EL SUSURRO DE LAS AMAPOLAS
Águeda Orozco Alvarado era una muchacha de trece años que hacía Bachillerato en la escuela de Liétor, porque en ese pueblecito de las montañas del sur de Albacete no había Instituto y sus hermanos mayores, mucho mayores que ella, Alberto tenía veintidós años y Lucas, veinte, habían decidido como cabezas de familia no mandarla a Hellín porque aquello no les pereció decente ni apropiado. Los miembros de la familia Orozco habían sido tradicionalmente terratenientes y caciques del pueblo. El padre de Águeda, don Alberto Orozco, a pesar de ser hombre de derechas de toda la vida y persona de ideas conservadoras, también era republicano impenitente, por lo que combatió en el bando de la República durante la Guerra Civil y, pocos días antes de finalizar ésta, fue fusilado por un pelotón de miembros de la Benemérita sin que en ningún sitio constara documentación alguna sobre un proceso civil o militar con su correspondiente sentencia a la pena de muerte. Para la familia Orozco, su patriarca no fue ejecutado, sino asesinado como un perro por los hijos de Ahumada. Alberto y Lucas habían combatido en el bando vencedor como buenos falangistas que siempre fueron, pero pertenecían a los Camisas Viejas, jamás simpatizaron con la dictadura del general Franco y, muchísimo menos, con el Cuerpo de la Guardia Civil, al que consideraban una banda de asesinos a sueldo al servicio de un general paranoico. Águeda era delgaducha, de tez blanquecina y mirada esquiva, solía llevar vestidos blancos, con rayitas amarillas, verdes o celestes, de falda plisada hasta la mitad de las pantorrillas, donde conectaba con unos calcetines blancos que se perdían dentro de unos zapatitos de charol. Dos larguísimas trenzas caían por su espalda hasta más abajo de la cintura. Su rostro era muy agradable, sin angulosidades a pesar de su escualidez. Una naricita respingona, unos inmensos ojos negros, una boquita que parecía un dibujo renacentista y unos pómulos sonrosados que ovalaban su faz casi buscando una cuarta dimensión, hacían de ella, junto a su levedad ingrávida y su gracilidad de movimientos, un ser mágico, algo así como una mariposa o un hada.
Matías Pacheco Irigoyen era cabo primero, a las órdenes de su comandante de puesto, el sargento Segundo Valderrama, y responsable de cinco guardias. El sargento Valderrama solía ocuparse de los asuntos burocráticos y de ordenar los servicios, mientras que el cabo Pacheco solía encargarse de que esas órdenes fuesen ejecutadas con la mayor eficacia posible. Era un tipo serio, receptivo y considerado, pero absolutamente impertérrito ante los halagos o las amenazas. Nunca buscó el temor, sino el respeto, lo que no significa que lo lograra. Pero era el único miembro del Puesto de Liétor que se atrevía a pasear por las calles, saludar a la gente y no inmutarse en absoluto si su saludo era ignorado. El cuartel de la Guardia Civil de Liétor era una auténtica fortaleza amurallada situada en la cima de una montaña. Para acceder a él había que dar un rodeo por una carretera sin asfaltar de unos cinco kilómetros, o subir los doscientos noventa y ocho peldaños de la escalera que conducía hasta allí desde el Callejón de la Rambla. También el cabo Pacheco era el encargado de los asuntos de intendencia. Cuatro mujeres y dos hombres elegidos por él se encargaban de cuidar el jardín, los huertos, y los corrales de pollos, gallinas, conejos, palomos y cerdos, así como de efectuar las compras cotidianas de otro tipo de artículos. Naturalmente, percibían por ello un salario que, si bien precario, era absolutamente puntual. De cómo el sargento Valderrama obtenía ese dinero, el cabo Pacheco no sólo lo ignoraba sino que se desentendía por completo. Cada uno en su casa y Dios en la de todos, debía pensar. Todos los comercios tenían unas cuentas abiertas a nombre de cada uno de los guardias y Matías Pacheco en persona se encargaba de revisarlas cada primero de mes, dar su conformidad y liquidarlas en efectivo, adjuntando un pequeño suplemento en concepto de recargo por atrasos. Algunos comerciantes intentaban rechazar semejante recargo pero, finalmente, decidían no discutir. Si jamás hubiesen discutido un impuesto por servicios a la patria, menos iban a discutir una pequeña recompensa por el mismo motivo.
Había nacido en una pequeña pedanía muy cerca de Almendralejo, en la provincia de Badajoz, hijo de un jornalero, José Pacheco González, que se pasó la vida trabajando de sol a sol las tierras de los terratenientes por un jornal que daba más hambre que comida, pero esa comida hacía sobrevivir a más de media España para que pudieran seguir matándose a trabajar y hacer más ricos a los ricos que, de haber podido comprar esclavos negros en el mercado, no lo hubieran hecho, porque les hubiese resultado más caro sólo alimentarlos. Matías comenzó a los seis años a acompañar a su padre a la faena. Él, naturalmente, se ocupaba de alguna que otra cosilla que su padre le mandaba, pero muy pronto se hizo un zagalote fornido y pudo segar y labrar, levantando la corteza de la tierra porque nació carne de yugo y, como es lógico, no llegó a gozar de ninguna de las famosas ocho mil escuelas de las que tanto presumía haber levantado el dictador Primo de Rivera. No resulta muy difícil suponer el descontento que esta situación provocaba en la inmensa mayoría del campesinado. Sólo una organización sindical, conocida como CNT, de ideología anarquista, plantaba cara alguna que otra vez a aquella estructura caciquil y medieval. Pero para eso estaban las palizas y los tiros de la Guardia Civil y los sermones de los curas pidiendo paciencia, templanza y resignación porque este mundo es un valle de lágrimas y una prueba para ganar la gloria eterna que nos espera tras la muerte si somos buenos y nos portamos bien. Eso sí, mientras tanto ellos se cebaban como cerdos en las casas de los caciques y, de paso, consolaban a sus santas esposas. Cuando llegaron noticias sobre la sublevación militar en África del 17 de julio de 1936, los miembros de la CNT creyeron llegado su momento y descargaron todo su odio y su venganza sobre sus peores enemigos: los curas y los guardias civiles. Pero los legionarios de Franco tardaron menos de dos semanas en llegar y comenzaron la limpieza sistemática de rojos sin distinguir pachones de podencos ni churras de merinas. Un teniente de la Guardia Civil habló con el comandante de la Legión y le propuso que lo dejara encargarse del trabajo de limpieza. Aquel comandante legionario, quizá harto de no poder controlar las barbaridades que a diario cometían sus fuerzas regulares, o quizá ansioso por entrar en combate con el verdadero enemigo, se tomó la propuesta del teniente de la Guardia Civil como agua de mayo.
Aquel teniente de la Guardia Civil se metió en faena sin demora. Al día siguiente comenzaron las ejecuciones contra la tapia del cementerio de cinco en cinco y cada diez minutos. Matías Pacheco se encontró el segundo día junto a su padre y las manos atadas a la espalda con un trozo de soga de esparto crudo. Le dio por pensar que ni a las bestias se las ataba con ese tipo de cuerda que le estaba despellejando las muñecas. Todo parecía indicar que aquel teniente disfrutaba de lo lindo paseándose por delante y observando la expresión de los que iban a morir, allí no había distinción de género, hombres y mujeres caían juntos, buscaba, sobre todo, la angustia y el terror en los hombres y la desesperación por no entender qué hacían allí de las mujeres. Cuando llegó a la altura del padre de Matías, éste se dirigió al teniente:
-¿Qué pasa, que ahora os fusiláis también entre vosotros mismos?.
-Yo fusilo a quien me pasa por los cojones- dijo el teniente echando mano a la funda de su pistola, pero, al parecer, lo pensó mejor y decidió dejarlo vivir un par de minutos más- ¿A qué viene eso ahora?.
-A que éste de aquí- José Pacheco hizo un leve gesto con la cabeza hacia su derecha, donde se encontraba Matías- es un fascista hijo de puta como tú.
-¿Y cómo sabes tú eso?.
-Porque es mi hijo.
El teniente miró a Matías.
-¿Es verdad lo que dice tu padre?.
-En lo de hijo de puta tiene razón, porque mi madre era una perra de la CNT que se tiró a todo el pueblo. Lo más seguro es que éste ni siquiera sea mi padre.
-Y si no es tu padre, ¿por qué intenta salvarte la vida?.
-Yo no quiero salvarle la vida- intervino José- Sólo quiero que lo coloquéis en la otra punta, no sea que me vaya a caer encima. Quiero morir de un tiro, no de asco.
El teniente cogió a Matías por el codo izquierdo y lo sacó de la zona de tiro.
-Ven conmigo, muchacho- le dijo.
De una funda de cuero que llevaba sujeta al cinturón sacó una enorme navaja de Albacete de siete muelles. La fue abriendo parsimoniosamente procurando que sonaran con claridad cada uno de ellos y que todo el mundo los escuchara. Cortó las ligaduras de las muñecas de Matías al tiempo que giraba ligeramente la cabeza.
-Proceda, sargento.
Y el sargento procedió.
-¡Atento el pelotón!.
El pelotón estaba formado por seis guardias y contra la pared de la tapia había dos hombres y dos mujeres. Lo más probable era que cada una de aquellas dos mujeres recibiera dos tiros y cayesen fulminadas al suelo sin tener que retorcerse hasta que el teniente se dignara darles el tiro de gracia.
-¡Carguen!.
Los cerrojos de los Mauser corrieron hacia detrás y luego hacia delante introduciendo una bala en la recámara.
-¡Apunten!.
La experiencia lo es todo en estos casos, cada uno de ellos sabía dónde apuntar.
-¡Fuego!.
Tenía razón José Pacheco en lo de caer encima, los cuatro cuerpos rebotaron contra la tapia y cayeron grotescamente amontonados. Uno de los hombres había quedado emparedado entre las dos mujeres. El sargento sonrió mirando al teniente.
-Seguro que ése fue siempre el sueño de su vida.
-Y de la tuya, ¡no te jode!- respondió el teniente sacando la pistola de la funda y acercándose a los caídos.
Disparó primero a las mujeres, pero no lo hizo en la frente o en la sien, sino en medio de la cara, dejándolas anegadas de sangre y pequeñas esquirlas de hueso. Después procedió de igual modo con el hombre emparedado y le hizo una seña a Matías con los dedos índice y medio de la mano izquierda para que se le acercara.
Cuando estuvo junto a él, le entregó la pistola.
-Encárgate tú de éste- dijo señalando a José- He leído en algún sitio que, hasta que uno no mata a su padre, no es un hombre de verdad.
Estaba cabeza abajo y parecía muerto, esas ligeras convulsiones de la pierna derecha debían ser imaginaciones suyas. Le disparó en el cogote y una frase se grabó en su cabeza para permanecer allí el resto de su vida: "Ya estaba muerto, ya estaba muerto...".
-Buen muchacho- dijo el teniente- Ahora querrás alistarte para limpiar España de esa manada de rojos, ¿no?.
-Sí, mi teniente. Yo también quiero salvar a España.
-Querrás hacerlo en infantería, supongo, aunque tengo entendido que en la Legión no ponen pegas ni hacen preguntas.
-Yo quiero alistarme en la Guardia Civil, con su permiso, mi teniente.
-Eso no puede ser. Para ingresar en la Guardia Civil hay que pasar por una Academia, hay que valer y tener un par de cojones. Pero, ¿sabes una cosa?, vamos a ganar primero esta puta guerra y luego pensaremos en la Academia y todas esas hostias. ¡Sargento!.
El sargento se plantó frente él cuadrándose de forma ostentosa y casi ridícula.
-¡A sus órdenes, mi teniente!.
-¿Qué hemos hecho con los uniformes de los guardias que encontramos muertos en la cuneta?.
-Todo lo aprovechable está dentro de un cajón en uno de los camiones.
-Mire si encuentra algo que le pueda servir a este muchacho. Se viene con nosotros. Y cúidemelo porque nos va a ayudar a ganar la guerra. Tú, chaval, acompaña al sargento y haz todo lo que te diga sin preguntas ni caras raras. Sea lo que sea, ¿entendido?.
Y Matías Pacheco ganó aquella guerra, acabándola con el grado de cabo, cosa que no le sirvió de nada porque jamás fue un grado oficial, sino circunstancial y por motivos estratégicos. Pero para una cosa sí le sirvió su excelente hoja de servicios: ingresó en la Academia de la Guardia Civil y allí aprendió a leer y a escribir con asombrosa rapidez. A partir de ese momento, comenzó a leer todo lo que caía en sus manos, incluyendo los papeles que encontraba tirados en el suelo. Durante ocho años formó parte de una contrapartida en la sierra de Gredos y volvió a ser cabo, pero esta vez de verdad. Tuvo un par de destinos en la Comandancia de Cáceres y aprovechó su ascenso a cabo primero para solicitar un destino lo más alejado posible de aquel infierno que casi lo convirtió en una alimaña. Sus buenas relaciones con los mandos consiguieron que fuese destinado a un rincón perdido de la Comandancia de Albacete, un lugar llamado Liétor donde, en muy poco tiempo, se convirtió en la mano derecha del sargento comandante de Puesto y se ganó el respeto de sus subordinados, no sólo por su rectitud y seriedad, sino por algo tan elemental como pedir las cosas por favor dejando bien claro, a pesar de todo, que se trataba de órdenes ineludibles y, naturalmente, indiscutibles.
Era el único soltero del Puesto y ocupaba el pabellón correspondiente, un cuartucho que él había convertido en una estancia acogedora donde no faltaba de nada, ni siquiera el plato de comida caliente que las mujeres de los demás guardias se habían tomado como un evento consuetudinario más. Hasta el mismo Matías comenzó a considerar aquello como un artículo más del Reglamento para el Servicio.
