Me llamo Bigné y soy anarquista.
El 14 de febrero de 1955 era lunes. A las tres de la mañana era de noche en el número uno de la Plaza de la Marina del Grau de Gandia. Una mujer menuda y escuálida llevaba tres días pariendo. Eso no sería de gran importancia, pero resulta que me estaba pariendo a mí. Todo parecía indicar que tanto ella como yo moriríamos esa madrugada gracias a las maléficas artes de un llamado comadrón que no era otra cosa sino un asesino. Pero alguien repartió buenas cartas esa mano.
Mi padre se llamaba Jaime Soler Pérez y era guardia civil, como su padre y como su abuelo, y como después lo sería su hijo, o sea, un servidor.
Mi madre se había fugado de un convento para casarse con el novio de su infancia y, viendo llegar el momento del alumbramiento de su primogénito, hizo lo que por entonces se solía: refugiarse en casa de mamá para parir cristianamente.
Todo esto significa que yo nací en la casa de mis abuelos maternos el día de San Valentín del año del fallecimiento de Albert Einstein.
No lo recuerdo exactamente, porque yo debía tener una media hora de edad, pero estoy seguro de que mi padre me espetó con los ojos inyectados en sangre:
-¡Me cago en Dios, como se muera tu madre, te mato, hijo de puta!.
Nunca he tenido muy claro si mi padre me odió desde el día de mi nacimiento hasta el día de su muerte, máxime si tenemos en cuenta que siempre he creído que todos los padres odian a sus hijos primogénitos y desahogan su amor hacia los segundones, o hacia sus hijas, pero no quiero entrar ahora en tragedias griegas ni en estupideces freudianas. Yo sí he odiado siempre a mi padre, ¿pasa algo?.
De todos modos, también es posible que mi padre culpara a Dios. Cuentan las malas lenguas que sólo blasfeman los creyentes. ¿Qué sentido tendría blasfemar para un agnóstico?. Pero yo he blasfemado como un carretero toda mi vida y jamás me ha preocupado la existencia de ese cabrón. Puede que a mi padre tampoco, una cosa es que yo hubiese preferido otro padre y otra muy distinta que yo haya renegado jamás del que me tocó en suerte. Todos tenemos el padre que nos merecemos.
Si tuviéramos que hacer caso de lo que cuenta la gente, llegaríamos a la conclusión de que, fundamentalmente, mi padre fue un perfecto jilipollas por no haber vendido entradas: todas las personas que he conocido en mi vida aseguran haber estado allí, hasta el punto de que a veces dudo sobre el lugar exacto de mi nacimiento: la casa de mis abuelos maternos o el Camp Nou.
Quienes sí parece que estuvieron, aparte de mi madre... y puede que yo, fueron mi padre y mi tía Celia, ya por entonces una consumada solterona, pero no machucha, mi tía machucha era Matilde, honor que nadie le ha discutido jamás. Por cierto, mi tía Celia sigue siendo una consumada solterona a sus noventa y un años recién cumplidos.
Yo lloraba, mi padre siempre aseguró que berreaba, ignoro si utilizaba el verbo en sentido coloquial, quizá porque nací sin la oreja izquierda y me la acababan de coser o tal vez porque me sentía avergonzado de haber intentado asesinar a mi madre. Pero la señorita Cecilia Bigné dio con la clave en un santiamén:
-Això és fam.
Sobre el asunto de neonatos, mi tía Celia tenía nociones elementales: los hijos son cosa de las hermanas. La prueba era que mi tía Angelita ya había tenido tres y yo era su cuarto sobrino, lo que no deja de ser experiencia suficiente como para dar lecciones a mi padre, que era primerizo y, además, estaba la hostia de cabreado, no sólo con Dios, sino también conmigo.
Como que lo que yo tenía era hambre según la docta opinión de mi tía Celia, mi padre y ella procedieron a alimentarme como Dios les dio a entender: pusieron leche condensada en un vaso, lo llenaron con agua del grifo, lo removieron cencienzudamente y, tal y como ambos han jurado siempre por lo más sagrado y al unísono, cogí el vaso con mis propias manos y me lo zampé de un tirón, tras lo cual emití un glorioso eructo que ya forma parte del escudo genealógico de mi familia. Como es lógico, nadie, absolutamente nadie, ha dado crédito jamás a semejante historia. Pero ambos se han ratificado siempre en ella, sabedores de que la más leve modificación significa contradicción y, por consiguiente, tortura despiadada y lóbrega mazmorra.
