sábado, 9 de febrero de 2013

LOCUS AMOENUS JORNADA CUARTA

                                                      JORNADA CUARTA
Pensé que aquella maravillosa sensación formaba parte de un extraño sueño, pero no era así. Los sueños no producen un húmedo cosquilleo en la oreja izquierda ni tersas caricias de manos de seda en los testículos, esos curiosos órganos más conocidos por el poético nombre de cojones. Y eso era precisamente lo que yo estaba sintiendo, sin atreverme a abrir los ojos por si, una de esas casualidades de la vida, se tratara efectivamente de un sueño. Y la experiencia me decía que, si aquello era un sueño, todo se iría al carajo justo en el momento de despertar. Así que decidí no despertarme, de momento. Pero había un pequeño problema, ¿desde cuándo decide uno mismo el momento de despertar del más dulce de los sueños?. Generalmente, los sueños más hermosos se joden de mala manera precisamente porque no somos nosotros quienes decidimos el momento de despertar. Llegué a la terrible conclusión de que ya estaba despierto. Pero ahora se me planteaba la segunda parte de la cuestión. Si yo ya estaba despierto, y seguía notando aquel húmedo cosquilleo en la oreja izquierda, y aquellas tersas caricias de manos de seda en los testículos, eso significaba que un ser real, y no una quimera onírica, me estaba lamiendo el lóbulo de la oreja y me estaba tocando los cojones. Cualquier persona sensata hubiera abierto los ojos y hubiese girado la cabeza para averiguar quién estaba osando perpetrar tan lúbricos y pecaminosos actos. Pero, ¿quién se comporta como una  persona sensata mientras una lengua libidinosa te lame el lóbulo de la oreja y una mano impúdica te acaricia los testículos?. Se me ocurrieron dos posibles candidatas y ningún posible candidato a la autoría de semejante acción. Mientras yo permaneciera con los ojos cerrados y no girara la cabeza, cualquiera de las dos podía ser la autora, en otras palabras: de momento, eran las dos. Porque una cosa es estar enamorado, y desear que sea ella, y sólo ella; y, otra muy distinta, los sueños eróticos, donde todo es posible, mucho más que probable, y perfectamente irreal. Cuando, finalmente, abrí los ojos y volví la cabeza, porque "eternidad" es sólo una palabra que nada tiene que ver con el tiempo, me tropecé con el rostro sonriente de Isabel, y con sus ojos volcánicos, de un verde amarronado.
-Buenos días, bello doncel- dijo ella al tiempo que, la vida es así de ingrata, desaparecían el húmedo cosquilleo y las tersas caricias de manos de seda.
Estaba tumbada sobre la cama, a mi lado, pero, cuando intenté besarla, dio un salto y se puso en pie, dando una palmada.
-¿Ya estás despierto?- preguntó.
-Creo que sí- dije yo, sin comprender demasiado bien lo que estaba pasando.
-Pues levántate, que nos vamos de excursión.
Y salió de la habitación sin decir nada más. Me incorporé y me senté en el borde de la cama. La primera cosa que me pasó por la cabeza fue vestirme y salir a comprobar qué diablos estaba pasando, pero el recuerdo de aquel trozo de paraíso en forma de cuarto de baño que había junto a la alcoba de Mari Carmen, justo al final de aquella escaleras que yo no me había aventurado a bajar rodando de un puntapié la noche anterior, hizo que me enrollara en una manta y saliera del cuarto de invitados, es decir, del mío, de aquella guisa más bien fantasmagórica. Me asomé por la puerta de la cocina, y vi a las dos amigas charlando, mientras Mari Carmen preparaba el desayuno.
-Buenos días- saludé.
-Buenos días- dijo Mari Carmen sonriendo.
-No te entretengas demasiado ahí arriba, o nos iremos sin ti- dijo Isabel mordisqueando un trozo de tostada.
-Debo tener un aspecto patético- dije yo, intentando dar un sentido a mi visita al cuarto de baño. En realidad, yo me refería al hecho de que, tal vez, después de mear, mi pene adquiriría de nuevo esa forma circunspecta y cotidiana que suelen presentar los penes corrientes y normales durante la mayor parte de nuestra vida.
-Mírate tú mismo al espejo- dijo Mari Carmen- ¿Te ha despertado Isabel con dulzura?- me preguntó después.
-Con mucha dulzura- dije yo con una sonrisa.
-Me alegra oír eso- dijo Mari Carmen- Porque, cuando la vi coger el cubo y empezar a llenarlo de agua, me preocupó un poco.
-No sabes cuánto te agradezco tu generosa intervención- dije sin poder evitar un gesto de jovial felicidad, porque descubrí que aquella primera sensación que tuve de que, tal vez, fueran las dos, había sido algo más que una simple sensación.
-No tienes que agradecerme nada- dijo Mari Carmen sin dejar de sonreír- En realidad, yo pensaba en la cama. Se queda hecha un asco, y es un número eso de tener que secar luego el colchón.
-De todos modos, muchas gracias... a lasa dos.
-Lo tienes a punto de caramelo, Princesa- dijo Isabel mirando a Mari Carmen- Deberías tirártelo un día de éstos.
-Lo pensaré- dijo Mari Carmen mientras seguía con su tarea de preparar el desayuno.
A estas alturas, ninguna de las dos me estaba haciendo el menor caso. Por lo tanto, decidí que aquél era un buen momento para hacer mi mutis miccioso, y dejarlas solas, hablando de "sus cosas".
Subí las escaleras y entré en el cuarto de baño. Dejé la manta sobre un taburete y me miré al espejo, como me había aconsejado Mari Carmen. Efectivamente, mi pene seguía encabritado, como decía un viejo amigo, que, a los penes erectos, siempre los llamaba "encabritados". Pero, tras la pertinente micción mañanera, y la somera ducha con agua fría, (por cierto, también el agua fría de Ayora es la más fría del mundo), las cosas volvieron a adquirir su habitual apariencia, como marcan los cánones estéticos, y que conste que, cuando empleo el término "cánones", sé perfectamente lo que estoy diciendo. Me di cuenta entonces de que toda mi ropa se había quedado en la habitación de invitados, es decir, la mía, incluidos aquellos calzoncillos nuevos a lunares que yo había decidido estrenar aquella mañana. Según aquel viejo amigo de los penes encabritados, cuando se sale con una mujer, aunque sea para ir a misa, conviene ponerse calzoncillos nuevos, por lo que pueda pasar. Y con mucho más motivo, si se sale con dos.
Me volví a enrollar en la manta, y bajé silenciosamente las escaleras, cruzando subrepticiamente por la puerta de la cocina, y entré triunfalmente en el cuarto de invitados, es decir, el mío. Con una apariencia más fresca y presentable, entré en la cocina, donde Isabel y Mari Carmen charlaban animadamente, la una frente a la otra, sin hacerme el menor caso. Me senté entre ambas y me serví café con leche. Seguían ignorando olímpicamente mi presencia. Cogí una de aquellas tostadas con miel, y decidí poner cara de Buster Keaton, volviendo alternativamente la cabeza hacia la que tomaba la palabra. Hablaban de un lugar llamado "El Olmo Seco", que parecía ser una vieja promesa de Isabel a Mari Carmen, que aquella mañana estaba dispuesta a cumplir. Decidí no hacer preguntas porque, aquello que decidieran contarme, lo harían sin que yo preguntara, y aquello que decidieran no contarme, no me lo contarían aunque yo lo preguntara.
Se levantaron súbitamente, e Isabel me miró señalando dos grandes cestas que había junto a la puerta de la cocina. Indudablemente, habían estado allí todo el rato, pero yo no había reparado en su presencia.
-¿Tendrías la amabilidad de llevar las cestas hasta el coche, bello doncel?.
-¿Qué hay en las cestas?- pregunté yo.
-¡Qué pregunta más estúpida!- dijo Isabel moviendo la cabeza- Cosas que se comen y cosas que se beben. El resto de las cosas placenteras, las llevamos puestas.
No esperó a que yo dijera nada, se encaminó hacia la puerta de la calle, donde Mari Carmen ya nos esperaba. Cogí las cestas y las seguí hacia la calle.
En la puerta me quedé estupefacto. Frente a nosotros había un "jeep" de los de verdad, como los de las películas. Cierto que no estaba John Wayne al volante, sonriendo con sus galones de mayor, pero podía haber estado perfectamente sin que yo me maravillara más ante el espectáculo. Siempre había pensado que aquellos curiosos artefactos formaban parte del atrezzo de las pelis de guerra, pero, parece ser que existen en la realidad. Fui a colocar las cestas en uno de los asientos traseros, pero Isabel, que había saltado dentro del jeep con una agilidad felina, y se había colocado frente al volante, me señaló el asiento que había junto al suyo.
-Ponlas aquí- dijo- Mari Carmen y tú vais detrás. Como todo el pueblo sabe que estáis liados, me tomarán por la conductora. Yo soy una mujer casada.
-Hay que cubrir las apariencias- dijo Mari Carmen rodeándome la cintura con su brazo- No olvides que éste será un pueblo muy bonito, pero no deja de ser un pueblo.
-¡Benditas apariencias!-dije yo, aprovechando aquella ocasión inmejorable para besar a Mari Carmen.
-Si lo vuelves a hacer- me dijo mientras subía al jeep- Se lo diré a Isabel.
-¿Crees que se pondrá celosa?- pregunté yo sentándome junto a ella.
-Naturalmente que me pondré celosa- dijo Isabel arrancando el motor- Pero no te preocupes, Mari Carmen y yo siempre acabamos haciendo las paces, ¿verdad, Princesa?.
-Tiene usted razón, señora marquesa- dijo Mari Carmen acariciándole el cabello desde detrás- Y me encanta hacer las paces con usted.