Y ocurrió. Una mañana de primavera, subiendo la empinada cuesta que venía del río, vio sentada sobre un tronco caído a aquella muchachita de largas trenzas, vestido plisado, calcetines blancos y zapatos de charol. La saludó, como era su inveterada costumbre:
-Buenos días, señorita Orozco.
Ella se puso roja como un tomate sin responderle, sin mirarle... a pesar de que llevaba más de media hora esperando a que él pasara por allí.
En los labios de Matías Pacheco apareció un conato de sonrisa. Hacía tantos años que no había sonreído que ya no estaba seguro de haberlo hecho alguna vez. Aquel sonrojo casi infantil le hizo sentir, como un dulce rumor, el susurro de las amapolas...
LA SONRISA DE TOMILLO
El sargento Segundo Valderrama, que era a la sazón sargento primero comandante de Puesto de Liétor, era lo que mucha gente llamaría un tipo íntegro, algo que no es bueno ni malo, sino todo lo contrario. Ni era un hombre furibundamente religioso, ni escandalosamente patriota. Era, como todo dios en aquella España de dios, una víctima. Algún día, alguien será capaz de calibrar el indescriptible daño que una bestia como el general Franco causó a un país ya de por sí desgraciado tras siglos de megalomanía por parte de tiranos, asesinos y otros borbones varios.
Para aquel larguirucho y huesudo sargento, más cercano a Gary Cooper que al ínclito héroe nacional Alfredo Mayo, catalán como los almogávares del vesánico e inculto general, cabía distinguir entre las cuestiones de honor, artículo primero del reglamento para el servicio, y las cuestiones de intereses, vicio nacional de hondas raíces. Lo que venía a ser, de forma un tanto sacrílega, la diferencia entre el mundo de dios y el mundo de la carne. Patria era una palabra vacía, como España. Decencia significaba que la Guardia Civil muere, pero no se rinde.
Matías Pacheco admiraba profundamente al sargento Segundo Valderrama. Quizá porque había encontrado un motivo que justificara su amor al Cuerpo que fusiló a su padre y lo obligó a darle personalmente el tiro de gracia. Segundo Valderrama enseñó a Matías Pacheco, entre otras muchas cosas, a odiar a un teniente de la Guardia Civil, indudablemente un verdadero hijo de puta, y, al mismo tiempo, respetar un sueño de libertad y justicia reflejado en la frase "será pronóstico feliz para el afligido".
Le produjo enorme extrañeza que el sargento Valderrama le comunicara su deseo de cumplimentar la papeleta de correrías del día siguiente con ellos dos formando parte de la pareja. Era habitual que el sargento Valderrama instruyese al cabo Pacheco sobre las incidencias del servicio, pero que ambos formasen parte de la misma pareja de correrías, no sólo era inhabitual, sino, incluso, irreglamentario, ¿o se dice antirreglamentario?.
Y fue de aquesta guisa que comandante de Puesto y primer consejero de servicios sentáronse a almorzar bajo un enorme olmo junto a la margen derecha del rumoroso río Mundo, lo que supone que hubieron de cruzarlo por el puente del pantano. Segundo Valderrama se acomodó contra el robusto tronco mientras Matías Pacheco, sentado sobre una enorme piedra muy probablemente erosionada y alisada por siglos de contumaz roce de las aguas, comenzó a hurgar en su cartera de camino.
-Quizá debí advertirle- intervino el sargento Valderrama- Pero no se me ocurrió cómo. Esta mañana he encontrado a mi esposa guisando, según ella siente usted una especial debilidad por la liebre con tomate y cebolla. Creo que ha preparado el almuerzo más para usted que para mí. No sé qué pensar de eso, la verdad...
Matías Pacheco tardaría muchos años en descubrir que fue en ese preciso instante cuando se apropió de la expresión "mi esposa", una expresión que habría de convertirse en la más irrefutable prueba de amor y respeto hacia Águeda Orozco, a la sazón una muchacha del pueblo y poca cosa más.
-Doña Araceli es una mujer brillante y generosa, si me permite usted la expresión, mi sargento.
-¡Por supuesto que se la permito!. Y se la agradezco, porque estoy absolutamente de acuerdo con usted.
-Sin embargo, hay algo que no me cuadra: usted, mi sargento, no es hombre dado a la práctica cinegética y, mucho menos a la prevaricación, cuestión esta última descartable, dado que esa liebre no puede proceder de esta demarcación por motivos orográficos. Mucho me temo que ha sido adquirida en el establecimiento de Doña Fuensanta bajo mano, porque esa bendita señora no trafica descaradamente con cualquiera. Y, hasta es muy posible que mi muy admirada mercader no sólo haya sido la proveedora de la materia prima, sino también de la información sobre mis preferencias gastronómicas.
-Pacheco, le aseguro por mis más firmes convicciones que, si yo fuera un delincuente, no osaría delinquir en esta demarcación ni en cualquier otra donde usted anduviera.
-Y yo le aseguro, mi sargento, que un hombre honrado como usted estaría justamente autorizado a delinquir en mi demarcación y en cualesquiera otras sujetas a mi influencia.
-Lo que me lleva a la conclusión de que el delincuente sería usted.
-Todos somos delincuentes.
La liebre guisada con tomate y cebolla por Araceli Carmona, esposa del sargento Comandante de Puesto de Liétor, Segundo Valderrama, resulto ser manjar de dioses, aunque quizá deberíamos decir "bocato di cardinale", esa expresión macarrónica inexistente en la lengua de Dante, pero muy expresiva en esa España analfabeta que todo cree saberlo e, incluso, ignora su soez ignorancia. Aunque, justo es reconocer que era aquélla una España donde un cardenal era mucho más que Dios y el cuerpo de Cristo era administrado, en gran medida, por un benemérito instituto guarda fiel de España entera.
Matías Pacheco lanzó el último hueso de la liebre hacia unos matorrales porque, una de las lecciones de su padre que jamás olvidó era que siempre había que dejar cualquier cosa que se coma al alcance de otras criaturas. La sonrisa del sargento Valderrama era la prueba fehaciente de que lo bien hecho bien parece.
-Lo que daría yo ahora por un buen carajillo- dejó caer el cabo como prueba fehaciente de lo mismo.
-¿Se refiere usted a esto?- dijo el sargento Valderrama sacando un termo de su cartera de camino.
-¿Cómo he podido dudar de la eficacia de Doña Araceli?. Le presento mis excusas, mi sargento.
-Pruebe a presentárselas a ella, aunque no se lo aconsejo.
-No lo haré.
No se trataba de algo que pudiera ser interpretado como un buen carajillo. Pero, sin lugar a ninguna duda, sí podía ser interpretado como un regalo de los dioses, aunque mejor sería decir de las diosas.
El sargento Segundo Valderrama carraspeó ligeramente antes de decir:
-Doy por supuesto que no será necesaria ninguna introducción y que usted conoce perfectamente el motivo de esta peculiar correría.
-Está usted en lo cierto, mi sargento. Desea hablar conmigo sobre la señorita Orozco.
-En ese caso, no me andaré con rodeos e iré al grano. Estoy seguro de que no espera usted menos de mí. ¿Qué hay de cierto en esa historia que he oído sobre que usted ha violado a la señorita Águeda Orozco y la ha dejado embarazada?.
-Podríamos decir que hay un cincuenta por ciento de verdad.
-Comprenderá que su comportamiento me resulte muy reprobable.
-No pretendo justificar un comportamiento injustificable, mi sargento. Pero sí he de dejar clara una cosa: Aunque sus hermanos la escondan con siete cerrojos en un convento más allá del fin el mundo, la encontraré y me casaré con ella.
-Eso es lo que dice mi esposa.
-¿Ha hablado usted con su esposa sobre este asunto?.
-He hablado de ello con varias personas. No sé por qué se extraña, usted hubiese hecho lo mismo.
-Tiene usted razón, mi sargento. Claro que, no es lo mismo investigar que ser investigado.
-No, Pacheco, ni se parece. ¿Conoce usted a Don Manuel Mahíques?.
-¿El párroco de Ayna?. Por supuesto que lo conozco, siempre me ha interesado mucho su historia: un prestigioso sacerdote con todos los boletos para ser obispo que acabó recluido en un pueblecito perdido en la sierra por criticar el comportamiento de la Iglesia durante el Alzamiento Nacional. Estoy seguro de que Dios intercedió por él, de lo contrario hubiese acabado contra la tapia de un cementerio. ¿También usted lo conoce?.
-Y también lo admiro. No estoy de acuerdo con él, por supuesto. Admiro su valor y su integridad, como usted, supongo.
-No es cosa habitual en este desgraciado país.
-Don Manuel está dispuesto a casarlos a ustedes y arrostrar la responsabilidad. Según él, lo que Dios une, aunque sea a través de un pobre cura marginado, ningún régimen nacional-católico osará separar. En cuanto a mí, estoy dispuesto a ocuparme de los trámites civiles, no será muy complicado disponiendo de los documentos eclesiásticos. Como usted muy bien dijo hace un momento, todos somos delincuentes.
-Supongo que mi parte del trato radica en en el secuestro con premeditación, alevosía y nocturnidad de la ingenua manceba.
-¡No sea usted bruto, Pacheco!. El secuestro es un delito muy grave. Lo dejaremos en un inocente e ingenuo rapto. Algo así como un raptito sin mala intención.
-Los hermanos Orozco no lo verán de ese modo.
-¡Faltaría más!. Pero no olvide que ya fusilamos a su padre. No nos odiarán más de lo que nos odian ahora, y no podrán hacer ahora lo que no pudieron hacer antes. Tampoco hemos de olvidar que son hombres, patriotas y españoles, cargarán todas las culpas sobre esa mala pécora pervertida que así les paga todo lo que han hecho por ella y se embolsarán su parte de la herencia. Aquí paz, y después gloria.
Y sobre los riscos clareó una sonrisa de tomillo.
LA AGUÉDASIS
Mientras buscaban ese convento de siete cerrojos más allá del fin del mundo, los hermanos de Águeda la encerraron en el cuartucho más recóndito de la casa, en el segundo piso, tras una puerta maciza y sin más luz que la que entraba por una tronera al más rancio estilo medieval.
Tumbada en el camastro que había en una de las esquinas, contemplaba el techo pensativa. Bueno, el techo, no, sino unas rayitas en el techo. Pertenecían a una trampilla que daba acceso a lo que siempre habían llamado "la cambra", una buhardilla o desván inmenso donde se solían guardar las manzanas, las patatas, las mazorcas de maíz y los sacos de legumbres, y que ya sólo se utilizaba para airear los jamones. Junto a la pared, frente al camastro, había un curioso armamoste de madera, mitad mesa, mitad cómoda. Se encaramó sobre él y pudo empujar la trampilla hacia arriba. Se puso perdida de polvo porque llevaba años cerrada y olvidada. Tanto, que sus carceleros no se apercibieron de aquella vía de escape. No le fue nada fácil encaramarse hasta la estancia superior y, cuando se descubrió sentada en el suelo, llena de polvo y con los brazos arañados, no pudo creer que había sido capaz de semejante hazaña. Allí había dos grandes ventanas, una frente a otra. La de su izquierda daba al tejado de la casa vecina, que tenía un patio con una gran higuera y la puerta de aquel patio daba al Callejón de la Rambla. Saltó al tejado y tuvo miedo de caer rodando. Se aferró a las tejas y gateó hasta el extremo que daba a la higuera. Intentó sujetarse a una de las ramas más gruesas, pero perdió el equilibrio y se hundió en el mar de hojas. Las ramas de la higuera jugaron con ella lanzándola para aquí y para allá como a una pelota hasta que acabó en el suelo dolorida y magullada. Sintió un miedo espantoso, pero no por el daño que pudiera haberse hecho, sino por la posibilidad de que los vecinos hubiesen oído el sonoro zarandeo y la descubriesen. Se incorporó lentamente y comprobó que todo estaba en orden. Pero también descubrió sus rodillas despellejadas, los calcetines manchado de sangre y los brazos y las manos llenos de arañazos. No pudo ver su cara ni su pelo, pero enseguida imaginó su aspecto de bruja llena de moratones y con las trenzas deshilachadas. Se acercó al portalón del patio y no le fue difícil abrir la cancela. Allí estaba la rambla, sólo había que cruzar por el puentecito de las boteas y estaría frente a las escaleras que subían hasta el Cuartel de la Guardia Civil. A mitad del puente se detuvo a mirar aquella caseta destartalada en medio de la rambla. Ése fue el lugar elegido por ella para seducir al cabo Pacheco tras planificar una emboscada junto al inicio de las escaleras que conducían al cuartel. Había pensado mucho en ello, pero no pudo explicarse de dónde había sacado la desvergüenza para perpetrar locura semejante. Lo que no había llegado a plantearse siquiera fue el hecho de que le hubiese resultado tan sencillo. ¿Tan débiles son los hombres?. ¿Tan enamorado de ella estaba aquel cabo adusto y galante?.
Nunca había subido por aquella escalera. Recordó de pronto que Matías Pacheco le había dicho en una ocasión que eran doscientos noventa y ocho peldaños. ¿Los ha contado usted?. Cientos de veces, señorita Orozco. Los contó. Doscientos noventa y ocho. Eso hizo que pensara en algo y no en la locura que estaba cometiendo. Aunque, hablando de locuras... Tras la escalera no acababa la ascensión, un sendero zigzagueante conducía hasta la puerta del cuartel. Al atisbarla, Águeda imaginó la reacción del guardia de puertas. ¿Qué estás haciendo aquí, pordiosera?. Vuelve a tu casa si no quieres que te dé una paliza. Si la echaban de esa manera, seguiría montaña arriba, se acurrucaría bajo una carrasca y allí se moriría, pero nunca volvería a su casa.