Debía correr el cuarto día de mi existencia cuando todos se percataron de que ni mi madre ni yo íbamos a morir, al menos como consecuencia del parto carnicero y terrorífico que ambos habíamos sufrido. Hay una isla cerca de la Antártida llamada Isla Decepción. Un buen día un tal Nathan Palmer la bautizó con el nombre de Deception Island, porque resultó no ser una isla, sino una apariencia engañosa (deception, en inglés). Luego, un listillo lo tradujo como Isla Decepción... Y como todas las inmensas falacias de la historia, así han quedado las cosas. Quizá por ese motivo, siempre he pensado que, más que decepcionar a mi padre, lo que hice fue engañarlo como a un chino, aparentando toda mi vida ser lo que no soy. El hecho de no morirme durante los primeros cuatro días de mi vida, más que una decepción, fue un engaño: was a deception.
Así que, cuando yo contaba con cuatro días de edad, mi padre decidió que regresáramos a Ayora. Se presentó acompañado por uno de los caciques del pueblo. El buen hombre se había ofrecido a realizar el traslado en su lujoso automóvil fabricado en los Estados Unidos. Afortunadamente, ese automóvil fue el único objeto yanqui que recorrió parte de la provincia de Valencia, porque en el desierto de Nevada, otro objeto yanqui llamado Wasp, una bomba atómica de 1'2 kilotones, hizo explosión para regocijo de honrados patriotas, de allí y de aquí, porque el generalísimo Franco no sólo se la chupaba a Dwight David Eisenhower y se ponía tieso, se cuadraba y vociferaba: "¡Señor, sí, señor!", sino que estaba dispuesto a prestarle una provincia para sus bombitas, total, tenía cincuenta... Pero no sucedió tal y hoy seguimos existiendo yo y la provincia de Valencia.
El cacique ayorino en cuestión consideraba a mi padre una especie de paria de tercera división embutido en un uniforme. Comoquiera que ese uniforme era el del benemérito cuerpo de la Guardia Civil y, como le dijo el generalísimo, el amigo de Eisenhower, a su íntimo enemigo Emilio Mola, el perrito faldero del contumaz golpista José Sanjurjo: "Sin la Guardia Civil, no podemos ganar". Parece mentira que Mola, cubano e hijo de un capitán de la Guardia Civil, no se hubiese percatado del asunto. Y comoquiera también que la guardia civil le había salvado la vida en dos ocasiones al susodicho cacique, y sin olvidar que los fascistas serán todo lo que usted quiera menos tontos del culo. El susodicho cacique ayorino en cuestión había estudiado el asunto con meridiana clarividencia: Como decía Pepe Isbert, otro ilustre fascista, en "Bienvenido, míster Marshall" (qué curioso, hablando de yanquis, Dios los cría y ellos se juntan): "Ciudadanos de Villar del Río, como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación, y esa explicación que os debo, os la voy a pagar". Igitur, como decía Plinio el Viejo, o "por consiguiente", como decía otro fas... digo sosialista, mi padre pagaría con intereses y recargos el desinteresado favor del cacique que, como todos los caciques, siempre dedicó su vida al servicio del pueblo, del pueblo español, faltaría más.
El día quinto de mi vida, ya instalados en el pabellón correspondiente de la Casa Cuartel de la Guardia Civil de la muy noble y muy leal villa de Ayora, fue un buen momento de reconsideración de los sucesos acaecidos, en absoluto consuetudinarios, durante aquellos intempestivos parcos días desde mi alumbramiento.