.El jeep se puso en marcha, y salimos del pueblo por una carretera secundaria, o terciaria, eso no lo tengo muy claro, porque nunca he hecho oposiciones para el Ministerio de Obras Públicas. Pronto dejamos también la carretera secundaria, o terciaria, para coger un camino que más bien parecía un sendero de cabras.
-¡Esto es cojonudo!- grité yo cuando aquello comenzó a zarandearse y a dar saltos.
Isabel conducía con una mano, y sujetaba las cestas con la otra. Lo hacía con tal destreza, que parecía haberlo hecho toda la vida. Estaba claro que no era John Wayne quien conducía, pero teníamos allí una Barbara Stanwyck que valía como dos jonvaines. Habíamos entrado en un bosque de pinos rodenos, y el camino había desaparecido. Pero, como, según parece, se hace camino al andar, aquello no pareció importarle demasiado ni a Isabel ni a su jeep. Cruzamos dos barrancos, tres arroyos y cuatro promontorios llenos de matorrales, hasta que, finalmente, llegamos a un claro, junto a un gran charco formado por una torrentera, junto al que se levantaba una edificación con todos los síntomas de estar recién terminada. Se trataba de toda una mansión, con jardín incluido, eso sí, era un jardín con pinos, romero, tomillo y espliego. Isabel saltó del jeep como una gata, y Mari Carmen casi pasó por encima de mí. La verdad es que ninguna de las dos me hizo gran caso. Isabel rodeó la cintura de Mari Carmen con su brazo derecho, mientras Mari Casrmen rodeaba sus hombros con el izquierdo, de una manera que a mí ya casi me resultaba familiar. Y así cogidas, comenzaron a caminar hacia la casa.
-¡Es una preciosidad!- exclamó Mari Carmen.
-¿Verdad que sí?- dijo Isabel- Y toda tuya, Princesa.
Tuve la sensación de que nadie me había invitado a acompañarlas en su visita al palacio de la princesa encantada. Así que me dirigí hacia aquel magnífico charco, grande, profundo y cristalino, donde se remansaban las aguas del torrente. Junto a él se alzaba una gran roca. Decidí escalar hasta su cima para contemplar mejor aquella maravilla. Desde lo alto de la roca, pude admirar cómo el agua, después de desbordar el charco, serpenteaba traviesa barranco abajo. Miré a mi alrededor, buscando con la mirada el olmo seco que le había dado su nombre a aquel lugar, pero no pude encontrar por lugar alguno aquel viejo olmo, probablemente hendido por el rayo y en  su mitad podrido. Claro que, también era posible que aquel arroyo no se llamara Duero, ni que yo me llamara Antonio, ni ninguna Leonor agonizara cerca de mí.. Incluso, puede que ni fuese primavera. Seguramente, yo había llegado tarde, y aquel olmo viejo ya era melena de campana desde hacía años, tal vez siglos. Se estaba bien sobre aquella roca, justo sobre las aguas transparentes que formaban la bóveda de cristal del palacio de las nereidas, en aquel lugar inaccesible... Inaccesible para todos, excepto para la Guardia Civil, por supuesto, porque, por la margen derecha del barranco, vi subir a lo lejos a la pareja a caballo. El de delante era el sargento Pacheco, llevaba un tricornio verde con visera, y subía lánguidamente por un sendero imperceptible, que parecía conocer de toda la vida. Arrojé la colilla al agua, y entonces me di cuenta de que el sargento Pacheco me había visto, y hasta puede que me hubiese reconocido, porque me saludó levantando la mano. Le devolví el saludo, y comencé a descender de la gran roca. Aún me dio tiempo a encender un nuevo cigarrillo antes de que la pareja de la Guardia Civil llegara hasta el claro que había junto al charco. El sargento Pacheco descabalgó sonriente, y me extendió su mano.
-¡Dichosos los ojos, Don Vicente!. ¿Cómo usted por estos parajes?. ¿Se ha echado usted al monte?.
-Yo también me alegro de verle, Don Matías- dije estrechándole la mano- Pues, no señor, no me he echado al monte... todavía. Estoy aquí más bien accidentalmente. ¿Qué me dice de usted?, ¿suele frecuentar estos lugares?.
-Menos de lo que me gustaría- dijo sin dejar de sonreír- Me encanta el servicio de correrías. ¿Sabe usted lo que es el servicio de correrías, Don Vicente?.
-Confieso mi ignorancia en ese tema, Don Matías. ¿De qué se trata, de irse de putas o algo así?.
-No, Don Vicente, el servicio de correrías no consiste en irse putas o algo así. Consiste en recorrer el monte, por eso se llama de correrías.
-¿Suelen ustedes correr detrás de los que se echan al monte?.
-Entre otras cosas. Pero hoy no es ése el motivo, porque, según me ha confesado usted mismo, todavía no se ha echado al monte.
-No- dije yo, y señalé la magnífica mansión que había tras de nosotros- Y me temo que Doña Isabel Gavidia y la señorita Campos tampoco han venido con la intención de echarse al monte.
-¿Y cómo ha sido eso de que la señorita Campos les acompañe?.
Probablemente, lo que el sargento Pacheco quería decir, es que estaba al tanto del adúltero comportamiento de Isabel. Pero se daba la circunstancia de que yo también estaba al tanto de otros adúlteros comportamientos, lo cual significaba que estábamos jugando con la misma baraja, y hasta puede que al mismo juego y con las mismas reglas.
-Me temo, Don Matías, que he sido yo quien las he acompañado a ellas. ¿Cree usted que habrá sido por alguna razón especial?.
-Siempre hay alguna razón para todas las cosas, Don Vicente. Tal vez sea éste un buen lugar para que hable usted tranquilamente con Doña Isabel Gavidia.
Saqué mi paquete de tabaco, y se lo mostré al sargento Pacheco.
-¿Puedo ofrecerle uno de mis cigarrillos, Don Matías?.
-Acepto encantado su ofrecimiento- me cogió el paquete de la mano, y se volvió hacia el guardia que permanecía en pie detrás de nosotros- Coja uno de estos cigarrillos, Martínez, lleve los caballos a la sombra, y descanse un rato.
-A sus órdenes, mi sargento- dijo el tal Martínez cogiendo uno de los cigarrillos y obedeciendo puntualmente a su superior.
-Don Matías- dije yo cuando nos quedamos solos- Usted no ha jugado limpio conmigo.
-Se equivoca usted, Don Vicente- dijo ofreciéndome fuego y encendiendo después su cigarrillo- Comprendo que piense de esa manera, pero le aseguro a usted que se equivoca.
-Además de comprender que yo piense lo que pienso, ¿cree usted que también merezco una explicación?.
-Supongo que ha sido usted informado del terrible percance que sufrió la señorita Campos hace un par de meses- comenzó el sargento Pacheco- También supongo que ha estado usted atando cabos, y ha intuido cierta relación entre aquel acto criminal y la muerte del capitán González. Pero eso no significa, bajo ningún concepto, que yo haya hecho trampas, Don Vicente.
Para empezar, tuve la sensación física, sí, he dicho física, porque fue una especie de punzada, de que el sargento Pacheco estaba hablando con el corazón en la mano. Porque, ¿por qué motivo la paliza y la violación de Mari Carmen eran "un acto criminal", probablemente inexcusable, mientras que el asesinato posterior se había convertido, sencillamente, en "la muerte del capitán González"?. Y, además, ¿a qué venía ese tono de disculpa cuando me aseguró que no había hecho trampas?. ¿Acaso no llevaba, colgada en bandolera, una reluciente Z-66?. ¿Acaso no estaba en condiciones de, puestos a hacer trampas, utilizarla conmigo y resolver de un plumazo el caso del capitán González?.
-Pero usted, Don Matías- dije al fin- No quiere hablar con Isabel para que ella le confirme mi coartada.
-No, Don Vicente. Yo sólo lo he utilizado a usted para presionar a Doña Isabel. Por eso lo llevé a su casa y lo presenté como el hijo de un viejo amigo.
-¿Tan importante es ella en esta historia?.
-Ella tiene la pieza que me falta, Don Vicente.
-¿Y por qué no la detiene y la interroga?.
-Pensé que eso ya había quedado claro entre nosotros, Don Vicente.
-Sí, claro, lo recuerdo. Los fantasmas, las beatas, los borrachos...
-... y los cornudos.
-Y usted necesita urgentemente un asesino. ¿Qué le ocurrirá cuando usted lo coja?.
-Supongo que estará usted informado de lo que ocurrió hace unos días en Madrid, en Burgos y en Barcelona.
Se refería a los asesinatos-ejecuciones del 27 de septiembre. Sí, yo estaba informado y muerto de asco. Pero no dije nada, se me había hecho un nudo en la garganta.
El sargento Pacheco rompió el silencio ofreciéndome uno de sus Celtas cortos.
-¿Qué le parece mi caballo?- me preguntó señalando aquel noble animal, que mordisqueaba distraídamente la hierba, a la sombra de un gran pino.
-Me parece un hermoso animal- respondí, pensando que había cambiado de tema para endulzar la tensión que se había producido entre nosotros.
-Se llama Realejo- continuó el sargento Pacheco- Yo le tengo un cariño especial, somos algo así como viejos amigos, hemos hecho muchas correrías juntos.
Para demostrármelo, hizo una seña, y Realejo se acercó mansamente hasta nosotros. El sargento Pacheco acarició la cabeza de su caballo, y sacó del bolsillo de su guerrera un terrón de azúcar, que le puso literalmente dentro de la boca. El noble animal movió el hocico mientras aquel sargento de la Guardia Civil le sonreía con dulzura, y le hablaba con cariño.