Cundo el guardia de puertas la vio, le pareció estar viendo un fantasma.
-¡Dios bendito, señorita Orozco!. ¿Qué le ha pasado?. Acompáñeme, tenga la bondad.
La tomó por un brazo, le hizo subir cuatro escalones que daban a un pasillo y, una vez allí, golpeó con suavidad la puerta del fondo, la empujó e introdujo ligeramente la cabeza por el resquicio.
-¿Da usted su permiso, mi sargento?.
-Pase, López, ¿qué ocurre?.
-Está aquí la señorita Orozco.
Segundo Valderrama salto de su asiento tras la mesa del despacho como un resorte. A punto estuvo de llevarse por delante el anaquel lleno de carpetas que había a su izquierda. En dos brincos llegó hasta a puerta, apoyó ambas manos en los hombros de Águeda y la hizo sentarse en una silla.
-¡Virgen Santísima, señorita Orozco!. ¿Se ha peleado usted con todo el pueblo?.
-No señor. Me he escapado.
El sargento Valderrama se dirigió imperiosamente al guardia de puertas.
-López, localice inmediatamente al cabo Pacheco y que se presente aquí como un rayo.
Cuando el tal López salió como una centella, se inclinó hacia la muchacha.
-Enseguida hablaré con mi esposa y ella le limpiará todo eso y la curará. No se asuste si se empeña en darle un baño de agua caliente, le aconsejo que diga a todo que sí, créame, hace años que la conozco.
Matías Pacheco no apareció como un rayo. Los rayos no son tan rápidos.
-¡Señorita Orozco!- su voz surgió tras abrirse paso por un laberinto de impedimentos, rugosa y entrecortada.
-¿Se da usted cuenta, señor sargento?. Es el padre de mi hijo y mi futuro esposo... Y todavía me llama señorita Orozco.
-Voy a avisar mi esposa. Usted, Pacheco, explíquele mientras todos los detalles de nuestro plan.
Desde la puerta, se volvió.
-Y abrácela y déle un beso ahora mismo, ¡demonios!.
LA CARICIA DE ALBAHACA
Araceli Carmona se hizo cargo inmediatamente de quien a partir de ese momento empezó a llamar "mi niña". Se encaró sin remilgos con Matías Pacheco demostrando, una vez más, que era una mujer de armas tomar.
-Escúcheme bien, cabo, y luego no se me haga el despistado. No sé que tratos han amañado mi esposo y usted, pero no se haga ilusiones. A partir de ahora, las cosas se harán como Dios manda y yo me voy a encargar de ello personalmente. ¿Tiene usted algo que objetar?.
- Nada en absoluto, Doña Araceli. Tanto el sargento como yo hemos asumido que usted toma el mando. Estamos a sus órdenes.
Una vez que todo quedó meridianamente claro, comenzó el proceso de convertir a aquella muchachita en una moza casadera. Le hicieron un moño detrás de la cabeza fabricando una filigrana con las trenzas, la vistieron de largo hasta los tobillos, le pusieron zapatos blancos y un velo que le caía hasta mitad de la espalda. Mirándose al espejo, Águeda pensó que parecía mucho más novia el día de su primera comunión, pero se consoló pensando que, al menos, no se casaría de oscuro y con velo negro. Le encantaba aquel vestido claro, aquellos zapatos blancos, aquel precioso velo y se sentía extrañamente eufórica con aquellas medias blancas que llevaba por primera vez en su vida.
Mosén Mahíques, como lo llamaba el sargento Valderrama, no parecía estar dispuesto a montar una ceremonia espectacular con ocasión de aquella boda. Recibió a la media docena de asistentes en la puerta de la iglesia, una maravillosa ermita mudéjar de piedras y ladrillos rojos milenarios. Cuando los invitó a entrar, lo hizo como el que exhibe su casa con especial orgullo, como el que muestra su templo. Eso es, como el que muestra su templo.
Una vez dentro, se colocó un alba, una estola y un cíngulo como únicos ornatos y se situó entre el altar y la minúscula concurrencia. Quizá alguien esperaba algo parecido a una misa, pero pronto quedó claro que aquello era una reunión clandestina de paz y amor que emanaba cierto regusto a catacumba.
Manuel Mahíques miró a Águeda con infinita ternura.
-Hija mía, ¿tú sabes en qué berenjenal te estás metiendo?.
- Sí, padre. Y si es pecado, estoy condenada, porque no me arrepiento.
-Los ángeles no cometen pecados.
Miró a Matías Pacheco con cara de juez bondadoso pero estricto.
-Y tú, hijo mío, ¿estás seguro de lo que haces?.
-En mi vida he estado más seguro, padre.
-En ese caso- dijo Manuel Mahíques colocando sus manos sobre ambas cabezas- Que Dios os bendiga, y a mí, que me perdone.
Nadie pensó en los dichosos anillos ni en las eternas promesas de amor eterno. Estaban demasiado ocupados pensando en cosas más importantes.
A su regreso al cuartel les esperaba una sorpresa. Rosario Serrano, la esposa de Julián López, a quien todo el mundo llamaba Charo, y que llevaba camino de convertirse en la segunda madre de Águeda, detrás de Araceli Carmona, y Margarita Álvarez, esposa de Juan Martínez, que, por su edad, más bien podría ser la hermana mayor, habían preparado un ligero refrigerio, según una, o un frugal colación, según la otra, para celebrar el evento, ya que no estaba el horno para banquetes de boda.
Ambas abrazaron y besaron a Águeda con los ojos llenos de lágrimas, probablemente recordando aquel día en las novias fueron ellas. Águeda había oído hablar de las lágrimas de felicidad y siempre se había preguntado sobre el significado de aquello. Llorar no significa. Es agua.
-Os quiero muchísimo. Creo que me he casado con la Guardia Civil.
Segundo Valderrma la miró con una sonrisa irónica.
-Perdone que se lo diga, señora Orozco, pero qué pocos guardias civiles ha conocido usted.
-¿Es eso cierto, Matías?.
-Es el Comandante de Puesto. Su palabra es la ley.
- Así es, señora Orozco. Y se lo voy a demostrar. Cabo, bese a la novia, es una orden.
Águeda descubrió la caricia de la albahaca.
EL MILAGRO DE LA FLOR DE CACTUS
Matías Pacheco pensó inmediatamente solicitar el traslado. Habiéndose casado con una vecina de Liétor que, además, era heredera de importantes propiedades y miembro de una influyente familia, la incompatibilidad de prestar el servicio del Cuerpo en esas circunstancias era más que manifiesta. El traslado le sería concedido sin problemas y con rapidez.
Segundo Valderrama, tras consultarlo pausadamente con Araceli Carmona, vio las cosas de otro modo. Estaba claro que Matías y Águeda no podían quedarse en Liétor, pero nunca ha sido bueno obrar con precipitación y a la buena de Dios. Prudente sin debilidad, firme sin violencia y político sin bajeza. Volvió a proponerle al cabo Pacheco una nueva correría.
-Quizá no encuentre este guiso de liebre con tomate y cebolla tan sugerente como la última vez- dijo el sargento Valderrama dejando su fiambrera sobre una piedra y alzando la bota de vino- Me temo que su esposa todavía no es muy ducha en estos menesteres.
-¿Me está usted diciendo que Águeda ha guisado esta liebre?.
-Bueno, digamos que con la ayuda del vecino, mi padre mató un gorrino.
-No sabía nada.
-Quizá pensó que obras son amores y no buenas razones.
-¿Sabe qué le digo, mi sargento?. Creo que esta liebre era un magnífico animal de muy buena raza.
Segundo Valderrama sonrió mientras le alargaba a Matías Pacheco la bota de vino.
-Mi esposa suele argumentar sus opiniones con muy buen criterio, como supongo que usted no ignora.
-Doña Araceli es una mujer de sabias y fundamentadas opiniones.
-Según ella, no resultaría nada prudente que su esposa anduviera bambando entre gente extraña en su frágil estado. En su opinión, sería prudente esperar al nacimiento de su hijo y a que ella recobre la fortaleza antes de embarcarse en una aventura. Por otro lado, yo he hecho ciertas averiguaciones y todo parece indicar que su ascenso está al caer. Creo que entonces será el momento apropiado para que ustedes emprendan una nueva vida en otro lugar, con más sosiego y mejores perspectivas.
Ágeda y Matías solían cenar en una pequeña mesa que habían colocado bajo la ventana del pabellón que daba al patio. La cena procedía, lógicamente, de la cocina de Araceli, que dirigía las operaciones culinarias en las que cooperaban Águeda y su hija mayor, llamada Araceli como ella. Matías Pacheco consideraba aquella situación como pasajera y se acomodó a ella, sobre todo cuando tomó conciencia de que Águeda no la consideraba un abuso manifiesto de confianza sino algo provisional y, en cierto modo, gozoso.
-Supongo- dijo Águeda durante una de aquellas cenas- que si es niño querrás que se llame como tú.
-Preferiría que se llamase José, como mi padre.
-¿Querías mucho a tu padre?.
-Creo que empecé a quererlo de verdad después de que muriera.
-¿Cómo murió?.
-Es una larga historia. Algún día te la contaré. ¿Cómo quieres que se llame si es niña?.
-He pensado en Zoraida.
-¿Zoraida?. ¿Qué nombre es ése?.
-Tienes muy pocos libros en la estantería, pero me he fijado en que uno de ellos es El Quijote.
-Precisamente es el primer libro que hubo en esa estantería, sin contar los profesionales, claro.
-¿Lo has leído?.
-Un par de veces.
A Águeda se le escapó una leve sonrisa y Matías se golpeó la frente con la palma de la mano derecha.
-¡Zoraida!- exclamó- La princesa y el cautivo. ¡Vaya por Dios!.
-De niña me ponía una cinta en la cabeza e imaginaba que era una princesa mora y que me llamaba Zoraida.
-Es un nombre precioso.
-Zoraida Pacheco Orozco.
-La princesa Zoraida.
Araceli Carmona se presentó muy temprano en el pabellón de Ágeda y Matías, que hacía rato se había marchado a la oficina del sargento Valderrama para poner un poco de orden en el desbarajuste que había encontrado allí cuando se hizo cargo del papeleo. El sargento Valderrama había decidido hacerse cargo de las actividades del cabo Pecheco en el pueblo con la finalidad de evitar un desagradable encuentro entre éste y los hermanos Orozco y encomendarle su despacho.
-Abrígate bien, niña mía, que hoy hace un frío de respeto. Vamos a dar un paseo.
-En mi casa yo tenía... ¿Qué es eso que lleva usted puesto, Doña Araceli?. ¿Nos vamos de correrías como Don Segundo y Matías?.
Araceli llevaba puesto el abrigo de su marido luciendo los brillantes galones en ambas bocamangas.
-No hay en el mundo un abrigo mejor. Segundo ya se ha acostumbrado a que se lo quite. Vamos a buscar el de Matías. Ya verás, niña, qué maravilla.
-Pero me estará grande, ¿no?.
-¿Qué quieres, abrigarte o ir a la verbena?.
Salieron enfundadas en sus respectivos abrigos verde oliva. El guardia de puertas se cuadró y las saludó sonriendo.
-Buenos días, Ambrosio,- lo saludó Araceli- ¿Cómo anda Margarita con su catarro?.
-Mucho mejor, Doña Araceli, la miel y el limón son mano de santo.
-¿Verdad que sí?.
Caminaron cogidas del brazo por un sendero que conducía a las ruinas de una ermita abandonada, eso sí, bajo la atenta mirada de Ambrosio López que, desde el extremo izquierdo de la entrada, no les quitaba ojo de encima. En ese momento, Águeda no fue consciente de que esa mañana nacieron dos de sus más inveteradas costumbres: tutear y llamar por su nombre, no por su apellido, a los subordinados de su marido y protegerse del frío con aquel abrigo que a partir de entonces sería más suyo que de Matías.
-Doña Araceli, no sé cómo decirle esto sin que usted me malinterprete.
-Ni lo voy a malinterpretar, ni tienes que pasar por el calvario de decírmelo. Escúchame bien, niña mía, tú no eres un problema que nos ha mandado el demonio, eres una bendición de Dios. Has sacado de todo el mundo en esta casa todas las cosas buenas que teníamos escondidas desde hace mucho tiempo. Fíjate en Segundo, ¿no te has dado cuenta de cómo te mira?, se le cae la baba a dos carrillos. El otro día, cuando mi Araceli le dijo "Buenos días, papá" le puso las manos en la cintura, la besó en las dos mejillas y le dijo: "Buenos días, hija mía".
-¿Qué le decía antes?.
-Le decía "Buenos días, hija" y, desde luego , no la besuqueaba. Siempre ha sido más sargento que padre. Y respecto a mí, ¿crees que yo siempre he sido así?.
-De eso no me cabe ninguna duda. Matías siempre cuenta maravillas de usted, y el guardia de puertas...
-El bueno de Ambrosio se ha cuadrado ante nuestra princesita. El día que te presentaste aquí...
-Lo recuerdo muy bien, él estaba de puertas, como hoy. Yo llegué hecha un santocristo y él fue muy amable, su esposo también, claro. Y Matías...
-¡Qué suerte tiene ese cochino!. El muy sinvergüenza...
-No, Doña Araceli, la sinvergüenza fui yo...
-No digas barbaridades, niña. Cuando Segundo me lo comentó, estuve a punto de decirle que hiciese todo lo posible para que expulsaran a ese degenerado, incluso que lo metieran en la cárcel. Pero intentó calmarme y me prometió que lo solucionaría todo. Ya sabes como son los hombres, se protegen unos a otros.
-Las mujeres también nos protegemos unas a otras, ¿no?.
-¡Ay, niña de mi vida!. Las mujeres nos sacamos los ojos. Somos tan culpables como los hombres de ser un cero a la izquierda.