Había una deuda pendiente que, como el alcalde Villar del Río, había que pagar. De la misma forma que ese mismo día las potencias imperialistas francesa, británica y norteamericana fundaron lo que eufemísticamente se dio en llamar SEATO (Organización del Tratado del Sudeste Asiático) para justificar el genocidio francés en Indochina y la posterior invasión de Vietnam por parte de los Estados Unidos, aquel cacique ayorino firmó un pacto de caballeros con mi padre: "No me debe usted nada, Soler", venía a decir. Pero claro, si un día se le iba la mano con alguno de sus aparceros, o le daba por sacar el Mauser clandestino, recuerdo de la Gloriosa Cruzada, para matar jabalíes hembras preñadas en La Hunde, perteneciente al Patrimonio Forestal del Estado, que luego se llamó ICONA y ahora se llama El Coño de la Bernarda, no vamos a preocuparnos ahora por una puta vietnamita en pelotas corriendo por una carretera perdida donde cristo perdió el gorro... ¿qué opina usted, Soler?.
La mañana que cumplí ocho días, mi madre se percató de que la carne se me iba a chorros y la vida con ella. No fueron cálculos matemáticos sino intuitivos. El día del terrorífico parto, mi madre medía un metro y cincuenta y seis centímetros y pesaba sesenta kilos preñada. Yo pesé al nacer cinco kilos y medio, lo que significa que después del parto, sin mí y sin mis circunstancias, se quedaría en cincuenta kilos limpios y en canal. Ella se iba recuperando bien que mal, pero yo perdía peso. Resulta curioso que algo tan trascendental como eso preocupara a mi padre lo mismo que al generalísimo o al presidente de los Estados Unidos, que andaban enzarzados con su nueva bombita "Moth" de dos kilotones. Quizá mi padre pensaba que como un moth (polilla) es un huérfano de la Guardia Civil, el viejo Ike estaba homenajeando al benemérito instituto poniéndole ese nombre a su bomba. El caudillo, por su parte, le había ofrecido la provincia de Guadalajara, si total, tenía cincuenta..., para que lanzara su polillita. Franco pensaba que su amigo Ike lanzaba las bombas atómicas en Nevada porque allí tenía un campo de concentración de rojos y maricones. Franco pensó en Guadalajara porque allí habían sido machacados los patriotas italianos de su hermano Benito Mussolini por los rojos apátridas de las Brigadas Internacionales y ya iba siendo la hora de la venganza. Las deudas se pagan, ¿verdad, señor alcalde de Villar del Río?.
A los diez días de edad, yo me seguía deteriorando a chorros y mi madre preocupándose a raudales. Tanto es así, que un día le dijo a mi padre, eso sí, en la lengua que ellos hablaban:
-Jaume, el xiquet s'ens mor.
Mi padre, tras sopesar los pros y los contras de tan mesopotámica cuestión, es decir, tras observar las riberas de ambos cauces, expresó su opinión de forma meridiana y contundente:
-Collons!.
Mi padre, como todos los guardias civiles, tenía el corazón partido entre las consignas patrióticas de aquella España Una, Grande y Libre y el artículo primero del reglamento para el servicio que lucía ostentosamente en todas las fachadas de todas las casas-cuartel.
Mi madre también tenía el corazón partido entre la imposibilidad de poderme amamantar y la responsabilidad de seguir viva.
En cuanto a mí, con diez días de edad, es muy probable que ni siquiera tuviese todavía corazón. Y no nos confundamos, no me estoy refiriendo al órgano muscular hueco que bla bla bla la sangre y todo eso. Estoy hablando de eso que se nos parte, como se nos parte el alma, esa alma que no existe, pero que se parte la muy cabrona.
Para un miembro de la generación del pelargón a quien la vida se le escapaba a chorros a una edad tan tierna no se le puede exigir, encima, que tuviera corazón. A lo sumo, que se defendiera como gato panza arriba.
Yo acababa de cumplir catorce días de edad cuando ocho tripulantes del destructor colombiano Caldas cayeron a la mar a causa de la sobrecarga del barco y sólo uno de ellos sobrevivió. Todos conocemos esa historia, pero no por la realidad, sino por la novela de Gabriel García Márquez "Relato de un náufrago", incluso nos gustaría que no fuese real, sino inventada por Gabo, como inventó Macondo. Aunque, bien pensado, ¿estáis seguros de que Gabo inventó Macondo y Rulfo inventó Comala?. ¿Sí, tío?... ¡No me jodas!. Aquel último día del mes de febrero algo debió naufragar en mi vida, porque tengo la sensación de haber sido un náufrago desde entonces. Mi madre descubrió que yo tenía los ojos azules... Azules de mar y naufragio. Mi padre se cortó afeitándose y ni se molestó en arreglarse el bigotito recto y fino que tan de moda estaba por entonces.
