Me he estado preguntando muy seriamente sobre la persona a emplear en esta narración, y si me he decidido por la primera persona no ha sido por comodidad literaria, sino porque vosotros, tristes habitantes de la tercera dimensión, no me entenderías si hablara en cuarta persona. En segunda, no me da la gana, y en tercera ya os han contado demasiadas historias esos autores que se creen dios y que, aunque lo sean, son dioses defectuosos. Por lo tanto, cuando yo diga "yo", no me estoy refiriendo a mí mismo, sino a una parte de ti que todavía no conoces ni conocerás nunca. No quiero decir que seas imperfecto, es muy probable que no lo seas. Lo qué sí eres es absolutamente incompleto. Por eso no te puedo ayudar. Sólo tú puedes ayudarte a ti mismo. Pero no lo vas a hacer, nadie lo hace...
No tengo intención de hablar mucho sobre mi infancia. La infancia suele ser una época sobre la que tenemos muy pocos recuerdos, y los pocos que tenemos suelen ser falsos. Las mentiras las prefiero premeditadas antes que involuntarias, ¿qué gano diciendo que, de niño, no me gustaban las chicas, odiaba a los chicos, mis maestros eran unos cerdos sádicos que sólo pretendían enseñarme el "Cara al sol", que el cura era un tipo asqueroso que sólo quería que se la chupara o que me la meneaba a escondidas?. Es muy probable que todo eso sea mentira y mis recuerdos se confunden con mis sueños o con las películas, que son como los sueños, pero huelen, no como los sueños, que no huelen...
Hice Bachillerato como supongo se suelen hacer todas las cosas: contra mi voluntad. Un día, mi padre me preguntó muy serio: ¿Quieres hacer Bachillerato?. Los maestros me han dicho que eres muy bueno. ¿Cómo cojones pudieron decirle algo así unos tipos babosos que ni siquiera lograron que me aprendiera el "Cara al sol"?. Seguramente lo hicieron porque, como nunca intenté asesinar a ninguno de ellos, lo consideraron prueba más que suficiente para catalogarme de borrego adicto al régimen y digno de cursar estudios superiores. Yo interpreté la pregunta de mi padre como una orden e hice Bachillerato. Eso sí, mi padre, muy serio, me dijo que éramos pobres y que tenía que sacar una beca todos los años, de lo contrario, tendría que dejar los estudios. No sé cómo interpreté eso de tener que dejar los estudios, pero debió ser algo terrible, porque descubrí lo que significa matar por algo: yo hubiera matado por aquellas becas.
Como todo buen estudiante de Bachillerato, una de las primeras cosas que hice fue enamorarme de una de mis compañeras, en este caso de Anastasia, que no era la hija menor de los zares de Rusia, pero sí se parecía perturbadoramente a Ingrid Bergman. No es que yo supiera por entonces ni, por supuesto, que sepa ahora, lo que es el amor o qué se siente cuando se está enamorado, pero me atuve fielmente a los manuales sobre el tema de Gustavo Adolfo Bécquer y a los consejos de la fiel Brígida, por lo tanto acabé perdidamente enamorado poniendo ojos de cordero degollado cada vez que la veía.
A ella eso parecía agradarle porque, no es que juntara las manos, encogiera los hombros e hiciera mohínes como Chaplin en las películas donde se enamoraba, es decir, en todas. Pero me sonreía, me decía hola con un susurro encantador y se ruborizaba ligeramente, lo justo como para que yo lo notara y los demás ni se dieran cuenta. Aquella historia fue maravillosa: jamás me declaré, no padecí mal de amores, nunca tuve duda alguna sobre mis sentimientos o los de mi amada. ¡Qué maravilloso hubiese sido que aquello hubiera continuado así in secula seculorum, amén.
jueves, 19 de junio de 2014
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