-Usted no es un cero a la izquierda, Doña Araceli. Su marido le tiene más miedo que a un nublado.
-¿Crees que es miedo?.
- No señora. Creo que ese señor también tiene mucha suerte.
Aquella noche, Águeda soñó que caminaba por un inmenso desierto pedregoso y que, de repente surgía frente a ella un gran cactus de amenazadoras púas. Lo miró aterrorizada, pero una maravillosa flor de brillantes colores nacía, como un milagro, de su tronco y el cactus le sonreía.
EL GUIÑO DEL RODODENDRO (EL ÁRBOL QUE DA ROSAS)
El transcurrir del tiempo se amansó como se amansan los arroyos cuando el paisaje se amansa. Un jardincillo junto a las ruinas de la ermita, libros que llegaban por correo de una librería de Albacete, paseos matutinos enfundada en su inseparable abrigo. Tendré que comprarme otro, había dicho Matías. Ni se te ocurra, le había respondido Águeda, se acabaría la magia. ¿Tú crees en la magia?. ¡Claro que sí!, y en las hadas. Y así, el tiempo dejó de devenir y se hizo manso. Las cosas dejaron de transcurrir y florecieron. Pero el universo no dejó de expandirse y una mañana Águeda se sintió mal.
Don Luis San Juan, el único médico del pueblo, pronosticó un parto difícil y cuestionó sus capacidades como ginecólogo. Matías Pacheco lo miró, sin dejar de avergonzarse por algo así, como a un subordinado sedicioso.
-Don Luis- le dijo vocalizando como era su costumbre cuando se sentía portador de un mensaje proveniente de altas instancias- Usted es el médico. Usted es la la persona más capacitada para hacerse cargo de la situación. Todos estaremos a sus órdenes. Dispondrá usted de un pequeño ejército que le obedecerá sin rechistar. Cumpla usted con su deber lo mejor que sepa y lo mejor que pueda. Nadie le va a exigir más. Personalmente, estoy convencido de que hará usted un magnífico trabajo
-Dios le oiga, Don Matías.
-Prefiero que nos oiga Esculapio.
-¡Naturalmente!. ¿A qué Dios cree usted que me refería?.
Lo primero que hizo aquel médico bajito de bigote de oro y cabellos de plata fue instruir a sus tres enfermeras, Araceli, Charo y Margarita en los principios higiénicos de su idolatrado colega y tocayo Louis Pasteur, incluso las proveyó de sendos pares de guantes antisépticos y de mascarillas aislantes. Araceli Carmona fue la más conmocionada por las pormenorizadas explicaciones de aquel hombre sabio.
-Es un crimen que las comadronas metan las manos ahí sin lavárselas siquiera.
-El maestro, sin pelos en la lengua, las llamó asesinas.
-¡Virgen Santa!.
La primordial preocupación de aquel médico de pueblo con vocación científica y espíritu heterodoxo, fue la asepsia. Si se perdía aquella batalla por fuerza mayor, sería ley de vida, porque incluso la muerte es ley de vida. Pero por nada del mundo estaba dispuesto a consentir que se perdiera por desidia, por dejadez y, muchísimo menos, por incompetencia.
-Señoras- les dijo muy serio- Saldremos de ésta porque nos va la vida en ello.
-¿Tanto como la vida?.
-¿Le parece poco la vida de esta criatura?.
El doctor Luis San Juan se sintió moderadamente orgulloso al cerciorarse del buen estado y burbujeante vitalidad de aquella preciosa y escandalosamente llorona niña. Y si su optimismo fue moderado se debió a que el estado de la madre caminaba en sentido inverso. Constante, contumaz e incansable insistió en la asepsia.
-He leído mucho sobre un revolucionario antibiótico y voy a mover cielo y tierra para conseguirlo. Hasta soy capaz de destilar el hongo penicilum del pan en mi propio laboratorio. He tomado serias medidas contra la anemia y contra la hipotensión arterial. Ahora mandaré al grueso de mi ejército contra la septicemia. Vamos a ganar esta guerra, Don Matías, le doy mi palabra de honor.
-Pienso permanecer a su lado hasta que esté bien, sólo espero sus órdenes sobre las precauciones higiénicas que debo tomar.
-Doña Araceli lo pondrá al corriente. Y yo vendré todos los días y estaré en constante comunicación telefónica.
La debilidad física y los malos presagios no doblegaron a una Águeda luchadora con tantísima vida por delante y tan poca por detrás. Como un árbol que da rosas, fue regalando esperanzas, alegrías y fe, mucha fe a todos los que la velaron ilusionados. Más hermosa que nunca y muchísimo más madura, abrió sus ojos infinitos y apretó la mano de Matías.
-Era una broma, tonto. No pensaba morirme.
-Lo sé. Lo he sabido siempre.
-Fue niña, ¿verdad?.
-¿Qué otra cosa podía haber sido?.
-¿Cómo está?.
-Quizá recuerdes a Doña Fuensanta Garbajosa. Su hija y la tuya son ahora hermanas de leche.
-Soy una perfecta inútil, ni siquiera puedo alimentar a mi hija.
-Sólo has podido alimentar los corazones de cuantos te queremos. Nadie es perfecto.
-Tú sí, esposo. ¿Eres feliz?.
-¿Confidencialmente?.
-Por supuesto, esto no saldrá de aquí.
-En ese caso, se podría decir que sí. ¿Y tú, esposa?.
-Eres un zalamero. Y no estoy muy segura de que vengas con buenas intenciones.
Don Luis San Juan irradiaba alegría por los cuatro costados. Le comunicó confidencialmente a Matías Pacheco que estaba redactando un modesto trabajo sobre las vicisitudes de toda aquella aventura con la intención en enviarlo a su revista científica favorita y la esperanza de verlo publicado.
-Estoy seguro de que será un trabajo muy instructivo- dijo Matías Pacheco- Sobre todo para sus colegas rurales.
-Eso espero. Pero ahora vamos a lo que nos interesa: la dieta de Doña Águeda Ya he comentado el asunto a Doña Araceli. Hemos de robustecer ese cuerpo delicado.
-Dígame lo que se necesita y yo lo conseguiré.
-Tenemos todo lo que se necesita. Sólo hay que administrarlo con mesura y buen tino.
-Un gitano amigo mío me dijo en una ocasión que el mundo está muy bien hecho, pero muy mal repartido.
-Ese gitano amigo suyo es un hombre sabio.
-Era. Lo fusilamos en el treinta y ocho.
-¿Por gitano?.
-No lo sé. Yo sólo me preocupé de darle en el corazón para que no sufriera.
Manuel Mahíques preguntó a Águeda mirándola con una gran ternura:
-¿Y cómo quieres que se llame, hija mía?.
-Zoraida, padre.
- Creo recordar que Zoraida en árabe significa Graciosa, o lo que es lo mismo, llena de gracia. También creo recordar que el Arcángel Gabriel dijo: Ave, María, gratia plena. Has elegido un nombre precioso, te felicito.
Segundo Valderrama, padrino del bautizo, con la niña en brazos, se acercó al sacerdote y murmuró:
-Mosén Mahíques, es usted un hereje.
-Todos somos herejes, sargento.
Aquella noche, en la mesita bajo la ventana que daba al patio, con la cena ya servida, Matías Pacheco depositó allí encina unas cintas doradas.
-¿Te gustaría coser los galones en la bocamanga de nuestro abrigo?.
-¿Vamos a ser sargentos?.
-De hecho, ya lo somos.
Araceli Carmona fue la encargada de enseñar a Águeda el manejo de su vieja Singer para coser aquellos galones.
-¿Por qué llora, Doña Araceli?. Ahora seremos las dos sargentos.
-¡Ay, niña mía!. ¿Te acuerdas del villancico que cantamos durante la cena de la última Nochebuena?.
Claro que lo recordaba Y las lágrimas inundaron también los ojos de Ágeda como rosas de rododendro.
La Nochebuena se viene,
la Nochebuena se va,
y nosotros nos iremos
y no volveremos más.
LA MENTA Y LA CANELA
Viajaban en una furgoneta destartalada con los cuatro trastos que poseían, la ropa y los libros por una carretera perdida en dirección hacia un pueblo todavía más perdido y que había costado media hora localizar en el mapa.
El conductor mostraba una seguridad en sí mismo rayana en la temeridad.
-No se preocupe, sargento. Sí ese pueblo existe, lo encontraré. Hasta ahora los he encontrado todos.¿Cómo dice usted que se llama?.
-Ayora. Al menos eso pone en mi despacho de destino.
-¿Y dice usted que está cerca de Almansa?.
-Eso me pareció en el mapa.
-¿Seguro que no es provincia de Albacete?.
-No señor, es provincia de Valencia. Aquí lo pone bien claro: trescientas once comandancia.
-¡Pijo!. Pues sí que hay provincias en España.
-Eso sin contar las de África- Matías Pacheco empezaba a divertirse con aquella conversación.
Se volvió hacia Águeda, que viajaba en el centro con Zoraida en brazos.
-No llores, mujer, que me estás partiendo el alma.
-Es que ya los echo de menos. Sobre todo a Doña Araceli, que es lo más parecido a una madre que he tenido en toda mi vida.
-Lo sé. Pero has de hacerte a la idea de que a partir de hora nosotros seremos nuestra única familia y no tendremos más pueblo que nuestro tipi. Hace mucho tiempo que elegí esta vida Y tú has hecho algo parecido, eres la mujer más valiente que he conocido nunca.
-¿Valiente y loca es lo mismo?.
-Sí, se podría decir que sí.
-Pues estamos locos los dos, esposo.
-Como cabras, esposa.
El conductor de la furgoneta resultó ser un auténtico especialista en encontrar pueblos perdidos. De la misma manera que hubiese encontrado la Cólquide, encontró Ayora. Y no sólo eso, encontró el cuartel de la Guardia Civil y detuvo el vehículo justo en la puerta.
Los estaban esperando. Uno de los guardias se acercó al sargento Pacheco cuando éste se apeó de la furgoneta y ayudaba a Águeda a hacer lo mismo.
-¡A sus órdenes, mi sargento!- dijo cuadrándose y saludando- Bienvenido. Soy Antonio Martínez, me he hecho cargo del Puesto desde que se marchó el sargento Díaz.
Matías Pacheco le devolvió el saludo y le tendió su mano derecha.
-Es un honor, Martínez. No esperaba este recibimiento.
-El sargento Valderrama nos informó de la hora aproximada de su llegada .El día ya lo sabíamos, naturalmente.
-Lo felicito por su eficacia.
-He pensado que, antes que nada, trasladaremos todo lo que lleva en la furgoneta a su pabellón. Le presento al puertas, Juan Montilla.
Y Juan Montilla también se cuadró y saludó.
-¡A sus órdenes, mi sargento!.
Y Matías Pacheco también le devolvió el saludo y le tendió su mano derecha.
-Es un honor, Montilla.
-Como le iba diciendo- continuó Antonio Martínez- He preparado un pequeño programa de recibimiento. Le presento a Manuel Sanchis.
Matías Pacheco estuvo a punto de preguntar, movido por la extrañeza, si aquel individuo de paisano era uno de los guardias del Puesto. Pero prefirió dejar que las cosas se desarrollaran por sí mismas y meditar luego sobre ellas. Prudente, sin debilidad, pero prudente.
Manuel Sanchís también se cuadró, y también saludó, pero con un ligero y respetuoso movimiento de cabeza.
-¡A sus órdenes, mi sargento!.
Matías Pacheco se quitó el tricornio, se lo colocó debajo del brazo, devolvió a Sanchís la misma ligera inclinación de cabeza y le tendió su mano derecha.
-Es un honor, Sanchis.
Entonces apoyó esa misma mano derecha en la espalda de Águeda y se dirigió a los presentes.
-Caballeros, les presento a mi esposa, Doña Águeda Orozco, y a mi hija, la señorita Zoraida Pacheco.
Todos saludaron con un marcial gesto de cabeza y Ágeda les fue ofreciendo la mano uno a uno. Cuando llegó a Manuel Sanchis, éste extendió los brazos hacia la niña.
-¿Me permite, señora?.
-No faltaba más, caballero.
Manuel tomó a Zoraida en brazos y dejó a Águeda boquiabierta ante la delicadeza y soltura con que lo hizo. Fiel a su instinto y su costumbre, se aferró al bigote, escueto, pero más que suficiente para sus hábiles manitas.
-Tienes nombre de princesa y algún día serás nuestra reina- dijo intentando zafarse de aquel tirón de bigotes mientras los demás no pudieron evitar la risa.
Águeda la tomó en brazos con una gran sonrisa y miró a Manuel.
-¿De dónde has sacado que tiene nombre de princesa?.
-Todas las Zoridas que he conocido son princesas.
-¿Y cuántas Zoridas has conocido?
-De momento, dos.
-Comprendo.
-Creo- intervino Martínez- que, antes de nada, deberíamos trasladar todos los enseres de la furgoneta al pabellón del sargento, de ese modo será más fácil organizarse después.
Manuel se asomó al interior de la furgoneta cuando el conductor abrió la puerta posterior.
-¿Esto es todo?.
-De momento, sí- respondió Matías Pacheco.
-Lo solucionaremos.
Fue cuestión de quince minutos dejarlo todo en el pabellón. El conductor, tras recibir el pago acordado, se despidió de Matías Pacheco y de Águeda con sendos apretones de manos y del resto con un gesto y una sonrisa. La furgoneta arrancó y se perdió al final de la calle.
Cuando Martínez se disponía a despedirse y dejar todo el asunto en manos de Manuel, apareció de la nada, aunque mejor sería decir del mismísimo infierno, una especie de rara marioneta con tres estrellas.
Matías Pacheco se cuadró frente él y saludó con todo el ceremonial del reglamento.
