-¡Pero qué tonta soy y qué pesada me pongo a veces!. Supongo que has venido para ver a Manuel. Quizá, incluso con la intención de secuestrarlo. Me pillas in fraganti coqueteando con él en medio de la calle a diez y siete grados bajo cero y yo, encima, me dedico a tirarte los tejos sin recato y sin vergüenza. ¿Qué habrás pensado de mí?.
-Es cierto que he venido a ver a Manuel, porque su carencia me aplastaba como un agujero negro. Tenía la intención de invitarlo a tomar un café en esa mesa propia que posee en Casa de Emilio. Esa era la intención que tenía, ¿qué tal se me da el uso y abuso del pretérito imperfecto?.
-Se te da de cine.
-A ti sí que se te da de cine lo de tirar los tejos y, supongo, lo de coquetear con el guardia de puertas. ¿Sabes lo que pienso de ti?.
-Déjame adivinarlo. Soy más casquivana que burguesa. A pesar de este abrigo y de estos galones de sargento, me gustaría llevar unas bragas azul celeste como el azul del cielo en vez de unas tontas bragas blancas como las alas de las mariposas blancas...
-Este Manuel es un bocazas y un irreverente, ¿sabías que él lleva...?
-¿Un slip rojo como los morritos de una call girl?.
-Veo que ha encontrado usted la horma de su zapato, señor guardia. ¡Ah!, usted y yo, mi sargento, hablábamos de lo que pienso de cierta dama desvergonzada. Imaginaba que eras una tía estupenda, pero ni se me había pasado por la cabeza que fueras la hostia en verso.
-Si no hubiera observado el repelús con que miras el umbral de esa puerta, te habría propuesto tomar el café en otra mesa propia, ésta mía y, cuando tú quieras, tuya. Naturalmente, invitaríamos a Manuel, animalico, no lo vamos a dejar aquí tirado...
-Recuerdo perfectamente la primera vez que crucé el umbral de esa puerta, la primera y la última. Hacíamos tercero. Manuel había cogido la gripe y estaba en cama. Pedro García, Josefa y yo vinimos a visitarlo y a traerle el examen de Latín, el cura le había puesto un nueve. Su padre estaba de puertas y, en cuanto nos vio llegar, salió a nuestro encuentro con una gran sonrisa y se ofreció a acompañarnos a su casa. Hacía un frío de cojones, como hoy, más o menos. Dejó a un compañero relevándolo y nos condujo hasta la habitación de Manuel. Nos aconsejó que permaneciéramos al pie de la cama, sin acercarnos demasiado, porque aquello era muy contagioso y el hombre estaba preocupado por nosotros. Cinco minutos después apareció su madre con una bandeja con chocolate y picatostes. Ningún compañero de Manuel había ido nunca a visitarlo a su casa, siempre era él quien nos visitaba a nosotros en las nuestras. Quizá por eso sus padres se sintieron tan sorprendidos.
-Y orgullosos, sobre todo mi padre se puso muy orgulloso. La hija de Pepe el del Agua y el hijo del tío Quico, ¡dos comunistas!.
-La otra era yo, la hija del profesor de Francés. Republicano, claro, pero de derechas de toda la vida.
-Mis hermanos son los dos camisas viejas de la Falange, pero republicanos de toda la vida. A mi padre lo fusiló la Guaedia Civil en la Guerra. Mi familia vive en Liétor, un pueblo del sur de Albacete. Nunca he vuelto a saber nada de ellos.
-Si me coges del brazo, como si me llevaras detenida, cruzaré contigo el umbral de esa puerta.
-Le diré a Zoraida que avise a Alfonso para que venga a relevar a Manuel.
-Sin prisas, mi sargento.
-Me gusta verte feliz.
-¿Qué te hace sospechar una cosa así?.
-¿A ti qué te parece?
Manuel supo inmediatamente lo que tenía que hacer, no estaba muy seguro de cómo hacerlo, pero sabía lo que tenía que hacer. Venía a ser algo así como el Reglamento para el Servicio del Duque de Ahumada, estaba clarísimo, en la letra y en el espíritu. Tan cierto como que, como el honor perdido, no se recuperó jamás. En opinión de Manuel jamás existió realmente. Además de descubrir de súbito qué lo unía tanto al sargento Pacheco, qué admiraba de él y qué diablos hacía un tipo como Manuel Sanchís Alpuente, natural de Gandía y vecino de Ayora, con aquel uniforme verde oliva del que un tal Antonio Vargas Heredia, hijo y nieto de Camborios debería haber hecho una fuente de sangre con cinco chorros. Y, es que una cosa estaba clara, la Guardia Civil muere, pero no se rinde, o se moja, pero no encoje, o te hostia por ir a la feria de Utrera, con tantas ferias cómo hay, digo yo.
-Creo que soy la persona más indicada para hacer las presentaciones oficiales que corresponden a este solemne acto. Águeda, te presento a la señorita Maria del Carmen Campos Carrasco, secretaria del Ilustrísimo Ayuntamiento de esta muy noble y más leal villa. Mari Carmen, te presento a Doña Águeda Orozco y Padilla de Lahoz, esposa del sargento Comandante del Puesto de la Guardia Civil de este puto pueblo.
Águeda abrazó efusivamente a Mari Carmen y la besó en los dos centímetros cuadrados de mejilla derecha que resplandecían entre el gorro de lana y la bufanda. Tiernos, dulces y cálidos labios sobre una inerte y gélida mejilla. En un examen de Física y ante una pregunta sobre el primer principio de la Termodinámica, una respuesta como "un beso de Águeda" era garantía de sobresaliente, y una foto de la cara de Mari Carmen como respuesta al segundo principio, era matrícula de honor summa cum laude. Y el maldito guardia hijo de guardia a la vera de ambas y en el corazón de las dos, algo así como el ciclo de Carnot haciendo que le energía ni se crease ni se destruyese, sino que se hiciese merecedora de todos los besos, de todas las caricias. Te odio, pensó Mari Carmen, te odio con toda mi alma desde el primer día que te vi.
-He deseado hacer esto desde que te vi por primera vez en la calle de la Marquesa.
-Número cinco, supongo.
-¿El Ayuntamiento es el número cinco?.
-Fue el cinco-siete durante un tiempo. Pero ahora es el cinco a secas. ¿Sabes?, ni se me ocurrió soñar que pudieras haber deseado algo así.
-¿Qué deseabas tú?.
-Besarte, claro. Pero yo soy una guarra, y soñaba con otro beso...
-¿Te da vergüenza hacerlo delante de Manuel?.
-¿Delante de este puto guardia hijo de guardia, delante del amor de mi vida?. ¿Qué demonios pone en ese puñetero cartel semicircular que figura sobre la puerta?.
-El honor es beso principal... Y algo sobre las divisas.
Le bajó la bufanda y la besó en los labios.
