sábado, 29 de abril de 2023

NUNCA DEBISTE CRUZAR EL MISSISSIPPI

 Jefferson Augustus Simon Flanaghan llevaba dos meses cabalgando hacia el Oeste sobre el jaco pinto que le ganó en Savannah jugando al póker a aquel tipo al que tuvo que disparar en la barriga dos días después cuando intentó recuperarlo aduciendo que se lo había robado. Lo llamaba "Tres Damas" porque fue con esa jugada con la que lo ganó. "Tres Damas" y él se habían hecho muy amigos, hasta el punto de que ya compartían el agua de la cantimplora y el tocino frito del desayuno.
-Nunca he conocido a un caballo que coma tocino.
"Tres Damas" bufó y asintió con la cabeza. Jefferson Flanaghan lo interpretó como una respuesta:
-¿A cuántos caballos les has ofrecido tocino para desayunar?.
Jefferson Flanaghan había perdido una guerra y, con ella, a todos sus amigos, por eso decidió cabalgar hacia territorios donde ni siquiera habían oído hablar de aquella maldita guerra. De ese modo, atravesó ríos, praderas y desiertos sin una idea clara de adónde se dirigía.
Pagaba con dólares de plata de la Confederación, pero nadie parecía dar importancia a aquello, lo que demostraba que un dólar de plata no tenía ni patria ni honor, sólo tenía plata. Quizá por eso tuvo que disparar en la barriga de cuatro tipos que intentaron matarlo, no por la patria o el honor, sino por la plata. Durante la guerra, un sargento le enseñó a disparar siempre a la barriga del enemigo.
-Es muy difícil fallar el tiro y, de paso, les das media hora para que recen sus oraciones.
Aquel sargento murió de un tiro en la barriga siendo sargento y Jefferson Flanagjan acabó la guerra con el grado de coronel, pero nunca estuvo muy seguro qué era peor: un tiro en la barriga o perder la guerra.
Cruzando una pradera rebosante de florecillas silvestres observó un coqueto carricoche rojo tirado por un hermoso alazán. Lo conducía una damisela con un precioso vestido blanco y un sombrero también blanco, pero rodeado por una cinta amarilla. Quizá se desplazaba con desacostumbrada velocidad y Jefferson Flanaghan descubrió la razón con suma rapidez: cuatro tipos a caballo perseguían el carruaje y la damisela en cuestión intentaba probablemente huir de ellos. No lo consiguió, por supuesto, aquellos tipos parecían avezados en aquella clase de persecuciones. Uno de ellos alcanzó al alazán y lo hizo detenerse mientas los otros tes desmontaban junto al carricoche y obligaban a la dama a bajar con muy malos modos. Jefferson Flanaghan comprendió al instante la situación: aquellos tipos pretendían violar y, tal vez, asesinar a la damisela, aunque cabía la posibilidad de que esto último no fuese necesario porque una mujer de apariencia tan frágil y de dudosa resistencia física, una vez ha sido violada brutalmente por cuatro tipos fornidos y poco escrupulosos, no necesita ser posteriormente asesinada, ya se muere sola o algo así.
Uno de los tipos que había obligado a la dama a bajar del carricoche de muy malos modos, la estaba abofeteando con la intención de calmarla y que se aviniera a aceptar su cruel destino. En ese momento oyó una voz alta y clara justo a su espalda:
-Yo en tu lugar no haría una cosa así, muchacho.
Se volvió y contempló la cosa más extraña que había visto en su vida: un tipo larguirucho, con cara de cadáver y el doble de huesos de una persona normal, sobre un jamelgo tan cadavérico como él. Tenía las manos cruzadas y apoyadas en el pomo de la silla, y dos Colts con cachas de nácar colgaban de una canana recta, cuando todo el mundo sabe que las cananas van vencidas hacia el costado para hacer más fácil la extracción del arma.
-¿De dónde has salido, fantasma?. No te había oído llegar. No sé si te habrás fijado que mis amigos llevan los revólveres en la mano apuntando a tu cabeza. Podría decirte que no te metas donde no te llaman y que desaparezcas si en algo estimas tu vida, pero me lo he pensado mejor y vamos a matarte de todos modos. Con permiso de la dama aquí presente que muy pronto te hará compañía.
-Yo no lo veo así.
-¿Y a nosotros qué nos importa cómo lo veas tú, fantasma?.
-Sí os importa, porque vais a morir y eso importa a todo el mundo.
-¡No me digas!.
-Sí te digo. Y te diré más. Los tipos como vosotros servís para conducir ganado, marcar reses, emborracharos el día de paga y pegar a las putas. Pero cuando la muerte ronda como un círculo de buitres alrededor vuestro, se os cae el mundo encima. Por lo tanto, tus amigos fallarán los tres y yo os mataré a los cuatro.
El tipo hablador soltó a la chica y, mientras ésta se escondía bajo el carruaje, escuchó primero tres disparos y después cuatro más. Al asomar la cabeza vio a sus cuatro agresores retorciéndose en el suelo con sendas balas en la barriga. Jefferson Flanaghan ya había vuelto a enfundar sus Colts y había descendido del caballo. La estaba ayudando a ponerse en pie.
-¿Se encuentra bien, señorita?.
-Sí, muchas gracias, caballero.
-Mi nombre es Flanaghan, Jefferson Flanaghan. Vuestro más humilde servidor desde este momento.
-Yo soy Stella Stevens, la maestra de Smalltown, a unas cinco millas hacia el sureste. Es un pueblo pequeño...
-Comprendo.
-Sería para mí un honor que me escoltara hasta mi casa e invitarlo a cenar con nosotros.
-Nada me satisfaría más, señorita Stevens. Le ruego que perdone mi indiscreción, pero, ¿ha dicho usted "nosotros"?.
-Sí, eso he dicho. Me refería a mis amigos Búfalo Veloz y Deborah Thompson, Viven en mi casa, somos un equipo.
-¿Posee usted un búfalo que corre mucho?.
-No, señor Flanaghan, Búfalo Veloz en un nativo de la Nación Sioux. Una gran persona y un hombre muy valiente, como usted.
-¿Como yo?, ¿un salvaje piel roja es un hombre como yo?.
-Búfalo veloz no es un salvaje, es una persona culta, instruida y educada. y un gran amigo mío.
-Perdone mi perplejidad, señorita Stevens, pero es la primera vez que oigo a una mujer blanca, hermosa y maestra decir que un sucio piel roja es amigo suyo. Ahora sólo faltaría qu la tal Deborah Thompson fuese una negra del demonio...
-Pues mire usted, señor Flanaghan, Deborah es una preciosa chica de raza negra y, además, universitaria.