Loadas sean todas las diosas, mi madre recobró los colores al llegar el decimoquinto día de mi vida. Eso sí, andaba la buena mujer preocupada porque yo los perdía. A otros les iba peor, Juan Domingo Perón, el hombre que consiguió a base de trigo que en todas las ciudades y pueblos de España hubiese una Avenida de la República Argentina, y que conste que conseguir que Franco consintiese en llamar República a una calle española, manda carallo, como dirían sus paisanos. Pues el buen hombre topó con la Iglesia, pero no con la iglesia pétrea y con minúscula con la que toparon Don Quijote y Sancho Panza, sino con la Iglesia con mayúscula con la que toparon los albigenses y por similares motivos heréticos La misma Iglesia que ensalzó la sublevación fascista de Franco, apoyó el golpe militar contra su amigo Perón, que tuvo que refugiarse en el seno de aquella España que tanto le debía... y Evita muerta tres años antes. A los quince día de edad, yo no tenía vergüenza ni, como decía mi abuelo Rafael Bigné, conocía a nadie que la tuviese: "Ni tens vergonya, ni coneixes qui la té". ¿Qué importancia podía tener que yo me estuviera muriendo en aquel mundo lleno de sinsabores e injusticias?. Pues mire usted, ¿qué quiere usted que le diga?, a mí ese Perón de los cojones me la traía floja. Yo, a mi pelargón y a procurar vivir un día más. Total, la Avenida de la República Argentina de Ayora estaba a veinte metros saliendo del cuartel a la derecha.
Aquella depauperación mía, más que fruto de las insuficiencias nutritivas concretas de aquel glorioso pelargón al que dios nuestro señor conserve en el limbo de los justos in secula seculorum, en opinión de mi padre era más bien fruto de mi naturaleza malévola: yo era un tipejo avaricioso, egoísta y profitós, como dicen en mi pueblo. Mis ansias irrefrenables de desarrollo físico y vital eran la causa de que mis provisiones nutricionales fuesen manifiestamente insuficientes. Vicio, puro vicio.
Yo no era consciente, por otro lado y a mis quince días de edad, de los terribles esfuerzos de ciertos nobles corazones por el bien de la Humanidad. El chicarrón de Texas había decidido hacer estallar una nueva bombita en su querido desierto de Nevada y, para rizar el rizo, humillaron y ofendieron al croata Nikola Tesla poniéndole su nombre al artefacto de siete kilotones que, para aquellos tiempos, eran kilotones de cojones. Tesla ya había sido humillado y ofendido, en el más puro estilo dostoievskiano, por el patriota Thomas Alva Edison, por lo que la afrenta no venía de nuevas. Como es natural, el Caudillo hizo su habitual oferta, esta vez, dada la magnitud de la bomba, ofreció para la explosión la provincia más grande que tenía: Badajoz. Pero el chicarrón Ike le dijo: "Deja, deja, Paquito, que ya yo me apaño". Eso sí, se lo dijo en inglés de Texas y Franco ni se enteró, como no se enteraba de nada, y el famoso Plan Badajoz se fue al carajo, como en aquellos tiempos se iban todas las cosas. Sic transit gloria mundi.