Cuando Mari Carmen llegó a su despacho del Ayuntamiento inició sistemáticamente el plan preconcebido en un principio: Cerró la puerta con llave por dentro para que quienquiera que pretendiese entrar allí no tuviera más remedio que llamar a la puerta, una puerta que no tenía ni la más remota intención de abrir. Encendió las tres estufas a toda leña. Se desparramó en su sillón con los pies sobre la mesa y se concentró, o intentó concentrarse, en las últimas veinticuatro horas con Manuel. En todas las locuras de amor que habían hecho, o por las que se habían dejado llevar en el tálamo de su altiva biblioteca bajo su edredón de nubes. Estaba locamente enamorada de aquel maldito guardia hijo de guardia al que había odiado desde el primer día que vio. Lo odiaba locamente. Odiaba su piel acariciadora, odiaba sus labios dulces, odiaba sus cautelosas caricias, el sísmico temblor de todo su cuerpo al sentirse poseída por él, el deseo cataclísmico de sentirlo poseído por ella... Quizá por eso, ese rayo que no cesa le hizo sentir una inmensa apetencia por su compañía, una infinita querencia por su acento y una inevitable dolencia de melancolía por la ausencia del aire de su viento. Podría visitarlo en su cuartel y exigirle su libro de Hernández, pero aquel libro de Hernánez era de Manuel, no suyo, y estaba en su altiva biblioteca, entre Veinte poemas de amor y una canción desesperada y las Soledades. Pero era imponderable ir, con o sin motivo, con una o con mil razones, o con ninguna, sólo por amor. Mirarlo, ver que él también sentía poderosamente una apetencia por su compañía... Sencillamente, ir a la canción e ir al beso... ¡Maldita Orihuela, y malditos oriolanos casados con hijas de guardias civiles... Cabrero de los cojones que ni tuvo huevos de ser un andaluz de Jaén y pegarle un tiro en los huevos al capitán Cortés en el Santuario de la Virgen de la Cabeza!. ¡Cómo te odio, maldito guardia hijo de guardia!.
Al ver a Manuel acompañado, además, de Águeda Orozco, de uniforme, como él, sin tricornio pero con galones de sargento primero en la bocamanga derecha, sintió algo extraño que no se supo explicar, ni maldita falta que le hacía explicarse nada, por supuesto. Aquella mujer la fascinó desde el primer día que tuvo ocasión de verla y, además, siguió fascinándola cada vez que Matías le había hablado de ella. Y, por encima de todas las cosas, sabía que Águeda fascinaba a Manuel. Lo había visto besarla, justo bajo la ventana de su cocina, al sonar la doudécima campanada del reciente año nuevo. Es cierto que fue Águeda quien besó a Manuel. ¡No faltaría más!. Manuel besando a la esposa de su sargento delante de sus narices, "sus" de él, Matías, y "sus" de ella, Mari Carmen. Pero Manuel la había besado a ella, más incluso de lo que ella lo había besado a él. Por eso llegó sonriente junto a ellos, por eso se detuvo y los miró esperando a que fuera Manuel quien tomase la palabra. Porque estaba segura de que aquel maldito guardia hijo de guardia era quien tendría que apechugar con la situación. Una situación que la divertía, una situación que prefería al beso del hortelano con la sangre injuriada, porque era el acento de su querencia, porque era su huerto y su higuera. Ánimo, Manuel, tú puedes. Estoy esperando...
Estaba guapa la condenada. A pesar de aquel inmenso abrigo verde con galones de sargento primero en la bocamanga, a pesar del gorro gris que le cubría las orejas, a pesar de la gotita congelada que le colgaba de la nariz como una estalactita, a pesar de los pesares, estaba guapa la condenada. Se moría de ganas de besarla, pero hubiera preferido mil veces morir antes que intentarlo siquiera. ¿Se moría ella de ganas de que él la besara, de besarlo a él?. Lo había puesto en un verdadero brete, lo había perturbado como nunca antes lo había hecho. Su cerebro comenzó a funcionar como suelen hacerlo los cerebros normales, esos que no necesitan horas, días, semanas, meses o años para tomar una decisión, esos cerebros de andar por casa que deciden en cinco segundos, diez a lo sumo. Esos cerebros que casi siempre se equivocan, como todos los demás, pero lo hacen con sencillez, con la sencillez de todas las cosas. Se equivocan. Punto. Se vuelven a equivocar. Puntos suspensivos... Cabían tres posibilidades ante una situación como aquella, sólo tres, ni una más, ni una menos. Una era la correcta y las otras dos absolutamente desatinadas. Una obviedad y dos majaderías. pero imposibles de distinguir a primera vista, sobre todo si la decisión ha de ser tomada en cinco segundos, diez a lo sumo. Punto primero: Águda le estaba tirando los tejos, intentaba seducirlo, llevárselo al huerto. Punto segundo: Águeda lo estaba poniendo a prueba, quería asegurarse de hasta qué punto un tipo como él era digno de confianza, o digno de besos. Punto tercero: el camino sencillo de las demostraciones matemáticas, ese punto en el que nos damos cuenta de que todo funciona como debe funcionar, en que imperturbablemente se cumplirá el teorema, en el que brilla la verdad como un relámpago, como si, de verdad, fuera cierta: Águeda había dicho la verdad desde el principio, tenía un montón de favores que pedirle. Y uno de ellos debía ser, indubitablemente, el sueño e su vida. Águeda quería ser su amiga del alma, no del cuerpo, de la misma forma que él siempre quiso ser su amigo del alma, y un poco del cuerpo también, ¡qué demonios!. Porque estaba guapa de cojones la condenada, a pesar de...
-Manuel...
-Dígame usted, buena mujer.
-Tengo más favores que pedirte...
-Dalos por hechos.
-Desde hace un tiempo vengo pensando tonterías. Bueno, no son tonterías. No lo sé. No sé lo que son. Pero vengo pensando. Creo que un corazón, pongamos el mío, es algo inmenso, inabarcable. Matías es el hombre de mi vida, lo es desde que tengo uso de razón, desde que un día, subiendo él con su compañero de servicio por la cuesta del río...
-Tú estabas sentada en el tronco de un árbol caído, llevabas un vestido a rallas blancas y azules que te llegaba hasta los calcetines blancos, justo por encima de unos brillantes zapatos de charol negro, como hechos con un recorte de tricornio... Llevabas unas trenzas...
-Lo cuentas como si hubieras estado allí.
-Esa es la impresión que tuve cuando Matías me lo contó. Bueno, no me lo contó a mí directamente, lo recitó en voz alta con la mirada perdida mientras almorzábamos una mañana de servicio bajo la sombra de un pino... Eres la mujer de su vida. Creo que eres lo único más importante para él que su uniforme. Pero tienes razón en una cosa. ¿Conoces la paradoja del hotel de las infinitas habitaciones?.