-¡A sus órdenes, mi capitán!.
Hizo un ligero gesto con la mano derecha que no llegó a la visera del tricornio, entre otras cosas, porque no llevaba tricornio, ni en la cabeza ni en ninguna otra parte.
-Celebro verle aquí por fin. Ya era hora de que las cosas tomaran su rumbo normal. Confío en que mañana tendré en mi despacho un informe donde me ponga usted al corriente de todas las novedades que observe en los libros de servicio.
-Así será, mi capitán. Mañana a primera hora.
-No se precipite, sargento. Lo quiero todo en perfecto orden No me gustaría tener que hacerlo yo.
-Sólo aspiro a cumplir con mi deber.
-No esperaba menos de usted.
Se dirigió a Martínez que también permanecía ante él en primera posición de saludo. Nadie había ordenado descanso todavía.
-¿Qué hace ése de paisano?.
-Hoy tiene oficio, mi capitán. Le he encargado la escolta del sargento Pacheco.
-¿De paisano?.
-No, mi capitán, eso ha sido decisión suya.
-Ya veo. Cuatro días y tres puertas arrestadas. Y que se ponga el uniforme.
-¡A sus órdenes, mi capitán!.
Dio media vuelta y se alejó lentamente sin despedirse y... sin mandar descanso.
Matías Pacheco se había quedado lívido. Bajó la mano, se acercó a Martínez y le tomó el brazo haciendo que lo bajara mientras lo miraba lleno de tristeza.
Manuel Sanchis ni siquiera había mirado al capitán. Todo parecía indicar que el desprecio era mutuo. Para un hombre como Matías Pacheco aquello resultaba absolutamente incomprensible. Podría entenderse que los tiempos habían cambiado y ya no se fusilaba a la gente contra la tapia del cementerio por motivos meramente testiculares. Pero por muchísimo menos un capitán del Benemérito Cuerpo de la Guardia Civil mandaba, si no al paredón, si al mismísimo séptimo infierno a un puto guardia segundo que sólo era un número, un número, además, insignificante. Al parecer, todavía había muchas cosas que tendría que aprender aunque no las comprendiera nunca.
Manuel Sanchís miraba la morera de la derecha del jardín cuando Antonio Martínez se le acercó mostrando un interés similar, como maravillándose de que la familia moraceae perteneciese al orden de los rosales.
-Lo has oído, supongo.
-¿Cuándo me vas a poner la primera puerta arrestada?.
-Mañana, a ver...
-Pues mañana a las ocho en punto me pondré el puto uniforme. ¿Has oído pronunciar al capitán la palabra "inmediatamente"?.
-No. Pero sabes perfectamente que está vigilando por la ventana de su despacho, y si acompañas al sargento de paisano, al que se le cae el pelo es a mí.
-No tiene cojones.
Matías Pacheco se acercó a ellos y también se puso a estudiar detenidamente la morera.
-Sanchis, ya sé que formalmente todavía no soy su comandante de puesto.
-No, mi sargento, no lo es todavía.
-Pero a todos los efectos, soy su superior.
-Absolutamente cierto.
-En ese caso, le ordeno que se ponga el uniforme... inmediatamente.
-A sus órdenes, mi sargento.
Miró a Martínez y le guiñó un ojo.
-Era broma, hombre. Pensaba ponerme el uniforme de todos modos.
-Eres un chulo de mierda. Peor que él.
Cuando Manuel Sanchis desapareció tras la puerta del cuartel, Matías Pacheco se acercó a Antonio Martínez. No acababa de comprender en qué extraño planeta había caído.
-Dígame, Martínez, ¿qué clase de persona es ese Sanchis?.
-Un buen guardia, mi sargento. Yo diría que el mejor que he conocido. Pero está loco, como habrá podido observar.
-Eso dicen de Don Quijote según tengo entendido. Y el capitán... perdone que no sepa su nombre, no hemos sido presentados.
-Felipe González, mi sargento. Pero, si tiene la intención de recabar mi opinión sobre él, me acojo a mi derecho de guardar silencio. Creo que hasta los asesinos tienen ese derecho.
-Su opinión sobre el capitán González ha quedado manifiestamente clara. Y la ha expresado usted con una sutileza admirable. ¿Cree usted que, por su manera de dirigirse a mí, está buscando un aliado contra elementos hostiles?.
-Estoy convencido, mi sargento.
-Y... ¿consideraría usted una buen estrategia infiltrar un topo en territorio enemigo?.
-La verdad, mi sargento, es que no hace falta que...
-Sí hace falta que, Martínez, sí hace falta que. Quiero que sepa que me siento muy orgulloso de mis guardias y muy avergonzado de mi capitán. ¡Ah, por cierto!, al loco ése, déjelo en mis manos.
-No sabe lo que me alegra oír eso, mi sargento. Ahora, si no ordena ninguna cosa más...
-Puede usted retirarse, Martínez. Y usted, Montilla, siga con su servicio y... muchísimas gracias por la mano que nos ha echado con los trastos.
-Ha sido un honor, mi sargento. Con su permiso...
Montilla volvió a sus puertas y Martínez entró en el despacho que, a partir del día siguiente, sería el despacho de Matías Pacheco.
En ese momento apareció Manuel Sanchis por la puerta del cuartel, de riguroso uniforme como había prometido. Eso sí, uniforme de paseo impoluto, con su guerrera entallada, raya de los pantalones trazada con escuadra y cartabón, botas de piel con tacones de madera hueca de cuatro dedos que, al golpear entre sí, sonaban como una campanada de catedral, y el tricornio vencido hacia delante y apoyado en las cejas.
-A sus órdenes, mi sargento. Listo para revista.
Matías Pacheco lo miró con una ligera sonrisa y se giró hacia Águeda, que jugueteaba con Zoraida en brazos haciéndole carantoñas.
-¿Qué opina usted, señora Orozco?.
Águeda lo miró recorriéndolo desde las botas hasta el tricornio e hizo un gesto de aprobación.
-A mi me parece guapísimo.
-Como puede ver, Sanchis, en estos temas valoro mucho la opinión de mi esposa. ¿Qué cree que pensaría el capitán González?.
-Que estas botas no son reglamentarias, que mi guerrera es poco menos que pornográfica, que debo encasquetarme el tricornio como un cazo y cortarme el pelo. Después me metería cuatro días y tres puertas arrestadas, pero me temo que eso ya lo ha hecho.
-No me extraña en absoluto porque esa idea se me ha pasado por la cabeza en cuanto le he visto. Pero me temo, tanto o más que usted, que eso ya ha sido decidido.
-En ese caso, mi sargento, como decía un amigo mío gitano: ¿dónde está el problema?.
-Yo tenía un amigo gitano que solía decir que el mundo está muy bien hecho pero muy mal repartido.
-Puede que fuese el mismo, ¿hacía torres de canela en la puente de los ríos?.
-No lo sé, lo fusilamos en el treinta y ocho.
-¿Le dio usted un poquito de agua con peces y barcos?.
-No.
-¡Qué mal repartido está el mundo!, ¿verdad, mi sargento?.
-Sí.
Manuel se acercó a Ágeda y tendió los brazos.
-Mientras solucionamos el problema del carricoche, ¿por qué no me encasqueta usted a nuestra princesa?.
-¿Insinúa usted, caballero, que soy una cría enclenque incapaz de llevar mi hija en brazos?.
-No señora, y si a alguien se le ocurriese insinuar tal cosa ante mí, voto a tal que probaría el filo de mi acero.
Águeda puso a Zorida en los brazos de Manuel. Éste se colocó el tricornio bajó el brazo izquierdo y la tomó con el derecho colocando el dedo índice de la mano derecha a una distancia cercana, pero prudencial, de la naricita de la niña. Zoraida se aferró a aquel dedo con las dos manos y tiró de él.
-¡Qué se ha creído usted eso, incipiente buscona!. Si quiere usted comerse un dedo, hágalo con uno de los suyos.
Pero Zoraida no se dejó arredrar, abandonó el dedo y retomó su vieja lucha con el bigote de Manuel mientras Águeda se dirigía a Matías Pacheco.
-¿Va usted consentir que este sinvergüenza me siga tirando los tejos, mi sargento?.
-Hemos de ser prudentes, señora, parece ser que es amigo de los gitanos.
Manuel ya caminaba calle abajo recitándole a Zoraida fragmentos del "Poema del cante jondo".
Águeda se aferró al brazo derecho de Matías y apoyó la cabeza sobre su hombro. Se sentía muy feliz porque había visto en los ojos de él un profundo orgullo y una gran satisfacción, como si la felicidad fuese un espejo donde te miras y ves la felicidad de quien amas. No dijo nada, Matías tampoco, porque ese espejo es poseedor de la vieja propiedad reflexiva que insiste imperturbable en que si A=B, B=A.
Lo que sí hizo Matías Pacheco fue alcanzar a Manuel y colocarse a su derecha. Quizá para cerciorarse de que su hija era tan feliz como él, o quizá para dejarle bien claro a aquel insurrecto indisciplinado que, como Grgory Peck, llevaba el mundo en sus brazos.
-Me halaga su sensibilidad, mi sargento- dijo Manuel en medio de su batalla por defender su bigote de las acometidas de Zoraida.
-No se lo tome a mal, Sanchis, pero no comprendo a qué se refiere.
-Me refiero a que a mi izquierda, nadie. Y ha tenido usted la delicadeza de colocarse a mi derecha.
-Ha de llegar el día, escúcheme bien, en que captaré todos sus juegos de palabras, y sabré inmediatamente que artículo de qué ley o reglamento contravienen para proceder en consecuencia.
-Por eso no se preocupe, mi sargento. Piense mal y acertará.
-¿Lo ves, esposa?- dijo Matías Pacheco girándose hacia Águeda- Ahora estoy seguro de que es amigo de los gitanos.
-¿Los gitanos son comunistas?- preguntó Águeda a Manuel.
-Manolo Caracol no lo es.
-Lo que no acabo de entender- intervino Matías Pacheco- es por qué maldita razón continúa usted en el Cuerpo.
-Yo también lo he pensado muchas veces, mi sargento. Y he llegado a la conclusión de que el motivo es que no sirvo para otra cosa.
-No me refiero a eso. Lo que quiero decir es que su hoja de servicios debe ser un estercolero.
-Un estercolero lleno de flores. Ya sabe usted lo que se dice: "Un guardia civil sin correctivos es un jardín sin flores".
-Yo no tengo ningún correctivo.
-Nadie es perfecto.
Manuel se detuvo frente a unas monumentales puertas abiertas que daban a un recinto que a todas luces semejaba una carpintería. Zoraida dejó por un momento de batallar contra aquel díscolo bigote para fijar su atención en aquel local, o más bien en el motivo por el que Manuel se había detenido.
Un sujeto enclenque y de sonrisa luminosa, tan generoso en simpatía, como escueto de cabellera, se acercó a ellos rebozado en serrín.
-Mi sargento- dijo, solemne, Manuel- Permítame que le presente a Don Julio Pozuelo, quien, pese a su apariencia de carpintero, como aquel Jusuf, padre de Joshuá, es, en realidad, como aquel Joshuá, hijo de Jusuf, un factótum. Déle usted un punto de apoyo, y moverá el mundo.
-No haga usted caso a este delincuente habitual- intervino Julio Pozuelo- Siente una rara querencia por desprestigiar todo lo humano.
-Nada humano me es ajeno- sentenció Manuel.
Matías Pacheco estrechó la mano que le ofrecía Julio Pozuelo y dijo, señalando a Águeda con un movimiento de ojos:
-Don Julio, le presento a mi esposa, Doña Águeda Orozco. Y a mi hija, la señorita Zoraida Pacheco.
-Es un verdadero placer sargento...
-Pacheco, Matías Pacheco.
-Es un placer, Don Matías.
Águeda también estrechó la mano de Julio.
-Encantada de conocerte, Julio.
-Ayora es famosa por la belleza de sus mujeres, nativas o forasteras. Voy a acabar creyéndomelo.
-¿Y qué me dice usted de la belleza de sus galanes?.
-No podemos quejarnos en general. Si hacemos la media entre Manuel y yo, no salimos muy malparados.
Julio se acercó a Manuel para hacerle un guiño a Zoraida.
-Ya tenía yo ganas de que una auténtica belleza dejara en ridículo el porte de este petulante doncel.
Quizá haya algo de cierto en que hay que entrarle al enemigo por su punto más débil y, a ser posible, por sorpresa. Esta cuestión elemental no fue pasada por alto por el sargento Matías Pacheco, pero sí por su dulce esposa, Doña Águeda Orozco, que se mostraba encantada de la vida y transportada al país de Nunca Jamás. Matías la miró y no pudo evitar una sonrisa mientras murmuraba para sus adentros: "¡Bendita inocencia!".
-¿Recuerdas el pabellón del sargento Agustín Díaz?- preguntó Manuel a Julio.
-¿El que hay encima del tuyo?.
-Allí sigue. Ahora será el pabellón de nuestro nuevo comandante de Puesto, el sargento Matías Pacheco. Mañana tengo puertas...
-Arrestadas, supongo.
-La duda ofende. Pásate por el cuartel durante la mañana para echar un vistazo. Quiero que conviertas aquello en una mansión a la altura de las circunstancias.- se dirigió a Matías Pacheco- Siempre con su permiso, mi sargento.
-Si no es meterme donde no debo, ¿también ha previsto usted de dónde saldrán los fondos para cubrir el presupuesto?. He de confesarle que no soy muy amigo de la prevaricación.
-Nadie es amigo de semejante pécora, pero tampoco vamos a ser más papistas que el papa.
-De todos modos, no creo que la amistad sea prevaricación en sentido estricto. ¿Son ustedes muy amigos?.
-Desde los cinco años, cuando íbamos juntos a la escuela.
-¿Debo suponer que es usted oriundo de esta localidad?.