A la tierna edad de quince días, aunque no frecuente, si es muy probable que surjan angustiosas dialécticas uruguayas, incluso en la España de Franco, donde la dialéctica estaba prohibida, sobre todo la dialéctica materialista de Engels. Por mucho menos fusilaron a las trece rosas. Por lo tanto, no es extraño descubrir que la vida es muy dura en el oeste, tomada la expresión como metáfora de tierras fronterizas, y hallarse entre la ceca y la meca, entre el madrid y el barça, entre Pinto y Valdemoro. Y no es baladí esta última dialéctica uruguaya. Porque en Valdemoro está la escuela de guardias jóvenes, huérfanos del cuerpo, fábrica de los futuros polillas con derecho a galones. Y si, es un suponer, un borracho hubiese matado a mi padre en una reyerta tabernaria, probablemente, a la edad de quince días, no me hubiesen admitido en la academia de Valdemoro, pero hubiesen hecho lo que en tales circunstancias era usual: certificar el fallecimiento de mi progenitor en acto de servicio y, en tal caso, mi madre y yo acabaríamos viviendo con mis abuelos, sus padres, en la casa donde nací, a orillas del Mediterráneo, el de oscura y profunda alma, con una pensión ridícula y casi ofensiva. Pero tampoco vamos a poner el grito en el cielo, en ese tema, este bendito país no ha cambiado ni mucho ni poco. No ha cambiado. Eso sí, más tarde o más temprano, yo hubiera ingresado en la escuela de guardias jóvenes, también conocida como colegio Duque de Ahumada, y hubiese acabado siendo un polilla con derecho a galones y no un rojo impresentable que se meaba en el tricornio cunado estaba borracho. ¡Qué desvergüenza!. ¡Así va España!. Afortunadamente, los chicarrones de Vox lo van a arreglar, sobre todo las chicarronas de Vox.
Yo siempre había pensado que Herbert von Karajan fue designado director titular de la Orquesta Filarmónica de Berlín el día que mi bisabuelo ingresó en el Cuerpo, a finales del siglo XIX (aún conservo su mesa de despacho) y que ostentó ese cargo durante un siglo más o menos, pero, curiosidades de la vida, esa elección, que no designación, se produjo durante mi decimoséptimo día de vida, lo que demuestra la absoluta futilidad de todas las cosas, sobre todo de las cosas mundanas. Pensar en este afamado personaje, paisano de Mozart, que no compatriota, versado en música, pero especialista en anschluss, de férreas convicciones nacionalsocialistas y maestro en bemoles, me lleva a la conclusión de que nada es verdad ni es mentira, que el tiempo es efímero, traidor y circunspecto y de que todos, unos más y otros menos, somos imágenes virtuales en una lente deforme. Por eso ya no me parece tan grave que yo siguiera languideciendo, cada día más enclenque, mi madre se siguiera preocupando por mí cada vez más y mi padre me mirara de vez en cuando y, tras contar todas mis costillas y comprobar que no faltaba ninguna, moviese la cabeza con gesto dubitativo y expresara sus dudas con brutal clarividencia:
-Collons!.
Andábamos por el vigésimo primer día de mi vida, ya estaba yo hecho todo un chavalote, eso sí, enclenque, esmirriado y casi cadavérico, con una precoz vocación de zombie, cuando aquel chicarrón de Texas que había ganado él solito la II Guerra Mundial, soltó su Turk. A mi tierna edad y a pesar de que siempre he sido un genio, algo tan manfiestamente evidente que es innecesario recalcar, no andaba yo percatado de si el Turk de Ike era el mismo Turco de Felipe II, otro brillante estadista, o era una manera texana de pronunciar Turkey, comiéndose la terminación, como se lo comen todo los texanos, sobre todo si han ganado ellos solitos la II Guerra Mundial. Pero un respeto, un poco de por favor, porque los 43 kilotones del Turk de Ike eran kilotones de cojones. El invicto caudillo, que también había ganado una guerra él solito, pensó que con una provincia no había ni para el aperitivo. Entonces recordó que él también tenía un desierto, un desierto del carallo, pero Ike no tragó, sabía perfectamente que estos dictadores bananeros del sur del río Bravo, que eran todos unos putos mestizos, no como los texanos que exterminaron a los comanches sin fabricar ni un solo comanchito nuevo. Y, a pesar de las sugerencias del caudillo de España por la gracia de Dios de las monedas de cinco pesetas, Ike respondió de malos modos:
-¡Vamos, hombre!. No querrás comparar el Alcázar de Toledo con El Álamo... Así que no me toques las pelotas, enano.