-Tengo la impresión de que no va a ser necesario que te dé una lista de todos los favores que tenía pensado pedirte. No te puedes imaginar lo feliz y orgullosa que me siento por ello.
-No tiene ningún mérito por mi parte. Soy yo el que...
-Matías me lo contó, ¿sabes?.
-¿Qué te contó Matías?.
-Vuestra conversación en el banco junto a la rambla en la madrugada del año nuevo. Que mi beso te encantó, que...
-¿Que estoy enamorado de ti?.
-Sí, eso también me lo dijo. Pero fue después de que yo le dijera que estaba enamorada de ti y que estaba loca por besarte...
-Hacía tiempo que yo estaba loco por que me besaras. También le dije eso en aquel banco.
-¿Le dijiste eso a tu comandante de puesto en pleno servicio?.
-Sí. Íbamos armados los dos.
-¡Ah!, ¿si?.
-Sí, íbamos armados de misericordia. Fue la primera novela que sustrajo clandestinamente de mi pabellón.
-Seguramente Mari Carmen le habló de Don Benito y...
-Sí, eso debió ser.
-¿Qué ocurre en ese hotel de las infinitas habitaciones?.
-Bueno, se trata de un hotel con infinitas habitaciones. Pero muy popular, tanto que siempre está lleno. Un día se presentan allí infinitos clientes pidiendo una habitación cada uno. El dueño se enfrenta a un gran compromiso, porque tiene el hotel lleno. Pero se le ocurre una idea. Como todos sus clientes son gente de confianza, les pide un favor: Cada uno de ellos deberá abandonar su habitación y ocupar la que tiene el número doble de la suya, es decir, el cliente que ocupa la habitación número uno pasará a ocupar la número dos, el de la número dos se trasladará a la número cuatro, el de la tres, a la seis. Y así sucesivamente. De este modo, todos los antiguos clientes tendrán una habitación y, además, dispondrá de otras infinitas habitaciones para los nuevos infinitos clientes.
-Ahora supongamos que yo soy esa vieja compañera de Bachillerato que quiero ser y que tú quieres que sea. Sé bueno, explícame el problema.
-Tu corazón es como ese hotel, porque yo sólo me enamoro de mujeres con el corazón infinito, Matías ocupa infinitas habitaciones de ese hotel, pero tú dispones de infinitas partes finitas para otras cosas, partes finitas, hasta puede que casi insignificantes, pero en las que no está Matías. Toda tú eres de Matías, pero otra toda tú eres tuya: ni de Dios ni de nadie.
-¿Eres tú uno de esos nuevos clientes de mi hotel?.
-Pero yo sólo quiero una habitación pequeñita. Sin cama pero con labios.
-Cuando ibas al Instituto, ¿te las llevabas a todas al huerto?.
-Esa mujer que se acerca por la calle, envuelta en un abrigo de paño grueso, dos gorros de lana, tres jerseis, una falda hasta los tobillos, unas botas hasta las rodillas, unos calcetines gruesos, dos leotardos, una camiseta y dos bufandas, es Mari Carmen. ¿Por qué no se lo preguntas a ella?. Era una de esas compañeras de Bachillerato que tú supones que me llevaba al huerto.
-Parece que la hayas vestido tú. ¿Qué clase de sujetador usa?.
-No usa sujetador, las mujeres maravillosas, como Josefa, ella y tú, no usáis sujetador.
-Pero es que yo no tengo nada que sujetar. ¿De qué color lleva las bragas?.
-Azul celeste.
-Yo las llevo blancas. ¿Tú llevas calzoncillos blancos?.
-No, yo uso slips. Los tengo de varios colores. Hoy los llevo rojos.
-Es por si me pregunta, ¿sabes?.
Manuel no se cercioró de la presencia de Águeda frente a la puerta del cuartel hasta que, una vez organizado el cuarto de puertas y encendida la estufa a toda pastilla, se asomó movido por la rutina del servicio, ese servicio de puertas que siempre consideró el más rutinario de todos los servicios, a pesar de la insistencia del sargento Pacheco en que toda la seguridad del acuartelamiento dependía de la eficacia en el cumplimiento de ese servicio. Esa rutina y esa insistencia hicieron que Manuel se asomara a la puerta y descubriera a Águeda paseando por la acera entre los setos del jardín. Pensó que salir corriendo a su encuentro, o más bien en su auxilio, era una temeridad, y acercarse paseando como si tal cosa, una indecencia. Así que caminó hacia ella con la oportuna rapidez y la suficiente calma que deben caracterizar el comportamiento de cualquier guardia civil digno de ese nombre, a pesar de ser consciente de la poca consonancia entre él y el Benemérito Cuerpo. Águeda llevaba puesto el abrigo de su marido, con el cuello levantado hasta el final del gorro de lana que le cubría la cabeza, las manos en los bolsillos y lanzando inmensas nubes de vaho por la boca y la nariz, Manuel se detuvo junto a ella perturbado por la belleza del trocito de cara que se mostraba al descubierto. Una vez más, pensó en lo muchísimo que le gustaría charlar con una amiga así en la mesa propia de que disponía en Casa de Emilio, o paseando como dos enamorados por los senderos de la Virgen del Rosario. No estaba muy seguro de que hubiese muchas maneras de amar a las mujeres pero, de haberlas, una de las más hermosas era sin duda la manera en la que él amaba a Águeda.
-Buenos días, Doña Águeda.
-Buenos días, Manuel. No te felicito el año nuevo porque creo que ya lo hice.
-Sí, señora, lo hizo usted. ¡Voto a Dios que sí lo hizo!.
-Me hace feliz que lo recuerdes así.
-No estoy seguro de estar metiéndome donde no me llaman, pero, ¿qué demonios hace usted en la calle a estas horas y con diez y siete grados bajo cero?.
-Llevo diez minutos esperándote. Creí que me habías visto salir.
-Lo siento, por supuesto que no la vi. Pero, si tenía algo que decirme, ¿por qué no lo hizo en el cuarto de puertas?. Aquello es lóbrego, lo sé, pero está caldeado.
-Caldeado... y al alcance de mi esposo que, por cierto, acaba de entrar en el pasillo que conduce a su despacho.
-Es usted mejor guardia de puertas que yo, debe ser por el uniforme que lleva. Le ha tomado usted cariño a ese abrigo. ¿Por qué cree que su esposo no se ha acercado a nosotros para comprobar lo que sucede?.
-Porque Matías sabe perfectamente lo que sucede.
-Pues sabe mucho más que yo.
-Me gustaría pedirte un favor... Bueno, un montón de favores... Y no sé por dónde empezar...Pero como dice Matías citándote a ti, la mejor manera de comenzar algo es por el principio... Manuel, ¿sería demasiado desagradable para ti llamarme Águeda a secas y tutearme?.
-Tengo un secreto que confesarte.