-No existen negros universitarios, ni siquiera existen negros que sepan leer o escribir, todo el mundo sabe que sus carencias naturales se lo impiden.
-Señor Flanaghan, me resulta muy fatigoso intentar dialogar civilizadamente con un perfecto caballero mientras esos cuatro tipos no dejan de revolcarse por el suelo y gruñir como cerdos, ¿sería usted tan amable de rematarlos, por favor?.
-Sería una forma estúpida de desperdiciar cuatro balas.
-Le compraré cuatro balas nuevas en cuanto lleguemos al pueblo.
-Jamás consentiría una cosa así, señorita Stevens. Me lo prohíbe mi honor de caballero y, por otro lado, tengo entendido que el sueldo de una maestra es un salario miserable.
-No lo sé. Nunca he percibido ningún sueldo por ser maestra.
-Entonces, ¿de qué vive usted?.
-Bueno, Búfalo Veloz, Deborah y yo tenemos una pequeña granja. Precisamente, allí hemos instalado la escuela. Y entre los tres nos organizamos.
-Se organizan ustedes entre los tres...
-Sí, es muy sencillo. Mucho más fácil que organizarse entre dos.
-Perdóneme un momento, señorita Stevens- Cuando los sesos de aquellos cuatro tipos quedaron esparcidos entre las florecillas del campo como un grupo de florecillas más, Jefferson Flanaghan volvió junto a Stella Stevens- ¿Es eso lo que usted quería?.
-Sí, muchísimas gracias, ha sido usted muy amable.
-Pues entonces, si a usted le parece bien, ataré mi caballo a la parte posterior de su carricoche y viajaré a su lado en el pescante.
-¿Conducirá usted?.
-Yo jamás privaría a una dama del placer de conducir, máxime si tenemos en cuenta que conduce un coche y, con él, a un caballero.
-Se me acaba de ocurrir que cualquiera de esos cuatro caballos, abandonados y sin dueño los pobrecitos, resulta mejor montura que su enjuto jamelgo. Podría usted hacer un pequeño trueque.
-Verá usted, señorita Stevens, no se trata de que yo desprecie a los cuatreros, todos los caballeros tienen derecho a apropiarse de los bienes del enemigo derrotado, siempre y cuando el combate haya sido justo, claro. Pero resulta que "Tres Damas" y yo nos hemos hecho amigos y me encanta compartir con él mi tocino frito del desayuno.
-Es usted el primer hombre que conozco que monta a "Tres Damas" y desayunan juntos después tocino frito.
-Quizá le parezca un poco extraño.
-Ate a "Tres Damas" detrás del carricoche y siéntese a mi lado en el pescante. Me resultará muy placentero conducir para usted. Además, tenemos un pequeño contraste de pareceres que solucionar y podemos aprovechar el viaje para hacerlo.
Jefferson Flanaghan se sentó en el pescante junto a Stella Stevens. Como era habitual en él, y a pesar de las apariencias, no era un hombre osado con las mujeres. Además, nunca fue un tipo hablador. Tuvo que ser ella quien comenzase la conversación.
-Dígame, señor Flanaghan, ¿de dónde procede usted?.
-De Tennessee, al norte de Georgia y al sur de Kentucky.
-A este territorio lo llamamos Oklahoma, en honor a una de las naciones nativas. Búfalo Veloz pertenece a esa nación.
-¿Sugiere usted que ese indio salvaje está en su patria y nosotros hemos venido a invadirla?.
-No lo sugiero, lo afirmo. Pero Búfalo Veloz no nos considera sus invasores, sino sus invitados. Pertenece a un pueblo noble y hospitalario.
-No sabía yo que cortar cabelleras se llamase ahora hospitalidad.
-Fuimos nosotros quienes enseñamos a los nativos a cortar cabelleras. Lo hacían para demostrar cuántos enemigos habían matado y cobrar las recompensas. En la vieja Europa era costumbre despellejar al enemigo y hacerse una capa con su piel.
-Ahora viene cuando usted me explica que los negros no comen carne humana.
-Eso ya depende del hambre que se tenga. En Inglaterra, por ejemplo, era normal comerse a los muertos durante los largos asedios a los castillos, donde se pretendía derrotar al enemigo por hambre.
-¿Ésas son las cosas que enseña usted a los niños en su escuela?.
-No. Primero les enseño a leer y a escribir. Después recitamos poesías. Ya tendrán tiempo de aprender Historia y otras cosas más adelante.
-Sí, eso será lo mejor. Todos los buenos chicos que han muerto en esta maldita guerra serán historia algún día, espero que sólo sean eso para los niños de su escuela.
-Lamento mucho que haya perdido su guerra, señor Flanaghan.
-No era mi guerra. Al principio pensé que sí, que había que acabar de una vez por todas con esos malditos yankees. Pero las guerras no son esos lugares donde combaten los caballeros por causas justas, son un estercolero cruel y despiadado. Son sucias y son injustas.
-Sería usted un buen profesor de Historia, señor Flanaghan.
-¿Está usted segura, señorita Stevens?. ¿Qué cree usted que les contaría a sus niños sobre el nacimiento de esta nación?.
A lo lejos apreció una pequeña nube de polvo que fue, poco a poco, agrandándose.
-Indios- masculló Jefferson Flanaghan- No se preocupe, señorita Stevens. Usted siga conduciendo, que yo me encargo de ellos.
-No, señor Flanaghan, guarde sus Colts. Es Búfalo Veloz. Seguramente, Deborah le ha dicho que he salido a pasear sola y me está buscando para comprobar que estoy bien.
-Pues a buena hora aparece ese salvaje. No creo que hubiese llegado a tiempo.
-Es posible que no hubiese llegado a tiempo de salvar mi honra, pero sí de salvar mi vida.
-¿Está usted segura de que él solo hubiese acabado con esos cuatro tipos?.
-¡Por supuesto que sí!. Lo que me preocupa es que me hubiese sido muy difícil evitar que los castrara y les obligase a ingerir sus órganos viriles antes de arrancarles el corazón y bailar la danza guerrera.
-¿Y por qué había usted de evitar que hiciese semejante cosa?. Yo lo hubiese animado a hacerlo. Es más, ahora me pregunto por qué no lo hice yo.
-Señor Flanaghan, creo recordar que usted les disparó en la barriga y tenía intención de dejarlos retorcerse hasta morir mientras sus intestinos se desparramaban por el suelo.
-De todos modos, sigo pensando que la idea del salvaje era mejor que la mía.
Búfalo Veloz llegó junto al carricoche y se quedó mirando a Jefferson Flanaghan.
-Buenas tardes, Búfalo Veloz- lo saludó Stella Stevens- Te presento al señor Jefferon Flanaghan. Cuatro tipos intentaron violarme y asesinarme a media milla de aquí y el señor Flanaghan me salvó.
