-Sé que no hay café mejor que el de Manuel ni café peor que el mío. Pero tengo entendido que el tuyo es bastante potable. ¿Por qué no me acompañas a la cocina y le preparamos un café bebible al guardia de puertas?.
-No estoy dispuesta a prepararle un café a ese maldito guardia hijo de guardia. Pero te lo puedo preparar a ti y, aunque sea cierto que no hay café mejor que el de Manuel, no vayas a pensar que tiene muchas más cualidades.
-Bueno, es un chico inteligente.
-Eso es cierto. Es un chico inteligente.
-Ilustrado...
-Ha leído más libros que tú y yo juntas. Vale, es ilustrado.
-Un tipo guapo.
-¿De tipo o de cara?.
-De cara, claro. Tiene los ojos de Paul Newman.
-Son unos ojos que tumban de espaldas, ¿verdad?.
-Y que acarician...
-¿Estás enamorada de ese maldito guardia hijo de guardia?.
-Yo sólo estoy enamorada de Matías. Desde que tengo uso de razón, eso ya no tiene remedio.
-Y piensas que a mí con Manuel me pasa lo mismo.
-Sí, eso es lo que pienso.
-¿Y quién te ha dicho a ti que no hay café mejor que el de Mauel?.
-Matías. Tú se lo dijiste a él, y él me lo dijo a mí.
-Ahora entiendo por qué está Manuel tan acojonado. Vernos juntas ha debido ser para él toda una patada en los huevos.
-Manuel es un caballero, algo que tú has sabido siempre. Subirá a tomar ese café, eso sí, cauteloso y encomendado a sus dioses preferidos. Si se ha de morir, se muere, pero con la frente alta y la mirada impasible.
-Mi caballero.
-Perdonadme, mi señora, nuestro caballero.
-Hablando de Sir Lancelot. Helo aquí.
-Supongo que lo del café era café, en taza y sin azúcar.
-Pruébalo y adivina quién lo ha preparado.
-La señorita Campos, por supuesto.
-Este tipo no tiene vergüenza. Matías tiene la decencia de alabar mi café.
-Porque el sargento Pacheco lo que realmente hace es bebérsela a usted con los ojos.
-Mientras que usted, señor guardia de puertas, a quien se está bebiendo con los ojos es a la señorita Campos.
-Sinceramente, señora, esta señorita prepara el café mejor que usted, con todos mis respetos a su impresentable café.
-La última vez me dijiste que mi café era delicioso.
-¿Estaba su esposo presente, doña Águeda?.
-¡Claro que sí!
-Y eso que dije, ¿lo dije antes o después que él?.
-Después.
-¿Son precisas más explicaciones?.
-No. De la misma forma que tampoco es precisa su presencia es esta casa. ¿Acaso no tiene usted un servicio que cumplir?.
-¿Ordena usted alguna cosa más, mi sargento?.
-Nada más, puede retirarse.
-Siempre a su órdenes. Señorita Campos, a sus pies.
-Te quiere. Y tú a él.
-Lo quieres. Y él a ti.
-¿Por qué lo has echado?.
-Por dos motivos. Primero quiero que vigile por si se presenta mi legítimo esposo de forma inesperada e importuna. Pero, sobre todo, porque deseo fervorosamente estar a solas un ratito contigo. ¿Me permites una libertad libidinosa?.
-Usted ordena y yo obedezco, mi sargento.
-Gracias.
-¿A qué ha venido ese beso en tos los morros?.
-Matías asegura que tienes unos labios de terciopelo. Tiene rezón, ahora comprendo muchas cosas.
-Pues los tuyos no están nada mal. Manuel tiene razón, yo también comprendo ahora muchas cosas.
-La única vez que Manuel y yo nos besamos esperaba un beso de terciopelo. Y me encontré con un beso de fuego.
-¿Fuego suyo o fuego tuyo?.
-Supongo que de los dos.
-Él piensa lo mismo. Pero os habéis besado más veces.
-No, señorita Campos, está usted equivocada. He sido yo quien lo ha besado tres veces más.
-¿De terciopelo?.
-Según él, de pétalos de rosa. Manuel no es Matías.
-¿Cómo dice Manuel que son mis besos?.
-Puñaladas en el alma. Ardides de bruja.
-¿Tanto me odia?.
-Tanto te quiere.
-Me ha dicho que está enamorado de ti.