-Yo también. Tú primero.
-Sueño con tutearte como a una vieja compañera de curso.
-Yo le tengo cariño a este abrigo porque lo llevaba puesto la primera vez que te besé.
-Y la única. Además, fue una felicitación de año nuevo...
-Ya lo sé. Matías estaba delante, ¿recuerdas?. Pero tú también lo hiciste.
-¿Qué hice yo?.
-Besarme.
-¡No señora, usted me besó a mí!.
-También te besó Zoraida, ¿no?.
-Sí, lo hizo. Para felicitarme el año nuevo.
-Y tú le devolviste el beso en la mejilla derecha.
-Bueno, es normal, ¿no?.
-¿Dónde me lo devolviste a mí?.
-Quizá no lo hice porque me pilló por sorpresa...
-Sí lo hiciste.
-¿Lo hice?.
-Yo lo noté.
-¡Yo jamás...!
-¿Te atreverías a besarme?.
-No. Jamás me atrevería.
-Por eso tuve que ponértelo fácil...
Manuel se presentó en el Cuartel antes de lo previsto, al menos antas de lo previsto por Antonio Martínez, que no lo esperaba hasta la hora del relevo a las nueve en punto de la mañana. Eran las ocho y treinta y dos minutos.
-¿Qué haces tú aquí a estas horas?- le preguntó sarcástico.
-He de vestirme de ser humano para relevarte como Dios manda, ¿no?.
-Sí, eso es verdad. He encendido la estufa a toda leche. Conchi está en el cuarto de puertas sirviendo el desayuno. Para dos. Pero, claro, ahora seremos tres.
-No, gracias. Ya he desayunado.
-¿Te han preparado también el desayuno?.
-No. Yo le he preparado el desayuno. ¿Te parece raro?.
-Cuando tú hagas algo que me parezca raro, lo primero que pienso hacer es izar la bandera de la República en la puerta del Cuartel. Por lo que pudiera pasar.
-¿Puedo entrar a darle un beso a Conchi y felicitarle el año nuevo?.
-Supongo que sabes que esa señora está casada conmigo y que tenemos dos hijas en común. También sabes que la tienes loquita por tus huesos. A ver qué besos nos damos.
-Confía en mí, compañero.
-El día que yo confíe en ti vendrán los del manicomio, me pondrán una camisa de fuerza, me encerrarán en un cuartucho de paredes acolchonadas y tirarán la llave.
-¡Cojones, Martínez!. ¿Cómo le vas a explicar a Conchi que he pasado por aquí, me he ido directo a mi pabellón a ponerme el uniforme de paseo, o sea, el de puertas, y que no he entrado a felicitarle el año nuevo?. Estoy seguro de que pensará que no me has dicho que está ahí. Y sospecho que todo esto acabará con una cama para ti en el cuarto de la plancha.
-La próxima vez que salgamos de correrías, como jefe de pareja tuyo que seré, te pondré un puro que te cagas, incluso puede que proponga tu expulsión del Cuerpo por grave desacato y por mis putos cojones. Entra y haz lo que debas hacer.
Cuando Manuel salió del cuarto de puertas sonrió a Martínez con beatífica expresión.
-¡Qué mujer!. Cuando la hicieron rompieron el molde.
-Como yo me entere de que ha habido un beso en tos los morros con lengua y todo, date por muerto, por descoyuntado, por jodido...
-Si tal hubiera habido, ni ella ni yo te lo contaríamos nunca. Jamás lo sabrías, y morirías de retortijones causándonos grave pesar y remordimiento. Por consiguiente, igitur, como cantábamos en la Universidad, te contaré la cruda verdad: Ha sido ella la que me ha besado en ambas mejillas, y yo le he tocado el culo.
-Agradezco tu sinceridad con toda el alma. Gracias, compañero.
-¿Cómo sabes que te he dicho la verdad?.
-Porque la Guardia Civil no es tonta, y se te ha escapado lo del culo.
Mari Carmen apoyó los codos sobre la mesa y colocó las palmas de las manos en forma de uve apoyando en ellas ambas mejillas. Miró a Manuel con descaro, con un descaro con el que nunca lo había mirado. Él se sintió culpable de algo, pero no supo de qué. ¿Qué había hecho realmente, aquello que ella había estado esperando los últimos quince años, dejarse llevar por una pasión que siempre sintió y nunca tuvo el valor de dejar volar a sus anchas, una pasión que lo impelió a actos con los que ni siquiera había soñado en sus arrebatos más lúbricos...?. ¿Era su delito ser feliz, o que lo fuera ella?. Pero lo seguía mirando sin que él se atreviera a devolverle la mirada, como llamándolo malandrín, bellaca y cobarde criatura que fuyía. Era el rostro más bello y despeinado del mundo, la más bella y descuidada faz que dama alguna pudiera lucir...
-¿Sabes una cosa?- comenzó ella cuando él logró mantener su mirada más de tres décimas de segundo- Te he odiado con toda mi alma desde el primer día que te vi.
-Lo recuerdo perfectamente- respondió Manuel- Entré en el patio del Instituto, Josefa y tú charlabais junto a la morera. La vi y me enamoré fulminantemente de ella. A ti no te hice ni puto caso, como si no estuvieras...
-¿Cómo pudiste fijarte en una tipeja enclenque, más lisa que una tabla y con ojos de rana?.
-Josefa no tiene ojos de rana. Tiene ojos de bosque encantado donde, muy presumiblemente, habita la reina de las hadas, ya sabes, ésa que que se enamora del asno.
-Pues no se enamoró de ti, con todo lo asno que tú eras.
-Pero eso fue porque cuando despertó, después de que Puck derramara sobre ella el polen del amor, te vio a ti primero.
-...Y porque yo siempre he sido una tía para mojar pan.
-Y porque tú siempre has sido una tía para mojar pan.
-Ya. Supongo que el amor es ciego.
-Supones mal. Yo te quiero con toda mi alma desde que me di cuenta que existías.
-Por eso desapareciste y nos abandonaste a las dos.
-Pero si Josefa...
-Ella también te ha odiado con toda su alma desde el primer día que te vio.
-¿Habéis hablado de mí?.
-Muchas veces, paseando por la Virgen del Rosario, emborrachándonos en el barrio del Carmen, en la cama...
-¿En la qué?.
-¿Qué harías tú si la persona que más te desea en el mundo fuera, además, la que tú más quieres?.
-¿Antes o después de darme cuenta de lo imbécil que he sido toda mi vida?.
-Tú lo has hecho después de darte cuenta. Yo, ni me lo pensé dos veces.
-¿Te acostaste con una tipeja enclenque, más lisa que una tabla y con ojos de rana?.
-Josefa no tiene ojos de rana, cretino de mierda. Además, nadie besa como ella.
-¿Es la persona que más quieres en este mundo?.