Lo de "enano" le dolió a Paquito en el alma. Sobre todo que eso se lo dijera un tipejo de apenas cinco pies y diez pulgadas. Para ser tejano, era mucho más enano que un gallego de casi cinco pies y medio.
Y las cosas ya nunca fueron lo que habían sido, ni para mí, ni para Franco, ni para Eisenhower. Fue terrible comprobar que todo se lo llevó el viento. Requiescat in pacem.
A todo esto, si el uno era avispa, el otro era avispón, y cuando uno era o estaba, en inglés no hay diferencia, mosca, el otro era o estaba moscón. Yo, personalmente, a mis veinticuatro días de edad, estaba, pero no era, jodido de la hostia. Mi padre se unió al juego de tan preclaros dirigentes que, cada uno a su manera, hicieron historia. Así que, con la mosca tras la oreja, un día se presentó en casa con una liebre en la cartera de camino y le dijo ami madre muy serio:
-Fes un arròs caldós.
-Si li donem eixe caldo al xiquet, es morirà- dijo mi madre escandalizada.
-Es morirà de tota manera. Fes un arròs caldós.
Desde ese día, llovieron en casa las liebres, los conejos, las palomas torcaces, las perdices y algún que otro ardacho. Mi padre se había convertido en un guardia civil corrupto, que negociaba las piezas de caza con sus amigotes y, a cambio, hacía la vista gorda a la caza furtiva.
Pero si bien es cierto que yo le debo la vida a mi padre en todos los sentidos de la expresión, justo es reconocer que no fue para salvarme la vida el motivo de que se convirtiera en un guardia civil corrupto. Mi padre fue un guardia civil corrupto desde el día en que ingresó en el cuerpo, como todos los guardias civiles, incluido el chulo de su hijo, que se pasó la vida presumiendo de que él jamás pasó por la piedra. Mentira podrida.
Siempre podríamos argumentar los listillos que no es lo mismo pactar con los furtivos que lo eran para dar de comer a su familia, que humillar la cerviz ante el cacique de turno para que la estocada entre hasta la bola. La pregunta del millón es ¿por qué no es lo mismo?. Si matar es matar y los verdugos son asesinos, sólo hay que fijarse mínimamente en las connotaciones de la palabra verdugo, prevaricar es prevaricar. Estos son mis principios, y si no os gustan, tengo más.
En aquellos tiempos de barbarie y subdesarrollo, cuando África empezaba en Los Pirineos, no era cuestión de esperar que entre el mobiliario de la Casa Cuartel de la Guardia Civil de Ayora figurara la computadora transistorizada que acababa de presentar la Bell Telephone, justo cuando yo había superado en cuatro días mi primer mes de vida. La Bell Telephone hoy se llama Nokia y no es japonesa, sino europea, concretamente finlandesa, o finesa, que es más fino y más corto. Por cierto, Finlandia, un país con el cual la Unión Europea es más chuli. Algo así como la Unión Europea sin el Reino Unido, que sería la hostia de chuli, pero no nos caerá esa breva.
Cierto que el puesto de la Guardia Civil de Ayora no disponía de artilugios de la Bell Telephone, pero algo tenía que ver con con el escocés Alexander Graham Bell, que jamás fue Caballero del Imperio Británico, pero sí Legionario de Honor de la República Francesa. Porque, a todo esto, de lo que sí disponía en puesto de Ayora, de la 311 comandancia, era de teléfono. Era un teléfono con manivela. La hacías girar, descolgabas y sonaba la voz de la Reme:
-¿Número?.
Pero las cosas no ocurrían exactamente así, y menos en los pueblos donde todo el mundo se conocía.
-Buenos días, Soler. ¿Con quién te pongo?.
-Buenos días, Reme. Ponme con Martínez.
La pregunta lógica, o las preguntas lógicas, porque son varias, serían:
Primera.
Supongamos que la lucecita que se ha encendido en la centralita telefónica es la del cuartel de la Guardia Civil. Está claro que la Reme sabe dónde le han dado a la manivela, pero, y esta es la peliaguda primera cuestión: ¿cómo ha sabido "quién" le ha dado a la manivela.
viernes, 25 de octubre de 2019
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