-Si un día- prosiguió volviéndose hacia mí- Alguien perdiera el equilibrio montando a Realejo, su pie quedara enganchado en el estribo, y el caballo se desbocara, para impedir que se destrozara la cabeza contra las piedras del camino, yo le dispararía a mi caballo. No lo dudaría ni un instante, aunque después, llorara su muerte como la de un amigo. Sólo le pediría ayuda a Dios para una cosa: para darle exactamente aquí- dijo señalando la frente del animal- Para que no sufriese. Tal vez luego, alguien me llamara asesino de caballos, pero le juro a usted por Dios que nadie sentiría su muerte más que yo.
-Espero que su Dios no lo coloque a usted jamás en esa situación, Don Matías.
-Ya lo ha hecho, Don Vicente. ¿Me ayudará usted a que yo no falle el tiro?.
 -Yo no estoy preparado para estas cosas, Don Matías. No sé si se habrá dado cuenta, pero soy un cobarde.
-El mundo no está hecho de cobardes y valientes, sino de personas y situaciones. No le estoy pidiendo que colabore con las fuerzas de represión, sino que ayude a unas personas que dice usted estimar mucho.
-Todo era tan sencillo- dije yo- La Guardia Civil me detiene como sospechoso de asesinato, me interrogan, yo demuestro mi inocencia, y fin de la historia.
-Y usted, después, se marcha para seguir siendo nadie en ninguna parte. ¿Es así como imaginaba el final de la historia, Don Vicente?.
No estoy seguro de que exista ese Dios del sargento Pacheco, y mucho menos de que sea un Dios magnánimo o generoso. Pero he de reconocer que alguien nos bendijo haciendo que Isabel y Mari Carmen interrumpieran en ese momento nuestra conversación. El sargento Pacheco se quitó su tricornio verde con visera al verlas llegar, probablemente porque consideraba una grosera falta de educación permanecer cubierto delante de dos damas tan encantadoras. Isabel fue la primera en extender su mano con una gran sonrisa.
-Buenos días, Don Matías. ¿Qué tal el servicio?.
-A sus pies, Doña Isabel. Muy bien, gracias por su interés- tras estrechar la mano de Isabel, el sargento Pacheco se volvió hacia Mari Carmen- Buenos días, señorita Campos, me alegra mucho encontrarla en tan buena compañía.
-Buenos días, Don Matías- dijo Mari Carmen estrechándole también la mano- Hace un día precioso, ¿no le parece?.
-Perfectamente encantador- dijo el sargento Pacheco, incluso creo recordar que con acento inglés.
El noble Realejo, impasible a las amenazas proferidas por su dueño momentos antes, no se había movido de nuestro lado, Isabel le abrazó el morro y lo besó encima de la nariz.
-¡Hola, precioso!- dijo apoyando su mejilla contra aquella enorme cabeza y sonriendo con encantadora ternura. No cabe duda de que Isabel lloraría, al menos tanto como el sargento Pacheco, la muerte de aquel noble animal.
-¿Le gustaría a usted montar a Realejo, Doña Isabel?- preguntó el sargento Pacheco acariciando el cuello de su caballo.
-¡Me encantaría!- había un brillo infantil en aquellos ojos volcánicos, de un verde amarronado.
El sargento Pacheco me señaló el otro caballo, que permanecía a la sombra del gran pino, a unos veinte metros de nosotros.
-¿Le apetece dar un paseo a caballo, Don Vicente?.
-No he montado nunca- dije moviendo la cabeza.
-No se preocupe por eso, Doña Isabel es una extraordinaria amazona, ella le indicará cómo hacerlo. Además, Dentejón es un caballo muy manso, ¿no es cierto, Martínez?.
-Sí, mi sargento- dijo el tal Martínez acercándose a nosotros con el otro caballo cogido por las riendas.
-Decídete- dijo Isabel con una gran sonrisa- es una experiencia que no olvidarás- y saltó sobre Realejo con una habilidad pasmosa, cayendo sobre la silla abrazada al cuello del caballo y acariciándole el morro con una mano.
-Le aconsejo que no trate de imitar a Doña Isabel- dijo el sargento Pacheco con cara de estar divirtiéndose- Ya le he dicho que es una gran amazona. Yo le diré cómo debe montar. Fíjese bien, esto es el estribo, coloque aquí su pie derecho. Ahora, sujétese bien a la silla, tome impulso, y levante la pierna izquierda hasta caer sentado sobre ella. ¡Eso es!, ¡muy bien!.
Seguí al pie de la letra las indicaciones del sargento Pacheco, y me encontré, de pronto, sobre el lomo de aquel poderoso y dócil Dentejón. Me sentí como John Wayne con las riendas en la mano. No sé si todo el mundo se siente como John Wayne la primera vez que sube a un caballo, sobre todo si le ayudan a subir como el sargento Pacheco me ayudó a mí.
-¿Me ha metido usted mano, Don Matías?- dije volviéndome hacia él, al tiempo que intentaba buscar el punto justo de equilibrio.
-¡Por Dios, Don Vicente!. No piense usted mal de mí, sólo pretendía ayudarle a montar.
Isabel hizo trotar a Realejo por una suave pendiente que conducía a la parte alta de la torrentera, donde el agua se precipitaba para alimentar el gran charco.
-Presione con las rodillas para hacerle caminar, y diríjalo con las riendas- continuó el sargento Pacheco- Procure no tirar fuerte, le podría hacer daño con el bocado.
-¿Qué es el bocado?- pregunté yo, aunque supongo que John Wayne jamás habría hecho esa pregunta.
 -No se preocupe- dijo el sargento Pacheco- Siga a Doña Isabel, y confíe en ella.
Dentejón comenzó a caminar mansamente pendiente arriba, mientras Isabel y Realejo jugaban a regatear pinos, saltar matojos y bordear peñascos. Se estaba divirtiendo como una enana, y no sólo ella, porque tuve la curiosa sensación de que aquel caballo se sentía tan feliz o más que su amazona. Yo me limitaba a mantener el equilibrio con las riendas en la mano, presionando suavemente con las rodillas, y hablándole cariñosamente a aquel noble Dentejón, con la esperanza de que, al menos él, supiera lo que estaba haciendo. Al cabo de unos minutos, Realejo e Isabel se colocaron a mi lado, él relinchó y ella sonrió, o sonrieron los dos, yo de caballos y de mujeres que montan a caballo mejor que Barbara Stanwyck no entiendo mucho.
-No vayas tan rígido, hombre. Tienes acojonado al pobre Dentejón, ya no sabe qué hacer para que no te caigas. Relájate y no te preocupes- se giró hacia su derecha, inclinándose hasta el cuello de mi caballo y lo besó detrás de la oreja- Él cuidará de ti. ¿Verdad, bonito, que tú cuidarás de él?.
Hizo que Realejo se empinara sobre sus patas traseras, y volvieron a sus piruetas y sus juegos hasta que llegaron a la cima. Allí, Isabel saltó a tierra con una soltura que ya no me impresionó tanto como al principio, porque uno se acostumbra a todo, abrazó el hocico del caballo, y le dio un golpecito en el anca, para que él mismo buscara el lugar que más le apeteciera y mordisqueara la hierba que viese más apetitosa. Yo llegué al cabo de unos minutos, con la misma rigidez, con la misma cara de Buster Keaton, y definitivamente convencido de que nunca sería John Wayne.
-¿Qué hay que hacer para bajar?- pregunté intentando sonreír, porque la forma en que había desmontado ella estaba absolutamente fuera de mi alcance.
-Agárrate a la silla, levanta la pierna izquierda y gírala hasta que toques el suelo, después, saca el pie derecho del estribo- dijo ella muy divertida- ¿Quieres que te ayude?.
-Si me prometes que nos caeremos al suelo y nos revolcaremos por la hierba, sí- dije yo.
-¿Serías capaz de abusar de esa manera de una mujer indefensa?- dijo ella enseñándome sus dientecillos de rata traviesa.
Me decidí a bajar siguiendo sus instrucciones y, en un par de segundos, me vi en pie junto al caballo, como si hubiera estado haciendo aquello toda mi vida. Naturalmente, sentí un orgullo muy especial, y atisbé la posibilidad de ser John Wayne en un futuro no muy lejano.
-¿Has visto qué fácil?- dijo ella acariciando el morro del dócil Dentejón.
Me cogió de la mano, y dejamos que también mi caballo buscara el lugar que más le apeteciera. Me llevó junto a un pino inclinado e hizo que me sentara sobre la mullida juma, apoyando la espalda contra el tronco. Ella se tumbó junto a mí, y apoyó su espalda en mi pecho y su cabeza en mi hombro.
-¿Eres así de tonto, o te has escapado del País de la Pureza?- dijo ella volviéndose para mirarme.
No le respondí, sólo giré la cabeza y la besé en los labios suavemente. Ella comenzó a acariciarme los cabellos con su mano izquierda, y una de mis rodillas con la derecha. Aparté su chaqueta de ante, llena de flecos, y comencé a desabrocharle la camisa a cuadros, como aquella que llevaba Gary Cooper en "The Westerner". No llevaba sujetador, así que mi mano izquierda no tuvo grandes problemas para juguetear con sus pechos que. así, al tacto, no presentaban grandes diferencias con los de todas aquellas muchachas en flor que siempre deseé palpar, y jamás osé hacerlo. Con la mano derecha intenté hurgar por debajo de su pantalón, también de ante, pero esa empresa se presentó un poco más complicada. Apartó sus labios de los míos, y me susurró al oído confidencialmente:
-Hay un ganchito y una cremallera en la parte derecha. Ánimo, muchachote, tú puedes conseguirlo- y empezó a mordisquearme el labio superior y a jugar con mi lengua.