-Le agradezco mucho lo que ha hecho, señor Flanaghan.
-No me agradezcas nada, piel roja salvaje. Hice lo que hubiese hecho cualquier caballero ante una dama en apuros.
-Te advertí que no debías salir a pasear sola- Búfalo Veloz parecía dirigirse directamente a Stella Stevens olvidando la presencia de Jefferon Flanaghan.
-Perdóname, no lo volveré a hacer.
-Esta vez has tenido suerte.
-Eso es verdad. El señor Flnaghan se ha portado maravillosamente.
-Perdone que le haga una observación, señorita Stevens. ¿Está usted dejándose tutear y reprender por un indio salvaje y, encima, pidiéndole excusas?.
-Sí, eso es precisamente lo que estoy haciendo, señor Flanaghan.
-Creo que le voy a pegar un tiro en la barriga a este piel roja salvaje.
-No creo que vaya usted a hacer eso.
-Pues está usted equivocada, perdone que se lo diga.
-No, no lo estoy. Primero, Búfalo Veloz lo degollaría con su cuchillo de degollar rostros pálidos antes de que usted llegase a tocar la culata de su Colt izquierdo. Y segundo, le estoy apuntando con su Colt derecho justo en el hígado.
-Dudo que este piel roja sea tan rápido como para eso. Dudo que usted haya podido desenfundar mi Colt derecho sin que yo lo note. Y, sobre todo, dudo que usted sepa donde tengo yo el hígado. Ni siquiera yo sé dónde lo tengo.
-Permíteme despejar tus dudas, rostro pálido. Primera: yo ya cazaba pájaros al vuelo con la mano a los cinco años de edad. Segunda: si miras de soslayo sin hacer ningún movimiento sospechoso, verás tu Colt amartillado en la mano derecha de Stella. Y, tercera y más importante, observarás el cañón del Colt exactamente a dos milímetros de la región de tu hipocondrio derecho donde, sin lugar a duda alguna, se halla ubicado tu hígado.
-Perdone mi osadía, señorita Stevens. Pero, ¿está este piel roja salvaje tuteándome y, además, hablando como un médico?.
-No tengo nada que perdonarle, señor Flanaghan. A veces a Búfalo Veloz le sale del alma su espíritu ancestral y le habla de tú a todo el mundo. Además, es médico, bueno, chamán, como dice él.
-Creo que debería usted devolver su Colt al señor Flahagahn y pedirle excusas. Al fin y al cabo, le debe usted la honra y la vida.
-He vuelto a colocar el Colt en su sitio, Búfalo Veloz. Todo ha sido una broma, señor Flanaghan.
-Comprendo. Es posible que yo haya hablado más de la cuenta. Lo hago a veces, sobre todo cuando paso meses enteros hablando sólo con mi caballo. Por cierto, ¿está usted segura de saber dónde tengo ubicado mi maldito hígado?.
-¿Me permite usted que le ponga encima éste dedo?.
-¿Puede ser el del medio?, es que el índice me suena a acusación.
-Muy bien, lo haré con el corazón, ¿sabía usted que el dedo del medio se llama corazón y que me acaba usted de tirar los tejos?.
-Me temo, señorita Stevens, que de tejos sé aún menos que de hígados.
-Aquí. Su hígado está ubicado exactamente aquí.
-Ha sido usted muy amable colocando su corazón sobre mi hígado, señorita Stevens. No estoy acostumbrado a que las damas se porten conmigo de forma tan encantadora.
-Tiene razón Stella, rostro pálido, le estás tirando los tejos.
-Señorita Stevens, le ruego por lo que más quiera que me deje matar a este maldito piel roja salvaje del diablo. Le estaré eternamente agradecido.
-Suponga usted, señor Flanaghan, que la cosa que yo más quiero es a este maldito piel roja salvaje del diablo, ¿seguiría usted empecinado en su petición?.
-No le haga usted caso, señor Flanaghan- intervino Búfalo Veloz con un tono irreconocible- Lo que quiere decir la señorita Stevens es que no le apetece en absoluto que usted y yo nos andemos matando como dos críos maleducados. No olvide que es la maestra del pueblo y que el hábito hace al monje.
-Además- añadió Stella sonriente- matar es pecado.
-¿Qué me dice de esos cuatro?.
-Que están muertos.
-Es muy probable de que antes de que acabe el día hayamos matado a media docena más. ¿Qué me dice de eso?.
-Quizá ellos nos maten a nosotros.
-¿Has oído eso, indio?. La señorita insinúa que hay tipos por ahí capaces de matarnos.
-Tiene razón el rostro pálido, mujer blanca. Los mataremos a todos y, ahora que ya sabemos dónde se ubican, nos comeremos sus hígados.
Deborah los esperaba impaciente y preocupada en la puerta de la casa, en las afueras de Smalltown. Era una casa preciosa, con jardín, huerto y corral, rodeada por una valla hecha de tablas pintadas de blanco acabadas en punta. Jefferson Flanaghan miró impresionado al indio como preguntándole: "¿Has construido tú todo eso, piel roja?". Búfalo Veloz lo miró como respondiéndole: "Sí, rostro pálido, mientras tú te dedicabas a quemar las casas de los demás en tu maldita guerra, yo fabricaba una nueva". Stella Stevens saltó del pescante y se abrazó fuertemente con Deborah.
-¡Ay, Stella, qué preocupada me tenías!. Búfalo Veloz partió como un rayo cuando le conté la tontería que habías hecho.
-Tienes razón, querida, fue una tontería... Perdóname. Perdonadme todos.
-Veo que tenemos un invitado a comer.
-Sí, preciosa. Te presento al señor Jefferson Flanaghan. Me salvó la vida en la pradera y debe venir hambriento porque acaba de perder una guerra.
-¿Usted salvó la vida de mi amiga Stella?.
-¡Bah!, no fue nada, señorita Thompson. Cuatro estúpidos se cruzaron en mi camino. Los habría matado igual aunque no hubiesen intentado violar a su encantadora amiga.
Búfalo Veloz miró a Stella Stevens como diciendo: "Este rebelde del infierno acaba de llamar a Deborah "señorita Thompson" en lugar de "sucia negra del diablo". ¿Por qué crees que lo habrá hecho?". Stella Stevens miró a Búfalo Veloz como respondiéndole: "Estos caballeros del Sur son gente muy extraña, a veces el sol les fríe los sesos y los vuelve amables".
