata para un señor y ese señor le paga por matar.
Lucena está en Córdoba, si alguien te cuenta que está en otro sitio, te está engañando. En Lucena, bonito lugar, es fácil encontrar viejas lápidas de enterramientos musulmanes donde figuran los nombres de los enterrados allí. Esos nombres parecen tener muchísimos apellidos. No es tal. Se trata de los nombres del padre, del abuelo, del bisabuelo... y así sucesivamente hasta encontrar el nombre del ancestro de la estirpe. Es decir, del muerto en cuestión no sabremos nada: ni cual era su oficio, ni si se casó con cinco hermanas y una prima, ni siquiera si era guapo o feo. Sólo sabremos que su familia estaba relacionada con cierta rama noble o famosa, es decir, sabremos muchas cosas, pero no sabremos nada. Bueno, sabemos que era musulmán y que Alá es grande y poderoso. Pero todos los musulmanes sabemos que sólo hay un Dios y que un día regresaremos a Córdoba. A pesar de todo cuidaremos esas lápidas. ¡No faltaría más!.
En la Biblioteca Nacional de Madrid hay un  viejo pergamino persa del siglo XI donde se deja clara la importancia de la genealogía, pero no la del homo sapiens en concreto (es curioso que, en asuntos genealógicos, la cultura árabe no distinga entre puros, esclavos o infieles, siempre y cuando el ancestro común fuese un servidor de Alá), lo importante de ese pergamino es lo genuino de la genealogía de los camellos. Hay hombres buenos y hombres malos, pero todos los camellos son hijos de Alá.
 
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