Solté aquel ganchito y bajé aquella cremallera. Ahora, el camino quedó expedito. Llegué a la suavidad de sus bragas de seda, pero la cambié enseguida por la suavidad del vello de su pubis, mucho más sugerente. Mi mano derecha siguió explorando, hasta que ella me mordió la barbilla y levantó la mirada para clavarla en mis ojos.
-¿Nunca has masturbado a una mujer?- me preguntó.
-No, nunca- dije yo- Se nota, ¿verdad?.
-Sí, eres un manazas. Pero todo se aprende en esta vida. ¿Quieres que te enseñe?.
-Por favor- dije volviendo a besarla.
Quitó su mano derecha de mi rodilla y tiró de mi muñeca sacando mi mano de la gruta encantada.
-¿Qué haces?- dije sorprendido.
-Los buenos alumnos callan y atienden- dijo ella con gesto autoritario.
Tomó mis dedos índice y medio, y se los metió en la boca, humedeciéndolos con saliva. Después condujo mi mano suavemente hasta el lugar secreto, y los hizo jugar con dulzura entre los labios de su sexo, primero de arriba hacia abajo, después de izquierda a derecha, luego haciendo eses, hasta que, finalmente, los fue empujando para que se introdujeran en su vagina. Entonces apretó los muslos, y noté cómo sus pezones se endurecían y su boca se apretaba contra la mía. Su mano se aferró a mi mano haciendo que se moviera rítmicamente, mientras sus muslos se apretaban más y más y sus caderas se convulsionaban. Su lengua se había vuelto áspera, y noté cómo su cuerpo se estremecía con una cadencia creciente hasta que, tras unos movimientos convulsos, se fue relajando. Sus labios tensos se fueron suavizando hasta volver a ser dulces y acariciadores, y su lengua se tornó mullida y esponjosa. Giró la cabeza emitiendo un gemido y dejó caer su brazo izquierdo contra el suelo. Su mano derecha seguía aferrada a la mía, prisionera todavía de sus muslos y su sexo. Se me había olvidado respirar, así que comencé a hacerlo estentóreamente y, en ese momento, me di cuenta de que la muñeca derecha me dolía horrores. Pero no hice nada hasta que ella retiró su mano. Entonces la saqué y la noté mojada y pringosa.
-¿Qué es esto?- dije enseñándosela.
-¿Tú qué crees?- me respondió respirando hondo, abriendo los brazos, y dejando que su cabeza resbalara por mi pecho hasta mi vientre.
Tomé conciencia de que yo debería estar muy excitado en ese momento, y que mi pene debería estar muy encabritado, pero el muy imbécil no se había enterado de la película. Resulta que yo había sido un alumno tan aplicado, y que había estado tan pendiente de la lección, que sólo había sido capaz de dejarme llevar por la emoción de haber tenido entre mis brazos el cuerpo de Isabel, estremeciéndose de placer. Pero me sentía bien, yo diría que casi orgulloso.
Ella giró la cabeza, que tenía apoyada sobre mi vientre, y comenzó a soltarme la correa del pantalón.
-¿Qué vas a hacer?- pregunté.
-Ahora me toca a mí, ¿no?- dijo ella.
-¿También quieres que te enseñe?.
Se incorporó y me miró a los ojos. Había en su rostro un gesto travieso, casi cruel.
-¿Qué me quieres enseñar?. ¿Me has tomado por una de esas niñas tontas que te ligas en la discoteca?. Aquí soy yo la profesora, y tú sigues siendo mi alumno, ¿entendido?.
Hice un gesto de resignación, y ella pareció entender cómo me sentía. Tal vez un poco humillado, pero, sobre todo, perdido, muy perdido. Al fin y al cabo, se supone que yo era el tipo sin escrúpulos que se aprovechaba del momento para abusar de aquella mujer indefensa. Quizá por eso, su gesto travieso, casi cruel, se volvió amable, casi tierno. Me acarició la mejilla y me besó con dulzura.
-Tú quieres hacerme feliz, ¿verdad?- dijo tocando mi nariz con la suya.
-¡Claro que quiero!- afirmé con vehemencia, pero seguía perdido, muy perdido.
-Pues es lo que estás haciendo- volvió a su tarea de hurgar en mis pantalones- Había pensado hacerte una cosa- continuó- Pero vamos a cambiar de planes- abrió su mano derecha frente a mi cara.
-Escupe.
Escupí.
-Escupe más.
Escupí más.
Y comenzó a masturbarme con su mano derecha, mientras hundía su lengua en mi ombligo y me acariciaba los testículos con la izquierda. No tuve que esforzarme demasiado, aquella excitación que yo había echado de menos, no es que no hubiese existido, se había agazapado esperando la mínima oportunidad para estallar. ¡Y cómo estalló!, como un volcán que lanza las entrañas de la tierra súbitamente, todas de golpe. Recordé lo que me decían los curas de pequeño, que el semen es el líquido de la médula espinal, que sale a borbotones por la punta de la polla como castigo de Dios por el gravísimo pecado de meneársela, más que nada, porque sentí un escalofrío que me recorrió toda la columna, como si se hubiera quedado vacía de pronto. Tal vez aquello del líquido de la médula espinal no era sino una brillante metáfora, un hermosos juego poético que intenta reflejar la sensación de los curas cuando se la menean. Dudo mucho que Isabel estuviese adivinando mis pensamientos mientras me miraba mostrándome su mano derecha, toda pringada y llena de estalactitas. Pero aquello no era todo, dos de las estalactitas se habían aferrado a su cabello, y el resto de la erupción volcánica me había puesto perdidos los pantalones y la camisa.
-¿No te da asco?- pregunté intentando descifrar el significado de su sonrisa.
-No- dijo ella- Tiene un tacto delicado, y dicen que es muy bueno para el cutis.
Saqué el pañuelo, limpié con él el semen de su pelo, y se lo di para que hiciera lo mismo con su mano. Ella lo cogió, lo pasó por la palma de la mano, y luego comenzó a limpiarse los dedos, uno a uno.
-¿Y a ti?- me preguntó sin mirarme, absorta en su tarea de limpieza- ¿Te da asco a ti?. ¿Nunca has sentido curiosidad por averiguar a qué sabe?.
-Tal vez, con el tiempo, he logrado superar el sentimiento de culpa- dije yo- Pero puede que el de vergüenza siga ahí.
-¿Vergüenza de qué?- dijo ella levantando la mirada hacia mí.
-Bueno- dije yo- Una de las cosas que me enseñaron en la escuela, y luego en el Instituto, fue a sentir vergüenza de mi cuerpo, de mis instintos, de mis ideas, hasta de mis sentimientos. Y, claro, como siempre fui muy buen estudiante...
-Eso es cierto- dijo ella doblando parsimoniosamente el pañuelo y metiéndolo en mi bolsillo- Eres un buen alumno. Terminaremos la clase de hoy con la lección tercera.
Se inclinó, pasó la lengua por mi glande recogiendo lo que aún quedaba allí, y se lanzó contra mi boca con la lengua fuera. Ahora sí que rodamos y retozamos por la hierba. Yo quedé sobre ella y, al levantar la cabeza, me encontré con su cara radiante y luminosa, parecía una cría de quince años, una de aquellas compañeras de colegio en las que yo pensaba cuando me la meneaba en solitario. Hizo un mohín con la nariz y me sacó la lengua.
-¿Qué tal?- dijo- ¿Sabe bien?.
-Dulce- dije- Pero así, hasta la cicuta me hubiese sabido a miel. Has hecho trampas.
-¿Y te ha molestado mucho que hiciera trampas?- dijo ella sin dejar de sonreír.
-Isabel...- dije yo sintiendo una punzada en el corazón, y un extraño picor en los ojos- Yo no estoy haciendo trampas.
Me apartó de un empujón de encima de ella, se incorporó, y comenzó a arreglarse la ropa y a sacudirse las agujas de pino que llevaba prendidas por todas partes. Se volvió hacia mí, yo permanecía aún tumbado en el suelo. Me miró con un duro gesto en sus ojos volcánicos, de un verde amarronado.
-¡Levántate!- me ordenó.
Me levanté, pero mi mirada se quedó perdida contemplando una pobre hormiga que había perdido su camino, deambulaba patéticamente palpando con sus antenas todo cuanto se cruzaba ante ella, quizá con la vana esperanza de encontrar un olor familiar. Yo podía ser perfectamente aquella hormiga, fuera de sitio, ciega, perdida...
-¡Mírame!- volvió a ordenarme.
La miré, y me acojonó ligeramente el brillo enigmático de sus ojos.
-Quieres saber si estoy enamorada de ti, ¿no es eso?- naturalmente, ella no esperaba que yo dijera  nada, es más, creo que no deseaba ser interrumpida- Es posible- continuó- Pero no me gusta, no me gusta nada. Yo no creo que el amor sea una cosa maravillosa. Creo que es una estupidez, casi una enfermedad. Para empezar, la mayoría de la gente se suele enamorar de la persona equivocada. Muchos grandes amores son correspondidos por un sentimiento de lástima, y de la lástima al desprecio, sólo hay un paso, un paso tan sutil, que ni nos damos cuenta que lo hemos dado. Follar es diferente. Hay gente que folla por amor, no faltaba más, pero se puede follar por odio, por desprecio, o como una forma más de ejercer la violencia, pero, al final, te corres igual. Tú eres un chico listo, que ha leído mucho, y que ha descubierto muchas cosas en las páginas de los malditos libros. Yo sólo he descubierto una cosa: ¡qué profunda intuición tienen los grandes escritores!, ¡con qué claridad ven a veces las cosas!. ¡Ay, si ellos supieran...!. ¿En ninguno de esos libros maravillosos que sueles leer has descubierto que el amor es un fuego insaciable que te consume sin piedad, que sólo es una criminal obsesión de poseer a la persona amada, negándole la libertad de ser por sí misma, porque no la concibes de otra manera más que formando parte de ti?. ¿Qué crees que soy yo, una estúpida quinceañera fascinada por tu sonrisa angelical, tus dulces palabras o tu enorme polla?.