Deborah había preparado para comer una pierna de venado al horno con verduras y frutos del huerto que ella misma cuidaba. El venado había sido cosa de Búfalo Veloz, que no sólo lo había cazado con su arco y sus flechas, sino que lo había desollado, troceado y colgado meticulosamente en la alacena de la casa. Jefferson Flanaghan lo encontró todo delicioso, no recordaba la última vez que había comido tan bien, ni siquiera recordaba haber comido así de bien y en tan grata compañía jamás en su vida. Escuchaba extasiado las conversaciones de aquellas tres extrañas personas, tan amenas, tan divertidas, tan llenas de respeto, cariño y ternura, que no alcanzó a comprender nada de cuanto estaba pasando allí. ¿Cómo era posible que existieran lugares y gentes como aquéllas en este sucio mundo lleno de odio, miseria y guerra?. Stella Stevens, sentada a su izquierda, posó su mano sobre la de Jefferson Flanaghn y miró a sus compañeros con una gran sonrisa.
-Creo que deberíamos nombrar a Valeroso Guerrero miembro de la República Independiente de Libertad.
-¿Cómo me ha llamado usted, señorita Stevens?.
-Creo que deberíamos hacer al señor Flanaghan partícipe de nuestro secreto.
Jefferson Flanaghan miró a Deborah Thompson intrigado por aquella palabra que lo había dejado tan sorprendido como maravillado: secreto. Así que fue él quien abrió el cerrojo de las confidencias.
-Soy un tipo poco sociable- comenzó Jefferson Flanaghan- Antes de esta maldita guerra mataba gente, durante la maldita guerra he seguido matando gente y después de la maldita guerra, todavía sigo matando gente. Antes de la guerra me dedicaba a azotar negros y a violar negras, pero no los mataba porque eso era tirar el dinero. Sólo mataba blancos y me quedaba con sus negros. Yo era un perfecto caballero que reverenciaba a las damas blancas y las besaba en el guante de la mano derecha, mientras que abofeteaba a las perras negras para que entendieran quién era el amo. ¿De veras cree usted, señorita Stevens, que soy un valeroso guerraro?.
-Quizá no sea usted un valeroso guerrero, señor Flanaghan- intervinoDeborah- Pero es usted un hombre muy valiente.
-Cierto- añadió Búfalo Veloz- Hay que ser muy honrado para contar lo que has contado, Valeroso Guerrero.
-¿Cuál es el secreto de la República Independiente de Libertad?- preguntó Jefferson Flahaghan mirando a Stella Stevens.
-Entre nosotros, en la intimidad, yo soy Nube del Amanecer y  Deborh es Flor de Algodón. ¡Ah!, no existe el usted porque no hay apellidos.
-Tu nombre es precioso, Flor de Algodón.
-A mí me gusta el tuyo, Valeroso Guerrero.
-¿Cómo se llama el maldito piel roja?.
-El maldito piel roja- dijo el maldito piel roja- se llama Águila que Desciende en Círculos, pero puedes llamarme Búfalo Veloz, es mi nombre de guerra.
-¿Quién más sabe nuestro secreto?.
-Nadie más.
-Y, ¿por qué lo sé yo?.
-Has salvado a Nube del Amanecer, Valeroso Guerrero. Eres de los nuestros.
-Uno de los cuatro.
-Todos somos uno de los cuatro.
-Pero yo- intentó explicar Jefferson Flanaghan- no estoy muy seguro de ser uno de los cuatro. Sois los primeros seres humanos que he conocido en mi vida, lo que significa que nunca he sido exactamente un ser humano.  He sido borracho, asesino, caballero de honor y cosas peores. Pero nunca he sido un ser humano. No puedo ser aceptado en vuestra República. Ni siquiera debería saber que esta República existe. Quizá deberíais cerrarme la boca para siempre.
-¿Quieres que te rebane el pescuezo y que te arranque la cabellera, rostro pálido del demonio?.
-Inténtalo y estarás revolcándote dos horas con un tiro en la barriga intentando que tus intestinos no se desparramen por esta preciosa alfombra.
-En mi alfombra no, por favor. Hagan ustedes sus necesidades en el campo, como todo el mundo.
-¿Vivís en una casita que parece un palacio, sin letrinas?.
-Disponemos de letrinas y de cuarto de baño, señor Flanaghan. Búfalo Veloz proviene del mundo civilizado y es todo un artista construyendo receptáculos.
-Pues si se refería usted, señorita Stevens, a mi necesidad de matar a este piel roja, al que ya no llamaré maldito dado que fabrica cuartos de baño, que no dejan de ser una bendición, ha errado usted el disparo.
-Está bien, rostro pálido, a quien ya no llamaré del demonio en compensación a su eliminación del epíteto "maldito" al referirse a mí. Haremos un trato: en privado, yo seré Búfalo Veloz y tú serás Valeroso Guerrero, mientras que en público, yo seré un maldito piel roja y tú un rostro pálido del demonio.
-Tú no me rebanarás la garganta ni me arrancarás la cabellera y, a cambio, yo no esparciré tus intestinos por el suelo.
-¿Fumamos la pipa de la paz?.
-No es justo- intervino Stella Stevens- Las damas no fumamos. ¿Por qué no lo cambiamos por el licor de la concordia?.
-¿Qué maldito licor es ése?.
-Un licor de arándanos que prepara Deborah. Es una delicia.
-Y muy pacífico, apenas tiene alcohol- añadió Búfalo Veloz.
Firmaron la paz con el licor de arándanos de Deborah Thompson. Jefferson Flanaghan quedó encantado con el licor bebido y la paz firmada. Todo ello lo condujo por los amargos vericuetos de la dulce melancolía.
-En los lugares de donde vengo no es frecuente. Pero tengo entendido que por estos territorios nuevos e inexplorados abundan los caciques, tiranos y caudillos...
-Parece usted un caballero culto e instruido, señor Flanagham- dijo Deborah Thompson mientras paladeaba su propio licor.
-Señorita Thompson- comenzó Jefferson Flanagham- Cierto que soy uno de esos que llaman caballeros del Sur, pero toda mi vida, lo que he sido fundamentalmente es un borracho, un jugador, un asesino y un mercader de esclavos. Pero, apelando a mi caballerosidad, he de decirle que es usted una mujer increíblemente hermosa.
-Ten cuidado con lo que dices, Valeroso Guerrero, porque Búfalo Veloz se enamoró de Flor de Algodón mucho antes que tú.
-Valeroso Guerrero- intervino Búfalo Veloz- sólo ha dicho la verdad. No veo motivo alguno para rebanarle el pescuezo y arrancarle la cabellera.
-¿Qué opináis de su barba nevada?- Deborah Thomson se había vuelto ligeramente juguetona.
-Eso es trampa, Flor de Algodón- la reconvino Búfalo Veloz- Sabes que los hombres de mi raza no tenemos barba.