-Si fuese así, no podría desempeñar mi servicios en este Puesto, como sabe usted muy bien. Lo que ocurrió es que, cuando yo iba a nacer, mi madre se fue a casa de la suya para que yo naciera y regresó cinco días después. De ese modo, según mi carnet de identidad, nací en Gandía, incluso fui bautizado allí. No tengo familia ni interés alguno en esta localidad, si exceptuamos alguna que otra ligera amistad.
-¿Es usted hijo del Cuerpo?.
-Sabia deducción, mi sargento.
-Me temo que no podré hacer gran cosa para evitar que lo expulsen cuando el capitán González vuelva a la carga.
-Podría usted colaborar con el capitán, Don Matías- intervino Julio- Llevo años proponiéndole a este impresentable que se venga a trabajar conmigo. Hasta estoy dispuesto a nombrarlo socio al cincuenta por ciento. Yo me encargaría de la serrería y él de las menudencias.
-Este tipejo- dijo Manuel- posee tres montañas y varios millones de pinos. Tiene la intención de deforestar la sierra.
-Yo comprendo- apuntó Julio- que se proteja a las conejas preñadas para que no las cacen durante la veda. Pero, ¿por qué habría la Guardia Civil de proteger los pinos?.
-Porque son criaturas de Dios- sentenció Manuel.
-Tiene razón Sanchís, Don Julio. Los pinos también son criaturas de Dios. ¿Lo veré mañana en el cuartel?.
-Por supuesto.
-Pues, hasta mañana, Don Julio.
-Hasta mañana, Don Matías. A sus pies, señora. Adiós, princesa.
-Hasta mañana, Julio.
Zoraida se había empeñado muy seriamente en desbigotar a Manuel, pero él emprendió su defensa como si se tratara del Santuario de la Virgen de la Cabeza. Sólo lo asaltaron las dudas cuando creyó atisbar en el brillo e sus ojos un conato de alma colmenera y el rostro serio de Miguel Hernández con gorro de miliciano.
Matías Pacheco se colocó junto a Águeda y susurró lentamente:
-Esposa, este zamarro tiene de guardia civil...
-Lo mismo que tú, esposo. Y lo mismo que el sargento Valderrama. Y no vuelvas a habar mal de nuestro futuro yerno.
-Tengo la impresión de que, durante el viaje hubo un terrible accidente y acabamos todos muertos.
-Pues para estar muerta, me siento muy bien. Nunca pensé que morirse fuera tan agradable.
Para certificar la impresión de Matías Pacheco, un figura escapada de la mitología y con forma de mujer caminaba hacia ellos por la misma acera. El colmo fue cuando sonrió y comenzó a jugar con la naricita de Zoraida ante la arrebatada mirada de Manuel.
Águeda fue la primera en acercarse a ellos.
-Doña Águeda, tengo el inmenso placer de presentarle a la más maravillosa librera de la República de las Letras, la señorita Mari Carmen Campos. He aquí, Mari Carmen, a la factora de esta princesita, Doña Águeda Orozco, esposa de nuestro nuevo comandante de Puesto, Don Matías Pacheco.
-Encantada de conocerte, Águeda. Es un placer, mi sargento. En cuanto a ti, princesita...
-Zoraida.
-¡Vaya por Dios!. Nunca pensé que llegaría a conoceros, Alteza.
-Supongo- dijo Manuel- que caminabas hacia tu casa con la intención de comer cualquier porquería en la más espantosa soledad. ¿Por qué no comes con nosotros?.
-¿Pagas tú?.
-Yo había pensado que, ya que eres toda una potentada, aportarías una pingüe ayuda económica.
-¡Que te crees tu eso!. ¿Por qué piensas que soy una potentada?, porque no despilfarro mis caudales como otros...
-Ya ve usted, mi sargento La historia de mi vida...
-¿Es su prometida?.
-No- intervino Mari Carmen- Pero no pierdo la esperanza.
-Sería un honor que nos acompañara, señorita Campos.
-Me imagino a la pobre Remedios preparando una comida especial- empezó Mari Carmen. Luego, se volvió hacia Manuel- ¡Ay, hijo, no sé qué les das!.
-Precisamente- intervino Águeda- Hace un momento, eso mismo decía mi esposo, pero refiriéndose a mí.
-Ve con cuidado, muchacho- dijo Mari Carmen a Manuel- Don Matías va armado.
-Supongo que Sanchis llevará el arma reglamentaria. Va de uniforme- intervino Matías Pacheco.
-¿Le gusta apostar, mi sargento?- dijo Mari Carmen desarmándolo como jamás lo había hecho una mujer... tal vez a excepción de Águeda Orozco.
-Para serle sincero, señorita Campos, prefiero no apostar ni saber si esa funda que pende de su cintura está vacía.
-Es una broma, mi sargento- intervino Manuel- Esta mujer es así, ¿qué le vamos a hacer?.
-Estoy seguro, Sanchis. Pero no se le ocurra abrir esa funda.
-No me saques sin motivo ni me guardes sin honor.
-Gracias, Sanchis. No esperaba menos de usted.
Como ya nada podía extrañarle en aquella perdida Ínsula de Barataria, Matías Pacheco observó con pasmosa indiferencia cómo aquella brisa de simpatía y de cabellos broncíneos se acercaba a ellos, besaba a Mari Carmen y no a Manuel, al tiempo que caía rendida ante una Zoraida igualmente traspasada por un flechazo de ese amor que, sin venir de ninguna parte, procede de todas las partes, sin ser nada, lo es todo... Eso tan sencillo que jamás nadie pudo explicar y que todos comprendemos como comprendemos la luz, onda y corpúsculo a un tiempo.
Pero fue Águeda la primera en acercarse a la nueva aparición y esperar a que Manuel volviese a sacar otro conejo de la chistera.
-Doña Águeda- comenzó Manuel- he aquí a nuestra madre Démeter, la doctora Josefa Olalla.
-¿Eres la madre de esta maravilla?.
-Me temo que sí.
-Es raro que no haya roto a llorar. Tiene cara de gatita hambrienta.
-¡Cuánta razón tiene usted, doctora Olalla!. Llevo su biberón en el capazo y pensaba dárselo cuando estuviésemos sentados a la mesa. Me gustaría alimentarla como hacen las madres normales, pero no puede ser.
-Muchas madres normales alimentan a sus hijos con biberón, Águeda, no te sientas mal por eso. ¿Los preparas tú?.
-No, Don Luis San Juan, el médico de Liétor me preparó varios antes de salir. Me dijo que son de leche materna con un refuerzo vitamínico.
-Veo que tenéis un excelente médico allá en Liétor.
-Es un hombre maravilloso. El parto fue muy difícil. Mi hija y yo le debemos la vida.
-En este mundo hay oficios muy hermosos. Creo que hablaré con él. Y por los biberones no te preocupes, deja ese asunto en mis manos.
-¿Ha dicho que hablará usted con Don Luis?.
-¿Usted?. Hija mía, ya sé que soy mucho mayor que tú, pero no me hagas todavía más vieja.
-Perdóname, Josefa. Es que todavía no me creo lo que está pasando. ¿Cómo vas a hablar con Don Luis?. ¿Eres bruja?.
-Soy bruja y, además, tengo teléfono.
-Hablando de teléfonos- intervino Matías Pacheco mirando a Manuel- Tengo intención de hablar con el sargento Valderrama. No ponga esa cara, Sanchís, ya sabe, ese sargento con el que usted debió hablar y a quien arteramente sacó un capazo de información.
-Te pillaron, Sherlock- Mari Carmen no pudo evitar una sonrisa luminosa. Miró a Matías Pacheco- Ya tenía yo ganas de que este mequetrefe encontrara la horma de su zapato.
-Yo también llevaba años esperando algo así- dijo Josefa.
-Supongo- intervino el sargento Pacheco- que desde que eran niños e iban juntos a la escuela.
-Bueno, a la escuela, no, porque había escuela de niños y escuela de niñas. Pero jugábamos juntos en la plaza.
-Y me dejaban sin canicas estas dos tramposas- añadió Manuel.
-¿Es eso cierto, doctora Olalla?- preguntó Matías Pacheco.
-Sí, es cierto. Hacíamos trampas.
-¿Qué clase de trampas?.
-Mari Carmen le enseñaba las bragas y yo introducía la bola en el guá de forma fraudulenta.
-¿Es usted la prometida de Sanchís?.
-No- intervino Manuel- Pero no pierdo la esperanza.
Fue Emilio quien los recibió en la puerta de su taberna y quien los condujo hasta la mesa que habían preparado para ellos. Remedios estaba en la cocina enfrascada entre fogones y cazuelas. Habían juntado dos mesas y las habían cubierto con un enorme mantel. Águeda pensó que aquello parecía un banquete de bodas y le pasó por la cabeza una idea peregrina. ¿Querían todos recibirla como a una novia?. ¿Era Matías el organizador de aquella fiesta?. ¿Su Matías, su caballero, el gran amor que soñó desde niña y que encontró siendo aún niña?. ¿Quién demonios era Manuel, arrebatadoramente atractivo?. ¿Era un ángel flamígero que le decía "Ave, Águeda, benedicta inter mulieribus"?. ¿Quiénes eran aquella señorita Campos, ser maravilloso y cautivador, o aquella doctora Olalla, surgida de un mundo lleno de magia y encanto?. Miró a Matías y pensó para sí: "Dime, esposo, ¿qué hay de cierto en eso de que hemos muerto por el camino y nos hemos ido al cielo?. Siempre pensé en qué cosa sería eso de ser feliz. Quizá debería decir que ahora lo soy. ¿O debería decir que sueño que lo soy, que toda la vida es sueño?"
Manuel entró en la cocina, abrazó a Remedios y la besó en ambas mejillas. Después, la tomó por la cintura y la hizo salir hasta donde se hallaba Águeda con Zoraida en brazos. Remedios se desembarazó de la enorme cuchara de madera que llevaba en la mano entregándosela a Manuel y se acercó a aquellas dos niñas, porque esa fue la impresión que provocaron en la buena mujer.
-¡Qué preciosidad de criatura!, ¡y qué carica de hambre tiene!.
-Tiene usted razón, señora...
-Remedios, yo soy Remedios.
-Yo soy Águeda, y ésta es mi hija Zoraida. Le decía que tiene usted razón, señora Remedios, está muerta de hambre. Llevo su biberón en el capazo, sólo hay que calentarlo al baño de María.
-He tenido cinco hijas y cuatro nietas. Bueno, con ésta también serán cinco. Déjelo todo en mis manos que usted también necesita comer y descansar un poco. Vamos a cambiarle los pañales, a ponerla guapa y luego le daremos el biberón y la acostaremos en la cuna de mi Trini. Va a dormir en la gloria.
-Voy con usted.
-No hace falta, hija mía. Yo ya tengo mucha experiencia.
-Pero yo no, y necesito maestras como usted.
-Espabilada nos ha salido la muchacha. Dios las bendiga a las dos.
-Gracias, señora Remedios. Y que la bendiga a usted también. Todo niñas en su vida, ya somos dos más por lo que veo. ¿Nunca niños?.
-Bueno, está el Manolico, pero no cuenta, porque está de prestado.
-Nosotras dos también...
-De eso nada, las mujeres nunca están de prestado. Sobre todo si son dos ángeles. ¿Verdad tú?.
Manuel enarcó las dos cejas.
-No sabría decirte cual de las dos es mas guapa, Remedios.
-Tenga usted la bondad de medir sus palabras cuando se dirija a un superior, Sanchis.
Manuel se colocó ceremoniosamente el tricornio y se cuadró en el primer tiempo de saludo.
-¡A sus órdenes, mi sargento!.
Fue en ese preciso instante cuando Remedios se percató de que Manuel iba de uniforme.
-¡Hodo nenico!, ¿qué haces tú con ese uniforme tan feo encima?.
-Me pasa como al escorpión de la fábula, Remedios. No puedo evitarlo, es mi carácter.
-Yo tengo un abrigo verde oliva precioso- intervino Águeda- Me parece el abrigo más bonito del mundo y le tengo mucho cariño. Hasta tiene galones de sargento.
-¡Ay, niña!, pues no sé qué le ves de gracioso al traje de los civiles.
-No, Remedios- dijo Manuel- Nosotros somos militares, los civiles sois vosotros.
-O sea, que las civileras son militares.
-Eso es- apuntó Águeda- Y ustedes, civiles.
-Es usted demasiado guapa para que yo le discuta nada. ¿Es guapa o no es guapa, Manolico?.
-Es la mujer más guapa que he visto en mi vida, si exceptuamos a nuestra princesa, claro.
-Si sigue usted tirándome los tejos, no tendré más remedio que tomar medidas al respecto.
-Además- intervino Remedios- es una mujer casada.
-Y madre de familia- añadió Águeda.
-Y guapa hasta decir basta- concluyó Manuel.
-Señora- dijo Remedios- Vamos a arreglar lo de nuestra niña y a quitarnos a este mozo de encima, que todos son iguales, los muy zánganos.
-Lárguese de aquí, mozo- dijo Águeda a Manuel- Las mujeres decentes tenemos cosas que hacer y usted- se empinó sobre la punta de los pies y lo besó ligeramente en los labios- tiene más mozas a las que rondar.
-Siempre a sus órdenes, mi sargento.
Orgullosa como hacía tiempo no se sentía, después de ver a Zoraida dormirse como una bendita en aquella coqueta cuna, después de bien limpita, con pañales nuevos y satisfecha con aquel biberón que engulló voluptuosamente y que, hasta se diría que hubiese matado por él. Águeda se presentó en la mesa donde el resto de comensales daban buena cuenta de los extraordinarios gazpachos ayorinos que Remedios había preparado con liebre, perdiz, mucho amor y las mejores tortas del mundo, emulsionadas a la piedra caliente, una receta culinaria que se pierde en la noche de los tiempos y en la niebla de la leyenda.