-Es la persona que más quiero en este mundo.
-Yo también.
-¿Yo soy la segunda?.
-Sí, pero eres la que más deseo.
-Tú también eres el segundo. Y también eres el que más deseo.
Al pisar el primer escalón de la escalera de mármol que descendía hasta el salón, una de cuyas esquinas hacía la función de cocina, la inundó un profundo aroma a café recién hecho, lo que hizo crecer exponencialmente su sensación de felicidad. Manuel trajinaba por allí tostando rebanadas de pan sobre la estufa, depositando la cafetera sobre un soporte metálico en una mesa primorosamente dispuesta, llenando una jarra de loza con leche caliente... Se sentó en una de las sillas para contemplarlo. Al cruzar su pierna derecha sobre la izquierda, la bata resbaló y, con un gesto de recato que la dejó sorprendida se cubrió cautelosamente. Sin decir nada, Manuel se acercó a ella, la tomó por la cintura y la levantó en vilo unos dos centímetros del suelo, justo su diferencia de estatura. Mari Carmen le rodeó el cuello con ambos brazos y Manuel la besó con una ternura y un entusiasmo que dejaban muy claro que su sensación de felicidad aquella mañana era igual o superior a la de ella. Mari Carmen se sintió ingrávida, levitando y envuelta en un marasmo de sensaciones arrebatadas. También ella lo besó con igual o mayor entusiasmo. Cuando sus bocas se separaron, justo las distancias de sus respectivas narices, cuyas puntas permanecieron pegadas, Manuel la miró a los ojos:
-Tienes cara de bruja y sabes a petunias.
-Y un problema. También tengo un problema.
-¿Es grave?.
-Creo que sí. Acabo de descubrir que nunca en toda mi viuda he utilizado la primera persona del singular del presente de indicativo del verbo saber en el sentido de saborear. Porque supongo que, más que besarme, lo que acabas de hacer ha sido saborearme.
-Y devorarte un poco. Sí.
-¿Crees que el verbo saber en el sentido de saborear es irregular, como en el sentido de conocer?.
-No creo que el verbo saber sea irregular en el sentido de saborear en absoluto.
-En ese caso, ¿qué significa eso de que sabo a petunias?.
-Significa que sabes a petunias por las mañanas recién levantada y en bata de seda.
-Tú sabes a rosas blancas bajo la lluvia.
-Lo sospechaba. La Guardia Civil no es tonta, tengo la más absoluta certidumbre de que lo único que sabe a miel ahora y aquí son mis tostadas.
-¿Tenías intención de subirme el desayuno a la cama en una bandeja de plata?.
-Jamás te subiría el desayuno a la altiva biblioteca ni jamás pondría en peligro la integridad de tu edredón de nubes.
Mari Carmen acercó su silla a la mesa dispuesta para el desayuno, se sirvió café y leche en un enorme tazón con un barrigudo Snoopy grabado en su exterior, cogió una de las rebanadas de pan tostado impregnada de miel y la mordió con gula y anhelo.
-Si me besaras ahora, seguro que sabría a miel.
-Pero es que ahora estoy ocupado. Y mi tostada me sabe a miel tanto o más que un beso tuyo.
Mari Carmen se despertó sumida en una inmensa sensación de felicidad. Notó la caricia de las sábanas de sede en todo su cuerpo y se preguntó por la razón de todo aquello. Estaba desnuda bajo su inmenso y revuelto edredón de nubes en medio de su altiva biblioteca. ¿Quién llamaba a su blanquísimo edredón "edredón de nubes" y a su dormitorio, con las paredes totalmente forradas de anaqueles llenos de libros "altiva biblioteca"?. Manuel, sólo Manuel lo llamaba así, igual que sólo Manuel llamaba a la aldaba de su puerta aunque tuviese una llave desde hacía años. Manuel... ¿Manuel había estaba toda la noche junto a ella, tan desnudo como ella, bajo su edredón de nubes?. ¿Aquellos ruiditos que venían de la planta baja, seguramente de la cocina, estaban provocados por Manuel preparándole el desayuno con la intención de subírselo en una bandeja de plata con una inmensa rosa roja en el centro?. Saltó de la cama y se puso en pie. Probablemente en la calla hacía una temperatura de un par de cifras bajo cero, pero su alcoba estaba caldeada por la red de tubos insertos en en todas las paredes: Manuel había encendido la estufa a toda pastilla enviándole oleadas de amor que, como el calor, es una forma de energía. Decidió bajar a la cocina y buscó algo que ponerse por encima. ¿Su bata de todos los días, las de los desayunos solitarios, la de las tristezas cotidianas...?. Ni hablar. La de seda, la bata roja con el dragón dorado grabado en la espalda. Ni recordaba cuándo demonios se la había puesto por última vez. Ni siquiera recordaba dónde demonios la había puesto la última vez se la quitó... En un armario, tonta del culo, parece mentira que te hayas pasado más de la mitad de tu vida estudiando y no se te haya ocurrido que eres una tía que suele guardar las cosas en los armarios. En tu altiva biblioteca, desde luego, no hay armarios, sólo paredes repletas de libros y un inmenso tálamo con un edredón de nubes en el centro. Pero tienes tu enorme cuarto de baño, el de baldosines rosas y paredes blancas, el de la bañera oceánica y la pila con el pie acabado en garra de águila, lleno de armarios. Seguro que en uno de ellos, dobladita y obediente descansa con dulce placidez tu bata deseada. La encontró enseguida, se la anudó en la cintura y se miró en el espejo ovalado de bordes plateados. Una bruja. Con ese pelo revuelto, esos párpados semicaídos, esas comisuras curvas de los labios y esos ojos de felicidad, pareces una bruja. Probablemente la bruja más feliz del mundo. ¿Vas a ducharte, arreglarte y ponerte guapa para él?. ¿Y si lo que más le guste de ti es que parezcas una bruja?. Bajó las escaleras con la sonrisa más luminosa que jamás había dado brillo a sus labios de miel y frambuesa...
Ni se os ocurra pensar que merecéis lo que os pasa. Si alguien os escupe en la cara, debe ser porque es mil veces peor que vosotros y sólo merece vuestro desprecio. Si alguien ensalza vuestra valía o vuestro heroísmo, debe ser porque es mil veces mejor que vosotros y sólo merecéis su desprecio. Un día, más tarde o más temprano, moriréis. Sólo entonces se habrá hecho justicia.
Estaba tan harto de ella que fabriqué un brebaje para que se muriera de un dolor de barriga, pero que pareciese un accidente. Algo debió salir mal, porque el brebaje, en lugar de matarla, le curó un tumor maligno que tenía en el estómago y le salvó la vida. Como es lógico, lo patenté de inmediato y, al poco tiempo, me concedieron el Premio Nobel de Medicina. Los científicos somos gente muy seria y no nos andamos por las ramas: cuando hacemos las cosas, o las hacemos bien, o no las hacemos. Así es la historia de la ciencia: un conjunto de descubrimientos meticulosamente premeditados.