-Pues a mí me ha dicho que tú eres lo que más quiere en este mundo.
-Él sí que es lo que yo más quiero en este mundo.
-Matías me ha dicho que está enamorado de ti.
-Pues a mí me ha dicho que tú eres lo que más quiere en este mundo.
-Él sí que es lo que yo más quiero en este mundo.
-¿Qué más cosas te ha contado Matías?.
-¿Sobre ti?.
-Sobre nosotros.
-¡Ah!, pero, ¿hay un nosotros?.
-No, es cierto, no lo hay en ese sentido que siempre se sobreentiende.
-Pero sí lo hay en otros sentidos.
-En más de uno. ¿Hay un nosotros entre Manuel y tú?.
-Desgraciadamente, entre Manuel y yo todavía no hay un nosotros en ninguno de los sentidos.
-¿Todavía?.
-Matías es un hombre de fe. Yo soy una mujer de esperanza. Es más que probable que Manuel sea un hombre de caridad.
-¡Mujer!, todo un beso de fuego ha de significar algo.
-Me has preguntado sobre las cosas que me ha contado Matías sobre vosotros. Pues bien, Matías es un puñetero sargento de la Guardia Civil y sólo me ha contado hechos. Me lo ha contado todo, eso sí, pero igual que le cuenta las cosas al juez cuando hace un atestado. ¿Te cuenta Manuel así las cosas?.
-No, Manuel sólo me mira mientras yo hablo y, cuando me paro y descubro esa mirada suya me dan ganas de comérmelo.
-¿Y te lo comes?.
-A veces.
-¿Y él te come a ti?.
-No. Sólo se deja comer.
-¡Cómo se puede ser tan imbécil!.
-Está enamorado. Y le da mucha vergüenza pensar en ella mientras está conmigo. Piensa que me está traicionando y me quiere demasiado como para traicionarme. Sufre. Lo pasa mal.
-Y tú sufres y lo pasas mal.
-Si, somos muy felices sufriendo juntos.
-Se trata de esa doctora de la que me ha hablado varias veces Matías, ¿verdad?.
-Sí, mi queridísima Josefa, mi amiga de la infancia.
-¿Es eso una ironía?.
-En absoluto. Quiero muchísimo a Josefa, es mi mejor amiga. Sobre todo porque también somos muy felices sufriendo juntas.
-Ella te come a ti, pero tú a ella no, piensas que la estás traicionando y...
-Sí.
-Me gustaría mucho que me hablases de Matías, aunque no sé si tengo derecho a...
-¿Saber que siento yo por él?.
-Sí.
-Ternura. Matías es como un niño.
-¿Significa eso que nunca ha encontrado en mí lo que ha encontrado en ti?.
-No, no significa eso. En ti lo ha encontrado todo y jamás encontrará en nadie algo parecido.
-Entonces...
-Hubo un momento en mi vida en que todo pareció derrumbarse, en que me sentí espantosamente sola. Y no sólo eso, desesperada. Entonces apareció Matías.
-Creo que te va a resultar muy difícil contarme esto. ¿Por qué no preparas otro café y, mientras lo haces, como el que no quiere la cosa, hablas del tema como si yo no estuviera aquí?.
-¿Crees que funcionará?.
-No lo sé. Pero té juro corresponder con las mías cada miligramo de tus confidencias.
-¿Y volverás a besarme?.
-Con roda mi alma, como nunca he besado a nadie.
-Antes de Andrés Martínez, el botarate que ocupa hoy la alcaldía, gobernaba un tal Vicente Cámara. Nunca creyó conveniente que una mujer ocupase el puesta de secretaria del ayuntamiento, al menos sin agradecérselo personalmente, supongo que ya sabes de qué modo. Como se dio el caso de que yo me mostré renuente a ese tipo de agradecimientos, se empeñó, no sólo en deshacerse de mí en la casa consistorial, sino en hundir mi carrera y mi persona sin posibilidad de rehabilitación. El entonces capitán de la Guardia Civil de esta compañía, un tal Antonio González, al tanto del asunto, pretendió sumarse al juego. Todo el mundo se me cayó encima, me convertí en una apestada. No se trata de que acabara siendo un ser humano sin futuro, ni siquiera era un ser humano. Estaba sola, espantosamente sola.
-Tenías a Manuel.