Se sentó entre Matías y Manuel, que parecían enfrascados en temas de abismal profundidad filosófica referentes a los ideales liberales de un tal Francisco Javier Girón y Ezpeleta, un navarrico que parecía caer bien a ambos. Ante el asombro de Matías Pacheco, Manuel se levantó para apartarla silla de Águeda. Cuando ésta se hubo sentado, lo miró.
-Esposo, ¿crees que este zángano te está haciendo la pelota a ti o me está tirando los tejos a mí?.
-Tiene muchos defectos- respondió Matías Pacheco- Pero el de rastrero no es uno de ellos. Mucho me temo que el de sátiro sí lo es. Dejo el veredicto en tus sabias manos, esposa.
-Con su permiso, mi sargento- intervino Manuel impertérrito ante las alusiones- Me gustaría explicar a Doña Águeda la mecánica de degustación de este plato, único en el mundo.
Águeda lo miró divertida.
-¿De qué parte de este universo mundo es usted, señor guardia?.
-Valencia es mi patria, señora.
-La mía en La Mancha, ya sabe usted, la misma patria de Dulcinea. ¿Va usted a mostrarme cómo se comen unos gazpachos?. ¿Me dejará, después, que yo le explique cómo se degusta una buena paella?.
Mari Carmen miró a Manuel desde el otro lado de la mesa.
-Te pillaron, Sherlock- y miró luego a Águeda- ¿Verdad que es un hombre encantador?.
-Y guapo hasta decir basta.
-Pues mire usted, eso no se lo discuto.
-La belleza humana es efímera- sentenció Matías Pacheco.
-Todo es efímero... y fútil- sentenció, aún más, Manuel.
LA SABIDURÍA DE JAZMÍN
Aquel era un gran día y Zoraida correteaba por el patio rebosando felicidad por todos sus poros. Manuel estaba de puertas, arrestadas, por supuesto, la duda ofende. Pero esta vez había sido Matías Pacheco en persona el autor del arresto. Le había prometido a su hija el regalo que ella eligiera, no importaba lo que fuera, y Zoraida no se lo pensó dos veces: "Quiero al tío Manu vestido de guapo en la puerta". Aquella misma noche, en la lista, informó a Manuel de su arresto. "Supongo que debe haber cientos de motivos", fue todo lo que Manuel comentó. "En efecto, Sanchis, muchos y muy graves, pero el peor de todos ellos es que el Pisuerga pasa por Valladolid".
De aquella gravísima acusación, sin defensa que le valiera, Manuel dedujo que, más que puertas, tenía guardería. Así que se dedicó a prepararle a Zoraida la mejor fiesta de cumpleaños.
Cuando Zoraida lo vio corrió hacia él con una gran sonrisa de oreja a oreja.
-¡Tío Manu, tío Manu!. ¿Te has vestido de guapo porque hoy es mi cumpleaños?.
-No señorita. Me he vestido de romano porque tu papaíto me ha castigado.
-¿A que te ha castigado?.
-A aguantarte.
-Eso no es un castigo.
-Tienes razón, no lo es. ¿Cuántos años cumples?.
Zoraida extendió su mano derecha completamente abierta.
-Estos.
-¿Y cuánto son "estos"?.
-Pareces tonto, tío Manu. Cinco, todas las personas tienen cinco dedos en la mano.
-Julio, no.
-Porque el tío Julio es de un planeta donde las personas sólo tienen tres dedos en la mano derecha.
-¿Cómo se llama ese planeta?.
-Dice el tío Julio que no se puede pronunciar en el idioma de la Tierra.
-¿Y cuál es el idioma de la tierra?.
-¿Cuál va a ser, tonto?. El terrícola, el que hablamos nosotros.
-Creía que nosotros hablábamos cristiano.
-El terrícola y el cristiano son lo mismo, para que te enteres.
Manuel se agachó para besarla en las dos mejillas y Zoraida le tocó el bigote con el dedo meñique. Aquel bigote le recordaba algo, pero nunca sabía qué. Fue entonces cuando Manuel sacó una muñeca de trapo que llevaba camuflada en la espalda.
-Es para ti, se llama Miss Brodie.
-¡Qué bonita es, y qué viejecita!.
-Sí, es muy vieja. Mi madre me la regaló a mí cuando cumplí los cinco años y mi abuela se la había regalado a ella al cumplir la misma edad.
-¿Yo podré regalársela a mi hijita cuando cumpla cinco años?.
-Tienes la obligación de hacerlo. Es una tradición.
-¿Como los reyes magos?.
-Los reyes magos no son una tradición, son un cuento chino.
-Eso es verdad, dice la tía Mari que vienen de la China y que la China y Oriente son lo mismo.
Zoraida se abrazó a Miss Brodie y besó a Manuel en la mejilla.
-Gracias, tío Manu, la voy a querer mucho.
Volvió a pasar el dedo meñique por el bigote de Manuel, ese bigote que le recordaba algo y que no se le ocurría qué podría ser.
Julio, sin atreverse a cruzar el umbral miró a ambos lados extrañado de que ningún guardia de puertas le echara el alto como en las películas de nazis. "¡Maldita sea!, camino expedito y yo sin dinamita". Pero pronto se alejaron de su mente aquellas poco aconsejables ideas cuando vio correr hacia él a una mocosa con cara de ángel, movimientos de hada y abrazada a una muñeca de trapo.
-¡Tío Julio, tío Julio!.
Julio se acuclilló y Zoraida se le colgó del cuello.
-¡Qué alegría más grande tío Julio!. ¿Te has acordado de mi cumpleaños?.
-¿Tú te has acordado de respirar esta mañana?.
-¡Claro!, si no respiro, me muero. ¿En tu planeta os morís si no respiráis?.
-Unas veces sí y otras veces no. En mi planeta lo importante es lo que se respira.
-Tiene razón mi papá. En tu planeta sois muy raros.
-¿Porque tenemos tres dedos en la mano derecha?.
-No, porque para que vengáis al cuartel hay que traeros esposados.
-Eso es verdad. Preséntame a tu amiga Miss Brodie.
-¿Cómo sabes que se llama Miss Brodie?.
-Porque es una pelandusca que conocí hace años.
-¡Miss Brodie no es una pelandusca!. Es la novia de tío Manu.
-Ya lo sé. Mira lo que te he traído.
Zoraida miró aquella marioneta de madera que Julio había hecho aparecer por arte de magia.
-¡Qué muñeco tan bonito!. ¡Y qué nuevo!.
-Se llama Pinocchio, pero tú puedes llamarle Pinocho. Lo he hecho con madera de pino, y quiero que te fijes en una cosa. Di una mentira muy gorda.
-Yo no sé decir mentiras gordas. Soy una niña pequeña.
-¿A quién quieres más, a ese fascista con cuernos o al honrado tío Julio?.
-¿Tú a quien quieres más, a ese fascista con cuernos o a tu sobrina Zoraida?.
-¡Cómo se nota que tu tía la bruja te está enseñando sus artes!.
-Dos y dos son veintiséis.
-¿A qué viene eso?.
-Me has dicho que diga una mentira muy gorda.
La nariz de la marioneta comenzó a crecer.
-La nariz de Pinocchio crece cuando alguien cuenta mentiras, sobre todo si las cuenta él.
-¿Y cómo sabe la nariz de Pinoquio que algo es mentira?.
-Todo el mundo sabe que dos y dos no son veintiséis.
-Me llamo María Calambres.
La nariz de Pinocchio creció desmesuradamente.
-¿Todo el mundo sabe cómo me llamo?.
-Me has pillado, pequeña bruja. Es un muñeco mágico de mi planeta. Lo sabe todo, por eso no puede hablar y tiene que manifestarse con la nariz.
-¿Es para mí?.
-¡Claro!.
-¿Y para qué son esos hilos?.
-Para colgarlo del techo. Así se pasará todo el día bailando para ti y sonriéndote. Y también diciéndote lo que es verdad y lo que es mentira.
-Te quiero mucho, tío Julio.
-¿Más que a ese fascista con cuernos?.
-Eres tonto, claro que no.
-¿Sabes una cosa, princesa?. Yo tampoco te quiero a ti más que a él.
Mari Carmen se detuvo a la entrada del patio y se le inundó el alma de ternura al observar a Zoraida regalándole a Julio uno de aquellos besos de esquimal que eran los más habituales en su planeta, un curioso planeta donde siempre había nieve y todos los días eran navidad. Julio, el mayor mentiroso que jamás había conocido, regalándole a su princesa nada menos que un Pinocchio, el más estrafalario detector de mentiras jamás imaginado. Julio la había visto acuclillado como estaba y le dio un cachete en el trasero a Zoraida al tiempo que señalaba a Mari Carmen con la mirad.
-No me toques el culo, tío Julio. Eso está muy feo.
-Es que me muero de amor por vos, princesa.
-Vale, te perdono.
Pero aquello, más que un acto de perdón, fue un grito de libertad.
-¡Tía Mari, tía Mari!.
Mari Carmen la recibió acuclillada, la abrazó con fuerza y se puso en pie.
-Dame un beso esquimal, tía Mari.
-¿Y por qué no un beso de película?.
-Vale, lo que tú quieras.
Zoraida puso morritos y Mari Carmen también. Fue, como se suele decir, un beso en tos los morros.
-¡Qué cargada vas!- dijo Mari Carmen.
-Son mis regalos de cumpleaños.
-No me lo puedo creer. ¿Miss Brodie es un regalo de cumpleaños?.
-¿De qué conoces a Miss Brodie?.
-¿Sabes a lo que se dedica esta pelandusca?. A echar de la cama de Manuel a las mujeres honradas como yo. Es una hija de la Gran Bretaña.
-Yo quiero mucho a Miss Brodie, porque es la novia del tío Manu. Y es muy viejecita.
-Yo también quiero mucho a Miss Brodie, tonta. Antes de ser tuya, fue mía. Un día solamente, pero fue mía.
-¿Te la regaló el tío Manu el día de tu cumpleaños?.
-No, hija, no. El tío Manu nunca me ha querido a mí como te quiere a ti.
-El tío Manu te quiere mucho. Y yo también.
-Tendrás que descargar los regalos viejos para poder cargar con los regalos nuevos.
- Vamos a mi casa y los dejaré en mi cuna. Tengo un servicio confidencia que me ha mandado mi mamá.
-¿Qué quiere ahora esa perversa mujer?.
-¡Qué tonta eres, tía Mari!. ¿Es que no sabes lo que es un servicio confidencial?. ¿No te lo ha enseñado mi papá?.
-¿Qué sabes tú de lo que me ha enseñado tu papá o de lo que le he enseñado yo a él?.
-¿Lo ves?. Nada. Porque es un servicio confidencial.
Al entrar en su casa, Zoraida se abalanzó sobre Águeda mostrándole sus tesoros.
-¡Mira, mami!. Ésta es Miss Brodie y éste es Pinocchio. Miss Brodie es de trapo y es muy viejecita, y Pinocchio está hecho con madera de pino y le crece la nariz cuando alguien cuenta una mentira muy gorda. Cuéntale una y verás.
Mari Carmen se acercó y tomo el muñeco en sus manos.
-Tienes que colocarlo mirando fijamente a la persona mentirosa. Siempre está pensando en sus cosas y tiene que poner mucha atención.
Hizo un guiño a Águeda y ésta miró fijamente al muñeco.
-Yo nunca he dicho mentiras en toda mi vida.
La nariz de Pinocchio creció de forma descontrolada.
-¡Huy, qué mentira más gorda acabas de decir, mami!.
-Quita a este monstruo de mi vista. ¿Cómo se atreve a dejarme en evidencia de esta manera?.
-Es de broma, tonta. Pinocchio es muy bueno y sólo quiere jugar. Dale un besito para que te perdone.
Águeda besó al muñeco en la punta de la nariz, que había vuelto a su tamaño natural por arte de la misma magia. Zoraida dejó sobre su cuna los dos muñecos y regresó junto a su madre y Mari Carmen, que la esperaban en la salita.
Mari Carmen se sentó en una silla, tomó en brazos a Zoraida y la puso sobre sus rodillas. Le mostró un libro que hizo aparecer con la misma magia con que aparecían todas las cosas aquel mágico día.
-¡Qué libro más bonito!- lo abrió con las dos manos- ¡Y qué dibujos tan chulos!. Pero no tiene letras.
-No, no tiene letras, porque es un libro para ver y para imaginar, no para leer.
-¿Me tengo que imaginar la historia?.
-Algo mucho mejor: te sientas en las rodillas del tío Manu, te acurrucan contra él y le pides que te cuenta la historia mientras miras los dibujos.
-¿Y no puedes contármela tú, o mi mami? .
-Ése es el truco. Y cada uno te la contará de una manera. Y una sola historia serán todas las historias.
-¿De quién es este sombrero?.
-No es un sombrero, es una serpiente que se ha tragado a un elefante.
-¡Es verdad!. Qué serpiente más glotona, ¿no?.
-¿Por qué no le enseñas el libro al tío Manu y le preguntas qué hay dentro de esta caja?.
-¿Hay un gatito?.
-¿Tú qué crees?.
-Que es el gato más bonito del mundo.
-Ese mismo truco de magia lo hizo el tío Toni con un cordero. Y también había un principito.
-¿Quién es el tío Toni?.
-El papá del principito.
-¿Es amigo tuyo?.
-Sí, mucho. Pero es más amigo del tío Manu, él nos presentó.
-Voy a buscar al tío Manu.
-Pero recuerda que esto es un servicio confidencial.
-¿Sí?.
-¡Naturalmente!. Tienes que dejarle que crea que lo del elefante lo ha descubierto él.
-Y yo me hago la despistada.
