Se anunciaba a cuatro vientos:
Corrala de La Pacheca,
la obra del fénix insigne
Don Félix Lope de Vega
"El arenal de Sevilla",
de aclamada solvencia,
de bruñidos versos claros
de incomparable belleza.
Ya quisiera yo, ¡pardiez!,
aspirar a tal grandeza.
Darasme cien pesetiñas,
dijo, dulce, la matrona
regalando una sonrisa.
Lacón con grelos y pote
entre taciña y taciña
y un suspiro de orujo.
¡Manda carallo!, ¡qué día!,
nas terras do Breogán,
nas terras de Rosalía.
Echó el resto el sevillano,
mosén Don Diego de Silva,
con el magnífico cuadro
de la infanta Margarita,
ceñida a entrambos lados
por aquellas dos meninas.
Doña Angélica de Alquézar
con servil gesto la mira
desde el su siniestro lado,
cuando es cosa sabida
que a su derecha se hallaba,
cuestión es de perspectiva...
Pero hay algo de diabólico
en esa su faz de niña.
Palmira, era Palmira,
la del sureste de Alepo,
la de ruinas milenarias,
la joya y flor del desierto.
La de mil y una victorias,
la de ciento y un saqueos.
La humillada y ofendida
por el odio y el desprecio.
Un día, dulce Palmira,
sólo serás un recuerdo.
Hipódromo de Bizancio,
reducto de pan y circo,
lucha de verdes y azules
por el más huero prestigio.
Glorias que no dan gloria
sino simplemente éxito.
Emperadores de barro
y bizantino dispendio.
La mayor de las mentiras,
el peor de los misterios.
No es frecuente, pero pasa,
y todo cae a pedazos,
la ley no es nunca justa,
nos convertimos en náufragos
y zozobran nuestros sueños,
se nos hunde nuestro barco,
la justicia es ilegal
y la verdad es pecado.
Cuando el infierno está aquí
y la paz al otro lado,
cuando vivir no es vivir
y no vivir es descanso.
Anduvieron galopando
durante toda la noche,
y en la ribera del río
donde el agua mansa corre
les previno la nereida
pero ignoraron sus voces.
Hoy, que ya todo es historia
y ahora ya no es entonces,
sigue viva la leyenda
pero muertos los rumores.
La vista era magnífica
desde las altas almenas
cuando inundada en lágrimas
asomóse la doncella.
Y la llamó su destino
hacia la negra caverna,
y un fulgor de lapislázuli
asesinó la tristeza,
calmó el dolor infinito
y la acogió entre adelfas.
Ha amanecido violeta
entre cumbres de esmeralda
y un susurro cadencioso
acarició la montaña.
Y venció la luz del día
a la sombra aposentada,
despertaron las abejas
y las sonrisas de nata.
Hasta sonrió de pronto
la muerte agazapada.
No soy tu enemiga, dijo,
siempre seré tu esperanza.
Después de aquella batalla
sólo quedaron cadáveres
sobre los llanos del prado,
sobre los alto adarves,
en las laderas del foso,
en la torre de homenaje.
Sólo la impávida niña
de cabellos azabache
pudo observar a lo lejos
y contemplar el paisaje.
Así queda el corazón
de los ciegos y cobardes
que presumen de valientes
y enarbolan estandartes.
martes, 8 de enero de 2019
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)


0 comentarios:
Publicar un comentario