-Manuel no podía saberlo. Hubiera hecho una barbaridad. Se hubiese ido al infierno conmigo. Hubiese arrastrado en mi caída lo que más quiero en este mundo. Precisamente lo que más me dolía era Manuel. ¿Qué podía hacer yo para que a él no le ocurriese nada malo?. Porque, en lo que a mí respectaba, que les diesen morcilla, me daba igual lo que pudieran hacerme. Pero Manuel no iba a consentirlo. No podía hablar con él y pedirle que no se metiera en aquel basurero. Entonces, creo que ya te lo he dicho antes, apareció Matías.
-¿De qué os conocíais Marías y tú?.
-En ese momento, de nada. Bueno, cuando nos cruzábamos en la calle de la Marquesa, se llevaba la mano a la parte delantera derecha del tricornio, hacía una leve inclinación de cabeza y me saludaba siempre igual: "Buenas tardes, señorita Campos". Yo le respondía "Buenas tardes" a secas, porque aquello siempre ocurría a la salida del trabajo camino de casa y porque no sabía cómo demonios llamarlo, "señor sargento", "sargento Pacheco", "Don Matías". Así que no lo llamaba de ninguna manera.
-¿Cómo lo llamas ahora?.
-Don Matías en público y Matías en privado o cuando hablo de él con Manuel o contigo.
-¿Y cómo te llama él ahora a ti?.
-Señorita Campos. En público, en privado, cuando habla de mí con otra persona...
-¿Hasta en la cama?.
-Hasta en la cama. ¿Cómo te llama a ti, señora Orozco?.
-No. A mí, en privado me llama Águeda. Bueno, y otras cosas que no te pienso decir. Cuando habla de mi, me llama "mi esposa".
-¿Cómo te llama Manuel?.
-Manuel me llama Águeda, en privado y cuando habla de mí contigo o con Matías. Si lo hace con alguno de sus compañeros, me llama "la mujer del sargento".
-Cuando Matías habla de ti con Manuel o conmigo, siempre dice "mi esposa".
-No me extraña. A Manuel lo llama Sanchís y le habla de usted. Sigue, por favor.
-Un día no se limitó a decir "Buenas tardes, señorita Campos". Después de contestarle, como siempre, "Buenas tardes" a secas, añadió: "Me encantaría invitarla a tomar un café, pero no creo que un bar sea el lugar más apropiado para tratar temas delicados y confidenciales". Inmediatamente pensé que se trataba de otro que quería subirse al carro. Pero no me indigné exactamente. Como ya todo me daba igual, opté por el sarcasmo. "¿Y cómo propone usted que resolvamos ese problema?", le pregunté. "Si usted me invitara a tomar café en su casa, yo aceptaría encantado".
-Matías no pudo haber dicho una cosa así.
-Pues Matías dijo eso exactamente.
-¿Te propuso, así por las buenas, que te acostaras con él?.
-Eso es lo que yo pensé también en un principio. Pero enseguida pasó por mi cabeza como un rayo de luz. Éste, al menos, habla claro, pensé, no se anda por las ramas.
-Y lo invitaste a tomar café en tu casa esa misma tarde.
-Y lo invité a tomar café en mi casa esa misma tarde.
-Dime una cosa, amor mío. ¿La puedo llamar a usted "amor mío", señorita Campos?.
-Me puedes llamar como quieras, amor mío.
-Pues dime una cosa, amor mío. ¿Llamó Matías al timbre de tu puerta justo al sonar la última campanada de la hora de vuestra cita en el reloj de la torre de la iglesia?.
-Justo en el momento de sonar la sexta campanada.
-¿Sabes por qué lo hizo?.
-No, no lo sé.
-Quedasteis a las seis.
-Quedamos a las seis.
-¿Te dio un vuelco el corazón cuando sonó el timbre?. ¿Sentiste miedo?.
-No, sólo pensé: "ya son las seis", y serví los cafés.
-¿Antes de abrir la puerta?.
-¡Virgen Santísima!, serví los cafés antes de abrir la puerta.
-¿Acaso, inocente niña, pensaste que el mismísimo sargento de la Guardia Civil había ido a tu casa con la simple intención de tomar un inocente café?.
-Sí, eso fue lo que pensé. Bueno, no sé lo que pensé.
-¿Sabes lo que dice Matías?.
-¿Sobre qué?
-Sobre la puntualidad.
-No, sólo sé que es puntual. Siempre lo ha sido.