-Así como quien no quiere la cosa.
-Y pongo cara de tonta. Y como Pinocchio se ha quedado en mi cuna...
Zoraida salió corriendo abrazada al que en el futuro sería su libro favorito.
Mari Carmen miró a Águeda con una sonrisa burlona en los ojos.
-¿Qué servicio confidencial es ése que le has encargado a tu hija?. Voy a pensar que eres más guardia civil que tu marido.
-Pues tengo un abrigo precioso, que lo sepas.
-Ya te he visto con él. Un día le pedí a Manuel que me prestara el suyo, pero me dijo muy serio que esas prendas de lujo no están al alcance del miserable sueldo de un simple guardia segundo.
-¿Como se defiende Manuel del frío infernal de este bendito pueblo?.
-Con el capote, ya sabes, esa prenda que los toreros utilizan para hacer una verónica y los guardias civiles para salir en las caricaturas.
-No puedo evitar imaginarme a Lagartijo dándole una verónica a un guardia civil con su propio capote.
-¿Y qué clase de verónica tenías pensada para mí precisamente el día del cumpleaños de tu hija?.
-Aquí la única que le ha dado una verónica a una servidora ha sido usted, señorita Campos.
-¿Qué te ha contado ese tontopijo de Matías?.
-Ya te lo imaginas, el tontopijo me ha dicho que te llevó al huerto utilizando sus irresistibles encantos de galán y que está muy arrepentido.
-Pues no me llevó al huerto y, por supuesto, no está arrepentido. Está más orgulloso que la hostia.
-¡Humilde que es la niña!.
-Soy la tía más buena del pueblo. Pregunta, anda, pregunta por ahí.
-Y eres más puta que las gallinas, claro.
-Claro.
-¿Por qué defiendes a Matías y él te defiende a ti?.
-Porque estamos locamente enamorados. ¡No te jode!. ¿No me defenderá él a mí porque es un caballero, y yo a él porque es inocente?.
-Eso me ha dicho Manuel. Yo pensaba que erais amigos.
-¿Y ya no lo piensas?.
-Ahora pienso que soy más tonta de lo que pensaba. Mari Carmen, ¿qué tengo yo que mi amistad procuras?.
-¿Sabes lo que me emociona de esa pregunta?. Que una persona maravillosa como tú haya leído a Lope hasta el punto de utilizar sus versos como patrimonio personal. Y voy a responderte, amor mío, una querencia tengo por tu acento y una apetencia por tu compañía.
-Ahora sé cómo te llevaste a Matías al huerto, igual que a mí le descubriste a Lope y a Hernández. ¿Por qué no lo intentas conmigo, mala zorra, que estoy loquita por tus huesos?.
-Manuel no me lo perdonaría, y yo estoy loquita por los suyos.
-¿Tú crees que yo estoy enamorada de Manuel?.
-Tú estás enamorada de Matías, y de nadie más. Lo de Matías contigo sólo se podría explicar con una lira de Juan de Yepes.
-La verdad es que yo sólo quería que supieras que eres demasiado maravillosa como para que nadie se meta en tu vida, y yo menos que nadie, porque, cuando sea mayor, quiero ser tú.
-Tampoco te saco tantos años.
-Los mismos que yo a Zoraida.
-¡Tú sí que eres una mala puta!.
Zoraida corrió detras de Manuel hasta alcanzarlo y tirar de su guerrera.
-¡Tío Manu, no huyas, cobarde!.
-¡Cielos!- exclamó Manuel volviéndose- ¡Pero si un solo caballero es quien me acomete!.
-Mira qué libro más bonito me ha regalado tía Mari.
Manuel tomó en brazos a Zoraida, buscó la pequeña silla de madera que tenía junto al dintel de la puerta del cuartel, se sentó en ella, puso a Zoraida sobre sus piernas, la apoyó contra él y tomó el libro con ambas manos mientras Zoraida señalaba los dibujos.
-Es un libro sin letras.
-Ya lo veo.
-Tienes que imaginarte la historia mirando los dibujos.
-Veamos, ¿de quién es este sobrero?.
-No es un sombrero.
-¿Y qué es entonces?.
-Adivínalo, tú que eres tan listo.
-Por no sé qué decir. ¿No será una culebra que se ha comido a un elefante?.
-Eso es trampa. Ya lo sabías.
-Tienes razón, soy un tramposo.
-Tengo que pedirte perdón, tío Manu.
-No, princesa, el que tiene que pedirte perdón soy yo.
-No, soy yo. Porque yo ya sabía que tú lo sabías, y sólo quería burlarme de ti.
-Vale, te perdono. ¿Qué hay en esa caja?.
-Yo creo que hay un gatito, pero el tío Toni dice que es un cordero.
-¿Y quién es el tío Toni?.
-No te burles de mí. Sabes que el tío Toni es el padre del principito, porque tú se lo presentaste a la tía Mari.
Cuando aquella figura que caminaba sonriente por la acera contemplando las moreras y sin aparentar dirigirse a ningún lugar en concreto dobló la esquina, fue descubierta inmediatamente por Zoraida, que saltó de las pierna de Manuel, lo dejó con el libro en la mano, y corrió hacia ella.
-¡Tía Fina, tía Fina!.
Josefa se acuclilló y se levantó con Zoraida en brazos.
-¿Cómo está mi princesa?.
-Estoy mirando un libro con el tío Manu que me ha regalado la tía Mari, porque hoy es mi cumpleaños, ¿sabes?.
-¡No me digas!.
Josefa llegó con Zoraida en brazos hasta donde Manuel las esperaba con el libro debajo del brazo derecho y aquella mirada de pasmado que jamás pudo evitar delante de Josefa.
-Tío Manu, deja de poner cara de tonto y vamos a enseñarle a tía Fina el libro de tía Mari.
Josefa dejó a Zoraida en el suelo y le dio a Manuel una pequeña palmada en la mejilla. Aquella expresión de Manuel cada vez que la miraba la seguía conmoviendo después de tantos años.
-Pero antes- dijo mirando a Zoraida- Vamos a ver mi regalo.
-¿Me has traído un regalo?.
-No voy a ser menos que esa pelandusca y este chulito de barrio.
Sobre la silla donde había estado sentado Manuel con Zoraida en brazos, depositó un cilindro de cristal que destilaba un azul limpísimo.
-¡Qué azul tan bonito!- exclamó Zoraida- Es más bonito que el del cielo.
-Gíralo- le dijo Josefa.
-¿Le doy la vuelta?.
-Eso es.
Zoraida giró el cilindro invirtiendo la posición inicial. El cilindro fue perdiendo el azul hasta hacerse transparente y se fue haciendo de un rojo luminoso y puro.
-¡Es mágico!- gritó Zoraida.
-Claro- dijo Manuel- ¿Qué esperabas del regalo de una bruja?.
Josefa miró a Manuel exigiendo una explicación.
-De acuerdo- dijo Manuel- Quizá me he expresado con precipitación- Zoaida lo miraba con cara de no entender una palabra- Pero propongo que apliquemos el método científico para dictaminar si hemos de mandar a la hoguera a esta mujer.
Zoradia se abrazó a las piernas de Josefa y miró a Manuel, esta vez con expresión horrorizada.
-Princesa, ruego a su alteza que vuelva a girar el cilindro. Si aparece de nuevo el color azul, sencillamente se tratará de un simple fenómenos de precipitación química. Pero... ¿y si apareciese cualquier otro color?.
Zoraida volvió a girar el cilindro esperando desesperadamente que volviese a aparecer el azul, lo que salvaría a Josefa de las llamas despiadadas y, como no se puede esperar y desesperar a un tiempo, tornóse el cilindro transparente antes de girar hacia el amarillo como si la luz fuese onda y corpúsculo a un tiempo, la verdad fuese cualquier cosa menos absoluta y si, como todo el mundo sabe, Dios se dedicara insensatamente a jugar a los dados con el universo.
Josefa miró a Zoraida con ambas manos apoyadas en sus hombros.
-Tú decides, princesa.
-Eres una bruja, tía Fina. Pero las brujas son buenas y son guapas. Yo quiero ser una bruja y que me quemen contigo. ¿Podemos mandar una maldición al tío Manu?.
-No- dijo Josefa- No podemos. Si, como tú dices, somos buenas jamás haremos el mal. Pregúntale al tío Manu si todavía quiere mandarnos a la hoguera.
-Tío Manu, ¿todavía quieres mandarnos a la hoguera?.
-Sí, princesa- dijo Manuel agachándose, abrazándola y besándola en las dos mejillas- Quiero mandaros a la hoguera de mi amor y arder con vosotras.
-Tía Fina, el tío Manu se ha vuelto loco, como el tío Julio.
-El tío Manu y el tío Julio siempre han estado locos, princesa.
-Como una regadera- apostilló Manuel.
-¿Sabes una cosa?- dijo Josefa tocándole la naricita.
-No, tía Fina. Dímela.
-¿Sabes lo que más me gusta de este libro?.
-¿El libro del tío Toni?.
-Sí, el piloto.
-¿El tío Toni era piloto, tío Manu?.
-Sí, era piloto y tenía un avión. Un día se marchó para siempre pilotando su avión. Yo creo que se fue al planeta del principito.
Josefa subió a Zoraida a sus rodillas y abrió el libro frente a ella.
-Mira- dijo mostrándole uno de los dibujos- ¿Sabes lo que está haciendo?.
-Está sentado en una silla.
-Viendo amanecer. Su planeta es tan pequeño que, sólo con correr un poco la silla hacia atrás, se puede ver amanecer cada diez minutos.
-Yo nunca he visto amanecer. Un día el tío Manu me llevó a ver atardecer desde lo alto del castillo y me prometió que un día veríamos amanecer.
-¡Claro que veremos amanecer!- dijo Manuel- ¿Qué te parece mañana?.
-¿Mañana podemos?.
-Amanece todos los días. No cada diez minutos como en el planeta del principito, pero sí todas las mañanas.
-¿Iremos a lo alto del castillo?.
Matías Pacheco se había detenido en el umbral de la puerta y los observaba. Cuando Zoraida lo vio se abalanzó hacia él y casi saltó a sus brazos para besarlo en la mejilla.
-¡Papi, papi!. El tío Manu me va a llevar mañana a lo alto del castillo para ver amanecer como el principito.
-Dudo mucho que tal cosa ocurra, hija mía. Cuando este farsante acaba mañana su servicio hará horas que habrá amanecido.
-Con todos mis respetos, mi sargento, yo había pensado en que fuese Julio Pozuelo el encargado de ver amanecer con Zoraida. Naturalmente, yo esperaría en la puerta y me mantendría al tanto de la situación.
-¿Y pretendía usted dejar a mi hija en manos de un desconocido?.
-No, papi. El tío Julio no es un desconocido, sólo es un extraterrestre de esos que tienes tres dedos en la mano derecha.
-¿Y en cuanto a este insubordinado?.
-El tío Manu no es un insuloquesea, sólo está loco como una regadera.
-¿Qué opina usted, doctora Olalla?. ¿Cómo voy a defender el orden y el decoro de este bendito pueblo lleno de extraterrestres y locos como una regadera?.
-Lo tiene usted muy crudo, mi sargento. Y si a eso añadimos toda esa chusma poco proclive a los principios del glorioso alzamiento nacional y en absoluto respetuosa con las normas morales de la iglesia católica apostólica y romana, ¿adónde iremos a parar?.
-Y dígame, usted que conoce a esta espantapájaros mucho antes que yo, esa burda mentira involucrando a Don Julio Pozuelo con ese tema del amanecer, ¿qué opinión le merece?.
-Estoy de acuerdo con usted en lo de espantapájaros. Yo, incluso añadiría espantajo, pero nunca mentiroso, él sólo pretendía...
-No siga, doctora Olalla- Matías Pacheco miró a Zoraida, que permanecía en sus brazos colgada de su cuello- Hija mía, tú y yo vamos a hacer un trato.
Zoraida miró a Manuel y puso cara de mala, o de Mae West. Nadie, en opinión de Manuel, ponía cara de Mae West como Zoraida Pacheco.
-Mi papi va a hacer un trato conmigo, fastídiate.
Se giró hacia Matías y lo volvió a besar en la mejilla.
-¿Cual es el trato, papaíto?.
-Te pondrás las calzas verdes de Don Gil.
-Me pondré las calzas verdes de Don Gil.
-Las botas de piel.
-Las botad de piel.
-El abrigo rojo de cinturón.
-El abrigo rojo de cinturón.
-El gorro amarillo de borla blanca.
-El gorro amarillo de borla blanca.
-Le diremos a mamá que nos acompañe con su abrigo verde oliva.
-¡Síii!.
-Te subirás a caballito sobre mis hombros.
-¡Síii!.
Josefa se acercó a Matía Pecheco y tomó a Zoraida en sus brazos. Lo miró y se emocionó profundamente al ver aquel torrente de amor en la mirada de un miembro del cuerpo represivo que había odiado desde niña, sobre todo desde que su amigo Manuel comenzó a formar parte de él.
-¿Me prometes una cosa, princesa?.
-¿Qué quieres que te prometa, tía Fina?.
-Que aplaudirás al sol cuando salga.
-¿Por qué?.
-Porque amanecer es un milagro, y el autor de ese milagro merece nuestro aplauso.
-Aplaudiré hasta que me duelan las manos.
-Te quiero, princesa.
-Y yo te quiero a ti muchísimo, tía Fina.
-¿Me quieres mucho, como la trucha al trucho, o me quieres poco, como la foca al foco?.
-Te quiero un montón, como la leona al león.
Josefa abrazó a Zoraida y se la comió a besos. Y esta vez fue Matías quien se emocionó al ver a aquella mujer lesbiana, la mujer más mujer que había conocido en su vida, llorar como una niña.
viernes, 1 de junio de 2018
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