-Eso es cierto- intervino Jefferson Flanaghan- Si hemos de jugar limpio, mi barba no cuenta, Flor de Algodón, me afeitaré.
-¿Te afeitarás, Valeroso Guerrero?- preguntó Búfalo Veloz.
-Tienes mi palabra de caballero- respondió Jefferson Flanagham.
-Pero eres un tipo enjuto, escuálido y cadavérico. Me recuerdas a un personaje novelesco europeo de un libro que leí en la Universidad. Perderías la partida por ser honrado.
-¿No estamos acaso en la República Independiente de Libertad?.
-Ahora lo comprendo todo, maldito rostro pálido de todos los demonios, era el as de corazones que llevabas escondido en la manga.
-Yo no necesito hacer trampas para ganarte al póker, maldito piel roja de todos los demonios. Además, que yo sepa, en las Univerdidades no admiten indios.
-Para empezar, los indios viven en la India, una colonia británica del sur de Asia y...
Stella Stevens lo interrumpió:
-Búflo Veloz estudió en la Universidad de Philadelphia, en Pennsylvania. Literatura y Derecho. Es abogado.
-Esa Universidad debe estar en uno de esos estados yankees.
-Le recuerdo, señor Jefferson, que en la actualidad, Tennessee, Georgia y Kentucky también son estados yankees.
-Señorita Stevens, si usted me permitiera...
-¿Disparar en la barriga a mi migo Búfalo Veloz?. No te lo permito, Valeroso Guerrero. Es más, a él tampoco le permito que te rebane la garganta y te arranque la cabellera. No pretendo que os abracéis, como Lee y Grant, con la hipocresía con que ellos lo hicieron. Pero podría permitiros que fumarais la pipa de la paz.
-¿Y dónde está la pipa que quemaste hace dos años, Nube del Amanecer?.
-¿Me crees capaz de haber quemado la pipa de tus antepasados, Águila que Desciende en Círculos?.
-Tú perteneces a un pueblo capaz de quemar pipas de la paz y mujeres chamanes, a las que llamáis brujas. Además, me pediste permiso para hacerlo.
-Aún así, ¿crees que lo hice?.
-Escúchame, Águila que Desciende en Círculos- intervino Deborah Thompson- ¿Has olvidado lo que Nube del Amanecer siente por ti?. No pongas esa cara,  miembro del pueblo de los seres humanos, voy a por tu pipa, la pipa de tus antepasados, que un día arrebaté a Nube del Amanecer porque la guardaba junto a su corazón y parecía un bulto extraño en la teta izquierda. No podía consentir esa anomalía en un pecho tan perfecto.
Cuando Deborah Thompson entregó su pipa a Búfalo Veloz, Jefferson Flanagham vio algo que jamás había visto antes: lágrimas en los ojos de un sucio piel roja. Deborah Thompson lo besó en la mejilla y Jefferson Flanaghan sintió un deseo irreprimible de asesinar al piel roja con lágrimas o sin ellas.
Stella Stevens, visiblemente emocionada, invitó a Deborah Thompson a dar un paseo por la pradera, no sin antes prometer solemnemente a Búfalo Veloz que no traspasarían los límites de la República Independiente de Libertad.
-Así podréis fumar con total libertad- y también besó a Búfalo Veloz en la mejilla. Jefferson Flanagham se estaba planteando muy seriamente asesinar a aquel piel roja del demonio, seductor de negras y de blancas. Le haría un favor, lo enviaría directamente a las praderas del gran Manitú para que pudiera seducir a mujeres pieles rojas como él.
Cuando se quedaron solos, Jefferson Flanagham miró a Búfalo Veloz con gesto huraño.
-¿Dónde está el tabaco?.
-Nunca he fumado tabaco, rostro pálido. En mi jardín cultivo unas plantas exclusivamente para mi pipa de la paz. Seguro que te encantarán. Hoy, para celebrar el hallazgo, nos fumaremos las flores.
Cuando Búfalo Veloz estaba cargando la segunda pipa de la paz. Jefferson Flanagham se puso meditabundo.
-No sé a quién escuché en cierta ocasión que, si sueltas una piedra, la muy puñetera siempre caerá hacia el suelo. No se quedará flotando en el aire ni caerá hacia arriba. Ella, a lo suyo: caer hacia abajo. Pues escúchame bien, maldito piel roja de todos los diablos, yo podría flotar perfectamente o caerme hacia arriba si me lo propusiera ahora mismo. ¿Qué demonios de yerbajo cultivas en tu maldito huerto?.
-No estoy seguro, ignorante rostro pálido, las semillas me las regalaron mis hermanos apaches mezcaleros. Y esa ley física la descubrió un inglés llamado Isaac Newton, que jamás dijo que las cosas cayesen hacia abajo, sino hacia el centro de la tierra, es decir, hacia arriba, hacia abajo, a la izquierda o a la derecha, depende de nuestra posición relativa respecto al centro de gravedad.
-Siempre sospeché que todos los ingleses eran judíos.
-¿A qué viene esa solemne tontería?.
-Un tipo que se llama Isaac, o es judío, o no se llama Isaac.
-Pues no era judío, para que te enteres. Era arriano.
-¿Qué maldita cosa es un arriano?.
-Un tipo que no cree en la Santísima Trinidad.
-¿Y qué maldita cosa es la Santísima Trinidad?.
-Tú sabrás, que eres el cristiano. Yo pertenezco a una cultura animista y, además, soy ateo.
-No estoy muy seguro de ser cristiano. Creo que para eso hay que ser negro y cantar en las iglesias. ¿Crees que Flor de Algodón es cristiana y cree en la Santísima Trinidad?.
-No lo sé. Nunca hemos discutido de Teología. Sólo de sexo.
-Lo siento, maldito piel roja de todos los diablos, después de escuchar esas porquerías que acabas de decir, no tengo más remedio que esparcir tus intestinos por la alfombra.
-No puedes hacer eso.
-Dame una razón
-Te daré dos. Primera razón, la alfombra es de Stella y tú no querrás llenársela de intestinos podridos de piel roja, sería un insulto que ella no te perdonaría jamás, entre otras cosas porque está enamorada de mí. Segunda razón, antes de que sacaras alguno de tus Colts, dadas las condiciones alucinógenas en las que te encuentras, yo te habría rebanado el pescuezo con mi machete de matar búfalos y pondría la alfombra perdida con tu podrida sangre de caballero del sur. Ya has perdido una guerra, rostro pálido de todos los demonios, ¿quieres perder otra y tu inútil vida con ella?.
-¿Por qué crees que tardan tanto en volver estas mujeres?.
-No estoy muy seguro. Pero,  dado que Flor de Algodón está locamente enamorada de Nube del Amanecer, y dado que Nube del Amanecer es una mujer generosa y Flor de Algodón se cae de guapa, es muy probable que...