A lo largo del siglo XX, en las más afamadas universidades europeas, sobre todo en las alemanas, brillaron escandalosamente las mentes de un montón de tipos ilustres: eminentes catedráticos, geniales creadores de revolucionarias teorías, lectores de brillantes conferencias, autores de memorables artículos científicos. Vamos, unos tíos de la hostia. Salvo un par de excepciones que confirman la regla (iba a decir "honrosas excepciones", como si yo fuera Pedro Crespo, ése que le soltó a Felipe II aquello de "honor y vida debo a mi rey, pero la honra es de Dios"), tías no había, bueno, mujeres. En la élite, me refiero, porque alumnas debía de haber un montón. Cuando estos ilustres caballeros se reunían frente a gigantescas jarras de cerveza, no vayáis a pensar que discutían sobre mecánica cuántica, sobre relatividad, sobre la función de ondas o sobre ecuaciones diferenciales, de eso nada. Sus conversaciones eran mucho más parecidas a la discusión de Don Luis Mejía y Don Juan Tenorio en la Hostería del Laurel. Eso sí, ellos integraban, pero en prosa. Y digo que alumnas debía de haber un capazo porque no veas la lista de doncellas seducidas por cada uno de ellos, brillantes alumnas todas ellas, voto a tal. Aún suponiendo que todos ellos hablaran de las mismas ellas, las mismas ellas eran un capazo. Hasta se permitían el lujo de regodearse en el tema de las formas más inesperadas. Uno de ellos tuvo la desfachatez de comentar en un famoso artículo científico que su amigo Erwin Schrödinger concibió su ecuación de ondas en un momento de efusión erótica. Siempre me ha resultado curioso ver lo comprensivos que fueron con los nazis y lo tercos que fueron a la hora de reconocer la dignidad de las mujeres.
Las personas realmente inteligentes de la especie humana (en su mayoría mujeres) suelen darse cuenta de las cosas antes que el resto, no por intuición femenina, sino por simple (estúpidamente simple) inteligencia: un paseo por la nieve puede ser la gota de agua. Yo no sé si habréis oído hablar de Lise Meitner. No tiene importancia, una sencilla doctora en Física, nacida en el imperio austro-húngaro de Sisí, de la que seguro que sí habéis oído hablar, ¿verdad que sí, sí?. Pero, claro, Lise era judía, uno de aquellos judíos alemanes de los años nacionalsocialistas. Sí, hombre, sí... ¡Con la de películas yankees que habrás visto sobre el tema!. No, no acabó en uno de aquellos campos de exterminio, acabó huyendo de aquella Alemania. Sí, huyendo, eso que hacen los cobardes, ya ves, no como esos seis millones de judíos que no huyeron. Pero yo hablaba de una gota de agua. Otto Robert Frisch decidió pasar con su tía Lise las vacaciones de Navidad de 1.938 en Suecia, donde ella estaba exiliada. Otto era físico como ella. Y así fue como acaeció el paseo por la nieve. Tía y sobrino hablaron de Física, concretamente del átomo de Uranio y de cómo era posible que, tras bombardearlo con neutrones, aparecieran excipientes de Bario. La gente, cuando conversa, y más si lo hace paseando por la nieve, habla de sus cosas, por ejemplo del comportamiento de los átomos de Uranio al ser bombardeados con neutrones. Y vino la gota de agua. Un núcleo de Uranio es muy masivo, y no sólo eso, tiene 92 protones dándose de hostias, porque eso es lo que suelen hacer las cargas del mismo signo. ¿Qué coño crees que pasa con la tensión superficial?, preguntó la tía Lise. Otto la miró un tanto perplejo. Total tiene sesenta años, no es una vieja chocha ni una demente senil, algo se lleva entre manos. Por supuesto que Lise se llevaba algo entre manos: la gota de agua. Si bombardeamos una gota de agua con pequeñas partículas capaces de perturbar su interior, primero hacen que se abombe y después que tome forma de ocho acostado y se parta en dos. Los excipientes serán microscópicas partículas de agua, pero en el caso de un átomo de Uranio, la masa residual se tornará energía, ¿O acaso no recuerdas lo que escribió Albert al respecto?, Ante un Otto boquiabierto, la tía Lise se sentó sobre una piedra, sacó un lápiz y un trozo de papel de su bolso e inició una serie de cálculos hasta que sentenció: 200Mev por átomo de Uranio. Una barbaridad, sobrino, una auténtica barbaridad. Es muy probable que esos cálculos hechos sentada en una piedra con un lápiz y un trozo de papel tuvieran mucho que ver son su negativa a participar en el proyecto Manhattan al que fue invitada por el gobierno no los Estados Unidos. Quizá valdría la pena preguntarle a los japoneses por los motivos que motivaron su negativa.
Cuando desde el piso superior del autobús contemplé la Avenida de Bloomsbury, pensé en aquella pobre mujer que se metió en el río con los bolsillos llenos de piedras. Estaba buscando Russell Square porque tenía la intención de visitar el British Museum. Así fue como comenzaron a aparecer las paradojas: El grupo se llamó de Bloomsbury por el barrio. Pero,,, ¿Bertrand Russell se llamaba así por la plaza?. Recordé, de pronto, su paradoja del barbero que había derribado todo un edificio matemático en cuya construcción se habían empleado grandes esfuerzos: El barbero de un pequeño pueblo presumía de afeitar a todas las personas del pueblo incapaces de afeitarse por sí mismas. Que ese barbero se afeitara a sí mismo todas las mañanas suponía una manifiesta paradoja. Yo no la veo por ningún lado. Lo que yo veo es a un barbero barbudo que no se ha afeitado en su vida. Tampoco me parece una paradoja que el mejor roastbeef de Londres lo prepare un cocinero vegetariano. La paradoja consiste en ser lo que somos, porque ser es una potencialidad y lo que somos un hecho consumado. ¿Cómo es posible llegar a ser lo que ya somos?. Me quedo con las funciones diferenciales, esas que tan bien se le daban a Russell. Por cierto, hay una plaza en Londres, en el barrio de Bloomsbury...
Hay gente que sueña con un mundo donde la piedad y la misericordia sustituyan al odio y al desprecio. Un mundo donde la raza, el color de la piel, las creencias religiosas o las ideologías sean maneras de ser, tan respetables como preferir el vino a la cerveza, ser más alto o más bajo o bajar las escaleras de dos en dos. A mí, personalmente, me gustaría un mundo donde todos supieran que la integral del neperiano se hace por partes. Un tipo que sabe eso, no sólo siente piedad y misericordia por los que no lo saben, sino que, además, profesa un gigantesco respeto y admiración por quienes sí lo saben, cualquiera que sea su raza, el color de su piel, su religión o su ideología. Incluso sería capaz de admirar a un arriano como Isaac Newton. Claro que, saber matemáticas y no ser arriano parece una contradicción, o un problema de Hilbert, según como se mire...