-En su opinión, llegar demasiado pronto es síntoma de debilidad, de miedo. Llegar demasiado tarde es síntoma de prepotencia, de cobardía. Una persona de alma limpia llega en el momento justo, con la última campanada del reloj de la torre de la iglesia.
-¿Por qué no de otro reloj?.
-Porque Matías es un hombre de fe.
-¿Quieres decir que, ante aquellas horribles circunstancias, tuvo fe en mí?.
-Yo más bien diría que pretendió que tú tuvieses fe en él.
-¡Vaya si la tuve!. Lo primero que pensé fue en contárselo todo a Manuel y decirle: "no te preocupes, el sargento está con nosotros".
-Sé que sólo lo pensaste, pero, al mirarte a los ojos, se enamoró de ti como un bendito. ¿Tú también?.
-No, yo nunca he estado enamorada de Matías. Es otra cosa.
-¿Y de mí?.
-Estoy loquita por tus huesos. Igual que Manuel.
-Yo también te quiero mucho. Tienen razón Manuel y Matías: ¡qué fácil es quererte!.
-Muy bien, señora Orozco, ¿retomamos la conversación o lo dejamos para otro rato y nos vamos directamente a la cama?.
-Yo nunca he hecho el amor con otra mujer.
-Yo, sí.
-Debe ser muy dulce.
-Depende de la otra mujer.
-Creo que nos hemos dejado sobre la mesa de tu cocina dos tazas de café enfriándose.
-Cierto, y para evitar que se acabaran de enfriar, Matías se tomó la suya. Ya sabes que odia el café frío.
-Bueno, el mío también lo odia caliente.
-Se abrió la guerrera, sacó una carpeta azul y la puso sobre la mesa delante de mí. "Puede abrirla y mirar lo que hay dentro, con toda confianza", me dijo. La abrí y miré. Te juro que nunca había visto algo así. Voy a intentar explicártelo de la forma más sencilla posible: Los padres de Vicente Cámara y uno de sus hermanos fueron fusilados, aunque yo más bien diría asesinados como perros, en la tapia del cementerio el 28 de octubre de 1.939 según declaración jurada del presunto jefe del pelotón de ejecución fechada el 3 de mayo de 1.956. En un acta judicial falsa, firmada por un juez militar con fecha de 12 de junio de 1.942, esas tres personas fueron condenadas a muerte por actos atentatorios contra el Glorioso Movimiento Nacional. Y ahora viene lo bueno: una denuncia de puño y letra con la correspondiente firma y fecha: 1 de octubre de 1.939, día del Caudillo, del mismísimo Vicente Cámara contra sus padres y hermano. Y la guinda: una petición para un cargo de Falange con una declaración jurada del mismísimo Don Vicente Cámara, con fecha 1 de abril de 1.960, día de la Victoria, donde se afirma que sus padres y hermano fueron asesinados por las hordas rojas a lo largo del verano de 1.938.
-Es imposible. Esos documentos debieron ser destruidos en su momento.
-Eso dije yo, pero Matías, después de alabar mi café y suplicarme otro, dijo como el que no quiere la cosa: Todos los guardias civiles que conozco han destruido miles de documentos que, milagrosamente, se conservan con una lozanía digna de envidia. Yo, personalmente, ya no recuerdo cuántos he destruido. Tengo un armario lleno.
-¿Qué te aconsejó Matías que hicieras con aquella carpeta?.
-Lo primero que me dijo fue que no dejara al alcalde verla, porque conocía esas carpetas y lo que suelen contener. Así que me preguntó qué carpetas solía yo utilizar para entregar documentación. Le respondí que unas verdes con una goma negra alrededor. Me dijo que hiciese copias de los documentos y que le entregara una de esas copias en una de esas carpetas verdes. Hacía unos días se aprobó una modificación del plan de urbanismo. Yo debía decirle que me había permitido introducir algunas puntualizaciones porque ciertos aspectos eran contrarios a la ley vigente y corríamos el riesgo de que nos tumbaran la propuesta el el Gobierno Civil.
-Para cabrearlo más, supongo.
-Eso es. Y, además, para que no la arrojara directamente a la papelera sin echarle antes un vistazo.
-¿Esperaste allí plantada ante él a que le echara ese vistazo?.
-¡Claro que no!, con su excelentísimo permiso, procedí a retirarme.
-...Y a esperar acontecimientos en tu despacho.