-¿Estén haciendo guarradas?.
-Eso se llama amor, rostro pálido. ¿Tú nunca...?.
-No, yo nunca he hecho esas cosas.
-Pero los rostros pálidos vais de putas. En un pueblo miserable como éste hay tres casa de putas.
-¿Estás insinuando que todas las blancas son putas?.
-En mi nación Oklahoma no existen las casas de putas. Ni siquiera en mi lengua existe esa palabra.
- Creo que voy a esparcir tus intestinos sobre la alfombra. Le diré a la señorita Stevens que la has llamado puta y lo entenderá.
-¿Nube del Amanecer entenderá que el hombre del que está enamorada necesita pagarle para...?.
-Como pronuncies la palabra, juro por Dios que eres indio  muerto.
- Estás coladito por ella, rostro pálido.
-Y tú por una negra, Yo, al menos...
-Vamos a llenar la pipa de la paz para organizar un buen plan de guerra.
-Yo estoy harto de perder guerras, Águila que Desciende en Círculos. Pero lo de la pipa me parece bien. Esos amigos tuyos mezcaleros sí que saben lo que fuman.
-Escúchame bien, Valeroso Guerrero. Vamos a morir. De una forma o de otra, vamos a morir. Todo el mundo muere, pero el gran Manitú nos acogerá con cariño en sus verdes praderas si morimos plantando cara a la muerte. Y, de paso, si mandamos al infierno a un par de docenas de bastardos, le haremos un gran servicio a la Humanidad. ¿Has comprendido?.
-¿Cómo quieres que comprenda bajo los efectos de esta maldita pipa de la paz que predica la guerra?.
Además, ¿qué maldita guerra es ésa y dónde tendrá lugar?.
-Será una guerra contra el señor Field y tendrá lugar en Smalltown.
-Nosotros dos contra quinientos asesinos a sueldo.
-Para eso están los planes. Por ejemplo, si tres tipos con sus revólveres en las manos intentaran cortarnos el paso en la calle principal del pueblo, ¿qué crees que ocurriría?.
-Muy sencillo, antes de que se dieran cuenta de lo ocurrido, estarían retorciéndose por el suelo y sujetándose los intestinos para evitar que se les desparamaran.
-¿Hasta a cuántos tipos les podría pasar una cosa así?.
-Supongo que, si son más de seis, alguno de ellos tendría tiempo de matarme a mí. Pero, como eres un indio salvaje y no sabes nada de estrategia bélica, has olvidado el fuego de cobertura. El puto enemigo siempre tiene fuego de cobertura y los muertos somos siempre nosotros.
-Te refieres a los individuos apostados en los tejados o en las ventanas de los pisos superiores apuntándonos con rifles.
-Más o menos.
-Antes de que se dieran cuenta de lo que está ocurriendo, estarían retorciéndose por el suelo con la garganta atravesada por una de mis flechas que, como les habrá partido la tráquea, no los dejará respirar, y, como los habrá dejado sin cuerdas vocales, no podrán gritar y pedir ayuda.
-¿Hasta a cuántos tipos les podría pasar una cosa así?.
-Supongo que, si son más de seis, alguno de ellos tendría tiempo de matarme a mí.
-Tú mismo me dijiste que ese tal Field dispone de todo un ejército.
-¿A cuántos de sus afamados asesinos a sueldo enviaría para liquidar a un viejo renegado del sur y a un sucio piel roja?.
-Yo no enviaría a más de tres.
-¿De cuánto fuego de cobertura echarían mano?.
-Un par de rifles.
- Creo, rostro pálido, que el señor Field tiene un pie y medio en la tumba.
Jefferson Flanagan y Búfalo Veloz caminaban parsimoniosamente por la única calle de Smalltown comentando ciertos aspectos de la condición humana, pero, eso sí, sin mirarse entre ellos, muy pendientes de lo que pudiese ocurrir a su alrededor.Poco antes de llegar a la altura del saloon, tres tipos malencarados se interpusieron en su camino. Uno de ellos, el más feo de los tres, se dirigió a Jefferson Flanaghan con una pregunta absolutamente retórica:
-¿A dónde creéis que vais?.
Naturalmente, no hubo respuesta, las preguntas retóricas no se responden, eso sería de muy mala educación. Dos segundo después, los tipos malencarados se retorcían por el suelo sujetándose los intestinos para que no se les desparramasen por el polvo de la calle y dos tipos apostados, uno en el techo del almacén y otro en una ventana del segundo piso del hotel, cayeron a la calle como dos fardos con las respectivas gargantas atravesadas por dos flechas, así mismo respectivas. Búfalo Veloz las recuperó, también respectifamente, utilizando su cuchillo de degollar rostros pálidos para no dañar las preciosas saetas, y las limpió meticulosamente con un paño que llevaba colgado de la cintura que un día Flor de Algodón le regalo con esa finalidad: para limpiar la sange de los hombres blancos malos..
Entraron en el saloon charlando de cosas intrascendentes, como dos viejos amigos que van al bar a tomar una copa.
-Me ha encantado esa manera tuya de recuperar tus flechas, piel roja.
-Has de saber, rostro pálido, que son auténticas obras de arte. Están hechas con madera de fresno, las puntas son de asta de alce y las plumas de cola de águila calva. Son el rrsultado de un laborioso proceso paciente y minucioso. Jamás me desprendería de una de ellas.
-Yo siempre guardo los casquillo de mis balas usadas. Durante la guera, cuando nos quedábamos sin munición, que solía ser muy a menudo, buscábamos casquillos usados y los recargábamos. Perdimos la guerra, es cierto, pero nunca dejamos de matar yankees por falta de balas.
El saloon, desde un punto de vista escénico, presentaba el siguiente aspecto: detrás de la barra había un tipo de una obesidad escandalosa con una escopeta de cañones recortados en las manos. A la derecha de la barra, tres tipos vestidos de negro, sombreros incluidos que, por cierto, llevaban puesto, charlaban animadamente de sus tremebundos actos de crueldad y de su comportamiento asesino, presumiendo de ello como niños con zapatos nuevos. Y, finalmente, en el rincón de la derecha, había un tipo sentado sobre una silla recostada contra la pared, con unas botas de piel de serpiente y espuelas de plata sobre la mesa, con un cigarro en una mano y un vaso en la otra.
En cuanto el tipo de detrás de la barra vio entrar a Búfalo Velox, emitió un gruñido porcino, especia de mamíferos a la cual pertenecía indudablemente;
-¡Aquí no se admit...!.