No todo el ejército napoleónico murió de hambre y de frío en las estepas rusas. Un curioso ejemplo de ello sería el oficial Victor Poncelet, que no sólo sobrevivió a la estepa, también sobrevivió al cautiverio y casi cumple los ochenta años. A veces nos impresiona la capacidad del ser humano para sobrevivir en las condiciones más adversas. Yo, que no tengo la intención de hacer semejante cosa, no me impresiono por tonterías así. Victor Poncelet se dedicó en sus años de cautiverio a pensar. Es un viejo defecto de todos los matemáticos y de algunos filósofos. Construyó un corpus con la Geometría Proyectiva (no sólo eso, acuñó el término en un libro publicado con posterioridad) y trató de asesinar a Euclides, algo que ya habían hecho los pintores italianos del Renacimiento. Naturalmente, nadie ha asesinado a Euclides, porque Euclides se murió él sólo sin ayuda de nadie, pero la Geometría dejó de ser lo que era y se hizo democrática. Resulta cuanto menos paradójico tener que dejar de ser griego para poder ser demócrata. Yo hubiera asesinado a Napoleón. ¡Qué más da una Geometría más o una Geometría menos!.
Mi amigo Manuel, siempre que nos juntábamos en aquella mesa hexagonal tapizada de verde, me preguntaba: ¿A qué hemos venido hoy, a jugar o a ganar?. Nosotros no ganamos nunca, le respondía yo. Tampoco Von Neumann ganó nunca, y es el padre del teorema Minimax de la Teoría de Juegos. Pero lo nuestro es el cálculo analítico, solía decir yo, no podemos integrar un trío de jotas para convertirlo en apuesta. Pues perdamos como perdemos siempre y, luego, nos vamos de copas. Media hora después estábamos tomando un gin and tonic en el bar de un amigo. Naturalmente, nos lo jugamos a cara o cruz, Era la única manera de que uno de los dos ganara. Lo malo es que uno de los dos seguiría perdiendo, como siempre.
Si yo tuviera que enfrentarme al enigma del prisionero, una cosa sí tengo clara: no me lo plantearía como un prisionero. Porque si me callo y no delato a mi socio, pero él sí me delata a mí para salvarse, tendría que pasarme el resto de mi vida cagándome en su puta madre y dándome cabezazos contra la pared por jilipollas. Si lo delato para salvarme yo, entonces tendría que pasarme el resto de mi vida cagándome en mi puta madre y dándome cabezazos contra la pared por traidor. Creo que es preferible cagarse en la puta madre de los carceleros y pasar el resto de la vida orgulloso de ser tan jilipollas, pero feliz. Tanto si mi socio me ha delatado para salvarse, me alegro por él, como si se ha callado como me he callado yo, también me alegro por él. De todos modos, dejando a un lado las tonterías morales, si soy un delincuente que ha cometido un delito, la moral me la suda, desde un punto de vista matemático, ésa es la solución del problema. Sin análisis ni optimización, sencilla y llana matemática discreta. Por cierto, ¿cuántos de vosotros habéis oído hablar del enigma del prisionero?.
Alfredo no era un genio, sólo era un tipo inteligente y bastante intuitivo. En otras palabras, las integrales le salían de puta madre. Fernando, desde luego, tampoco era un genio, sólo era un tipo listo y, como todos los tipos listos, carente de escrúpulos. En otras palabras, medró en la vida, se hizo rico y tiene fama de buena persona, vamos, de hombre honrado. Alfredo llamaba a Fernando "tonto del culo". Craso error, porque Fernando era cualquier cosa menos tonto. Fernando llamaba a Alfredo "prusiano". Con ese sencillo epíteto lo hundió en la miseria. Todo el mundo lo consideró la prueba fehaciente de que Alfredo era poco menos que una especia de nazi. Lo curioso del caso es que no fue esa, en principio, la intención de Fernando. Sencillamente lo llamaba prusiano porque era doctor en Matemáticas y en Física por la universidad de Gotinga. Las personas que no le dirigen la palabra a Alfredo, ni saben dónde está Gotinga, ni han ido jamás a ninguna universidad. De Córdoba, por ejemplo, sólo saben que el estadio de fútbol se llama "El nuevo Arcángel".
Se dice por ahí que sólo utilizamos un pequeño porcentaje de nuestra capacidad cerebral. Que, si la utilizáramos toda, moveríamos montañas. Los que dicen semejante cosa, desde luego, utilizan muy poca de su capacidad, o peor aún, utilizan la poca que tienen. Lo cierto es que aquellos que sobrepasaron ciertos límites porcentuales de neuronas, acabaron muy mal, con la mente trastornada. O demasiado lúcida, que viene a ser lo mismo: la luz ciega. Siempre habrá quien cite a personas como Einstein, Schrödinger o Heisenberg para demostrar todo lo contrario. Apañados van. Albert, lo único que utilizó con más solvencia que el resto de los hombres, fue el sentido común, no la inteligencia pura como la entienden los que no entienden nada. Erwin, sencillamente, buscó la forma para, sin ser un Apolo, tirarse todo lo que se movía, si para ello había que inventar una función psi, se inventaba. En cuanto a Werner, todo fue una cuestión de fe. Fe en que yo tengo razón y los demás no. Quizá también influyó el convencimiento de que todo empezó en una acogedora matriz materna. Qui lo sà?.Pero vamos a dejar una cosa clara antes de mi cita con Albert, con Erwin y con Werner para tomar unas copas: usamos las neuronas usables, es decir, las dos, lo demás son tonterías cuánticas. Eso sí, pagan ellos.
No estoy muy seguro de que la síntesis euclidiana sea la solución del problema de la curiosa trayectoria de ciertos insectos voladores. Seguramente, mi amigo Felix Klein estaría de acuerdo conmigo, me refiero a mi ignorancia. Aunque puede que para él fuese mucho más complicado entender el organigrama político de aquella Prusia que lo formó como intelectual, pero no como persona. ¿En qué se parece la trayectoria personal de un insecto volador a la la de un prusiano como dios manda, sobre soto si eres hijo de un alto funcionario del estado y es tu madre la que se encarga de tu educación?. ¿Es posible que exista una función matemática que pueda definir ambas cosas?. De haberla, que hayla, dejaría pasmado al bueno de Euclides. ¿Hasta ese punto podríamos abstraer la idea de esa trayectoria?. Me encantaría poder analizar el asunto, es decir, coger al bicho en cuestión, sea insecto volador o sea prusiano como dios manda y descuartizarlo como si se tratara de una función diferencial. Eso sí, después Euclides yo nos tomaríamos unas copas. Pagando él, por supuesto.