-Yo no tengo una enorme polla- dije de pronto, porque llevaba mucho rato esperando que metiese la pata para poder interrumpirla.
-Eso es cierto- dijo ella asintiendo con la cabeza- Tienes más bien una polla de andar por casa. Decía una amiga mía que no hay pollas grandes, sino coños pequeños.
-¿A qué se dedicaba esa amiga tuya?- pregunté yo, con la estupidez característica de los que nos dedicamos a hacer grandes frases.
-A hacer de mujer, que es un oficio muy duro. Y ahora pasaremos a la lección cuarta, chico listo. Me tienes, ahora y aquí, me tienes. Pero, si lo que pretendes es un certificado para una tenencia futura, ahora y aquí me has perdido.
De aquella lección cuarta, entendí una cosa, nadie me iba a suspender por no saber formar la voz pasiva, en ese momento, yo era tenido, in secula seculorum, amén. Porque siempre sólo es una palabra que nada tiene que ver con el tiempo.
-¿Puedo besarte?- dije, queriendo resumir la tesis de aquella lección cuarta.
-Puedes comerme a besos, hijo de puta- dijo mi profesora, y entonces comprendí que había aprobado.
Me gusta la expresión "comerte a besos", porque comer significa apropiarse de sustancias extrañas que, mediante un complicado proceso anabólico, acaban pasando a formar parte de nosotros mismos. Por eso, mientras me comía a Isabel a besos, noté cómo mi alma, esa misma que ella me había insuflado, se fortalecía anabolizando besos, gemidos, caricias y el resto de dulces frutos que se suelen tomar de la alegre primavera, antes que el viento helado cubra de nieve la hermosa cumbre.
Pasó el tiempo... ¿has dicho "el tiempo"?. Pero, cojones, chico listo, ¿acaso no has entendido la lección cuarta?. Veamos, empieza otra vez, porque no he entendido muy bien lo que dijiste.
-Hemos dejado descabalgada a la Guardia Civil- dijo Isabel- Creo que deberíamos devolverles sus caballos.
-Le prometí al sargento Pacheco que intentaría convencerte de que hablaras con él. ¿Me dejas que lo intente?.
-No me fío de ese sargento.
-¿Por qué?, ¿crees que alguien puede salir perjudicado, Mari Carmen, por ejemplo?.
-¿Mari Carmen, por ejemplo?, ¿perjudicada por Matías?- Isabel me miró cogiéndome la barbilla con su mano derecha- Tú sabes algo, ¿verdad?.
-Sí, creo que sí.
-¿Cuánto sabes?.
-Sé bastante.
-Haremos una cosa. Propónle un trato al sargento Pacheco.
 -¿Ahora vuelve a ser el sargento Pacheco?, ¿ya no es Matías?- la interrumpí.
-¡Pero si la que...!- se detuvo a mitad de la frase, y comenzó a reír señalándome con el dedo- ¡Vaya con el chico listo!, casi te sales con la tuya...
-¿Yo?, ¿por qué?- intenté poner esa cara de inocente de quien se ha salido con la suya.
-¿Por qué te fías tanto de él?- preguntó de pronto.
-No lo sé exactamente- dije entregándole las riendas de Realejo- ¿Qué trato quieres que le proponga?.
-Dile que te cuente todo lo que sepa sobre mí. Exígele que te enseñe mi ficha, y léela detenidamente.
-¿Tú estás fichada?.
-Todos los españoles estamos fichados. No me digas que eso no lo sabías...
-Sí, claro, tienes razón. A mí también me gustaría saber qué pone en mi ficha.
-A cambio, te contaré lo que quiere saber el sargento Pacheco... ¿o prefieres que lo llame Matías?.
-Matías, llámalo Matías, me gusta cómo lo dices.
-Muy bien, te contaré todo lo que Matías quiere saber. Pero te lo contaré a ti. Luego, tú decidirás lo que debes o no debes contarle a él, porque yo, mi guapo y dulce doncel, no habré hablado contigo en mi vida, oficialmente, claro.
-Me estás poniendo a prueba?.
-A ti no, a Matías.
Saltó sobre el caballo, y lo hizo galopar pendiente abajo sin volverse hacia mí, y sin decir nada más. La vi perderse entre los pinos, y me quedé solo, explicándole al noble y manso Dentejón que debíamos volver pacíficamente, total era bajar una colina entre pinos, y, para él, aquello no podía resultar demasiado complicado. Me sorprendió la habilidad que yo había adquirido subiendo a caballo, e intenté relajarme todo lo que pude durante el corto trayecto hasta el claro que había junto al gran charco. El sargento Pacheco me ayudó a desmontar y me ofreció uno de sus Celtas cortos. No me preguntó si había disfrutado de mi paseo a caballo junto a Doña Isabel Gavidia. Por eso, cuando me di cuenta de que no estaba por allí el tal Martínez, ni tampoco el jeep de Isabel, yo tampoco le pregunté si había disfrutado de su espera junto a la señorita Campos. De todos modos, al verme fumar despacio, sin hacer ningún comentario, puede que tuviera la necesidad de contarme su historia.
-No se lo va usted a creer- estaba claro que yo no me lo iba a creer, pero, a pesar de eso, continuó- Esta mañana me dejé olvidada la papeleta de servicio sobre la mesa de mi despacho. Afortunadamente, estaba aquí el jeep de Doña Isabel, y Martínez ha ido a por ella. No tardará en volver.
Lo miré a los ojos, y pensé: "Algún día, tú y yo hablaremos claramente, como lo hacen los amigos de verdad. Pero eres guardia civil, y eres viejo. En esta guerra, no luchamos en el mismo bando. Esto sólo es una tregua, ¿verdad, querido Matías?". Pero, naturalmente, no fue eso lo que dije.
-¿Qué es una papeleta de servicio?- pregunté.
-Un documento donde se consigna el servicio que se ha de hacer. En ella figuran los lugares a vigilar, y la hora en que se ha de estar en esos lugares.
-Una información preciosa- dije sonriendo.
-Sí, sobre todo para los superiores que han de vigilarnos a nosotros.
-¿A ustedes también los vigilan?.
-¿De veras es usted tan ingenuo, Don Vicente, o se burla de mí?. En este país, todo el mundo vigila a todo el mundo. Por cierto, Don Vicente, he de contarle una cosa que me ha sorprendido y, si he de serle sincero, también me ha emocionado.
-Soy todo oídos, Don Matías.
-Doña Isabel ha llegado galopando sobre Realejo y, justo al llegar a mi lado, ha saltado del caballo antes de que éste se detuviera, con esa ágil elegancia que la caracteriza, más sonriente y luminosa que de costumbre.
-¿Y eso le ha sorprendido, Don Matías?.
-No, Don Vicente, Doña Isabel es una excelente amazona y una mujer encantadora, eso jamás me ha sorprendido de ella. Después de saltar del caballo, se ha plantado frente a mí, y me ha dicho: "Matías, Vicente quiere proponerte en trato". Y me ha besado.
-¿En tos los morros?.
-No, Don Vicente, y créame que lo lamento. Lo ha hecho en la mejilla, en ésta- y se señaló la mejilla derecha.
-¿Desde cuándo lo tutea a usted Doña Isabel?- quise saber.
-Desde nunca, Don Vicente. Es la primera vez que lo hace.
-¿Y lo considera usted una falta de respeto?.
-Seré sincero con usted, Don Vicente. Desde que conozco a Doña Isabel, y va para catorce años, es la primera vez que considero un comportamiento suyo hacia mí como una manifiesta prueba de respeto.
Yo pensé: "¡No jodas, Matías!", pero lo traduje antes de decirlo.
-Ahora es usted el que me sorprende a mí, Don Matías.
-No veo la razón, Don Vicente. Por cierto, ¿sería usted tan amable de proponerme ese trato?.
-En realidad, yo sólo actúo de intermediario, como muy bien habrá usted imaginado.
-Por supuesto.
-Doña Isabel desea que usted me cuento todo lo que sepa sobre ella. Es más, quiere que me facilite su ficha y que yo la lea personalmente.
-Esa ficha no puede salir del cuartel, Don Vicente.
-Nadie ha dicho que deba salir. Lo único que ella quiere es que yo la lea.
-¿No quiere la ficha?, ¿ni siquiera una copia?.
-No, sólo quiere saber lo que dice esa ficha.
-¿Quiere saberlo ella, o quiere que usted lo sepa?.
-Creo que quiere que yo lo sepa. Y, la verdad es que no sé por qué. ¿Qué puede haber en esa ficha que yo deba saber?.
El sargento Pacheco aplastó la colilla contra el suelo, y volvió a encender otro cigarrillo. Me miró con un gesto casi lúgubre. Incluso llegué a sospechar que no tenía intención de enseñarme aquella ficha.
-¿Sabe Doña Isabel que en esas fichas figuran hasta los pedos que se tira la gente?- dijo tras un corto silencio.
-Por supuesto que lo sabe.
-¿Y sabe Doña Isabel lo que va usted a leer cuando yo se la enseñe?.
-Don Matías, ¿está usted previniéndome de algo?.
-Lamento haberlo inquietado, Don Vicente. Pase usted por mi despacho mañana por la mañana y hablaremos de esa ficha. ¿Cuál es la contrapartida de ese trato?.
-Isabel me contará todo lo que quiera saber sobre ese tema que usted ya sabe.
-¿Y qué tema es ése?, ¿lo sabe usted, Don Vicente?.
-Tengo una idea aproximada, Don Matías.
-¿Y sabe Doña Isabel lo que quiero yo saber?.