Hasta ahí pudo llegar aquel almacén de grasa, porque, inmediatamente después, se vio revolcándose por el suelo intentando evitar que sus intestinos se desparramasen, cosa que, obviamente, no pudo hacer, dada la voluminosidad de de su espectacular abdomen. La parte de detrás de la barra quedó repleta de una grotesca capa de vísceras malolientes. Hay personas que no tienen entrañas y personas que tienen demasidas. Los tres tipos de la derecha de la barra se giraron como relámpagos desenfundando sus revólveres, se notaba a la legua que aquello era algo que estaban acostumbrados a hacer cotidianamente, pero aquel día, lo hicieron por última vez en su vida, siempre hay una última vez para todas las cosas, y acabaron retorciéndose en el suelo, etc., etc., etc...
Búfalo Veloz saltó al otro lado de la barra como un gato y apoyó sus mocasines en un tabuete, porque el suelo estaba impracticable.
-Aquí sólo hay matarratas, y seguro que esta cerveza son meados de mula. Creo, rostro pálido, que nos hemos equivocado de bar.
La voz del tipo de las botas de piel de serpiente sonó suave y melodiosa:
-Junto al grifo de la cerveza hay una palanquita, si la bajas, saldrá por él la mejor cerveza malteada de Iowa. Además, arriba, a la derecha, hay whiskey de Tennessee, bourbon de Louisiana y scotch de los Highlands, el emor del mundo.Es lo que estoy bebiendo yo.
Búfalo Veloz cogió una botella de scotch y un vaso y los dejó sobre la barra. Luego buscó la jarra más grande que pudo hallar, la limpió con los flecos del paño de Flor de Algodón, bajó la palanquita, y la llenó con una cerveza negra como el carbón y de espuma blanca como la nieve. Volvió a saltar la barra sin derramar una sola gota y se acercó a Jefferson Flanaghan, que había limpiado su vaso con el pañuelo rojo que llevaba anudado alcuello, había descirchado la botella de un mordisco, había escupido el corcho a un lado y se había escanciado con generosidad. Caminaron juntos hacia la mesa del tipo de las espuelas de plata..
-Rostro pálido, frente a ti tienes al tirano,, opresor y cacique de este territorio en cien millas a la redonda, el mismísimo Solomon Abraham Fueld en persona. Señor Field, engo el honor de presentarle al Coronel del Ejército Confederado Jefferson Augustus Simon Flanaghan, más conocido como Valeroso Guerrero.
- Cierto que lo es- dijo Field mirando a Flanaghan. Después, miró a Búfalo Velos- Tú y yo nos conoceos, ¿cierto?.
-Por supuesto que nos conocemos, señor Field. Lleva usted tres años intentando matarme, y eso le ha costado la vida a veinticinco de sus mejors pistoleros.
-¡Claro!, tú eres ese indio conocido como Búfalo"El Rápido". Pero, como sólo dejas muertos a tu paso, llegué a pensar que eras una leyenda, algo así como el coco o el lobo feroz. Celebro conocer personalmente al protector de mi rometida.
A Jefferson Flanaghan le cambió de colo la faz.
-¿Qué maldita cosa acaba de decir este tipejo?.
-Perdona, Valeroso Guerrero, pero olvidé decirte que el señor Field petende a Nube del Amanecer.
-¿Y qué demonios pretende?.
-Muy sencillo, coronel Flanaghham- dijo Field con una sonrisa encantadora- Pretendo hacerla mi esposa, construirle un palacio, cubrirla de joyas y llearla a París para que se compre ropa. Por cierto, indio llamado "El Rápido", me encanta ese nombre típico de tu raza que le has puesto a la señorita Stevens. Si no te molesta, yo también la llamaré así, Suena mejor que "querida" o "amor mío".
-Tengo dos preguntas que hacerte, piel roja de todos los demonios- dijo Jefferson Flanaghan mirando a Búfalo Veloz- Primeram pregunta: ¿Qué opina Nube del Amanecer sobre este tema?.
-Digamos que Nube del Amanecer no simpatiza con la propuesta, ya eabes que ella...
-¡Cállate o te pego un tiro!. Segunda pregunta: ¿Cómo te atreves a pronunciar su nombre secreto ante semejante montón de basura?
-Estoy seguro de que el señor Fueld se llevará nuestro secreto a la tumba.
El mentado señor Fiels hizo un gesto con la mirada señalando un fajo de billetes que había sobre la mesa.
-Ahí tenéis diez mil dólares. Se trata sólo de una pequeña recompensa por el espectáculo que me habéis proporcionado. Pero es lo que cobraréis cada uno de vosotros semanalmente si decidís trabajar para mí.
-¿Y que hmos de hacer para acabar siendo, tan inmensamente ricos en tan corto espacio de tiempo?- preguntó  Jefferson Flanaghan con expresión tan adusta como impenetrable.
-Es muy sencillo- le respondió Solomon Field- Los chicos, últimamente, andan algo desmadrados. Algunos de ellos han formado verdaderas bandas de forajidos, Violan niñas de seis años, cuelgan  niños de cinco y les hacen perrerías a las mujeres antes de arrancarles la piel a tiras. No me gusta. Habréis observado que a la entrada del pueblo he mandado levantar algunos patíbulos,
-Lo hemos observado- dijo Jefferson Flanaghan.
-Vuestro trabajo consistirá en colgar a cinco o seis de esos tipos toos los días. Naturalmente, coronel Flanaghan, podrá usted dispararles en la barriga si así lo desea, pero, primero, cuélguelos, por favor. En cuanto a ti, indio al que llaman "El Rápido", los puedes colgar de los pies y rebanarles el gaznate. Hasta puedes recoger su sangre en un cuenco para usarla como pintura de guera. Yo lo que quiero es demostrar quién es el amo y quién manda aquí. Habréis comprendido que no se trata de castigar a nadie, sino de escarmentar a todos.
-¿Y cuándo se supone que debemos comenzar nustro trabajo?- volvió a preguntar Jefferson Flanaghan con la misma adustez impenetrable.
-Cuando lo consideréis oportuno. Ya estáis contratados. Se cobra los sábados.
-Muy bien, pues comencemos- dijo Jefferson Flanaghan desenfundando sus dos Colts y disparando a la barriga de Solomon Field, que cayó al suelo revolcándose en él e intentando tapar un agujero coin cada mano. Al caer, aplastó el cigarro con una mejilla y se eschuchó un pequeño chirrido de carne frita..
Jefferson Flanaghan se volvió hacia Búfalo Veloz mientras volvía a enfundar sus Colts.
-¿Por qué pones esa cara de pasmado, makdito piel roja de todos los demionios?.
-No es lo que piensas, rostro pálido. Me ha dejado pasmado que desperdicies una bala, precisamente cuando hemos venido hablando de lo importante que es ahorrar munición.