19-9-14
Almudena era la más guapa de la clase. Eso es algo indiscutible. Había media docena de tipos que se hubieran arrojado desde el puente si ella se lo hubiese pedido. Y no estoy hablando de un puente bajo el cual discurría un río, estoy hablando de un puente que se elevaba cincuenta metros sobre un barranco de piedras puntiagudas. Por allí no discurría río alguno. Bueno, cuando llovía, un clamoroso torrente bramaba arrastrando ramas, troncos y cadáveres varios. Pero no era un río, de eso nada. El puente, por el contrario, sí era un puente, todo un puente, sobre todo si uno quería tirarse desde el puente, parecía hecho a propósito para eso. Resulta difícil explicar cómo es posible que media docena de tipos estuvieran dispuestos a arrojarse desde el puente si ella se lo pedía. Werner Heisenberg lo hubiera explicado perfectamente utilizando matrices, pero puedo jurar por mi honor que ninguna de esas matrices era la matriz de Almudena, de la misma forma que puedo jurar por mi honor que ninguno de esos tipos era yo. Yo me hubiera arrojado desde el puente, por supuesto, pero lo hubiera hecho por... otra.
18-9-14
El mundo está lleno de gente que se pasa la vida contando historias. Conviene no confundir las historias con las mentiras. Mentir es decir todo lo contrario de la verdad, sabiendo que lo que se dice es todo lo contrario de la verdad y con la intención de perjudicar a otra persona. Un mentiroso es un mortífago, un miembro del lado oscuro. El señor Wert, pongamos por caso. Pero un tipo que cuenta historias es otra cosa, no es un mentiroso ni nada parecido. Es sólo un tipo que cuenta historias, no le demos más vueltas. No cuenta las cosas como las contarían los demás, pero tampoco cuentan todo lo contrario y, desde luego, no hay premeditación y mucho menos alevosía. Eso sí, nocturnidad sí, hay la hostia de nocturnidad. Nuestra memoria, por ejemplo, no tiene nada de mentirosa, pero no da una la pobre. Esconde todo lo que no nos gusta e inventa historias a todas horas, pero está en su naturaleza, que es la nuestra, como está en su naturaleza y en la nuestra no creer ni una palabra de esas historias, aunque las sigamos contando toda la vida. Dos amigos se encuentran después de muchos años tomando una copa en un bar y uno de ellos le dice al otro así, como el que no quier la cosa: "¿Recuerdas aquella novia que tenía yo en tercero?. ¡Sí, hombre sí!, Azucena, aquella rubia guapísima que estaba como un tren". "La única novia que tú tenías en tercero- le responde el otro partiéndose de risa- era una tal Elodia que, por cierto, ni era rubia, ni era guapísima, ni estaba como un tren. Además, eran imaginaciones tuyas, porque ella siempre lo negó". El amigo lo mira y le dice: "¡Pues anda que tú...!. "Yo no tenía ninguna novia en tercero", responde el otro. "¡Claro!, como tú siempre has sido un poco mariconcete...". Esta conversación está cogida al azar en un bar cualquiera y fuera de contexto. No tiene sentido. Supongamos que uno de los amigos se llama Pepe y el otro Paco. Pepe presume de novia guapísima y rubia. Por cierto, sí existió la tal Azucena, una compañera a la que saludó un par de veces y que nunca le hizo caso porque estaba colada por un tal Ambrisio que la ignoraba cruelmente. Ambos estaban locos por la tal Azucena y se odiaban a muerte por ello. Por eso, al encontrarse en aquel bar muchos años después, sus respectivas memorias fabricaron sus propias historias. ¿Mentían para hacerse daño?.
17-9-14
Se supone que un traidor es alguien que defrauda nuestra confianza. Nada más lejos de la realidad. Traidor se nace, sólo hay que esperar a que aparezca una excusa para que alguien nos califique de traidores, eso es todo. No importa lo que hayamos hecho ni si lo que sea que hayamos hecho sea cierto. Eso es lo de menos, porque ya seremos unos traidores a todos los efectos, o lo que es lo mismo, como el honor de los guardias civiles, una vez perdido, no se recobra jamás. Me llamo Bigné y soy un traidor, como todos vosotros. Así, que dejaos de tonterías, no busquéis la excusa para llamar traidores a los demás, dádsela lo antes posible para que sean ellos quienes os lo llamen a vosotros. Os enteraréis de algo que habéis sabido siempre, algo que ellos seguirán ignorando, como los estúpidos ignorantes que son. Y, además, será terrible para ellos, porque serán traidores y patriotas. No me gustaría estar en su pellejo.
16-9-14
Mucha gente piensa que un fascista es un tipo con influencias, rico y poderoso. De eso nada. Un fascista suele ser un desgraciado, analfabeto y embrutecido por las circunstancias, es decir, un patriota. En España, por ejemplo, son mayoría absoluta, y en Francia, sin ir más lejos, ganaron las elecciones al parlamento europeo. No es raro, en 1.940 colaboraron gustosamente con los nazis para hacer grande la République. Se equivocaron y rectificaron a tiempo: siguieron pensando lo mismo, pero desde la acera de enfrente. Los españoles lo hicimos de otra manera: les ganamos la guerra a los rojos, los perseguimos sin piedad hasta casi exterminarlos, y dejamos muy claro quién manda aquí: como diría el invicto Caudillo por la gracia de Dios, o paisanos suyos como el magnífico Don Manuel Fraga Iribarne, que no debía ser exactamente un hombre honrado, porque Bruto, que sí era un hombre honrado, asesinó a César, mientras que Don Mnauel se limitó a asesinar chavales de diecisiete años en la escalinata de la Catedral de Vitoria. Don Mariano Rajoy Brey, paisano de Don Manuel y del invicto Caudillo, y que conste que lo de invicto Caudillo no lo digo con sorna ni con segundas, sino con todas las de ley, este hombre murió mandando, sus exequias superaron con creces las de Felipe II, pongamos por caso, y ante su mausoleo, no dudo de que Don Miguel de Cervantes exclamaría sin duda: ¡Voto a Dios que me espanta tal grandeza!. Pues bien, ambos tres, porque ambos no significa dos aunque se empeñe el señor Wert, que tendrá muchas cosas: dinero, poder, influencias, pelotas, de fútbol y de las otras, pero lo que no tendrá nunca es cultura. Ambos tres saben perfectamente, Don Manuel y el invicto Caudillo más bien lo sabían, porque están un poco muertos, yo no lo digo abiertamente porque temo que mis vecinos de escalera, ancianos y achacosos ellos, sufran un patatús si se enteraran o enterasen. Pues los tres saben, o sabían, que aquí ¡manda carallo!, Cosa en la que estoy plenamente de acuerdo con ellos, porque me cago en Dios que manda carallo.
martes, 16 de septiembre de 2014
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