-Tendrá usted que confiar en mí... quiero decir, en ella. Yo la he convencido para que confíe en usted. Permítame que lo convenza a usted de lo mismo.
En ese momento, llegó el tal Martínez con el jeep de Isabel. Se acercó a nosotros, y le entregó un papel al sargento Pacheco.
-Mire usted- dijo desdoblándolo y mostrándomelo- Esto es una papeleta de servicio. ¿Sería usted tan amable de echarme una firmita aquí?.
-¿Para qué?.
-Rutina- dijo alzando los hombros- Es la prueba de que hemos estado en este lugar.
Una de dos, o aquello era lo más natural del mundo, y es verdad que la Guardia Civil acostumbra solicitar la firma de las personas como prueba irrefutable de que han estado en cierto lugar, o aquello de la papeleta de servicio era otro cuento chino del sargento Pacheco para burlarse de mí, o para ponerme a prueba. Me sorprendió comprobar que aquel sargento sonriente que me extendía el papel en una mano, y el bolígrafo en la otra, aún no gozaba de toda mi confianza. Vi acercarse hacia nosotros a Isabel y Mari Carmen, y aquello me dio una idea. Si se trataba de un juego, ¿por qué no jugábamos todos?.
-En ese caso- dije con el tono más sensato que pude encontrar- ¿No cree que sería mucho más conveniente que firmara Doña Isabel Gavidia?.
-Verá usted, Don Vicente- dijo el sargento Pacheco sonriendo- La firma de Doña Isabel ya la tengo repetida. También la señorita Campos me he hecho el honor de firmarme alguna que otra vez. Quizá piense que soy un sentimental, pero me gustaría tener su firma en una de mis papeletas de servicio.
-¿La firmita de siempre, Don Matías?- dijo Isabel cuando llegó hasta nosotros y vio el papel y el bolígrafo en las manos del sargento Pacheco.
-Sí, Doña Isabel- dijo el sargento volviéndose hacia ella- Le he pedido a Don Vicente que me haga el honor de firmar.
Dos veces, el sargento Pacheco había utilizado dos veces la palabra "honor". Teniendo el cuenta lo que aquella palabra significaba para él, ¿era aquello una especia de contraseña para indicar que el pacto estaba firmado?, ¿era mi firma la firma de aquel pacto?. Al fin y al cabo, tanto Mari Carmen como Isabel, ya le habían hecho el "honor" de firmarle antes una de sus papeletas de servicio. Faltaba mi firma, faltaba el compromiso de mi honor para concretar el pacto. Tomé el bolígrafo y miré al sargento Pacheco.
-¿Dónde he de firmar, mi sargento?- pregunté.
-Justo aquí- dijo señalándome con el dedo el lugar exacto.
Firmé en aquel papel sintiendo la curiosa sensación de entrar a pertenecer a una críptica logia masónica. Habida cuenta de las circunstancias históricas que nos rodeaban, lo de masón podría ser la guinda que le faltaba a mi curriculum. Tal vez sólo fueran imaginaciones mías, pero aquella papeleta de servicio de la Guardia Civil tenía un extraño aroma a magdalena, y la tinta de mi firma pareció diluirse en una taza de té.
-Muchísimas gracias, Don Vicente- dijo el sargento Pacheco doblando la papeleta e introduciéndola en el bolsillo de su guerrera.
-Ha sido un honor, Don Matías- No pude evitar decirlo, ¿o, acaso, no es la principal divisa?.
-¿Almorzarán ustedes con nosotros?- preguntó Isabel al sargento Pacheco.
-Agradezco sinceramente su invitación, pero se nos ha echado el tiempo encima. Lo lamento de veras, Doña Isabel, pero debemos continuar con nuestro servicio- se volvió hacia Mari Carmen y le estrechó la mano- Señorita Campos, ha sido un placer disfrutar de su encantadora compañía- antes de montar a Realejo, se dirigió a mí- Don Vicente, espero su visita.
Ya sobre el caballo, le extendió la mano a Isabel.
-Buen servicio, Don Matías- dijo ella.
-Siempre a sus pies, señora. Muchas gracias, queden ustedes con Dios.
El tal Martínez montó a Dentejón, y nos saludó llevándose la mano derecha, con la palma abierta, a la visera del tricornio. Y los vimos perderse pendiente arriba, por el mismo lugar donde, instantes antes, habíamos paseado Isabel y yo.
Isabel rodeó la cintura de Mari Carmen con su brazo derecho, y la besó en la mejilla.
-¿Cómo estás, Princesa?- dijo apoyando la cabeza contra su hombro.
-Muy bien, ¿y tú?- dijo Mari Carmen.
-En la gloria. Creo que alguien debería preparar un buen almuerzo.
-¿Por qué no lo hace usted, señora marquesa?- intervine yo que, por cierto, también estaba en la gloria.
-¿Cómo te atreves a proponer semejante cosa?- dijo Isabel volviéndose hacia mí, y clavándome sus ojos volcánicos, de un verde amarronado- No pretenderás que, encima, sepa guisar y mee colonia.
Afortunadamente para mí, acudieron en mi auxilio los ojos azules de Mari Carmen, con todos sus naufragios a cuestas.
-Haremos un fuego, y torraremos chuletas- dijo acercándose a mí, y apoyando su brazo sobre mi hombro- ¿O prefieres que nos comamos a Vicente?- añadió mirando a Isabel.
-No es mala idea- dijo Isabel acercándose a nosotros, y poniendo una mano sobre mi otro hombro- Te encantaría que te comiéramos entre las dos, ¿verdad, bello doncel?.
-Me parece muy bien- dije- Pero, ¿por qué no almorzamos primero?.
-De acuerdo- dijo Mari Carmen- Iré a buscar un poco de leña.
-Te acompaño- dije yo. No fue premeditado, lo juro, me salió así.
-¿Significa eso que yo me voy a quedar sola, arreglando la mesa como una vulgar sirvienta?- preguntó Isabel mirándonos a ambos.
-Eso es justo lo que significa- dijo Mari Carmen enarcando las cejas, en un claro gesto de fatalidad.
Aquél era un buen momento para que Mari Carmen y yo tuviéramos una seria y trascendental charla sobre lo que estaba ocurriendo. Por eso, sin excesivos preámbulos, pasamos directamente a las cosas importantes. En primer lugar, procedimos al estudio sistemático de un hecho muy curioso. Entrado como estaba el Otoño, disfrutábamos de un día absolutamente veraniego, lo cual, empíricamente hablando, constituía una circunstancia poco usual, si tenemos en cuenta la habitual climatología ayorina por estas fechas. Pero de todo ello sacamos una consecuencia favorable, la leña estaría más seca y, por lo tanto, más proclive a arder, hecho éste que coadyuvaba positivamente a nuestros propósitos. Y, tras la cuestión de forma, pasamos a la cuestión de fondo. Indudablemente, necesitábamos algunas ramas finas para que el fuego prendiera sin grandes dificultades, pero no era menos cierto que también necesitábamos de alguna que otra rama gruesa, dado que un pequeño grupo de brasas razonablemente perdurables eran un factor fundamental a la hora de torrar bien las chuletas. Cabe no olvidar que lo bien hecho, bien parece, y que una chuleta bien torrada es aquella que presenta la particularidad de un sonrosado especial que sólo las brasas bien hechas son capaces de darle. Una vez dilucidadas estas arduas cuestiones, procedí a acarrear la leña con la caballerosidad que me caracteriza, y con la torpeza que me es habitual. Mari Carmen se mostró encantadoramente solícita conmigo, y me explicó pormenorizadamente que aquellas pequeñas heridas y rasguños que me produje con la leña, eran fruto de mi palmaria inexperiencia en la noble labor de bestia de carga. Concluimos finalmente que, quien algo quiere, algo le cuesta, y di por bien hallados aquellos dolorosos estigmas, porque estaba claro que formaban parte de mi acelerada educación vital y sentimental. Al regresar con la leña, hallamos que Isabel había colocado la parrilla junto a la chimenea, al lado de un plato lleno de chuletas crudas, y que estaba arreglando primorosamente la mesa, adornándola, incluso, con flores de montaña, probablemente recogidas con sus dulces y suaves manos. Naturalmente, me ofrecí voluntario para la labor de encender el fuego y torrar las chuletas, pero Mari Carmen adujo que, debido a mi más que probable ineptitud para tarea semejante, convendría dejar ese asunto en sus experimentadas manos. lo cual fue ratificado por Isabel, que propuso que yo me encargara de descorchar una botella de vino con la finalidad de brindar por aquel día tan agradable, de apariencia festiva, pero, en vista de las circunstancias, absolutamente lectivo.
Fue aquél un almuerzo cojonudo y didáctico. Por un lado disfruté de unas chuletas de cordero perfectamente magníficas y de la compañía de dos mujeres incuestionablemente arrebatadoras, mientras que, por otro lado, pude comprobar por mí mismo, y comprender al fin, a qué se refieren los someliers cuando hablan de la cosecha del sesenta y cuatro. Isabel había saqueado la bodega de su marido sin piedad, y no se había conformado con sustraer, más bien robar, porque hubo escalo, su bienamado Marqués de Murrieta, sino que se atrevió, con un arrojo sin precedentes y una temeridad más que notable, con el mítico Vega Sicilia. Aprendí, por ejemplo, que el vino se disfruta con los cinco sentidos, incluso puede que con más. El suave gorgoteo al salir de la botella y el tenue rumor al caer en la copa, el acariciador tacto del cristal en los dedos, las diamantinas irisaciones al trasluz, el aroma envolvente y terso (¡Se dice bouquet, animal, se dice bouqet!), esa invasión de sabor que te posee como un amante y que perdura como el más dulce de los recuerdos...