-A veces tengo antojos.
-¿Y se te ha antojado que un hombre tan importante como el señor Field merecía dos balas en lugar de una solo como todos los demás?.
-No, se me ha antojado que un hombre tan importante como el señor Field merecía que lo matara dos veces en lugar de una sola como a todos los demás.
-Ningún hombre muere dos veces.
-Pero da mucho gustito pensar que sí.
Caminaros hacia la puerta de salida, pero tres metos ants de llegar Búfalo Veloz se giró hacia Jefferson Pjanaghan.
-Has olvidado el dinero sobre la mesa, rostro pálido.
-¿Quién, yo?. ¡Pues anda que tú...!
-Yo no lo he olvidado. Para mí sólo son papeles. No significa nada.
-Ni para mí. Donde esté un dólar de plata...
-Hasta en las más atávicas culturas, tanto los hombres como las mujeres han sentido una especial atracción por los objetos brillantes. Te comprendo, rostro pálido.
-Bien, maldito piel roja de todos los demonios, crucemos esa puerta. Llegó nuestra hora... Tengo entendido que vosotros los salvajes despreciáis la muerte.
-Estás muy equivocado, rostro pálido. En mi nación rspetamosm muchísimo la muerte. Pensamos que es la cosa más importante que hemos de hacer en este vida. Por eso procuramos que sea gloriosa y, si es posible, por una causa nioble.
-No, si al final hasta vamos a tener cosas en comín...
-Más de las que piensas, rostro pálido. Por ejemplo; ni tú ni yo tememos a la muerte. Y, claro, luego están las chicas...
-¿Qué crees que les harán antes de despellejarlas vivas?.
-Eso no ocurrirá. No las cogerán vivas, Flor de Algodón jamás consentiría algo así, conoce demasiado bien a los hombres blancos.
-No deja de ser un consuelo.
-Pero no hemos de morir hoy necesariamente. Ni nosotros, ni ellas,
-¡Maldito piel roja de todos los diablos!. Ahí fuera hay un centena de tipos armados hasta los dientes que nos van a hacer picadillo en cuento crucemos esa puerta.
-Durante miles de años, los hombres sabios se han devanado los sesos con el fin de comprender la naturaleza humana. No es que hayamos conseguido gan cosa, pero algo sí hemos descubierto. Por ejemplo, que la codicia le puede a la venganza, que la avaricia le puede al odio y que el miedo lo puede todo.
-¿Y qué propones?.
-Saldremos por esa puerta con los brazos cruzados, para demostrarles que no buscamos pelea. La barbilla altiva, para demostrarles que no tememos a la muerte. Y la mirada desafiante, para demostrarles que, si hemos de morir, al menos una docena de ellos nos acompañarán eb el viaje.
-¿Qué conseguiremos con eso?.
-La remota probabilidad de que no nos maten.
-Comprendo, la otra opción es la muerte segura.
-La nuestra y la de las chuicas.
-¡Maldita sea, piel roja salvaje de todos los demonios!. Con tipos como tú, no habríamos perdido la guerra-
-¡Maldita sea, sucio traficante de esclavos!. Los tipos como yo estábamos en el otro bando.
Con los brazos cruzados, la barbilla altiva y la mirada desafiante, cruzaron la fatídica puerta y comenzaron a bajar lentamente los escalones de madera. La jauría de sicarios les fue abrirmfo pasillo mientas los que quedaban detrás corrían hacia el interior del saloon para comprobar lo qu había pasado allí dentro.
Al cabo de pocos minutos, se encontraron caminando por el centro de una calle desierta. Sin prisas, sin mirarse, marcando el paso como si un tambor lejano les indicara el ritmo, la melodía y el compás.
-No temas al fuego de cobertura, rostro pádido. Ya sabes, a enemigo que huye, puente de plata.
-¿Estamos huyendo, piel roja?.
-¡Naturalmente que estamos huyendo, rostro pálido!. Pero no lo hacemos por cobardía, sino por amor.
-Eso ya lo sé. Me gusta huir por ese motivo.
-¿Estás pensando lo mismo que yo=?.
-Estoy pensando exactamente lo mismo que tú.
-¿T sigues crependo que el mejor camino es hacia el Oeste?.
-Sigo creyendo que el mejor camino, es hacia el Oeste. Salvo que tú tengas una idea mejor.
-Hacia el Noroeste hay un inmenso bosque y, en medio, un gran lago alimentado por varios arroyos.
-¿Y qué propones?.
-Propongo que salgamos antes del amanecer. Las chicas conducirán el carro, tu cabalgarás justo a ellas montando a Tres Damas, y yo iré detrás eliminando las huellas y a los perseguidores. No dejes con vida a ningún bicho de dos patas que se cruce en tu vamino y respeta a los caballos. Libéralos de la silla y de los aparejos. Son bsstias nobles y fieles, os seguirán.
-¿Está muy lejos ese bosque?.
-Procura proveerte de una buena cantidad de tocino. Pero, cuando pruebes las tortitas con miel de Flo de Algodón. Tres Damas y tú olcidaréis para siempre el tocino.
-¿Cómo encontraré el camino dento del bosque?.
-No será necesario porque ya os habrñe alcanzado y os guiaré. Naide nos encontrará jamás. Conozco un valle tapuzado de flores en primavvera y de nieve en invierno. El lugar iedeal par establecer la Tepública Independiente de Libertad.
-Y llenarla de críos.
-No te hagas ilusiones en ese aspecto, roastro pálido. Yo seré un cazador solitario. Tú serás un trampero más solitario que yo todavía. Pero Flor de Algodón y Nube del Amanecer serán inmensament felices, ígitur, nosotros también.
-¿Sabes lo que te digo, maldito piel roja salvaje de todfos los demonios?. Me encanta esa perspectiva. No me gustaría ver a nuestros hijos algún día matándose entre ellos.
-Has hablado como un hombre sabio,Valeroso Guerrero.
-He tenido muy buenos maestos, Águila que Desciende en Círculos.
La República Independiente de Libertad pervivió hasta el tres de abril de mil novecientos dos, fecha del fallecimiento de Flo de Algodón, la última de sus cuatro habitantes.
El bosque fue talado en su totalidad y el lago es hoy un charco tócico sin vuda alguna en su interior debido a las cinco plantas químicas alzadas en sus riberas.
Jamás ha existido otra República Independiente de Libertad.
Aquel inmenso país se haya hoy sojuzgado por un par de doenes de nuevos señores Field y sus jaurías de asesinos a suldo. Un sistema social que se ha hecho muy popular y está siendo exportado al resto del mundo, lo llaman democracia.
Cometimos un imperdonable error el día que cruzamos el Mississippi..










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