-En opinión de Matías existían dos posibilidades: Primera, que entrase hecho una furia con los papeles en la mano y me los arrojara a la cara, argumentando que eran más falsos que Judas y, además, burdas copias. Y segunda, que me hiciera llamar para decirme que, efectivamente, ciertos aspectos de la resolución municipal no se ajustaban a la ley vigente, por lo tanto estudiaría las puntualizaciones introducidas por mí y me enviaría un nuevo modelo para su correspondiente tramitación reglamentaria.
-Y salió cruz.
-Salió cruz. Quince días después, Don Vicente Cámara abandonó el cargo por motivos de salud con el beneplácito del Gobernador Civil, que tuvo a bien nombrar nuevo alcalde a Andrés Martínez, una marioneta de tu santo esposo. Y no sólo eso, dos meses después, el capitán González fue traslado y nunca sustituido, paree ser que Ayora ha dejado de ser cabeza de Compañía y se va a convertir en Línea, eslabón inferior correspondiente en el organigrama del Cuerpo de la Guardia Civil.
-Línea cuya jefatura ejerce provisionalmente Matías desde entonces.
-No me puedo creer que Matías no te haya contado todo esto.
-No lo ha hecho. Ni a Manuel tampoco. Y no creo que le haga gracia saber que nos lo has contado a los dos, porque a Manuel sí se lo has contado. ¿Cómo reaccionó?.
-No reaccionó. Sólo me dijo que la Falange suele hacer así las cosas. Y se dio media vuelta.
-¿Estabais en la cama?.
-Yo estaba abrazada a él con la cabeza apoyada en su pecho.
-O sea, que vosotros estáis liados de verdad, no sólo un poco como yo suponía.
-Ni siquiera estamos liados. Lo chantajeé, le dije que, si se quedaba a dormir conmigo, le contaría algo que lo sorprendería. Bueno, eso si me quedaba satisfecha con su comportamiento pasional.
-Y te quedaste flotando en el mismísimo cielo.
-¿Cómo sabes tú eso?. ¿Qué habéis hecho Manuel y tú?.
-Escúcheme usted, señorita Campos, aquí la pelandusca es usted y la cornuda soy yo. No confundamos las cosas. Otra cosa muy distinta es que te haya puesto los cuernos en sueños un par de veces, pero esos no cuentan.
-¿Y tú cómo sabes que yo soy la pelandusca?. ¿Qué te ha contado ese maldito sargento de la Guardia Civil?.
-Bueno, él dice que eres una santa y que toda la culpa la tiene él.
-Pues fui yo quien se lo llevó al huerto, que lo sepas.
-Os defendéis el uno al otro como si estuvierais enamorados. Ahora sí que me voy a enfadar.
-Cuando todo esto se hizo historia, Matías volvió a saludarme llevándose la mano a la parte derecha del tricornio e inclinando ligeramente la cabeza, y volvió a decirme "buenas tardes, señorita Campos" como si nada hubiera pasado.
-¿Ya habías decido el modo como dirigirte a él?.
-Sí, decidí responderle "buenas tardes, sargento Pacheco".
-Me gusta más que "señor sargento" o "señor guardia". Además, a él le encanta que lo llamen "sargento Pacheco".
-También decidí invitarlo a tomar café en mi casa.
-¿Querías más carpetas azules?.
-No, quería otra cosa.
-Matías es un tipo listo, no sería sargento de la Guardia Civil, es más, estaría muerto hace mucho tiempo si no fuera un tipo listo. ¿Estás segura de que te lo llevaste al huerto?.
-Él jamás en la vida se hubiese atrevido a...
-¿A tirarte los tejos?. No, jamás en la vida.
-¿Lo ves?.
-Pero a dejárselos tirar, encantado de la vida.
-Había pensado darle las gracias y un beso. Pero pensé que imaginaría que el beso era como liquidar una factura. Así que procedí a besarlo directamente.
-¿En tos los morros?.
-Y con lengua.
-Recuerdo la primera vez que Matías me besó con lengua. Antes de hacerlo me pidió permiso y me dijo que era algo muy habitual. Lo curioso del caso es que acabábamos de hacer el amor.
-¿Manuel te ha besado alguna vez con lengua?.
-No.
-Pero aquel beso de fuego...
-Fue sin lengua y fue precioso.
sábado, 30 de enero de 2016
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