-Imagina cómo deben saber luego los besos- dijo Mari Carmen, quizá piripi, quizá filosófica.
Pero se lo había dicho a Isabel, y yo me quedé con las ganas de saberlo. No, no sufrí ningún arrebato suicida, ni ninguna crisis melancólica. Sólo cerré los ojos y dejé volar la imaginación, porque de imaginar se trataba. Y ahí sí, ahí sí encontré la dulzura cálida del sexto sentido, y del séptimo...
Después del almuerzo, a Isabel le dio por leer a Neruda desparramada sobre un mullido sillón, pero Mari Carmen prefirió la sombra perfumada de un pino amigo para dormitar sus ensueños. Me recosté junto a ella, y apoyé mi cabeza en su hombro.
-¿A qué saben luego los besos?- pregunté con la mirada perdida en una mata que me sonreía con sus flores amarillas.
-A gloria- dijo ella doblando el brazo y acariciándome la mejilla.
-Lo suponía- dije yo besando la yema de su dedo medio, ése que llaman corazón.
Ella no dijo nada, seguía dormitando aquellos ensueños. Parecía sentirse bien. Puede que hasta se sintiera feliz. No era cuestión de importunar su paz con mis impertinencias, así que me concentré en los rítmicos movimientos de su pecho, imaginando que aquel jersey no estaba, y que dos hermosísimas colinas de seda coronadas de amapolas acariciaban mi vista como los besos de luego, esos que, según Mari Carmen, sabían a gloria.
 Cuando abrí los ojos vi a Isabel sentada frente a nosotros. Tenía las piernas cruzadas, el codo apoyado sobre una de sus rodillas, y la barbilla sobre el puño cerrado. Ya no tenía cara de compañera de Bachillerato con quince años, sino la de una tierna madre que mira retozar felices a sus retoños. Sonreía.
-¿Qué has hecho tú para merecer esto?- me preguntó clavándome sus ojos volcánicos, de un verde amarronado.
-¿Quién ha dicho que me lo merezca?- dije yo haciendo un torpe gesto con la boca.
Mari Carmen, que seguía durmiendo sus ensueños, dijo sin abrir los ojos:
-La señora marquesa está celosa.
-¿Está usted celosa, señora marquesa?- pregunté yo.
-No, melancólica. Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
-Es bonito, ¿verdad?- dije yo.
-Sí- dijo levantando la mirada hacia el cielo- Es un libro precioso.
Mari Carmen continuaba dormitando, sin abrir los ojos, pero eso no le impedía hablar en voz alta, sin ningún gesto especial, como ensimismada.
-Podríamos quedarnos aquí para siempre- comenzó- Como las momias egipcias, hasta que dentro de unos cinco mil años, alguien salmodie el papiro de Thot, el dios poderoso de los escribas, y nos devuelva a la vida.
-Yo me apunto- dije apretando mi cabeza contra su hombro.
Isabel se incorporó y se acercó hacia nosotros. No parecía dispuesta a apuntarse a momia egipcia, ni a esperar la salmodia del papiro de Thot.
-¿Por qué no te vas a mear?- dijo mirándome.
-Se dice a hacer pipí.
Si osaba preguntar el motivo del repentino interés de Isabel por el correcto funcionamiento de mi aparato excretor, me arriesgaba a escuchar una retahíla de improperios o, pero aún, un argumento contundente e irrebatible. Así que me puse en pie, y me dispuse a mear solo, contraviniendo una de las más rancias tradiciones de nuestro pueblo, ése del que dicen que nunca mea solo. Isabel se recostó apoyando la cabeza en el pecho de Mari Carmen, y le susurró algo mientras ella le acariciaba el cabello y la besaba en la frente. No pude oír lo que Isabel susurraba, pero sí pude ver sus ojos llenos de lágrimas. Mientras me alejaba, me dio por recordar que Isabel me había dicho que ella no pensaba que el amor fuese algo maravilloso, y pensé en qué demonios sentía Isabel por Mari Carmen, ¿amor, quizá?. ¿Y no era aquello algo maravilloso?.
Regresamos al pueblo al atardecer. Isabel nos dejó en La Glorieta. La Glorieta de Ayora no era el cenador de un jardín, sino más bien el jardín mismo, con árboles y setos verdes. Ella debía irse, porque tenía muchas cosas que hacer, una casa que gobernar, un marido fascista y una hija preciosa de dieciocho años.
Mari Carmen me propuso pasear por La Glorieta cogidos de la mano, como dos novios, le hacía ilusión. Yo le dije que, ya puestos, también podríamos besarnos bajo una farola, como dos novios, me hacía ilusión. No era la primera vez que besaba a Mari Carmen, pero nunca lo había hecho de aquella manera y, era absolutamente cierto que los besos de luego saben a gloria.
-Debe ser un embrujo momentáneo- dijo tomándome las dos manos- Tú estás enamorado de Isabel, ¿verdad?.
-Sí, ¿y tú?.
-Yo la quiero mucho.
-¿Estás enamorada de alguien?.
-Quizá.
-Entonces sí que es un embrujo momentáneo. Te invito a cenar.
-¿Dónde?.
-Conozco una taberna donde Mnuel tiene mesa propia. No te desagrada Manuel, ¿verdad?.
 -No, Manuel no me desagrada.
-¿Le quieres?.
-Sí, le quiero.
-¿Porque te salvó la vida?.
-Vicente, no jodas el embrujo momentáneo de esta noche tan bonita. Tú no sabes nada, y lo que puedas saber me importa un bledo. ¿Sabes?, en esa taberna donde Manuel tiene mesa propia, piensan que él y yo somos novios. Por eso me gusta tanto pasarme por allí de vez en cuando. ¿Vamos?.
-¡Qué buena gente deben ser!.
-Sí, son muy buena gente.
Como de costumbre, yo no tenía ni la más remota idea de cómo se iba a aquella taberna donde Manuel tenía mesa propia. Habitualmente, deambulaba hasta tropezarme con ella. Pero aquel anochecer no fue necesario, porque Mari Carmen sí sabía perfectamente cómo llegar hasta allí.
Entramos y no vimos a Manuel en su mesa. La mesa estaba solitaria. Pedimos cerveza y nos sentamos a esperarlo. Eché a faltar el eterno libro de la esquina, y la copa de aquel criminal aguardiente contra el que Manuel estaba vacunado. Levanté mi vaso de cerveza.
-¡Por la Anarquía!- brindé.
-¡Por el amor!- dijo Mari Carmen.
-De acuerdo- transigí- ¡Por el amor y la Anarquía!.
Después de beber un generoso trago de cerveza, Mari Carmen me miró.
-¿Qué hacías antes de meterte en este lío?.
-Nada en especial- dije jugando con mi vaso de cerveza- Sobrevivir, supongo. Siempre he sido un tipo huraño, desplazado, una especie de misántropo. Una de esas personas que se vuelven asquerosas después de tanto morirse de asco.
-Pero, ¿qué tonterías estás diciendo?, ¿cómo esperas que me crea eso?. Acabamos de pasear por La Glorieta cogidos de la mano, como dos novios. Me has caído bien desde que te conocí. Fíjate en Isabel, por ejemplo, o en Manuel. A Manuel no le cae bien ni su padre, y tú le has robado el corazón. Mañana llamaré a la Real Academia de la Lengua para que cambien el significado de misántropo en la próxima edición del Diccionario.
Puede que Mari Carmen tuviese razón, pero, ¿cómo iba yo a explicarle que eran ellos y no yo, o que yo había dejado de ser yo por culpa de ellos, o que yo había sido un cuerpo sin alma hasta que Isabel me insufló una, o que nunca en mi vida me había encontrado con un corazón como el de Mari Carmen, lleno de puertas sin cerrojos, o que nada en este mundo, en toda mi vida, me había emocionado tanto como aquellos ojos llenos de naufragios. o que estaba enamorado, como un imbécil, como un jilipollas, o que León Felipe estaba equivocado, y en España aún quedan locos...?. Alargué mi mano para acariciar la suya, y no se me ocurrió otra cosa que decir:
-Olvidas a Josefa.
-No, no la olvido. Si le partes el corazón, te mataré.
-De acuerdo- dije mirándola a los ojos- Pero prométeme que me besarás para beberte mi último suspiro.
-Eres un cabrón. Seguro que se te dan muy bien las mujeres, y sólo intentas seducirme.
-¡Claro que estoy intentando seducirte!. Pero te voy a confesar una cosa: Nunca se me han dado bien las mujeres, jamás he conseguido seducir a ninguna, en todo caso, me han seducido ellas a mí. Mis recuerdos en ese tema están llenos de frustración y de amargura.
-No te entiendo...
Pero sí me entendía, ¿acaso una mujer como ella, dulce e inteligente, bella y escultural, capaz de abrir las puertas sin cerrojos de su corazón movida por su infinita generosidad, no tenía unos ojos llenos de naufragios?. ¿Cómo no iba a entender Mari Carmen mi amargura, que era la suya, o mi hambre insaciable de ternura, que era su hambre insaciable de ternura?.
-¿Qué piensas hacer después?- dijo girando su mano y poniéndola sobre la mía- Cuando todo esto termine, ¿te irás?.
-No lo sé. De momento, me acojona que todo esto termine.
-Si decides quedarte, yo te podría ayudar a encontrar trabajo. La secretaria del Ayuntamiento tiene ciertas influencias en este pueblo.
-¿También me ayudarías a encontrar una casa bonita?.
-¡Claro que sí!. No pretenderás vivir siempre en la mía, ¿verdad?.
Vivir siempre con Mari Carmen, toda la vida. ¡Hostia, qué bien sonaba aquello!. Pero, ¿no era con Isabel con quien yo quería vivir toda la vida, muy lejos, al otro lado del mundo?. ¿Acaso no estaba, quizá, Mari Carmen enamorada?. ¿Era, o no era aquello un embrujo momentáneo?. Mari Carmen debía estar pensando algo parecido, porque sus ojos llenos de naufragios amenazaban arbolada una vez más.
Pero pasó la tormenta cuando el caballero del triste tricornio entró por la puerta del bar. Nos vio inmediatamente, pero, antes de acercarse a nosotros, habló con el barman. Llegó sonriendo y apoyó su mano izquierda en el hombro de Mari Carmen que, con un gesto que yo ya veía como familiar, levantó su mano para apoyarla sobre la de él. A mí me alargó la derecha para estrechar la mía.
-¿Cómo osáis darme alegrías como ésta?- dijo con una gran sonrisa- ¿Acaso no sabéis que sufro del corazón?.
Se sentó entre nosotros justo cuando el barman llegaba con tres cervezas, siguiendo sus órdenes probablemente.
-Hemos venido para cenar contigo- dije yo cogiendo mi nueva cerveza.
-Y también para esto- dijo Mari Carmen cogiéndole por la barbilla y besándolo en los labios.
Manuel no se ruborizó, ni siquiera se quedó blanco de la emoción, ni carraspeó mirando a su alrededor presa de la vergüenza, sólo acarició la mejilla de Mari Carmen con el dorso de su mano, y la miró con ternura. Quizá yo esperaba demasiado, o quizá yo sólo era un chico listo que no tenía ni puta idea de nada, como decía Isabel, y como me recordó Mari Carmen.
-Debo ser un sentimental- dije yo, porque me había dado cuenta de que yo sí que había carraspeado mirando a mi alrededor- Pero, ¿qué queréis que os diga, hijos míos?, estas cosas me emocionan.
Mari Carmen notó enseguida la torpeza fruto de mi desconcierto, quizá por eso, miró a Manuel y dijo:
-Vicente y yo hemos estado paseando por La Glorieta cogidos de la mano, como dos novios.
No dijo que nos habíamos besado debajo de una farola ni que habíamos decidido que todo aquello no había sido sino un embrujo momentáneo. Tal vez pensó que no era Manuel la persona adecuada para compartir tan dulce secreto.
Manuel, que también se había dado cuenta de mi torpe desconcierto, me miró con la seriedad de un notario que lee un testamento.
-Supongo que te estarás preguntando quién es la persona adecuada a quien debes solicitar la mano de la señorita Campos- dijo con tono ceremonioso- Es para mí un honor informarte que esa persona soy yo.
Naturalmente, se estaban burlando de mí, y comoquiera que mi comportamiento sólo era merecedor de burla, decidí que tenían razón, y me sumé al escarnio.
-Bueno- dije con voz nerviosa- La verdad es que yo sólo pretendía seducirla, y, después, dejarla tirada.
-En ese caso- dijo Manuel haciendo un gesto de desaprobación con la cabeza- No me queda otra alternativa que retarte a duelo. ¿Qué te parece al amanecer en la puerta del cementerio, a pistola?.
-¿Es absolutamente imprescindible?- dije yo, porque recordé que nunca en toda mi vida había disparado con una pistola. Ni en la mili, vamos.
-¡Por supuesto que es absolutamente imprescindible!- rugió Manuel- No pretenderás mancillar la honra de mi dama, sin que yo tenga la delicadeza de matarte como a un perro.
-Pues es verdad- dije mirando a Mari Carmen- Creo que he metido la pata.
-No, Manuel- dijo Mari Carmen sollozando- Esa no es la verdad. He de confesarte que fui yo la que intentó seducirlo para, después, dejarlo tirado.
-¡Oh, cielos!- exclamó Manuel- ¡Cuánta ignominia!.
-Ahora tendrás que batirte a duelo conmigo- dijo Mari Carmen.
-Eso no es posible- dijo Manuel desesperado.
-¿Por qué?- quiso saber Mari Carmen.
-Porque he consultado el manual de jurisprudencia duelística, en doscientos tomos, y no he hallado ningún precedente. Sólo hay una solución- dijo mirándome a mí- Confiesa que has mentido por salvar la honra de la señorita Campos.
-Lo confieso- dije solemne.
-¡Ya está!- gritó Manuel alzando los brazos y resoplando de satisfacción- Me batiré a duelo contigo por usurpación del derecho a salvar la honra de mi dama, Artículo cuatro mil doscientos veintisiete, apartado dieciséis, párrafo sexto, del tomo ciento doce. Y ahora que ya hemos demostrado que somos unos perfectos caballeros, y que la honra de la señorita Campos nos importa un carajo, ¿por qué no cenamos?.
-Así que mi honra os importa un carajo- dijo Mari Carmen de repente.
Nos quedamos callados. Manuel decidió apurar su cerveza de un trago, y dejar, de momento, aquel juego. Quizá porque había detectado en la voz de Mari Carmen un cierto tono de amargura. Allí estábamos, tomando cerveza y bromeando como tres viejos camaradas, pero absolutamente convencidos de que los acontecimientos comenzarían a desencadenarse brutalmente de un momento a otro. Tal vez Manuel ya había decidido que era llegado el momento preciso, que todo se había consumado, que la suerte estaba echada. Quizá aquel beso de Mari Carmen había sido la señal que él esperaba. Alguien, quizá Mari Carmen, dijo que ya habíamos almorzado chuletas, fue entonces cuando Manuel nos reconvino, habíamos estado todo el día en el monte, y no nos habíamos molestado en coger un puñado de pebrazos para alegrarle la cena. De todos modos, afirmó, nunca falta alguien cuerdo en este mundo de locos, y él sí había pensado en ese pequeño detalle. Cenaríamos tortilla de pebrazos y beberíamos vino, de la tierra, de la vendimia del año pasado. Y, después, tomaríamos brandy, mucho brandy.
-¿Qué celebramos?- preguntó Mari Carmen.
-No celebramos- dijo Manuel- Instauramos.
-¿Y qué instauramos?- insistió ella.
-Una fecha que después celebraremos.
-Me encanta instaurar cosas- dije yo- Me hace sentir importante.
-¡Por la Instauración!- brindó Mari Carmen.
-¡Por la Instauración!- brindamos con ella.
Mari Carmen insistió en que paseáramos por La Glorieta cogidos de la mano, para presumir de novios a pares, y para hablar de cosas bellas. Pero, lo cierto es que podríamos haber escrito los versos más tristes aquella noche, por ejemplo, que la noche estaba estrellada.
Manuel nos acompañó hasta la puerta de la casa de Mari Carmen. Me estrechó la mano con una sonrisa y, al despedirse de ella, sólo le acarició la mejilla y le dijo buenas noches mirando sus ojos llenos de naufragios.
Mientras habría la puerta y entraba en la casa, me pareció oírla murmurar:
-No me besa, nunca lo hace...
Se encaminó silenciosamente hacia las escaleras y comenzó a subirlas despacio. Yo me quedé unos momentos contemplándola, y después me dirigí al cuarto de invitados, es decir, al mío. A mitad de las escaleras se volvió como recordando algo.
-Buenas noches, Vicente- dijo haciendo un gesto con la mano.
Imité su gesto, y también dije buenas noches. Quería decir algo más, pero no lo dije. En realidad no hubiera sabido qué decir, ¿cómo se puede expresar con una simple frase, dicha como quien no quiere la cosa, que me dolía físicamente quedarme solo, que sentía una presión en el pecho y una angustia en el estómago?. Además, Mari Carmen ya se había girado y continuaba su camino hacia su alcoba. Me acosté y comencé a dar vueltas, yo ya sabía que no podría dormir, pero no era cuestión de buscar más brandy, quizá con el que había bebido ya era suficiente. Acabé amodorrado, presa de una pesadilla. Isabel y yo paseábamos por La Glorieta cogidos de la mano, como dos novios, mientras un grupo de tipos horribles, borrachos de vino, nos insultaban y nos escupían. Le pedí que huyéramos de allí, muy lejos, porque estaba avergonzado por los insultos de aquellos tipos horribles, borrachos de vino, que me escupían. Pero Isabel me dijo que teníamos que ser fuertes, que huir era de cobardes. Pero yo no podía soportarlo y, además, no quería ser valiente, cobarde estaba bien. Ella tiraba de mi mano y no me dejaba huir, y entonces la odié, y le juré que la mataría, y empecé a escupirle en la cara, y me di cuenta de que yo era uno de aquellos tipos horribles, y que estaba borracho de vino... Me desperté sudando. A los pies de la cama había un albornoz, quizá Mari Carmen pensó que con él estaría menos patético que con una de sus batas. Me lo puse. También había unas zapatillas, esta mujer estaba en todo. Y también estaba sola en su cama, quizá esperándome. Sentí un irreprimible deseo de subir a su alcoba, de decirle que yo era, en ese momento, la solución de su soledad, y si no quería entenderme, le demostraría que soy un tío con un par de cojones. Como el capitán González. Porque el capitán González era un tío con un par de cojones, indudablemente. Me sentí mal, despreciable, pero no me puse a gritar esas blasfemias que, según dicen, son la mejor medicina del alma. Ya hacía tiempo que a mí las blasfemias no me curaban de nada, ¡qué triste es perder la fe!. Tenía, eso sí, dos claras opciones, correr a la cocina y coger el cuchillo más grande y afilado que encontrase para solucionar el problema de mi par de cojones, o subir a la alcoba de Mari Carmen y suplicarle que me dejara llorar con ella. Porque ella, indudablemente, estaría llorando, llorando sola. Pero, por suerte, nunca he sido un tío con un par de cojones, y acabé llorando solo en la cama del cuarto de invitados, hasta que me dormí mansamente, como un niño cansado cuando olvida que es un niño, y que está cansado...





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